Martes 24 de Marzo de 2009 08:23
Si trato de recordar algo sobre este libro, lo primero que acude a mi mente es el mar. El mar que circunda Japón, en mi mente, es intensamente azul. No es un mar real. Es el mar intensamente azul que vemos en los manga. Desde este mar irreal, reposado, luminoso, contemplado tras una lente que transforma en prismas irisados los reflejos solares, fluye el resto de la historia.

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Ella, de marinero, el pelo negro, tan brillante y liso, él, con la casaca azul marino de botones dorados, y una ligera expresión estúpida, de la adolescencia sorprendida. La porosidad de enamorarse, infiltrándose, con el ronroneo suave, de las olas, que van y vienen, en cada fracción de segundo de nuestra existencia.
“Son cosas de adolescentes”…dicen, los que han olvidado, como si entonces fuéramos menos capaces de sentir, nuestras emociones menos auténticas. Sí, a veces se olvida. Pero ésta, de Kitayama, es una Historia de Amor intacta, inevitablemente. No pudo ser de otra manera.
Tan natural, tan cristalina, como la marea que, de un modo imperceptible, va apelmazando cada vez una mayor porción de arena.
hasta, que, sin darnos mucha cuenta termina alcanzándonos.
Eva MMJ
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