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Safo. Poemas y testimonios, de Aurora Luque

Resulta ciertamente emocionante leer a alguien que vivió y escribió hace más de  veinticinco siglos, al menos lo es para mí, pero que lo leído resulte fresco, acogedor y sumamente elegante es toda una experiencia. Sospecho que la edición de Aurora Luque tiene parte de culpa en la luminosa transparencia de los textos, sin embargo, la forma en la que nos han llegado, en muchos casos extraordinariamente fragmentaria e incompleta, también envuelve los poemas de un cierto halo misterioso muy interesante. Desde luego lo es para los estudiosos que no sólo tienen el campo de lo que dice sino el de lo que no sabemos que dijo, investigar lo que probablemente escribió y no nos ha llegado más que por referencias, reconstruir un puzle al que le faltan más piezas de las que tiene.

También conviene detenerse en las referencias, esta magnífica obra contiene lo que la autora ha recopilado bajo el epígrafe “testimonios”, lo que se ha dicho de ella. Y créanme que si los comentarios elogiosos, devotos incluso, son verdaderamente reveladores, no lo son menos los que, reconociendo o no su talento, son negativos. Despreciativos incluso. Se ve que a lo largo de la historia el pecado de ser mujer y con talento (y no hablemos ya si es libre en sus afectos) no se ha perdonado mucho mejor que en la actualidad. Así, en el primero de los casos, resulta impactante comprobar como muchos la denominaron la décima musa, Platón sin ir más lejos dejo escrito dicen unos que nueve son las Musas. Qué negligencia. Que sepan que la décima es Safo, la de Lesbos, mientras que Ovidio la definió así: Aparte de mezclar pasión con mucho vino, ¿qué otra cosa enseñaba la Musa del anciano poeta de Teos? ¿Y en qué sino en amores instruyó a las muchachas la lesbia Safo? Aunque el que más llamativo me resulta es Aristóteles:

Cada cual rinde honores a sus sabios. Así, los de la isla de Paros enaltecen a Arquíloco, aunque fuera un blasfemo. Los de Quíos enaltecen a Homero, que no era ciudadano, y los habitantes de Mitilene honran a Safo, aun siendo como era una mujer.

De la misma manera, resulta sorprendente el tono paternalista con que en algunos momentos se habla de ella, incluso esa idea de que necesariamente debía ser sacerdotisa, no fuera a ser que simplemente fuera una persona libre.

He querido comenzar la reseña hablando de este tema, que en rigor es secundario frente a la propia obra de la poeta, para dejar para el final la parte luminosa, para dejarles con buen sabor de boca. Porque eso es lo que le queda a uno tras leer Safo. Poemas y testimonios, al menos es lo que me ha ocurrido a mí, que no había leído a la poeta hasta ahora. No todos los poemas son de celebración de la vida ni tienen temática amorosa ni erótica, hay incluso alguno duro dedicado a un hermano suyo, alguno escrito aparentemente por encargo para una boda,

Novio feliz, ya para ti la boda, tal como suplicabas,
cumplida está. Posees a la novia, tal como suplicabas.
Agraciado es tu aspecto, pero los ojos de ella
son como miel, y amor se ha derramados
sobre el rostro adorable.
Te ha recompensado con creces Afrodita.

pero en general hay un tono elegante y vitalista que es todo un placer leer.

Como la manzana dulce se vuelve roja en la rama,
alta sobre la más alta y olvidada de los cosechadores
(pero no la han dejado por olvido: es que no la pudieron
alcanzar…)

Verdaderamente no soy capaz de describir la atmósfera que a uno le envuelve con esta lectura que tiene tanto de gozosa como de frustrante cuando aparecen ante sus ojos apenas unas palabras que a uno le sugieren algo que desea leer, es una suerte de sufrimiento gratificante, no porque uno sea especialmente aficionado al dolor sino porque en la literatura es importante lo que el lector lee, no sólo lo que el escritor escribe, y estos poemas de Safo le dan al lector un protagonismo inesperado pero muy apropiado porque también es importante lo que uno no lee, sino que imagina. Tiene el lector un campo de acción infinito, que sin embargo no por inabarcable asume menos hermoso.

Para las bellas
ꟷpara vosotrasꟷ
mi pensamiento
nunca es mudable

Y no lo asume porque sea de imaginación especialmente viva, sino porque lo es.

Pues bello es quien es bello en cuanto a la mirada.
Pero también el bueno ha de ser pronto hermoso.

Porque no sólo hay cosas realmente bellas en Safo. Poemas y testimonios, sino que recurre a imágenes no menos evocadoras como esta de los dedos de la luna.

[…]cuando ya se ha hundido el sol,
la luna con sus dedos de rosa va envolviendo

todos los astros y su luz se extiende
sobre la mar salina y de la misma forma por los campos
saturados de flor.

En fin, no soy experto ni en Safo en particular ni en poesía en general, aunque me estoy aplicando, y sin embargo me atrevo a recomendar vivamente esta obra no sólo por lo mucho que he disfrutado, sino porque contiene cuanto uno desee encontrar, tiene una gran entidad intelectual, la introducción los comentarios no sólo hacen gala de una gran erudición sino que diría que tienen valor académico, más allá del meramente divulgativo. El relato del descubrimiento de los papiros que nos han llegado y de sus avatares y su estudio ayuda a valorar aún más estos textos. Pero si uno simplemente lee los poemas, quedará igualmente encantado en al menos tres de sus cuatro acepciones:

  1. tr. Someter a poderes mágicos.
  2. tr. Atraer o ganar la voluntad de alguien por dones naturales, como la hermosura, la gracia, la simpatía o el talento.
  3. tr. germ. Entretener con razones aparentes y engañosas.
  4. intr. Gustar en gran medida, agradar mucho. Le encanta el cine

Les dejo con un último extracto de un poema, en el que la poeta habla de su propia vejez pero consigue encontrar un hueco para celebrar la vida incluso cuando describe sus propios achaques:

Pero yo amo la vida refinada. Esto también a mí
ꟷel radiante deseo de sol y de bellezaꟷ
me lo tiene asignado el destino.

 

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

Por Andrés Barrero

Colaborador de Librosyliteratura desde 2011 y autor de la novela Todo el mundo odia a Yoko Ono, Lento y El nombre de Berta, pese a que se considera fundamentalmente escritor de cuentos. Y de Huelva. Cuando oye "peste, carbunco y rabia" sabe muy bien que contestar, pero su trochería predilecta para definirse es hacerlo como tolstoiano no practicante.

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