
Dextrocardíaco, de Juan Arcones
Fue una noche como otra cualquiera. De ese tipo en el que todo permanece en su sitio, como parado por el tiempo, y donde nada hace presagiar lo que ocurrirá después. Fueron cinco palabras que surgieron de una garganta que llevaba mucho tiempo en silencio y una mente que llevaba otro tanto pensando. “Creo que tenemos que dejarlo”. Y así se acabó todo. Con unas palabras, que en realidad no significaban nada, y que llevaron a una persona como yo a llorar escondido en un baño, mientras la madrugada hacía acto de presencia y las gotas del rocío empezaban a aparecer allá afuera, tras la ventana, diciéndome al oído que otro día iba a llegar, que nada iba a cambiar, cuando en realidad todo lo había hecho y yo ya no era la persona que había sido cinco minutos antes. El amor, cuando sale por la puerta despavorido, es como una de esas agujas que se clavan rápido, casi sin darte cuenta, pero que llegan al fondo produciéndote el mayor daño que pueden causarte. Y sí, la persona que pronunció esas palabras se llamaba E. – la necesidad del anonimato, de no ahondar en la herida, de no hacer real algo que lo fue demasiado – y, aunque muchos años después, Dextrocardíaco lleva de la mano a este lector por esos derroteros en los que el alma tiembla, el corazón se para, la vida se quiebra, y el amor es una búsqueda constante por las calles de una ciudad que muere de calor y de frío, unas aceras que resquebrajan las plantas de los pies y unos edificios que tapan, con su sombra, las buenas intenciones. Y todo eso en nombre del amor. Qué jodido este invento en el que todos caemos y del que somos incapaces de desentendernos.
Marc conoce a Lucas. Y se enamora. ¿Cómo no hacerlo? Pero Lucas es una persona difícil, tanto como puede serlo la vida. Y así, entre noches alcoholizadas, sexo duro y suave, y mensajes a destiempo, iremos conociendo esta historia de dos que pretenden caminar juntos en un mundo tan revuelto como lo están sus emociones.