De otro lugar, de Óscar Montoya

No sé que tiene el pasado que, a pesar de los avances sociales y tecnológicos de los que gozamos hoy en día y que nos permiten llevar unas vidas mucho más confortables y seguras, sigue atrayéndonos ineludiblemente. Estoy casi segura de que todos nos hemos planteado alguna vez a qué época viajaríamos en el caso de poseer una máquina del tiempo. Algunos tendrán muy clara su elección y otros no tanto, otros incluso cada vez que se lo planteen dirán una cosa diferente. Aunque unas épocas pueden resultar de primeras más interesantes que otras, la realidad es que todas tienen su punto y en todas ha sucedido algo en algún rincón del planeta que nos podría gustar ver y vivir. En la historia de España, por ejemplo, ha habido muchos buenos y malos momentos. En el siglo anterior probablemente más malos que buenos: la Guerra Civil, la Dictadura, la Transición… pero al final incluso esos años poseen cierto halo de misterio que nos atrae.

Como por el momento no existe ninguna máquina del tiempo que nos lleve a otras épocas, tenemos que conformarnos con viajar al pasado de la mano de los libros. Mi último viaje ha sido a los años 80 en nuestro país, más concretamente a Alicante, gracias a la pluma de Óscar Montoya y a su novela De otro lugar.

De otro lugar, aunque está calificada como novela negra, es más una especie de tragicomedia policial en la que, aunque hay algunos misterios e incógnitas que resolver, tiene más relevancia la caída en desgracia del protagonista. Se trata del inspector Antonio Tojeira, un tipo peculiar que lleva destinado en Alicante un año disfrutando del sol y de las turistas que ve pasar mientras se toma un gin-tonic o un helado en alguna terraza. Además, está Cruz, la mujer que le echa las cartas, introduciéndole en el mundo esotérico, y con la que mantiene una especie de relación. El inspector se encuentra en su máximo pico de felicidad hasta que los problemas empiezan a sucederse. Por un lado, un joven fascista fallece a causa de un accidente en la estación de tren y, por otro, desde la capital llega la orden de que cada comisaría deberá enviar un policía al País Vasco para luchar contra el terrorismo perpetrado por ETA.

La novela se ambienta a principio de los años ochenta en España, una época de transición en la que la sociedad oscilaba entre los ecos de la pasada dictadura de El Viejo —como se llama a Franco en el libro—, y la apertura a la modernidad y la libertad, fomentadas por el turismo que volvía a poblar las principales provincias del país. El otro punto clave del libro es su protagonista, un antihéroe solitario que bebe demasiado, al igual que muchos de los policías más famosos de la literatura negra. Pero ahí se acaban las similitudes. Tojeira estudió la oposición a policía por hacer algo con su vida, nunca ha llevado ningún caso importante y sus verdaderos intereses son el mundo esotérico —especialmente la Ufología—, el alcohol y las mujeres guapas. Es un tipo bastante normal y extraño a la vez, pero que con su sentido del humor y la serie de catastróficas desdichas que le van sucediendo, consigue meterte en su bolsillo y que simpatices con él.

Como la Santísima Trinidad, Alien se componía de tres elementos esenciales: el bicho, la heroína y el tripulante que paría al bicho. Pues bien. En la policía me he sentido a menudo como la protagonista de la nave Nostromo, tratando de huir de un enemigo implacable que aparentemente es externo aunque en realidad surge de dentro, de los miedos interiores de cada uno, de las tripas del tripulante que lo gesta, de mis intestinos. Así, me siento a la vez heroína y el hombre que tiene algo en su interior, en su estómago. Pero para completar esta especie de hipóstasis de la ciencia ficción debo convertirme en Alien, en monstruo despiadado, en criatura que se nutre de nuestros miedos íntimos para salir a la superficie y hacer lo que se espera de ella. Esto no lo he pensado yo solo. O yo sobrio. Me han ayudado el alcohol y el tabaco, y el paso de las horas.

Por otro lado, el estilo que le imprime Montoya a la novela, fresco, sarcástico y dinámico gracias a sus capítulos cortos, aumenta el enganche. Es además, un libro muy visual y cinematográfico. Mientras lo leía, veía perfectamente clara la posibilidad de una película española ambientada en la transición con sus vaivenes políticos, protagonizada por Luis Tosar o Roberto Álamo como un inspector irónico, con problemas para relacionarse, enamorado de una mujer que no le quiere, peleado con su madre y su hermano, con hobbies peculiares y un tanto viciado a los gin-tonics y a meter las narices dónde no le llaman.

A pesar de todo esto, hay que aclarar que tampoco es un libro banal. Está cargado de referencias sociales y culturales de la época, de reflexiones sobre el sentido de la vida y la muerte y salpimentado con una fina crítica social a los sucesos de la época: la corrupción de un cuerpo de policía que se divide entre los que han aceptado la democracia y la pérdida de poder que eso les ha acarreado y los nostálgicos de una dictadura en la que campaban a sus anchas; y el conflicto español con ETA, que estaba en sus peores y más sangrientos años.

El autor, por boca de sus personajes, nos muestra que la transición de la dictadura a la democracia se hizo lo mejor que se supo, pero no que se pudo y que las transiciones no son fáciles ni inmediatas. A pesar de ellos, Montoya, hace estos temas mucho más digeribles gracias a una prosa directa y sin pelos en la lengua que le resta algo de dramatismo.

Todo el mundo se congratula de que las mujeres puedan enseñar las tetas, y a mí me parece bien siempre que Suárez, Fraga y Felipe muestren sus respectivos penes en el Interviú. No sé. Todo va tan rápido que es difícil asimilarlo. Lo bueno, que sin duda viene, arrastra lo malo. Lo de siempre. A veces pienso que la democracia es como el anzuelo de un pescador que lleva horas pescando y finalmente se decide a sacarlo del agua. El sabroso y colorido pescado que esperaba se parece demasiado al gusano que le sirvió de cebo.

Todos estos ingredientes, hacen De otro lugar una novela perfecta para leer en cualquier momento, pero sobre todo en estos meses estivales en los que apetecen novelas negras más livianas y menos asfixiantes y opresivas.

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