Lunes 27 de Septiembre de 2010 00:00
Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte
Autor: Arturo Pérez-ReverteEdición: Punto de Lectura (abril de 2009), del original de 2007.
Páginas: 425
ISBN: 978-84-663-2307-9
Opinión: 9,5/10
La cabra tira al monte y yo tiro a Pérez-Reverte.
Reverte lo pone todo de su parte para dotar de un ritmo frenético al relato del levantamiento del 2 de mayo de 1808, contándolo como nadie hasta la fecha lo había contado. Pero no nos equivoquemos, como bien dice en su primera página, esto no es una novela histórica. Ni es un ensayo histórico. Es Historia pura, grabada como un documental y luego transcrita por palabras.
Arturo vuelve a vestirse de reportero de guerra, coge su mochila y su bloc de notas, y se traslada al Madrid de 1808. Corre de calle en calle para contarnos desde la puerta del Sol el combate que se entabla contra la escuadra de feroces mamelucos. Allí observa cómo el albañil Antonio Meléndez Álvarez rebana el cuello con su cachicuerna a Mustafá, legendario héroe de Austerliz. Y corre también como alma que lleva el diablo junto con un grupo de paisanos hacia el cerrillo del Rastro, huyendo de los coraceros que les pisan los talones con sangre en sus sables y ansia de venganza tras ver caer, cosidos a navajazos, a muchos de sus compañeros.
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Para lograr su propósito, el autor hace en un esfuerzo de documentación tremendo. Casi obsesivo. Más de quinientas personas -y digo personas, no personajes- aparecen en estas páginas, mezclando sus pasos entre las calles de Madrid. Agazapados en la puerta del Sol, enfrentándose en los soportales de la Plaza Mayor, o rechazando al enemigo en el úlmito reducto del alzamiento, el parque de Monteleón.
Y de entre todos estos anónimos, dos nombres que quedarán para siempre en la historia, bien por convicción, bien por la -a veces puñetera- casualidad: Luis Daoiz y Pedro Velarde. Los dos capitanes que dirigiendo a un puñado de paisanos, otro puñado de reservistas y un número aún más reducido de militares, dieron las suyas y las del pulpo a las tropas imperiales que tras largas horas de combate y enormes pérdidas en sus filas, lograron tomar el parque y sofocar al fin la rebelión.
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| Muerte de Daoiz y Velarde, de Manuel Castellano (1826-1880) |
No faltan tampoco los episodios irónicos (casi cínicos) o aquellos en los que te puedes desternillar de la risa, como aquel en el que los reclusos de la cárcel Real piden formalmente salir a combatir, bajo la solemne promesa de volver (los que sobrevivan) tras el combate. ¡Qué habilidad tiene este hombre para novelar la historia y teatralizar sus escenas!
Tras cerrar la última página y leer los ensayos que Arturo incluye al final, me queda un sabor agridulce en el paladar. Es la historia de esta España que tanto ha sido, y tanto ha podido ser. La historia de los de siempre dando la cara, y los de siempre dando la espalda. País ingrato y olvidadizo, que sólo se esfuerza en recordar cuando conviene a unos y a otros.
Así que me quedo con dos cosas de este libro. Su homenaje a todos aquellos anónimos del 2 de mayo que se alzaron con palos, navajas y cuchillos contra las abigarradas tropas francesas. Y el descrédito para los gobernantes e instituciones que, enterrado su valor y dignidad bajo el peso de su cargo, su ineptitud, y su buena vida, dejaron solo a su pueblo. Pueblo bajo y llano, que luchó por lo único que les quedaba.
Porque la mayoría de los que lucharon, sumidos en la pobreza o en la decadencia de la época que les tocó vivir, poco tenían que perder más allá de su honor o su dignidad. Que no es poco.
Francisco Sánchez Cid ( Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla )
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