Jueves 14 de Enero de 2010 00:00
Los duelistas, de Joseph Conrad
Título: Los duelistas (1907)
Autor: Joseph Conrad
Editorial: Akal
Páginas: 144 p.
ISBN: 9788446025238
Dos oficiales del ejército napoleónico se enfrentan en un interminable duelo del que no pueden escapar.
“Napoleón I, cuya carrera fue una especie de duelo contra la Europa entera, desaprobaba los lances de honor entre los oficiales de su ejército. El gran emperador militar no era un gran espadachín y tenía bien poco respeto por las tradiciones.”
“Los duelistas”, o “El duelo”, o “Una cuestión de honor”, que por todos esos títulos se conoce esta breve novela de Conrad, narra la historia de un duelo entre dos oficiales de la Grande Armée que, por azares del destino, se prolonga por más de 15 años. Durante este período, que coincide con las campañas napoleónicas y la caída del emperador, seremos testigos de las andanzas de los tenientes de húsares Feraud y D’Hubert mientras recorren el continente de batalla en batalla y de duelo en duelo: Austerlitz, Jena, España, Rusia, Leipzig, los Cien Días. Paradójicamente, al mismo tiempo que intentan acabar el uno con el otro cada vez que tienen ocasión, durante sus andanzas militares llegan a combatir espalda con espalda e incluso a salvarse la vida mutuamente.
Un duelo tan largo, que obliga a los contendientes a batirse en tantas ocasiones, como era de esperar sólo podía iniciarse por una nimiedad: el impulsivo Feraud reta al prudente D’Hubert en una arranque de ira y, a partir de ese momento, el honor de ambos, y el de sus regimientos, queda en entredicho, atrapando a los duelistas en una red de absurdos compromisos: no pueden rehusar al combate ni retirarse de él, no pueden revelar el origen del duelo, ni decir nada que perjudique la carrera militar del oponente. El sentido del honor, el orgullo, la tozudez, la inercia, los celos profesionales sólo pueden ser satisfechos con la muerte del rival.
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Al carácter épico que con el paso de los años va adquiriendo este interminable duelo se suma el obcecado silencio de las dos únicas personas que conocen el motivo que lo originó, rodeándolo de un halo de misterio que termina por conferirle proporciones míticas. Con el tiempo, el duelo termina por convertirse en orgullo y envidia de sus compañeros de armas, pasando a formar parte del patrimonio del Ejército.
Feraud y D’Hubert son hombres de fuerte personalidad, capaces, valerosos y, sin embargo, a raíz de un acontecimiento nimio, dejan de ser dueños de su destino. De repente, sus vidas están sometidas a fuerzas que no pueden controlar y que escapan a las leyes de la lógica. Los motivos por los que ambos siguen combatiéndose mutuamente y los sentimientos que dicha confrontación despierta en ellos van a ir cambiando a lo largo de la narración, pero hay una constante: ninguno de ellos controla las fuerzas que les mueven.
“Los duelistas” no es una novela histórica, no al menos como la concebimos actualmente; las campañas imperiales, la caída de Napoleón o la Restauración son poco menos que un escenario para la aventura de D’Hubert y Feraud; el sustrato necesario, pero apenas visible, para que la historia se desarrolle.
Como suele suceder con Conrad, la acción siempre está presente, pero no es protagonista; para ser el eje conductor de la historia, a los duelos no se les dedica más que unas pocas líneas, apenas la escueta mención del lugar y armas elegidos y del desenlace. En realidad el texto se centra en las motivaciones y los sentimientos de sus protagonistas, aunque Feraud y D’Hubert son dos personajes tan arquetípicos, tan opuestos, tan carentes de matices, que invitan a interpretar la obra en clave simbólica. Feraud (meridional, achaparrado, moreno, impulsivo, rencoroso, violento) y D’Hubert (norteño, alto, atractivo, reflexivo, sensible) sólo tienen en común en un principio su amor al ejercito, su innegable valor y su profundo compromiso con la causa napoleónica. Con el paso del tiempo, mientras Feraud radicaliza su carácter y sus convicciones, D’Hubert, quizá por su naturaleza más reflexiva, desengañado de todo aquello en lo que ha creído y por lo que ha luchado, comienza a sentir la necesidad de construirse una vida más allá de los campos de batalla, aunque pronto descubrirá que esa vida no está exenta de temores y complicaciones.
Con este título, además de elaborar una reflexión sobre el escaso control que en realidad ejercemos sobre nuestro destino y lo condicionadas que están por el entorno nuestras decisiones, Conrad, a través de sus duelistas, rinde homenaje a una época, a unos hombres, a un código de conducta por los que sentía una gran admiración, un brindis nostálgico por una de las pocas aventuras que le quedaron por vivir.
En definitiva, una novela que, a pesar de ser un título menor dentro de la obra de Conrad, representa una ocasión inmejorable para disfrutar de este autor en un escenario distinto, lejos del mar que fue su pasión.
Javier BR
Buscador de Libros

escrito por Andromeda , enero 17, 2010
En esta obra percibí a un Conrad un tanto diferente: un poco menos denso, con tintes románticos, pero bastante profundo. Es uno de mis escritores favoritos.
Coincido con todo tu análisis, me gusta mucho eso del homenaje a la época y al código de conducta.
¡Saludos!
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- Fue al amanecer. Yo estaba en el lugar convenido con mis tres testigos. Esperaba a mi adversario con una impaciencia indecible. Apuntaba un sol primaveral que predecía la proximidad del calor. Le vi a lo lejos. Venía a pie, con la guerrera colgada del sable, acompañado de un solo testigo. Nos dirigimos a su encuentro. Se acercó con la gorra en la mano, llena de cerezas. Los testigos midieron doce pasos. Me correspondía disparar primero; pero la emoción de mi ira era tal que no confiaba en la firmeza de mi mano y, para darme tiempo a calmarme, le cedí el primer disparo; mi adversario no quería aceptarlo. Se decidió echarlo a suertes: el número uno le tocó a él, el eterno favorito de la fortuna. Apuntó y me atravesó la gorra. Había llegado mi turno. Por fin su vida estaba en mis manos; le miré ávidamente, intentando descubrir aunque fuera la más leve sombra de inquietud... Mientras yo le apuntaba, él escogía las cerezas más maduras de la gorra y escupía las pipas, que llegaban hasta mí. Su indiferencia me sacó de quicio. ¿Qué sentido tiene, pensé, privarle de la vida si no le tiene ningún apego? Una idea macabra me atravesó la cabeza. Bajé la pistola.
- Tengo la impresión de que no es su momento de enfrentarse a la muerte -le dije-, está usted desayunando; no quisiera molestarle...
- No me molesta en absoluto -repuso-, tenga la bondad de disparar, aunque puede usted hacer lo que quiera, dispone de un disparo y siempre estaré a su disposición.
Me dirigí a los testigos, diciéndoles que no tenía intención de disparar y así acabó el duelo.