La geometría del amor, de John Cheever
Título: La geometría del amor (1946-1978)
Autor: John Cheever
Editorial: EMECÉ, 2006
Páginas: 432 p.
ISBN: 9788496580114
La perfección formal de sus relatos y su ácida e incisiva mirada convierten La geometría del amor en una oportunidad para recuperar a un gran escritor.
Al pequeño John le gustaba contar historias. Su maestra solía prometer a sus compañeros de clase que, si se portaban bien, al final de la jornada John les contaría un cuento. Y todos se portaban bien. Todos menos uno; a los diecisiete años John Cheever fue expulsado de la escuela por poco aplicado, impuntual y fumador. Su expulsión marcó el inicio de su carrera como escritor, pero también dejó una profunda huella en su vida, ya de por sí bastante descontrolada.
Con el tiempo, John Cheever llegó a encarnar a la perfección el mito del escritor atormentado: sensible, depresivo y alcohólico, su descarnada visión de su entorno le proporcionó tanto éxito profesional como sufrimiento personal.
El territorio Cheever está muy acotado: sus historias tienen como escenario Nueva Inglaterra, Manhattan o los suburbs durante los años cincuenta y, como protagonistas, la clase acomodada a la que perteneció (esa clase media norteamericana que tan poco tiene que ver con la nuestra). Sin embargo todo aquello de lo que habla Cheever nos resulta completamente familiar: matrimonios condenados al fracaso, reuniones familiares convertidas en ajustes de cuentas y, en definitiva, gente decente y trabajadora, buenos vecinos y ciudadanos ejemplares retratados como realmente son: egoístas, solitarios, envidiosos, mezquinos. Es “el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”, como decía Italo Calvino.
La geometría del amor reúne una colección de cuentos sobre gente común que vive vidas comunes; las vidas empobrecidas de las prósperas familias norteamericanas de clase media que, bajo el microscopio de Cheever, aparecen despojadas de apariencias, con sus defectos, sus virtudes, sus miedos y sus obsesiones. Pese a todo, incluso en las situaciones más sórdidas, se las apañan para conservar una cierta pureza, un aura de inocencia. Tal es su humanidad que el lector no puede juzgar con dureza a esos personajes que tan pronto son capaces de los peor como de lo mejor porque, en definitiva, todos somos personajes de Cheever.
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