Los cerros de la muerte

Reseña del libro “Los cerros de la muerte”, de Chris Offutt

Los cerros de la muerte

Por utilizar un símil musical y un caso real de hace un rato: esto es como el disco de versiones de clásicos del blues que ha sacado por Navidad uno de tus grupos de rock preferidos. Te lo pillas sabiendo que debe ser un rollo diferente, pero convencido de que encontrarás en él los mismos ingredientes que te flipan desde hace años. Que todo será muy reconocible pero que, a la vez, habrá un olor a otra cosa y que esa otra cosa vendrá en un registro presumiblemente nuevo, lo que te genera, por supuesto, muchísima expectación y excitabilidad.

Y aciertas, claro.

Pues más o menos esto es lo que yo he sentido estos días con la nueva novela de Chris Offutt, que tiene un título tan potente como Los Cerros de la muerte, y que ha sido editada por los amigos de Sajalín, que no paran de petarlo con este señor y con otros tantos buenísimos escritores. Por seguir con las comparaciones, que me divierten mucho (y sirven, sobre todo, para meter relleno a un texto cuando uno no tiene ni puta idea de escribir, como es mi caso), digamos que es como si te zampas un delicioso plato de ponga aquí su comida favorita, pero está hecho por alguien que no es precisamente tu madre, o tu padre (o la/el vecina/o de enfrente, que lo sabe hacer muy bien).

Esto seguro que se entiende todavía mejor, ¿verdad? (Lo de la/el vecina/o de enfrente, digo).

Y es que yo parto del hecho, incuestionable para mí (y para otros muchos como yo, lo tengo claro), que Offutt es, en la actualidad, uno de los grandes maestros del relato breve del universo habitable y conocido y más allá.

Que sus cuentos ásperos, duros, a veces violentos, directos, llenitos de un nuevo (o renovado) realismo sucio, de paisajes auténticamente norteamericanos (y que tienen una extraordinaria y salvaje fuerza (e importancia) en sus textos), son de lo mejor que estamos leyendo en este género en los últimos años, y se acabó. Y si usted quiere debatimos sobre esto pero le prometo que tengo argumentos de sobra y que le voy a dar p’al pelo pero bien.

Si aun así usted sigue en sus trece (porque es un cabezota redomado o porque anda confuso y de bajón con esto de la pandemia), AQUÍ y también AQUÍ tiene las reseñas que hemos hecho en Libros y Literatura de los dos libros de relatos que han llegado hasta España de este formidable escritor de las montañas, y siempre de la mano de Sajalín. (Son mías, así que no se espere gran cosa).

Pero estamos con la novela Los cerros de la muerte, no nos vayamos por otros (cerros). Hemos confirmado que está escrita con la materia prima rica-rica de siempre y le diré, también, que es la primera de una especie de trilogía (de la que ya se ha publicado en España otra novela (Noche cerrada) cuyas historias giran (girarán) en torno a la vida o la muerte de unos cuantos personajes oscuros y difíciles al más puro estilo Offutt. Hombres y mujeres que viven o mueren en un territorio escondido, recóndito e indómito de los Montes Apalaches (que son unas montañas -para los que no se aprendieron ni los ríos de su provincia- que atraviesan, no sólo Kentucky, la tierra natal del autor, sino más de quince estados por todo el este de los Estados Unidos, desde Alaska hasta Alabama. Un mastodonte insalvable, para entendernos). Pues eso. Hombres y mujeres de las montañas, y en una perpetua y silenciosa lucha contra todo. Enfrentados a la naturaleza salvaje del lugar en el que habitan. Al pasado casi siempre oscuro que no deja de perseguirles. A un futuro negro e incierto y que nunca terminan de vislumbrar, que se difumina más allá de los nevados picos y de los sucios lomos de las vacas que crían en sus granjas.

En Los cerros de la muerte tenemos a Mick Hardin, un tipo cincuentón que ha servido al ejército de EE.UU. en territorios tan hostiles como Irak o Afganistán y que ahora, de permiso en casa por una paternidad inminente que se convertirá en su peor pesadilla, decide saltarse la orden de reincorporación a filas para quedarse en el pueblo y ayudar a su hermana Linda, la sheriff* del condado, a resolver un turbio asunto que ha conmocionado a todos los lugareños. Ha muerto una mujer en extrañas circunstancias. Una vecina del pueblo. La madre de un chaval adolescente y que pertenece a una familia bastante conflictiva. Ha sido encontrada tirada en las laderas de uno de esos mortíferos cerros y con visibles signos de violencia. Un asunto, lógicamente, en el que las piezas no concuerdan para nada y donde parece que hay mucha tela que cortar.

Como podrá observar, podríamos estar ante una novela de corte policíaco como otra cualquiera, con una historia más o menos interesante (si es que le gustan las novelas de este rollo). Pero aquí estamos hablando de Chris Offutt, no lo olvide. Y Offutt tiene un as en la manga.

Porque además de escribir con esa forma tan honesta, sin miramientos ni florituras (que ya podría ser más que suficiente para leer todos sus libros), además de contar historias llenas de verosimilitud e intensidad, es que Offutt es de allí, ¿sabe usted? Es que Chris Offutt sabe perfectamente lo que es vivir y morir en aquellos territorios tan agrestes del sureste americano. Offutt sabe cómo son los malos malísimos por esos lares. Porque Offutt podría haber terminado siendo uno de ellos, si no le hubiera dado por escribir cuentos cuando ya iba haciéndose mayor, cuando andaba ya con ese “incipiente malestar interior” propio de los enamorados y los psicópatas. Así que, menos mal.

Por tanto, nadie mejor que él para contarnos de lo que pueden ser capaces algunos de sus paisanos. Y dónde se podrían esconder si llegara el momento de darse el piro. Nadie mejor para describir el tipo de trapicheos que se pueden llevar a cabo entre misteriosos bosques y cerros de la muerte.

Y eso, en la novela, se nota. Se nota que Offutt sabe muy bien qué tipo de gente dirige el cotarro allí. Que conoce, por descontado, la historia de un territorio olvidado, dejado de la mano de dios. Una parte de los Estados Unidos que ha sufrido, posiblemente y como ninguna otra, las consecuencias negativas de los enormes contrastes y desigualdades de este país tan vasto e inmenso y a cuyas gentes, el innombrable D.J.T., hace poco prometió la luna y hace mucho menos les empujó, vilmente, al asalto de la democracia con la violencia (y los cuernos de búfalo) como bandera.

Esto de Offutt, como usted podrá entender, marca la diferencia en cualquier narración. Porque no hay nada mejor que escribir sobre aquello que conoces bien y sientes como tuyo, aquello que amas y odias a partes iguales. Aquello (en este caso un lugar, como ya hiciera en su momento el maestro Faulkner) a lo que quizás debes más de lo que estés dispuesto a reconocer o con lo que, por el contrario, tienes algunas cuentas pendientes.

¿Has escrito un libro y quieres que lo leamos?

Si, además, como le digo, usted tiene un talento especial, innato, para llevarnos hasta allí con las palabras justas, sin rodeos ni lagrimitas, para hacernos sentir el frío, el miedo, la opresión de las montañas y la nieve en las canillas, para escribir, en definitiva, poniendo esa musiquilla de redoble de tambores todo el rato, anunciando la tragedia de vivir o algo incluso peor como podría ser la nada más absoluta, si, además, como digo, usted va metiéndonos puñaladas en forma de frases y sorpresas sin avisar, y nos muestra que puede haber color, esperanza, humanidad y, en resumidas cuentas, amor y vida en todo eso, ¡joder!, entonces es que usted es el puto amo y ya está. Entonces es que usted es como Chris Offutt, y a callar todo el mundo.

*Nota: Me resulta curioso comprobar cómo al procesador de texto que utilizo, llamado Word, de Office, hijo legítimo de Microsoft, le suena mal que yo ponga el artículo “la”, en vez de “el” cuando digo “sheriff”. Curioso, ya digo. Quizás sea mi portátil. De HP, primo hermano de aquel. Me pregunto qué pensaría de esto la hermana poli de Hardin, a la que, inmediatamente y nada más contarle esto, uno se imagina saliendo del coche patrulla, ajustándose bien el cinturón, la porra, y eructándole a la cara al carapolla de Bill Gates)

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