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La defensa, de Vladimir Nabokov

La defensa

La defensaPasan las lecturas, y yo sigo dedicando parte de mi 2018 literario a conocer mejor la bibliografía de uno de los escritores que llevaba años y años dentro de mi lista de pendientes. Hoy os traigo la tercera reseña de Vladimir Nabokov en poco más de dos meses. Tras Risa en la oscuridad y Mashenka, toca el turno de La defensa, otra de sus novelas rusas, escrita entre 1929 y 1930. La historia está protagonizada y copada casi en exclusividad por Luzhin. El joven niño ruso encuentra en este juego milenario la forma de evadirse de su mundo y otorgarle la armonía que en su vida diaria no consigue encontrar. El matrimonio ajedrez-Luzhin lleva al joven a convertirse en un gran maestro y ser reconocido en el mundo entero. Poco a poco, la obsesión con la que el maestro concibe el juego hace poner en jaque no solo su carrera, sino también su propia vida, y, por consiguiente, la de todos (que no son muchos) los que están a su alrededor.

Aunque en los años del colegio y el instituto me aficioné mucho al ajedrez, hoy día no suelo practicarlo mucho. Sin embargo, no sé qué tiene el ajedrez que, mezclado con la literatura, produce productos sobresalientes. Si disfruté muchísimo con Novela de Ajedrez (para mí, el mejor libro de Zweig), el resultado ahora con Nabokov es igual de satisfactorio, convirtiéndose hasta la fecha en mi mejor lectura de este genial escritor.

Pero debo decir que, de todos mis libros rusos, es La defensa el que posee y difunde el mayor «calor», lo que podría parecer extraño si se tiene en cuenta cuán tremendamente abstracto se supone que es el ajedrez.

Si Mashenka y Risa en la oscuridad tenían mucho parecido argumental y estilístico, en esta ocasión encontramos una novela bastante alejada de las otras dos. Estamos ante un libro más trabajado, con mucho desarrollo interior y algo menos de humor, aunque ese toque especial y caricaturesco que suele usar Nabokov para describir escenas y personajes no desaparece del todo, por suerte. Con un comienzo algo farragoso y difuso, la historia se va centrando y creciendo desde el momento que el joven Luzhin descubre la magia que otorga el tablero ajedrezado. Desde ese momento no hay dudas que Luzhin se convierte en el rey de la partida que nos invita a jugar el autor. Una partida que no abarca una sola sala y un adversario frente a él; más bien es una partida que engulle todo, hasta el propio entendimiento de su protagonista, lo que le hace obsesionarse hasta el extremo y vivir su vida como si estuviera ante la partida definitiva, analizando cada movimiento sin advertir que el enemigo al que se enfrenta es su propia vida. Esta bajada a los infiernos convierte el ajedrez en una dicotomía irresoluble. El ajedrez se erige a la vez como el antídoto y el veneno. En ocasiones, el ritmo del libro se vuelve tan caótico como la propia mente de su protagonista, que no para de calcular posibles movimientos, escapatorias, celadas o nuevas aperturas que le lleven a conseguir el jaque mate definitivo.

Tiene La defensa varios extractos de alta literatura. Uno de ellos lo encontramos en el capítulo ocho, en esa partida decisiva con el gran maestro Turati, rival de Luzhin. La prosa de Nabokov alcanza aquí una de sus grandes cotas, convirtiendo por momentos el ajedrez en un elemento casi poético. Además, otros elementos como el exilio, aunque en menor medida, siguen estando presente en esta obra. E incluso se permite el autor el guiño hacia el lector protagonizando un pequeño cameo dos de los personajes de Mashenka. Lo que queda claro de Vladimir Nabokov es que nadie puede quedar indiferente ante sus escritos. Uno no sabe, una vez terminada la lectura, si amar u odiar eternamente a Luzhin; si alabar su genialidad o desesperarse por su torpeza social y amatoria.

Cuando termino cada una de mis lecturas, suelo dejar pasar días e incluso alguna semana para que todas las ideas e impresiones causadas por la lectura se estabilicen y vayan creando un poso. Con Nabokov, todo ese reposo me sirve para darme cuenta de que estoy leyendo algo muy bien planteado, salido de una mente genial llena de lucidez, lo que me invita a seguir queriendo leer más del autor. Por eso sé que a La defensa le seguirá en muy pocas semanas otro escrito del autor. La duda que tengo es cuál coger. ¿Hay alguna que me recomendéis especialmente?

César Malagón @malagonc

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Mashenka, de Vladimir Nabokov

mashenka

mashenkaDespués de mi gran estreno con Vladimir Nabokov, disfrutando de Risa en la oscuridad, no he querido esperar más tiempo para seguir conociendo de primera mano todo lo bueno que este autor dejó escrito y que todavía no había tenido la suerte (o la decencia, según se mire) de leer. Es Mashenka la primera obra del escritor de origen ruso, publicada en Berlín en 1926. Y es en la capital germana donde se desarrolla la acción, pese a que la Madre Rusia estará presente en todo momento en el argumento y sus personajes.

En una humilde pensión berlinesa convive Ganin, nuestro protagonista, con un grupo de exiliados rusos; un viejo poeta, una mujer de exuberantes pechos, dos bailarines homosexuales y un hombre mediocre que, por azares del destino, resulta estar casado con Mashenka, antiguo amor de juventud de Ganin. Sus cuitas diarias y el anhelo por su país se entremezclan en la narración junto a los desvelos de Ganin por recordar su pasado e intentar aclarar su presente, que se ve amenazado por la inminente llegada de la mujer que da título a esta historia.

Tienen las escenas de este libro algo de teatral. Los personajes entran y salen de las habitaciones como si de una dramaturgia se tratara. Al igual que pasaba con Risa en la Oscuridad, Nabokov dota a Mashenka de un fino humor ya desde la primera escena, esa en la que Ganin y Alfiórov se conocen dentro de un ascensor a oscuras. Pero en esta obra se observa, además, un doble ritmo a la hora de narrar, que separa claramente el pasado del presente narrativo. Si hablamos del pasado, la añoranza por la patria perdida hace al autor ser más reflexivo, con descripciones más largas y concienzudas, recordando cómo eran aquellos tiempos en los que el amor por Mashenka cubría toda la vida del joven Ganin. Sin embargo, el presente, el de la pensión, carece de esa lentitud, sostenido por un ritmo más alocado y armonioso.

Obviamente, como opera prima que es, tiene Mashenka algunos fallos de forma, costándole al autor encontrar un buen encadenamiento entre escenas en determinadas ocasiones. Sin embargo, mi descubrimiento de la bibliografía de este autor sigue proporcionándome grandes momentos de lectura. Quizá la clave esté en que Nabokov parece hacer fácil lo difícil. De su prosa sencilla y alegre subyace un autor enorme, de gran ingenio, que incluso decide poner en sus primeras obras parte de sus vivencias personales, esas que no siempre están visibles, pero forman una parte importante de la vida de cualquier escritor.

Debido a la extremada lejanía de Rusia, y debido a que la nostalgia ha sido un constante y loco compañero a lo largo de toda mi vida… no me molesta en absoluto confesar el doloroso sentimentalismo que hay en mi cariño hacia mi primera obra.

Cómo no podía ser de otra manera, y como bien aclara el autor en la introducción, Mashenka tiene mucho de lo vivido por Vladimir Nabokov en sus años adolescentes en Rusia. Y es ese amor por el pasado lo que hace de esta historia un debut literario de altísima calidad.

César Malagón @malagonc

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Risa en la oscuridad, de Vladimir Nabokov

Risa en la oscuridad

Risa en la oscuridadUno de mis grandes temas pendientes como lector es la lectura de los grandes escritores del siglo XX. Sí, tiene delito, lo sé. Quiero leer a Conrad, quiero leer a Faulkner, a Borges o leer más de Gabo; y también quería leer a Nabokov, aunque siempre lo postergaba por la gran cantidad de novedades literarias que llegaban a mi buzón. Pero hay ocasiones que no se pueden dejar pasar, y el hecho de que Anagrama haya decidido editar una “Biblioteca Nabokov” con varios de sus mejores obras en formato bolsillo fue el empujón definitivo que me faltaba.

Ya de primeras, es imposible no quedarse prendado de la portada de Risa en la oscuridad, con esa ilustración tan llamativa de Henn Kim. El argumento, más sencillo, trivial y manido no puede ser. El autor no busca la sorpresa y ya en el primer párrafo del libro nos desvela todo lo que encontraremos en su historia. “Érase una vez un hombre llamado Albinus que vivió en Berlín, Alemania. Era rico y respetable, feliz, y un día abandonó a su mujer por una joven amante; amó, no fue amado y su vida acabó en desastre”. Los tríos amorosos, las infidelidades y los hombres mayores cortejando bellas damas es un tema ampliamente tratado tanto en el cine como en la literatura. Sin embargo, solo un gran literato como Nabokov es capaz de hacer de algo sencillo una obra interesante.

Risa en la oscuridad se sustenta en cinco personajes principales, de caracteres marcados y bien definidos. Unos personajes que gustan y enfadan a partes iguales, llevados siempre a situaciones extremas o inverosímiles, en ese juego que para el autor es la construcción de esta historia. Contado todo por un narrador omnisciente, vamos conociendo las dichas y desdichas que Albinus empieza a sufrir. Y aunque reconozco que al principio me costó entrar en la historia, una vez que te haces al ritmo de Nabokov, la historia va ganando en intensidad y la lectura pasa de ser algo plana a convertirse en una experiencia fabulosa.

La novela destaca por la versatilidad de su argumento y de sus personajes. El autor pasa de la comedia al drama con una habilidad pasmosa, componiendo escenas de un modo magistral. Sus personajes mezclan la muerte de un ser querido con un lío de faldas en apenas un par de páginas. Pero si algo tiene esta novela es humor, un humor muy al estilo de la primera mitad del Siglo XX. Las escenas destilan cierto aroma a vodevil, a esperpento e incluso, por qué no, a los grandes clásicos humorísticos del cine mudo.

Que leer a Vladimir Nabokov era un acierto no es decir nada que no sepan la gran mayoría de lectores, pues es algo que ya sabía de antemano antes de empezar la lectura. Pero lo que sí considero un acierto es haber empezado con una historia como Risa en la oscuridad, una novela que demuestra que un gran autor es capaz de convertir una historia sencilla en una gran obra de arte.

César Malagón @malagonc

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Memorias. Mi vida con Marina, de Anastasia Tsvietáieva

Memorias. Mi vida con Marina

Memorias. Mi vida con MarinaTengo que reconocerles una cosa antes de empezar a hablar de este magnífico libro: me acerqué a él no por sí mismo sino por el interés que siento Marina Tsvietáieva, porque hace tiempo que tengo entre mis proyectos sus memorias, que he leído intermitentemente varias veces y que me resultan tan interesantes y brillantes como difíciles. Como corresponde al personaje. Desde hace meses, cuando tengo un espacio sin lecturas de las que debo reseñar, aprovecho para avanzar un poco con ellas, lo que la disponibilidad o mi propia resistencia me permitan. Y me pareció que acercarme a Marina de la mano de su hermana seguramente sería más asequible, más llevadero. Y lo que me he encontrado es eso, desde luego, pero sobre todo un personaje sumamente interesante por sí mismo, y no sólo una aproximación diferente a la gran poeta. De hecho la Marina de Anastasia es completamente diferente de la Marina de la propia Marina. Sin esconder sus complicaciones, Anastasia la humaniza, nos acerca a la persona y lo hace desde un ángulo que Marina no muestra. Y no por falta de sinceridad, que de eso anda más que sobrada, sino por calidez y cariño. Anastasia y Marina, Asia y Musia, estas cerca de 1200 páginas son un recorrido ameno y emocionante por la vida de ambas y la historia de la Rusia que les tocó vivir.
La propia Anastasia en sus memorias explica lo que yo, torpemente, he tratado de exponer en el párrafo introductorio de esta reseña:

Quienes leen ahora los versos de la Marina Tsietáieva madura sacan de sus páginas la imagen trágica de una poeta y de una mujer que no encontró la felicidad en su vida. Y nadie, excepto yo, su medio gemela, recuerda los años de su vida que lo rebaten. Pero yo los recuerdo. Y digo: Marina fue feliz con su sorprendente marido, con su maravillosa hija pequeña, en esos años antes de la guerra. Marina fue feliz.

Y ustedes dirán que claro que fue feliz, de un modo u otro todo el mundo lo es en algún momento de su vida, pero si es así en su caso, desde luego no lo reflejó así en sus diarios. Desde luego también ayuda que las memorias de Asia abarcan un lapso temporal mucho mayor, comienzan en la propia infancia y las escribió ochenta años después. No sé si la Marina de Anastasia será más real que la que habitualmente se nos muestra a través de sus escritos, seguro que ninguna lo es y cada cual por sus propias razones, lo que tengo claro es que a las memorias de Anastasia Tsvietáieva se acerca uno de una forma más relajada. Más natural.
Allá por la página 800 comienzan a confluir ambos libros, es cuando se narra el primero de los hechos que recuerdo, la muerte de la pequeña de las hijas de Marina. Un episodio digno de ser leído, quienes sepan de qué hablo entenderán hasta qué punto es una historia que puede marcar una vida. Hasta ese momento hay referencias de otras lecturas en las que uno se encuentra e incluso se sorprende, la hermana menor (Anastasia) dice no reconocer a su madre en Mi madre y la música, la magnífica obra de la hermana mayor (Marina). El retrato de la familia, no obstante lo dicho, es extraordinario, nos asomamos a la intimidad de una familia poco convencional, con un amor y una dedicación a la cultura extraordinarias, el padre con el que aparenta ser su hijo más querido, su museo (sus museos porque cuando le separaron del Rumiantsev fundó otro) y la madre a la música, la medicina, la pintura, los idiomas, en fin, lo más parecido a una familia renacentista que se pudo dar en aquella Rusia del ocaso de los zares y el principio de la revolución.
La revolución, aunque desde el principio y a su manera la miraban con buenos ojos, no les fue especialmente propicia. El saldo de desgracias es demasiado elevado para cualquier ser humano, tanto en fatalidades personales como el hambre como en lo que se refiere a la muerte de seres queridos. La experiencia narrada es ciertamente dramática, pero no habla la autora desde la desesperación o la venganza. Estas memorias son luminosas incluso en los malos momentos, y son muy malos, pero no son un ajuste de cuentas. No con la vida, no con Marina, no con Rusia, no con la revolución, pero tal vez sí con Mur, el hijo de Marina, que no sale especialmente bien parado. Estas últimas páginas dedicadas a la muerte de Marina son especialmente desgarradoras, y lo son no tanto por la muerte en sí, que también, sino precisamente por el papel que en la misma jugó su hijo.
Es sorprendente que una persona con la independencia intelectual y la fuerza de Marina Tsvietáieva, fuese sin embargo tan débil y complaciente, casi hasta servil, con su hijo. Sorprende que le soportara el trato degradante que a menudo le procuraba éste. Es conocido que ella se suicidó no porque él se lo pidiera, que de alguna manera lo hizo, sino porque se convenció de que le estorbaba. Anastasia reconoce el papel de su sobrino en el fatal desenlace de la vida de su hermana, y se lo afea. Sin embargo y pese a lo unidas que ambas estaban, son páginas hermosas.
Anatasia y Marina, Asia y Musia, son sin duda dos mujeres excepcionales, muy diferentes aunque a menudo leyeran poemas con una sola voz. Al interés histórico y literario de estas memorias se suma uno muy humano, el de la emoción. Porque son unas memorias emocionadas y como tales se leen. Se cierran tras unas 1200 páginas y saben a poco, realmente uno quisiera saber más, atar cabos sueltos, pero sospecho que, pasado un tiempo, cuando la lectura repose y arraigue, se dará cuenta el lector de que no son los cabos ni los nudos lo que importa, sino lo vivido junto a ellas y esa sensación de hermanamiento que sólo unas memorias escritas con sensibilidad y talento puede provocar.

Andrés Barrero
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Habla memoria, de Vladimir Nabokov

Habla memoria

Habla memoriaPara mí Nabokov es uno de los grandes. Su prosa me parece exquisita y creo que es, sin duda, uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Os recomiendo mucho que leáis Lolita y Pálido fuego si es que aún no lo habéis hecho. Sin duda, el escritor ruso sentó las bases de la literatura posterior y ha sido una gran influencia literaria para muchos otros autores. Lolita, esa novela tan libre y casi impensable en nuestros días, es desde hace tiempo uno de los clásicos de la literatura universal y todo se lo debemos a este peculiar escritor.

No se me habría ocurrido pensar que Nabokov hubiera escrito una típica autobiografía. Habla memoria le pega mucho más. Empezando por el título, que junto con el de Neruda (aunque me tenga muy mosqueada últimamente) de Confieso que he vivido me parece uno de los mejores títulos posibles para una autobiografía, ¿a vosotros no? Habla memoria, publicado por Anagrama, es, huelga decirlo, el libro más personal del autor. Es curioso que fuese concebido por capítulos que iban siendo publicados en revistas sin un orden preestablecido. O al menos no el orden que acabó por tener este libro y que él ya tenía pensado en su “casillero mental”. El mismo Nabokov cuenta en el prólogo que en las reuniones familiares, sus memorias eran sometidas a juicio: “hubo comprobaciones de detalles, fechas y circunstancias, y averiguamos que en muchos casos había errado, o no había examinado con la suficiente profundidad algún recuerdo oscuro pero no insondable”.

La autobiografía se centra en el periodo comprendido entre 1903 y 1940. Treinta y siete años de Nabokov condensados en casi cuatrocientas páginas, que se me antojan pocas. Muy centrada en la infancia del escritor, sus vacaciones en la finca familiar, sus primores amores en San Petersburgo y sus peculiares reflexiones. Todo ello cargado de historia, de nostalgia y ternura. El cariñoso retrato que hace de sus padres y de sus hermanas, la delicadeza con la que se dirige a Vera, su esposa, en algunos de los capítulos y esa inteligencia y brillante sentido del humor que caracterizan al escritor están presentes en estas apasionantes memorias.

Habla memoria se lee como una gran novela, por lo radiante de su prosa. Desde luego, como os decía al principio, Nabokov no podía haber escrito unas típicas memorias: su ingenio iba mucho más allá y la prueba está en esta maravilla de libro que, sin lugar a dudas, tengo que recomendaros.

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La ley de la violencia y la ley del amor, de Lev Tolstói

La ley de la violencia y la ley del amor

La ley de la violencia y la ley del amorLeer hoy día obras como La ley de la violencia y la ley del amor en las que el Tolstói maduro plasmó su pensamiento pacifista, su doctrina de amor y no violencia, resulta tan deslumbrante como doloroso. Deslumbrante porque la prosa de Tolstói lo es, porque consigue darle sentido a la bondad y explicar la utopía no cómo un sueño inalcanzable sino como un horizonte no sólo lógico, sino inevitable. Doloroso porque fue escrito porque son el testamento vital e intelectual de un hombre clarividente que quiso cambiar el mundo mediante el amor y cuyo éxito fue claramente descriptible. Basta con mirar el periódico. Doloroso porque describe el mundo que pudo haber sido y lo leemos en el mundo que es. Cierto que la realidad hace que estos textos envejezcan de la forma que menos hubiera deseado su autor, probablemente hoy muchos se acerquen a ellos por su valor literario o como curiosidades de valor historiográfico, sin embargo son otra cosa, son el mapa de la bondad humana, la esencia de lo que a lo largo de la humanidad los hombres han soñado que les definía, en lugar de sus actos.
La ley de la violencia y la ley del amor también tienen una enseñanza política, cada vez menos utópica, qué quieren que les diga, porque su mensaje contra la violencia organizada y la opresión de los estados está lejos de caducar.
Llegados a este punto, tal vez sea mejor que le ceda la palabra:
La liberación del mal que atormenta ay corrompe a los hombres se alcanzará no mediante el fortalecimiento o sostenimiento del régimen existente -monarquía, república o el que fuere-, no mediante su destrucción y la instauración de uno mejor -socialista o comunista-, ni tampoco mediante la implementación violenta de un determinado orden social que algunos hombres consideran mejor, sino sólo gracias a que cada hombre (la mayoría de ellos), sin pensar en las consecuencias que sus actos tienen para sí mismo y para los demás, y sin preocuparse por ellas, guiará su conducta no por tal o cual orden social, sino de la observancia de la ley que considera suprema, la ley del amor, que no admite la violencia bajo ninguna circunstancia.
Yo leo un párrafo como este con cierta amargura, tal vez porque la clave, ese “la mayoría de ellos” que se encierra entre paréntesis, deja claro que si el desarrollo de nuestra sociedad occidental no ha evolucionado en clave de no violencia no ha sido por una imposibilidad metafísica o una circunstancia sobrevenida e inevitable, sino porque no ha habido una mayoría de personas que así lo hayamos decidido.
Yo detesto los panfletos, me molesta que traten de adoctrinarme de ninguna manera, sin embargo disfruto con la exposición brillante de las ideas, sean las que fueran, y La ley de la violencia y la ley del amor la he disfrutado, porque aunque es cierto que Tolstói trata de convencer al lector de sus tesis, no es menos cierto que lo hace desde el respeto, que sea él quien llegue a las conclusiones que le parezcan oportunas. Aunque el camino de los razonamientos de Tolstói no desemboca en muchas conclusiones diferentes de las suyas.
En lo que sí que la obra es esclava de su tiempo es en el enfoque religioso que le da a su pensamiento. Esa bondad, esa confesión de no violencia en aquella época parece claro que tenía raíces cristianas, pero hoy día bien podría ser diferente. Sospecho que a Tolstói no le disgustaría que sus posiciones morales surgiesen no de una matriz espiritual sino de la propia conciencia, que a fin de cuentas es algo muy parecido al Dios de Tolstói.
La edición es pródiga en citas y en argumentaciones, leerla es verdaderamente placentero y les recomiendo que lo hagan aunque sea para discutirla. Las ideas de Tolstói pueden no haber triunfado en el plano de la realidad social, pero son indiscutibles desde un punto de vista moral, y siempre queda algo de su lectura. Será mucho o será poco, pero, como él, será bueno.

Andrés Barrero
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Muerte con pingüino, de Andrei Kurkov

Muerte con pingüino

Muerte con pingüinoHace falta tener mucho talento para hacer de un pingüino dotado de las habilidades de un pingüino y con el carisma propio de un pingüino un personaje fundamental de un texto. Es necesario ser un escritor descomunal para convertir la presencia de un pingüino deprimido en una influencia trascendental en una novela hasta el punto de que me atrevo a decir que Muerte con pingüino, sin ese ave que ni siquiera vuela, no sería Muerte sin pingüino, sino que no sería.
Por cierto, antes de que la reiteración les ahuyente, me comprometo a moderarme con el uso del término pingüino, que probablemente haya escrito hoy ya más veces que en el resto de mi vida.
Pues esta magnífica novela de Andrei Kurkov destila personalidad desde antes de abrirla, el diseño de cubierta no deja indiferente y todo lo que encuentra uno después, menos. Retrata una Ucrania postsoviética, un país que desde luego no nada en la abundancia si no consideramos como tal el exceso de violencia. Pero no es truculenta, no sé si es la particular influencia de ese pequeño ser en blanco y negro la que hace que todo se viva con un tamiz de aparente sosiego, de espectador. Hay violencia, muere gente, incluso el protagonista sospecha que él mismo tiene algo que ver en muchas de las muertes, pero realmente lo asume como algo inevitable. No es que sea insensible, hay otras cosas que le causan irritación, pero aquello que le rodea en lo que no puede o no quiere intervenir directamente, lo inevitable, no le afecta más allá de una cierta curiosidad. Debe ser cosa del frío.
Con un tono entre divertido y contundente, el autor de Muerte con pingüino nos hace conocer una realidad ciertamente terrible, un país en el que la violencia y la corrupción campan a sus anchas, pero que a la vez tiene cierto encanto. Sorprendente si quieren, pero muy atractivo. El punto de partida, un escritor arruinado que convive con un pingüino (de cuando en el zoo repartieron animales porque no podían darles de comer) comienza a ganarse la vida escribiendo esquelas, estelas en el especial lenguaje del libro, con una pequeña particularidad: los protagonistas están aún vivos en el momento de escribirlas. Y el “aún” es importante porque pese a que son todos personas importantes, sin problemas de salud y en plenitud de facultades, comienzan a morir.
Con las muertes comienzan a suceder cosas extrañas, la vida de Viktor se convierte en una existencia mucho más extraña si cabe de lo que cabe imaginarle a un escritor sin éxito cuya mascota es la que ya se ha expuesto. Las cosas parecen irle objetivamente bien personal y profesionalmente pero en realidad todo es falso, no hay más certeza que la de seguir vivo mientras se sigue.
Qué quieren que les diga, Muerte con pingüino me ha parecido una novela excelente, no sólo por su ritmo y su originalidad, sino por su capacidad de contar cosas cuando aparentemente se cuentan otras, por los diferentes planos de lectura, pero sobre todo por la gran calidad del texto. Léanla, encuentren el valor metafórico del ave en cuestión, conozcan otras realidades, pero sobre todo disfruten. El libro lo merece.

Andrés Barrero
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Almas muertas, de Nikolái Gógol

Almas muertas

Almas muertasHace unos meses, dos amigos y yo decidimos crear un club de lectura propio. Pequeñito, sí, pero con calidad. Mucha calidad. Cada mes, uno de nosotros escoge el libro que vamos a leer con una sola condición: no se puede elegir un escritor de la misma nacionalidad que otro que ya hayamos leído. Nuestro objetivo es conocer horizontes nuevos, descubrir obras que quizás de otro modo no nos hubiéramos ni planteado leer. Este mes le tocaba el turno a Jota, que se decantó por la nacionalidad rusa. Propuso tres libros de tres escritores rusos y votamos. Así que aquí estoy, reseñando Almas muertas. No os voy a mentir, otra de las opciones era Anna Karenina, opción que me gustaba más, pero al final el pueblo habló y he pasado los últimos días junto a Nikolái Gógol.

Para mí, la literatura rusa era una gran desconocida. He de decir que solo he leído a Nabokov y, aunque de origen ruso, su literatura es más cercana a la estadounidense de aquella época, por lo que tengo entendido. Así que afronté con un poco de miedo esta obra. No sé por qué, los rusos me han dado siempre muchísimo respeto. Siempre he leído que son unos grandes literatos y que no cualquiera puede adentrarse en sus páginas, así que me alegro de haber empezado con Almas muertas, porque es una obra bastante ligera, entendible y amena.

Cuenta la historia de Chíchikov que, junto a su criado y su cochero se dedica a recorrer varios pueblos con un solo objetivo: comprar almas de personas fallecidas. Así, tal cual. La intención de este personaje (“nuestro héroe” como lo llaman en la edición de Cátedra) es comprarlos para poder después hipotecarlos y hacer fortuna. Lo de las almas tiene su explicación histórica. Resulta que a mediados del siglo XIX, una persona podía poseer siervos como una propiedad. Estos eran considerados como bienes muebles. Pues bien, estos siervos podían venderse, enajenarse o incluso hipotecarse, aumentando así el patrimonio del propietario. A estos siervos se les denominaba comúnmente “almas”. Así, Gógol toma este término para elaborar toda su obra, solo que en vez de comprar almas vivas —siervos vivos—, compraba almas muertas, de siervos que ya habían fallecido.

Nikolái Gógol no quiso más que hacer una sátira, una burla de la sociedad en la que vivía, de ahí esa paradoja de las almas muertas y las vivas. Esto se ve muy claramente en los personajes que Chíchikov se va encontrando a través de los capítulos. En cada pueblo, tendrá que lidiar con un personaje con un carácter fuertemente marcado, respondiendo a los más exagerados estereotipos. Son personajes muy exagerados, llevando su caracterización al extremo. Como si de una comedia se tratara.

Mi edición no la traía, pero este libro tiene segunda parte. Gógol decidió continuar las andanzas de Chíchikov pero, poco antes de morir, el escritor decidió que era mejor quemar el manuscrito para que jamás se publicara. A pesar de ello, se consiguió recopilar la suficiente información como para poder editar esta parte a título póstumo, así que, dependiendo de la edición, se puede encontrar esta segunda parte o no.

En la edición de Cátedra no está incluida, pero en su lugar trae un prólogo bastante extenso (unas ochenta páginas) donde nos ponen en situación con una contextualización muy exhaustiva y con capítulos extras en la parte final que bien podrían servir de aclaración de muchos aspectos que durante el libro se quedan un poco en el aire. Por supuesto, también están las notas a pie de página, que para mí son imprescindibles. Sobre todo al principio, porque te explican la forma que tenían los rusos de llamar a las personas y así no te haces un lío, porque hay personajes que les llaman hasta de tres formas diferentes.

En resumen, ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo, a pesar de que iba con miedo al principio. No sé de dónde viene este temor, la verdad, pero siempre he pensado que hay que haber leído mucho para poder entender la literatura rusa. Y bueno, no ha sido tan terrible. Siendo sinceros, es un libro que hay que leer con detenimiento y que no es una lectura en la que podamos sumergirnos toda una tarde sin apartar los ojos de  sus páginas —al menos en mi opinión—, pero es un libro que al final es muy amable, ya que en muchas ocasiones llega a hacernos reír y el personaje de Chíchikov se convierte en un viejo conocido. Me ha gustado mucho este mes, sin duda. Ahora, me toca elegir a mí la próxima lectura y ya que Anna Karenina no lo podemos leer por haber agotado la nacionalidad rusa… no sé por qué me voy a decantar. Pero desde luego necesito algo que esté a la altura de Nikolái Gógol y sus Almas muertas.

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Inmersión, de Lidia Chukóvskaia

Inmersión

InmersiónInmersión, un sendero en la nieve es más que una obra bellísima, es todo un testimonio de firmeza moral y de compromiso con la justicia y la libertad. Cuando el simple silencio era más heroico que simplemente digno, Lidia Chukóvskaia elevó su voz frente a la injusticia, frente a la persecución de artistas y escritores de finales de los cuarenta que bajo la acusación de “cosmopolitismo” escondía una purga más, y una de tintes antisemitas. Ella defiende a los acusados colectivamente y lo hace mediante un argumento pertinente y tremendamente sugestivo, algo que siempre he pensado pero que no recuerdo haber visto expresado con palabras: unas denuncias tan abstrusas escritas en un tono tan gris, tan plano, reiterativo y fatuo no pueden ser ciertas. ¿Se puede distinguir una mentira por la forma en que está escrita? Probablemente no siempre, pero en aquella situación desde luego sí. Cosas como «Idealista y formalista, exponente recalcitrante de la escuela comparativista y ferviente defensor de todo lo procedente del extranjero, el profesor Shumílov (alias Shneierman) ha difundido, a lo largo de toda su vida, teorías infames con el fin de degradar la dignidad del hombre soviético y ha embutido en la mente de nuestros jóvenes alegatos contrarios a la patria y a la ciencia» sencillamente no pueden ser otra cosa que burda propaganda, una miserable utilización del lenguaje para disfrazar de delito cualquier sencilla expresión de la naturaleza humana. Es un consuelo que el servilismo pudiera proporcionar todo tipo de reconocimiento y beneficios materiales, pero no talento.
Inmersión no sólo tiene esta vertiente de compromiso con la libertad, también es una obra hermosa que transmite la belleza de los paisajes nevados, la paz de los bosques. La protagonista, Nina Sergueievna, escritora y traductora, acude a una residencia de escritores como premio de la unión de escritores. Un mes de descanso en el campo. Y durante ese mes no sólo trabaja en su obra, para la que requiere de esa Inmersión en sus propios recuerdos, y traduce, también conoce a una serie de personajes que le permite poner en pie un retrato certero de una sociedad dominada por el miedo, la propaganda y la desinformación. Allí va recibiendo noticias de detenciones en teatros o editoriales, allí conoce a críticos mediocres que alardean de sus verdades absolutas con tanta arrogancia como incapacidad, allí conoce a un poeta que comparte con ella su obra y a un escritor antiguo condenado al Gulag que le abre los ojos a ciertas realidades, especialmente a la suerte de su desaparecido marido. Diez años sin derecho a correspondencia, un eufemismo que esconde una suerte trágica que ella se negaba a aceptar. O a la gente del pueblo, que de forma colateral denuncia también las diferencias sociales entre unos y otros.
Nina Sergueievna tiene algo que le proporciona la fuerza necesaria para mantenerse en pie, para respetar su propia dignidad intelectual antes que su integridad personal (algo que también aprende a modular), y es su amor a la poesía. Hay mucha poesía, Pushkin por ejemplo, o Pasternak, que no es solo fuente de citas sino un argumento en sí mismo. No es sólo la belleza de su prosa sencilla lo que confiere el aire tan especial a Inmersión, es también la relación de la protagonista con la poesía la que lo logra. Siente uno unas ganas terribles de leer las memorias de Chukóvskaia en las que narra su relación con su amiga Anna Ajmátova por más de treinta años.
Y hay finalmente una interesante (y emocionante) reflexión sobre el coraje, sobre decir lo necesario. La protagonista en un momento dado puede comprender el silencio, entiende que puede ser preciso no hablar para seguir vivo, pero no logra asumir que en lugar de gritar la verdad o guardar un digno silencio, se proteja uno sumándose a la mentira.

Andrés Barrero
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Así era Lev Tolstói (II), de Selma Ancira

Asi era Lev Tolstoi (II)

Asi era Lev Tolstoi (II)Esta serie, de la que ya tuve el placer de reseñarles la primera entrega, resulta indispensable para todo aquel a quien le interese la figura de Lev Tolstói por su evidente interés histórico ya que permite contemplarlo a través de la mirada de sus contemporáneos, pero esta segunda entrega, magnífica, es imposible desligarla de su vertiente emocional ya que el primero de los relatos es obra de Sofía Andreiévna Tolstaia, su mujer, y relata nada más y nada menos que su boda, y el último de ellos nos cuenta su funeral. Los relatos que componen Así era Lev Tolstói (II) son:

– La boda de Tolstói (Sofía Andreievna Tolstaia)
– De mi trato con Tolstói (Ilyá Repin)
– Cinco días en Yásnaia Poliana (Tokutomi Roka)
– En los funerales de Tolstói. Impresiones y observaciones (Valeri Yákolevich Briúsov)

La mirada, como se puede comprobar de un vistazo, es amplia, desde su mujer a un pensador japonés que compartió unos días con Tolstói. Desde un artista consagrado, como el pintor Ilyá Repin, a un poeta y dramaturgo que no lo conoció en persona.
El primero de ellos, un relato sencillo de la boda escrito por la mujer, se diría que recuperando sus ojos de novia, resulta de una emotividad difícil de entender para quienes no se hayan sumergido en sus diarios, los de ambos, y sean conscientes de la evolución posterior de la relación. Es un hecho conocido que en sus últimos tiempos se tornó tormentosa, y a consecuencia de ello y de la proyección de la figura de él la historia probablemente no haya sido especialmente justo con Sonia, su mujer, de forma que este relato, tan inocente y refrescante, reconcilia al lector con una mujer cuya vida fue francamente complicada. Y en todo caso la contemplación de su amor, en aquel tiempo tan puro, es un espectáculo francamente hermoso. Puede que sea una apreciación personal o subjetiva, pero les puedo asegurar que leer este relato ha sido un verdadero placer.
El segundo en aparecer en las páginas de Así era Lev Tolstói (II) es el pintor Ilyá Repin, autor de alguno de los más famosos retratos de Tolstói y de obras francamente impactantes como Los sirgadores del Volga. Un grande. Y tal vez sea su tremenda dimensión artística la que permite hacerse una idea bastante fiel de la del propio Tolstói en su época, porque la veneración con la que habla de él es francamente destacable. Se suma además la especial relación que tenía Tolstói con el arte en su madurez, cuando su pensamiento se impuso tan claramente a su faceta más puramente literaria. Ser testigo de las conversaciones entre el pensador y el pintor es un verdadero privilegio.
Y si la veneración de Repin por Tolstói era grande, la que exhibe el pensador Tokutomi Roka no es menor. Es sumamente interesante porque da clara muestra de la influencia de Tolstói más allá de las fronteras de Rusia en una época en la que las comunicaciones nada tienen que ver con lo que son hoy. A la devoción del japonés por el pensamiento y la figura del ruso hay que añadir la descripción de la forma de vida de la familia en Yásnaia Poliana, las rutinas, la alimentación, etc Es un documento de un interés extraordinario.
Pero tal vez la mayor demostración de la dimensión histórica y humana del escritor que contiene Así era Lev Tolstói (II) sea el hecho de que resulta imposible leer la crónica de su funeral aun hoy día sin apenarse. Que un contemporáneo no pueda esconder en sus letras el dolor que le produce la muerte de aquel gran hombre es comprensible, que hoy día le ocurra lo mismo a un lector de una época tan distante y tan diferente es ciertamente digno de reseñar.
Y no puedo finalizar sin dedicar unas palabras a repetir una cosa ya apuntada en la reseña anterior: la figura de Selma Ancira, a través de cuya elegancia hemos podido disfrutar de muchas de las obras de Tolstói y ahora de estos impagables retratos, se ha ligado hasta tal punto en mi subconsciente a la del propio autor que ambos son una garantía de la misma calidad. No sería correcto terminar sin agradecérselo.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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El apocalipsis de nuestro tiempo, de Vasili Rózanov

El apocalipsis de nuestro tiempo

El apocalipsis de nuestro tiempoEl apocalipsis de nuestro tiempo no es un libro fácil de reseñar, su autor, Vasili Rózanov, es un brillante polemista y el texto es el que puede uno imaginar de alguien que piensa que, efectivamente, su tiempo, su vida, está siendo destruida. El autor da rienda suelta a su contundente verbo, que luce desatado y reparte culpas a diestro y siniestro. Y es cierto que su mundo acababa, el texto está escrito en los inicios de la revolución rusa, a la que el autor era notablemente desafecto y son los protagonistas de la misma junto con el cristianismo los responsables a sus ojos de ese apocalipsis que considera que está viviendo.

Preguntémonoslo otra vez: ¿de qué muerte estamos muriendo? Intentemos de una vez expresar en una sola palabra y hacer converger en un solo punto las razones de nuestra muerte. Morimos por una sola y fundamental razón: haber perdido el respeto por nosotros mismos. De hecho nos estamos suicidando.

Todo el mundo es responsable, desde los escritores por escribir sobre falsos valores al pueblo ruso por su carácter displicente, por dejar que sean judíos y alemanes quienes trabajan y hacen dinero mientras ellos se dejan llevar. Y el nihilismo. Y el socialismo. Y el cristianismo (aunque no la religión). No es fácil seguir a Rózanov en sus diatribas, además de contundentes son vertiginosas y usa tal despliegue de munición (desde Dostoievsky o Nekrasov al antiguo testamento o los evangelios) que ciertamente aturde, además de que su impulsividad le lleva a citar erróneamente en ocasiones. Pero es todo un espectáculo.

Probad a crucificar al sol,
y ahí veréis quien es en verdad Dios

No sé si El apocalipsis de nuestro tiempo debe leerse como un ejercicio intelectual por sus implicaciones históricas y filosóficas, o si por el contrario es más apropiado acercarse a él como ejercicio retórico, bucear en el discurso y dejarse llevar por él. Por sus momentos brillantes, que los hay, o por los abiertamente exagerados o inexactos. Incluso por sus cambios de opinión, como la que le merecen los judíos. Lo único que uno no debe hacer es buscar coincidencias, no se trata de si tiene razón o no, sino certificar de que en cualquiera de los dos casos es brillante. Y eso me hace sentir cierta envidia por épocas pasadas: convulsas y sangrientas, es cierto, pero ya me gustaría a mí reconocerle hoy día esa brillantez en el error, o incluso en el acierto, a muchos de los protagonistas de nuestra vida pública. Sin hacer paralelismos, que lo nuestro no es un apocalipsis.

Nos dimos al culto de una religión de la infelicidad.
¿Por qué asombrarnos, entonces, de que seamos tan infelices?

Quisiera finalizar con un detalle menor, una anécdota, si me lo permiten. En un texto de esta fuerza, de la profundidad que pretende y la gravedad que transmite, resulta ciertamente curioso comprobar cómo al principio de algunos fascículos el autor hace referencia a la subida de las tasas postales lo que le obliga a él a subir el de la suscripción. Porque lo publicó en fascículos y se los enviaba él mismo a los suscriptores. No sé si El apocalipsis de nuestro tiempo es ciertamente la crónica de un apocalipsis o simplemente la de un ocaso, en cualquier caso es el relato triste de un tiempo que termina y de un autor que lo reconoce así, pero se resiste a dejarlo morir en silencio.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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El primer peldaño, de Lev Tolstói

El primer peldaño

El primer peldañoHay dos cosas que debo confesar antes de que sigan leyendo: la primera de ellas, mi condición de devoto tolstoiano, la conocerán si siguen este blog porque si las cuentas no me fallan esta es la novena reseña de o sobre Tolstói que escribo para LibrosyLiteratura. La segunda es mi muy poco tolstoiana falta de predisposición al vegetarianismo. El primer peldaño es un libro de Tolstói sobre el vegetarianismo, lo cual parece cuadrar mejor con la primera que con la segunda de mis confesiones, sin embargo el mundo sería un lugar muy triste si uno debiera limitarse a leer sobre aquello en lo que coincide y sea desde el punto de vista que sea, militante o no, a favor o en contra, este libro es un verdadero disfrute para cualquier lector mínimamente inquieto. Lo que verdaderamente me llama la atención no es el tema en sí sobre el que habla el autor (o los autores, porque incluye otros textos) sino el despliegue intelectual que realiza para justificarlo.
Para Tolstói el vegetarianismo no es un fin en sí mismo sino un paso imprescindible (un peldaño) dentro de un proceso de perfeccionamiento moral de las personas, uno de sus temas recurrentes. Y su argumentación es tan contundente y está tan bien expuesta que resulta absolutamente imposible no reflexionar sobre el tema. Sostiene el autor que no sólo es un paso inevitable en el camino de autoperfeccionamiento moral que considera un deber de todo ser humano, sino que es el primero de ellos porque estos deben transitarse en un determinado orden lógico. La fuerza narrativa de Tolstói pone en este texto lo que le falta para gustarle a un lector poco inclinado a las tesis que se defienden.
Tengo que decir que, para mi gusto, El primer peldaño sería un libro mejor si se limitase a esa argumentación moral porque el resto de justificaciones científicas que se aducen a favor de la causa, tanto por parte de Tolstói como del resto de los autores, resultan especialmente poco convincentes para un lector del siglo XXI. No es culpa suya, ellos hablaban de un mundo completamente diferente y cuando se referían a la toxicidad de los alimentos de origen animal no podían imaginar este mundo nuestro lleno de aditivos en el que resulta difícil encontrar un producto comercial sin algún elemento cancerígeno o tóxico en alguna medida, o para cuya explotación se esquilman los recursos naturales o que tiene algún tipo de parásito como el anisakis o una cantidad tan desorbitada de azúcares añadidos que convierte su origen animal en el menor de los potenciales problemas para la salud del consumidor. Eso sin entrar en que las bondades de determinados alimentos se transforman en perjudiciales de un día para otro o las supuestas teorías científicas que demuestran una cosa generalmente son casi tan abundantes como las que demuestran la contraria de forma que para un ciudadano medio es prácticamente imposible saber a qué atenerse.
A mi modo de ver hay un punto de vista idóneo para acercarse a este libro y no es el vegetarianismo, sino el pensamiento de Tolstói en su globalidad. Dentro de ese marco este libro no es solo interesante, es imprescindible porque ilustra una de las facetas menos divulgadas del mismo, aunque no deja de ser una cara más que refleja el complejo mundo filosófico del autor. El primer peldaño que el vegetarianismo, o por ser más específico, la abstinencia, supone en esa escalera de autoperfeccionamiento moral tan característica de Tolstói puede ser también un primer paso para adentrarse en otros aspectos de su obra última como la no violencia, probablemente el más importante de ellos. Y en todo caso es un texto sumamente interesante para cualquiera que disfrute abriendo su mente a otras realidades.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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