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Bangkok, de Lawrence Osborne

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Viajar es como la droga, pues crea una adicción de la que es difícil escapar. A muchos les puede parecer exagerada esta afirmación, pero todo aquel que tenga el gen viajero metido en el cuerpo estará de acuerdo conmigo. El placer que se consigue visitando otras ciudades y mezclándote con otras culturas produce una sensación indescriptible, la misma que he sentido al leer esta pequeña joya editada por Gatopardo.

Lawrence Osborne nos propone un viaje a Bangkok, capital de Tailandia y una de las ciudades más visitadas del Sudeste Asiático. Los dos últimos años he podido disfrutar del encanto de una de las zonas que mueve más mochileros en el mundo. He podido conocer la sofisticación de Singapur y la hospitalidad balinesa. He quedado prendado de la amabilidad del pueblo camboyano y del vertiginoso ritmo de vida vietnamita. Como turista, me he olvidado de todo en las islas Gili y he quedado asombrado del poderío monumental de Angkor Wat. Y en mi tercer viaje a la zona, que espero llegue pronto, tenía pensado conocer por fin todo lo bueno que me han contado de Tailandia, que he querido dejar para el último momento, pues no soy muy amigo de las multitudes y he preferido primero conocer destinos menos concurridos.

Y es que Bangkok, además de una ciudad frenética y fascinante, se muestra casi inabarcable desde su mismo origen. Su nombre ceremonial completo forma una de las palabras más largas e impronunciables del mundo. “Krungthepmahanakhon Amonrattanakosin Mahintharayutthaya Mahadilokphop Noppharatratchathaniburirom Udomratchaniwetmahasathan Amonphimanawatansathit Sakkathattiyawitsanukamprasit”, o lo que viene a significar “Ciudad de ángeles, la gran ciudad, la ciudad que es una joya eterna, la impenetrable ciudad del dios Indra, la magnífica capital del mundo dotada de nueve gemas preciosas, la ciudad feliz que goza de un colosal Palacio Real similar a la morada celestial donde reinan el dios reencarnado, una ciudad brindada por Indra y construida por Vishnu”. La capital tailandesa es una amalgama de barrios, callejuelas, barriadas y riachuelos imposible de conocer en su totalidad, incluidos sus propios habitantes.

El autor relata en este libro sus impresiones durante los periodos vividos en esta ciudad. Lawrence se convierte en un flâneur que vaga sin rumbo por sus calles buscando la verdadera esencia del lugar, esa esencia que es difícil de encontrar en las guías de viajes. Quizá el verdadero valor de Bangkok es que no está escrito por un turista, sino por un viajero. No es lo mismo llegar a una ciudad y ver en dos días los puntos más importantes que vivir en ella durante meses y meses, conocer sus barrios más auténticos, pulsar la opinión de sus gentes e incluso conocer su cara menos amable, esa que los turistas no solemos ver. Solo así se puede entender el orgullo que siente todo tailandés por pertenecer a un país que nunca ha sido colonizado. Y solo así se puede entender la libertad que impregna cada calle o cada uno de los miles de burdeles que proliferan por doquier.

Bangkok es donde se refugian algunas personas cuando sienten que ya nadie las puede amar, cuando se rinden

La experiencia que Lawrence Osborne revela también porque Bangkok es una ciudad tan atractiva para los ciudadanos occidentales que deciden pasar los últimos años de su vida en sus calles. Su relato está lleno de farangs (extranjeros) con los que va interactuando, a cada cual más extravagante. Personas admirables o despreciables, que viven en Tailandia sin esperar mucho más de la vida, como McGinnis o Dennis. Pero también toma importancia en sus páginas la filosofía del carpe diem, pues estamos ante una ciudad que activa todos los sentidos del turista y que invita como pocas a vivir el aquí y el ahora.

Bangkok es un relato sincero. Osborne aparece desnudo ante el lector, que conoce las luces y las sombras del autor y de la ciudad. La capital tailandesa presume de vida y de luz, pero también convive con la prostitución, el vicio y las drogas sin que eso suponga un escándalo entre sus habitantes. Todo ello aparece perfectamente reflejado en este magnífico libro. Y por eso me gusta terminar con la reflexión que hace uno de los farangs en una alocada noche de copas con Lawrence. “Lo que me gusta de estos sitios es que te recuerdan que el planeta sigue girando sin que nada importe. Todo es una farsa y desaparecerá muy rápido, mucho más rápido de lo que pensamos”.

César Malagón @malagonc

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Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal

Una noche con Sabrina Love

Una noche con Sabrina LoveEl primer contacto con el sexo ya no es tan inocente como lo era hace diez años e imagino que casi no se parece a lo que era hace veinte. Hoy en día las primeras relaciones no se tienen con una chica o un chico de tu misma edad, sino con actores experimentados, que practican todo tipo de posturas acrobáticas en tu smartphone o tablet. Quizá ese sea el motivo por el que, de acuerdo con estudios universitarios recientes, los millennials (la generación nacida entre 1980 y 1990) lo hacemos menos que nuestros antecesores: porque la curiosidad ya no es tan grande como hace unos años. Y, precisamente por eso, la lectura de Una noche con Sabrina Love, libro que se publicó por primera vez en 1998, es tan interesante: porque nos acerca a los inicios de esta manera, sin duda errónea, de descubrir la sexualidad.

La novela da comienzo poco antes de que Daniel, un chaval de diecisiete años, gane un sorteo organizado por un canal de televisión de pago, en el que el premio es pasar una noche con Sabrina Love, una estrella del cine porno. Él vive en Curuguazú, un pequeño pueblo situado a una gran distancia de Buenos Aires, la ciudad en la que se le cita para que se produzca el encuentro. Pese a que la situación económica de este joven huérfano no le permite hacer un viaje al uso, sus ansias por perder la virginidad (y por hacerlo, además, con la mujer a la que en tantas ocasiones ha visto en la pantalla) le llevan a emprender un trayecto a contrarreloj en barco, camioneta y a pie, en el que acaba encontrando mucho más de lo que esperaba.

Esta novela es una suerte de road movie, una narración intensa en la que, partiendo de una trama sumamente sencilla, el autor consigue enredar al lector, al prometerle un desenlace casi inminente de los acontecimientos. El estilo narrativo de Pedro Mairal, además, se hace muy agradable de leer; las conversaciones fluyen con naturalidad y el transcurso de la historia va inteligentemente de la mano de la evolución del protagonista. Así, si en un principio nos encontramos ante un Daniel con una mente bastante cerrada y obsesionado con la pérdida de su virginidad, el viaje le lleva a cambiar de lleno su manera de ver la vida. Las personas y las situaciones que encuentra a su paso son muy distintas a las que había conocido en su pequeño pueblo y son éstas las que le sirven para cruzar la barrera invisible entre la adolescencia y la adultez, la misma que él solo creía poder superar de otro modo. Además, Mairal sabe transmitir a la perfección la diferencia entre dos ambientes antagónicos, tan fácilmente extrapolables a cualquier país: el pequeño municipio en el que todos se conocen y la gran ciudad, tan llena de oportunidades como de dificultades.

El autor publicó esta novela con apenas 27 años, lo que, como comenta en el prólogo de esta última edición, le supuso un éxito tan notable como inesperado, que acabó traduciéndose en un Premio Clarín y en una adaptación al cine. Logros sin duda merecidos, dado que Una noche con Sabrina Love es una novela que, como le confesó Bioy Casares a Mairal el día en que se le entregó el citado premio, se coge y resulta imposible desprenderse de ella.

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La reliquia, de Eça de Queirós

La reliquia

La reliquiaHay libros que siempre recordamos con cariño. Para mí, uno de ellos es El crimen del padre Amaro, la obra con la que descubrí al escritor portugués Eça de Queirós. La leí durante un viaje en tren y la historia enseguida me atrapó. Porque a mí me gusta leer —es evidente, ¿no?—, pero con la mayoría de libros, después de unas decenas de páginas, me apetece hacer otra cosa. Sin embargo, con aquel no podía parar de leer. No quería que el tren llegara aún a su destino. No quería que esa historia llegara a su desenlace. Así que si todavía no habéis leído El crimen del padre Amaro, os lo recomiendo encarecidamente, de verdad. Que su pésima adaptación cinematográfica —solo he visto el tráiler, pero con eso me basta para saberlo— no os haga descartar el libro.

De aquella lectura hará unos tres años y tenía ganas de volver a disfrutar de la prosa de Eça de Queirós. Y me ha surgido la oportunidad con la reciente publicación de La reliquia, de la mano de la editorial Akal, en su colección Clásicos de la Literatura.

La reliquia, publicada por primera vez en 1887, narra una historia diferente a la de El crimen del padre Amaro, pero el trasfondo de ambas es el mismo: una crítica irónica a la obsesión por la religión y a la hipocresía de aquella época. En el caso del libro que nos ocupa, La reliquia, el protagonista es Teodorico Rasposo, que nos cuenta su vida junto a su tía materna, doña Patrocínio das Neves: puritana, beata y adinerada. Aunque Teodorico se esmera en aparentar que es un hombre devoto y casto para seguir disfrutando del peculio de su tiíta, lo cierto es que le pierde la lujuria y el alcohol de las tabernas. Pero para que su futura herencia no peligre, se ve obligado a viajar a Oriente, en busca de una reliquia que provea a su tía de una larga vejez sin enfermedades ni dolores. Ni que decir tiene que eso no será lo único que haga en su travesía y que la colección de reliquias que atesore solo sumará una farsa más a su vida.

La presente edición de La reliquia incluye una extensa introducción que analiza la obra y la trayectoria de Eça de Queirós dentro del contexto literario y social de su siglo. Pero recomiendo leerla al finalizar la lectura por dos motivos. El primero, porque desvela demasiado sobre la trama. Y el segundo, porque el pormenorizado análisis seguro que enriquece la visión que cada uno de nosotros hayamos extraído de la lectura.

A veces, los lectores no nos planteamos nada que vaya más allá de la historia leída, pero, en clásicos como este, las introducciones resultan indispensables para tomar conciencia de lo una determinada obra supuso en el momento en el que fue escrita. En este caso, La reliquia es una muestra de cómo Eça de Queirós se unió al orientalismo que predominaba en la cultura europea del siglo XIX. Al trasladar a su protagonista a ese escenario, recreó un Oriente que contribuyó al imaginario que Europa se formó sobre aquellas tierras. Además, aunque la obra se enmarca en el realismo-naturalismo que predominaba en la literatura del siglo XIX, Eça de Queirós introdujo un capítulo de fantasía, en el que Teodorico viaja en el tiempo para ser testigo de la Pasión de Cristo. Una muestra de cómo el escritor exploró los límites literarios y abrió camino a muchos otros. De ahí que sea uno de los autores referente del siglo XIX.

Si bien La reliquia no me ha cautivado tanto como El crimen del padre Amaro, ha sido un placer leer otra afilada sátira de Eça de Queirós. Pocos han sabido poner en evidencia como él las contradicciones, sombras e hipocresías de su sociedad. Seguro que repetiré.

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Pikunikku, de Monika Budišova y Jordi Trilla

Pikunikku

PikunikkuDecir que lo japonés está de moda es una apreciación tibia. La gran ola de Kanagawa es una imagen mucho más certera para lo que nos está ocurriendo. Como en la popular imagen de Hokusai, estamos siendo arrastrados por una fuerza cultural que nos lleva irremediablemente a las orillas japonesas. Una y otra vez. Lo curioso es que no conozco a nadie que esté nadando a contracorriente. Desde luego no lo está haciendo el que escribe estas palabras.

Hay una euforia general y normalizada cada vez que una editorial se arriesga con un autor japonés. O cuando un nuevo artefacto visual acampa a sus anchas en las librerías ondeando la hinomaru, nombre con el que se designa a la bandera japonesa. Si hace unas semanas os estaba hablando de la guía para perderse en Japón de Amaia Arrazola, hoy quiero hablaros de Pikunikku. Un diccionario visual un tanto gamberro que comulga con la extrañeza y la cultura centenaria propias de Japón. Como diría un japonés enérgico: ¡hajimemashō!

Todo comienza con una colaboración entre la buena gente de Impedimenta, artífices de los libros mejor acabados de la industria editorial patria, y el dúo creativo Pinkpill Design, formado por Monika Budišova y Jordi Trilla. Aprovechando los conocimientos de Monika sobre Japón, deciden llevar a cabo este proyecto en gran formato que hoy nos ocupa. La ilustradora estuvo viviendo entre japoneses durante casi un año y todas esas experiencias, muchas de ellas algo bizarras, han sido volcadas aquí.

Pero, ¿qué es Pikunikku? A grandes rasgos es un diccionario gráfico que se alimenta de todo aquello que nos fascina del país del manga. Desde tipologías de sushi hasta conceptos claves para entender la sociedad como los hikikomori, un fenómeno que roza la figura del ermitaño pero cuyo trasfondo es menos amable. O el Oshogatsu, todo un conjunto de rituales que giran en torno al Año Nuevo. Visitas a los templos, limpiezas exhaustivas en las que participa toda la familia o envíos de regalos con cierta utilidad a personas que han sido importantes para ti en el año que acaba.

El repaso que nos ofrece el libro es amplio y está categorizado en cuatro apartados. El día a día, Sociedad y cultura popular, En casa y fuera y, por último, Tradición y folklore. En cada una de estas categorías aparece un sinfín de ilustraciones y definiciones sencillas que dejan la página al borde del colapso. Uno siente que al avanzar entre sus múltiples referencias se lleva consigo pequeñas dosis de información que vuelven más certera su visión de Japón y su intrincada idiosincrasia.

Una de las cosas que más me han llamado la atención de este proyecto es, sin duda, su capacidad para trascender la franja de edad del lector. Lo he disfrutado tanto y estaba tan sumergido en el libro, que no me he dado cuenta de que en casa no era el único que lo estaba leyendo. Si hay pequeños curiosos en la familia, haced el experimento y dejadles el libro un par de horas. El asombro es contagioso, y lo extraño y  raro se acaban convirtiendo en un lenguaje universal que no requiere de traducción alguna. Además, las explicaciones que acompañan a todo el proceso de lectura lo hacen adecuado para incentivar la imaginación y entender cómo es el día a día de esa gente fascinante que vive justo en el otro lado del mundo.

Cuando hablamos de un libro en gran formato y lleno de ilustraciones hay que andarse con ojo. Los libros artísticos en ocasiones pecan de una falta de guía que les hace perder el concepto a mitad del recorrido. Gracias los siete Dioses de la fortuna, no estamos ante tal caso. Como decía antes, el buen hacer al que nos tiene acostumbrados Impedimenta en su línea literaria no ha faltado aquí. Hablamos de un libro con unos acabados de calidad que lo convierten en algo digno de tener entre manos.

Los dibujos de Monika Budišova tienen ese toque infantil de la nueva era que tanto me gusta. Alejado de la mojigatería de la ilustración tradicional, el trazo aquí vibra por su sencillez y su aire gamberro. He tenido la sensación más de una vez de verlos en movimiento. De cerrar el libro y sospechar que hubiese una fiesta ahí dentro a la que no se me había invitado. Hay una viveza explícita que me ha sacado una sonrisa en numerosas ocasiones y quizás es lo que al final me acabo llevando de todo este gran proyecto. Una socarronería y un amor por Japón que han conseguido algo inaudito, llegar a tipos de lectores muy diferentes. Algo a lo que muchos aspiran pero pocos consiguen.

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Fractura, de Andrés Neuman

Fractura

Fractura

El Kintsugi es una técnica japonesa  que consiste en reparar con barniz de resina o con polvo de oro o plata las fracturas que se producen en una cerámica cuando ésta se rompe. Es decir, una técnica de reparación que consiste en dejar expuestas las cicatrices en lugar de esconderlas, que es lo que venimos haciendo más o menos todos. Me parece maravilloso, sinceramente, que exista una técnica capaz de mostrar la desnudez y la fragilidad de quienes somos y además alardear de ello. Porque este arte, aplicado a los objetos, también nos vale para el alma. No sé, al menos a mí me encantaría poder llevarlo a la práctica.

Fractura, de Andrés Neuman tiene un poco de este arte de Kintsugi para el alma que me acabo de inventar. Al terminar de leer la novela tienes la sensación de que has conseguido encajar todas las piezas, que las cicatrices están a la vista, que siempre lo han estado, y que todas las fracturas en las que se descompone un objeto, nuestra vida, son, sin duda, el recuerdo circular que nos completa.

Eso es lo que hace el señor Watanabe a lo largo de las páginas de esta novela: recoger esos pedazos, esas fracturas, para reconstruir, dejando bien visibles las marcas, los fragmentos que componen su vida. No estará solo en esta tarea, para ello cuenta con las voces de cuatro mujeres que compartieron esos pedazos rotos y que narran sus recuerdos a un periodista argentino. Como telón de fondo están las ciudades de Tokio, París, Madrid, Nueva York y Buenos Aires. Un crisol de culturas y lenguas diferentes que conforman sus vidas, la del señor Watanabe y estas cuatro mujeres con las que resulta imposible no empatizar al leerlas narrar sus recuerdos y sensaciones.

Imposible también el no empatizar con esa memoria colectiva de los supervivientes de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, como el propio señor Watanabe. Porque le memoria perdura, pero el olvido también se cuela entre esas cicatrices, tratando de desaparecer hasta que una nueva sacudida, como el terremoto que provocó el accidente de Fukushima, vuelve a agrandar la grieta, dando más visibilidad a esa fractura.

Con Neuman me pasa algo que me ocurre con muy pocos escritores y es una conexión que no sé bien cómo llamar. Como si ya hubiésemos estado antes en esa fractura, como si sus palabras ya me hubiesen roto antes. Me lo confirman sus poemas, sus anteriores novelas y la vez que pude oírle recitar un fragmento de Hablar solos en la feria del libro de Cáceres. Sí, definitivamente ya me ha roto otras veces.

Con un estilo exquisito, en el que combina el humor y una narrativa muy seria, Fractura me ha parecido una maravilla de novela. Uno de esos libros que se quedan dentro y que creo que no voy a poder sacarme. ¿La verdad? La verdad es que no me quejo en absoluto.

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Si el Führer lo supiera, de Otto Basil

Si el Führer lo supiera

Si el Führer lo supiera¿Cómo sería el mundo si Alemania hubiera ganado la Segunda Guerra Mundial e impuesto una dictadura nazi a los países derrotados? ¿Y si solo sus aliados japoneses hubiesen tenido el privilegio de dominar una parte del territorio? ¿Y si Estados Unidos se hubiera convertido en Estados Vasallos Unidos de América, tras su derrota en el conflicto bélico? Esa es la premisa de la que parte Otto Basil en Si el Führer lo supiera, novela escrita en 1965, prácticamente la misma que Philip K. Dick plantea en El hombre en el castillo, publicada en 1962. Y, pese a una idea idéntica, nada tiene que ver el desarrollo de una y otra.

Philip K. Dick me fascinó con su libro ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (rebautizada como Blade runner en su adaptación cinematográfica), por lo que hace años leí El hombre en el castillo con grandes expectativas. Un mundo sometido al nazismo me parecía una ucronía apasionante, una distopía aterradora. Pero Philip K. Dick apenas explotó la mina de oro en la que se había adentrado y la lectura de El hombre en el castillo fue una decepción para mí. De ahí que al leer la sinopsis de Si el Führer lo supiera y ver la similitud, me aventurara a averiguar si Otto Basil había sido capaz de sacarle todo el partido que esta premisa prometía.

En Si el Führer lo supiera, Otto Basil nos traslada a los años sesenta del Magno Imperio Germánico. A Höllriegl, nacionalsocialista de pura cepa y funcionario especialista en giromancia, le han encomendado una misión que le hace viajar por todo el imperio, justo cuando el anciano Hitler muere, se desata una lucha por ocupar su puesto y la Magna Iapónica decide atacar a sus aliados alemanes para hacerse con el control del mundo. En esta caótica tesitura, Höllriegl se va encontrando con personajes peculiares que, de una forma u otra, atentan contra los principios del Gran Reich Alemán.

Mientras asistimos a los devaneos amorosos de Höllriegl y a las situaciones disparatadas en las que se ve envuelto, conocemos el contexto macrohistórico a través de discursos de los personajes, los chismorreos y los programas de radio y televisión. Otto Basil nos muestra un mundo dominado por los alemanes en el que el sexo solo se permite para preservar la especie, las minusvalías y los complejos de inferioridad se consideran delito, los judíos se han extinguido —¡y también los psicoanalistas!— y se ha esclavizado al resto de seres humanos que no pertenecen a la raza aria, denominados simios e infrahumanos.

Por momentos, Si el Führer lo supiera parece una ficción exagerada. Sin embargo, muchas de las fantasías de Otto Basil nacen de documentos presentados en los juicios de Núremberg; en ellos, el poder nazi contaba sus planes de futuro para dominar el mundo, y lo paranormal ocupaba un papel relevante. Quien ahonde un poco en la trastienda de la Segunda Guerra Mundial descubrirá que los nazis tenían contratados a videntes para ir un paso por delante en la contienda, y Otto Basil se ha servido de estas excentricidades para asentar su sátira.

Gracias al elaborado contexto político, cultural y social, Si el Führer lo supiera es una ucronía distópica verosímil, y, por eso mismo, inquietante. No sé si Otto Basil leyó la novela de Philip K. Dick, pero sin duda fue el escritor austriaco el que supo sacarle todo el jugo a esta versión alternativa de la historia.

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Wabi Sabi, de Amaia Arrazola

Wabi Sabi

 

Wabi Sabi

Uno sabe siempre cuándo empieza un viaje pero no cuándo se acaba. Suele pasar que, mucho tiempo después de volver a nuestra casa, aún seguimos rumiando las direcciones y los atajos del lugar visitado. Hay algo que queda en la ropa o en el pelo, algo que no estaba al principio de nuestra aventura. Quizás es la magia y la maldición de viajar, que cambia para siempre no sólo la persona que somos, sino también el lugar al que volvemos. Amaia Arrazola es el ejemplo perfecto de esto. Tras recibir una beca para pasar un mes en Tokio, decide aprehender todo lo posible la cultura japonesa y plasmar en ilustraciones el potencial tokiota. Desde sus calles y comercios, hasta personajes y conceptos que todos hemos escuchado de pasada pero que pocos saben definir. El resultado de este proceso es un libro que salió a la venta hace unas semanas de la mano de Lunwerg. Una auténtica delicia visual para aquellos que sufren como yo la fiebre nipona.

A medida que pasan las páginas y los días, el lector siente que acompaña a Arrazola en su viaje. La idea de estructurar el libro en las semanas que la artista estuvo en Japón también ayuda. Así vemos que, conforme avanza su estancia, Amaia pasa de un estado de estupefacción constante al de una normalidad autoinducida. Ella lo explica mejor, dejando claro que el proceso consta de tres fases. Primero, flipas con todo; segundo, empiezas a entender los entresijos de la sociedad japonesa; tercero, comienzas a adaptarte a sus costumbres. Es como si el instinto de supervivencia se esforzara en combatir la epilepsia pop que uno sufriría en Japón si no llegase a normalizar la sobrestimulación.

Los propios los nativos sufren de este bombardeo constante de luces de neón y anuncios de mascotas. Justo por eso, ante la supremacía de lo frenético hay una fuerza antagónica basada en el silencio y en la naturaleza. Amaia Arrazola indaga dentro de esta dualidad y la analiza con sus maravillosas ilustraciones. Nos habla de las religiones predominantes en Japón y su influencia en estos paréntesis zen que salpican la ciudad. Templos, parques y zonas de desconexión donde la hiperrealidad desacelera para dejar paso a una versión más amable del mismo país.

Frente a otras guías y libros ilustrados que he podido leer, Wabi Sabi funciona como un manual para principiantes maravilloso. Y es que más allá de las vivencias locas de una occidental que viaja al otro lado del mundo, Arrazola nos explica conceptos muy básicos de la cultura japonesa. Ideas y realidades que pueden sonarnos pero cuyo mal uso puede haber diluido la definición más certera. ¿Es lo mismo una meiko, una geisha y una oiran? ¿El ikebana es un arreglo floral puro y duro? ¿Sabría uno diferenciar entre el teatro y el kabuki? ¿Los samuráis pertenecieron al periodo Edo o a la era Meiji? ¿Para qué sirve un daruma? Con la más absoluta sencillez y haciendo gala de un trazo limpio, la artista nos explica todos estos conceptos de una manera directa y asequible. ¿Es el wabi sabi que da título a la obra ese condimento verde hecho a base de rábano picante que acompaña a cualquier degustación de sushi? La autora tiene una respuesta también para esto.

Llegados a este punto quiero hablar del estilo de Arrazola. La autora, nacida en Vitoria, ha llevado a cabo numerosos proyectos artísticos anteriores al título que nos ocupa. Sin embargo, no había tenido la oportunidad de cruzarme con ellos. Siendo este mi primer contacto con su obra, no puedo más que alabar el talento de la artista. Siento recurrir a un cliché manido, pero en este caso es cierto. Consigue que lo difícil parezca fácil. Y eso es algo que sólo consigue gente con mucho talento. En un primer momento el trazo aparentemente infantil te hace bajar la guardia. Te hace gracia y poco más. Pero a medida que avanzan las páginas y las semanas, ves que has cometido un error de apreciación. Aquí hay años de práctica y un estilo definido —que no definitivo—.

Cuando Arrazola se arma de valor y recrea estampas japonesas del siglo XIX con un respeto absoluto por la obra original, uno no puede más que sonreír y correr por la casa para enseñarle las imágenes a cualquier otro. Como si hubiera interiorizado  la idiosincrasia japonesa, los dibujitos monos conviven con ideas mucho más maduras y elaboradas. El resultado final es alentador y te obliga a memorizar bien el nombre de Arrazola para no perderle la pista.

Para cerrar quiero añadir que aquí se nos insta a unirnos a un viaje muy personal. Como ya hicieron en su día Florent Chavouet con Tokyo Sanpo o la más desconocida Kate T. Williamson con A year in Japan. Este libro es una invitación en toda regla a sumarnos a una aventura desde la mirada de la artista. El Japón que encontramos aquí es el de Arrazola y no el de los mapas. Hay una bendita ignorancia y una suerte de subjetividad que consiguen contagiarnos el estupor y las ganas de salir corriendo al aeropuerto más cercano. ¿Destino? Narita.

Si es verdad eso de que Japón es lo más parecido a una realidad alternativa que podemos encontrar hoy día, Wabi Sabi es el complemento perfecto para perderse. Para entender que no existen representaciones extrapolables del país nipón. No es la guía más perfecta que puede uno encontrar, pero ahí radica su belleza. Ahí reside el ansiado wabi-sabi.

 

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Un andar solitario entre la gente, de Antonio Muñoz Molina

Un andar solitario entre la gente

Un andar solitario entre la genteHoy voy con uno de esos libros que me da cierto recelo reseñar, básicamente porque sé que mis palabras nunca podrían llegar a expresar su grandeza, su majestuosidad, la calidad de unas palabras que si se encontrasen con las mías lo máximo que les ofrecerían sería una palmadita en el hombro. Hace un rato pensaba que este libro es algo así como aquellas bolas mágicas de color negro que hace ya varios años se hicieron famosas y todo niño tenía y que ofrecían respuesta a cualquier preguntaba que tú hicieras. Solo tenías que agitarla y ya está, en una pequeña pantalla aparecía la respuesta. Pensaba en eso porque algo así sucede con este libro, que solo tienes que cogerlo, abrirlo, leerlo y esperar a que tus preguntas, incluso algunas que todavía nunca te has hecho, queden respondidas. ¿Para siempre? Eso ya yo no lo sé. Hoy hablo de Un andar solitario entre la gente, del gran Antonio Muñoz Molina.

Primero de todo debo decir que todavía no entiendo por qué este libro se vende como novela. O quizás sí lo entienda pero no quiera hacerlo. Un andar solitario entre la gente, para que nos entendamos, es el resultado de unos meses en la vida de Muñoz Molina en los que este estuvo (y ha estado y está y estará) recogiendo fragmentos de anuncios, de revistas, de propaganda, de conversaciones para uso personal y público, porque han acabado en este libro. Encabezados siempre por un título que es un lema comercial, los textos de este libro van desde la reproducción exacta de, por ejemplo, la noticia de un asesinato múltiple a la confesión más personal e íntima de un Muñoz Molina que mira desde arriba un pozo que lleva tatuado en la roca su nombre. Todo ello hilado por el caminar del propio autor. La caminata como punto de unión, como nudo de ramajes, como epicentro desde el cual nacen todas las historias de una mente brillante que, probablemente, haya pasado por encima de nuestro tiempo.

Leyendo este deambular pesaroso de Muñoz Molina por las calles de lugares como Madrid o Nueva York, me he acordado de tantos otros que leí y que nunca llegarán al nivel (en cantidad) de todos los que él ha leído y que menciona en este libro al estilo, o casi, hiperreferencial de Borges. Me ha recordado a Annie Dillard, recuerdo que me ha llevado a Thoreau. Me ha recordado por supuesto a Vila-Matas, recuerdo que me ha llevado a Walser. Me ha recordado a Cirlot, a Ortega y Gasset, a Umbral e incluso a Nietzsche; todos ellos caminantes sabedores de que los pies en el camino son el encendido de la mecha del pensamiento. Habla Muñoz Molina aquí de la Deambulología como ciencia, como arte y práctica de tantos que han decidido pensar y crear caminando. Caminantes, paseantes, flâneurs. Habla de tantos él…: Poe, de Quincey, Benjamin, Woolf, Beaudelaire, Wilde, Dickinson, Pessoa, Melville, Joyce, Whitman, Dickens, Proust, etc. Ojalá poder habitar por un día o por un rato o por un instante la cabeza de Muñoz Molina.

Es cierto que hay en el libro pasajes, recortes casi de la realidad, que pueden pasar desapercibidos ante otros de tal grandeza como los que dedica a su pareja (¿para qué nombrarla si ya todos sabemos quién es?) o como los que dedica a esa sombra que siempre persigue a quien alguna vez se ha encontrado cara a cara con ella, la sombra del pesar, de la tristeza, del nunca llenarse de algo sin función de llenado que es la vida. Hay momentos de gran asombro, de genialidad total que hace inevitable el subrayado sobre el papel.

Escrito en el final de un verano, Un andar solitario entre la gente es el zapato que siempre encaja para aquel que se haya sentido alguna vez escritor mientras pensaba caminado o mientras caminaba pensando. Es la certeza de que siendo un caminante se puede crear una vida, de que existe la posibilidad de ser tu propia oficina itinerante. Dice Muñoz Molina en alguna parte del libro, a modo de asceta o filósofo cínico que «Mi oficina, vaya donde vaya, es el cuaderno, el lápiz, la pluma, el tintero, el sacapuntas, las tijeras, la barra de pegamento, una carpeta con recortes, tres o cuatro libros, todos ellos livianos». Podemos hablar de recortes, de fragmentos aleatorios, de grabaciones encontradas; o podemos hablar de parches, de remedos, de suturas perfectas. Yo me quedo con lo segundo. Yo decido coger la mano auxiliadora que ofrece el libro. ¿Y tú?

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La vuelta al mundo en 80 cementerios, de Fernando Gómez

la vuelta al mundo

la vuelta al mundoMe gustan los cementerios. Son lugares estupendos en los que perderse paseando. Me gusta caminar por entre las lápidas y hacer fotos a las tumbas antiguas, a las rotas  a las hundidas, o a las que se salen de la tendencia moderna y “normalizada”, de las lineales de ahora hechas en serie. Algunos domingos de otoño he ido a hacer fotos, (que luego subo a mi blog), y también he asistido a visitas guiadas del cementerio de Logroño en donde, caminando bajo la lluvia, se explicaban curiosidades de este, historia de los famosos de la ciudad enterrados en él, antiguas tradiciones… Y hace poco el programa Cuarto Milenio, el de Iker Jiménez, vino a grabar una de las tumbas más llamativas para el reportaje dedicado a un inventor conocido como “El ruso”.

Cuando les digo a mis amigos “mañana voy al cementerio, ¿alguien quiere venir?” Lo que obtengo son miradas de extrañeza.  Supongo que, como la mayoría de personas, ven en los cementerios un lugar al que ir cada uno de noviembre y en las tristes ocasiones en las que toca despedir a un ser querido o acompañar a alguien en la despedida del suyo.

Y sin embargo yo, si voy de vacaciones a algún lugar, una de las visitas obligadas, siempre que haya tiempo y siempre al final de la lista de cosas que ver o hacer, es visitar el cementerio local.

En los cementerios hay arte. Arte funerario, pero arte. Merece la pena perderse en ellos y admirar las esculturas, mausoleos, templetes, y hasta, de vez en cuando, leer los epitafios… Son un conjunto artístico. Hablo de cementerios más bien grandes, no los de, por ejemplo, un pueblo en el que en dos minutos ves las quince lápidas que tengan y que además son todas iguales.

Por eso he querido leer este La vuelta al mundo en 80 cementerios.  Para ver cementerios por los que me gustaría rondar y fotografiar.

En este libro conoceremos anécdotas, curiosidades antiguas, historias de famosos enterrados, cementerios simbólicos  (como el de Las Cruces, en Chile, en donde no hay nadie en sus tumbas ya que es un camposanto dedicado a aquellos fallecidos en el mar cuyos cuerpos no han sido recuperados), historias truculentas (¡vaya con Nicolas Cage!)…

Es muy recomendable tener un ordenador o el móvil a mano mientras se lee este libro, sobre todo cuando en los casos en los que el autor comenta que tal o cual cementerio es de una belleza espectacular o, como el de Skogskyrkogarden, catalogado como Patrimonio de la Humanidad, para poder comprobar y admirar lo que se nos está contando.

Vamos a descubrir bastantes curiosidades a lo largo de todo el libro. De primeras tenemos el cementerio de La Madeleine en Amiens, Francia. En donde lo más destacado es la tumba de Julio Verne, tumba que, si no conocéis, tras la descripción que de ella se hace no os va a quedar otra que echar mano de Internet para verla.

No voy a describir los 80 cementerios, pero vale la pena resaltar que iremos a Highgate; a Cross Bones, al cementerio de los marginados; a Whitby, famoso por estar en él ambientados algunos de los pasajes de Drácula; a las grutas del Vaticano, donde conoceremos sobre el Sínodo del Terror; al cementerio de los Manantiales, que no son sino cuevas repletas de calaveras; a las catacumbas de los Capuchinos, en donde está la que se considera “la más bella momia de mundo”, la de Rosalía, una niña fallecida a los dos años de edad; al muy curioso osario de Sedlec, o lo que es el primer cementerio exclusivo de vampiros; a un cementerio dedicado a animales;  al aún más curioso Cementerio Colgante de Sagada, en Filipinas, en el que multitud de ataúdes cuelgan en las rocas de los acantilados o aprovechando pequeñas cuevas; al de Waverley, en Australia, uno de los diez cementerios más bellos del mundo;  al de los 47 ronin, en Sengakuji; al de San Luis, en Nueva Orleans, en donde descansa el cuerpo de “una de las vampiras más aterradoras del continente americano” y cuya historia recuerda a las primeras páginas de Entrevista con el vampiro; y los siempre extraños cementerios caribeños (el de Colón, en Cuba) y mejicanos (el de Muñecas en Xochimilco).

Por nombrar por encima los más llamativos.

Un recorrido por el mundo en busca de los cementerios más hermosos o con las historias más atrayentes (por cierto, en los de Londres había unas cuantos con vampiros merodeando, y no me refiero al de Whitby), con las tradiciones más chocantes para nuestro modo de entender el concepto de cementerio, con anécdotas, leyendas o simples biografías de personajes célebres narrado todo ello de forma sencilla, como si el autor nos hablara de tú a tú, inoculándonos las ganas de conocer más, siempre más.

Si algún pero puedo poner es el de la escasez de fotos y que estas fueran en blanco y negro. Por lo demás, La vuelta al mundo en 80 cementerios es un libro para todos aquellos a los que los cementerios no les parecen un lugar al que ir una vez al año.

Instructivo, fácil de leer y muy entretenido.

¡Viva el necroturismo!

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De ejecutivo a trotamundos, de Francisco Po Egea

De ejecutivo a trotamundos

De ejecutivo a trotamundosEmpezó a pasarme de pequeño con los libros, descubrí que en ellos habitaba gente que me contaba cosas interesantes. Probablemente, por aburrirme tanto lo que me rodeaba, encontré en ellos diversión, entretenimiento, escape. Fueron pasando los años y me di cuenta de que también en el mundo existía gente “real” (lo pongo entre comillas porque para mí no hay nada más real que lo que me cuenta un libro) la mar de interesante. Empecé viéndolo en profesores, sentía que me daba igual sobre qué me hablase ese profesor o esa profesora en cuestión si era él o ella quien hablaba. Es probable que te preguntes por qué te estoy contando esto. Pues bien, porque Francisco Po Egea es ese libro, es ese profesor.

De ejecutivo a trotamundos narra la historia de Francisco, ejecutivo en lo más alto de esa espiral socioeconómica en la que tienen puestos los ojos nuestros padres y abuelos cuando empezamos a crecer deseando que algún día nuestro nombre la corone. Francisco se da cuenta de que ese no es el traje que le sienta bien, probablemente sí el que le quede bien, pero no el que le sienta bien. El traje que a él le sienta bien lleva por encima capucha y gorro y por debajo botas. Lo deja todo por la montaña. Y aquí viene el hilo del primer párrafo: vale, me gustan las montañas, pero no me considero montañista ni mucho menos me veo coronando un ocho mil. Pero lo que pasa aquí es lo que contaba al principio, que da igual que no tengas el espíritu montañista en tu interior porque Po Egea te lo cuenta de tal manera que te gusta igual, que te engancha igual, que te sienta, de bien, igual.

Francisco, el de la novela (aunque imagino que mucho, o todo, tiene que ver con el escritor), se encuentra de travesía en el Himalaya. Lo ha dejado todo, trabajo, vida y pareja, y se ha dado a la montaña. Allí se topa con el moribundo Jack, casi enterrado en la nieve y sin fuerzas para seguir tras perder a su compañero de viaje. Francisco lo cuidará, mandará a su sherpa a buscar ayuda y esperará con él la vuelta, o no, de su guía. La angustia por saber si llegará la ayuda mientras Francisco nos habla de su relación con Jack se verá mezclada por las digresiones de un Francisco sacudido por la altura, el frío, el hambre y la sed. Historias de amor, de juventud, de alocada pasión, de locuras en vida, de lujo, de adiós; historias que, como un río que no se ve, pasan por debajo de la tragedia que está sacudiendo a dos hombres en el Himalaya.

Es probable que sientas en ciertos momentos (ojalá que en muchos) que eres tú quien lleva el traje, que eres tú quien conduce el deportivo, quien agarra de la mano a su amada, quien siente el amor desdoblándose, brillando, rompiéndose. Es probable también que sientas que eres tú quien tiene los pies rozando la hipotermia, que eres tú quien no tiene qué comer en lo alto de una montaña, que eres tú quien abraza a un desconocido para no morir de frío. Es probable que sientas todo eso porque yo lo he sentido y es probable que lo hagas porque entre lo que narra Francisco y lo que recibes tú hay un hilo que nunca he visto pero que siempre me ha tenido atado al libro. Y de verdad creo que no soy el único que lo ha sentido ni lo va a sentir. Francisco es una moneda con dos caras que quiere acabar en tu bolsillo.

De ejecutivo a trotamundos es una nueva versión de la historia de aquel adinerado que lo deja todo por buscarse a sí mismo, por conocer sus límites en un ambiente hostil, por saber hasta dónde es capaz de llegar; una mezcla entre novela de autoayuda, novela de montaña y novela romántica desde la perspectiva de un Francisco que ofrece una panorámica de su vida desde el después. Y tú te preguntarás: ¿qué hay después? Y yo te diré: compra el libro para saberlo.

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Islas des-conocidas, de Malachy Tallack

Islas des-conocidas

Islas des-conocidasSi alguna vez has oído hablar de la Atlántida o de Tule y has conectado tu parabólica mental a esa conversación, si fuiste de aquellos que hicieron clic en la noticia viral de hace unos años donde se hablaba de la isla inexistente del Pacífico que sí salía en los mapas de Google, si eres curioso por naturaleza, si te gustan las islas o lo desconocido o el rumor o el mito o la historia creo que te gustará este libro, que además viene cargado de ilustraciones de Katie Scott y huele de maravilla.

Islas des-conocidas es uno de los nuevos títulos que trae geoPlaneta al mercado de un tipo de libro ilustrado que tanto sirve para regalo de Navidad para quien sabes que tiene la mecha de la curiosidad encendida como para disfrutarlo a solas después de una autocompra. Malachy Tallack nos habla aquí de 24 islas ensombrecidas por el mito, el misterio y el fraude. Divididas en cinco secciones – islas de vida y muerte, los pioneros, la era de la exploración, islas sumergidas e islas fraudulentas – este Islas des-conocidas es la muestra de cómo la imaginación (o el simple desconocimiento) puede llegar a influir en la geografía. Mientras pasamos las páginas descubrimos islas que han sido inventadas por varios motivos – desde el económico hasta el religioso pasando por el ansia de fama -, islas que quizás sí existieron, islas que se confundieron con otras, islas que fueron el origen de todo, islas que todavía hoy se cree que pueden existir, islas en las que se depositaba todo aquello que parecía lejano y misterioso, etc. En definitiva: islas.

No sé qué tienen las islas pero siempre han llamado la atención del aventurero, del explorador, del curioso con algo de dinero o picardía como para conseguir darse a la mar por un tiempo. Siempre he desconfiado de los descubridores y mucho más de los colonizadores, de los primeros porque creo que siempre hay alguien antes que tú y de los segundos porque creo que lo virgen siempre es mejor. Dudo de ellos como dudo de tantas cosas. Y una de las cosas que aporta este libro es la duda: la duda que tuvieron otros al ver un trozo de tierra que no estaba en sus mapas, la duda de quien cree ver por delante de su barco lo que hace un tiempo le contó una novela, la duda de quien quiere ser famoso y tiene enfrente la posibilidad de serlo.

Islas des-conocidas ha sido catalogado por The Guardian y The Telegraph como uno de los mejores libros de viaje del 2016 y tengo que reconocer que es una noticia que me alegra y me encanta. Y me pasa esto porque creo que no hay mejor viaje que hacia lo desconocido, hacia lo misterioso; o mejor aún, hacia la nada. Si de verdad quieres leer sobre aquello que pudo ser algo y no fue pero que solo por la posibilidad de ser ya ha sido, echa un ojo a este libro. Creo que nos encantan las islas porque no somos más que una de ellas.

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El coloso de Nueva York, de Colson Whitehead

El coloso de Nueva York

El coloso de Nueva YorkNueva York, la Gran Manzana, la ciudad que nunca duerme, la capital del mundo… podremos llamarla de mil maneras, pero lo que está claro es que todos tenemos una imagen clara de Nueva York cuando nos la nombran. Y es que la ciudad de los rascacielos se ha convertido en un referente cultural, político y social tan relevante en el último siglo que incluso los que, como yo, no hemos tenido la suerte de pasear por sus calles, creemos saber tanto o más sobre ella que un neoyorquino de cuna.

Entre mis futuros viajes siempre está presente conocer Nueva York. Sin embargo, año a año termino postergándolo por otros destinos cuya visita me parece más irrealizable en el futuro. Y mientras mantengo la idea de que Nueva York estará siempre ahí esperándome, yo no pierdo ocasión alguna de leer cualquier libro que esté ambientado o tenga como gran protagonista a esta ciudad. Es por eso que un libro como El coloso de Nueva York estaba destinado a quedarse en mi pequeña biblioteca. Además, se añaden las ganas que tenía de conocer a su autor, Colson Whitehead, cuyo desembarco en España viene de la mano de su última novela, El ferrocarril subterráneo, galardonado con el Pulitzer y el National Book Award. Pero centrémonos mejor en Nueva York…

“No escuches nunca lo que la gente te cuente de Nueva York, porque si no lo presencias, no forma parte de tu Nueva York y lo mismo daría que fuera Jersey.”

Este es uno de los primeros consejos que da el autor a todo aquel que lee su libro. Una frase así, de primeras, puede llegar a descolocar mucho. Sin embargo, da una idea de lo que podemos encontrarnos en los capítulos sucesivos. Porque de lo que uno se da cuenta al leer El coloso de Nueva York es que estamos ante un libro distinto, una guía de viajes poco convencional. Colson divide el libro en trece pequeños relatos, trece visiones diferentes que forman un mensaje uniforme sobre esta ciudad multicultural. No estamos ante el relato de un viajero fascinado por el frenesí de Manhattan; estamos más bien ante la visión personal y reflexiva de un neoyorquino puro, que conoce esa ciudad turística pero también la ciudad en la que se trabaja, se vive y se sufre los 365 días del año.

Colson Whitehead tiene un estilo muy personal. Su prosa está compuesta de frases cortas y contundentes, llenas de fuerza. Con él conocemos los barrios de la ciudad, las costumbres y el modo de pensar de muchos vecinos suyos. No veremos consejos para el turista, tampoco largas conversaciones con comerciantes o compañeros de asiento en el metro. Pero, aun así, el libro está lleno de emociones, de sensaciones. Y de todo ello se desprende una sensación dividida. Se nota que el autor ama Nueva York, aunque en muchos de sus pensamientos se desliza algo de odio por el ritmo de vida de la misma. Pero eso no es negativo. ¿Acaso nosotros no odiamos y amamos a partes iguales a nuestras ciudades?

“Esta ciudad es una recompensa por todo lo que te permitirá alcanzar y un castigo por todos los crímenes que te forzará a cometer.”

Esta frase resume a la perfección esta dualidad tan presente en todos los capítulos. El retrato que Colson Whitehead hace de Nueva York es el de una ciudad eterna, frenética y siempre animada. Es un tren de mercancías que no para y que te arrolla si te quedas despistado. Esto puede ser una cualidad negativa, pero para otros ahí reside el encanto que hace a esta una ciudad única. Y mientras sigo esperando mi futuro viaje a esta gran ciudad, libros como El coloso de Nueva York me ayudan a formarme una idea mucho más global de lo que allí me espera.

César Malagón @malagonc

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