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Así era Lev Tolstói (I), de Selma Ancira

Así era Lev Tolstói (I)

Así era Lev Tolstói (I)Cuando tuve noticia de la publicación de un libro titulado Así era Lev Tolstói, en Acantilado y de Selma Ancira, por supuesto lo pedí inmediatamente pero me hice una idea equivocada. Por alguna razón, probablemente la ilusión que me hacía pensarlo, supuse que era la propia Selma Ancira la que por una vez iba a regalarnos su propia voz en lugar de aplicar su sensibilidad y su talento a traducir la de otros. La idea que leer a aquella a través de cuyos ojos he disfrutado de una parte muy importante de mis libros de cabecera se me antojaba el mayor de los acontecimientos literarios posibles. Y lo es, pero no como imaginaba. Quiero decir que no se trata de Selma Ancira hablando de Lev Tolstói sino que traduce textos de personas que lo conocieron y plasmaron por escrito y de primera mano sus impresiones. Igualmente es un acontecimiento y un verdadero regalo para los tolstoianos del mundo, pero lo magnífico de la lectura no logra que se me vaya de la cabeza esa idea inicial equivocada pero ilusionante. Ojalá algún día podamos disfrutar de un libro como ese por ahora imaginado. Una vez lanzado el guante, mientras tanto es una fortuna poder disfrutar de este pequeño tesoro y de ese “(I)” del título que permite soñar nuevas entregas.
Esta primera entrega de Así era Lev Tolstói permite conocer las impresiones que causó el escritor en tres personas bien diferentes, Serguei Petróvich Arbúzov, un sirviente de Yásnaia Poliana que acompañó a Tolstói en su viaje al monasterio de Óptina Pustyn, Piotr Ilich Chaikovski, quien en una breve entrada en su diario plasmó sus impresiones de una entrevista con el escritor, y George Kennan, escritor estadounidense que lo visitó en Yásnaia Poliana tras pasar una temporada conociendo las condiciones de vida de los presos en los campos de trabajo zaristas de Siberia.
Probablemente, dada la dimensión que tuvo Tolstói en vida, haya cientos o miles de documentos por el estilo. Su casa familiar, de la que su familia se quejaba de que era “una casa de cristal”, según las memorias de su hija Tatiana, dada la falta de intimidad que suponía que el conde recibiera a todo aquel que tuviera a bien acercarse hasta allí para conocerlo y la máxima que el cabeza de familia imponía a todos ellos: “que nadie abandone este lugar sin consuelo”. La presente selección se me antoja sabia, porque combina tres visiones extraordinariamente diferentes (un ruso humilde, otro de clase alta y un extranjero) pero los tres igualmente rendidos a la personalidad y la mística del personaje. Aun desde la discrepancia ideológica como en el caso del escritor estadounidense.
El primero de los textos, un relato de la peregrinación de Tolstói a Óptina Pustyn que bien podría leerse como un cuento, es una verdadera delicia. Nos permite encontrarnos con el Tolstói que imaginamos, nos permite acompañarle en su viaje y recorrer verstas, beber té de un samovar y alojarnos en isbas, algo que tantas y tantas veces hemos hecho en las letras del propio Tolstói y de tantos otros, sólo que en una compañía francamente inmejorable. Nos permite además ver al escritor con los ojos de un humilde sirviente que bien podría haber sido uno de sus personajes. En pocas palabras, como experiencia literaria este texto de apertura de Así era Lev Tolstói es un regalo que se mantiene abierto cuando el libro que lo contiene se cierra.
La breve reseña de Chaikovski es muy ilustrativa de la dimensión que alcanzó la figura de Tolstói en la sociedad de su época, su capacidad para hacerse un hueco en tantas las conciencias como corazones, además de suponer un documento histórico de indudable relevancia por tratarse de la confluencia de dos talentos intemporales.
Y ahora viene la parte difícil de explicar. El texto de George Kennan es muy poco ruso en lo que al estilo se refiere, su mirada es diferente y por ello enriquecedora especialmente en tanto que discrepante. Sin embargo obliga a un esfuerzo inesperado, aunque sin duda beneficioso, ya que sus profundas discrepancias se expresan de un modo un tanto irritante. Entiéndanme bien, sus discrepancias están justificadas y aunque la figura de Tolstói tenga una relevancia en la literatura y el pensamiento infinitamente superiores a la de Kennan, es indudable que el tiempo se empeña en darle la razón al segundo en tanto a la inaplicabilidad de las ideas del primero. Por mucho que uno simpatice con las ideas de no violencia y de no resistencia violenta al mal que tan brillantemente expuso Tolstói, es indudable que el mundo no se mueve hoy día por ellas como tampoco lo hizo en vida del escritor. El punto de vista de Kennan es eminentemente práctico, muy estadounidense, y el relato de su conversación es muy extenso y detallado. Profundamente interesante. Pero obliga al lector, y aunque parezca lo contrario lo asumo como un acierto, a hacer el esfuerzo intelectual de reflexionar sobre lo que dice en lugar de irritarse porque califique a Tolstói de infantil, aunque lo haga desde el más profundo respeto. Uno podría discutir, podría acusarle de paternalismo o incluso de arrogante, pero sería absurdo por dos motivos, uno que lo que dice es difícilmente discutible (aunque no necesariamente por ello le quite razón a los argumentos de Tolstói) y otro porque sería profundamente contradictorio: defender a Tolstói desde la irritación es discutirle en la práctica.
Por otro lado, incluso desde su reparo a la aplicabilidad de las ideas de Tolstói, Kennan expresa no sólo su respeto sino también su admiración ante la sinceridad de sus ideas y la bondad de su interlocutor. Como les decía es un texto sumamente enriquecedor y a poco interesados que estén en la figura de Tolstói les recomendaría que no se lo perdieran.
Así era Lev Tolstói no es sólo un retrato de uno de los mejores escritores de la historia ni de un relevante pensador, la sabia combinación de puntos de vista logra que además de eso sea un acercamiento a la persona que había detrás del personaje y por eso, por todo ello, es un documento intelectual y emocionalmente imprescindible para quienes nos interesamos por su figura.

Andrés Barrero
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Los Zelmenianos, de Moyhe Kulbak

los-zelmenianosNo hace mucho venía a hablarles de un libro titulado Supervivientes, de Java Rosenfarb, un libro escrito precisamente por una sobreviviente del Gueto de Lodz y de los Campos de Auswchwitz. Tengo que reconocer que aun siendo una lectura muy dura, como pudieron ver me gustó mucho; también es cierto que me revolucionó por dentro. Me hizo pensar en cosas que no había recordado desde la lectura de Maus. Es otra forma de ver la historia, ver su resultado en primera persona y por ello de forma muy, muy dolorosa.

Pero todos sabemos que los judíos tienen un buen sentido del humor, peculiar, del que a mí me gusta, porque es un poco saber reírse de uno mismo. Y ese es mi humor, el que yo elegiría para escribir un libro que pienso que podría agradar a los demás … ¿Qué pocas veces utilizamos ya el verbo agradar, ¿verdad?

Como ven, y pese a mi malísima memoria, que una ya va teniendo una edad, y será por ello que empalmo unas lecturas con otras y me ha venido a la cabeza “Los meagrada” que es un álbum escrito por Álvaro Fierro y Gracia Iglesias e ilustrado por Susana Rosique, en ese caso era un libro infantil con el que tengo que decirles que disfruté también mucho…

Pensarán que ya me voy algo de cabeza pero esto es lo que nos pasa a los lectores, que unas cosas nos llevan a otras…, el caso es que en esta ocasión la editorial Xordica me lleva a todo porque la portada del libro me ha encantado, una de esas que no pasa desapercibida a aquellos que vamos siempre mirando de reojo las portadas de los libros, claro que he leído que es del ilustrador Antonio Santos, del que he tenido la suerte de ver varias exposiciones y de la que soy una buena admiradora.

Y si lo que me hizo girar muchas veces la cabeza ante Los Zelmenianos fue precisamente el diseño de la portada, lo que hace que ahora venga a hablarles de él aquí es el impacto que ha producido en mí su interior, una literatura ejemplar, que en este caso me ha resultado maravillosamente agradable para pasar algunos de los días festivos de Navidad, ya saben, hacer las digestiones de estas fechas lleva sus ratos de sillón junto al fuego y una interesante historia ayuda a divertirte y relajarte sin que haya tentación para la siesta… Si, si ya sé que también se puede salir a pasear pero las temperaturas no acompañaban en absoluto.

Si a uno le gustan los libros de humor, las sagas familiares y la literatura yiddish, bien traducida, que nos habla de las tragicómicas desventuras de una familia judía ante la revolución Bolchevique, pues la verdad es que sus 400 páginas no le han de decepcionar.

La traducción directa del yiddish de Rhoda Henelde y Jacob Abecaís es muy actual, fresca y dinámica, con montones de llamadas que no se hacen pesadas, sino todo lo contrario, algunas incluso las podemos obviar pero la mayoría nos llevarán de sorpresa en sorpresa.

Esta obra, que se publicó entre 1929 y 1935, nos va contando la saga de una curiosa familia que iniciamos con el abuelo Reb Zelmele y la abuela Bashe, de los que partirán cuatro estirpes y a través de todos ellos conoceremos como en aquel momento histórico y de grandes transformaciones sociales, intentan seguir con lo suyo, con su forma de vida, constreñidos a las tradiciones y a la voluntad de las decisiones familiares. Pero ahí está el régimen comunista que al final todo lo controla.

Las discrepancias generaciones le sirven al autor para poder hacer crítica de unos y de otros, mejor dicho sátira, que es lo que peor aguantan las dictaduras, y la visión que el autor ya tenía de lo que había a su alrededor culmina en esta maravillosa obra, que junto con sus poemas le costó la vida, pues fue dos años después de su publicación cuando Stalin declara a Moyhe Kulbak traidor a la patria y con 41 años fue ejecutado.

Lo que me maravilla es que una persona en su primera treintena de vida sea capaz de escribir una obra como esta, sé que lo hemos visto en otras ocasiones, pero no puedo dejar de pensar en lo que nos hemos perdido los lectores no dejando que un autor como este crezca hasta donde crecen los grandes, es seguro que la literatura ruso-judía, hubiese alcanzado el nivel de la Gran Literatura judío americana o francesa.

Sinceramente, si tienen unas horas para bien emplearlas, pasen y lean Los Zelmenianos. Y conozcan sus vidas y no se arrepentirán de adentrarse en un pedacito de la historia que de forma muy entretenida nos cuenta Moyhe Kulbak.
P.D.: Me dice un amigo (más bien conocido y del tipo intelectual) que nunca haré una gran reseña si no transcribo un poquito del libro…

…”El tío Zishe no era un hombre de fácil trato, además de todas las enfermedades comunes, adolecía de vanidad y de presunción, y era de suponer que ahora también estaba practicando la presunción. El asunto de la postal de Moscú, había sido una rotunda mentira. Quien siembra mentiras a su alrededor, después se come el hígado por dentro…”

Bueno, pues si hay que hacerlo, se hace, pero solo en algunas ocasiones, y en esta hecho está para que vean que cuando yo les digo que es de lectura fácil aunque sea un autor ruso y escrito en 1929, así es.

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Nosotros, de Evgueni Zamiatin

Nosotros

NosotrosNosotros pasa por ser una de las novelas fundadoras del género de la distopía pero tampoco se lo tomen demasiado en cuenta: ésta es de las buenas, de las que se sirven de la ficción para analizar la realidad y poner en pie una crítica feroz que no habrían podido publicar de otra manera. Publicar es un decir, claro, porque las autoridades soviéticas (la obra es de 1921) la prohibieron y vio la luz por primera vez en el Reino Unido en 1924. El bueno de Evgueni Zamiatin tampoco tiene la culpa de las atrocidades cometidas después en el nombre del género.

Zamiatin no se limita a construir un futuro diferente, disfuncional a nuestros ojos para advertirnos de la deriva del presente, hace algo más. Nosotros describe el futuro, presenta para los protagonistas, quienes constantemente lo confrontan al pasado, presente para nosotros (para los lectores contemporáneos al autor, quiero decir) poniendo de relieve las diferencias. El narrador, D-503, ecribe breves notas en las que reflexiona sobre su vida y contrapone las bondades del sistema en el que vive cuya principal regla es la ausencia de libertad, algo de lo que se sienten orgullosos, con ese estado anárquico y semisalvaje que es la vida que conocemos vista a través de sus ojos. Salvo una hora diaria todas las actividades humanas, desde la alimentación (a base de un derivado del petróleo) hasta el sexo,  están reguiladas por unas tablas y supervisadas por una figura paternal, el Gran Bienhechor, que con mano de hierro guía sus existencias.

Pero algo le pasa a D-503, destacado ciudadano, matemático y fiel al sistema, que empieza a desviarse del camino trazado y deja testimonio de su deriva en las notas que va escribiendo y que constituyen el texto de Nosotros. Algo en principio ridículo, inconcebible, pero potencialmente letal no para él, sino para el sistema mismo. Y no es el único afectado. Nosotros, los salvajes primitivos que creíamos que la libertad podía ser algo positivo, inmediatamente reconocemos el mal que le acecha: se enamora. Sin embargo los sabios doctores del futuro lo describen de otro modo tal vez errado pero incluso más poético, sin duda a su pesar: a D-503 le infecta un crecimiento descontrolado en su interior, un proceso aparentemente cancerígeno pero que ellos, conocedores de grandes verdades que nos son inalcanzables, describen de un modo mucha más certero: le está creciendo un alma.

La comparación entre ambos mundos, el relato de cómo se llegó a ese remanso de paz y ausencia de sentimientos que garantizaba una paz perpetua a sus habitantes y sobre todo, la aguda inteligencia de Zamiatin hacen de Nosotros una obra extraordinariamente interesante. Además su ritmo es fluido y los personajes están tan bien construidos que al tiempo que desgranan sus contradicciones hacen lo propio con las nuestras. Y nos reconcilian con nuestro imperfecto mundo a un precio bien razonable: mantenernos alerta frente a los totalitarismos.

Se disfruta mucho con este libro, créanme, pero no sólo al modo tradicional (como siempre ocurre frente a una obra brillante y bien escrita) sino que de alguna manera se cierra con una sensación de agradecimiento. Y de frustración, claro, porque las enseñanzas de Evgueni Zamiatin, pese a su preclara anticipación de los hechos, sirvieron de bien poco en el devenir de la historia. Somos como somos, incapaces de aprender del talento lo que necesariamente acabamos por deducir del dolor.

Andrés Barrero
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Noches blancas, de Fiodor Dostoievski

Noches blancas

Noches blancasMi sueño desde que escribo reseñas es empezar una tal que así:

“Que quería yo hablarle de Dostoievski”.

Y entonces vosotros decís:

“Ah, pues muy bien. Encantada. Ahora mismo bajo”.

Y así, amigos, es como yo cumplo mi peculiar sueño. Así que seguidme el juego en este momento tan José Luis Cuerda. Si no entendéis mi genial y brillante introducción (ejém) es que no habéis visto la fantástica película Amanece que no es poco, lo cual me entristece mucho. Hay que tener devoción a Dostoievski y a Faulkner y hay que ver Amanece que no es poco. Es una verdad universal, no es que me lo esté inventando yo. Además, está prohibido ir de hipster sin haberla visto. Ya sabéis, la próxima persona que no pille una referencia a esta película tendrá mi más absoluta indiferencia (y estaré siendo muy justa).

Dicho esto, tengo que hablaros de Noches blancas. Recuerdo que la primera vez que leí este libro tendría unos quince años. Era una edición de mi padre bastante antigua y desde entonces, la última frase del libro, que anoté en alguna libreta, me ha ido persiguiendo a lo largo de mi vida. ¿No os ocurre lo mismo? ¿No hay frases que os acompañan, frases que de algún modo, forman parte de vosotros? No sé si os parece muy raro, pero a mí me ocurre con unas pocas. ¿La frase? Luego os la digo.

Dostoievski es una maravilla de escritor y para mí hace mucho que se convirtió en uno de mis escritores preferidos. ¿Habéis leído El jugador? Otra maravilla. Dostoievski es un gran escritor porque conoce a las personas, porque sus personajes son tan fascinantemente verdaderos que pareciera que tuvieran alma. Aparte de los personajes, su manera de escribir es impecable. No sé qué tienen los rusos escribiendo, si es el vodka o el frío, pero la madre patria ha dado una cantidad de escritores imprescindibles para la literatura universal.

Como os decía, leí esta novela cuando aún era joven e inocente y me impresionó mucho. Venga, voy a contaros algo friki: me gustaba tanto Dostoievski por aquel entonces, que utilizaba el nombre de Nietoschka Nezvanova (otra de sus novelas) como seudónimo en Internet. Os estoy hablando de los tiempos del IRC, Fotolog, etc. Yes, I’m a loser baby, so why don’t you kill me. Tras este breve apunte extraño, continúo. ¿Sabéis por qué esta pequeña novela se titula Noches Blancas? Resulta que en el solsticio de verano, en ciudades como San Petersburgo (donde se desarrolla esta novela) ocurre un fenómeno natural que hace que las puestas de sol ocurran más tarde y los amaneceres más temprano. Por lo tanto, nunca llega a haber una oscuridad completa. A este fenómeno se le llama Noches blancas y es en estas extrañas noches cuando se desarrolla la trama de esta novela. La novela se divide en varias partes: primera noche, segunda noche, la historia de Nasténka, tercera noche, cuarta noche y la mañana. Lo que sucede durante este poco tiempo es que el narrador, una persona solitaria, que apenas habla con nadie, pero que es tremendamente romántico, conoce a Nasténka, una joven de diecisiete años que vive casi todo el día literalmente atada a la falda de su abuela ciega. Nasténka, enamorada y prometida con un antiguo inquilino que prometió que volvería a por ella, pasa las noches esperándole. Y es en una de esas noches cuando se conocen nuestro protagonista y la joven Nasténka. Y hasta aquí puedo contaros, amigos. El resto quiero que lo descubráis por vuestra cuenta, porque realmente merece la pena.

Esta edición, publicada por la editorial Nórdica Libros, pertenece a su colección de libros ilustrados y es realmente bonita.

¡Ah! Casi se me olvida. La frase: “¡Dios mío! ¡Todo un minuto de felicidad! ¿Acaso es poco para toda una vida humana?”

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Últimos testigos, de Svetlana Alexiévich

Últimos testigos

Últimos testigos«¿Qué es mejor: recordar u olvidar?».

¿Para qué hablar una y otra vez de la Segunda Guerra Mundial? ¿Para qué rememorar continuamente las atrocidades de ese episodio de nuestra historia reciente si ya no podemos ponerle remedio? ¿Para qué ensalzar o criminalizar a uno u otro bando, si lo pasado, pasado está?

«Repaso los recuerdos de la guerra para comprender. Si no, ¿para qué sirven los recuerdos?».

Comprender. ¿Es posible? ¿Leer cientos de páginas nos hará entender a esos hombres que torturaban y mataban a sus semejantes?, ¿que pasaban de fusilar a una familia entera a jugar con un perro?, ¿que se entretenían aterrorizando a una niña, volando con su bombardero cerca de ella?

«¿Sigue vivo aquel piloto? ¿Cómo son sus recuerdos?».

Imposible imaginarlo. Nada hay más desconcertante que el ser humano: capaz de lo mejor y de lo peor, incluso en la guerra. Pero, aunque nunca lleguemos a comprender ni una mínima parte de tanto sufrimiento y maldad, es necesario leer esas páginas que nos hablan de lo que sucedió, porque olvidarlo sería cometer una injusticia más.

«¿Eso es todo? ¿Todo lo que ha quedado de aquella pesadilla? Solo unas cuantas docenas de palabras…».

Últimos testigos, de la ganadora del Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Alexiévich, es un libro que recoge los testimonios de decenas de bielorrusos que vivieron la guerra siendo niños, y es, para mí, una obra imprescindible sobre ese periodo histórico. Ni Hitler, ni los aliados, ni grandes y decisivas batallas: solo la realidad de unos niños que tuvieron que luchar y sobrevivir en una guerra que llegó una mañana cualquiera, quemando su casa y matando a sus padres en la mayoría de ocasiones.

«Vi cosas que no se deben ver… Cosas que un ser humano no debe ver. Y las vi siendo niño…».

Encabezados con una frase, el nombre, la edad que tenían cuando comenzó la guerra y la actual profesión, Svetlana Alexiévich enlaza los testimonios de unos y otros, dando una identidad individual a todos y remarcando, con ese apunte a su actual profesión, que ellos sí pudieron tener un futuro, a pesar de las pérdidas, las hambrunas, la orfandad, las torturas.

«La gente que no ha visto a una persona matando a otra es otro tipo de gente».

Los niños de la guerra no fueron niños cualesquiera porque no les dejaron tener infancia. Han tenido que cargar con secuelas de por vida, pero también aprendieron a ver el mundo con otros ojos: en toda su crudeza y con una inconcebible compasión.

«Mi hermano y yo crecimos entre gente desconocida. Nos salvó gente desconocida. Pero ¡si no son desconocidos! Toda la gente es familia. Vivo con esa sensación, pero a menudo me decepciono. La vida en tiempos de paz es otra cosa…».

Niños que vieron a su familia morir frente a ellos y niños que mataron. Niños que daban lo poco que tenían de comer a un soldado alemán hambriento y niños que utilizaban los cadáveres congelados de los nazis como trineos. Últimos testigos es un libro lleno de contrastes, donde las frases lapidarias se suceden sin parar, pues no hay imagen más precisa que aquella que describe la emoción vivida y grabada en la memoria.

«La guerra tardó mucho en acabar… Dicen que cuatro años. Durante cuatro años nos dispararon… ¿Cuánto tiempo nos llevó olvidarla?».

Svetlana Alexiévich traza un hilo conductor entre los recuerdos de los entrevistados a través de preguntas que quedan implícitas en los discursos: ¿qué recuerdos tienes de antes de la guerra?, ¿qué dejó una huella más intensa en tu memoria en aquellos días?, ¿tenías algún sueño?, ¿qué te quedó del orfanato? El resultado es un retrato abrumadoramente sincero, tanto de la realidad cotidiana del aquel episodio bélico como de la forma de vida de las familias bielorrusas de la época.

«No grites, boba. El Führer os está liberando de Stalin».

Últimos testigos es, en definitiva, un necesario homenaje a los últimos supervivientes de la Segunda Guerra Mundial y una puesta en valor de sus recuerdos y reflexiones.

«Somos los últimos testigos. Nuestro tiempo se acaba. Tenemos que hablar… Nuestras palabras serán las últimas…».

Nunca está de más un nuevo intento de comprender el pasado si así aprendemos a actuar en el presente, recordando que hoy en día también hay millones de niños que son testigos y víctimas de guerras, para que dentro de cincuenta años no nos demos cabezazos al escuchar los testimonios de sus supervivientes. Porque con ellos estamos a tiempo de cambiar su futuro. Porque, con ellos, el olvido no es solo injusticia, sino crimen.

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Hecatombe, de William Gerhardie

Hecatombe

Hecatombe“Recibiré con gusto el cambio que anuncia el Apocalipsis. Porque el tiempo es una estafa y la vida es una trampa. La maldición de la vida temporal es que solo puede ofrecernos una cosa en cada momento, mientras que el recuerdo latente del Edén es el de disponer de todas todo el tiempo.”

Este extracto de Hecatombe es el que creo que mejor define la esencia de este libro. Al mismo tiempo que su autor, William Gerhardie, anuncia en este libro el fin de los tiempos, describe una sociedad en la que nada es suficiente para que las personas que forman parte de ella alcancen la felicidad.

Pero quizás habría que comenzar desde el principio. La historia comienza cuando Frank Dickin (en muchas ocasiones confundido con el famoso novelista Charles Dickens), un escritor inglés apenas conocido y de escaso poder económico, presenta un folletín a un magnate de la prensa llamado lord Ottercove. La historia, que narra las aventuras y las desdichas que el propio escritor vivió al conocer a una excéntrica familia rusa, enamora al rico hombre de negocios y decide que hará lo que sea necesario para conducir a Frank a la cima del éxito. Sin embargo, durante el camino ambos se encuentran con varios obstáculos ý con otros personajes que les impedirán lograr lo que desean. Además, aparece en escena un científico que espera acabar con el mundo de un día para otro…

Nunca había leído nada de William Gerhardie. Sin embargo, tras leer este libro, este autor me ha recordado bastante a otro de sus coetáneos que sí he leído: F. Scott Fitzgerald. Creo que el interés de ambos radica principalmente en la ambición de su época, el retrato social y la importancia del dinero. Pero, mientras las historias de Fitzgerald me parecen más realistas y serias, esta obra me ha parecido divertida, original y me ha demostrado que el autor tiene una imaginación desbordante. Pero no son buenas las comparaciones y yo soy una apasionada de Fitzgerald. Así que, volviendo a este libro y una vez puntualizado esto, debo decir que no se parece a nada que haya leído antes. Introducir el elemento de la ciencia ficción a una historia de retrato social y comedia es especialmente original para la época en la que publicó el autor, los años 20. Además, no parece un tema que parezca sacado de la manga sino que está muy bien justificado dentro de la historia.

En cuanto a la construcción de los personajes, Gerhardie nos presenta a unos personajes muy bien definidos y desarrollados a lo largo de la historia. Los protagonistas representan los temas principales a los que se hace referencia a lo largo del libro: la ambición, la pasión, la lujuria, el amor (o lo que creen que es amor) y el dinero (que parece que todo lo compra en esta historia). Sobre todo este último. A pesar de que la mayoría de ellos no disfrutan de una vida acomodada, viven como si lo hicieran, y disfrutan acudiendo a la ópera, a bailes de gala y comprando ropa, joyas y muebles de la mejor calidad. Este es uno de los temas recurrentes en este libro, el retrato social de la media y alta sociedad de la época, tan frívola y tan atenta del dinero, que desatienden lo que realmente importa en la vida. De ahí la vuelta de tuerca del autor a la voluntad del científico de acabar con el mundo que le rodea…

A pesar de su ritmo lento y de un lenguaje demasiado descriptivo en general, Hecatombe engancha desde el principio y te lleva a querer saber en todo momento lo que va a ocurrir con esos personajes, tan infelices en realidad y tan carentes de valores más allá del dinero. Me ha parecido una novela muy entretenida, divertida y que me ha hecho reflexionar en cada uno de sus capítulos. Me alegro de haber conocido a su autor y espero tener la oportunidad de volver a leer otra de sus obras muy pronto.

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La Reina de Picas, de Alexander Pushkin

La Reina de Picas

La Reina de PicasHe de reconocer que no conocía a este escritor ruso, coetáneo de Lev Tolstói, pero como lectora de este último y como amante de la literatura rusa (lo que he tenido la oportunidad de leer hasta el momento), no podía perder la oportunidad de conocer a este autor y leer esta obra, precursora de célebres novelas como Crimen y castigo. Además, me atrajo totalmente su sinopsis, tratando temas como la avaricia y otros pecados en una historia de misterio y magia.

La novela comienza cuando Hermann, un oficial del ejército ruso, contempla una partida de cartas sin animarse a participar. Al enterarse de que una anciana condesa conoce el secreto para ganar tres partidas de cartas seguidas y ganar una gran cantidad de dinero, cambia de idea y busca a la mujer con el objetivo de que le revele el secreto antes de morir. Sin embargo, los acontecimientos no ocurren tal y como Hermann pensaba y las cosas se complican cuando otros personajes entran en juego…

Me ha gustado mucho la forma de escribir de Alexander Pushkin, directa, sin pretensiones ni demasiado descriptiva, que sabe mantener el buen ritmo valiéndose de un elemento original: la fantasía. El autor introduce este elemento valiéndose de una figura fantástica conocida, que reflejará los temores e inquietudes de Hermann, el personaje protagonista de La Reina de Picas.

Además, también me ha gustado mucho leer esta entretenida historia en esta maravillosa edición, que cuida todos y cada uno de los detalles. La portada es excepcional y ya nos traslada a la idea de que hay dos personajes femeninos totalmente opuestos. Las ilustraciones, en tan solo tres colores (rojo, blanco y negro) y sus variaciones, reflejan muy bien las situaciones que se dan en el libro y captan muy bien la esencia de los personajes. Al inicio de capítulo la ilustradora coloca una pequeña ilustración que recoge muy bien la idea plasmada en cada uno de ellos. Me ha parecido un detalle, en particular, muy bien elegido y cuidado.

En cuanto a la presentación y desarrollo de los personajes principales, me ha encantado la idea de que en realidad no hay evolución en ninguno de ellos puesto que cada uno significa unas virtudes distintas y totalmente contrarias. Así, la avaricia, la moralidad, la bondad y la justicia se simbolizan a través de los tres personajes principales de la novela. De esta forma, el autor crea una historia típica de un cuento, con una moraleja al final muy clara que refleja la enorme moral de la época y que el autor tenía muy presente tanto en su obra como, imagino, en su vida. Una moraleja que se basa en la típica idea de que los buenos reciben un feliz destino y los malos acaban pagando por sus pecados. Sin embargo, aunque lo refleje, esta historia no es ni mucho menos, la típica de los cuentos.

La Reina de Picas me ha parecido una novela muy entretenida, que en tan solo ochenta páginas nos cuenta una original historia muy bien construida y ambientada en la Rusia del siglo XIX. Temas como el amor, la avaricia, la amistad, la crueldad, el poder, la justicia y la moralidad aparecen en partes iguales como tema principal de esta novela. Una novela corta muy bien estructurada y caracterizada, con partes muy diferenciadas, en la que se revela la maestría de Alexander Pushkin como contador de historias y como escritor que sabe plasmar la realidad social de la Rusia de aquella época. De forma sencilla y sin demasiadas florituras, nos conduce fácilmente a aquellos paisajes y nos traslada a una compleja historia con moraleja y con sorpresa final. Sin duda volveré a leer algo de este autor, que me ha sorprendido gratamente y al que recomiendo si estáis buscando una lectura rápida y que os haga reflexionar.

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El idiota, de Fiódor M. Dostoievski

El idiota

El idiotaUna vez oí a un profesor universitario decir que a don Quijote le llamaban loco porque anteponía siempre el bienestar de los demás al suyo. Ha sido inevitable que recordara esa frase porque algo parecido le pasa al príncipe Myshkin, al que todos toman por idiota. Y no es baladí la comparación entre ambos personajes, ya que en El idiota de Fiódor M. Dostoievski se hace más de una alusión al célebre Caballero de la Triste Figura. Ni don Quijote ni el príncipe Myshkin son simples protagonistas abocados por su propia locura o idiotez a una sucesión de acontecimientos de los que no salen bien parados, sino que sus historias son el reflejo de una época, una sociedad, unos ideales y, a fin de cuentas, una explicación universal de la condición humana. De ahí que tanto la obra de Cervantes como la de Dostoievski se hayan erigido como clásicos de la Literatura.

El idiota es como un pequeño teatro. Unos pocos escenarios y numerosos personajes yendo y viniendo, enredándose en interminables diálogos o soltando largos monólogos. También hay una trama, principalmente amorosa, pero lo importante en esta historia son los pensamientos y actitudes de sus extravagantes personajes. Aunque de distinta condición y procedencia, la mayoría tienen en común la falta de objetivos vitales más allá del enriquecimiento material, viven sumidos en intrigas, dando y pidiendo explicaciones en todo momento y reivindicando derechos y libertades, a pesar de no aportar nada a los demás. Gente vacía, mediocre, incapaz de enfrentarse a su pasado ni a sus conflictos interiores, corrupta y hasta perversa; una muestra de la decadencia política, social y espiritual que Dostoievski percibía en la Rusia de 1860, a raíz de los cambios provocados por la industrialización.

La llegada del príncipe Myshkin a sus vidas, un hombre empobrecido, solitario y ensimismado en sus reflexiones, es la nota discordante en esa sociedad en declive. Sufre una dolencia nerviosa similar a la epilepsia, es ingenuo como un niño, habla sin filtros de cualquier tema y expone sus sentimientos sin reparo, provocando la burla o la vergüenza ajena en el resto de personajes de la novela. Un ser puro que, a pesar de los insultos que recibe, permanece en ese círculo tóxico, con la esperanza de ayudar a esos hombres y mujeres, que de tanto confiar en la razón y el dinero para alcanzar la felicidad, se han olvidado del bien.

Una y otra vez aguanta que lo llamen idiota: por ser siempre sincero, por dar lo que tiene sin pedir explicación, por disculpar las humillaciones, por seguir confiando en ellos aun sabiendo que le engañan. Lo llaman idiota incluso cuando es él el único que percibe sus verdaderos sentimientos, esos que tan desesperadamente tratan de ocultar ante los demás y ante sí mismos, o cuando habla de la vida y de la muerte con tal perspicacia que los deja desarmados. Lo llaman idiota porque es un hombre diferente y son ellos quienes no lo entienden.

El idiota puede leerse como el infructuoso regreso a Rusia del príncipe Myshkin, tras años de estancia en Suiza tratándose su enfermedad, y la sucesión de intrigas amorosas en las que se ve envuelto, o puede verse como una reflexión filosófica sobre el destino incierto de Rusia y sobre el ser humano, cada vez más alejado de la moral. Se opte por una lectura u otra, o por ambas a la vez, no resultará tarea sencilla, pues la literatura rusa no suele serlo. No obstante, quien se aventure a leer, con tiempo y ganas, estas casi 900 páginas, sufrirá un fuerte revés en su conciencia. «¿Sería yo uno de los idiotas que llamaría idiota al idiota?», se preguntará de repente. Y, quizá, no le guste la respuesta. Pero nada está perdido si sigue leyendo, dispuesto a aprender algo de ese entrañable idiota.

Y es que, en la literatura y en la vida, faltan más Myshkins y Quijotes y sobran, sobre todo, demasiados idiotas que se niegan a escucharlos.

 

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La muerte de Iván Illich, de Lev Tosltói

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Nunca me había parado a pensar en hasta qué punto la edición, en este caso me refiero especialmente a las ilustraciones de Mariano Henestrosa, pueden influir en la percepción que tiene el lector de una historia. Yo ya conocía La muerte de Iván Illich y créanme, pensaba que no existía un factor externo capaz de modular mi opinión de un texto de un autor que me es tan querido como Lev Tolstói, pero esta magnífica edición me ha hecho darme cuenta de que estaba equivocado porque he visto un lado oscuro, que ahora me parece evidente, al que antes daba menos importancia.

La muerte de Iván Illich narra la muerte de Iván Illich, perdónenme la tautología, pero también narra su vida y en la pluma de Tolstói este relato es la expresión de una de sus obsesiones, eso que en su diario llamaba vivir mal, es decir, vivir entregado a las cuestiones materiales por encima de las espirituales, no comportarse con probidad. Y en mi visión tradicional me quedaba no tanto con esa cuestión, que en verdad es la que ocupa más páginas, como con el constraste que se establecía entre el progresivamente decrépito Iván Illich y su joven criado mujik, que afronta incluso las tareas más penosas con sencillez y alegría. Ese es en realidad el mensaje de Tolstói, pero las magnificas ilustraciones de Mariano Henestrosa dan tal fuerza a la descripción de la degeneración física y moral del protagonista que es difícil no sentirse subyugado por ella. Sigue leyendo La muerte de Iván Illich, de Lev Tosltói

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Después del baile, de Lev Tolstói

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Después del baile es una recopilación de tres cuentos de Lev Tolstói, cuentos de madurez, de esa etapa en que el autor era un pensador que escribía más que un escritor que pensaba. Eso sí, un gran escritor y un gran pensador y capaz en todo caso de dotar a su relato de una profundidad psicológica que probablemente aun no haya logrado alcanzar nadie más después de él. Y no es sólo un libro de Tolstói, es un libro de Tolstoi traducido por Selma Ancira, es decir, palabras mayores.

Los tres relatos que componen esta breve obra son Despues del baile, Tres muertes y ¿Cuánta tierra necesita un hombre? Los tres, de diferente manera, nos enfrentan a la vida, a la condición humana, y nos hacen mirarla a los ojos y sostener la mirada hasta que, al menos, hagamos el esfuerzo de comprender. Porque son relatos sencillos, pero de una fuerza inmensa. Desde el primero en el que un hombre maduro relata a su auditorio el día en que le cambió la vida, que podría parecer que es aquel en que perdió al amor de su vida pero también el que abrió los ojos a una cierta realidad y despertó su conciencia. Algo muy tolstoiano por otro lado, la necesidad de mejorar, de vivir de forma virtuosa aunque para ello haya que sacrificar lo que hasta ese momento se antojaba lo más importante es algo que no sólo inunda sus diarios, sino también su vida. Este primer relato puede que sea el que estilísticamente más se acerca al primer Tolstói ya que está ambientado en salones, bailes y, en fin, la alta sociedad. Sigue leyendo Después del baile, de Lev Tolstói

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El grito del ave doméstica

El grito del ave doméstica

El grito del ave doméstica, de Maksim Ósipov

El grito del ave domésticaCuando escribe uno reseñas percibe claramente la presencia de lugares comunes acechando en oscuros rincones del subconsciente a la espera de tomarlas al asalto y apropiarse de los textos para disgusto de su autor. Así, cuando descubrimos una obra de un autor clásico tendemos a mostrarnos sorprendidos, cuando no asombrados, por la vigencia del mismo, como si el talento tuviese fecha de caducidad o de consumo preferente. Por el contrario, descubrimos a un autor contemporáneo y ensalzamos su talento precisamente en tanto le emparenta con los clásicos. Con El grito del ave doméstica, de Maksim Ósipov, me pasa. La tentación de compararlo con los clásicos rusos, concretamente con Chejov como se hace con acierto en aspectos promocionales, es fuerte. Sin embargo me dispongo a luchar contra ella no porque el contemporáneo desmerezca la comparación (dentro de un orden, claro) sino porque me parece que Maksim Ósipov tiene una voz propia que no precisa para ser puesta en valor de relacionarla con ningún otro autor, sea deudor de él o no. Los cuentos que recopila esta magnífica El grito del ave doméstica nos muestran a un autor comprometido con la realidad, pero con amplitud de espectro. Uno espera de un autor ruso un retrato fiel de la sociedad de su país, aunque sea ya sin mujiks, verstas ni casas de postas, y Ósipov nos lo regala, claro, pero no se queda ahí sino que hay otros escenarios, otras culturas, concretamente está presente en esta obra Estados Unidos, donde el autor vivió un tiempo. Sigue leyendo El grito del ave doméstica

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La guerra no tiene rostro de mujer

La guerra no tiene rostro de mujer

La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich

La guerra no tiene rostro de mujerSvetlana Alexiévich nació en 1948 en Ucrania. Descendiente de la Gran Victoria, fuertemente influenciada por los relatos de las mujeres de su familia y de su entorno, el mundo de su infancia era el mundo de la guerra y el de sus palabras. También, como muchos años después demostraría con La guerra no tiene rostro de mujer (publicada por primera vez en 1983), era su destino.

Muchas cosas han pasado de por medio –para empezar el Premino Nobel de Literatura, pero además, la censura soviética de los años 80 y una reedición revisada (interesante pasaje, por cierto, el que le dedica su autora a sus conversaciones con el censor) –, antes de que pudiéramos leer esta obra por primera vez, ya a finales de 2015 y de la mano de la editorial Debate, traducida a nuestro idioma.

La guerra no tiene rostro de mujer, más allá de un título, es una sentencia. Allí, con una voz narrativa tenue, que ocurre muy poco a poco a través de todos los testimonios que desfilan por su prosa, la periodista bielorrusa mantiene el tono templado sin que sobresalga nunca por encima del resto. Sus intervenciones en el texto son más bien discretas. No tanto sus reflexiones. “Los que han estado en la guerra –dice– siempre recuerdan que hacen falta tres días para que un civil se transforme en militar”. Tres días. Setenta y dos horas. Un lunes, un martes y un miércoles cualesquiera. Esa es la pequeña diferencia que nos separa del antes y del después. Sigue leyendo La guerra no tiene rostro de mujer