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Los diarios de Adán y Eva, de Mark Twain

Este es un libro hermoso como lo son los libros cuando una editorial se propone convertirlos en algo muy especial, y en eso Impedimenta es toda una garantía. Y lo es por el texto, claro, raramente un libro es algo bueno independientemente del texto que lo sustenta, pero también lo es, y muy especialmente, por las bellas y personales ilustraciones de Sara Morante, que le confieren una personalidad a la que si no me refiriera sería terriblemente injusto, como tan a menudo se es con ilustradores. Y con traductores, por cierto, así que no puedo dejar de citar a la traductora, Gabriela Bustelo.

Cuando uno ve un libro con una estética tan cuidada, automáticamente imagina que cuando los editores han decidido invertir un esfuerzo extra en ese sentido es porque consideran que el texto merece la pena. A veces es por su calidad, otras por su belleza y en ocasiones por su originalidad. O por las tres cosas más alguna que a mí se me escape. Sospecho que este es uno de esos casos, porque Los diarios de Adán y Eva constituyen un libro breve pero extraordinariamente divertido, un prodigio de sarcasmo al tiempo que de sensibilidad y de una cierta clarividencia acerca de la naturaleza humana. Porque reducir al hombre y a la mujer a su origen, redactar los supuestos diarios de unos seres recién llegados a un mundo que no comprenden y lograr diferenciarlos precisamente en su forma de asimilar su ignorancia, diría que es un recurso terriblemente brillante no para explicar la diferencia entre hombres y mujeres, sino entre unas personas y otras.

Porque en Los diarios de Adán y Eva encontramos a un Adán desconcertado ante ese extraño animalillo desconocido que perturba su paz, que no se separa de él y es incapaz de callarse, que todo lo interpreta de una manera diferente a la de él pero que sobre todo le da a cualquier cosa una trascendencia que le resulta incomprensible. A Adán le interesa aquello que tenga una utilidad, lo que le sirva para algo, y sobre todo lo demás despliega un manto de indiferencia que no lo oculta a sus ojos, sino que le permite ignorarlo. Para Eva Adán es un inútil insensible mientras que para él ella es una molestia incomprensible. 

Después está el punto de vista de Eva, con un sentido del humor no menos arrollador, explica sus porqués, su preocupación por todos los animales, su interés por comprender lo que ocurre, su sensibilidad hacia lo hermoso. Lo curioso es que con todo su interés y su buena voluntad, ella no entiende el mundo mejor que él sino que elabora teorías descabelladas para adaptarlo a su propio entendimiento. Al final, el autor retrata dos formas de enfrentarse a la ignorancia, la despreocupación y la manipulación. Tampoco hemos cambiado tanto. 

Poco a poco se van acompasando ambos y se podría decir que de todas las cosas que descubren sin mayor aprovechamiento (para ellos la novedad era la rutina), al final la única que verdaderamente llegan a entender es el amor. O tal vez entender sea un término extremadamente inapropiado para el fin con el que lo he utilizado, dejémoslo en que son fieles a ese sentimiento de la manera en que se le puede ser fiel, viviéndolo y no sometiéndolo a experimentación. No lo asan, no lo pinchan, no le arrojan terrones de tierra, simplemente un día lo descubren y ahí se queda, convertido en un emocionante y hermoso epitafio para un libro. 

A Mark Twain hay que reconocerle su coraje, escribir estos Diarios de Adán y Eva entre 1904 y 1906 no debió ser sencillo, cabe suponer que se enfrentó a no pocas críticas no sólo por el intento, sino por la brillantemente corrosiva mordacidad que desplegó para llevarlo a buen fin. Con ojos de hoy nos queda admirarnos de su talento, felicitarnos por su valor y sobre todo disfrutar de este texto tan esclarecedor como divertido.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

Por Andrés Barrero

Colaborador de Librosyliteratura desde 2011 y autor de la novela Todo el mundo odia a Yoko Ono, Lento y El nombre de Berta, pese a que se considera fundamentalmente escritor de cuentos. Y de Huelva. Cuando oye "peste, carbunco y rabia" sabe muy bien que contestar, pero su trochería predilecta para definirse es hacerlo como tolstoiano no practicante.

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