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Vida después de la muerte, de Damien Echols

Vida después de la muerte

Vida después de la muerteA mediados de 2018 pudimos ver cómo eran tratados los niños inmigrantes en Estados Unidos. El país de las oportunidades mantenía encerrados, en unas instalaciones gigantescas, a más de 1500 menores en jaulas similares a las utilizadas en las perreras. Todos nos horrorizamos y nos echamos las manos a la cabeza al descubrir esta especie de Guantánamo (otra perlita de los USA) donde los niños eran arrancados de los brazos de sus progenitores y confinados en unas condiciones infrahumanas.

Ahora bien, tampoco debería extrañarnos tanto pues Estados Unidos, junto con Sudán del Sur, es uno de los dos únicos países que a día de hoy no ha ratificado la Convención de los Derechos del Niño. Esta posición viene determinada básicamente por algunos factores, pero sobre todo por uno en cuestión: en Estados Unidos todo niño que haya cometido un crimen de sangre pierde su inmunidad como menor, se le juzga como un adulto y puede enfrentarse a la cadena perpetua. Hasta 2005 también lo hacían a la pena capital. Se calcula que a día de hoy hay unos 3000 menores cumpliendo la perpetua.

Tendríamos que remontarnos a principios de los 90 para añadir algo más de contexto y descubrir cuándo nació esta ley tan infame que se pasa por el forro algo que prohíbe terminantemente la convención. Fue a comienzos de esa década cuando hubo un repunte drástico de criminalidad juvenil en los EEUU. Unos cuantos casos sonados, un miedo desproporcionado infundado por medios de comunicación más pendientes de aumentar su cuota de pantalla que de informar y la opinión de expertos sacada de contexto hicieron que la Corte Federal legislara con puño de hierro.

Uno de esos casos que sacudió a la opinión pública y la llevó al borde de la locura fue el de Los Tres de West Memphis. Tres adolescentes habían asesinado a tres niños de ocho años. En 1993 fueron detenidos Damien Echols, Jason Baldwin y Jessie Misskelley Jr. El primero condenado a muerte, los otros dos supuestos compinches a la perpetua. En 2011, y tras 18 años de lucha legal que los llevaba una y otra vez a un callejón sin salida, fueron liberados. A día de hoy el verdadero asesino sigue libre.

En Vida después de la muerte (publicado en España por OrcinyPress) es el propio Damien Echols (señalado como cabecilla y por ello condenado a la pena capital) el que nos cuenta los años previos a la condena, el juicio y toda esa fuerza de voluntad que tuvo que hacer aflorar para mantenerse vivo y lúcido en un lugar donde abundaba la locura, la desesperanza y las injusticias.

El libro es una crónica del día a día de un preso mezclado, y debidamente ordenado, con un cúmulo de recuerdos de infancia y adolescencia que el autor comparte de forma íntima con el lector. De esta forma, la narración empieza con los primeros años de vida de Echols, un muchacho pobre con una familia en la que la palabra desestructurada se queda corta. Con todo, es inspirador como, a pesar de todas esas situaciones nefastas e incluso perturbadoras a las que se tuvo que enfrentar, siempre halló belleza y amor incluso en los lugares más tenebrosos. “Nada define más para mí la palabra “hogar” como la espuma verde del agua del lago y el olor a pescado podrido.” Una capacidad que indudablemente moldearía su personalidad y lo prepararía para la terrible injusticia a la que se vería abocado más tarde. En lo que podríamos describir como la primera parte del libro, con un tono que recuerda a la película Cuenta Conmigo, nos encontramos con las aventuras, los amores y problemas de unos adolescentes en riesgo de exclusión social narrado con una franqueza que abruma y atrapa por igual.

¿Os imagináis que os juzgaran por vuestro aspecto, por cómo vestís o por lo que leéis? Y no estoy hablando de transeúntes con los que apenas cruzarás una mirada, de conocidos o de familiares que no tienen otra cosa mejor que hacer. Hablo de un juicio en toda regla. Policías ineptos, jueces corruptos con ansias de entrar en política, un jurado formado por analfabetos cargados de supersticiones y henchidos de superioridad moral por ser de una religión en particular fueron la mezcla perfecta para condenar a tres inocentes. Damien Echols critica con rotundidad un sistema legislativo adulterado e incluso, haciendo gala de un sarcasmo sin igual, se ríe del mísero guion de película cutre en el que se convirtió el juicio; un vodevil que no era más que un medio para aplacar a las masas enfervorecidas. Llegados a este punto, Echols se muestra como un narrador espectacular que no necesita recurrir al sensacionalismo barato para hacer que se nos encoja el estómago. Imposible no apretar los puños, inevitable no sentir cierta asfixia cuando se dicta sentencia.

El trecho final de Vida después de la muerte acontece en el corredor de la muerte, ese lugar en el que los días se escurren como fina arena entre los dedos. Damien Echols nos lleva al mismísimo infierno. El autor sigue huyendo de lo escabroso, pero eso no evita que nos hable de torturas, de guardias que hacen la vida imposible a los presos porque el estado se lo permite, de un sistema penitenciario que parece ubicado en tierra de nadie, en ese lugar donde los derechos humanos no existen. No hay reinserción, solo venganza. “Lo que es legal y lo que es correcto suelen ser dos cosas muy diferentes.” Echols retrata con una minuciosidad casi obsesiva cada detalle, cada abuso, cada condición infrahumana a la que él o sus compañeros se vieron sometidos. Finalmente, y contra todo pronóstico, su indignación es superada por su capacidad de supervivencia, de perdonar y de amar, algo que me dejó aturdido, asombrado, esperanzado además de con un sinfín de reflexiones que permanecen en mi mente mucho después de haber cerrado el libro.

“A final, el odio y la ignorancia siempre fracasan frente a la inteligencia y el amor.”

Un comentario en “Vida después de la muerte, de Damien Echols

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