Suzanne, de Noemí Trujillo

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Si hay algo que nos hace sentirnos idiotas y vulnerables, es el amor. Construimos nuestro futuro basándonos en suposiciones, siempre con las ansias de libertad por bandera. Hacemos planes, nos marcamos fechas y plazos, y siempre prometemos cumplirlo todo con escrupulosa rigurosidad. Hasta que nos enamoramos. Y a partir de ahí se acabaron las suposiciones, las fechas y los plazos, todo. Nuestro cántaro lleno de leche se cae y se rompe en mil pedazos. Ya no somos libres, ni individuales. Pasamos a ser la mitad de un todo maravilloso y en nuestro futuro ya no cuenta el “yo”, cuenta el “nosotros”. Todo este humo romántico confunde y reconforta a partes iguales, tanto que algunas parejas van más allá y deciden dar el siguiente paso, el matrimonio. Hasta que te das cuenta de que tras la puerta del matrimonio se encuentra un mundo desconocido, que quizá no te compense conocer.

En este punto se encuentra Susana, la protagonista de la primera novela de Noemí Trujillo cuyo título evoca a la famosa canción de Leonard Cohen. Susana es una reconocida fotógrafa barcelonesa que viaja por todo el mundo fotografiando aeropuertos. En uno de ellos, Barajas, conoció a Tomás. Su flechazo instantáneo ha durado siete años llenos de intermitencias y largas ausencias por motivos de trabajo. Pero la inminente boda de ambos supone un punto de inflexión. Susana debe decidir entre la aburrida estabilidad que le ofrecen Madrid y Tomás o seguir siendo una viajera incansable con su amada Barcelona como centro neurálgico.

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Crónicas de la era glacial ,1, de Jiro Taniguchi

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Parece mentira, pero desde que se editó por primera vez en Japón en 1988 nunca se había publicado en España el manga que hoy nos ocupa. Tal vez sea un signo de los tiempos y las tendencias, tal vez alguien se haya dado cuenta del error, o tal vez, simplemente, quieran hacer caja.

Sea como sea, siempre es bienvenida cualquier obra de Jiro Taniguchi. Cualquiera. Acostumbrado(s) como estoy (¿estamos?) a historias intimistas, familiares, nostálgicas, emotivas, románticas e incluso gastronómicas, pero historias que siempre tocan la patata del lector, sorprende ver a este autor en una aventura de ciencia ficción. (No acabo de encuadrar Un barrio lejano ni Cielos radiantes dentro de ese género por mucho que uno trate de un viaje al pasado, al propio cuerpo adolescente manteniendo la mente de adulto, y otro nos cuente el intercambio de conciencias entre dos personas a raíz de un accidente de tráfico).

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Wonder Woman. Hierro, de Brian Azzarello

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No puedo estar más agilipollado con mi primera incursión en serio en una colección de Wonder Woman. Quiero pensar que se debe al buen hacer del guionista, Azzarello, en la fusión que hace de mitología clásica y de mitología  que va “inventándose” en beneficio de la historia. (O al menos yo creo que es inventada; me gusta lo mitológico, pero no soy ningún experto).

Si vas a leer esto supongo que es porque te has leído los dos tomos anteriores, Sangre y Agallas y puedo hacer espoilers de dichos números. De no ser así dos cosas:

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Cosas que brillan cuando están rotas, de Nuria Labari

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Nos rompemos. A cada instante. Como si estuviéramos ciegos. Oímos el ruido de algo que se quiebra. Que se rompe. Que no termina de encajar en su sitio. Pero continuamos con nuestra vida. Lo necesitamos. Anclarnos al mundo, aunque sea mentira. Encadenarnos a las emociones, a las que una vez fueron, a las que ya no son, a las que vendrán. Somos familia, amigo y pareja. Un entramado de palabras que no se dicen, de bombas que han estallado, de grietas que ya no podrán pegarse y quedar de la misma forma. Miramos, observamos lo que nos rodea, intentando encontrarle un significado que, quizás, no tenga, pero eso nos sirve para controlar lo que vivimos, lo que sentimos, como si pensáramos que la emoción es algo controlable, algo que somos capaces de encender y apagar como si de un interruptor se tratase. Nos rompemos, pero como bien dice esta novela, somos Cosas que brillan cuando están rotas porque, en algún momento, en un instante que nosotros creíamos perdido en el tiempo de las noticias que no quieren escucharse, un pequeño rayo de luz entra, intenta colarse, por los nudos del tiempo que dejan a veces un hueco para calentarnos. Puede que no sea suficiente, pero al menos seguiremos pensando que estamos vivos.

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La granja, de Tom Rob Smith

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Al parecer, el New York Times Book Review dijo de La granja que su tema era el miedo a perder a un padre. Sin desmerecer a quien firma esa opinión, yo, humildemente, me permito disentir: el miedo a perder a un padre es uno de los temas secundarios de La granja, pero su tema principal es otro mucho más universal y trascendente, y es éste: el miedo a conocer la verdad.

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Nora Webster, de Colm Tóibín

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Hablar de la vida se nos hace complicado. Tendemos a leer historias que sobrepasen lo establecido, como si quisiéramos encontrar en la literatura una especie de puerta a otro mundo, a otra realidad que supere, con creces, lo que es posible vivir en toda una existencia. Pero nos olvidamos, no siempre, afortunadamente, de aquellas historias que, por su cercanía, convierten una novela en un retrato tan fiel de lo humano, de lo que nos ofrece la vida, que al pasar las páginas sea como estar observando algo que nos sucediera a nosotros. Colm Tóibín ha dejado su esencia en algunas novelas que a mí me dejaron sin aliento. Y es muy posible que con Nora Webser nos haya traído una historia mucho más sencilla en sus formas, pero que guarda en su fondo, en eso que se guarda y sólo se revela hasta que hemos leído la obra entera, todo un ejercicio de fotógrafo de vivencias, de historias corales donde las relaciones, las palabras, los silencios y los sentimientos, son los protagonistas de lo que, en realidad, siempre ha sido lo que decía al principio: la vida. Porque ya sea en la alegría, en el dolor, en la melancolía o en los secretos, todos guardamos algo de nosotros mismos que, tarde o temprano, busca salir a la luz.

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El silencio de la ciudad blanca, de Eva García Sáenz de Urturi

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Es toda una putada, una gran putada, que un domingo de verano, víspera de Santiago, y días antes de las fiestas de Vitoria, cuando estás disfrutando del mejor pincho de tortilla de patatas del mundo (con el huevo a medio cuajar y las patatas cocidas aunque crujientes) recibas una llamada del trabajo. Una llamada que va a cambiar tu vida a peor y ni te imaginas cuánto. No lo sabes en ese instante. No tienes ni idea. De momento solo eres consciente de lo que te dice la persona al otro lado del teléfono: al igual que veinte años antes, se han encontrado dos cuerpos desnudos. Chico y chica, con las manos apoyadas en la mejilla del otro…

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¿Has tenido familia alguna vez?, de Bill Clegg

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¿Estarías preparado para que todo tu mundo se desmoronara? En nuestra sociedad, arrimados siempre a conceptos como “felicidad” o “tranquilidad”, parece como si nos hubiéramos deshecho de todos esos contrarios que también existen, y forman la personalidad de cada uno. Si nos sobreviniera un drama en estos momentos, en estos mismos instantes, ¿seríamos capaces de sobrellevarlo? ¿Tendríamos la capacidad para seguir adelante? No hablo de esto porque vaya a contar las últimas bondades de un libro de autoayuda, sino que voy a intentar desentrañar lo que me ha surgido al leer ¿Has tenido familia alguna vez?, que ya desde su título nos plantea una pregunta para que reflexionemos y nuestras ideas se dirijan a uno de los epicentros de los argumentos literarios: la familia. ¿Quién es nuestra familia? ¿Cómo sobrevivimos a ella? ¿Qué nos queda cuando no nos queda familia que esté a nuestro lado? ¿Si estuviéramos solos, terriblemente solos, qué nos sucedería? Bill Clegg no ha creado esta novela para que nos sintamos mejores, pero al menos ha creado una obra para que entendamos que en el dolor, en ese agujero en el que en ocasiones nos encontramos metidos, es posible ver una especie de luz que no nos haga olvidarnos de quiénes somos.

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Estimado señor M., de Herman Koch

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¿Puede la literatura convertirse en un arma? Debe hacerlo. ¿Puede la literatura convertirse en venganza? En ocasiones, es la única solución posible. ¿Se esconden los escritores en sus libros para poder disparar a aquello que no se atreven en la vida real? No son pocas las veces que nos hemos encontrado frases, ideas, párrafos, argumentos, que tras la etiqueta de “ficción” dejan claro que los autores buscan cercenar alguna que otra cabeza. Herman Koch fue descubierto hace algunos años ya por su novela La cena que ponía al lector en una posición comprometida y reflexiva sobre qué habría hecho en las circunstancias en las que se desarrollaba la historia. Siguiendo esa estela, y con muchas más ganas de meter el dedo en la llaga, su Casa de verano con piscina fue un ejercicio mucho más polémico por lo real. ¿Nos volvemos a enfrentar a una posibilidad de leer algo que nos desarme por dentro? Sí y no, y en breve entenderéis por qué. Lo que sí tengo claro es que las novelas deben proporcionar al lector un espacio donde sus filias y fobias aparezcan representadas y ahí, en ese intervalo entre que leemos y nuestro cerebro termina por enfrentarse a lo leído, es donde un libro, una novela, un ensayo, cualquiera que sea el género, se la juega sin red sobre la que caer en su vuelo. Porque no nos olvidemos que, las novelas que recordamos, son las que han hecho que algo, sea lo que sea, haga saltar un resorte que creíamos dormido desde hacía mucho tiempo.

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Solos, de Paloma Bravo

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Las dudas asaltan a cada instante. Bien sea porque no paramos de preguntarnos o porque esta vida es lo suficientemente caótica que invita a ello, lo cierto es que vivimos en un concepto de duda constante. Nos cuestionamos a nosotros mismos, a los demás, convertimos un simple detalle en toda una historia que nos viene bien a nosotros, para ser más reales, o incluso más ficticios, lo mismo da, pero en el fondo no deja de ser una invención ideada para que nuestra mente pueda decir: “¿ves?, yo tenía razón”. Mensajes contradictorios, un ir y venir de sensaciones, el sentimiento de soledad que a veces atraviesa el cuerpo, el amor que buscamos sin piedad, o el simple reconocimiento frente a un espejo que no es el del baño sino el de la vida misma. Paloma Bravo podría haber escrito una historia amable, una de esas obras en las que unos amigos se reúnen y empiezan a hacer balance de su vida, cerrándolo todo con un final tan feliz como almibarado para aquellas personas que necesiten encontrar en los libros un cierre de oro a una vida de mierda. Pero ella no lo hace así, porque eso no sería real, no sería verdad, siempre y cuando la verdad exista. Y es que, aunque lo cierto duela, aunque a veces sea cruel, aunque en ocasiones el eterno retorno a esas ideas imaginarias se ejecute con toda la mala leche de la que es capaz, al menos habremos sentido algo y no permaneceremos anestesiados.

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