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El vestido azul, de Michèle Desbordes

El vestido azul

El vestido azul es una extraña novela y lo es no porque explore vidas de personajes reales o porque se sumerja en la mente de alguien a quien las convenciones sociales tuvieron por loca, tampoco porque describa las dificultades de mantener equilibrio al andar sobre la línea roja que separa el arte de la locura, lo es por su mirada, por su capacidad para ver sin juzgar, para describir con una suerte de frialdad cálida que llega al lector allá donde las moralinas, los efectismos y las apelaciones primarias habituales no llegan.
Me encanta algo que dice el texto de contraportada que resume a la perfección lo que es este libro: “nos cuenta la tragedia «tranquila» de habitar los límites de uno mismo”. Tragedia que sin duda lo es, tranquila solo cuando uno se derrota o le derrotan. Es el caso de la anciana protagonista, la escultora Camille Claudel, quien a su innegable talento artístico suma la relación tempestuosa que le unió al escultor Rodin, cuyo desborde sentimental acabó dando con ella en el manicomio por muchos años. Su extravagancia y la voluntad de su familia, que tal vez habría tolerado mejor su condición de “mujer con gatos” si no se hubiesen unido a ella su notoriedad artística, su carácter indómito y su tendencia al escándalo. Mi sensación es que en aquella época la diferencia entre la genialidad y el manicomio no era otra que el género. Si Camille Claudel hubiera sido hombre habría pasado a la posteridad como un genio extravagante, en lugar de vivir décadas en el manicomio en el que, finalmente, murió olvidada.
El vestido azul no sólo repasa su vida, también pasea con Camille por los senderos del manicomio, nos muestra cómo coge una silla y sale con ella a esperar a su hermano, las muy escasas visitas de su hermano al que le une una relación tan contradictoria como intensa. Nos acompaña en su esplendor, en su amor, en su reclusión, en su rendición. La imagen de esa anciana con un vestido raído, sentada es una silla mirando a la entrada y esperando tiene una gran potencia literaria, y la forma de afrontarla de la autora, sin efectismos (y mira que los tenía a mano) intensifica sin duda las emociones del lector. Toda una lección de literatura.

Cuando él llegaba la encontraba allí, medio adormilada de tanto esperar, con aquellas ropas tan holgadas y la cabeza hundida sobre el pecho; entonces la miraba, permanecía de pie delante de ella un momento, contemplando aquel rostro demacrado y fatigado, aquellos párpados pesados y tan transparentes que podían verse las venitas, el pulso sanguíneo a flor de piel; ella, Camille, con su viejo vestido, su viejo abrigo y aquellas zapatillas de fieltro verde que no se quitaba nunca; y cuando abría los ojos, él estaba delante de ella, hablando en voz baja y diciendo que había llegado, que el camino había sido largo y que había tardado más de lo que habría querido; ella se sobresaltaba, recomponía su peinado o la tela arrugada sobre las rodillas, luego le tiraba de un brazo para que se sentara un momento en la otra silla, se quedaban allí un rato y después marchaban por los senderos, cada vez menos lejos, cada vez menos tiempo, decían que ahora se cansaban más, y al volver al pabellón, bebían en aquella pequeña habitación el té que él había traído de China, o el que le había regalado Jessie Lipscomb cuando estuvo allí de visita, miraban las fotografías; uno al lado del otro, en aquella cama pequeña, la tela de la colcha sobre la que ella colocaba las fotografías que arrancaba de la pared, quitándoles las chinchetas que las fijaban y, tomando una foto detrás de otra, se inclinaban sobre el papel aun brillante cuyos negros y grises se degradaban hasta convertirse en ese pálido color sepia en el que los rostros, las miradas parecían querer desvanecerse y recuperar su misterio, su insondable lejanía, y levantándose a veces para acercarse a la ventana y poder ver mejor, recordaban el día y el año y a aquellos que estaban allí son ellos; ella decía que no olvidaba, que no hacía otra cosa que recordar, y él respondía con aquella voz siempre fuerte y ruda, a pesar de la dulzura. De la ternura que intentaba emplear en aquellos días.

Camille anota las visitas de su hermano, un registro con tantas ausencias que debía ser el cuaderno más triste del mundo, pero ella siente la necesidad de anotarlo todo. Probablemente fuera su asidero, su clavo ardiendo. Aunque demostrase la infrecuencia de las visitas, también ponía negro sobre blanco que eran reales. Ella escribía y esperaba, y nosotros podemos, como dice Patrick Kéchichian en Le Monde “escuchar admirablemente la vibración de un tiempo detenido”. Eso es lo que tuvo que vivir Camille, un tiempo detenido en sus ausencias, en su derrota.
El vestido azul es la crónica tranquila de una vida intensa y libre, mientras fue vida, y de un triste compás de espera mientras fue ausencia y reclusión. Y es verdaderamente notable que Michèle Desbordes haya encontrado suficiente belleza en ambas como para construir esta delicada, elegante y muy recomendable novela.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Una vida en venta, de Yukio Mishima

Una vida en venta

Una vida en ventaSí, es el Mishima que te suena, el mismo de Confesiones de una máscara, del que siempre has oído que fue merecedor del Nobel, el que se hizo un seppuku – más conocido por aquí como harakiri – a los 45 años al presenciar lo que para él era la degeneración de su amado país, Japón. Ese Mishima, el mismo. Pero esta vez con una novela que nunca antes se había publicado en España, una novela que apareció en Japón por entregas – de ahí su velocidad conseguida a base de capítulos cortos y efectistas -, que fue más un divertimento del autor que algo en lo que ponerse seriamente pero que, ahora, de repente, los jóvenes japoneses están leyendo en cantidades tan ingentes que el eco de ese éxito ha llegado hasta las oficinas de Alianza, quien se ha decidido a publicarla bajo el título de Una vida en ventaPodéis hacerme caso, tiene muchas cosas para merecerse ese repentino éxito.

Una vida en venta narra la vida de un joven llamado Hanio Yamada quien, tras intentar suicidarse sin éxito por no sentirse cómodo con su vida de publicitario, decide poner su vida en venta. Tan fácil como poner un anuncio en el que se lee: «Vida en venta. Quien la compre puede utilizarla como le plazca.» A partir de este momento se quita el pestillo de todo un seguido de sucesos que rozan lo absurdo e inexplicable en la vida de un Yamada que tiene poco o nada ya de sentido. Lo que pasará a partir de entonces es que el joven treintañero se verá vendiendo su vida al primero que llame a su puerta, sin importarle el precio que paguen por ella, sin preocuparle que se le asegure que tras esa venta morirá. Él, con los brazos bien abiertos a la muerte, se dará siempre de bruces hacia una vida que no le es recíproca. Él no la quiere, ella a él sí. Será de esta forma como Yamada, poco a poco y sin ser consciente, irá apegándose a su vida y, cuando sienta que de verdad está aferrado a ella – cosa que no tiene por qué ser ni voluntaria ni agradable -, sentirá de verás que puede perderla.

Leyendo esta breve novela de Mishima nos encontramos con todo eso que nos gusta de él, el vaticinio de un autor descontento con el mundo y la vida, personajes que tienen mucho de quien los ha creado y que, tras una máscara de absurdo y surrealistas, esconden taras de todos, heridas universales, lágrimas en continuo movimiento. Una mujer vampira, una joven que lo ama al igual que ama la locura y el LSD, una organización secreta de espías que puede o no existir; todas estas serán situaciones que tanto tú como Yamada deberéis vivir en no más de 300 páginas – muy infladas, por cierto -.

Con un prólogo del traductor Jordi Fibla y un epílogo del crítico literario japonés Suehiro Tanemura, este Una vida en venta es un genial pasatiempo – “engañosamente sencilla”, como puede leerse en uno de esos textos – para todos aquellos amantes – en los que me incluyo – de la risa con regusto sangriento. Esa mueca optimista que haces cuando lees a autores que son muchísimo más listos que tú y que saben convertir lo que para ti son quejas en diálogos o pensamientos divertidos, risibles, jocosos. Autores como Mishima, capaces de vivir lo peor como para llegar a suicidarse y que sean capaces de volcar en textos algo que al otro, al lector, le haga reír son esos autores que merece la pena revivir abriendo y reabriendo sus libros continuamente. Quizás no llegó a la edad en la que le darían el Nobel, pero sí ha llegado a la edad – y para esa no hace falta estar vivo – en la que los jóvenes siguen leyéndolo. En Japón y aquí. Yo por lo menos.

«-¿Por qué esta cansado?

-No es por nada importante, pero en cualquier caso estoy cansado.

-¿No será algo tan mediocre como estar cansado de la vida o cansado de vivir, ¿verdad?

-¿Qué otros motivos puede haber para estar cansado?

Reiko le miró de reojo y se echó a reír.

-Usted mismo lo sabe bien. Está cansado de tratar de morir.»

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Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal

Una noche con Sabrina Love

Una noche con Sabrina LoveEl primer contacto con el sexo ya no es tan inocente como lo era hace diez años e imagino que casi no se parece a lo que era hace veinte. Hoy en día las primeras relaciones no se tienen con una chica o un chico de tu misma edad, sino con actores experimentados, que practican todo tipo de posturas acrobáticas en tu smartphone o tablet. Quizá ese sea el motivo por el que, de acuerdo con estudios universitarios recientes, los millennials (la generación nacida entre 1980 y 1990) lo hacemos menos que nuestros antecesores: porque la curiosidad ya no es tan grande como hace unos años. Y, precisamente por eso, la lectura de Una noche con Sabrina Love, libro que se publicó por primera vez en 1998, es tan interesante: porque nos acerca a los inicios de esta manera, sin duda errónea, de descubrir la sexualidad.

La novela da comienzo poco antes de que Daniel, un chaval de diecisiete años, gane un sorteo organizado por un canal de televisión de pago, en el que el premio es pasar una noche con Sabrina Love, una estrella del cine porno. Él vive en Curuguazú, un pequeño pueblo situado a una gran distancia de Buenos Aires, la ciudad en la que se le cita para que se produzca el encuentro. Pese a que la situación económica de este joven huérfano no le permite hacer un viaje al uso, sus ansias por perder la virginidad (y por hacerlo, además, con la mujer a la que en tantas ocasiones ha visto en la pantalla) le llevan a emprender un trayecto a contrarreloj en barco, camioneta y a pie, en el que acaba encontrando mucho más de lo que esperaba.

Esta novela es una suerte de road movie, una narración intensa en la que, partiendo de una trama sumamente sencilla, el autor consigue enredar al lector, al prometerle un desenlace casi inminente de los acontecimientos. El estilo narrativo de Pedro Mairal, además, se hace muy agradable de leer; las conversaciones fluyen con naturalidad y el transcurso de la historia va inteligentemente de la mano de la evolución del protagonista. Así, si en un principio nos encontramos ante un Daniel con una mente bastante cerrada y obsesionado con la pérdida de su virginidad, el viaje le lleva a cambiar de lleno su manera de ver la vida. Las personas y las situaciones que encuentra a su paso son muy distintas a las que había conocido en su pequeño pueblo y son éstas las que le sirven para cruzar la barrera invisible entre la adolescencia y la adultez, la misma que él solo creía poder superar de otro modo. Además, Mairal sabe transmitir a la perfección la diferencia entre dos ambientes antagónicos, tan fácilmente extrapolables a cualquier país: el pequeño municipio en el que todos se conocen y la gran ciudad, tan llena de oportunidades como de dificultades.

El autor publicó esta novela con apenas 27 años, lo que, como comenta en el prólogo de esta última edición, le supuso un éxito tan notable como inesperado, que acabó traduciéndose en un Premio Clarín y en una adaptación al cine. Logros sin duda merecidos, dado que Una noche con Sabrina Love es una novela que, como le confesó Bioy Casares a Mairal el día en que se le entregó el citado premio, se coge y resulta imposible desprenderse de ella.

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El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández

El dolor de los demás

El dolor de los demás¿Cuánto pesan las maletas del pasado? Esta quizá sea una de las preguntas principales que asalte la cabeza de todo aquel que se adentre en la lectura de El dolor de los demás, el último libro – no me atrevo a decir novela – de Miguel Ángel Hernández, publicado por Anagrama. Y quizá sea esa una de las preguntas porque en este libro el murciano recurre a un recuerdo de juventud forzosamente olvidado que se encuentra enquistado en lo más profundo de su ser. Recurre a él para abrirlo, examinarlo cara a cara, afrontarlo, y con ello, superarlo, cerrarlo. ¿No es eso de lo que trata escribir? ¿No es eso de lo que trata leer?

Creo que ya he contado alguna vez esto que vi hace un tiempo por televisión pero me es inevitable relacionarlo también con este libro; y es sobre la entrevista que vi hace un tiempo hacer a Antonio Muñoz Molina por parte de un famoso entrevistador “libresco”. Este último le preguntaba al escritor sobre su última “novela” – lo entrecomillo porque en ese caso tampoco creo que sea la mejor etiqueta con la que designar la obra -. En cierto momento, el presentador – también director del programa – le comenta a Muñoz Molina que el personaje de la “novela”, aparte de llevar el mismo nombre que el autor, se parece mucho, en todo lo demás, a él; a lo que Muñoz Molina contesa: «No es que se parezca, es que soy yo». Y se ríen. Creo que eso sucedería de la misma forma si hay un intercambio espacio/tiempo entre Antonio Muñoz Molina y Miguel Ángel Hernández.

Pero bueno, adentrémonos en la ficción: el personaje Miguel Ángel Hernández, también escritor murciano y profesor de Historia del Arte, se da cuenta cierto día de que otro autor, Sergio del Molino, acaba de publicar una novela que trata sobre el tema que él justamente estaba escribiendo y pensando para su próximo libro. De una conversación entre estos dos autores, y amigos, uno de los cuales – el que nos concierne – en ese momento se encuentra perdido dentro de su labor como escritor de ficción, nace un nuevo tema partiendo de una frase del propio autor: «Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco». Así arranca El dolor de los demás. 

Miguel Ángel Hernández, que hasta ese momento lo único que había hecho dentro del mundo de la novela era convertir en ficción su ámbito de estudio y laboral – la Historia del Arte -, ve la posibilidad de un nuevo libro en el desarrollo de la investigación de un asesinato y posterior suicidio. El asesino: su mejor amigo de la infancia y posterior adolescencia. La víctima: la hermana de este. Como si fuera una nube que siempre ha acompañado a Hernández, el tema tabú entre todos los vecinos del pueblo murciano de Los Ramos vuelve a abrirse para acabar conformando un libro, el que ahora nosotros podemos ver en las mesas de novedades de todas las librerías de España.

El dolor de los demás, con una estructura bipartita en la que se siguen dos hilos narrativos – el del momento exacto del asesinato y el suicidio visto por un Miguel Ángel de dieciocho años y la investigación llevaba a cabo por el mismo Miguel Ángel veinte años más tarde -, emana todos los tópicos más característicos de la escritura: la escritura como ordenación, comprensión, confesión, cierre, etc. Pero también mucho más: como preguntas del tipo de si es posible seguir queriendo a un asesino que anteriormente ha sido tu amigo, de si es posible ver las cosas desde la otredad, desde el dolor de los demás, de si es posible reencontrarse con el pasado y salir entero de él, de si existe alguna manera de cerrar una herida abierta en colectividad.

El pueblo de Los Ramos como un pasado estanco y sin posibilidad de evolución, como sucede con Nicolás, el asesino y amigo de Miguel Ángel, quien no es capaz de hacer madurar al que fue – y es – su fallecido amigo. Con una valentía sin límites – «Yo iba a ser el responsable de introducir en el gran escaparate digital en el que vivimos un suceso que tal vez debiera permanecer oculto para siempre» -, Miguel Ángel Hernández consigue volcarse en un libro que quizás la única frontera que tiene, el único amarre, es la etiqueta de ficción.

El dolor de los demás es la ouija con la que Miguel Ángel Hernández ha querido volver al pasado haciéndonos partícipes de ello. «Escribir no era exorcizar demonios; era convocarlos», puede leerse en alguna parte del libro. Encontrarse con ellos, llegar a una pasado que puede ser nuestro, cerrar definitivamente capítulos que quizá nunca deberían haberse abierto, y es que, terminando, como dice este narrador que tanto se parece al autor: «Es cierto que la investigación acerca del crimen de mi amigo había sido el detonante de todo, pero el auténtico crimen sobre el que yo escribía – el único, en verdad, que podía afrontar – era el que yo había cometido con mi pasado, con ese yo que había quedado sepultado en el tiempo».

Cuando leas ese «los demás» en el título piensa que también está hablando de ti. ¿Cómo puede ser que el asesinato de alguien hace veinte años en un pueblo perdido de Murcia esté hablando de ti? La clave está en que el dolor de los demás, sin negrita ni cursiva, es un dolor colectivo, global, universal. Y por eso deberías leerlo. Y por eso vas a leerlo.

 

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Señores del mundo, de Yolanda Corona

Señores del mundo

Señores del mundoOs voy a contar uno de mis recuerdos favoritos de mi infancia. Yo tendría unos ocho años y acogimos en nuestra casa a un primo de mi madre durante una temporada que, por problemas que no vienen al caso, necesitaba pasar una temporada en Madrid. Le encantaba leer, se pasaba las horas con un libro entre las manos. Yo podía ver en su cara cómo disfrutaba mientras lo hacía; sin duda, era su vía de escape. Estaba a salvo en otros mundos que no eran el suyo. Cada noche venía a mi habitación a contarme un cuento para que yo me durmiera. Era un cuento muy especial, en el que la fantasía era la grandísima protagonista. Él cogía un libro viejo que teníamos por casa, en cuya primera página había un mapa sobre el cual me contaba la historia. Se la sabía de memoria, no le hacía falta abrir el libro para saber todos y cada uno de los detalles de la trama. Se lo había leído tantas veces que era incapaz de decirme exactamente cuántas habían sido. La historia la protagonizaba un tal Frodo y su misión era destruir un anillo.

A mí me fascinaba. Como si se tratara de Las mil y una noches, yo esperaba a que llegara la hora de irme a dormir para que él me contara un trocito más de esa historia tan increíble. Me intrigaba saber qué pasaría con el anillo, si los protagonistas serían capaces de derrocar a todos esos orcos horribles y al que estaba detrás de todo el plan. Y sobre todo, si Gollum dejaría atrás su egoísmo. Ese era mi personaje preferido.

Ese fue el momento exacto en el que yo me enamoré de las historias de fantasía.

Y todo esto me ha venido a la mente porque el libro del que vengo a hablaros hoy, Señores del mundo, no podría contener más fantasía en sus páginas.

Lo bonito de este libro es que dentro de él podemos encontrar varias tramas que se entrelazan. Por una parte, tenemos a un chico que deberá descubrir su verdadera identidad, pues son muchos los secretos que acechan dentro de su propia familia. También tendremos unos hermanos que se enfrentarán entre ellos: sangre contra sangre. No podrían faltar las profecías que hacen que la tensión en la historia aumente de manera notable ya que auguran un futuro muy oscuro para el mundo que hasta ahora habían conocido. Y, por si fuera poco, todo se viene al traste cuando Belcentes, el rey que lo mantenía todo en orden, fallece, dejando el mundo en manos de la incertidumbre y el desamparo. Y cómo no podría ser de otra manera, todo esto desencadena en una terrible guerra en la que los dos bandos enfrentados deberían estar más unidos que nunca. Pero eso, esa verdad que los pueblos deberían saber, solo la conoce Dilmala, que vive en el pueblo loggi y que tendrá en sus manos una tarea tan importante como es reconducir el destino de su mundo.

Desde el primer momento nos encontramos con una historia que atrapa al lector. A pesar de que el libro tiene alrededor de setecientas páginas, su lectura se hace ágil. No os voy a engañar: cuando lo recibí y vi su grosor pensé que me iba a costar mucho terminarlo, pero no ha sido así en absoluto. La forma que tiene Yolanda Corona de narrar me ha resultado muy amena. Los diálogos son muy abundantes y en la mayoría de las ocasiones son los propios personajes los que nos cuentan lo que está pasando. Eso es lo que más he agradecido, porque dada la extensión de la obra, si la autora prescinde demasiado de los diálogos y mete muchas descripciones, creo que se me hubiera hecho un tanto pesada. Pero, como os digo, no ha sido así. Además, el ir intercalando las historias de todos los personajes (que no son pocos), ha hecho que este libro me resultara muy fluido y fácil de leer.

En cuanto a los personajes, encontramos algunos que están más desarrollados que otros. Esto es evidente, ya que la importancia que tienen depende directamente de su propio papel. Pero los que ostentan más protagonismo tienen una personalidad muy cuidada que me ha gustado mucho. Sería una pena desaprovechar esta historia tan bien hecha no desarrollando a los personajes de la manera correcta.

He indagado un poco y he leído una nota que dejó la propia autora en la que decía que por fin había cumplido su sueño y había conseguido juntar sus dos pasiones: la escritura y la historia. Con este libro Yolanda Corona demuestra que ambas pasiones no podrían ser más acertadas y que las dos han ayudado a que Señores del mundo hoy sea una realidad. Gracias a su amor por la historia, ha sido capaz de confeccionar esta novela donde todas las tramas están atadas a la perfección y todo adquiere sentido, como si todo esto hubiera pasado de verdad y la autora no estuviera haciendo más que contárnoslo. Eso es maravilloso. Incluso hay momentos en los que he tenido la sensación de que la novela no ha sido inventada, sino que todo tenía tanta lógica y la trama estaba tan cuidada, que pensaba que estaba leyendo un libro de historia y no de fantasía. Yolanda Corona es el ejemplo hecho persona que nos dice que debemos perseguir nuestros sueños, cueste lo que cueste, y apostar siempre al rojo, hasta que toque.

Os diré que pasados unos años, después de que el primo de mi madre ya no viviera con nosotras, intenté leer El señor de los anillos. Lo intenté con muchas ganas y teniendo en mente lo que me gustaba la historia. Pero no fui capaz. Supongo que me fascinó tanto cuando era pequeña y me lo había imaginado yo tan a mi manera, que después quedé un poco decepcionada. Por eso me alegra tanto encontrar novelas como las que hoy os traigo, que me dan esa dosis de fantasía que necesito para poder seguir amando la lectura.

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El Talib Yàabal, de Adolfo López Reguero

El Talib Yàabal

El Talib YàabalCuando tenía dieciséis años, solo había una cosa que me importara en la vida: viajar. Hasta esa fecha solo había salido de España dos veces, pero necesitaba conocer mundo, fuera como fuera. Mi plan era terminar el bachillerato y conseguir una beca que me permitiera irme lejos a seguir estudiando. Pero para eso todavía faltaban dos años, tiempo que veía inconmensurable… Así que tenía que buscar una forma de poder viajar sin que me costara dinero (ya que no tenía un duro y las cosas en casa no estaban como para que yo me fuera por ahí de turismo). Y la encontré: me iría a trabajar de niñera a Inglaterra durante un verano. ¡Era el plan perfecto! Solo tenía que comprar los billetes de avión —los más baratos— y después me pasaría todo un verano en un país que recorrería de norte a sur gracias al dinero que me iban a pagar por cuidar de un niño.

Os aseguro que en mi cabeza sonaba así, precioso, fácil. Y cuando se lo contaba emocionada a mi madre (la mujer desistió en el intento de que yo cambiara de idea) esta negaba con la cabeza lentamente. Ella tenía una idea de lo que iba a pasar, pero ni siquiera ella llegó a adivinar lo que realmente pasó.

Cuando llegué a Inglaterra me recibió una mujer que parecía muy simpática. Ni veinticuatro horas pasaron antes de que apareciera la primera mentira: no iba a cuidar de un niño, sino de cuatro, ya que había decidido acoger en su casa a tres niños kazajos por unos temas fiscales.

No os voy a contar más de mis peripecias por Inglaterra, pero en resumen, aguanté un mes y salí por patas de allí. El caso es que entablé mucha amistad con esos niños. Con los kazajos intenté comunicarme como podía ya que no tenían ni idea de hablar inglés, pero al final conseguían contarme cosas sobre su país. A mí me dejaban con la boca abierta. Para entendernos cogíamos un ordenador y ellos me iban enseñando cosas tradicionales de su país: las vestimentas, la música, la comida… Fue una experiencia muy enriquecedora.

Así que encontrarme hoy con este libro, El Talib Yàabal ha hecho que me acordara irremediablemente de esos tres chiquillos a los que tanto cariño cogí. Y me ha recordado porque esta novela sucede en su inicio en Kazajistán. La protagonista, Alejandra di Prieto, acude a ese país en busca de lejanía. Necesitaba alejarse de todo y justo le llega una oferta de trabajo para irse a miles de kilómetros de su casa. Lo que ella quería. El problema es que una vez allí se entromete en un asunto que pone en peligro su vida. Solo diré dos palabras al respecto: residuos nucleares. Así que decide huir de Kazajistan. Lo mejor de todo es que en esta huida no estará sola, porque se topará con un exagente del CESID al que, adivinad, todo el mundo conoce como El Talib Yàabal. A partir de ahí la trama irá enredándose e intercalando temas como por ejemplo la trata de blancas, el narcotráfico o incluso el tráfico de armas.

Tengo que decir que he disfrutado mucho con la novela de Adolfo López Reguero. El Talib Yàabal es un libro donde la acción es la principal protagonista. Ya nos encontramos con ella desde un principio y estará ahí presente hasta el final. Si os soy sincera, no suelo leer libros de este tipo, donde la guerra es el marco general y hay acción por todas partes. Pero a pesar de ello, y de no ser ninguna entendida en servicios secretos, conspiraciones y guerras, como decía antes, lo he disfrutado muchísimo.

Me parece que este libro está escrito con mucho cuidado, ya que se nota que el autor no da puntada sin hilo. Esa forma de enredar la madeja (y con ella las tramas) para después llegar al final que le ha dado a la novela, requiere muchísimo trabajo y esfuerzo. Además tengo que decir que está muy bien escrito y que los amantes del género van a alabar el gran trabajo que ha hecho Adolfo López Reguero. Sí es cierto que yo le recomendaría al autor una revisión de la ortografía, puesto que se puede encontrar alguna falta que otra. Me encantaría que para posteriores ediciones (que estoy segura que habrá), estos pequeños errores estuvieran corregidos, ya que entonces tendrá una novela redonda.

Sin darle mucha importancia a lo que acabo de decir, tengo que apuntar que el desarrollo de los personajes me ha gustado mucho. Sobre todo la caracterización del malo malísimo, Petrov. Me he fijado especialmente en él porque es un personaje que por su pertenencia a la KGB tiene que tener un carácter muy marcado y desarrollado. Es una persona cruel, sin compasión, tremendamente fría… Y el autor se dedica con mucho esmero a descubrir esa personalidad poco a poco, cuidándola y mimándola para hacer con ella un personaje perfectamente formado.

Por supuesto, no podía dejar de lado la ambientación. Si al principio de la reseña decía que con dieciséis años me encantaba viajar (y ahora, por supuesto), también disfruto muchísimo leyendo novelas que me transporten a lugares lejanos sin necesidad de moverme del sofá. Con este libro lo he conseguido muy fácilmente y, lo mejor de todo, he visitados lugares a los que no acostumbro ir cuando leo. Me ha parecido genial la ambientación y me he deleitado muchísimo con ella. Sin duda, es una de las cosas que más me han gustado de esta obra.

Aunque tengo que decir una cosa al respecto: en nada se parece el Kazajistán que estos días he estado leyendo al Kazajistán que años atrás me describieron aquellos niños a los que cuidaba en Inglaterra. Dos versiones completamente dispares de un mismo sitio. Lo siento mucho por Adolfo, de verdad, pero si tengo que quedarme con una visión, me quedaré siempre con la que un niño me dé. Así seguramente tendré más posibilidades de ser más feliz.

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La reliquia, de Eça de Queirós

La reliquia

La reliquiaHay libros que siempre recordamos con cariño. Para mí, uno de ellos es El crimen del padre Amaro, la obra con la que descubrí al escritor portugués Eça de Queirós. La leí durante un viaje en tren y la historia enseguida me atrapó. Porque a mí me gusta leer —es evidente, ¿no?—, pero con la mayoría de libros, después de unas decenas de páginas, me apetece hacer otra cosa. Sin embargo, con aquel no podía parar de leer. No quería que el tren llegara aún a su destino. No quería que esa historia llegara a su desenlace. Así que si todavía no habéis leído El crimen del padre Amaro, os lo recomiendo encarecidamente, de verdad. Que su pésima adaptación cinematográfica —solo he visto el tráiler, pero con eso me basta para saberlo— no os haga descartar el libro.

De aquella lectura hará unos tres años y tenía ganas de volver a disfrutar de la prosa de Eça de Queirós. Y me ha surgido la oportunidad con la reciente publicación de La reliquia, de la mano de la editorial Akal, en su colección Clásicos de la Literatura.

La reliquia, publicada por primera vez en 1887, narra una historia diferente a la de El crimen del padre Amaro, pero el trasfondo de ambas es el mismo: una crítica irónica a la obsesión por la religión y a la hipocresía de aquella época. En el caso del libro que nos ocupa, La reliquia, el protagonista es Teodorico Rasposo, que nos cuenta su vida junto a su tía materna, doña Patrocínio das Neves: puritana, beata y adinerada. Aunque Teodorico se esmera en aparentar que es un hombre devoto y casto para seguir disfrutando del peculio de su tiíta, lo cierto es que le pierde la lujuria y el alcohol de las tabernas. Pero para que su futura herencia no peligre, se ve obligado a viajar a Oriente, en busca de una reliquia que provea a su tía de una larga vejez sin enfermedades ni dolores. Ni que decir tiene que eso no será lo único que haga en su travesía y que la colección de reliquias que atesore solo sumará una farsa más a su vida.

La presente edición de La reliquia incluye una extensa introducción que analiza la obra y la trayectoria de Eça de Queirós dentro del contexto literario y social de su siglo. Pero recomiendo leerla al finalizar la lectura por dos motivos. El primero, porque desvela demasiado sobre la trama. Y el segundo, porque el pormenorizado análisis seguro que enriquece la visión que cada uno de nosotros hayamos extraído de la lectura.

A veces, los lectores no nos planteamos nada que vaya más allá de la historia leída, pero, en clásicos como este, las introducciones resultan indispensables para tomar conciencia de lo una determinada obra supuso en el momento en el que fue escrita. En este caso, La reliquia es una muestra de cómo Eça de Queirós se unió al orientalismo que predominaba en la cultura europea del siglo XIX. Al trasladar a su protagonista a ese escenario, recreó un Oriente que contribuyó al imaginario que Europa se formó sobre aquellas tierras. Además, aunque la obra se enmarca en el realismo-naturalismo que predominaba en la literatura del siglo XIX, Eça de Queirós introdujo un capítulo de fantasía, en el que Teodorico viaja en el tiempo para ser testigo de la Pasión de Cristo. Una muestra de cómo el escritor exploró los límites literarios y abrió camino a muchos otros. De ahí que sea uno de los autores referente del siglo XIX.

Si bien La reliquia no me ha cautivado tanto como El crimen del padre Amaro, ha sido un placer leer otra afilada sátira de Eça de Queirós. Pocos han sabido poner en evidencia como él las contradicciones, sombras e hipocresías de su sociedad. Seguro que repetiré.

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El submayordomo Minor, de Patrick deWitt

El submayordomo Minor

El submayordomo MinorCada vez veo este un sitio más proclive a mis confesiones lectoras y, teniendo en cuenta que es una ventana hacia un mundo repleto de ojos que no reconozco, probablemente no sea el mejor lugar pero hacerlo. Pero qué más da. Hoy debo confesar que siempre se me ha hecho raro leer novelas narradas en tercera persona, y cada vez tengo más claro que creo que esto me pasa porque tengo miedo a que, en algún momento de la novela, ese narrador que todo lo sabe se equivoque y pase de la cabeza de alguno de sus personajes a la mía. Y empiece entonces a sacarlo todo, a enseñarlo todo, a dejarme sin nada que esconder, que guardar, que reservar. De momento eso no ocurre y voy pasando bien de novela en novela, como me ha sucedido con esta divertida, muy entretenida y muy rara El submayordomo Minor, la última novela de Patrick deWitt, publicada por Anagrama. 

¿Qué decir de ella? En primer lugar y sobre todo, que si te gusta el universo Tim Burton es para ti. Patrick deWitt nos presenta a Lucien Minor, chaval pobre, mentiroso compulsivo, que vive en un pueblo con su madre, quien regenta una taberna, y que decide en cierto momento de su adolescencia marcharse de allí tras recibir una oferta de submayordomo en el misterioso castillo Von Aux. A partir de la recepción de esta oferta, la vida de Lucien, más llamado en la novela Lucy, comenzará a caminar de la mano del acelerado proceso de madurez. Solo y sin mucho equipaje, ni fuera ni dentro, lo que más pesará a Lucy en su partida serán las heridas de un amor no correspondido. Huyendo de eso y de una vida casi marginal, Lucy se encontrará con la posibilidad de ser alguien, de valerse por sí mismo, de tener un puesto, un nombre, una posición. Pero ni se imagina lo que le espera.

Viajará en tren, conocerá de primera mano el universo de los vagones de tercera clase, conectará con ciertas personas que marcarán su vida. Y pensará. Porque esto, su pensamiento, es lo que moverá la acción de la novela y los ojos del lector. Lucy es un joven maltratado por la vida y, como él creerá, por el amor. Así, con la idea de que la vida es una batalla diaria contra la epidemia del amor, Lucy llegará a un nuevo pueblo, coronado por el castillo Von Aux. Dentro de él se encontrará con el lujo derrumbado, con la ruina de algo que ya fue. Allí conocerá al extraño, entrañable y cómico Olderglough, su superior y alguien que mira cada mañana, portando todavía su gorro de dormir, a su pequeño pájaro enjaulado mientras se pregunta por qué este nunca cantó; a Agnes, la fatal pero fiel cocinera del castillo; y al barón, ser decaído, golpeado fuertemente por el virus del amor, que solo aparece de noche, a escondidas, y es capaz de comerse ratas vivas cuando nadie le ve. A estos le acompañarán en el baile de personajes Memel y Mewe, carteristas del pueblo que Lucy conoce en el tren, y Klara. Klara, la clave en todo esto.

Este desfile de caracteres es el que completa la nueva vida de Lucy, quien se encontrará dentro de su pequeña habitación, que hasta hace muy poco fue del anterior submayordomo – desparecido en extrañas y secretas circunstancias -, con un pequeño cachorro a sus pies y la obligación todas las noches de cerrar con llave por dentro su puerta. Y todo comenzará a suceder.

Patrick deWitt consigue, con una gran técnica de capítulos cortos y efectivos cliffhangers – no se nos olvide que también es guionista de cine -, que las casi 400 páginas que componen el libro pasen como si este no llegase a la centena. La partida, la huida, el desplazamiento en una misma vida serán los temas clave en esta historia que trata sobre la superación de la edad, sobre el crecimiento, sobre la madurez, que no es más que entender de qué trata el amor. Lucy creerá saberlo, pero no, y volverá a creer saberlo, pero no. Y volverá. Puede leerse en la contracubierta del libro que El submayordomo Minor es algo así como un «bildungsroman posmoderno», y si supiera lo que esto es lo afirmaría categóricamente. Pero también puede leerse sobre él que es «original». Y lo es. Que es «nada convencional». Y lo es. Que es «delicioso en su singularidad». Y lo es. Que es una novela «ágil, divertida, profunda, emocionante y espléndida». Y lo es. Que es «siempre excelente». De verdad que lo es.

Todos hemos sido alguna vez Lucien Minor.

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Lincoln en el Bardo, de George Saunders

Lincoln en el Bardo

Decir que George Saunders ganó el Man Booker Prize en 2017 con eLincoln en el Bardosta, su primera novela, sería injusto. Lo cierto es que el autor norteamericano ya contaba con la experiencia y la técnica necesaria para hacerse con el galardón. Libros como Diez de diciembre o Pastoralia, lo convirtieron hace algunos años en el rey del relato corto. Su mordacidad y su capacidad para provocar extrañeza desde lo cotidiano, le han valido numerosas menciones y reconocimientos. Sin embargo, ¿qué hay de todo eso aquí? Advierto desde el principio que el salto cualitativo es brutal. Si te gustaron sus relatos, vas disfrutar muchísimo de esta novela. Si nunca has leído a Saunders, esta es una carta de presentación como ninguna otra. Dicho todo esto sólo queda preguntarme ¿es esto en realidad una novela? Desde luego no lo es en el sentido convencional del término, pero con George Saunders nunca lo es.

Estamos en 1861, el primer año de la guerra civil norteamericana. Tras un aluvión de críticas ante la mala gestión llevada a cabo por el presidente Abraham Lincoln, éste se enfrenta a uno de los episodios más oscuro de su vida: la muerte de su hijo Willie, de once años. La noche del entierro Lincoln vuelve al cementerio de Oak Hill, para sacar el cuerpo de su hijo del féretro y sostenerlo por última vez. Es en este episodio nocturno donde se expande toda la novela y la lleva hasta el extremo más posmodernista. Hay una ausencia total de narrador para guiarnos por el libro. Tenemos, a cambio, la perspectiva de todas las vidas en suspensión que pueblan el cementerio para ir narrándonos lo acontecido en esa noche histórica. Entre ellas la de Willie, que en su absoluta ingenuidad se niega a aceptar el hecho irrefutable de estar muerto. Y es de esa negación donde surge el escenario del Bardo, un plano de transición entre la vida y el más allá que tiene sus orígenes en el budismo y que Saunders utiliza para dar rienda suelta a sus personajes y forjar una mitología propia.

A la construcción fantasmagórica del relato, se le suma otra capa. En el transcurso de la historia encontramos un sinfín de citas históricas en las que nos cuentan de primera mano cómo fueron los días en los que la tragedia golpeó a la familia Lincoln. Una ristra de comentarios, algunos verídicos y otros surgidos de la imaginación de Saunders, que consiguen darnos una visión fehaciente de la opinión pública del momento. La anulación del narrador, sumada al coro de voces y a estas notas, no hacen más que aproximarnos a la idea más sólida, que no por ello perfecta, de verdad. Otorgándole a lo sucedido la capacidad poliédrica de contener todos los puntos de vistas, incluso aquellos que mienten, se contradicen o ocultan algo. Todo suma en esa idea de verdad que dista del viejo relato unidireccional e irrevocable.

Lincoln en el bardo es una novela que no podría haber sucedido en otro momento de la historia. Es una hija de su tiempo, del hoy más inmediato. La correlación de testimonios y la forma de interpelarse entre sí, se asemeja sin ningún tipo de pudor a la idea de documental. Y digo documental y no ensayo, ya que las interferencias e interrupciones de los participantes convierten esta historia en un artefacto casi audiovisual. La fuerza de las imágenes, la brevedad de ciertos momentos y la aparente falta de constricciones convierten a la novela en un producto propio de una era digital y líquida. Y George Saunders consigue hacer todo esto sin salirse del formato más analógico que conocemos: un libro.

Hay en toda la obra de Saunders una denuncia hacia la deshumanización. Hacia la pérdida continuada de los rasgos que nos ennoblecen como especie.  En su primera novela consigue evolucionar esta crítica realizando una transición desde la mordacidad hacia la empatía. Saunders realiza el ejercicio de ponerse en el lugar del otro más ambicioso llevado a cabo por la literatura contemporánea. No escatima en recursos para hacernos entender la verdad de los demás. He de decir que aun siendo numerosas, todas son pertinentes. Nos coloca dentro, literalmente, de sus personajes y nos abre los ojos ante un dolor que todos podemos comprender si prestamos la suficiente atención.

La pérdida y la segundas oportunidades. Negar lo evidente por miedo a lo desconocido. Y dejar ir. Lincoln en el Bardo contempla cada una de estas posibilidades para llevarlas a un nuevo estadio. Nos obliga a entender que el tiempo es finito en términos biológicos, pero que juega con otras reglas cuando el reloj se sumerge en nosotros. Saunders nos recuerda que dentro de cada uno hay espacio suficiente para multitudes, fantasmas o para aquellos a los que no pudimos decirles adiós cuando llegó el momento de hacerlo.

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Videorreseña: La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera

Cuando me di cuenta de que este proyecto, el de crear un canal de YouTube, era real, una sola pregunta rondaba por mi mente: ¿qué libro será el que escoja para que se convierta en el primer libro videorreseñado del canal? No lo tuve que pensar demasiado, lo tuve claro al instante: mi mente se dirigió sin vacilación a La insoportable levedad del ser, una novela que se convirtió en una de mis favoritas desde el momento en que la empecé.

En este vídeo os cuento su argumento y, especialmente, los motivos por los cuales no puedo parar de recomendar esta obra. Para empezar el canal necesitaba un libro del que pudiera hablar sin tener que pensármelo dos veces, así que esta era mi mejor opción. Y todo ello porque simplemente marcó un antes y un después en mi vida como lectora. Será por su historia tan desgarradora, por ese amor atípico en el que la toxicidad es una vieja amiga, por el dolor de vivir una guerra, de los escenarios tan bien dibujados… será por las decenas de frases que se quedaron grabadas en mi mente. Será una mezcla de todo eso lo que hizo que yo haya decidido empezar este canal con este libro. Sí, será eso.

Así que sin más dilación, os invito a que me acompañéis en esta aventura y le echéis un vistazo a este nuevo proyecto que tenemos entre manos y que empieza así, con una de mis historias de amor preferidas.

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Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado

Cicatriz

CicatrizSi quieres leer una reseña sobre esta novela, Diego PalaciosGorka Rojo publicaron dos geniales a finales de 2015 en esta misma página. Esto es otra cosa: un sencillo intento de comprobar si los libros pueden entrar de la misma manera por los oídos que por los ojos.

Llevo ya bastante tiempo enganchado a los podcasts; concretamente, desde que empecé a trabajar delante de un ordenador ocho horas al día y comprendí que fuera de la oficina tenía que huir todo lo posible de las pantallas y de los teclados. Además, he tenido la suerte de que mi afición por este formato ha nacido en un momento en el que se está haciendo una gran apuesta en España por productos de calidad, especialmente desde plataformas profesionales como Podium Podcast (La vida peligrosa, El gran apagón, Le llamaban padre…). Así que, después de tantos meses disfrutando de estas radionovelas, lo siguiente era hacer la prueba con un libro. Elegí Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado, haciendo un poco de trampa, ya que para cuando comencé a escucharlo ya llevaba casi un tercio del libro leído. Y, sorprendentemente, el salto de un formato a otro no resultó demasiado traumático. Al fin y al cabo, una buena historia se disfruta igual te la cuenten como te la cuenten.

Y esta es una gran historia; un thriller de los que te van atrapando poco a poco, gracias a una trama con muchos flecos por resolver (un asesinato, un contrato millonario, el pasado de una joven extranjera…) y a un protagonista que narra su historia de una forma tan verosímil como amena. Pero dejando a un lado la entretenidísima historia de Simon Sax e Irina, quisiera centrarme en la experiencia de consumir este libro a través de los oídos, pues imagino que, como yo, serán muchos los lectores que no hayan cruzado esta frontera. En mi caso lo escogí de la web Audioteka, que cuenta con una amplia colección de audiolibros de todo tipo.

Lo primero que me sorprendió fue que toda la novela hubiese sido grabada por un único intérprete, el doblador Tito Trifol, cuya voz me resultó sorprendentemente parecida a la de Juan Gómez-Jurado (seguramente fuese mera sugestión). En un principio me resultó extraño, pues mi mente podcastiana echó de menos la pluralidad de voces para interpretar a los personajes y los sonidos de ambiente. Pero una vez que uno comprende en qué consiste un audiolibro, que no es otra cosa que una narración amena del texto original, pasa como con los libros tradicionales: que uno no tiene problemas para generar las escenas en su mente a partir de lo que se nos narra.

Eso sí, las más de once horas de audio que ocupa esta novela (en texto son 576 páginas) son para dosificarlas en varias tomas. Al fin y al cabo, los que somos tramposos y estamos acostumbrados a leer de vez en cuando en diagonal aquí no gozamos de ese recurso (no recomiendo probar el truco de acelerar la velocidad de reproducción del audio, porque ahí sí que definitivamente dejamos de estar ante un libro para enfrentarnos a un trabalenguas).

Como toda primera vez, la del audiolibro me ha exigido un proceso de aprendizaje sobre la marcha, en el que he ido haciendo numerosas pruebas hasta que he encontrado la forma de amoldar este formato a mis gustos. Por ejemplo, me he dado cuenta de que no es tan fácil prestar atención a la trama cuando parte de tus sentidos tienen que estar alerta de ver el color de las luces de los semáforos, de esquivar los pisotones y de llegar a tiempo a la oficina. Y ya ni hablar de lo duro que resulta el momento de ver que tienes que quitarte los auriculares justo cuando más interesante está el capítulo. Al final, he acabado acogiendo este audiolibro como un complemento, una manera de continuar enganchado a una historia tan adictiva como la de Cicatriz para, ya por la noche, darle el relevo en papel.

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La tentación del perdón, de Donna Leon 

la tentacion del perdon
la tentacion del perdonDesde que leí Piedras ensangrentadas creo que ya he seguido atenta  a todas las novedades de Donna  Leon, esta autora es nacida en  New Jersey pero imagino que llevando más de treinta años residiendo en Venecia, podría considerarse como una veneciana más… ¿O no? Esa misma pregunta se hacen en algún momento en esta nueva historia de la autora.
 Ya saben que yo no vivo en la ciudad que me vio nacer, Valls, tampoco en Zaragoza, donde pasé mi juventud y unos extraordinarios años de mis vida, ahora vivo en la Capital de la comarca de las Cinco Villas, una localidad agrícola en la que siempre digo que hay gente estupenda y un par de buenas iglesias que ver… ¡Y mucho Románico a todo nuestro alrededor! Los ejeanos son un poco como los venecianos, si no has nacido allí, nunca terminas de ser reconocido como tal, incluso aunque les hayas aportado algún hijo con el que ampliar su Registro Civil.  😀
Pero era de la novela de lo que yo venía a hablarles y no de mi vida, así que allá vamos. Donna Leon siempre ha sido muy comprometida con los temas que toca en cada uno de sus libros, y eso me gusta. En La tentación del perdón han sido bastantes las páginas que han quedado marcadas y debidamente subrayadas por mi lapicero.
“- ¿Usted cree que la Ley está bien hecha? – preguntó, cosa que sorprendió al commissario.
Brunetti no se sentía obligado y tampoco tenía ganas de dar su opinión sobre el sistema legal y judicial.
-Lo que usted y yo pensemos de la ley no importa.- se limitó a decir.
-¿Y qué importa?
-Que los inocentes estén protegidos. Eso es lo que las leyes deben hacer.
En el fondo, Brunetti no lo creía. Las leyes aprobadas por los que ostentaban el poder, estaban pensadas para mantenerlos en él. Si además protegían a las personas inocentes, perfecto; pero no se trataba más que de un efecto secundario de agradecer.
-No lo había pensado así. –confesó ella.
Brunetti, que tampoco, se permitió encogerse de hombros.
-Supongo que la mayoría de las personas no piensan mucho en la función de la ley. …”
 Ya ven que fuerte nos entra en sus primeras páginas, concretamente en la 39,  y es que en esta ocasión, los paseos por nuestra querida Venecia, van a tener que ver con la visita que una professoressa, compañera de Paola, (esposa de Brunetti) le hace a éste en la comisaria. Por otro lado andaremos también ocupados con un problema de filtraciones dentro de la Questura. Y como no, también nos asomaremos a casa de los Brnetti para compartir algún rato de convivencia familiar y poder hojear las lecturas de Guido, que en este caso será Antígona.
Muchas y muy interesantes son las cuestiones que plantea Donna Leon, una novela muy adecuada para debatir en cualquier club de lectura, pues son muchos los temas que nos plantea y que van derivando de la vida misma.
“El camarero se acercó a la mesa, pero Griffoni lo alejó con un gesto de la mano. Luego abrió la boca, la cerró y respiró muy hondo cinco o seis veces. Estiró el brazo y le posó la mano en el antebrazo.
-Discúlpame, Guido. Me pone fatal oír cosas así.
-¿Qué cosas?
-A hombres justificando la violencia contra las mujeres pensando que la gente creerá que no les quedaba más remedio. Estoy asqueada de oír cosas así y de que la gente se lo trague. La mató porque estaba perdiendo el control sobre ella; así de fácil. Lo demás es una cortina de humo  que apela a nuestro deseo de sentirnos bien con nosotros mismos por se tan tolerantes con otras culturas. Pero es todo falso, falso falso. …”
Estas cosas tan estupendas pasan cuando coges un libro de esta autora, que nada está en la novela por estar, que todo es comentable y por ello sus novelas, siendo novela negra, son tan interesantes para poder desmenuzarlas en los clubs de lectura.
Y ya ven, en el fondo de todo ese título tan seductor: La tentación del perdón.
¿Quién no ha tenido alguna vez la tentación de convertirse en Dios todopoderoso y, dentro de sus posibilidades, perdonar malas actitudes o incluso hechos criminales?
Pues bien, si reflexionamos sobre este tema en la intimidad, a la vista de las noticias que tenemos cada día, podemos darnos cuenta de que en muchas ocasiones, aun no verbalizándolo, estamos perdonando comportamientos que no se corresponden con el ordenamiento jurídico, porque entendemos que la ley es muy dura o no tiene en cuenta las especiales circunstancias ¿A cuántos de nosotros nos repugna que alguien defraude a hacienda? ¿Qué tenga un pequeño negocio en casa sin pagar los impuestos correspondientes? ¿Pagar sin IVA? …
Muchos son los delitos que se comenten a nuestro alrededor a los que damos nuestro perdón o por lo menos nuestro mirar para otro lado…
¿Qué hará Guido Brunetti?
Cualquier día me marcho de nuevo a Venecia, antes de que deje de ser la ciudad que yo conozco, la ciudad que amo, con sus casas y sus habitantes venecianos, antes de que la invasión de los trasatlánticos la inunde por competo y se convierta finalmente en una especie de Disneyland Venecia.
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