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Última voluntad y testamento de un perro distinguidísimo, de Eugen O’Neill

volulntadTodo aquel que haya perdido a un animal de compañía sabe lo jodidamente mal que se pasa y lo mal que sientan frases como: “¿pero para tanto es? ¡Si solo es un perro!”. (Con animal de compañía me refiero principalmente a perros y gatos, que son los que más, valga la redundancia, compañía te pueden hacer –sin tener en cuenta, por mucho que un periquito te acompañe con sus tuits, o que compartas cama con una serpiente o te dejes lamer la cara por un tigre blanco o animes al hámster a batir su record de velocidad y resistencia en su noria particular, la ídem que estos te puedan proporcionar–). Pero no, no es lo mismo un cánido o un felino que un pájaro, un pez, una tortuga…

A lo que vamos. Sienta mal esa pregunta y en esos momentos de flaqueza tal vez te quedas con ganas de soltar que en realidad no pierdes a un animal, sino a un miembro de tu familia al que has cuidado, alimentado, querido, con el que has jugado, reído, sufrido, abrazado, soportado extremadamente olorosos pedos e incluso mantenido largas conversaciones y discusiones (mayormente acerca de la correcta forma de conquistar el mundo)… Ese animal, era uno más en tu manada, en tu vida, formaba parte de ella. Lo veías todos los días, le acariciabas y seguramente pensabas en él varias veces al día sin pretenderlo. Así que ¡sí, joder, para tanto es! Porque, al igual que cuando muere un humano querido, cuando quien fallece es nuestro compañero peludo lo que lloramos no es a él, sino a nosotros, al vacío que queda en nuestra vida y a lo imposible que nos parece seguir adelante…

No sabemos lo que piensan nuestras mascotas ni lo que opinan sobre nosotros ni siquiera sabemos si realmente nos quieren, pero queremos pensar que sí. Necesitamos pensarlo. Necesitamos racionalizar su conducta y antropomorfizarla. Eugene O’Neill, ganador del Nobel de Literatura y de cuatro premios Pulitzer quiso consolarse a sí mismo y a su esposa por la pérdida de su perro, Blemie, escribiendo esta breve elegía en la que intentó meterse en la cabeza de su amigo y pensar como cree que podría haberlo hecho.

Hay partes ciertamente tristes. ¿Realmente un perro que antes corría sin cansarse, que olía su comida preferida a cientos de metros, que oía perfectamente,… sabe que ahora al estar cojo, al no ser capaz de oler una liebre aunque esté a dos metros de él, al estar casi ciego y sordo… tiene su fin cerca? Algunos animales se retiran en busca de soledad para morir, pero yo, y me duele destrozar esa triste y poética imagen del retiro, creo que no son conscientes de que van a morir, simplemente buscan unos momentos para estar tranquilos sin nadie que les moleste (como no pueden hablar no sabemos si les duele horrores la cabeza, por ejemplo) y es ahí cuando les pilla la de la guadaña.

Como iba diciendo, Blemie, consciente de los efectos de la edad en su cuerpo, decide escribir las últimas voluntades y testamento en la mente de su amo. Conmueve pensar que el perro solo querrá que no estemos tristes, que le recordemos como un perro que fue muy feliz, que quiso y se supo querido y, sobre todo, duele pensar que aunque alguna vez oyó decir a sus amos que no tendrían otro perro, él quiere que en el futuro lo tengan porque eso sería señal de que dejó tan buen recuerdo que no podrían vivir sin un perro (aunque, claro, el que venga nunca será tan magnífico como él).

Última voluntad y testamento de un perro distinguidísimo es un libro que provoca un nudo en la garganta, que empatiza con los animales y que intenta responder y consolar el duelo de los dueños de los animales cuando estos van a un lugar, sin duda, mucho mejor.

El libro es muy breve, pero intenso. Cuarenta páginas de tristeza y dolor, pero también de esperanza, recuerdos y algún toque de humor, salteado con unas preciosas ilustraciones para hacer el trago algo más llevadero.

Un libro para hacernos pensar en nuestros compañeros peludos, para recordar a los que estuvieron y para no olvidar que tenemos que disfrutar de la vida a tope con ellos e intentar hacerles la vida lo más placentera posible.

Última voluntad y testamento de un perro distinguídisimo merece ser leído por todo el que tenga o haya tenido un peludo en su vida y quiera emocionarse.

Por Diego Palacios Marxuach

Hijo de puta, cabronazo, perro y agilipollado son palabras que encontrarás en sus reseñas. Aquí se publican opiniones de libros sinceras, pero nadie dijo que estas tuvieran que ser políticamente correctas. Autor de Valeria y El diablo da las llaves del cielo, odia los adjetivos superlativos y lee todo lo que incluya violencia, humor negro y perros. Con filia a los cómics y fobia a la novela mediática. Por lo demás, un chico normal, amigo de sus amigos y mierdas de esas.

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