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Ya no vuelan cometas en los Cerros del Viento, de Eduardo Guibelalde del Castillo

Siempre me han gustado mucho las historias de conspiraciones. Me atraen las tramas en las que los meros ciudadanos parecemos vacas mirando al tren mientras en las altas esferas políticas se ríen de nosotros por manejar información que jamás llegaremos ni a intuir. La llegada del hombre a la luna, las vacunas, las desavenencias políticas, Corea del Norte, el 11-S, la muerte de Bin Laden. Hay cientos de historias que hacen que el ciudadano medio empiece a dudar de todo. La bandera se movía, las vacunas deben llevar algo más de lo que dicen, están todos compinchados, lo de Corea es un montaje, se sabía que iba a ocurrir el 11-S, Bin Laden murió mucho antes de que se confirmara su muerte… Conspiraciones, historias que nos tienen pegados a un televisor o una revista. No nos creemos nada. Bastantes cosas nos han colado ya. 

Y en España no nos quedamos cortos. Seguro que os suena el edificio Windsor, ¿verdad? Un emblemático edificio madrileño repleto de oficinas y que se encontraba en el centro económico de la capital. Un día, un terrible día de febrero de 2005, todos los telediarios emitían las mismas imágenes: el Windsor convertido en una bola de fuego y humo. Quedó destruido completamente. Y ahí empezó todo: programas de televisión de todo tipo empezaron a indagar, convencidos (o al menos, pareciéndolo) de que detrás de ese incendio hubo una conspiración. Todos recordamos las imágenes en las que parecía verse una especie de fantasma dentro del edificio cuando estaba en llamas. Misterios sin resolver. 

Eduardo Guibelalde del Castillo ha tomado este enigma para convertirlo en la base de su novela Ya no vuelan cometas en los cerros del viento, teniendo como resultado una historia de intriga que roza la novela negra y que será una delicia para aquellos que no se creen todo lo que ven en la televisión. 

Son varios los personajes que nos acompañarán en esta historia, teniendo todos un papel muy importante. Por un lado encontramos a un solitario profesor de universidad que, tras la muerte de su mujer, encuentra consuelo en una joven prostituta de lujo. También a un agente del CNI que tiene una relación demasiado tóxica con su mujer. Y, para terminar, tenemos en forma de diario, que escribió en vida, a la mujer fallecida del profesor. Una mezcla explosiva, vaya. Las cuatro historias se irán hilando hasta que el lector comprenda qué está investigando el agente, qué tiene que ver la prostituta y el diario de la mujer y, sobre todo, qué pinta el pobre profesor metido en ese embolado. 

Los personajes son bastante peculiares, sobre todo el agente del CNI, para mi gusto. Tiene constantemente un aura de misterio que me hacía preguntarme si era bueno o malo, sin llegar a entender del todo qué era lo que buscaba y por qué tenía al profesor constantemente en su punto de mira. Pero, mayormente, quería saber el porqué de esa relación con su esposa. Digamos que es un hombre muy posesivo con ella, que no duda un instante en obligarla a levantarse la falda en mitad de un sitio público. El resto de personajes se van desarrollando a medida que va avanzando la novela, incluso a la que conocemos a través de un diario, desvelándose poco a poco las claves que cada uno de ellos tiene para resolver este misterio.

Es un libro ágil, que se lee muy rápido. La narración es ligera y los diálogos abundantes. Esto facilita mucho la lectura. Cuando lo empecé me leí más de cien páginas del tirón sin darme ni cuenta. Y no solo la agilidad de la narración ayuda en esta tarea, sino que también la intriga es importante. Al principio no se sabe muy bien qué pasa ni qué pinta el edificio Windsor en todo ese tema (la verdad es que esa historia no empieza a desarrollarse hasta bien entrada la novela, lo que me llegó a resultar un poco confuso porque al principio no entendía demasiado), pero eso no es impedimento para que el lector siga avanzando sin parar. 

Y ahora, me voy a poner sincera (más, claro): me han sorprendido muchísimo las escenas de sexo. Es normal encontrarse escenas de sexo en la literatura de hoy en día y mucho más en el género negro, porque todos sabemos que los secretos y la cama tienen demasiada relación. Así que no me ha sorprendido por lo explícito de las escenas o de las conversaciones que tienen los protagonistas en cada escena, sino por lo extenso. Debería haber contado en cuántas páginas desarrolla el autor un solo acto. Sí es verdad que no únicamente se habla de sexo, pues las conversaciones suelen fluir en esos encuentros, dándonos información muy valiosa, pero sí que las he notado excesivamente extensas. Por otra parte quizás sea normal, puesto que, como digo, las relaciones entre el profesor y la prostituta son la base de esta historia, pero no sé, a mí en algún momento se me ha hecho un poco intenso. 

Por todo lo demás, como ya he dicho anteriormente, Ya no vuelan cometas en los cerros del viento es una novela que he disfrutado bastante. El tema ya me atraía en un principio, pues yo era de las que se quedaban horas y horas delante del televisor esperando a que Iker Jiménez le diera más salseo sobre algún tema que sabía que no era trigo limpio. Eso de las conspiraciones me gusta, me entretiene. Los personajes también me han gustado, por la variedad y el desarrollo de los mismos. Y la narración ha hecho que este libro me durara dos asaltos. Concluyendo, una gran forma de entrar en el mundo editorial por parte de Eduardo Guibelalde del Castillo. 

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