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El instituto, de Stephen King

El instituto

Tengo que admitir que solo he leído un par de libros o tres de Stephen King. Mi madre era muy fan de sus obras (estoy hablando en pasado, sí), así que hubo una época en la que entraban títulos suyos casi semanalmente. A pesar de ello, no es un autor que me llame demasiado. Y esto es curioso —me estoy sorprendiendo a mí misma por decirlo así de esta manera—, porque en realidad cada vez que saca una novedad pienso que es el momento de leer algo suyo, de darle una oportunidad. Sin embargo, estas ganas duran un suspiro y acabo centrando mi atención en otro libro de otro autor. 

Así que cuando vi una de sus últimas novedades —de verdad, este hombre es lo más prolífico de la industria literaria actual—, decidí que era el momento, por lo que unos días después ya tenía en mi casa El instituto, libro que está dando mucho de qué hablar y ahora os voy a contar por qué. 

Después de un tiempo en el que el autor no ha estado muy acertado con sus títulos, los fans —voy a hablar en tercera persona—, han acogido de muy buena gana esta novedad del autor estadounidense. He podido cerciorarme de que la opinión generalizada es que no es una de sus mejores obras, pero sí que está a más altura que las últimas que ha publicado. Digamos que se le da un aprobado holgado. Y por eso quise leerlo, porque entiendo que los fans sean muy exigentes con el autor, de cuya mente han salido maravillas como El resplandor o Carrie. Y también entiendo que publicar tanto y con tanta frecuencia al final puede acabar pasando factura.  Así que para mí, ese «aprobado holgado» me sonaba más a sobresaliente que a otra cosa. 

Pero vamos a lo que vamos. Todo empieza cuando Tim decide no montar en el avión que le iba a llevar a Nueva York. La aerolínea necesita una plaza y ofrece una buena suma de dinero a quien rechace la suya. Él no tiene nada que perder, y tampoco le vendría mal cambiar de aires. Así que coge el dinero y emprende su camino hacia Nueva York, pero esta vez a pie. Hace dedo las veces que puede y duerme en los moteles de carretera más baratos que encuentra. Incluso acepta algún trabajito que otro para que su bolsillo no se resienta.

Pronto dejamos a Tim de lado para centrarnos en Luke, un niño que después de pasar por una operación se despierta dentro de El Instituto. Se trata de una institución donde niños con poderes especiales son recluidos, como si fuera aquello una película de los X-Men. La diferencia es que este sitio es mucho más tétrico. Da miedo solo con pensarlo, ya que Luke sabe que hay niños que desaparecen sin dejar rastro. Y no le daría tanto miedo si no fuera por las amenazas de los que regentan ese lugar: si hace las cosas bien, se le premiará. Si, por el contrario, se equivoca… Mejor que Luke no se entere de qué le pasará si eso ocurre. 

Hay que ver cómo es la mente de este autor. De verdad que es un poco demencial en algunas ocasiones, por eso no es extraño ver opiniones de todo tipo sobre este libro. Es cierto que en algunos momentos la crueldad del relato es excesiva. Diré que pasan ciertas cosas que pueden resultar un tanto desagradables, pero no podemos olvidarnos de que es un libro de terror y que ya es por todos sabido que si King tiene que llevar su relato hasta el final, lo va a hacer con todas las consecuencias. 

También es cierto que hay determinados momentos en los que la trama se vuelve un poco densa y hay escenas un tanto repetitivas que, de haberse omitido, tal vez se habría conseguido un libro más ligero y más rápido que habría ganado puntos. Pero ya sabemos que King hace lo que quiere, y si le quiere dedicar capítulos y capítulos a la parte de El Instituto, tenemos que dejarle. Que para algo la novela se llama así. 

No quiero terminar sin decir que lo que más me gusta de este autor es la forma en la que ambienta sus libros. Me alucina la forma que tiene de describir los paisajes y las escenas. Es más, hace una semana que he vuelto de un viaje a Estados Unidos, y creía volver a estar allí. Solo por esto, seguiré dándole oportunidades hasta que ya no pueda más. Eso, y la forma en la que juega con la mente del lector, que parece que está dentro de los pasajes que está relatando y que consigue estremecer usando las frases exactas en los momentos exactos. Por eso está donde está. 

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