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Vacaciones en el Cáucaso, de María Iordanidu

Vacaciones en el Cáucaso El talento literario suele medirse según diferentes parámetros. Hay quien valora la imaginación por encima de todo, mientras otros dan más importancia a la capacidad de estructurar una historia más o menos compleja. El crítico fulanito se fija en la retórica y su archirival menganito, en el ritmo narrativo. Pocos, sin embargo, son los que destacan una cualidad que, a mi juicio, está por encima de todas las mencionadas. Pero vayamos por partes.

Hace dos años, con la publicación de Loxandra, Acantilado nos descubrió a la escritora griega María Iordanidu (1897-1989), hasta entonces una absoluta desconocida para el público español, y de cuya vida, aún hoy, apenas sabemos más que lo que nos cuenta la solapa de esta edición. Bueno, eso y lo que escribe la propia Iordanidu tanto en Loxandra como en esta maravillosa Vacaciones en el Cáucaso.

En 1914, sólo unas semanas antes de que estallara la Primera Guerra Mundial, Ana, protagonista de esta novela y trasunto de la autora, deja su Constantinopla natal y se va de vacaciones al Cáucaso, invitada por su adinerado tío Alekos, que le explica detalladamente qué barcos y trenes tiene que tomar para llegar a su destino. Sin embargo, las cosas empiezan a complicarse en un viaje que, si hoy puede ser una aventura, hace un siglo era una auténtica odisea. Y la entrada en escena de la maquiavélica Claude, la esposa de su tío, complica todavía más su llegada a una Stávropol que la espera en medio de una gran expectación. En efecto, la pequeña y remota ciudad de provincias anda revolucionada con la inminente llegada de una profesora nativa de inglés… que en realidad es Ana, más griega que el Partenón y que no sabe nada del asunto.

Antes de llegar a su destino, Ana, que es apenas una adolescente, se queda perdida en mitad del Cáucaso, en plena guerra y sin hablar una palabra de ruso. Con todos estos materiales se podría escribir un dramón de cuidado, pero ya os he dicho más arriba que Iordanidu tiene una cualidad no tan habitual en la literatura como sería de desear. A saber, su desparpajo.

Escribir con desparpajo es huir de la solemnidad, evitar dramas innecesarios y, sobre todo, distanciarse de los hechos, por trágicos que sean, para observarlos con ironía y sentido del humor. Puede que Ana  no sepa ni una palabra de ruso, pero aprende rápido. En concreto, aprende dos palabras que ni siquiera sabe qué significan, pero que le sirven para comunicarse con los campesinos mientras se las apaña para sobrevivir. Paso a paso, casi sin darse cuenta, empieza a adentrarse en ese mundo legendario y desconocido que era la Rusia del s. XIX.

Así es Rusia. Un país oriental, hospitalario. Rusia sabe cómo atraerte hasta su seno y engullirte. Te bañas en jumelí, te embriagas y olvidas el lugar donde naciste.

Se abre así ante el lector una vertiente fascinante de la novela: la visión de Rusia a través de los ojos de quien ha leído a sus clásicos. Ahí están, delante de ella -observa la narradora-, “las nostálgicas heroínas de Turguéniev y de Goncharov“, el nieto del Iván Nikíforovich de Gógol, la señora Anna Karenina llorando la separación de su hijo, e incluso, no tan ruso pero igual de inolvidable, el mismísimo soldado Svejk, en un divertido cameo antes de que Hasek lo inmortalizara.

Y aún hay más. Estas 190 páginas que tan escasas se nos hacen contienen no sólo una historia interesante, humana, divertida y contada con inmenso talento, sino que además nos ofrecen, de soslayo y con el distanciamiento que debieron de sentir los stavropolitanos, un apasionante fresco de la Primera Guerra Mundial, la Revolución y la Guerra Civil Rusa.

Una joyita de libro, se mire por donde se mire.

Por Juan Campbell-Rodger

Por orden de importancia: padre de familia numerosa, lector, salsero, profesor de inglés aficionado.

Algunos datos más: soso, huraño y narizotas. Poco hablador, no por timidez, sino porque me aburre oír mi voz. Antaño viajero. Tengo un futuro esplendoroso detrás de mí. Me encanta hacer enemigos a través de facebook. Zurdo. Observador. Convencido de que callarme mis tonterías me hace parecer más inteligente. No entiendo el mundo. Me gusta sentarme en el balcón y ver el vuelo de los vencejos. Hombre de convicciones endebles. Sólo los libros me entienden.

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