
Pasan las lecturas, y yo sigo dedicando parte de mi 2018 literario a conocer mejor la bibliografía de uno de los escritores que llevaba años y años dentro de mi lista de pendientes. Hoy os traigo la tercera reseña de Vladimir Nabokov en poco más de dos meses. Tras Risa en la oscuridad y Mashenka, toca el turno de La defensa, otra de sus novelas rusas, escrita entre 1929 y 1930. La historia está protagonizada y copada casi en exclusividad por Luzhin. El joven niño ruso encuentra en este juego milenario la forma de evadirse de su mundo y otorgarle la armonía que en su vida diaria no consigue encontrar. El matrimonio ajedrez-Luzhin lleva al joven a convertirse en un gran maestro y ser reconocido en el mundo entero. Poco a poco, la obsesión con la que el maestro concibe el juego hace poner en jaque no solo su carrera, sino también su propia vida, y, por consiguiente, la de todos (que no son muchos) los que están a su alrededor.
Aunque en los años del colegio y el instituto me aficioné mucho al ajedrez, hoy día no suelo practicarlo mucho. Sin embargo, no sé qué tiene el ajedrez que, mezclado con la literatura, produce productos sobresalientes. Si disfruté muchísimo con Novela de Ajedrez (para mí, el mejor libro de Zweig), el resultado ahora con Nabokov es igual de satisfactorio, convirtiéndose hasta la fecha en mi mejor lectura de este genial escritor.
Pero debo decir que, de todos mis libros rusos, es La defensa el que posee y difunde el mayor «calor», lo que podría parecer extraño si se tiene en cuenta cuán tremendamente abstracto se supone que es el ajedrez.
Si Mashenka y Risa en la oscuridad tenían mucho parecido argumental y estilístico, en esta ocasión encontramos una novela bastante alejada de las otras dos. Estamos ante un libro más trabajado, con mucho desarrollo interior y algo menos de humor, aunque ese toque especial y caricaturesco que suele usar Nabokov para describir escenas y personajes no desaparece del todo, por suerte. Con un comienzo algo farragoso y difuso, la historia se va centrando y creciendo desde el momento que el joven Luzhin descubre la magia que otorga el tablero ajedrezado. Desde ese momento no hay dudas que Luzhin se convierte en el rey de la partida que nos invita a jugar el autor. Una partida que no abarca una sola sala y un adversario frente a él; más bien es una partida que engulle todo, hasta el propio entendimiento de su protagonista, lo que le hace obsesionarse hasta el extremo y vivir su vida como si estuviera ante la partida definitiva, analizando cada movimiento sin advertir que el enemigo al que se enfrenta es su propia vida. Esta bajada a los infiernos convierte el ajedrez en una dicotomía irresoluble. El ajedrez se erige a la vez como el antídoto y el veneno. En ocasiones, el ritmo del libro se vuelve tan caótico como la propia mente de su protagonista, que no para de calcular posibles movimientos, escapatorias, celadas o nuevas aperturas que le lleven a conseguir el jaque mate definitivo.
Tiene La defensa varios extractos de alta literatura. Uno de ellos lo encontramos en el capítulo ocho, en esa partida decisiva con el gran maestro Turati, rival de Luzhin. La prosa de Nabokov alcanza aquí una de sus grandes cotas, convirtiendo por momentos el ajedrez en un elemento casi poético. Además, otros elementos como el exilio, aunque en menor medida, siguen estando presente en esta obra. E incluso se permite el autor el guiño hacia el lector protagonizando un pequeño cameo dos de los personajes de Mashenka. Lo que queda claro de Vladimir Nabokov es que nadie puede quedar indiferente ante sus escritos. Uno no sabe, una vez terminada la lectura, si amar u odiar eternamente a Luzhin; si alabar su genialidad o desesperarse por su torpeza social y amatoria.
Cuando termino cada una de mis lecturas, suelo dejar pasar días e incluso alguna semana para que todas las ideas e impresiones causadas por la lectura se estabilicen y vayan creando un poso. Con Nabokov, todo ese reposo me sirve para darme cuenta de que estoy leyendo algo muy bien planteado, salido de una mente genial llena de lucidez, lo que me invita a seguir queriendo leer más del autor. Por eso sé que a La defensa le seguirá en muy pocas semanas otro escrito del autor. La duda que tengo es cuál coger. ¿Hay alguna que me recomendéis especialmente?
César Malagón @malagonc





Tengo que reconocerles una cosa antes de empezar a hablar de este magnífico libro: me acerqué a él no por sí mismo sino por el interés que siento Marina Tsvietáieva, porque hace tiempo que tengo entre mis proyectos sus memorias, que he leído intermitentemente varias veces y que me resultan tan interesantes y brillantes como difíciles. Como corresponde al personaje. Desde hace meses, cuando tengo un espacio sin lecturas de las que debo reseñar, aprovecho para avanzar un poco con ellas, lo que la disponibilidad o mi propia resistencia me permitan. Y me pareció que acercarme a Marina de la mano de su hermana seguramente sería más asequible, más llevadero. Y lo que me he encontrado es eso, desde luego, pero sobre todo un personaje sumamente interesante por sí mismo, y no sólo una aproximación diferente a la gran poeta. De hecho la Marina de Anastasia es completamente diferente de la Marina de la propia Marina. Sin esconder sus complicaciones, Anastasia la humaniza, nos acerca a la persona y lo hace desde un ángulo que Marina no muestra. Y no por falta de sinceridad, que de eso anda más que sobrada, sino por calidez y cariño. Anastasia y Marina, Asia y Musia, estas cerca de 1200 páginas son un recorrido ameno y emocionante por la vida de ambas y la historia de la Rusia que les tocó vivir.
Para mí Nabokov es uno de los grandes. Su prosa me parece exquisita y creo que es, sin duda, uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Os recomiendo mucho que leáis 
Leer hoy día obras como La ley de la violencia y la ley del amor en las que el Tolstói maduro plasmó su pensamiento pacifista, su doctrina de amor y no violencia, resulta tan deslumbrante como doloroso. Deslumbrante porque la prosa de Tolstói lo es, porque consigue darle sentido a la bondad y explicar la utopía no cómo un sueño inalcanzable sino como un horizonte no sólo lógico, sino inevitable. Doloroso porque fue escrito porque son el testamento vital e intelectual de un hombre clarividente que quiso cambiar el mundo mediante el amor y cuyo éxito fue claramente descriptible. Basta con mirar el periódico. Doloroso porque describe el mundo que pudo haber sido y lo leemos en el mundo que es. Cierto que la realidad hace que estos textos envejezcan de la forma que menos hubiera deseado su autor, probablemente hoy muchos se acerquen a ellos por su valor literario o como curiosidades de valor historiográfico, sin embargo son otra cosa, son el mapa de la bondad humana, la esencia de lo que a lo largo de la humanidad los hombres han soñado que les definía, en lugar de sus actos.
Hace falta tener mucho talento para hacer de un pingüino dotado de las habilidades de un pingüino y con el carisma propio de un pingüino un personaje fundamental de un texto. Es necesario ser un escritor descomunal para convertir la presencia de un pingüino deprimido en una influencia trascendental en una novela hasta el punto de que me atrevo a decir que Muerte con pingüino, sin ese ave que ni siquiera vuela, no sería Muerte sin pingüino, sino que no sería.
Hace unos meses, dos amigos y yo decidimos crear un club de lectura propio. Pequeñito, sí, pero con calidad. Mucha calidad. Cada mes, uno de nosotros escoge el libro que vamos a leer con una sola condición: no se puede elegir un escritor de la misma nacionalidad que otro que ya hayamos leído. Nuestro objetivo es conocer horizontes nuevos, descubrir obras que quizás de otro modo no nos hubiéramos ni planteado leer. Este mes le tocaba el turno a Jota, que se decantó por la nacionalidad rusa. Propuso tres libros de tres escritores rusos y votamos. Así que aquí estoy, reseñando Almas muertas. No os voy a mentir, otra de las opciones era 
Inmersión, un sendero en la nieve es más que una obra bellísima, es todo un testimonio de firmeza moral y de compromiso con la justicia y la libertad. Cuando el simple silencio era más heroico que simplemente digno, Lidia Chukóvskaia elevó su voz frente a la injusticia, frente a la persecución de artistas y escritores de finales de los cuarenta que bajo la acusación de “cosmopolitismo” escondía una purga más, y una de tintes antisemitas. Ella defiende a los acusados colectivamente y lo hace mediante un argumento pertinente y tremendamente sugestivo, algo que siempre he pensado pero que no recuerdo haber visto expresado con palabras: unas denuncias tan abstrusas escritas en un tono tan gris, tan plano, reiterativo y fatuo no pueden ser ciertas. ¿Se puede distinguir una mentira por la forma en que está escrita? Probablemente no siempre, pero en aquella situación desde luego sí. Cosas como «Idealista y formalista, exponente recalcitrante de la escuela comparativista y ferviente defensor de todo lo procedente del extranjero, el profesor Shumílov (alias Shneierman) ha difundido, a lo largo de toda su vida, teorías infames con el fin de degradar la dignidad del hombre soviético y ha embutido en la mente de nuestros jóvenes alegatos contrarios a la patria y a la ciencia» sencillamente no pueden ser otra cosa que burda propaganda, una miserable utilización del lenguaje para disfrazar de delito cualquier sencilla expresión de la naturaleza humana. Es un consuelo que el servilismo pudiera proporcionar todo tipo de reconocimiento y beneficios materiales, pero no talento.
Esta serie, de la que ya tuve el placer de reseñarles
El apocalipsis de nuestro tiempo no es un libro fácil de reseñar, su autor, Vasili Rózanov, es un brillante polemista y el texto es el que puede uno imaginar de alguien que piensa que, efectivamente, su tiempo, su vida, está siendo destruida. El autor da rienda suelta a su contundente verbo, que luce desatado y reparte culpas a diestro y siniestro. Y es cierto que su mundo acababa, el texto está escrito en los inicios de la revolución rusa, a la que el autor era notablemente desafecto y son los protagonistas de la misma junto con el cristianismo los responsables a sus ojos de ese apocalipsis que considera que está viviendo.
Hay dos cosas que debo confesar antes de que sigan leyendo: la primera de ellas, mi condición de devoto tolstoiano, la conocerán si siguen este blog porque si las cuentas no me fallan esta es la novena reseña de o sobre Tolstói que escribo para LibrosyLiteratura. La segunda es mi muy poco tolstoiana falta de predisposición al vegetarianismo. El primer peldaño es un libro de Tolstói sobre el vegetarianismo, lo cual parece cuadrar mejor con la primera que con la segunda de mis confesiones, sin embargo el mundo sería un lugar muy triste si uno debiera limitarse a leer sobre aquello en lo que coincide y sea desde el punto de vista que sea, militante o no, a favor o en contra, este libro es un verdadero disfrute para cualquier lector mínimamente inquieto. Lo que verdaderamente me llama la atención no es el tema en sí sobre el que habla el autor (o los autores, porque incluye otros textos) sino el despliegue intelectual que realiza para justificarlo.