El diablo viste de Prada

El diablo viste de Prada, de Lauren Weisberger

el diablo viste de prada libroTú, que te encuentras al otro lado de la pantalla. Sí, tú, la persona que está leyendo estas líneas. ¿Cuántas veces te has quejado de tu jefe? ¿En cuántas ocasiones has pensado que ojalá se cayera por las escaleras y se quedara de baja por toda la eternidad? ¿Has llegado a casa pensando que el trabajo que realizas – aguantarle, básicamente – no estaba pagado con suficiente dinero? ¿Y aun así has seguido yendo a trabajar porque sabías la oportunidad que era estar en esa empresa? Todos – repetid conmigo, T-O-D-OS -, nos hemos visto inmersos en esa sensación de odiar tu trabajo pero saber que lo necesitas como agua de mayo, a pesar de que tu jefe es un auténtico tirano al que no soportaría ni su propia madre. Así fue, con esta idea de base, cómo empecé la lectura de El diablo viste de Prada. Sin ningún miramiento y pensando que mi jefe – no el de ahora, sino otro mucho más lejano – era un auténtico dictador que debía comer más fibra en su vida o, en su defecto, tener más sexo y joder menos al personal. ¿Quién dijo que en una reseña uno no puede contar cosas de su vida personal? Pues yo lo estoy haciendo y me quedo más ancho que largo. En cualquier caso, he venido aquí para hablar de un libro, de este al que le veis una portada que resume muy bien lo que nos ha venido a contar hace ya unos años Lauren Weisberger y que se convirtió en ese éxito de ventas que supuso darnos cuenta – de alguna forma, no sé muy bien todavía cuál es la conclusión – que allá, en un mundo donde todo parece glamour y noches de fiesta, se escondía otro mucho más terrible y oscuro como es el de los trabajos mal pagados y llenos de, por qué no decirlo, comedias ácidas donde sentirnos identificados.

Andrea es la secretaria de Miranda Priestley, la voz que dicta la moda de toda la ciudad. Todo el mundo la venera – y la teme a partes iguales – pero se va a encontrar con la horma de su zapato porque Andrea no se fía ni de las apariencias ni está dispuesta a pasar por el aro de la dictadura de la moda.

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Pandora

Pandora, de Henry James

pandoraDice la gran traductora de la obra, Lale González – Cotta, en el prólogo de esta exquisitez que se llama Pandora la anécdota que en el mundo literario se recuerda de Camilo José Cela, cuando un joven escritor le preguntó un posible argumento para una novela y aquél le contestó “un hombre y una mujer se enamoran, escriba sobre usted sobre eso”. Y así es como se nos introduce en esta pequeña joya donde Henry James ya, con el simple hecho de leer su nombre en una portada, es un sinónimo de viaje legendario por la vida de unos personajes que, sin la menor discusión, se convierten en parte del imaginario colectivo – o simplemente personal, el de cada lector – y no abandona por mucho que las circunstancias, que otras lecturas, que otros libros aparezcan y ocupen un lugar – sólo físico, nunca mental – en nuestra habitación. Un pequeño movimiento en la vida de un lector que se convierte en otro paso más grande cuando el libro se cierra y la imagen de un hombre reflexionando hace acto de presencia y queda impregnada nuestra realidad con esa pátina de belleza y sutileza que aflora por las calles de Nueva York, por las estancias de una opulenta sociedad o por las conversaciones en las que el amor, la ironía y los medios silencios revolotean como un pequeño pájaro, atravesando el cerebro y convirtiéndolo en algo distinto, no sabría describirlo con exactitud, que nos llevaremos con nosotros por mucho viaje lector que se precie. Esas pequeñas joyas que, por desconocidas, suponen un grato descubrimiento y la satisfacción de leer por el simple placer de seguir en sus páginas.

Otto Vogelstein piensa que es imposible encontrarse de nuevo con la chica que conoció en su viaje en barco. Pandora Day. Una mujer que le cautivó. Lo que no puede imaginar Otto es que volverá a encontrarse con ella, con Pandora, pero ya no será la misma y descubrirá, de una de las formas más crueles, que lo que él pensaba cierto no lo es en absoluto.

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Máquinas del tiempo

Máquinas del tiempo, de Nina Allan

maquinas del tiempoEl tiempo, que con sus agujas nos ata a los minutos y segundos que forman un día, toda una vida, es tan inclemente como las tormentas que en nuestra existencia destrozan nuestros sueños, los anhelos que guardamos en los cajones, las pasiones que conforman toda una serie de cuerpos que se unen, sin saberlo, ligados a un destino que juega a los dados y al que le salen bien todas las jugadas. Será el tiempo, por tanto, el que como un trilero que engaña al más inteligente de los mortales, el que varíe el rumbo, el que juzgue necesario el cambio de escenario, de relación, de vista que mirar o de recorrido por el continuar. Pero, ¿y si en un segundo, en ese segundo maldito donde todos nos paramos sin ser conscientes, todo cambiara y nos encontráramos en otro lugar, en otra época, en otra realidad que se pareciera a la nuestra, pero que no lo fuera? ¿Escaparíamos o nos veríamos inmersos en ella? ¿Huiríamos de aquello que ya conocemos? ¿Echaríamos de menos lo que dejamos atrás sin miedo alguno? Máquinas del tiempo, como en un juego de azar donde todo está ya preparado de antemano, nos introduce paso a paso en la vida de personas que, un buen día, recibieron un regalo, un reloj que mantiene el tiempo a raya, pero en su propio beneficio. Esos mecanismos tan precisos que marcan con sus agujas la esencia de lo que somos, que juguetean con nuestras decisiones, que cambian la vida, que la destrozan o vuelcan en ellos la desgracia o la felicidad, sin un término medio que apague el fuego de lo vivido, de lo que se ha sentido, de lo que se pretende, sin conseguirlo, olvidar. Un infierno, guardado, en una pequeña esfera.

Martin Newland es un apasionado del tiempo. Para él los relojes son pequeñas máquinas del tiempo que ayudan a entender el pasado y el futuro. Pero cuando todo parece entremezclarse, comenzará una investigación que le llevará a entender aquello que había permanecido silenciado durante demasiado tiempo.

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Ciudades de papel

Ciudades de papel, de John Green

ciudades de papelCierras los ojos. El mundo pasa a tu alrededor, pero tú no eres consciente. Sientes que los cuerpos van de un lado a otro, pero tus ojos siguen cerrados, sin movimiento, esperando el instante justo en el que abrirlos. Estás quieto, la vida sigue sucediéndose, los ruidos se agolpan en tus oídos, y decides que ya es la hora, que tus ojos deben abrirse y conocer dónde estás, en qué lugar cambió todo, en qué preciso momento cambiaste de piel y ya no eras tú sino otra persona completamente distinta. Y das un paso. Avanzas por un camino que desconoces, que no es el tuyo, rompiendo los lazos que te unían a una cadena demasiado prieta. Das otro paso, tus ojos ya se han acostumbrado a la luz que se cuela por ellos, y te das cuenta de lo que has perdido, pero también de lo que has ganado. Ya no hay retroceso, ya no hay marcha atrás, lo único importante ha sido, es, y será, seguir adelante. Ciudades de papel es ese paso adelante que hace que cambiemos de camino, que variemos nuestro recorrido por las cosas que nos importan, que abramos la puerta – gastada por el tiempo – y salgamos a que la realidad nos golpee de lleno, hasta el mismísimo fondo, mientras los minutos van pasando, mientras los segundos se acumulan y el reloj de arena de nuestra existencia ya no es tiempo perdido sino tiempo ganado, que guardamos en nuestros bolsillos, en las manos, en los pies que caminan y que convierten el paso, por fin, en algo más grande, en una historia de amor, en un momento de búsqueda. Porque lo difícil no es encontrarnos, lo difícil es empezar a buscarnos.

Quentin nunca ha sido el más popular de su instituto, ni siquiera ha conseguido conquistar ningún corazón. Pero el día que Margo Roth Spiegelman entra en su cuarto una noche y le propone un plan que no puede rechazar comenzará a cambiar su vida. Todo se disparará cuando, al día siguiente, Margo desaparezca sin dejar más que un rastro de pista para que, quizás, pueda encontrarla.

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Libros y Novedades 196

Boletín de novedades. Julio 2014 – 27

Pandora El cementerio vacio la ciencia del yoga
Pandora,
de Henry James
El cementerio vacío,
de Ramiro Pinilla
La ciencia del yoga,
de William J. Broad

Las editoriales han sacado ya a la calle su arsenal de novedades para este trimestre, y en Libros y Literatura estamos dispuestos a disfrutar de semejante festín de libros interesantes. En este boletín, hemos seleccionado tres títulos que esperamos que llamen vuestra atención: una reedición del gran Henry James, una novela de misterio a orillas de una ría y una nueva manera de entender la práctica del yoga.

¡Feliz lectura!

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Soy leyenda

Soy leyenda, de Richard Matheson

Soy leyenda

El miedo se dispara ante situaciones sobre las que no tenemos ningún tipo de control y desconocemos sus consecuencias. Es una alarma necesaria que nos advierte del peligro, real o no. Como un puente sobre un precipicio por el que no nos atrevemos a cruzar. Cuando ya hemos pasado muchas veces por encima de él, demasiadas como para dar un paso firme o saber que nunca cederá del todo, el miedo disminuye o incluso, a veces, desaparece. No importa que el riesgo siga existiendo, nuestra experiencia nos dice que estaremos bien.

Algo parecido ocurre con algunos personajes clásicos de la literatura de terror. Se ha escrito tanto sobre ellos que su efecto ha disminuido excesivamente y ya no lo sentimos como una amenaza real. Es más nos cuesta imaginar que algún día lo fueran. Más si hablamos de vampiros. Probablemente el personaje peor tratado en este sentido. La literatura lo ha convertido hoy en un fantasma de sí mismo, a pesar de lo que, a algunos, su figura nos siga fascinando.

Sea como sea, sospecho que en 1954, cuando Richard Matheson, autor también entre otros de La casa infernal, publica su fabulosa Soy leyenda, el vampiro ya no es ni una décima parte de lo que había sido. Para hacernos una idea entonces ya se habían rodado unas quince películas solo sobre Drácula desde los años veinte. Pero la amenaza está ahí. O más bien la tiene Robert Neville, su protagonista, el último hombre superviviente de la tierra que vive encerrado por las noches en su casa rodeado de quienes una vez fueron sus conocidos y amigos, ahora vampiros, que le acechan desde la calle y le llaman por su nombre. Solo que aquí el miedo no es este, sino es otro. Algo más profundo y abstracto. Algo como el vago temor a ser realmente el último hombre de la tierra o, peor, a tener la esperanza de no serlo. Leer más “Soy leyenda” »

Freddie y yo

Freddie y yo

freddie y yo

Este cómic, o debería decir este pedazo de cómic (300 paginacas), me ha traído recuerdos e identificarme con algunas de sus viñetas. Aunque su título es Freddie y yo, habría sido más apropiado que fuera Queen y yo.

Como el protagonista del cómic, Queen fue el primer grupo de música de mi vida. Fue en BUP cuando me los descubrieron. Creo que hay, o había, un momento en cualquier persona en el que pasa de no tener preocupación ninguna por la música, a tener una fiebre devoradora de música. Por lo menos ese fue mi caso, a los quince años o así. Como decía, antes de Queen no hubo nada en mi vida. Un buen día me pasaron una cinta, no había aún cedés, y me gustó tanto que pedí más. La putada fue que me hice fan de un grupo cuyo cantante había fallecido recientemente. Aún así seguí acumulando material y recuerdo como una feliz coincidencia que en una clase de inglés nos pusieron de listening The show must go on

No recuerdo cuanto duró mi fiebre Queen, pero fue larga. Después vinieron más grupos, pero Queen siempre tendrá un hueco en la minicadena.  Ahora huyo de los temas más conocidos, que ya me cansan, y disfruto de los primeros discos, de temas como Death on two legs (dedicada a un manager cabrón que tuvieron), ´39, Bring back that Leroy Brown, Tie your mother down, The lap of the gods, Killer Queen, Love of my life… Vamos, lo dicho, los primeros discos, sobre todo el A night at the opera.

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Goat Mountain

Goat Mountain, de David Vann

Goat Mountain

Ha pasado casi un año desde que leyera por primera vez a David Vann. Por el camino sus tres novelas, Caribou Island, Sukkwan Island y Tierra, en el orden en que las reseñé. Once meses y un broche final en forma de montaña, Goat Mountain. Una especie de anexo a su trilogía, sobre la que el propio autor afirma que “es la novela que quema los restos de lo que le empujó a escribir en primera instancia las historias de su violenta familia“, tema central de todas sus publicaciones.

Sepa el lector que a David Vann no es fácil leerlo. No solo por la forma, la búsqueda en exceso del detalle en esas infinitas, casi siempre poéticas, descripciones de la naturaleza y de los acontecimientos, que hacen su ritmo un tanto pausado, o por sus personajes, con los que no busca su autor que uno empatice, sino también por su contenido, oscuro, retorcido y, en ocasiones, desagradable. Así es Vann. Incómodo y perturbador. A medio camino entre el drama y el terror, en cuanto a capacidad de crear inquietud. Pero además profundamente literario, hermoso en el lenguaje y honesto, de los que se abren las tripas, las sacan y las escriben después sobre un papel. Quizás porque precisamente se encuentre en ese punto de entender que escribir literatura es un acto generoso que a veces tiene que doler. Leer más “Goat Mountain” »

El animal moribundo

El animal moribundo, de Philip Roth

el animal moribundoLos argumentos a favor y en contra son lo que componen la historia. O bien impones tus ideas o bien te las imponen. Nos guste o no, esa es la disyuntiva. Siempre hay fuerzas enfrentadas y, por ello, a menos que se tenga un gusto desmesurado por la subordinación, uno siempre está en guerra. 

Así, son esa frase que resume tantas cosas, empecé mi andadura por la obra de Philip Roth. Y puede que no sea lo más interesante que ha escrito este hombre – este gran hombre, me atrevería a decir – pero al fin y al cabo es lo que a mí me motivó en aquel momento subrayar, las pocas veces que lo hago, ese texto y meterme de lleno en la historia. Así que, para un aficionado, para un casi neonato en este tipo de literatura, imaginaos la decepción que fue enterarme de su decisión de dejar de escribir, de no redactar más novelas nacidas desde las vísceras más profundas, llegando incluso a crearnos un malestar que puede sentirse en la garganta y en el paladar. Elegí El animal moribundo por muchos motivos que, siendo sincero, no recuerdo demasiado bien, pero hace poco, en una cena entre amigos, una persona a la que considero especial – por otros motivos – me habló del libro y estuvimos recordándolo, contemplando al abrigo de una copa de vino blanco cómo este autor había cambiado la vida de muchos lectores y se había arrimado la suerte de ser uno de esos escritores que uno espera que saquen otro libro, que nos haga tragarnos las palabras y nos deje mudos, en ese silencio que sólo pueden dejar los que convierten historias en vidas propias, en auténticos lujos en el momento en que libro y lector se hermanan y convierten su relación en única, casi diría que en fiel, uniendo las palabras a la piel de quien las sostiene en sus brazos. El tiempo dijo que este libro significaría algo más. No se equivocó del todo.

Kepesh, reputado crítico cultural, empieza a ver cómo su vida se desmorona cuando Consuelo hace acto de presencia. Una joven de veinticuatro años que le hará descubrir el insondable mundo de los celos y el miedo a perderla. Una caída que verá cómo su mundo no volverá a ser el que era.

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Tiempo de canicas

Tiempo de canicas, de Beto Hernández

Tiempo canicasDe niño nunca me encontré un cadáver en un descampado. Tampoco vi morir a un amigo  mientras jugábamos junto a las vías del tren. No confesé cabizbajo al quiosquero del barrio que le había robado unos caramelos, porque jamás se me habría ocurrido robar nada. No pillé nunca a mis padres en plena transferencia de semillitas. No di mi primer beso a una chica hasta … muy tarde. Y el perro que me regalaron a los diez años me duró hasta que acabé la universidad.

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