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Berserk

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Berserk, de Tim Lebbon

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Si cogemos esa ayuda fiel que siempre te acompaña y que es la Wikipedia y tecleamos berserk, descubriremos álbumes de black metal, un manga, una película, una banda de tecno pop, un videojuego, una raza de guerreros bárbaros de otro videojuego y un efecto de estado en una variedad de juego de rol. Así, para empezar.

Pero si buscamos berserker, que es realmente la palabra usada en las páginas de Berserk, ya entendemos más la relación entre su significado y el meollo del libro. Los bersekers eran guerreros vikingos que combatían semidesnudos y sin protección y entraban en combate tras ponerse ciegos de sustancias psicotrópicas (como si la batalla fuera su rave particular) lo que les hacía casi insensibles al dolor. Su presencia acojonaba tanto a enemigos como a compañeros, pues a menudo no distinguían a unos de otros en su viaje. (Me imagino al techno viking -si no sabéis de quién hablo, buscadlo en youtube- hasta arriba de pastis y me da miedito).

Pero en Berserk no tenemos ni vikingos ni drogas ni batallas. Aunque los tiros van ligeramente en la dirección de los trances de furia y… hasta aquí puedo leer, no temas, no voy a desvelarte nada importante, lector, no en este párrafo.

Puede que haya perdido mi percepción sobre lo que es el terror. Que ya me haya acostumbrado demasiado a ciertos temas recurrentes (vampiros, zombis, demonios…, por poner un ejemplo, no quiero decir que nada de esto aparezca en Berserk) y cosas anormales que antes (tal vez) asustaban, pero ya no. El libro, en mi opinión, de terror tiene poco. Es más bien un thriller y una road movie sin fin de persecución sin descanso, con tres protas principales: los dos que huyen y el villano que les persigue. (Aunque, realmente es difícil decir quién es el villano, al menos hasta el final).

Tom es un oficinista de unos cincuenta años felizmente casado con Jo. Hace diez años su hijo, Steven, murió durante unas maniobras del ejército. Lebbon nos recuerda constantemente a lo largo de todo el libro –y lo hace de una forma tan natural y real que se integra perfectamente en la historia- lo permanente que está en Tom el recuerdo de su hijo. Nos habla de imágenes del pasado que asaltan su mente al azar, sin motivo ni conexión con el momento que está viviendo y también imagina cómo sería Steven ahora si siguiera vivo: ¿tendría ya nietos?, ¿cómo sería su mujer?…

El matrimonio se ha ayudado mutuamente para sobrellevar la pérdida, y Tom, cada viernes, antes de llegar a la rutina del hogar, se permite parar en un bar a tomarse un par de cervezas y hacer balance de la semana. Y es ahí donde, sin pretenderlo, escucha una conversación acerca del lugar en el que su hijo murió. Él siempre creyó que el Ejército les mintió. A ellos y a los padres y familiares  de los quince fallecidos en el fatal “accidente”. ¿Por qué si no recibieron el ataúd de su hijo sellado? Por eso, siguiendo más los mandatos de su corazón que los de su cabeza, y las indicaciones de la conversación robada, decide ir al lugar en el que, según dicha conversación, se halla la fosa común en la que podrían hallarse los restos de su hijo.

Lo que encuentra ahí es todo menos lo que esperaba: cadáveres encadenados, miembros mutilados, olor a podredumbre y una niña ¿momificada? que le habla a él directamente a su cabeza y promete ayudarle a encontrar a su hijo. ¿O tal vez se lo imagina él?

A partir de ese momento empezará una implacable caza, un vibrante juego del gato y el ratón, que no concederá tregua al lector. Un perseguidor que no se detendrá ante nada para acabar con su objetivo, por muchas heridas que se vaya haciendo, y un perseguido que tampoco parará, por muchas heridas que reciba del primero. Y la niña… Una niña ¿muerta, no-muerta, no-viva…? que se mete en la cabeza de ambos, que anima a uno y pincha a otro y de la que uno no acaba de fiarse porque siempre está ahí la sospecha de que en cuanto pueda, en cuanto coja fuerzas…

Berserk se lee con facilidad y con muchísimo interés. Está tan bien escrito que a medida que lo vas leyendo visualizas interiormente la película con tu ojo cinéfilo, como si leyeras un guión, y eso es algo que me gusta y que me ha pasado con pocos libros.

Lebbon ha sabido plasmar a la perfección lo que mueve a cada personaje  a actuar como actúa. Ha sabido hacernos empatizar con cada uno de ellos, los entendemos y sufrimos con ellos (porque esa es otra. Si nos paramos a pensar, casi todos se tiran todo el libro jodidísimos físicamente. Más que el propio John McClane en La jungla de cristal, que ya es decir).

Pero fundamentalmente la clave del éxito del libro recae en la naturalidad de la prosa y del comienzo. En que desde el principio se nos presenta la historia con familiaridad, con un estilo próximo inicialmente al de King, con un matrimonio con unos diálogos creíbles y reales y con una cotidianidad de su día a día que es, en suma,  lo que encauza el libro y hace querer avanzar en él, cosa que se hace con mucha facilidad.

Una lectura tensa e intensa que se disfruta desde la primera página y que no puedo dejar de recomendar.

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