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Serotonina, de Michel Houellebecq

Serotonina

SerotoninaUn globo lleno pinchado sin explotar. Así nos presenta Anagrama la cubierta de la nueva novela de Michel Houellebecq: Serotonina, traducida por Jaime Zulaika. La pregunta recae en: ¿es el momento exacto antes de que el globo explote o es un globo que aunque se pinche no puede explotar? Con estas dos preguntas (seguramente con más) es posible que empieces la lectura de Serotonina, donde estarás durante cerca de trescientas páginas escuchando/leyendo lo que te cuenta Florent-Claude Labrouste, francés de 46 años que detesta su nombre y que toma antidepresivos mezclados con alcohol. El antidepresivo en cuestión se llama Captorix, libera en su cuerpo serotonina y hace que le desaparezca la libido, entre otras cosas. Pero a él le da igual.

Florent huye de todo: trabajo, pareja, sociedad y sí mismo. Cree necesario tomar antidepresivos pero no dejar de lado el vino o las cervezas. Sabe que está hablando a un lector y por eso deja que este entre en él. Probablemente seamos los únicos a los que nos deje. Solo, siempre solo, montando en su Mercedes 4×4, recorre cierta parte de España volviendo hacia París; es decir, huye de Almería para volver a París, de donde también huirá para ir por pueblos de Normandía, de donde también huirá para ir… En definitiva, una huida constante hasta que no le quedan páginas para hacerlo. Y ahí se queda, estancado, buscando una última salida, haciendo los cálculos con los que despejar la incógnita de cuánto rato duraría la caída hacia su muerte.

En Houellebecq no es spoiler el hecho de insinuar, o claramente decir, que sus personajes no se superan sino que están condenados a, como decía Valente, una caída hacia lo hondo. Leyendo sus novelas, y sobre todo esta, te preguntas si sus personajes son desgraciados por vivir el destino que les toca vivir o si el destino es desgraciado con ellos por la vida que deciden vivir. Siempre hacia abajo, Florent presenciará muertes cercanas, abandonos, rupturas e incluso resquicios de amores imposibles. Siempre como observador lejano de la vida y de todo, se dará cuenta de que ya es tarde. Desde que empieza el libro, con esas dos chicas jóvenes españolas que tontean (o eso cree) con él en una gasolinera Repsol, él ya se da cuenta de que es tarde. Cada sentimiento, cada decisión, cada pastilla que tome o copa que beba o palabra que diga será tardía.

Veremos en las páginas de Serotonina la desazón de quien entra por primera vez en una granja intensiva de gallinas (todas en jaulas sobre cadáveres de compañeras que no han aguantado, crías que al ser macho son desechadas vivas, etc.), la presión constante a la que está sometido el sector de productores lácteos en Francia (y otras partes del mundo), que les lleva a enfrentarse a la policía e incluso a jugarse sus vidas; la agitación interior que siente alguien que decide dejar un trabajo estable pero abocado al desánimo por algo enriquecedor que le lleva al fracaso, la parte oculta del amor y de la vida, etc.)

Hay que tener ánimo para leer a Houellebecq, eso ya se sabe de serie; hay que tener ganas e interés de hurgar en la propia herida, porque el francés es un maestro en el hecho de saber reflejar con palabras las grietas, tanto de una sociedad como de uno mismo. Todo lo que hay en las palabras escritas de Houellebecq está en ti, igual que está en ti la decisión de abrir, o no, sus libros. Este es el último, lleva por nombre Serotonina (aunque no sé si su lectura la libera) y me ha devuelto las ganas de abrir un libro que nunca abrí por culpa (¿gracias a?) la crítica: Sumisión. Es Houellebecq en estado puro.

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