Crónicas marcianas

Crónicas marcianas, de Ray Bradbury

Crónicas marcianas

Cuando un libro luce en el título la palabra “marcianas”, es difícil que pueda escapar al encasillamiento en el género de la ciencia ficción. Y, como todos los encasillamientos, el de la ciencia ficción comporta un problema: hace que los no adeptos al género se alejen de él como de la peste. “¿Yo, leer un libro de marcianos? Quita, quita, a mí dame una historia de verdad”.

Pero ¡ay! la verdad es un concepto muy escurridizo, como muy bien saben filósofos y políticos. Y así, los que se niegan a leer Crónicas marcianas porque no les gustan las “tonterías con hombrecillos verdes y rayos láser” se pierden toda una joya literaria.

En consecuencia, he decidido tomar cartas en el asunto y, ante la imposibilidad de cambiarle el título ni rebajar los prejuicios de los lectores, me veo obligado a hacer una declaración oficial:

Señoras y señores, les anuncio que Crónicas marcianas no es una obra de ciencia ficción.

Bueno, de hecho creo que no soy el primero en hacer esa afirmación. Otros han evitado las palabras malditas, señalando que, en realidad, lo que esta obra hace es especular sobre el futuro de la humanidad en un hipotético mundo de conquistas galácticas. Así que voy a ir un poco más lejos: Crónicas marcianas no especula sobre el futuro de la humanidad, sino todo lo contrario: habla de nuestro pasado. (Que viene a ser lo mismo).

¿Cómo? ¿Qué? ¿Nuestro pasado? ¿Pero no sucede en Marte? ¿Cuándo hemos estado en Marte? Pues en la misma época en que estuvimos en Macondo, Comala o Yoknapatawpha. Porque al igual que han hecho tantos escritores a lo largo de los siglos, Bradbury creó su propio espacio literario imaginario. Así, entre 1947 y 1950, cuando escribió este libro y ya no quedaban en la Tierra lugares por descubrir y apenas un par por bombardear, debió de pensar que lo más sensato sería situar su Macondo en el planeta rojo.

En cualquier caso, al leer este libro, es difícil no pensar en la historia de la humanidad. En primer lugar, por su estilo entre épico y poético, que nos remite a otras crónicas de conquistas, descubrimientos y migraciones. Y en segundo lugar, y de manera mucho más clara, porque la conquista de Marte en el libro de Bradbury nos recuerda poderosamente a la llegada del hombre blanco a tierras de América, África o Australia.

La Tierra está a punto de ser devastada en una conflagración nuclear, pero tras varias expediciones fallidas, en las que se perdió el rastro de los expedicionarios (aunque el lector sí sabe qué le ocurrió a la mayoría de ellos) Marte ha sido por fin conquistado y los terrícolas, los “habitantes del tercer planeta”, tienen la posibilidad de empezar allí una nueva vida. Poco a poco, sin embargo, nos damos cuenta de que la conquista del espacio es más sencilla que la posibilidad de que el hombre cambie su naturaleza. El hombre tiene miedo ante lo desconocido, impone sus valores porque desprecia cuanto ignora, dispara primero y después pregunta.

Crónicas marcianas está estructurado en forma de episodios sueltos, sin ningún personaje central, aunque sí con muchos nexos que le dan continuidad, desde la propia historia de la colonización hasta las continuas referencias a determinados personajes y acontecimientos. El libro es tan hermoso como triste, y algunas de las crónicas son auténticos clásicos del relato, fuera de cualquier tipo de género. “La tercera expedición”, por ejemplo, encandiló a Borges, pero a mí, la verdad, me costaría muchísimo señalar un solo relato que flojee. Un tono profundamente melancólico y poético impregna toda la obra, y no escapa a él ni siquiera la divertida “Los pueblos silenciosos”.

Ray Bradbury nos dejó el pasado junio y, como se dice en estas ocasiones, fue una gran pérdida para la literatura, como si la literatura fuera una especie de vampiro que necesita chupar sangre de literatos nonagenarios para poder vivir. A mí, francamente, me parece que un hombre que llega a los 92 años de edad, tras una vida intensa, feliz con su mujer de toda la vida y tras haber dejado una inmensa obra literaria de primer orden, puede morir bien tranquilo, sabiendo que su vida fue un gran regalo para la literatura. Y su muerte me brindó la oportunidad de descubrir esta maravilla de libro que yo me negaba a leer, porque a mí no me van las tonterías sobre hombrecillos verdes y rayos láser.

Un pensamiento en “Crónicas marcianas

  1. Un libro de imprescindible lectura. El autor siempre reivindicó los mundos fantásticos, muy alejados de lo que se entiende por ciencia ficción. Con esta obra hizo una de las mejores descripciones sociales, no dejó ni un tema esencial por tocar a través de todos y cada uno de sus cuentos.

    Recuerdo que al hablar de este libro en la radio nos quedó un programa de lo más completo.

    Un abrazo!

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