El libro uruguayo de los muertos

El libro uruguayo de los muertos, de Mario Bellatin

El libro uruguayo de los muertos

Una propuesta original y sorprendente que difumina las fronteras entre la realidad y la ficción.

 

—¡Anda! Libro nuevo… ¿qué estás leyendo?
El libro uruguayo de los muertos, de Mario Bellatin.
—¿Un uruguayo?
—No, no, es mexicano.
—Ah. A ver… “…dialoga sobre los misterios de la resurrección de la carne… el tiempo no transcurre ni hacia delante ni hacia atrás… una espiral que al mismo tiempo que da vueltas sobre ciertos ejes recurrentes, sale disparada en todas las direcciones… una casa de muñecas que pertenece a una familia de toreros enanos… su imaginación desbordada trastoca la frontera entre realidad y ficción…” ¡La leche!  Así estás tú, con estas cosas que lees…

Bueno, no siempre hay que dar demasiado crédito a la sinopsis de la contraportada, pero la verdad es que, en este caso, El libro uruguayo de los muertos es cualquier cosa menos una lectura convencional.

Esta original obra está formada por fragmentos sueltos de una correspondencia entre Mario Bellatin y un remitente desconocido para el lector (y casi para el autor, ya que apenas se han visto una vez).  Pensándolo bien, tampoco estoy tan seguro de que se trate de un solo interlocutor o de que se hayan encontrado en una única ocasión, pero eso es lo de menos; el interlocutor importa poco, porque el libro sólo contiene la parte escrita por Bellatin.

Estos son los materiales con los que está construido El libro uruguayo de los muertos: párrafos deshilvanados e inconexos, desordenados, en los que se mezclan sin aparente sentido distintas conversaciones.  Saltando constantemente de un tema a otro, Bellatin habla sobre sus inverosímiles enfermedades y los efectos secundarios de los medicamentos que toma, sobre un extraño viaje a la Habana en compañía de Sergio Pitol para investigar la misteriosa aparición de unos extraños muñecos en el Malecón, sobre los fantasmas que habitan su casa, sobre sus perros, sobre sus libros —en especial una biografía sobre Frida Kahlo que no sabe como empezar o que acaba de finalizar; que a veces le parece espantosa y de la que otras está muy satisfecho del resultado—, sobre su familia, sobre un sueño recurrente con toreros enanos…

Por si fuera poco, los retazos de cada conversación no sólo están mezclados con los demás; también están desordenados en el tiempo: todos ellos, poco a poco, van formando la geografía del universo particular de Bellatin, un territorio invisible sin coordenadas ni referencias, situado en algún punto entre la realidad y la ficción.

“Al leerlos nuevamente antes de partir, advertí que mi escritura después de la publicación de algunos libros, evidenciaba estar centrada como en círculos alrededor de determinados puntos: en la enfermedad, la deformación de los cuerpos, el abandono y el estigma de la muerte.  Me asusté, sentí que estaba anclado en ciertos modelos —cosa que contrastaba enormemente con la idea que tengo de un verdadero escritor—, pero al mismo tiempo esa especie de homogeneidad hacía posible que los pequeños fragmentos fueran parte de un todo.”

La lectura avanza al margen del tiempo y del espacio y los temas más prosaicos (el avance de sus proyectos artísticos, entre los que se encuentra el propio libro que el lector tiene en las manos, detalles de su agenda, el cuidado de sus perros, un nuevo auto) se van mezclando con los más increíbles y descabellados: sueños, chamanes, aparecidos…  Paulatinamente, la narración va perdiendo los pocos visos de coherencia que pudo impostar al inicio.  Pasajes enteros se repiten a las pocas páginas con apenas pequeñas variaciones y comienzan a aparecer contradicciones, sutiles pero evidentes.  La realidad se desmorona y el tiempo se diluye.  De la nada aparece un Iván Thays transfigurado en agrimensor mutilado y, por momentos, se confunde con el autor del libro; Frida Kahlo, a pesar de haber muerto en los cincuenta, sigue viva y atiende un puesto de comidas en un pueblo del interior; la familia de Bellatin resulta estar formada por sádicos fascistas italianos huidos tras la caída del Duce que sólo pueden engendrar hijos monstruosos.

Y esto ¿es una novela? Hace ya tiempo que se escriben novelas más o menos alejadas del esquema tradicional del argumento y el desenlace. En este sentido, Bellatin, en todas sus obras, se queda cerca del límite donde ya apenas podemos emplear el calificativo de “novela”. Sin embargo, sea lo que sea El libro uruguayo de los muertos, funciona: si uno comienza a leer no podrá escapar de la fascinación que produce el caos de palabras y párrafos.

Francisco Goldman compara el texto con un montaje de Duchamp, otro artista —llegados a este punto es más apropiado calificar a Bellatin de artista que de escritor— sobre cuyas obras hay más de uno que opina que no son arte.  No quisiera entrar en ese debate, acerca si los ready-made de Duchamp son arte o si este libros es una novela, entre otras cosas porque gente mucho más preparada que han sido incapaces de dar una definición convincente de “arte” o “novela”.  Lo fascinante de El libro uruguayo de los muertos no es que sea novedoso, experimental o simplemente raro, la originalidad por sí misma no tiene ningún valor si no aporta algo más, sino que el autor consigue hacer surgir en medio del caos un universo fantástico y turbador.  De este modo, al desdibujar los contornos de lo razonable, Bellatin logra, al igual que en sus fotografías, que se hagan visibles los fantasmas cotidianos que nos acompañan (algo parecido a lo que hacía Cortázar, pero con otros métodos), revelando la existencia de un mundo enrarecido y mutable que parece tener vida propia al margen de la voluntad de un autor que, a lo largo de todo el libro, hace un esfuerzo evidente por desaparecer, intentando que el lector no dé “la menor importancia a lo que yo digo.  Los textos y las imágenes están planteadas para que cada quien haga lo que lo parezca con ellos”.

—Un libro sin argumento y sin autor…  ¿Qué clase de obra es esta?
—Pues ahí está lo fascinante, la obra no es sólo el libro que el autor tiene en las manos, la obra es el proceso de crearla, las personas y los fantasmas implicados, el autor (su impulso, su miedo, su sentimiento de culpa hacia el hecho de escribir).  Todo eso es la obra de Bellatin.  Las palabras y las fotos, desorientados habitantes del mundo fantasma creado por él, son sólo una de las apariencias con las que el espectro de la obra se manifiesta ante el lector.
—…
—¿No lo ves?  Ya no se trata de contar una historia a un público pasivo, sino que de algún modo el autor se haga a un lado y permita que el lector participe en el proceso creativo, en la circulación de emociones e ideas.
—No me vegas con rollos artísticos.  Lo importante de un libro es que te enganche, que disfrutes leyéndolo.  ¿Este te ha gustado o no?
—Muchísimo.

 


 

Si El libro uruguayo de los muertos abre las puertas de un mundo paralelo poblado por los fantasmas que conviven con nosotros día a día, no será de extrañar que el propio libro tenga su fantasma.

“Pienso como libros-fantasma aquellos que aparecen en forma paralela a la edición original.  Bastante simples.  Sin tapas, engrapados, en cuya portada contengan sólo la información del libro original como una manera de vincular las dos instancias: la del libro publicado y la de su presencia inmaterial.  Sería la primera editorial, creo, que en lugar de aprisionar la información convirtiéndola en un coto cerrado, serviría como verdadero vehículo de aceleración y distribución de ideas.”

El libro-fantasma de El libro uruguayo de los muertos (que el lector puede conseguir con sólo solicitarlo a la editorial, pero que debería encontrar de formas más casuales y sorprendentes, más propias de un fantasma) es un cuadernillo que recoge algunas de las fotografías de Bellatin que el autor menciona —directa o indirectamente— en el libro convencional, cada una de ellas acompañada de un fragmento del libro.

Este formato no sólo permite la aparición, como si de un espectro artístico se tratara, de formatos más libres, menos ligados a las servidumbres del mercado editorial, que emanen directamente del ejemplar publicado.  En este caso, el libro-fantasma permite al autor hacer llegar al lector las fotografías que, en cierto sentido, sirvieron para generar el texto y que, por tanto, forman parte de un mismo producto artístico y, más que ilustrarlo, lo explican.

Bellatin-libro_fantasma_01

“Estoy con una gripe fuerte.  Parece hacer interferencia con los supuestos efectos secundarios de la medicina que experimento —muy cara, casi impagable—, que se cree voy a poder ahora sí soportar sin malestares mayores.  Entonces el dilema de mi vida se plantea de la siguiente manera:  ¿Cómo es posible, si uno está buscando en realidad un recodo amable donde morir, que deba gastar de pronto mucho dinero para conseguir un medicamento que va a producir lo contrario?”

 

Bellatin-libro_fantasma_02

“Parece que la mayoría de los muñecos de los que me habló Sergio Pitol se encuentran instalados cerca del mar.  Precisamente en el malecón que abarca casi todo el frente de la bahía.  Los colocados en aquel sitio dan la impresión de ser los más baratos o los que han sido almacenados en condiciones inadecuadas.  Algunos de ellos incluso parecen peligrosos.  El riesgo consiste en que sus instalaciones eléctricas presentan un estado por lo regular defectuoso, y si alguna persona llega a tocar sus superficies puede verse afectada de pronto por una riesgosa descarga de energía.  Precisamente los del malecón son lo muñecos en los que menos se puede confiar.”

 

 

Bellatin-libro_fantasma_03“Como lo sabes, no puedo escribir en este momento y tengo muchas cosas por entregar.  Las fotos ocupan casi todo el espacio.  Como que sellan la escritura.  Terminan por decir lo que la escritura planteó y está imposibilitada, por su carácter mismo de abstracción, de concluir.  Le es difícil, por ejemplo, mostrar de un solo golpe lo simultaneo en el tiempo y en el espacio.  La relación entre lo vivo y lo muerto.  La convivencia de lo falso con lo verdadero.

Cada vez me aburre más escribir y me entusiasma con mayor fuerza hacer fotos.  Utilizo una cámara de plástico de mi infancia, una Diana, y otra de cartón y madera, hecha a mano, sin lente.

Descubro en este dejar de trabajar, en este punto ausente, algo curioso que ya te he mencionado: que cada vez mis textos son peores y mis fotos de mejor calidad.”

 

Javier BR
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