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American Royals, de Katharine McGee

American RoyalsTres jóvenes. Una chica a la que le gustaría tener una vida normal y sus hermanos mellizos, que hacen lo que les da la gana porque ellos nunca llevarán el peso de la corona sobre sus cabezas. Y no solo eso, sino que Beatrice, descendiente de George Washington, será la primera mujer que reinará sobre la nación más importante del mundo: los Estados Unidos de América. ¿Bienestar propio o bienestar nacional? ¿Qué elegirá? ¿Estará a la altura? 

Katharine McGee parte de esta premisa para adentrarnos en una realidad alternativa que tiene lugar siglos después de que George Washington aceptara ser el primer rey de Estados Unidos después de ganar la Guerra de la Independencia. Así, American Royals nos presenta a los descendientes de este hombre. Beatrice, la heredera al trono, y Samantha y Jefferson, los mellizos. Los tres diferentes a más no poder, con sus problemas, sus complejos, sus inquietudes, sus deseos. Y ante todo, el bien del país.

Debo decir que la novela en sí es muy fácil de leer. En ella encontramos una prosa cercana, con un lenguaje sencillo, que nos invita a seguir avanzando sin darnos cuenta. De esta forma, la autora nos hace sentir como si estuviéramos cotilleando una revista del corazón donde los secretos más ocultos y los pensamientos más profundos de los jóvenes de la realeza americana son destapados solo para nuestros ojos.

Además, cuenta con capítulos que nos muestran distintos puntos de vista. Encontramos aquellos que se centran en Beatrice para que conozcamos de primera mano a la heredera y su relación con el reservado Connor; como otros que nos ofrecen la perspectiva de Samantha, poniéndonos de esta forma en sus zapatos y pudiendo probar el sabor agridulce de ser considerada toda la vida el segundo plato.

Pero los mejores capítulos, en mi opinión, son los que nos ofrecen el punto de vista de personajes secundarios como Nina, una chica responsable y humilde que desde la infancia es  la mejor amiga de Samantha; y Daphne, la ex de Jeff, una muchacha dispuesta a todo por llegar a ser la futura esposa, ideal y perfecta, de América.

Creo que los sentimientos y experiencias de estas dos jóvenes mujeres son algo esencial para entender, desde fuera del corazón de la familia real, las diferentes formas de ver la vida en la corte y todo lo que se cuece en palacio.

Katharine McGee busca que esta novela nos resulte excitante, que ansiemos la segunda parte, que nos lo pasemos en grande y que la historia no decaiga en ningún momento. Y lo consigue, porque funciona muy bien lo de alternar en cada capítulo a un personaje diferente. Y encima todas mujeres.

Aunque el peso pesado del libro es, sin duda, Beatrice. La única. La heredera. Y la verdad es que yo he llegado a compadecerme de ella, a sufrir con ella. He llegado a adorarla y a desear convertirme en su hada madrina para transformarla en una chica cualquiera que pueda vivir la vida que merece.

En conclusión, American Royals, magistralmente escrita y perfectamente real a pesar de desarrollarse en un mundo paralelo al nuestro, no nos hace reflexionar sobre lo que pudo ser y no fue. No. Más bien busca que pensemos en lo que fue y lo que pudo no haber sido. Sobre lo que supone nacer en el seno de una familia que marca tu futuro, que determina lo que puedes o no puedes ser debido a tus raíces.

¿Nos convierte eso en esclavos de nuestra sangre y de nuestros ancestros? ¿Por qué debemos hacer lo que todos esperan que hagamos? ¿Y si nos rebelamos? ¿Y si decidimos romper con esas leyes y normas que se han establecido para atarnos a nuestras marcadas obligaciones? ¿Y si somos nosotros mismos los que decidimos cómo construir nuestro futuro?

Porque nuestras decisiones no solo cambian el rumbo de nuestra vida, también moldean las vidas de nuestros futuros descendientes. Porque si George Washington no hubiese aceptado la corona sobre su cabeza, igual ahora Beatrice, en el siglo XXI, habría podido enamorarse del chico que su corazón le hubiera susurrado, habría podido escoger su profesión, habría podido disfrutar de una vida completamente normal, habría podido sonreír a la libertad y dar las gracias a un futuro que solo ella hubiera podido manejar.

Por eso, todos aquellos que somos anónimos, gente normal y corriente, dueños de nuestras propias vidas, de nuestros propios destinos, tenemos que dar gracias por no estar sujetos a unas cadenas invisibles ya colocadas incluso antes de nuestro nacimiento.

Yo lo tengo claro. Si pudiera regresar a mi infancia, no volvería a soñar con ser la princesa del cuento.

 

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