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Videorreseña: El Perfume, de Patrick Süskind

A veces me da la sensación de que no hay quién me entienda. Tengo un montón de libros nuevos que podría videorreseñar y en cambio saco del baúl de los recuerdos El perfumedel alemán Patrick Süskind. Y es que, no sé por qué, me apetecía a mí hablaros de mi experiencia con este libro.

Si bien es cierto que lo intenté leer en su día, cuando tenía unos quince años, tuve que dejarlo por imposible (aunque fuera temporalmente) porque me abrumó demasiado. Las descripciones tan exhaustivas que hace el autor y la crudeza de todo lo que narra fueron demasiado para mí. Así que lo dejé, pero jamás lo borré de mi lista de pendientes. Así que cuando fundamos el club de lectura entre dos amigos y yo, decidí que era el momento de retomar su lectura y recomendársela también a ellos. El resultado no me lo esperaba en absoluto: a los tres nos gustó muchísimo y coincidimos en que las descripciones de los olores (que es realmente lo que merece la pena de este libro) eran sublimes, lo que convertía al libro en una obra imprescindible.

Así que sí, a las cosas hay que darles una segunda oportunidad, porque así puede suceder lo que a mí me ocurrió: descubrir que has cambiado tanto que, algo que llegaste a aborrecer, ahora te apasiona.

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El vestido azul, de Michèle Desbordes

El vestido azul

El vestido azul es una extraña novela y lo es no porque explore vidas de personajes reales o porque se sumerja en la mente de alguien a quien las convenciones sociales tuvieron por loca, tampoco porque describa las dificultades de mantener equilibrio al andar sobre la línea roja que separa el arte de la locura, lo es por su mirada, por su capacidad para ver sin juzgar, para describir con una suerte de frialdad cálida que llega al lector allá donde las moralinas, los efectismos y las apelaciones primarias habituales no llegan.
Me encanta algo que dice el texto de contraportada que resume a la perfección lo que es este libro: “nos cuenta la tragedia «tranquila» de habitar los límites de uno mismo”. Tragedia que sin duda lo es, tranquila solo cuando uno se derrota o le derrotan. Es el caso de la anciana protagonista, la escultora Camille Claudel, quien a su innegable talento artístico suma la relación tempestuosa que le unió al escultor Rodin, cuyo desborde sentimental acabó dando con ella en el manicomio por muchos años. Su extravagancia y la voluntad de su familia, que tal vez habría tolerado mejor su condición de “mujer con gatos” si no se hubiesen unido a ella su notoriedad artística, su carácter indómito y su tendencia al escándalo. Mi sensación es que en aquella época la diferencia entre la genialidad y el manicomio no era otra que el género. Si Camille Claudel hubiera sido hombre habría pasado a la posteridad como un genio extravagante, en lugar de vivir décadas en el manicomio en el que, finalmente, murió olvidada.
El vestido azul no sólo repasa su vida, también pasea con Camille por los senderos del manicomio, nos muestra cómo coge una silla y sale con ella a esperar a su hermano, las muy escasas visitas de su hermano al que le une una relación tan contradictoria como intensa. Nos acompaña en su esplendor, en su amor, en su reclusión, en su rendición. La imagen de esa anciana con un vestido raído, sentada es una silla mirando a la entrada y esperando tiene una gran potencia literaria, y la forma de afrontarla de la autora, sin efectismos (y mira que los tenía a mano) intensifica sin duda las emociones del lector. Toda una lección de literatura.

Cuando él llegaba la encontraba allí, medio adormilada de tanto esperar, con aquellas ropas tan holgadas y la cabeza hundida sobre el pecho; entonces la miraba, permanecía de pie delante de ella un momento, contemplando aquel rostro demacrado y fatigado, aquellos párpados pesados y tan transparentes que podían verse las venitas, el pulso sanguíneo a flor de piel; ella, Camille, con su viejo vestido, su viejo abrigo y aquellas zapatillas de fieltro verde que no se quitaba nunca; y cuando abría los ojos, él estaba delante de ella, hablando en voz baja y diciendo que había llegado, que el camino había sido largo y que había tardado más de lo que habría querido; ella se sobresaltaba, recomponía su peinado o la tela arrugada sobre las rodillas, luego le tiraba de un brazo para que se sentara un momento en la otra silla, se quedaban allí un rato y después marchaban por los senderos, cada vez menos lejos, cada vez menos tiempo, decían que ahora se cansaban más, y al volver al pabellón, bebían en aquella pequeña habitación el té que él había traído de China, o el que le había regalado Jessie Lipscomb cuando estuvo allí de visita, miraban las fotografías; uno al lado del otro, en aquella cama pequeña, la tela de la colcha sobre la que ella colocaba las fotografías que arrancaba de la pared, quitándoles las chinchetas que las fijaban y, tomando una foto detrás de otra, se inclinaban sobre el papel aun brillante cuyos negros y grises se degradaban hasta convertirse en ese pálido color sepia en el que los rostros, las miradas parecían querer desvanecerse y recuperar su misterio, su insondable lejanía, y levantándose a veces para acercarse a la ventana y poder ver mejor, recordaban el día y el año y a aquellos que estaban allí son ellos; ella decía que no olvidaba, que no hacía otra cosa que recordar, y él respondía con aquella voz siempre fuerte y ruda, a pesar de la dulzura. De la ternura que intentaba emplear en aquellos días.

Camille anota las visitas de su hermano, un registro con tantas ausencias que debía ser el cuaderno más triste del mundo, pero ella siente la necesidad de anotarlo todo. Probablemente fuera su asidero, su clavo ardiendo. Aunque demostrase la infrecuencia de las visitas, también ponía negro sobre blanco que eran reales. Ella escribía y esperaba, y nosotros podemos, como dice Patrick Kéchichian en Le Monde “escuchar admirablemente la vibración de un tiempo detenido”. Eso es lo que tuvo que vivir Camille, un tiempo detenido en sus ausencias, en su derrota.
El vestido azul es la crónica tranquila de una vida intensa y libre, mientras fue vida, y de un triste compás de espera mientras fue ausencia y reclusión. Y es verdaderamente notable que Michèle Desbordes haya encontrado suficiente belleza en ambas como para construir esta delicada, elegante y muy recomendable novela.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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La historia oculta. Integral 5, de Jean-Pierre Pécau

la historia oculta 5

la historia oculta 5Hoy vengo a hablaros de La historia oculta. Integral 5, de Jean-Pierre Pécau, lo que quiere decir que ya he leído los cuatro integrales anteriores. Como muchos no habréis leído las reseñas que les dediqué y los que sí lo hayáis hecho seguramente no os acordéis (han pasado seis meses desde la última entrega), veo oportuno dar un repaso rápido a lo que hasta ahora ha dado de sí esta ucronía con toques de fantasía, humor y acción (mucha acción), para que os convenzáis de que pocas historias ofrecen una trama tan ambiciosa y bien hilada como esta.

En La historia oculta. Integral 1 nos remontábamos al último periodo del Neolítico, cuando los cuatro hermanos protagonistas eran todavía niños y adquirían su poder e inmortalidad a través de cuatro marfiles: oros, bastos, espadas y copas. Ese primer volumen relataba los acontecimientos que tenían lugar entre los años 1350 antes de nuestra era y 1527, cuando los hermanos dirigían los designios del mundo levantando y destruyendo civilizaciones a su antojo. La historia oculta. Integral 2 se desarrollaba entre 1588 y 1919, un periodo en el que los cuatro arcontes perdían paulatinamente su poder a medida que se hacían réplicas de sus barajas y se iban sumando seres humanos a esta partida por el dominio del mundo. La historia oculta. Integral 3 se centraba en la Segunda Guerra Mundial, donde los arcontes aparecían por primera vez como los únicos capaces de poner un poco de orden en una humanidad abocada al caos y la destrucción. Finalmente, en La historia oculta. Integral 4 se narraban los últimos episodios del conflicto bélico mundial y, a punto de llegar a los años cincuenta del pasado siglo, la acción principal se trasladaba a la guerra árabe-israelí, otro polvorín en el que los arcontes tenían un papel decisivo.

Así llegamos a La historia oculta. Integral 5, donde el cada vez más complejo guion de Jean-Pierre Pécau está ilustrado con sumo detalle por Igor Kordey. Compuesto por «Operación Kadesh», «El fin de Camelot», «La era de acuario» y «La puerta del agua», este integral arranca en el desierto de Egipto en 1942 y concluye en los primeros envites de los años setenta.

Como siempre, para crear su versión alternativa de las razones que han motivado los grandes cambios de la historia mundial, Pécau juega con esas historias y personajes reales que han dado pie a infinitas teorías conspiratorias. En esta entrega desfilan personajes por todos conocidos: la familia Kennedy, Nixon, John Edgar Hoover, Howard Hughes o Martin Luther King, e incluso el hijo del actor Errol Flynn y Borges y su ficticia (o no) ciudad de Kor. El FBI, el Mossad, la Unión Soviética y la mafia tienen especial protagonismo. Además, asistimos a momentos históricos relevantes a los que no se les han dedicado demasiadas páginas en la literatura: la Revolución húngara, en 1956, y la invasión de Checoslovaquia, en 1968. Y como no todo va a ser sangre, también se recrea el Verano del Amor, el festival hippie de 1967. Puede que La historia oculta sea ficción, pero sus raíces históricas son de tal envergadura que es también una forma muy original de repasar los grandes conflictos que se han ido sucediendo en nuestro mundo.

A esta novela gráfica aún le quedan muchos capítulos. Algo me dice que llegará hasta diciembre de 2012, la famosa fecha del calendario maya. Tendré que esperar para saber si, en la ucronía creada por Pécau, ese día supondrá el fin del mundo o el punto de inflexión hacia una nueva era.  De lo que estoy segura es que este reverso de la historia me sorprenderá hasta la última página.

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Meditar en 3 minutos, de Christophe André

Meditar en 3 minutos

Meditar en 3 minutosEsto no es una reseña, es más bien un experimento. Siempre he sido muy escéptico en lo relativo a la meditación, ya que soy un tipo muy terrenal y me cuesta creer en todo aquello que no puedo controlar completamente. Pero después de haber escuchado en varias ocasiones a amigos y conocidos hablar sobre las virtudes de esta práctica, me decidí a intentarlo; por otro lado, también soy de los que piensa que criticar algo sin conocerlo es de auténticos cuñados. Y así llegó a mis manos Meditar en 3 minutos, un libro que me atrajo precisamente por su propuesta de dedicar un tiempo tan escaso al día para adentrarse en el mindfulness o meditación de plena consciencia.

Los cuarenta ejercicios que contiene este libro parten desde lo más sencillo, al menos en apariencia. Así, lo primero a lo que se nos invita es a intentar concentrarnos completamente en la respiración y a tratar de no pensar en ninguna otra cosa. Suena fácil, pero intentadlo. Estoy seguro de que, salvo que tengáis algo de experiencia, al poco rato de cerrar los ojos os empezarán a venir pensamientos tan transcendentales como el título del documento que tienes que entregar mañana a primera hora o si deberían hacer una nueva categoría de bebida para referirse a la Cruzcampo. Por suerte, la concentración es algo en lo que se va mejorando poco a poco, ya que la mayor parte de las prácticas recomendadas por el autor, Christophe André, comienzan a partir de esta práctica: fijar nuestra atención en la respiración para, poco a poco, ir tomando consciencia de lo que estamos haciendo.

Con esta lectura he eliminado muchos de los prejuicios que tenía en torno al mundo del mindfulness; el principal y el que más me tiraba para atrás es el relativo a todo el protocolo/postureo que creía inherente a esta práctica. Bien es cierto que el autor recomienda mantener una postura concreta para realizar muchos de los ejercicios, pero su fin último (al menos, eso es lo que he acabado deduciendo) es que incorporemos esta práctica a nuestro día a día: a la hora de comer, en una quedada con amigos, antes de tomar una decisión complicada en el trabajo… Y es cierto que ese esfuerzo en concentrarse, en dejar a un lado lo que nos pide el cuerpo en favor de conseguir una respuesta más reflexionada y trabajada, es costoso, pero, en frío, cualquiera sabe lo ventajosa que puede llegar a ser esta forma de encarar los problemas.

Unido a ello, otros aspectos que me ha gustado especialmente han sido los valores que el autor trata de inculcar como parte del aprendizaje. Así, se nos anima a recuperar el contacto con la naturaleza, a prestar más atención a las personas que nos rodean y menos a los aparatos electrónicos, a centrarnos en los buenos pensamientos, a prestar más importancia al momento presente… En este sentido, esta lectura tiene bastante de autoayuda, pero de la de verdad: en lugar de basarse en mensajes vacíos se nos invita a probar a cambiar nuestra actitud en situaciones habituales y a ver si el resultado nos convence. Y con pasos tan pequeños como dejar el móvil a una distancia prudencial cuando vas a comer acompañado, uno percibe claramente cómo mejora el ambiente.

No sé cuánto tiempo continuaré dedicando una pequeña parte de mi tiempo a practicar ejercicios de meditación, ya que la constancia no ha sido nunca una de mis virtudes. De lo que sí que estoy seguro es que gracias a esta lectura he descubierto una práctica útil, relajante y que anima a prestar la mayor atención posible a lo que pasa delante de nuestros ojos. Algo tan lógico como difícil de cumplir. Y si no me creéis, haced la prueba.

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Gente corriente, de Vincent Zabus y Thomas Campi

Gente corriente

Gente corrienteDel mismo modo que, según dicen, el sentido común es el menos común de los sentidos, podemos decir que la gente corriente es la más extraordinaria que existe. Coged una revista y leed sobre la vida y milagros del futbolista estrella del momento, escuchad al actor de moda contar su vida, descubrid cómo le gusta pasar el tiempo libre a esa cantante revelación. Rascad un poco esa superficie de glamour y famoseo y veréis que sus vidas no son tan diferentes de las del resto de los mortales. Rascad un poquito más y os convenceréis de que, en realidad, sí son diferentes: son infinitamente más anodinas que la de cualquier hijo de vecino. Y hablando de hijos de vecinos, hoy os traigo unos personajes tan interesantes como el señor del cuarto segunda. O más.

En una calle adoquinada de edificios de tres plantas, que desemboca en una plazoleta con una pequeña iglesia, en un barrio de París, viven, cual obra de Pirandello, seis personajes en busca de un sentido a su vida. Uno de ellos, Paul, se regodea en su amargura, que recientemente se ha visto acentuada por la llegada a su oficina de un hombre que sonríe. Paul, que anhela una vida banal y plana, no tolera que alguien que tiene el mismo trabajo que él pueda lucir esa sonrisa. Se ve obligado a tomar medidas.

En otra casa vive Lucie, una anciana que trabaja limpiando casas y dedica su tiempo libre a construir maquetas de ferias. Lucie es, además, una mujer invisible. Nadie se da cuenta de si viene o se va, si está aquí o se ha ido, porque Lucie no significa nada para nadie. Ni siquiera sus cuarenta años de trabajo constan en sitio alguno, por lo que le deniegan un aumento de la pensión en una escueta carta de la administración, cuando ella esperaba una felicitación de su hijo por su cumpleaños. También se ve obligada a tomar medidas.

El papá de Louis es otro de los personajes corrientes que deambulan tristones por esta calle de adoquines. Perdió a su mujer y no ha superado nunca su muerte. Ni siquiera la presencia de su hijo da sentido a su vida, y levantarse cada mañana es una mera función biológica. Es más fácil seguir vivo, contestando con un simple “bueno” a todo lo que le dice su hijo, que languidecer en la cama hasta el fin de sus días.

El señor Armand ha convertido la ventana de su casa en el mostrador de su biblioteca. Desde allí observa los ires y venires de los vecinos, aunque los ojos siempre se le van tras Irina, una bella y enigmática señora de largos cabellos grises.

En las veinticuatro horas que transcurren de la primera a la última viñeta, estos seis personajes van a vivir un día tan corriente como sus vidas, o lo que es lo mismo, van a sucederles cosas extraordinarias. Con las cálidas ilustraciones y los exquisitos rostros que da Thomas Campi a los personajes, y con el excelente guión de Vincent Zabus, que consigue entrelazar con maestría, sencillez y sin costuras estas seis historias, Gente corriente nos cuenta una hermosa y emotiva historia de nuestro tiempo. En esta sociedad en la que tanta gente se limita a dejarse llevar, arrastrando los pies y mirando al suelo, Gente corriente quizá no cambie nuestras vidas, pero sí nos demuestra que ese cambio está a nuestro alcance.

 

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El mundo perdido, de Christophe Bec, Fabrizio Faina y Mauro Salvatori

A veces nos sentimos nostálgicos y nos da por añorar nuestra infancia, nuestros primeros paseos con la novia, o aquellos tiempos en que, sin internet ni móviles, todo era mucho más fácil, o así nos parecía. Sin embargo, existe otro tipo de nostalgia, la nostalgia que nos llena de añoranza por un tiempo no vivido. Conozco lectores que cada mañana remueven el café entre recuerdos del Imperio austrohúngaro. Hay políticos de 40 años que se emocionan hablando de su revolucionaria presencia en el París de mayo del 68. Y hay millones de personas, sin distinción de edad, que rememoran entre suspiros aquellas caminatas entre helechos gigantes, contemplando el vuelo en zigzag de libélulas de tres palmos, y con la emocionante sensación en el cuerpo de que en cualquier momento, tras el repecho de una colina, nos podíamos encontrar con una manada de entrañables triceratops.

Desde que se descubrió que el mundo era un pelín más viejo de los que nos dice la Biblia, y desde que a mediados del XIX a algunos exploradores les diera por encontrarse fósiles de huesos descomunales a mansalva, el mundo de los dinosaurios no ha dejado de fascinar al hombre. Esa fascinación dio lugar en 1864 al clásico de Verne Viaje al centro de la tierra y, medio siglo más tarde, a El mundo perdido, otra maravillosa obra de Conan Doyle que, para bien o para mal, ha quedado eclipsada por las versiones cinematográficas de Spielberg y las que siguieron. Sin embargo, el original, cuya adaptación a novela gráfica nos trae ahora Yermo Ediciones, tiene aquel sabor de la genuina aventura del que, en mi humilde, carecen tanto Parque Jurásico como sus secuelas.

En esta excelente adaptación, con guión de Christophe Bec e ilustraciones de Fabrizio Faina y Mauro Salvatori, tenemos todo lo que se le puede pedir a un libro de aventuras. El profesor Challenger, explorador intrépido y algo bravucón, acaba de regresar de un viaje a un remoto lugar de Sudamérica, donde, en medio de una tribu de caníbales, se ha encontrado con un misterioso personaje que ha sido herido mortalmente por una criatura de dientes gigantescos. Antes de expirar, este personaje le transmite un enigmático mensaje que deja a Challenger rumiando durante todo el viaje de vuelta a Inglaterra. Allí, haciendo honor a su apellido, Challenger desafía al profesor Summerlee en mitad de una conferencia. Summerlee, un respetado científico chapado a la antigua e incapaz de aceptar la posibilidad de que las cosas no sean como él ha leído, se ve obligado a aceptar el desafío de Challenger. Así, en compañía de a Lord Roxton, cazador y mujeriego, y Ned Malone, el romántico reportero que nos narra la historia, nuestros héroes se embarcan rumbo a la aventura.

Y qué aventura. Antes de que empiece la fiesta de verdad tenemos el viaje de rigor al corazón de la selva, que siempre es un viaje a nuestros orígenes y a la esencia del ser humano. Tras salvar insalvables saltos de agua, cocodrilos y serpientes calibre ferrocarril y desfiladeros de paredes que caen al Hades, nos llegamos a la impresionante mole de una inaccesible meseta que nos recuerda mucho a un tepui venezolano. Y a partir de ese momento, olvidaos de lo que os hayan contado las películas.

Este El mundo perdido nos devuelve a aquellos tiempos no tan lejanos en que la aventura de verdad no necesitaba efectos especiales de séptima generación, sino palabras, ilustraciones y talento. A disfrutar.

 

 

 

 

 

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Metafísica de los tubos, de Amélie Nothomb

Metafísica de los tubos

Metafísica de los tubosEl primer libro que leí de Amélie Nothomb fue Cosmética del enemigo. Lo encontré por casualidad en la casa de un amigo al que había ido a visitar. Yo por aquel entonces, con los dieciocho años recién cumplidos, tenía una lista de libros leídos que se nutría básicamente de novelas negras, fantasía y más novelas negras. Tenía una amiga que siempre me decía que debía variar mis gustos literarios, descubrir cosas nuevas, pero yo no encontraba ni el momento ni el libro que me llevara a esas cosas nuevas que me estaban esperando. Pero unos meses después de esa charla en la que, básicamente, me dijo que era una “conformista literaria”, llegó a mis manos Cosmética del enemigo. Lo empecé con un poco de reticencia y no sabiendo muy bien qué iba a encontrar. Así que, antes de seguir, me metí en Internet para ver qué decía la gente sobre él. Leí una y otra vez estas dos palabras: “obra maestra”. Por lo que me entró un miedo horrible: no sabía si iba a ser capaz de apreciar todo lo que Nothomb me iba a ofrecer en ese corto libro.

Pero, amigos, os diré que por supuesto que fui capaz. Las hojas iban pasando a un ritmo lento mientras mi mente daba vueltas y vueltas, riéndose en más de una ocasión ante el lenguaje irónico de la escritora belga. Esa ironía, ese frivolizar con las cosas más sagradas, fue lo que me enganchó. Sin duda, esa novela no se parecía a nada de lo que hubiera leído anteriormente. Me abrió los ojos a un nuevo género literario del que después he sido muy asidua. Y más que llevarme a un nuevo género, me llevó a un nuevo modo de ver la lectura, a una nueva forma de exigirle a la literatura. Eso es, me llevó a exigir. Así descubrí a Bukowski y después a Palahniuk. Y no sabéis lo agradecida que estoy por haber abierto los ojos.

Así que después de ese primer libro, vino Ordeno y mando, que también me gustó muchísimo pero no tanto como el primero. Y por último, Metafísica de los tubos, novela de la que vengo a hablar hoy.

Mi sensación al abrir el libro y comenzar a leer las primeras páginas es de absoluta sorpresa. Vale, Amélie Nothomb ya era conocida para mí, así que me lo tendría que haber esperado. Pero la verdad es que eso de que compare a Dios con un tubo que todo lo engulle y todo lo caga como si no hubiera nada en su interior que procesara ese alimento, me dejó atónita. Eso me hizo seguir y seguir leyendo. Y cuando lo terminé, unas tres horas después de haberlo empezado, mi cara seguía siendo esa de “¿pero qué narices acabo de leer?”.

Y no me malinterpretéis, porque esa cara, esa de incredulidad, de no saber qué está pasando, es la mejor cara que se te puede quedar después de leer un libro. Porque eso significa que la historia ha puesto patas arriba tu mente, que te ha hecho pensar, dudar, reflexionar… que ha conseguido lo que se proponía.

Pero no os penséis que la historia se queda ahí con esa metáfora de Dios y el tubo, no. Os diré que esta novela está protagonizada por una niña pequeña. Cuando nace, los médicos anuncian a sus padres la mala noticia de que la niña se va a quedar vegetal para siempre. Pero el caso es que aquel bebé no es ningún vegetal; es Dios, ni más ni menos. Así que Dios, que ahora es esa niña que está en la cuna sin moverse, es el que cuenta la historia en primera persona, narrando cómo es la vida en un Japón al que sus padres, belgas, han tenido que emigrar. Y Dios es irónico, listo, perspicaz y muy maduro. Así que resulta raro escuchar hablar a un bebé de apenas un año en un tono que bien podría utilizar un adulto de cincuenta.

Metafísica de los tubos es un libro imprescindible. No puedo decir que me haya gustado más que el primero que leí de esta autora, pero la verdad es que es el culpable de que quiera seguir leyendo más obras suyas. Porque ahora me da miedo perderme todo lo que me puede llegar a ofrecer. Con ella me transporto, es como si Amélie jugara con mi mente a sus anchas y yo la dejara hacer. Y al final es lo que busco cuando leo sus libros: que haga conmigo lo que le dé la gana.

No soy muy de copiar citas, pero en este caso creo injusto no terminar esta reseña sin hacer referencia a un párrafo que me puso los pelos de punta, ya que me hizo reflexionar de una manera increíble. Y es este:

La mirada es una elección. El que mira decide fijarse en algo en concreto y, por consiguiente, a la fuerza elige excluir su atención del resto de su campo visual. Esa es la razón por la cual la mirada, que constituye la esencia de la vida, es, en primera instancia, un rechazo”.

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Yo os salvaré a todos, de Émilie Frèche

Yo os salvaré a todos

Yo os salvaré a todosCuando pedí este libro tenía una idea bastante clara de lo que me iba a encontrar, que es básicamente lo que he encontrado: el proceso de radicalización de una adolescente francesa que acaba viajando a Siria para hacer la hégira, y sin embargo ver cómo se va desarrollando ante mis ojos, pródigos como son en empatía a base de abonarla con muchas lecturas, ha sido extraordinariamente impactante. Yo os salvaré a todos está narrado con tanta fuerza como sensibilidad y es un relato extraordinario que logra despertar innumerables emociones diferentes gracias a la honestidad y al talento de Émilie Frèche, la autora, que despliega diferentes registros en cada una de las partes de que consta la obra de forma que el lector acaba haciéndose una idea amplia y diría que rigurosa del problema que es el alma de la novela.
Cuando hablo de las diferentes partes entrelazadas de Yo os salvaré a todos me refiero a que se trata de tres diarios diferentes, de la adolescente, de su madre y de su padre. No sólo son registros distintos, también los tiempos son dispares, pero la combinación de todos ellos funciona extraordinariamente bien. Y era arriesgado, narrar no sólo la metamorfosis de la hija de Éléa a Um Sumeya sino los sentimientos de los padres desde la sorpresa inicial a su reacción cuando van conociendo la verdad abre la puerta a ciertos trucos literariamente primarios, al sensacionalismo, pero la autora se adentra en ese terreno de por sí pantanoso con gran conocimiento de la actualidad, una tremenda honestidad y una contundencia elegante que son dignos de todo elogio y que impiden a esos trucos cruzar la puerta.
Los métodos que utilizan los reclutadores son todo lo contrario, sibilinos, mezquinos, francamente abyectos, pero inteligentes porque no están dirigidos a adultos, sino a adolescentes con un criterio en formación y cierta fragilidad inherente a su tránsito a la vida adulta. Ver cómo se aprovechan de esa condición y de los buenos sentimientos de esos chavales resulta doloroso. Uno puede sorprenderse de que puedan llegar a creerse teorías de la conspiración como la de que las estelas de los aviones son en realidad fumigaciones masivas de drogas con las que mantener atontada a la población, pero es lo de menos, lo importante es que funcionan en un número elevado de casos y Yo os salvaré a todos es una extraordinaria advertencia contra ellos.
Resulta especialmente miserable que se utilicen asociaciones humanitarias para captar a personas guiadas por una loable voluntad de ayudar, como que se utilicen los sentimientos, el amor, para convencerlas de que arruinen su vida y la de muchos otros. La obra es en ese sentido tan realista y esclarecedora que sólo por eso debiera ser leída.
Los diarios de los padres son diferentes, tanto entre sí como del de Éléa. Las formas de asumir algo así seguramente sean tantas como personas haya que las padezcan, pero me ha gustado especialmente el retrato que hace Émilie Frèche de estos padres porque tal vez representen dos polos opuestos, pero ambos humanizan tanto el texto que resulta difícil no creerlos reales.
Finalmente quisiera destacar la brillantez con la que la autora integra sucesos y personajes reales en su historia, sin duda ayudan a convertirla en lo que es, el reflejo de algo importante en nuestras vidas, una obra con una dimensión que va mucho más allá de la literaria.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Cuando sale la reclusa, de Fred Vargas

Cuando sale la reclusa

Cuando sale la reclusaTodos tenemos nuestras debilidades literarias, y la mía, en cuanto a novela negra, es Fred Vargas. Por eso esperaba como agua de mayo la nueva aventura de su personaje más carismático, el inigualable comisario Jean-Baptiste Adamsberg. Cuando sale la reclusa, su última historia, es la novena de la serie protagonizada por este policía de París, la decimosegunda si contamos también dos novelas gráficas y una colección de relatos (Fluye el Sena), también protagonizados por él. Como lector indisciplinado y caótico que soy, he ido leyendo gran parte de su bibliografía de modo salteado. Pese a empezar por el primer libro (El hombre de los círculos azules), luego he ido alternando, y sobre todo disfrutando, sus historias de un modo salteado, siendo para mí Un lugar incierto la mejor novela de la saga, hasta el momento.

Para sus seguidores, primero hay que situar un poco la acción. Esta nueva historia de Fred Vargas empieza con Adamsberg en la pequeña y fría isla islandesa de Grímsey, lugar donde se desarrollaba parte de la última novela, Tiempos de Hielo. El lugar parece venirle como anillo al dedo a Adamsberg, cuyas rarezas encajan a la perfección con un sitio tan gélido y apartado. Pero esa calma se interrumpe y el comisario debe volver a dirigir su unidad. Pese a no ser de su incumbencia, Jean-Baptiste empieza a interesarse por un caso que no parece tal; dos ancianos del sur del país mueren víctimas de la picadura de la araña reclusa (Loxosceles refunscens). Todo hace indicar que son muertes naturales y sin conexión, pero ese sexto sentido tan característico de nuestro protagonista le hace ver que hay gato (o araña) encerrado en esas misteriosas muertes. Por cierto, un sexto sentido que, cada vez más, choca frontalmente contra el resto de la brigada, que empieza a hartarse de las excentricidades de su jefe.

Lo primero que me llama la atención de Cuando sale la reclusa es que, veintiséis años después de su primera novela, Jean-Baptiste Adamsberg sigue en forma. En esta ocasión, y mientras empieza a obsesionarse con la historia de la reclusa, le da tiempo incluso a resolver dos pequeños casos con una sencillez pasmosa, demostrando que, pese a su proceder poco ortodoxo, su valía sigue estando casi intacta. Además, los problemas internos en la brigada empiezan a ser problemáticos. Con poco tino y a su manera, así es él, Adamsberg tiene que conseguir que todos sus acólitos remen en la misma dirección, tensando la cuerda e intentando acallar las voces discordantes que surgen por el camino. Incluso, y para gozo de sus fans más acérrimos, tenemos en esta ocasión un crossover con Mathias Delamarre, otro mítico personaje de la escritora francesa, que forma parte de la trilogía de Los tres evangelistas.

Aunque en esta ocasión, y mira que me cuesta escribir esto, hay que achacarle algún que otro defecto a la novela. La investigación y la trama fluyen adecuadamente. Fred va administrando convenientemente las pistas y misterios para tener al lector enganchado a su historia. De un posible caso de picaduras de arañas, se salta a otros temas mucho más macabros. Sin embargo, la gran cantidad de posibles víctimas, sospechosos potenciales y policías haciendo sus seguimientos oportunos son tantos que uno llega a perderse con tanto nombre y lugar. Quien se conozca al dedillo la geografía francesa disfrutará viajando con Adamsberg y su equipo de norte a sur. Pero quien, como yo, tenga conocimientos no tan extensos de nuestro país vecino, es probable que quede abrumado con tanta información.

Pero todo esto no impide reconocer las bondades literarias que un libro como Cuando sale la reclusa y una autora como Fred Vargas ofrece. Su estilo singular, poco ajustado a los cánones, no suele ser del gusto de todos. Adamsberg, con esa bruma constante en su interior que no le permite centrarse, no entrará nunca en un decálogo policial que explique cómo dirigir una brigada. Incluso los miembros de su equipo (para mí el gran valor de sus historias), todos algo excéntricos a su manera, no sean tan perfectos o efectivos como los de otras series de novelas norteamericanas o inglesas de tanto éxito. Quizá tanta imperfección estribe en que Fred Vargas no escribe buscando la excelencia y la admiración que sí buscan otros compañeros de profesión. Esta autora francesa no busca narraciones efectistas. Sus personajes son raros, sus asesinos son raros y las muertes que en ellas se producen también lo son. Pero dentro de toda esta rareza subyace una autora con mayúsculas y un personaje único con el que no paro de disfrutar.

César Malagón @malagonc

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Carta abierta a los animales, de Frédéric Lenoir

Carta abierta a los animales

Carta abierta a los animalesEste libro es una carta preciosa dirigida a los animales, pero también a los que no se creen superiores a ellos. Afortunadamente, yo me encuentro en ese grupo. Siento un amor incondicional por los animales (sí, todos) y no sé quién coño nos creemos que somos a veces para tratarlos tan mal. Supongo que es eso… la mayoría de la gente se piensa que son superiores y eso les da el derecho de hacer con ellos lo que les da la gana.

A esas personas les obligaría a leer este libro. Me encantaría que todos abriésemos más los ojos y entendiésemos mejor la relación que nos une con el resto de especies que habitan en este planeta. Que por cierto, también nos pensamos que es solo nuestro.

Se trata, como dice el autor, de mostrar humanidad. Y la humanidad no es simplemente respetar a los otros seres humanos, sino también a todos los seres vivos. Tan humanos que somos y lo que nos cuesta entender esto, ¿verdad? Será que al final nuestra superioridad moral no nos vale para tanto si no sabemos usarla.

No me extraña que Carta abierta a los animales haya sido todo un éxito de ventas en países como Francia. Su autor, Frédéreric Lenoir, filósofo, sociólogo e historiador de religiones es fundador de la asociación Ensemble pour les animaux y cofundador de SEVE (Savoir être et vivre ensemble). Como veis, una persona totalmente comprometida con el respeto hacia los animales y el saber compartir este planeta con los demás seres que lo habitan en total armonía. Sí, ya sé que parece difícil, pero ojalá más gente fuese consciente de lo necesario que es vivir de esta manera.

Repleto de citas interesantes, Carta abierta a los animales hace un repaso a la historia de cómo el Homo Sapiens se hizo el dueño del mundo y el paso horrible de la domesticación a la explotación de nuestros compañeros. ¿Realmente somos tan distintos? Os sorprenderá saber que no, que a pesar de todas las maravillosas peculiaridades hay mucho que compartimos.

Es cierto que algunos de los pasajes del libro son duros, no os voy a mentir. Si todo el mundo leyera el capítulo en el que el autor habla de los animales que pasan sus días siendo cebados y maltratados para luego convertirse en alimento estoy segura de que el consumo de carne y de alimentos provenientes de animales que han sido criados en dichas condiciones disminuiría significativamente. Ya sé que es difícil. Casi una utopía. Pero ojalá seamos conscientes de todo el maltrato y el daño que nuestros compañeros de planeta están recibiendo por nuestra parte. Desde luego que el homo sapiens es cada vez menos sapiens y más horrible.

Como os decía, este libro debería ser lectura obligatoria. Todos deberíamos leerlo desde pequeños para concienciarnos de la importancia del respeto que le debemos a los animales, nuestros compañeros. Una carta dura, emotiva y sincera que resulta totalmente necesaria.

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Las flores del mal, de Charles Baudelaire

Las flores del mal

Las flores del malCreo que poco necesario y útil sería entrar a discutir la coherencia de que estos poemas estuvieran prohibidos para su publicación durante más de noventa años. Solo hace falta leerlos para darse cuenta de ello. En este caso, Libros del Zorro Rojo presenta los poemas que fueron censurados con el acompañamiento de las magníficas y geniales ilustraciones de Pat Andrea. ¡Ay si vieran aquellos censores las ilustraciones! Disfrutadlas mientras podáis.

Con los poemas en español y francés, esta edición aniversario por los 150 años desde la muerte de Baudelaire, cuenta, además de las ya comentadas ilustraciones de Pat Andrea, con la traducción al español a cargo del poeta Jaime Siles. No hace falta decir que la edición es exquisita, algo ya rutinario en todo lo que hacen en Libros del Zorro Rojo.

Me da bastante reparo y respeto comentar los poemas de un genio como Baudelaire, así que creo que eso se lo voy a dejar a tantos profesores de institutos y universidades a los que les toca hacerlo. Lo que sí diré es que encontramos en ellos esas menciones tan “baudelairianas” al amor lésbico, al sexo descarnado, al erotismo sangrante, al infierno y al cielo climático que ofrece el tan desconcertante amor. El amor para Baudelaire no se entiende sin pasión, sin freno, sin ningún tipo de atadura. Amar es elevarse a los más altos cielos con la certeza (que no quita la sorpresa) de que se bajará a los más desgarradores infiernos. Pero todo ello de la mano siempre de la más pura y sincera poesía. La poesía es la cuerda que amarra al poeta a la realidad mientras él se encuentra sumergido en las más turbias y removidas aguas del desconocido e imprevisto amor. ¿Has amado alguna vez? Si es que sí, nunca podrás dejar de entender al poeta francés.

Esta selección de poemas fue censurada, apartada de aquellos que sentían algo que el francés estaba contando. Leer no es más que escuchar por los ojos aquello que necesitas oír porque tú todavía no sabes expresarlo. Por eso es tan grave la censura, por eso es tan necesario compartir lo que genios como Baudelaire cuentan.

«¿Quién hay que ante el amor ose hablar del infierno?».

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Algo se nos escapa, de Jean Gourounas

Algo se nos escapa

Algo se nos escapa¿Habéis notado que ya están los turrones y polvorones llenando las estanterías de los supermercados?, ¿habéis visto que los anuncios de la televisión cada vez muestran más y más juguetes? Eso solo puede significar una cosa: ¡la Navidad está al caer! Bueno, aunque cada vez nos adelantemos más y con esto del cambio climático al final acabaremos tomando las uvas en biquini… pero, sí, queda poco para este momento mágico del año. Yo pertenezco a eso grupo de personas inteligentes a las que nos encanta la Navidad. Ejem, ejem. Las luces, el frío, las cabalgatas, los regalos, las cenas y los reencuentros. ¿Qué puede haber de malo en todo esto?

Y precisamente, como se acercan estas fechas, ya estoy pensando en los regalos que les haré a mis sobrinos. Como no puede ser de otro forma, a mí me gusta regalarles libros. Así que en esta época me fijo mucho más en los catálogos y novedades infantiles, pensando cuál es el mejor libro para cada sobrino. Y es que acertar no es fácil, porque cada uno tiene sus gustos e inquietudes, pero con la gran variedad de libros infantiles y juveniles que hay hoy en día, y lo preciosos que son, es muy difícil no dar en el clavo.

Algo se nos escapa, el libro del que hoy os hablo, va a ser para mi sobrino más pequeño. Tiene dos años y medio y aún no sabe leer, pero le gusta mucho mirar libros (sus preferidos son los pop-up) y esta es la mejor edad para contarles un cuento cuando se van a la cama, ¿verdad?

Así que me decanté por Algo se nos escapa porque es un libro dirigido a los más peques de la casa y porque sus ilustraciones me parecieron muy dulces. Además, es un libro muy adecuado para las navidades porque todo transcurre entre frío, hielo y animales polares.

Un pingüino paciente que está pescando irá reencontrado a un montón de amigos: una foca, una morsa, un reno, un oso y hasta un esquimal. Todos se interesarán por el pingüino y todos están asombrados de que no pique nada. Pero cuando descubran el anzuelo y la sorpresa que viene después sí que estarán perplejos.

Algo se nos escapa es el primer libro traducido al español del prolífico ilustrador francés y lo cierto es que es una monada que a los más peques les encantará. Una buena idea para regalar estas navidades.

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