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El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger

El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno«Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso.» Sí, yo, el azote de los clásicos, el firme defensor de la idea de que estos son aquellos libros de los que todos hablan pero que nadie en realidad ha leído, voy a hablaros de un clásico. ¿Acabaré leyendo la Odisea? ¿Me veréis en verano tirado en una playa con la Eneida entre las manos? Que dios nos coja confesados. Esto es, como bien sabréis con este icónico inicio, El guardián entre el centenode J.D. Salinger.

Primero de todo, creo que es necesario, como reseñista que también ocupa su tiempo dentro del mundo editorial, felicitar a Alianza por la edición de esta tan publicada novela. Ese diseño, ese trato al libro como objeto, ese olor. Y en segundo lugar, qué decir de un libro del que ya se ha dicho todo. Pues, como siempre, empezaré hablando de mi experiencia con él, que al fin y al cabo es lo único que puedo contar, porque quién soy yo para decirle a alguien que un libro es bueno o malo. Así que empecemos:

Con El guardián entre el centeno me ha pasado algo extraño. Mientras lo leía, y en especial al terminarlo, tenía la sensación de quizás era un poco tarde para haberlo leído. Siempre he tenido en la cabeza, supongo que como virus que te inoculan en cualquier escuela, columna de periódico o reseña (con perdón), que este libro tenía que leerlo sí o sí y que mejor si lo hacía en la adolescencia. Tengo 26 años y creo que me siento viejo porque he notado que llegaba tarde al libro. Cosa que no quita que no lo haya disfrutado. Y es que es totalmente cierto lo que cuento, supongo que debe de ser algo así como tener cincuenta años y encontrarte en un concierto de trap. Miras alrededor y piensas: esta gente se divierte con este tipo de música, debe de tener algo que no capto muy bien pero que me hace quedarme, pero no sé, mejor me voy. Pues esto es lo que me ha pasado leyendo la novela de Salinger: que sí, que mola, que se la daré a mis hijos (si tengo) cuando pasen por esa edad en que todo quema más y que ojalá me la hubieran dado en el instituto. Yo, por desgracia, tuve otros libros que, por maravillosa suerte, no me quitaron las ganas de leer. Y tenían todos los números para hacerlo.

Para quien no conozca la historia que hay detrás de El guardián entre el centeno, cosa que hasta la editorial prevé porque no les hace falta ni poner sinopsis en la contracubierta, diré que básicamente es un retazo de vida de Holden Caulfield narrada por él mismo, un chaval desubicado con muchas máscaras puestas e impuestas que cree estar pasado de rosca, que no se ve encajando en ningún lugar, que cree que su sitio es allí donde nadie está y que ni él mismo sabe. Pero hay mucho más, y esa es la gracia, para mí, del libro y eso es lo que creo que no muchos jóvenes captarán de él: la cara real tras las máscaras, la luz de Caulfield que a veces pugna por salir tras las grietas del cristal roto que es su alma. Huyendo de todo, Caulfield es algo así como un Lazarillo de Tormes en la Nueva York de mitades del siglo XX. Como contrapunto al sentimiento generalizado de la navidad, Caulfield irá traspasando reglas, saltando normas, hasta llegar al faro que ilumina su viaje, que no es más que una pequeña niña que habita la que alguna vez fue su casa. Es ahí donde, para mí, reside el punto climático de la novela.

Porque claro, está muy bien lo del niño rebelde, lo de los insultos a cualquier compañero y/o “amigo”, lo de emborracharse siendo menor, lo de tratar a las chicas como meros objetos sexuales, pero no comparemos nada de esto con ver a un bala perdida con ojos brillantes, con educados pensamientos, con sonrisa mental al ver, probablemente, al niño que él nunca pudo ni podrá ser: su hermana Phoebe. Me sabrá muy mal que ahora leáis la novela, penséis que la clave está ahí y os llevéis un chasco porque veis que la grandeza reside en la absoluta sinvergonzonería de Caulfield. Y ahora que lo pienso, ¿y si estoy diciendo esto porque ya soy demasiado mayor? «Jo».

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Una habitación propia, de Virginia Woolf

Una habitación propia

Una habitación propiaElla entra. Sobre fondo negro, un foco ilumina un piano situado a la derecha; en el lado opuesto, un robusto escritorio de madera, y sobre él, una lámpara de estudio con su bombilla encendida, varias hojas llenas de anotaciones y algunos viejos libros con la encuadernación desgastada. Ella, apoyada en la silla junto al escritorio, mira al público. Lleva un vestido verde y camisa blanca y sostiene un bolso de piel en su mano derecha. Habla:

«Cuando me pedisteis que hablara de las mujeres y la novela me puse a pensar qué significarían esas palabras. […] quizá significaba las mujeres y su modo de ser; o las mujeres y las novelas que escriben; o las mujeres y las fantasías que se han escrito sobre ellas».

Virginia Woolf se plantea estas cuestiones en una conferencia que ofrece a estudiantes de colegios femeninos de Cambridge. Es 1928, han pasado tan solo nueve años desde que se le ha concedido el voto a la mujer y decide escribir un manifiesto feminista y obra capital para entender algunas cuestiones que atañen a la historia literaria: Una habitación propia.

Tengo muy presente la sensacional adaptación teatral que se ha hecho sobre esta obra con dramaturgia y dirección de María Ruiz y una sublime interpretación de Clara Sanchís en la piel de Virginia Woolf. El respeto máximo por el texto original y aún más, la asombrosa capacidad para captar el sagaz humor y sarcasmo de la escritora inglesa por parte de la actriz, hacen que releer Una habitación propia haya sido una experiencia más placentera si cabe. Deleitar y enseñar, conceptos tan grecolatinos, es lo que permite una lectura más profunda de este libro. Rasgar más allá de su superficie y encontrar en ella, ya no solo el libro escrito por una mujer, sino la necesidad de saber por qué no escribieron más mujeres; por qué no es posible encontrar más literatura escrita por mujeres. Robando parte del embrujo de Walt Whitman cuando define su Hojas de hierba, diré que esto no es un libro; quien toca esto, toca a muchas mujeres.

En efecto, a través de este libro serán muchas las referencias a otras obras de mujeres que irán saliendo. El texto de Virginia Woolf se desarrolla mediante una simulada conferencia basada en las charlas que ofreció en los colleges femeninos ingleses. En Una habitación propia va a intentar ofrecer una conclusión real de por qué las mujeres no figuran como autoras en los lomos de los libros antes del siglo XVIII. Hace un alegato feminista del todo necesario cuando reclama covencida que lo que la mujer necesita es independencia económica y un cuarto propio. Algo impensable para el género al que tan solo nueve años antes de este libro ni siquiera se le permitía votar. Virginia Woolf lo tiene muy claro: «Entre el voto y el dinero, yo prefiero el dinero». Y no le falta razón. La independencia económica permite a la mujer no depender de su marido para poder subsistir y poder así elegir libremente sus ocupaciones.

Una novela que permite apreciar diversos modelos de mujeres representadas en las cuatro hermanas y en la madre es la escrita por Louisa May Alcott. Se trata de Mujercitas y en ella, el personaje de la hermana mayor, Meg, cita una frase que incomoda por la verdad que soporta: «Para ganar dinero un hombre tiene que trabajar y una mujer tiene que casarse». Hasta entrado el siglo XVIII, este parecía el único modo de que una mujer pudiera disponer de algo de dinero y, como denunciará Virginia Woolf, ni tan siquiera podrá tener control sobre ello, ya que será su marido quien administrará la economía.

Un capítulo muy destacable de Una habitación propia es en el que su autora, harta de leer manuscritos, ensayos y demás libros académicos escritos por hombres en los que se asegura que ninguna mujer podría jamás tener el talento de Shakespeare, juega y nos hace partícipes de una posible realidad en la que el escritor inglés tuviera una hermana, una tal Judith, por ejemplo. Ella comparte con su hermano el mismo fuego creador, la misma pasión por el teatro y la poesía. ¿Creéis que podría demostrar su talento en la época de William Shakespeare?

En su ensayo, Virginia Woolf sigue buscando los motivos de por qué no hay apenas información del estilo de vida de las mujeres, de sus pensamientos, testimonios suyos propios. Todo cuanto encuentra son escritos realizados por hombres: lo que opina fulano, lo que critica mengano, las ideas sobre el comportamiento femenino de otro tal X y así una larga lista de libros que pocas dudas le esclarecen. Siglo tras siglo de historia en la que la mujer es ninguneada o mal reflejada por el otro sexo. Tendrá que esperar, mejor dicho, todos debemos esperar hasta el siglo XVIII para encontrar mujeres escritoras de un modo más constante. Fue durante el Siglo de la Razón cuando surgieron los Salones Ilustrados, lugares donde se juzgaban y criticaban las obras literarias. Una figura muy importante de estos salones fue Madame de Staël, cuya obra Alemania supuso la ruptura romántica con el neoclasicismo francés. Otras mujeres destacables de esta época serán Fanny Burney, que con Camilla abrirá el camino a las grandes novelistas del XVIII: Jane Austen, las hermanas Brönte y George Elliot.

¿Por qué novelas y no teatro o poesía? Una sencilla razón que subyace en la intención de este libro: porque la novela permite mayor distracción cuando son interrumpidas. Ninguna de estas mujeres tuvo un cuarto propio donde poder escribir a solas. El estilo de vida social y de cuidar el decoro las obligaba a escribir en las salas de estar, lo que suponía continuas interrupciones y distracciones. Un texto muy interesante que también destacaré en este repaso que ofrece el libro de Virginia Woolf es Mujeres y libros, de Stefan Bollman, en cuyo capítulo “La declaración de independencia de la lectora: Jane Austen” se esboza un fiel reflejo de las inclinaciones de la genial autora de Sentido y sensibilidad por la novela y los hábitos de lectura que se impuso en su época y que tanto éxito causó entre las mujeres.

Las distracciones; las interrupciones; las críticas por parte de los hombres asustados y enfurecidos al ver que las mujeres pudieran tener talento;  leer citas como: “Una mujer que compone es como un perro que anda sobre dos patas: no lo hace bien, pero ya sorprende que pueda hacerlo”. Creo que era necesario el libro que escribió Virginia Woolf.

Al piano, Clara Sanchís, mimetizada en la escritora inglesa, toca un fragmento de una pieza de Bach. Las manos golpean con furia las teclas que llenan de música embravecida la sala. Las notas se van volviendo más lentas y melódicas hasta que la música se apaga. Se supone que debe dar una perorata final que resuene por siempre en los cimientos del patriarcado y recuerde la memoria de tantas mujeres ninguneadas a lo largo de la historia. La solución, insiste, pasa por la independencia económica y la posibilidad de disponer de una habitación propia para escribir y pensar, porque sus pensamientos son los que nunca le podrán arrebatar. Cierro el libro; en el escenario la luz se apaga. Y ella sale.

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Frankenstein, de Mary Shelley

Frankenstein

Frankenstein

Tengo dos problemas con los clásicos, que además va de la mano uno con otro: el primero es que no los he leído y el segundo, que me da miedo leerlos por si al hacerlo se me caen del altar. Pero esta vez me he atrevido con uno, será que me hago mayor, y he decidido leer Frankenstein en la edición que Ariel ha publicado en conmemoración con el bicentenario acompañada, además, de notas y ensayos los cuales van destinados a satisfacer las ansias de conocimiento de «científicos, creadores y curiosos en general».

Pero vayamos primero a lo importante: el libro huele mucho y bien, y la edición no está nada mal. Viene, como he comentado antes, con gran cantidad y variedad de textos complementarios, como un prefacio de los editores, la introducción al libro que Mary Shelley publicó varios años después de la aparición de la novela, una cronología de la ciencia en la época de Shelley, siete ensayos contemporáneos sobre la obra, referencias, lecturas complementarias, colaboradores de la edición y notas, muchas notas a pie de página. Tengo que avisar de algo antes de nada, y es que en referencia a estas notas lo mejor es que quien las lea ya haya leído el libro antes, porque la gran mayoría pecan de ser bastante spoiler. Aunque seguramente esto se deba a que yo ya lo tendría que haber leído. De todas formas, esto es un mero hecho anecdótico ante unas notas que no dejan (casi) ningún tema científico de la obra sin resolver.

He pensado antes de ponerme a escribir esta reseña que seguramente no era necesario hablar sobre el tema o el contenido de la obra, porque creo que, aunque no se haya leído, la mayoría de la gente sabe de qué va la historia de Frankenstein (aunque os tengo que decir que no tiene nada que ver lo que “se sabe” de la historia con lo que cuenta el libro); así que me centraré más en lo que me ha resultado curioso o en lo que creo que puede ser útil para el lector de esta edición en concreto. Uno de estos aspectos es que no se tenga miedo, lo digo porque yo tuve cierto recelo, a evitar comprar esta edición por tener dudas de si las notas, los ensayos o los distintos comentarios que ofrece el libro quedarán muy lejos del entendimiento de aquellos que no tenemos ni idea sobre ciencia. Para nada, lo podemos leer tranquilamente y, además, nos hará aprender muchas cosas que con la lectura simple del texto nos pasarían de largo. Algo que me ha gustado mucho acerca de estas notas es el punto que se les ha querido dar de chispa a la reflexión; muchas de ellas presentan preguntas para que nosotros, los lectores, sigamos indagando en la diatriba que nos presenta el editor en cuestión.

Apartándome un poco ya de este tema: ¿sabíais que el “monstruo” no tiene nombre? Me encanta saber tan poco sobre lo que se debería saber mucho porque cuando empiezo a saber sigo sorprendiéndome como cuando era un niño. Y no, no tenía ni idea de que el “monstruo” no tiene nombre, ni de que Frankenstein nunca es mencionado ni se menciona como doctor, ni de que hubo la posibilidad de una (esto va en honor a Rosario) “monstrua”. Datos como estos, frases que he subrayado porque me parecían geniales o una novela tan buena que me encantaría poder volver a no haberla leído para tener la oportunidad de su primera vez de nuevo, son algunas de las cosas que te puedes encontrar si te adentras por primera vez en Frankenstein.

Seguro que os ha pasado alguna vez eso de que mientras estás leyendo un libro te viene a la cabeza la siguiente pregunta: «¿como puede ser que el autor de esta obra (que es probable que lleve muerto años) haya escrito lo que sabía que yo quería leer?». Creo que nunca responderé a esta pregunta, no sé si por voluntad propia o incapacidad, pero sí sé que seguiré viviendo con ella. Y espero seguir viendo ediciones nuevas sobre contenidos no tan nuevos (y también sobre nuevos, eh) y pensar que no soy el único que se pregunta esto. Pero a veces sí que pienso que soy el único, a veces sí que me siento un «moderno Prometeo», a veces yo también juego a ser Dios. No fastidies, ¡que hasta el protagonista se llama Víctor!

Todo un acierto de Ariel, un nuevo empujón para aquellos que quieren seguir pensando mientras sonríen de placer.

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Las cenizas de Ángela, de Frank McCourt

las cenizas de angela

las cenizas de angela¿Quién le iba a decir a Frank McCourt, un profesor jubilado, que su primer libro ganaría el premio Pulitzer, el premio de la Crítica y el de Los Angeles Times? Él solo había relatado su infancia, cumpliendo así con el anhelo de escribir que había postergado toda una vida. ¿Cómo se iba a imaginar que vendería diecisiete millones de libros y que se convertiría en millonario, cuando en sus sueños de niñez solo aspiraba a tener una casa con retrete propio? Pero es que, al escribir sus memorias, también había plasmado las de tantos otros, haciendo de su libro, Las cenizas de Ángela, una biografía universal de la pobreza.

Hace años que quería leer este libro y, gracias a la edición especial que la editorial Maeva ha sacado con motivo del veinte aniversario de su publicación en España, por fin lo he hecho. Reconozco que le tenía ganas porque todo el mundo decía que era uno de los clásicos del siglo XX que había que leer sí o sí; pero, a la vez, me echaba para atrás que fuera un dramón. Nada más lejos de la realidad. Y eso que los hechos que relata son duros, durísimos: los desmanes de su padre, Malachy, que se bebía el poco dinero que tenían, mientras su familia pasaba hambre y sus hijos iban muriendo uno a uno; el sufrimiento de su madre, Ángela, tan piadosa y abnegada que se resignaba al marido que había escogido; el ultracatólico y ultranacionalista Limerick, un pueblo húmedo que enfermaba a sus habitantes; el tifus que casi le cuesta la vida, pero que le hizo descubrir la literatura; su temeroso despertar sexual y sus primeros trabajos de subsistencia, hasta que a los diecinueve años logró volver a América, donde había nacido.

Como el mismo Frank McCourt dice en la primera página, «la infancia desgraciada irlandesa es peor que la infancia desgraciada corriente, y la infancia desgraciada irlandesa católica es peor todavía». Sin embargo, sabe retrotraerse al niño que era entonces y nos cuenta aquella época con la inocencia y el humor de su mirada infantil, dejando fuera sentimentalismos, reclamos de compasión o juicios de valor que provocarían la lágrima fácil. De esta manera, es capaz de sacar una sonrisa al lector, a pesar de estar relatándole acontecimientos trágicos. Y ese tono se agradece, es más, es el que hace grande a este libro, convirtiéndolo en entrañable y atemporal.

Han transcurrido ocho años desde la muerte de Frank McCourt y ni la literatura ni Irlanda se olvidan de la contribución que les hizo. Las cenizas de Ángela sigue vendiéndose tan bien como siempre y en Limerick le han dedicado una ruta que recorre todos los lugares que se citan en el libro. Se publicó hace solo veinte años, pero cualquiera que lea este libro superventas ve que la etiqueta de clásico contemporáneo es más que merecida. Y es que, a veces, la literatura nos da estas sorpresas, y tanto críticos como público se rinden ante la evidencia de una historia escrita con talento y desde el corazón. Tras haber leído su difícil infancia, también me alegra saber que la vida al final fue generosa con Frank McCourt: un hombre que pasó lo peor, pero que acabó dando lo mejor de sí mismo como maestro y escritor.

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Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

Pálido fuego

Pálido fuegoNo sé si a ti te pasa pero creo que a más gente le pasa lo que a mí. Leo, creo que leo bastante a lo largo del año, pero me noto raro por no sentirme cómodo al leer esos libros que todo “buen lector” debería haber leído. Yo no los he leído. Por eso, a veces, cuando veo que se reeditan clásicos siento una extraña fuerza gravitatoria dentro de mí que me mueve a leerlos, para ver si es verdad lo que dicen de ellos, para no sentir más esa incomodidad, para borrar el miedo a lo canonizado. Y quién va a negarme que Nabokov, que vuelve a primera línea de la mano de Anagrama, no es una de esas obligaciones sagradas de todo lector.

A veces pienso que vamos muy rápido en todo, que esta generación le da mil vueltas a las anteriores, por eso me va muy bien encontrarme con libros como Pálido fuego para darme cuenta de que no, de que los rápidos han existido siempre y que no existen en función de una época sino, probablemente, de un gen. Lo que ofrece aquí Nabokov, que nos llega traducido por Aurora Bernárdez, es un excelente juego literario con el que es fácil asumir que el escritor tuviera a este libro como uno de sus favoritos. A partir de un poema inventado – Pálido fuego – obra de un poeta inventado – John Shade – que comenta un narrador (y editor) inventado – Charles Kinbote –, Nabokov nos lleva por los diferentes estratos que tiene una lectura. Soy filólogo, no sé si por suerte o por desgracia, y muchas veces, cuando iba a clase en la universidad, escuchaba aquello de que delante de un poema lo que debería hacer el lector es, en primer lugar, leérselo del tirón, casi de manera inconsciente, dejando que el poema entre por las rendijas del conocimiento sin interponer en el recorrido las barreras de un contexto; en segundo lugar, leerlo junto a los comentarios; y, en tercer lugar, volver a leerlo ya con la base o el contexto que esos comentarios han dejado en ti. Esa primera lectura es la que a mí siempre me ha interesado.

En Pálido fuego, tras un prólogo de este editor ficticio que es Kinbote, se ofrece el poema completo, sin ningún tipo de anotación. Esa es la primera lectura. Tras él, una serie de comentarios que es lo que engrandece la obra. En ellos, Kinbote se erige como editor pope para pasar por encima del poema y convertirse él en el gran creador, el creador de su historia, que en ese momento es también la de John Shade y la nuestra. A partir de una excentricidad sigilosa pero uniformemente acelerada, vamos pasando de la confianza ciega – ¿quién no confía en el editor del libro que está leyendo? – a la duda y la posterior desconfianza de alguien que parece que no está en sus cabales. Dividida esta parte en los versos que el editor quiere destacar y comentar, encontramos aquí la segunda lectura. Y entonces llega la tercera, la que se inicia con la duda de qué o a quién creer. Eso sucede con todos los libros, no solo con los poemas, y todavía más con esto que tanto tenemos aquí, las reseñas. ¿Creer lo que a nosotros nos ha parecido leer o creer lo que aquellos han creído que leían? ¿Tú o los demás?

Vale, sigo sin confiar en lo sagrado de la literatura, aunque me fastidie, pero debo reconocer que he disfrutado jugando con Nabokov. Él monta el escenario, coloca sus marionetas y empieza el juego, un juego que solo emprende el movimiento si hay alguien mirando. Tú.

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El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas

El corazón de las tinieblasVoy a contar algo: empecé a tener vértigo cuando fui por primera vez a Nueva York. Fue mirar hacia arriba paseando por sus calles y sentirlo. Me sentí muy pequeño. Desde ese día no he podido superar el vértigo. Lo extraño es que en realidad sí lo había sentido alguna otra vez antes, pero nunca paseando y muchos menos mirando hacia arriba. Lo había sentido, como lo he sentido estos días, con libros firmados por figuras que me hacen sentir pequeño. Joseph Conrad es una de ellas. Y yo pienso: ¿quién soy yo para hablar de esto? Hoy toca El corazón de las tinieblas, publicado por Navona en su colección Ineludibles y traducido por Juan Gabriel Vásquez.

Creo que esto ya lo he contado alguna vez pero viene muy al caso: un día leí una extraña novela en la que al protagonista, que también es el narrador, se le caen los ojos al suelo y se los vuelve a colocar. Pero – ¡vaya! – se los pone al revés y sin darse cuenta, en vez de narrar lo que hay fuera empieza a narrar lo que hay dentro. Y tengo la sensación de que eso es lo que ocurre en este libro. Joseph Conrad nos sube a un barco de esos que tanto le gustaban y nos hace sentarnos frente a Charlie Marlow para escuchar su historia. Este nos cuenta su aventura en el África colonial como capitán de un vapor belga. Pero esa historia es en realidad una bajada al inframundo humano. Nos topamos con la bajeza, la mediocridad que todos tenemos dentro, el rasgo salvaje que a todos nos marca. En ese viaje en barco al cuadrado, vivimos la diferencia entre el colonizador y el colonizado contada a través de los ojos del ganador. Ganador en principio, porque lo ontológico no puede combatir nunca en una batalla física.

Marlow va en busca de Kurtz, un agente colonial inmerso en la selva que se ha convertido en dios de los nativos. Esa búsqueda «en medio de la desmoralización de aquella tierra» golpea la mente de Marlow, al igual que ha golpeado la de los demás. Nadie sale victorioso de allí, aunque se esté formando parte del lado vencedor. Subido al vapor, que por momentos es su único amigo, Marlow va al encuentro de una figura misteriosa que por alguna razón le atrae impulsiva e incontroladamente. Y la encontrará. Ese viaje hacia las tinieblas, tanto externas como internas, producirá un cambio en él, una transformación. Cualquier viaje curte, hace callo.

El corazón de las tinieblas es eso, un viaje, y por suerte para nosotros, literario. Los libros son avisos de lo que nos podemos encontrar y este es un espejo que refleja la parte que no queremos ver de nosotros mismos. Todos contamos con nuestra dosis de crueldad, todos mataríamos por nosotros, todos seríamos todo si tuviéramos que serlo, si no hubiera alternativa. Pero la hay, y consigue que nos pongamos en situación solo con el libro abierto, en cuanto lo cierres ya todo seguirá igual. Sí, la hay: es leer.

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La señora Dalloway, de Virginia Woolf

La señora Dalloway

La señora DallowayHay veces que pienso que la vida se compone de retos. A veces me imagino la vida como una especie de escalera en la que cada peldaño es un nuevo desafío. Más difícil y más duro que el anterior. Me imagino subiendo un peldaño, exhausta, sin aliento, mirando hacia atrás y viendo el largo recorrido que llevo. Y después miro hacia delante y veo otro escalón más. Muy alto, con espinas por todos los lados y cocodrilos mirándome amenazantes. Sufro por un momento, sopeso los pros y los contras y… empiezo a avanzar. Siempre es así, en todas las facetas de mi vida. Por supuesto, también me ocurre como lectora. Llevo leyendo desde que tengo memoria y, afortunadamente, los peldaños de mi escalera no han supuesto siempre un gran reto para mí. Aunque mis primeros desafíos llegaron muy temprano. Con doce años leí a Pérez Galdós. También sobre esa época leí La Celestina y también El lazarillo de Tormes. Grandes retos, sin lugar a dudas. Luego vinieron escalones que me parecieron mucho más sencillos y más amables. Pero de vez en cuando me encuentro con un gran peldaño, gigante, descomunal. Y sé que la tarea no va a ser fácil.

Ese escalón fue el que vi cuando decidí leer La señora Dalloway. Ya os he contado alguna vez que hace tiempo me uní a un club de lectura de Facebook en el que cada mes se propone un libro. Este mes de agosto ha tocado leer el clásico de la británica Virginia Woolf. El modernismo literario es un mundo fascinante al que casi ni me había arrimado, así que tuve que enfrentarme a este reto con mucho respeto.

Esta obra escrita en los años veinte cuenta la historia de Clarissa, una mujer londinense que puede presumir de pertenecer a la clase pudiente de Inglaterra. Su vida está llena de fiestas y de eventos y este libro relata uno de ellos. Lo más curioso de esta novela es que toda la acción, absolutamente toda, transcurre a lo largo de un día. Virginia Woolf crea una trama perfecta en la que no pasan ni siquiera veinticuatro horas. Y escribir una novela en la que toda la acción quede condensada dentro de un mismo día, tiene que ser un trabajo dificilísimo; sin poder recurrir a los saltos temporales con la agilidad de quien cada capítulo lo ambienta en un momento diferente. Aunque sí es cierto que recurre a la figura del flashback en ocasiones. Ingenioso, original y, sobre todo, complicadísimo. Cuando supe esto, yo ya me enamoré de Virginia Woolf, todo hay que decirlo.

Así que cogí el reto con ganas y me dispuse a empezar a leer. Y cuál fue mi sorpresa cuando vi el tipo de narrativa que esta mujer usó ya en los años veinte… increíble. Resulta que todo el libro se compone de monólogos internos de los personajes. Los narradores de la historia son los propios pensamientos de los protagonistas, que van dejándonos descubrir sus impresiones, sus miedos, sus deseos, sus inquietudes… Parece que en un principio la única historia que nos importa es la de Clarissa Dalloway. Cómo prepara toda la fiesta para ser la perfecta anfitriona, cuáles son sus preocupaciones respecto a los invitados y la sociedad en la que vive… Pero poco a poco veremos cómo el resto de personajes va tejiendo sus pensamientos y sus monólogos alrededor de los de Clarissa, haciendo que la trama se amplíe y amplíe constantemente y forzando a que la historia se empiece a tejer hacia los extremos como si fuera una araña la que estuviera dirigiendo los diálogos.

Me habían dicho que este libro suponía un gran reto, sí. Y cuando empecé a leerlo lo entendí. Los cambios de un personaje a otro son muy sutiles y, a veces, si no estás concentrado al cien por cien en la lectura —a todos nos pasa, que en ocasiones nos ponemos a pensar en cosas ajenas al libro sin darnos cuenta—, puede que no nos enteremos de que el narrador ha cambiado y por lo tanto estemos atribuyendo los pensamientos a un personaje diferente. Por lo que, si vais a leer este libro, hacedlo con calma y con concentración, solo así podréis disfrutarlo y no ver vuestro intento frustrado cuando cerréis el libro porque no os enteráis de nada.

Hay que destacar también la ambientación. Perfectamente te puedes imaginar viviendo en el Londres de los años veinte. Con toda la vida por delante pero con la certeza de que terminará pronto. El carpe diem. El vivir el momento. La fiesta, la sociedad, los cócteles y los zapatos de charol.

Hay veces que la vida me pone retos. Y esos retos sirven para seguir subiendo y subiendo. La señora Dalloway ha sido, sin duda, uno muy difícil. No es el tipo de lectura que suelo hacer normalmente, pero a veces llega. Y aunque el camino es difícil, después mirar desde el altísimo escalón merece la pena. Ya veremos cuál será el siguiente.

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Antes de Adán, de Jack London

Ates de Adán

Ates de AdánCuando Charles Darwin expuso su teoría de la evolución no fueron pocos los enemigos que se granjeó por esta causa. Las diversas conquistas en ciencias a mediados del siglo XIX irrumpían en el colectivo basado en folclore y supersticiones, religiosidad y fe, que poca cabida dejaban a argumentaciones sobre la procedencia de las especies y sus costumbres evolutivas. Los tiempos cambiaban y el pensamiento se supeditaba a esta nueva corriente. Jack London, el célebre escritor estadounidense que con tanto acierto conseguía reflejar la vida a través de la experiencia y la observación, narró en 1907 una novela que explicaba su particular visión de la evolución humana. Reforzaba así la doctrina de Darwin y me consta que no debieron ser pocos los que contuvieron el aliento y se guardaron sus objeciones ante su versión novelizada. El título, toda una declaración de intenciones: Antes de Adán.

¡Imágenes! ¡Imágenes! ¡Imágenes! Así arranca la historia en las palabras que relata el protagonista. Y resulta muy representativo en un autor como London que puede presumir de ser uno de los mejores escritores en conseguir evocar en el lector precisamente eso, imágenes. Ya fue sorprendente la descripción tan exhaustiva y próxima en novelas como Colmillo Blanco o La llamada de lo salvaje y vuelve a serlo en la obra que ahora recomiendo. Una historia que, fundamentada en el realismo imperante de la sociedad con la inclusión de elementos oníricos, refleja fielmente la brutalidad de la vida salvaje en los tiempos oscuros del Medio Pleistoceno.

¿Cómo consigue contar la historia? A través de las pesadillas que desde niño padece el joven protagonista y narrador. En sus sueños, el joven no es el chico del civilizado e industrial mundo del siglo XX, sino un homínido que habita un mundo completamente desconocido para él: fieras de colmillos afilados que acechan entre el follaje; serpientes que cuelgan de las exóticas plantas; hombres simiescos que viven en los árboles; una civilización más avanzada y brutal que los ataca. Cada noche se repiten las visiones de aquel mundo. Todo le es extraño al joven protagonista del mundo actual ya que, por los estudios aprendidos en la escuela, le enseñaron que los sueños no son más que visiones de aquello conocido, sin embargo, este chico jamás había tenido conocimiento alguno de nada cuanto se representaba en sus pesadillas.

Aquí, Jack London intenta infundir una idea rompedora acerca de la capacidad del desdoblamiento de identidad. Aquellos recuerdos ancestrales que hemos heredado de una especie muy anterior a nosotros y que, generación tras generación, permite que un chico de primeros del siglo XX consiga recordar unos hechos acontecidos miles de años atrás. Pone como ejemplo el sueño de la caída en el espacio, conocido y experimentado por prácticamente todo el mundo. Esto no es más que un recuerdo racial, originario de nuestros antecesores, que vivían en los árboles. La posibilidad de caerse era para ellos una continua amenaza. Muchos caían y morían, y otros conseguían agarrarse a las ramas y salvarse. Los golpes producidos en la caída producirían cambios moleculares en las células cerebrales que son los que se trasmiten como recuerdos de la raza a lo largo del tiempo. Esta explicación, en nada erudita, sino contada de una forma eficaz y simple, determina los recuerdos del protagonista y permite que a través de ellos conozcamos el salvaje mundo en el que el álter ego del chico, un joven homínido, experimente diversos acontecimientos ocurridos en su tiempo.

El hombre avanzaba hacia una especie cada vez más brutal y organizada. Antes de Adán muestra esos primeros síntomas evolutivos y es, en parte, un antecesor del estilo de obras como El planeta de los simios en donde se aprecia la diferencia entre ambas especies separadas por miles de años de evolución. También valdría como ejemplo aprendido el emocionante inicio (solo el inicio) de la novela de Michael Crichton, Next, donde una turista de un safari aseguraba que un mono había hablado y la había insultado.

Jack London nos ha legado una novela de aventuras apasionante en cada uno de sus capítulos, que consigue transportarte a un mundo antiguo y peligroso en el que la lucha por la vida es una constante. Con un ritmo muy atractivo se convierte en un libro ideal para disfrutar casi de una sentada por su adictiva lectura.

 

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Persiguiendo a Cacciato, de Tim O’Brien

Persiguiendo a Cacciato

Persiguiendo a CacciatoHero of war es una de las canciones más conocidas del grupo estadounidense Rise Against. En ella, un hombre cuenta en primera persona cómo fue reclutado para el ejército y qué tuvo que hacer durante el tiempo en que estuvo destinado en una guerra. El protagonista de esta canción, al igual que los personajes que Tim O’Brien creó unas décadas antes, no se alistó como soldado por convicción, por tener deseos fervientes de defender a su patria. Simplemente, sin saber muy bien cómo, acabó con un arma entre sus manos y terminó asimilando que en los conflictos armados hay que hacer cosas que no se quieren hacer.

Persiguiendo a Cacciato, la novela de O’Brien, sitúa su trama en el año 1968 y cuenta cómo un buen día un joven y tontorrón soldado decide abandonar a sus compañeros destinados en Vietnam con la firme idea de llegar a París a pie. Es decir, emprende una huida con 13 000 kilómetros de distancia por delante. El pelotón al que pertenecía es seleccionado para capturar al desertor y durante esta misión los perseguidores tienen tiempo suficiente para replantearse sus propias aspiraciones.

Tim O’Brien estuvo destinado en Vietnam. Y es algo que se nota. Se palpa en la forma minuciosa que tiene de describir los ambientes, de reflejar el lenguaje y la manera de actuar de los soldados, de desgranar las anécdotas y las ocurrencias menores que van marcando el día a día de los combatientes en territorio enemigo. Y esto es algo realmente relevante, ya que son precisamente esos pequeños detalles, tan poco épicos como verosímiles, los que hacen que el relato te atrape y te afecte. Porque es difícil no empatizar con aquel que está a disgusto en una realidad que no ha elegido vivir.

Y es que, con todo lo que pueda parecer, Persiguiendo a Cacciato no es propiamente una novela de guerra, sino más bien una novela de personas a las que les ha tocado soportar una guerra. Lo verdaderamente relevante de este texto, lo que hace que sobresalga de tantísimas narraciones de este y otros conflictos armados, es la capacidad del autor para transmitir la humanidad de los combatientes, para hacer que dejemos de imaginarlos como soldados y empecemos a verlo como chavales a los que les han puesto un rifle entre las manos. A través de una narración que entremezcla flashbacks con la persecución del soldado rebelde, O’Brien nos permite conocer todo lo que Cacciato y sus compañeros han vivido durante su estancia en el país asiático y cómo esto les ha afectado a nivel personal.

Como digo, la auténtica relevancia de este texto la cobran los soldados y su necesidad de abstraerse, de dejar atrás el conflicto, aunque sea durante unas horas al día a través de una liga de baloncesto, a sabiendas de que al día siguiente les tocará arrasar aldeas humildes y asesinar a civiles inocentes. Se palpan las ganas de escapar, que sólo Cacciato se atreve a materializar. De repente, ese chico aparentemente débil y sumiso es el único que se atreve a dar el paso que tantos otros anhelan.

El juego del gato y el ratón que protagonizan el batallón y Cacciato se hace vibrante por momentos, ya que no son pocas las ocasiones en las que sus antiguos compañeros le pisan los talones, en un largo trayecto que les hace visitar Birmania, Afganistán, Turquía o Grecia. Durante ese viaje somos partícipes de cómo los soldados vuelven a convivir en sociedad, sin armas de por medio y sin un enemigo directo al que asediar o temer. Y de lo a gusto que se encuentran en esa situación, lo que le lleva a más de uno a cuestionarse seriamente el sentido de seguir gastando balas.

Una novela, en fin, que se aleja de lo habitual en su género y que decide apartar el foco del gran conflicto bélico para ponerlo sobre las pequeñas luchas internas. Esas mismas que una vez que las tropas se repliegan y los disparos cesan no hay acuerdo de paz que pueda cerrarlas de cuajo. Son batallas que quedan irremediablemente unidas a aquellos que, muchas veces sin saber cómo, acabaron con un rifle entre sus manos.

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La tía Tula, de Miguel de Unamuno

La tía Tula

La tía TulaCuando disfrutas mucho de un libro rara vez consigues trasmitir su calidad por escrito salvo que digas aquello de «Lo mejor que he leído este año», «Una lectura que te atrapa desde la primera página» o lindezas del estilo tan manidas en otras reseñas y críticas. ¿Cómo puedo, entonces, valorar esta lectura? ¿De forma numérica? ¿Un diez sobre diez?, ¿cinco estrellas? También podría emplear un listado de imprescindibles de esta primera mitad de año en la que La tía Tula ocupara un dignísimo puesto de honor. No, todo eso no valdrá para ser franco con esta espléndida obra. Se aproxima, pero no la hace mucho más distinta de otros libros que saldrán publicados este año. Lo intentaré de esta otra forma: Cuando disfrutas mucho de un libro rara vez se convierte en uno más; pasa a otro nivel, uno que solo su lector conoce y adonde llegan unos pocos.

Esto es subjetivo, por supuesto, pero de eso se trata, para eso se escribe, para que la lectura llegue a cada lector de forma distinta y la conserve en su memoria como considere oportuno. Miguel de Unamuno fue un hombre recto y de ideas profundas sobre religión, filosofía y la España de aquella generación del 98. Germen de un pensamiento existencialista que se extendería por Europa a mitad de siglo XX, le preocupaba dar vida a unos personajes repletos de crisis emocionales y religiosas ahondando en la psicología de cada uno de ellos. Lo hacía de una manera tal que en sus cortas y precipitadas narraciones a las que llamó nivolas sus protagonistas se introducen en tu mente de lector con una facilidad pasmosa y una veracidad de la que Hemingway anhelaría. Mi primera lectura de Unamuno fue la magistral San Manuel Bueno, mártir, en la que volcó sus propias dudas sobre la religión y cuyo personaje principal siente la dualidad de creencia y falta de fe. La tía Tula es la segunda narración que leo de este genial autor vasco donde desarrolla un cuadro de costumbres español.

Todo el peso cae sobre la figura femenina de Gertrudis, la tía Tula. Durante la trama se desarrolla su psicología, sus renuncias hacia el hombre, la maternidad e incluso, llegado un punto, la religión. Tiene una hermana la cual destaca por su belleza, pero le falta el carácter y la profundidad de Tula. Es precisamente en sus ideas donde reside su propio pecado, su propia desgracia ya que se niega al amor, a la proximidad o el contacto con los hombres cediendo así ese puesto a su hermana a quien la induce a llevar la vida que considera le pertenece a una mujer: encontrar un buen marido y ser madre. Se vuelca en conseguir en los demás lo que en lo más profundo de su ser anhela para ella. Lo hace de una forma casi autoritaria, ya que su marcada personalidad es difícil de rebatir. La lectura es muy acelerada en cuanto al tiempo de la historia —se suceden varios años en sus pocas páginas— algo que no hace, en ningún momento, que pierdas contacto y cercanía con sus personajes que es donde Unamuno realiza una gran labor.

El discurso empleado por su autor es también una de las bazas importantes de la obra. Unos diálogos muy ricos en un ambiente doméstico de una España religiosa en la que se aprecia el marcado carácter de Tula así como el modo de presentar al resto de personajes, marionetas casi, de los ideales de su protagonista. Hay un paralelismo pronunciado en la lectura sobre el comportamiento de las abejas y la peculiar familia de Tula. En ella se habla de la labor que realizan las abejas reinas y los zánganos, encargados de procrear, de relacionarse entre ellos mientras que las abejas obreras son quienes se preocupan de conseguir alimento, de trabajar para que no le falte de nada a la colmena. Ese es el lugar que Tula considera que le pertenece. Ella es tía, pero también madre de sus sobrinos e incluso de sus nietos, porque ella trabaja y se desvive por cada uno de ellos como una madre debería hacer. Ella renuncia a sus deseos más íntimos por un pensamiento religioso, un desdén que se vuelve incluso en contra del cristianismo por considerarlo una religión de hombres. Ella teme enamorarse porque cree que eso no es para lo que nació, rechaza así el contacto con los hombres y su ilusión de ser madre. «[…] esa fortaleza, hija mía, puede alguna vez ser dureza, ser crueldad» le dirá el párroco a Tula cuando observa cómo ella trata a los hombres.

Es una obra que se lee de una sentada, se disfruta en cada página, con cada diálogo. Libro de necesaria lectura para comprender el ingenio de Unamuno y de una época de la literatura española que brilló gracias a los autores que conformaban la promoción del 98 y que Ediciones B edita en su colección de clásicos, como no podía ser de otra forma. Y es que rara vez un libro pasa automáticamente a la categoría de clásico.

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Mortaja para un ruiseñor, de P.D. James

Mortaja para un ruiseñorEl fenómeno -no sé si general o fruto de una percepción personal- se da, con preferencia, en novelas de misterio, sobre todo en novelas de misterio escritas por autoras de lengua inglesa: el misterio puede haber sido más o menos previsible, carente de sorpresas fuera de lo esperable, con un investigador eficaz dotado de métodos propios que tenía que desenmascarar a su asesino de entre una cohorte bien surtida de personajes secundarios; el asesinato ha tenido lugar en un entorno cerrado con reglas propias, a veces sin nada que envidiar a las de regímenes políticos represivos; y tal asesinato ha actuado como elemento catalizador en una atmósfera que era como una olla a presión de bajas pasiones, odios encendidos pero secretos, enigmas personales, ocultaciones y solapamientos que nadie habría podido adivinar hasta el detonante del crimen. Y bien, termina la lectura, y nada de lo leído, en apariencia, aunque sumamente entretenido y hasta objetivamente bien escrito, supera la marca de otras muchas lecturas similares.

Sobre el papel, podría pensarse que es así; sin embargo, en la realidad, no lo es; la novela recién leída ha dejado su impronta en la mente; los personajes no son inmediatamente barridos de la memoria; las escenas aledañas al crimen tienen un peso determinado, significan algo por sí mismas; los ambientes, habríamos podido jurarlo, no nos han sido totalmente ajenos. Son novelas que tienen un peso, una autenticidad, una gravitas; que participan de la vida verdadera -si bien de la parte siniestra de la misma, aunque no es menos verdadera que la parte visible y banal de la que fingimos no extralimitarnos en ningún momento-, que exhiben unos personajes que son personas de verdad, en las que podemos identificar, tal vez, personas de carne y hueso que hemos conocido alguna vez. Estas novelas no son meros relatos, sino algo más, porciones ínfimas pero gravosas de la vida de los seres humanos y de sus pasiones. Al acabar la lectura, nos es imposible pasar a una nueva; necesitamos respirar en la estela de intensidad que ha creado esa inmersión en el mundo sólo en parte ficticio creado por el autor; y, pasado un tiempo, seguimos recordando a los personajes, las impresiones de afecto o de terror que han suscitado en nosotros, y quizás, también, de cierta incredulidad por lo veraces que son.

Esta capacidad para crear gravitas y transmitirla al lector no tiene siempre que ver con la calidad estrictamente literaria del autor, ni tampoco con nuestra preferencia o no por él o ella. Nos puede gustar un autor por otras cualidades; ésta es una más, si bien -para quien esto escribe- importante. Agatha Christie tenía esa capacidad; Dorothy L. Sayers, no. Sue Grafton la tiene; Gillian, Flynn, no; Dennis Lehane, sí; Don Winslow, no; James Ellroy, si; Michael Connelly, no.

Se dio la circunstancia de que dos de las reinas de la literatura ‘criminal’, ambas en posesión de esta misteriosa cualidad que comentamos, fallecieron recientemente y a menos de un año la una de la otra: P.D. James, el 27 de noviembre de 2014, y su amiga Ruth Rendell, el 2 de mayo de 2015. Con su desaparición, se nos priva de dos de las damas -o baronesas, que lo eran- inglesas del crimen que más han contribuido a modernizar su género, y cuyas novelas conjugaban, cada una en su estilo, intríngulis policiaco con calidad literaria para lectores exigentes. A pesar de que las dos vieron el cénit de sus carreras en los años 70 y 80, su escritura no envejece jamás, porque, al margen de detalles contextuales propios de la época, la naturaleza humana queda perfectamente retratada en cada una de sus novelas, configurando retratos permanentes que siempre resultan misteriosos y adictivos.

Quizás por eso, Ediciones B ha relanzado varias novelas, entre ellas algunas que han adquirido ya el estatus de clásicos modernos de su género, de P.D. James en edición de bolsillo de tapa dura. La que hoy comentamos está a la venta al muy asequible precio de 7,95 euros. Se trata de Mortaja para un ruiseñor, cuarta novela protagonizada por el superintendente Adam Dalgliesh, que P.D. James fue construyendo y enriqueciendo a lo largo de 14 entregas. Curiosamente, la ambientación, que sí acusa el paso del tiempo -es una novela ambientada en un colegio para enfermeras, quienes estudian procedimientos que hoy en día han quedado anticuados, con metodologías que aún parecen más anticuadas, y viven en una sociedad con códigos morales, roles de sexo y convenciones que hoy están ampliamente superados, al menos en los usos sociales y en lo comúnmente aceptado-, contribuye a acentuar lo siniestro y amenazador de la historia; ¿se puede uno imaginar lugar más tétrico que un colegio de enfermeras totalmente aislado de la civilización, con historia de fantasmas incluida, donde se vive sin un ápice de intimidad, y se observan normas académicas y de comportamiento que ya entonces eran pasadas de moda? Es en ese lugar donde se producen dos muertes sospechosas, que reclaman la intervención del superintentende Dalgliesh. P.D. James nos lo mostrará en cada paso de su investigación; nos describe cada interrogatorio, cada acción y decisión de Dalgliesh, sus pensamientos, sus valoraciones; y también las de los sospechosos y otros personajes que pueblan la Casa Nightingale, el colegio en cuestión. Metódicamente, Dalgliesh avanzará hasta descubrir la verdad.

Mortaja para un ruiseñor, como el resto de las novelas de misterio que salieron de la imaginación de P.D. James, es una novela con un ritmo pausado, en ocasiones hasta muy pausado. No es una novela al gusto de las modas actuales, donde prima la velocidad, los flashes, lo visual, las impresiones en lugar de las descripciones, lo superficial y lo impactante en lugar de lo profundo y espeso. Sin embargo, P.D. James es una maestra en el género, y no sólo en el género, también en el retrato humano que es en realidad la base sobre la que debe descansar cualquier novela que se precie de buena e incorruptible al paso del tiempo. En realidad, a James no le gustaban las personas, no le gustaba la raza humana, y no lo oculta; en cada descripción de cada personaje deja entrever su desprecio por la parte malvada, rastrera, hipócrita, embaucadora y mentirosa de hombres y mujeres. Sin embargo, su mirada no resulta prepotente ni ofensiva, sino realista y apenada; pues, al final, James siempre se preocupa por hacer valer la verdad, el bien y la derrota del mal, venga éste de quien venga. El malvado puede exhibir cualidades aparentemente redentoras, pero James siempre hace prevalecer el verdadero bien, la extracción de la verdad oculta bajo capas de subterfugios, mentiras y crímenes. No premia al valedor del bien ni lo reviste de un valor moral superior ni sobrehumano (el pobre Dalgliesh no está revestido, de ningún modo, por un aura heroica ni mítica; es un policía cansado y desengañado, que sólo desea volver a su piso sobre el Támesis y escribir sus poemas), pero condena sin paliativos al asesino.

Hay autoras, como Louise Penny, que también participan de esta cualidad introspectiva y auténtica que hemos comentado, pero que ven -o eligen ver- el sol, la amabilidad última, la redención, la capacidad de perdonar y ser perdonados, el arrepentimiento, el regreso a una guarida cálida y familiar que nos proteja del frío y del peligro; y hay otras, como P.D. James o Ruth Rendell, que se centran en la tiniebla, el mal que puede no ser espectacular, sino sólo estúpido y cotidiano, pero innegable; y que, sin embargo, no aminoran el deseo de seguir leyendo sus novelas sino que lo acrecientan. Mortaja para un ruiseñor es sólo una pequeña muestra del enorme talento de P.D. James, y merece la pena conservar esta pequeña joya y releerla después de un tiempo.

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Un asesino en escena, de Ngaio Marsh

un-asesino-en-escenaDe la edad de oro de la novela de misterio -habitualmente ambientada en Inglaterra y de la que solían permanecer al margen elementos cruentos y explícitos, para dejar el protagonismo al enigma tipo puzzle, los porqués, para qués, cómos y, sobre todo, quiénes del asunto-, Ngaio Marsh es, tal vez, la autora menos conocida para los lectores españoles; su fama es aquí mucho menor que en los países de lengua inglesa. De origen neozelandés, Marsh (1895-1982) fue una de las autoras más populares de los años 30 en el género de misterio. Con su colección de Clásicos Policiacos, la editorial Siruela nos brinda la oportunidad de conocer un poco mejor la obra de Marsh, así como de otros autores de poco eco en España pero cuyo legado, sin duda, merece una revisión.

Un asesino en escena es la segunda obra de Ngaio Marsh que publica Siruela en esta colección, y su lectura ayuda a dotar de personalidad propia a nuestra imagen mental de esta autora, ya que cada una de las reinas del crimen de aquella época tiene un estilo que de ninguna manera se podría confundir con el de sus colegas. En el caso de Marsh, esta novela la configura como una autora de buena pluma y cuidada escritura, de probadas habilidades para la caracterización de personajes sin necesidad de recurrir a técnicas trilladas -de alguna manera, sin grandes descripciones ni profundizaciones psicológicas, la autora consigue fijar en nuestra mente un retrato inconfundible de cada personaje, principal o secundario- y, sobre todo, de gran destreza a la hora de crear una ambientación determinada y situar al lector en el relato. En este sentido, Ngaio Marsh se adscribe aquí a la norma de libre cumplimiento según la cual el escritor debe escribir sobre aquello que conoce; no en vano Marsh destacó como autora y directora teatral, medio en el cual sucede la acción descrita en este libro. De hecho, su recreación del ambiente del teatro Unicorn de Londres, de la obra que se representa (de la cual la autora nos ofrece toda la sinopsis, a pesar de no ser ésta esencial ni necesaria para la comprensión de la historia), del espacio físico del teatro -el cual, a ratos, se nos representa como un organismo vivo, melancólico cuando vacío, incluso respirando pausadamente, con colores, olores y atmósferas propias- es uno de los elementos más encantadores de la novela, en el cual se evidencia que la autora vivió esos ambientes, los conoció perfectamente y los amó.

La trama que se desarrolla en el teatro no sólo tiene lugar, parcialmente, en el marco de la representación de una obra, sino que toda ella adquiere visos de irrealidad, de representación, por mor de ese espacio semimágico donde las ficciones se convierten en realidad. El asesinato que se convierte en eje central del libro tiene lugar en medio de una representación, con lo cual se violentan por primera vez -y no por última- los límites entre realidad y ficción teatral. La figura del detective de Ngaio Marsh, Roderick Alleyn, y de su simpar amigo y compañero de fatigas, el periodista Nigel Bathgate, sirve de hilo conductor y de cicerone del lector para evitar que éste se pierda en esa confusa mezcla de realidades e imposturas, siendo Alleyn la encarnación eficaz de la luz de la deducción y de las artes de la lógica policial que ayudarán a desenmascarar al asesino. Esta mezcla de realidad y ficción, la confusión entre roles -no se sabe cuándo algunos personajes están actuando y cuándo están siendo ellos mismos-, el juego sutil entre sensatez e histrionismo, forma parte del singular encanto de esta novela.

Un asesino en escena es una de las novelas tempranas de Roderick Alleyn, y el personaje no está bien definido; no lo conocemos bien, ni sabemos nada de su vida (aunque abundar en la vida privada y en las idiosincrasias del protagonista detective es una moda más tardía), pero sí nos deslumbra y nos divierte a la par su lenguaje anticuado, muy literario, impropio de un policía de aquella y cualquier época. Es muy elocuente el señor Alleyn, y, por si eso fuera poco literario y chocante, forma un tándem insólito con ¡un periodista! No se sabe por qué razones decidió Ngaio Marsh que estos dos fueran a ser los protagonistas de sus novelas policiacas, pero tal vez no desentonaran en una época donde el par de investigadores de ficción de moda eran Hércules Poirot y George Hastings. Los intercambios entre Alleyn y Bathgate son bastante ingeniosos y divertidos -entendiendo “divertido” como se puede entender un diálogo entre dos personajes de una novela de misterio de los años 30- y lo cierto es que la figura del periodista y detective amateur no queda en absoluto desaprovechada.

Otro elemento que singulariza la figura de Ngaio Marsh dentro del grupo de damas del crimen –Agatha Christie, Dorothy L. Sayers, Margery Allingham y la propia Marsh- es su audacia al introducir el ingrediente de atracción sexual y de relaciones de atracción mutua entre personajes. Imagínense algo así en una novela de Christie, por ejemplo. Veremos a Alleyn en lances impropios de su condición y su profesión, haciéndonos temer lo peor, en ocasiones.

¿Y la historia de misterio? Es eficaz y cumple su cometido, a saber, despistarnos y hacer que nos preguntemos quién habrá asesinado a Arthur Surbonadier. Ngaio Marsh, de la mano de Roderick Alleyn, nos lo irá desvelando a través de interrogatorios, repreguntas, visitas intempestivas, semiallanamientos de morada, y algún que otro lance sorprendente. Como suele ser habitual en las novelas de misterio de esa época, el crimen se ha cometido en un ambiente cerrado -tanto física como psicológicamente- y son varios los sospechosos con motivos verosímiles para haber deseado la muerte del hombre en cuestión. Al final, la sentencia moral de Ngaio Marsh es inequívoca: el criminal es un agente del mal, y el crimen, una aberración moral y social que, afortunadamente, Roderick Alleyn se encargará de arreglar.

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