Bleak House Inn

Bleak House Inn, Vv. Aa.

Bleak House Inn

Probablemente nos encontremos ante el más original y brillante de los homenajes a Dickens que se hayan publicado en este año de celebración de su bicentenario, un libro en el lo único que no hace Dickens es escribir, de eso se encarga la estupenda nómina de cuentistas que se alojan en esta pensión, Bleak House Inn. Ninguno de ellos trata de imitar al genio inglés, y eso es un acierto, pero todos ellos se dejan inspirar por su espíritu (curiosamente algo que ocurre también en uno de los cuentos, aunque cabe suponer que en este caso sea de forma algo menos literal) y el resultado es una actualización del clásico, una colección de relatos que a Dickens, de vivir en nuestros días, le habría encantado leer.

Empecemos por el principio:

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Esta pensión que regenta la señora Lirriper (personaje Dickensiano) y que recibe el nombre de una de sus obras (Casa desolada) aloja por unos días a una selección de brillantes escritores actuales que parecen empeñados en hacerme desistir de mi convicción de que en las colecciones de cuentos no es necesario un hilo argumental que los cohesione, algo en lo que Fábulas de Albión parece empeñada puesto que me puso en este mismo brete con la magnífica antología retrofuturista Steampunk. Es un homenaje a las colecciones que él mismo patrocinaba, y por obra y gracia de estos escritores y escritoras las habitaciones (cada cuento es una de ellas, sea una habitación, la recepción, el sótano o una tienda) se llenan de fantasía, terror y humor, de literatura al fin y al cabo.
La ambientación es actual, pero ahora caigo que es un tanto absurdo incidir en eso porque, al igual que el inspirador espíritu dickensiano que las puebla, estas historias son más bien atemporales, de hecho la pensión no parece ubicarse en el mismo espacio-tiempo que la vida de los personajes fuera de ella y el hecho de que algunas historias se entrelacen y el de que personajes transversales, como la señora Lirriper o las distintas Elizas, aparezcan en todas partes hace que en este libro, tan magníficamente editado por Care Santos, autora además de uno de los relatos, se construya un universo propio.
Créanme, uno puede tener sus preferencias, pero todos los relatos son magníficos. Permítanme no obstante que diga algunas palabras en especial sobre algunos de ellos. Se aloja en la habitación 201 César Mallorquí y desde allí, con su Cuento de verano tiene el mérito (incalculable) de explorar los límites de la risa. No recuerdo cuanto tiempo hace que no me divertía tanto con un cuento. Todo en él es magnífico y tengo para mí que es el más Dickensiano de todos ellos en cuanto a la elegancia de la prosa y el humor irrefrenable (es una aventura que bien podría haberle ocurrido al seño Pickwick), pero como el disfrute empieza en el propio planteamiento voy a atreverme a no desvelar nada concreto de él. Léanlo y ya me dirán.
En los bajos, en La tienda de Madame Chiang, tiene Elia Barceló el indudable mérito de hacer hermosa la tristeza, porque la historia que cuenta es trágica y hasta dolorosa: narra la capacidad de las personas para sacrificar su felicidad en el altar de la búsqueda del éxito, pero incidiendo no en el propio sacrificio sino en el dolor de las víctimas colaterales, que nunca debieron ser ni víctimas ni colaterales. A la vez construye un personaje, Madame Chiang, tan inquietante como brillante.
Uno pasa miedo en el sótano con el Nuevo libro de insectos de Pilar Adón o en el desván con la Luz de gas de Marian Womack, se intriga a la vez que se sorprende ante la capacidad autodestructiva de las personas en la habitación 401, donde ya no vive Charles Dickens pero afortunadamente sí Francesc Miralles. También es extraordinariamente ágil el relato de La última víctima de Trafalgar que nos llega desde la habitación 101, donde Óscar Esquivias consigue desquiciar a la misma señora Lirriper y, en fin, disfruta terriblemente con todos los cuentos. Aunque no puedo finalizar sin decir una palabras acerca de lo terriblemente poderosas que son algunas de las imágenes que pueblan la habitación 404, la de la vida nueva de Daniel Sánchez Pardos, quien nos enseña que una webcam puede mostrar el amor entre dos hermanos, de la misma forma que el otro amor bien puede llevar un jersey de lana con una temperatura ambiental de 40 grados.
Si alguna vez van a Londres no olviden buscar esta pensión. Lean el libro previamente, todas sus habitaciones se leen con disfrute, pero no en todas se debe pasar una noche con la misma tranquilidad de espíritu. Pero no dejen de alojarse en ella, aunque sea metafóricamente, porque les aseguro que no hay ninguna otra que proporcione estos mismos servicios.
Andrés Barrero
andres@librosyliteratura.es

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