Asán

Asán, de Vladimir Makanin

AsanA uno, a estas alturas de mili, si hay algo que le gusta en esto de la literatura es que le sorprendan. Pero que lo hagan por derecho, sin trucos ni efectismos, contando un historia y haciéndolo bien. Y Vladimir Makanin, bendito sea, lo ha conseguido en Asán de la forma más rotunda que recordaba hace tiempo. Uno oye hablar bien de un libro de un autor ruso ambientado en la guerra de Chechenia y mal que bien espera enfrentarse a un catálogo de atrocidades, a un retrato descorazonador de la barbarie, y miren, cuando lo que se encuentra es un relato honesto, y transparente rebosante de humanidad en cada página, pues no puede sino agradecerlo. Y no es que Vladimir Makanin escamotee al lector un ápice de realidad, en absoluto, es que hace un esfuerzo singular por comprenderla y exponerla como es. Y es, como dije, muy humana. Cierto que se trata de ese tipo de humanidad que en según qué condiciones puede dar con su propietario en prisión, si tiene suerte, pero no es menos cierto que escribiendo Chechenia, Makanin explica el mundo. En un momento dado un coronel del ejército ruso dice a sus compañeros que no deben alarmarse ante la corrupción, que la corrupción no es tan mala porque al menos es un orden, tiene unas reglas, y que es preferible al caos. Y ese es el espíritu de Asán, explicar la guerra no como el sinsentido moral que es, sino como el mercado próspero que también es en las manos adecuadas.

El mayor Zhilin, el protagonista heredero de una tradición de personajes inolvidables de moralidad dudosa de la literatura rusa probablemente encabezada por el Chichíkov de Gógol, es un personaje redondo, lleno de contradicciones pero no en lo que fundamentalmente le define: el negocio. Uno se sorprende de encariñarse de alguien que desde el principio del libro se muestra como un conseguidor que se lucra de la guerra y que aparentemente vendería a su propia madre si le ofrecieran un buen precio. Pero al final acaba convenciéndose de que no es así, no vendería a su madre y probablemente tampoco a la nuestra, que gusta de limitarse, aunque sea por cálculo o estrategia a su negocio de venta de combustible (obtiene un beneficio de uno de cada diez bidones que sirve a su propio ejército, aun cuando ése es su trabajo, más el de sus múltiples ventas a otros clientes, no necesariamente amigos) incluso se llega a la convicción de que no sólo es capaz de tener gestos nobles, sino que incluso siente cierta inclinación hacia ellos. Aunque con un precio siempre, claro, pero eso sí, un precio justo. Porque si Asán muestra algo, y lo hace convincentemente, es que en determinadas situaciones (y la guerra de Chechenia es una de ellas) es que el dinero no es únicamente una cuestión de negocio, no va ligado exclusivamente al beneficio, sino que tiene una relación íntima e indisoluble con el respeto. Zhilin no sólo vende porque con ello gana dinero, sino porque si no lo hiciese nadie le respetaría y poniendo precio a su combustible se lo quita a su cabeza.

Asán no es en este sentido especialmente edificante, pero además de ser gran literatura hay que reconocerle un mérito: explica el Cáucaso, es decir, explica lo aparentemente inexplicable. Basta con ajustarse a sus reglas, no a las nuestras, y como dice Zhilin la más importante, si no la única, es “paga lo que debes”. Uno puede matar a un pelotón enemigo y aprovechar el viaje para pagarle a un oficial una entrega digamos que extraoficial de uniformes raídos o de botas viejas (por no hablar de armas, que no es un negocio del agrado de Zhilin). La virtud del dinero no es lo que se puede comprar con él, sino la suspensión temporal de la moralidad que proporciona. Ayudar al enemigo está mal, claro, pero hacer un negocio es lo más normal del mundo, todos lo hacen y tanto los rusos como los señores de la guerra no son una excepción.

Hay en Asán escenas aparentemente de lo más surrealistas por lo inconcebibles que parecen de antemano, probablemente el inicio del libro sea el mejor ejemplo de esto que digo, pero créanme que no cuesta ningún trabajo creerlas. Algo (mucho)de ese mérito, hacer creíble lo increíble, sin duda debe ser del talento de Vladimir Makanin, no sólo por lo que cuenta sino por contarlo con un estilo tan apropiado a la historia: moderno, sin complejos y de una honestidad extrema, pero asumamos que hay una responsabilidad también en la realidad misma que se retrata porque nos llegue a través de la literatura, de la prensa o de los simples rumores, nada que venga del cáucaso nos sorprende demasiado. Puede que la literatura no pueda ni tan siquiera deba superar a la realidad, pero si que puede convertirla en algo digno de ser disfrutado. Como sin duda es Asán.

Asán, por cierto, es una antigua deidad de los pueblos chechenos, una olvidada que no frecuenta los libros de texto y que probablemente tenga su origen en Alejandro Magno, que sin embargo reaparece como eslogan de los rebeldes: Asán ansía sangre, dicen. Para Zhilin no es cierto o sólo lo es en parte, porque Asán lo que ansía es dinero, pero Makanin lo que nos enseña es que ambas cosas son moneda de uso corriente y que únicamente hay que saber cuándo usar una, otra o ambas al tiempo. La guerra es el gran libremercado del sufrimiento humano y gente como Zhilin sabe moverse en ella porque conoce las reglas y eso no le convierte en un ciudadano ejemplar (aunque es buena gente, me lo crean o no) pero hay que reconocer que sí que es un personaje extraordinario. Y no es el único del texto.

Yo que no me quedo ni con el dinero ni con la sangre, me permito replantear la situación y enunciarla con el ascua cerca de mi sardina: Asan ansía lectores o cuando menos los merece. No se quede sin ser uno de ellos, es una lectura exigente pero el premio es mucho mayor que el desafío.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

 

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