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Desterro, de Manuel Barea reseñado por Diego Palacios Marxuach

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¡Se caga la perra! ¡Vaya que si se caga! ¡Con 26 años y ya ha parido una obra, la segunda, digna de Jim Thompson! ¡Y la primera, –aún más joven, hay que destacarlo–  ya fue I Premio Valencia de Novela Negra y finalista de unos cuantos más!

¡Joder! Me muevo otra vez más entre la envidia y la admiración más profunda. En serio.

Y para rematar, editado por Alrevés, de la que en poco tiempo he leído este y el no menos genial Te quiero porque me das de comer y reseñado por nuestro compa César Malagón. (Nota mental: Hay que tener en cuenta a esta editorial).

¿Pero qué es esto de Desterro, a qué tanta algarabía, qué es esta magna obra?

Desterro es el lugar al que va todo aquel que quiere dejar de ser alguien. El lugar al que van los que quieren desaparecer hasta confundirse en parte del paisaje, como las capitanas que pasan por en medio del plano en una peli del oeste.

Desterro crece en mitad del desierto de Lixeira (vertedero, en portugués, exactamente igual que la primera y premiada obra de Barea).

Desterro es, además, el maletero de un Bentley; churretes de agua con jabón solidificada; un chófer; un matón a sueldo; dos paletos pescando con dinamita; un típico bar de carretera aprovechando los restos de una caravana; una camarera pelirroja con los ojos muy pintados; calor; un sheriff corrupto; un dragón; una niña; muertos; una venganza; un encargo, más muertos, más calor…

Desterro es muchas cosas repartidas en capítulos cortos que se leen que da gusto. Un no parar de leer frases cortas y concisas, casi como sentencias. Un western negro de calidad, un gozo que quieres que no se acabe pero que devoras conscientemente de que se acabará.

Me gustaría contar mucho de la trama y extenderme y seguir haciendo la pelota al libro, pero hacedme caso: este es uno de esos libros de los que es mejor no saber nada e ir descubriéndolo todo por uno mismo. Si os pica el gusanillo, si no acabáis de decidiros con lo que habéis leído hasta ahora, os basta saber que un matón va a ese pueblo en medio de la nada a cumplir un encargo. Y cuando digo “un encargo” me refiero a liquidar a alguien. Lo curioso esta vez es que ese alguien al que liquidar es especial.

En serio, es un libro cortito, (al menos a mí sus 186 páginas me lo parecieron), con un ritmo no ágil, sino agilísimo; una ambientación típica de la América típica, profunda y sudorosa; un estilo negrísimo y unos personajes estereotipados pero no por ello menos interesantes, atractivos y odiosos.

Y el argumento, por supuesto. Todos estos ingredientes están muy bien, pero si no hay una masa consistente todo se va al garete, y no es el caso. Ni muchísimo menos. La novela está bien armada y además no pierde un ápice de interés desde su prometedor prólogo hasta la última gota de sudor mezclada con barro, sangre y polvo.

Ya sabéis. Si leéis Desterro, es porque no estáis de paso. Nadie va de paso a Desterro; todo el mundo va para algo. Si lo leéis, es porque queréis un buen libro. Uno muy bueno. Ya lo habéis encontrado. Quedáos en él.

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