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Los Caín, de Enrique Llamas

Los Caín

Los CaínAy, la maldad. Cómo me inquieta en la vida real y cómo me fascina en la literatura. Tal vez sea porque en las páginas de un libro puedo desentrañar aquellos comportamientos o actos que me resultan tan inconcebibles. Pero, para eso, el escritor tiene que ser hábil, incisivo, no quedarse en el estereotipo del malo malísimo, sino adentrarse en la ambigüedad moral, para que los lectores no sepamos dónde posicionarnos, dónde sentirnos seguros, a salvo. Y Enrique Llamas ha sabido hacerlo de forma magistral en su primera novela, Los Caín.

Viajamos hasta Somino, un pequeño pueblo de Castilla, donde el enterramiento apresurado de Arcadio Cuervo provoca que su tumba quede mal cerrada. Este hecho ya nos adelanta que, en este pueblo, las heridas de los vivos también permanecen abiertas —y supurando— y ni los muertos tienen derecho a descanso.

Así pasa el tiempo, veinte años para ser exactos, y llegamos a la década de los setenta, últimos estértores del franquismo, cuando Héctor, un profesor madrileño sin demasiada experiencia, es destinado al colegio de Somino. Quienes hayan sido «el forastero» en un pueblo pequeño seguro que pueden hacerse una idea de cómo se siente Héctor, observado e ignorado a partes iguales. Pero el recelo de los habitantes de Somino va mucho más allá de malas miradas y cuchicheos, y no tardará en darse cuenta. Mientras tanto, se suceden los merodeos y preguntas de Curro y Palomo, dos guardias civiles que investigan el accidente de una joven del pueblo y las extrañas muertes de unos ciervos, animales que suponen el principal sustento de las familias de la zona. Ante tantas visitas, Somino entero se revuelve, porque no les gusta que los de fuera se metan en sus cosas. El pueblo les pertenece y solo ellos se bastan para ajustar sus cuentas.

Enrique Llamas ha logrado una ambientación perfecta a través de particularidades que nos ubican en la época y el entorno y de los gestos de los vecinos de Somino, que nos causan una incomodidad continua. De este modo, sentimos la desazón de Héctor, sobre todo ante el odio irracional entre los niños del Teso y los niños de Llanos, que no es más que el reflejo de los rencores que llevan años enquistados en los adultos, a fuerza de exagerar los recuerdos y de exaltar los detalles.

En ese retrato del mundo rural, en la caracterización de los personajes y hasta en la calidad de la prosa, se nota la impronta que Ana María Matute y Miguel Delibes han dejado en Enrique Llamas. Ya era hora de que nuestros clásicos contemporáneos encontraran dignos sucesores que tomaran el testigo de plasmar esa España profunda, que muchas veces olvidamos que sigue estando ahí. Como la maldad, que no es patrimonio de esos pueblos aislados, ni mucho menos. Por eso, lecturas como Los Caín nos causan desasosiego.

En esta historia envolvente y opresiva, lo que menos importa es el desenlace. ¿Acaso creemos que habrá una razón para tantos resquemores y venganzas? ¿Es que esperamos que haya un motivo detrás de todo acto de maldad? Si todavía pensamos eso, es que no hemos comprendido nada. Si hubiera siempre una explicación, la maldad no sería inconcebible en la vida real ni tan fascinante en la literatura. Y Enrique Llamas nos lo deja claro en su debut literario. Y solo tiene veintinueve años, ojo. No le perdáis la pista.

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Una vida en venta, de Yukio Mishima

Una vida en venta

Una vida en ventaSí, es el Mishima que te suena, el mismo de Confesiones de una máscara, del que siempre has oído que fue merecedor del Nobel, el que se hizo un seppuku – más conocido por aquí como harakiri – a los 45 años al presenciar lo que para él era la degeneración de su amado país, Japón. Ese Mishima, el mismo. Pero esta vez con una novela que nunca antes se había publicado en España, una novela que apareció en Japón por entregas – de ahí su velocidad conseguida a base de capítulos cortos y efectistas -, que fue más un divertimento del autor que algo en lo que ponerse seriamente pero que, ahora, de repente, los jóvenes japoneses están leyendo en cantidades tan ingentes que el eco de ese éxito ha llegado hasta las oficinas de Alianza, quien se ha decidido a publicarla bajo el título de Una vida en ventaPodéis hacerme caso, tiene muchas cosas para merecerse ese repentino éxito.

Una vida en venta narra la vida de un joven llamado Hanio Yamada quien, tras intentar suicidarse sin éxito por no sentirse cómodo con su vida de publicitario, decide poner su vida en venta. Tan fácil como poner un anuncio en el que se lee: «Vida en venta. Quien la compre puede utilizarla como le plazca.» A partir de este momento se quita el pestillo de todo un seguido de sucesos que rozan lo absurdo e inexplicable en la vida de un Yamada que tiene poco o nada ya de sentido. Lo que pasará a partir de entonces es que el joven treintañero se verá vendiendo su vida al primero que llame a su puerta, sin importarle el precio que paguen por ella, sin preocuparle que se le asegure que tras esa venta morirá. Él, con los brazos bien abiertos a la muerte, se dará siempre de bruces hacia una vida que no le es recíproca. Él no la quiere, ella a él sí. Será de esta forma como Yamada, poco a poco y sin ser consciente, irá apegándose a su vida y, cuando sienta que de verdad está aferrado a ella – cosa que no tiene por qué ser ni voluntaria ni agradable -, sentirá de verás que puede perderla.

Leyendo esta breve novela de Mishima nos encontramos con todo eso que nos gusta de él, el vaticinio de un autor descontento con el mundo y la vida, personajes que tienen mucho de quien los ha creado y que, tras una máscara de absurdo y surrealistas, esconden taras de todos, heridas universales, lágrimas en continuo movimiento. Una mujer vampira, una joven que lo ama al igual que ama la locura y el LSD, una organización secreta de espías que puede o no existir; todas estas serán situaciones que tanto tú como Yamada deberéis vivir en no más de 300 páginas – muy infladas, por cierto -.

Con un prólogo del traductor Jordi Fibla y un epílogo del crítico literario japonés Suehiro Tanemura, este Una vida en venta es un genial pasatiempo – “engañosamente sencilla”, como puede leerse en uno de esos textos – para todos aquellos amantes – en los que me incluyo – de la risa con regusto sangriento. Esa mueca optimista que haces cuando lees a autores que son muchísimo más listos que tú y que saben convertir lo que para ti son quejas en diálogos o pensamientos divertidos, risibles, jocosos. Autores como Mishima, capaces de vivir lo peor como para llegar a suicidarse y que sean capaces de volcar en textos algo que al otro, al lector, le haga reír son esos autores que merece la pena revivir abriendo y reabriendo sus libros continuamente. Quizás no llegó a la edad en la que le darían el Nobel, pero sí ha llegado a la edad – y para esa no hace falta estar vivo – en la que los jóvenes siguen leyéndolo. En Japón y aquí. Yo por lo menos.

«-¿Por qué esta cansado?

-No es por nada importante, pero en cualquier caso estoy cansado.

-¿No será algo tan mediocre como estar cansado de la vida o cansado de vivir, ¿verdad?

-¿Qué otros motivos puede haber para estar cansado?

Reiko le miró de reojo y se echó a reír.

-Usted mismo lo sabe bien. Está cansado de tratar de morir.»

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Nuevos pasatiempos matemáticos, de Martin Gardner

Nuevos pasatiempos matemáticos

Nuevos pasatiempos matemáticosHace unos días, mi hijo de trece años vino a casa muy contento porque había sacado un 8,5 en un examen de mates. ¡Eureka!, exclamé lo más apropiadamente que pude. Desde aquellos felices y tempranos años de primaria el crío no conseguía una nota tan alta, y de hecho llevaba unos meses de aprobados raspados. Me dijo que en realidad consideraba que había sacado un 10, pero que había tenido un par de despistes que le restaron puntos. Parece que no percibió la contradicción en términos que supone decir que un 8,5 en matemáticas es lo mismo que un 10. En todo caso, me alegré enormemente al ver que, después de mucho esfuerzo por su parte y mucha insistencia por la mía, al fin había dado ese gran paso tan necesario al enfrentarse a binomios, trinomios y ecuaciones: entender.

A diferencia de él, mis hijas han sentido desde siempre una auténtica pasión por las mates, en la que destacan, modestia aparte, muy por encima de sus compañeros. No se a qué se debe esta diferencia entre uno y otras. ¿Puro azar neuronal, o tendrá algo que ver con los juegos que les hemos regalado, entre ellos Tangram, Penkamino o Mastermind? Creo que la cosa va más bien por lo segundo, lo cual nos lleva, me temo, a cuestionar el modo en que se enseñan las matemáticas en las escuelas. Porque todos sabemos cuál es la asignatura que menos les gusta a los niños, ¿verdad?

Pues hoy se trata de ambas cosas, que en realidad son dos caras de la misma moneda: entender, como mi hijo, y disfrutar, como mis hijas.

Como a servidor hasta hace cuatro días, a muchos no os dirá nada el nombre de Martin Gardner, dado que no fue más que uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX. Admirado por figuras tan variopintas como Asimov, W.H. Auden o Dalí, Gardner, que también fue un especialista en la obra de Lewis Carroll y un notable “matemago”, destacó sobre todo por dar un enfoque lúdico a las matemáticas. Como ejemplo, nada mejor que estos Nuevos pasatiempos matemáticos, donde, con un lenguaje, en la medida de lo posible, cercano y sencillo, el autor plantea al iniciado y aficionado a esta ciencia pasatiempos y, quizá el término sea más preciso, rompecabezas, que lo mantendrán ocupado unas cuantas semanitas.

La variedad de juegos y trucos que el lector encontrará en este libro es enorme, y van desde la lógica del sistema binario, que alguno recordará de sus clases de filosofía (si p, q; p, por tanto q) hasta los mosaicos matemáticos de Escher, pasando por el juego del reversi (que yo conocía como Othello), por teorías todavía no demostradas, como el teorema del mapa de cuatro colores, o por una introducción a la matemagia, en el que descubrimos la aplicación de las matemáticas para trucos de precognición, entre muchísimos más.

Es importante subrayar que estos pasatiempos no están hechos para entretenernos mientras viajamos en metro. La mayoría de ellos requieren que el lector se siente, se pertreche de papel, lápiz y otros materiales, y que siga detalladamente y con escrupulosa atención las instrucciones del autor. Así que todavía tendrá que pasar un tiempo antes de que mi hija pequeña, que estos días le da al sudoku que es un vicio, pueda disfrutar y aprender como yo con estos Nuevos pasatiempos matemáticos.

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Las diez mil vidas de Milo, de Michael Poore

las diez mil vidas de Milo

las diez mil vidas de MiloEl inicio de un poema de Charles Chaplin dice así:

«La vida es una obra de teatro que no permite ensayos

Por eso, canta, ríe, baila, llora

y vive intensamente cada momento de tu vida

antes de que el telón baje

y la obra termine sin aplausos».

Pero ¿y si tuviéramos otra oportunidad para hacerlo mejor? ¿Y si a esta vida le siguiera otra, y otra, y otra más, y fuéramos aprendiendo de nuestros errores y nuestros aciertos hasta alcanzar la Perfección? Eso es lo que plantea Michael Poore en su novela Las diez mil vidas de Milo, con un sentido del humor que me ha recordado al gran Terry Pratchett.

Milo es el alma más vieja del mundo. La mayoría de almas alcanzan la ansiada Perfección cuando llevan unas nueve mil vidas, pero él está a punto de llegar a las diez mil y todavía no lo ha conseguido. Milo está preocupado, claro. Solo le quedan cinco oportunidades, y si no lo logra, en vez de atravesar el Umbral del Sol y fundirse con la Ultraalma, será absorbido por la Nada. Y lo malo no es desaparecer en el olvido, después de haber muerto miles de veces, Milo tiene cierta experiencia en eso, el problema es que en la Nada ya no habrá vuelta atrás y nunca más verá a Suzie, su alma gemela.

¿Y quién es Suzie? La Muerte. No es que Milo haya cogido cariño a la muerte por visitarla tan a menudo, sino que esa Muerte, una de tantas que pululan por el mundo para llevar a las almas al otro lado del río de la vida, tiene cuerpo de mujer y la personalidad más afín que Milo ha encontrado a lo largo de sus miles de existencias. Quizá por eso a Milo le guste tanto vivir y morir, porque es la única forma de reencontrarse con ella.

¿Conseguirá Milo alcanzar la Perfección o tendrá un plan mejor?

Las miles de vidas de Milo, vidas del futuro y del pasado, en las que es desde rey hasta insecto, pasando por seguidor de Buda e incluso psicópata, le sirven a Michael Poore para coquetear con el género de ciencia ficción, pero también con el de aventuras y el de terror, sin perder de vista el humor en ningún momento ni la bonita historia de amor que le da sentido a todo. Milo protagoniza tantas vidas anodinas como trascendentales y muere de las formas más heroicas, pero también de las maneras más absurdas. Y de todas esas existencias se lleva una enseñanza, para bien o para mal, al igual que los lectores. Porque Las diez mil vidas de Milo puede parecer una novela desenfadada, pero en realidad es una motivadora reflexión sobre la vida y la muerte.

La filosofía de vida que nos enseña Milo a lo largo de sus diez mil vidas bien podría resumirse en otra frase del genial Charles Chaplin: «Aprende como si fueras a vivir toda la vida y vive como si fueras a morir mañana». Quizá todos tengamos más vidas aguardándonos para hacerlo mejor, o tal vez no. Sea como sea, deberíamos tomar nota de la sabiduría de Milo. Así, aunque solo vivamos una, haremos que merezca la pena.

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El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger

El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno«Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso.» Sí, yo, el azote de los clásicos, el firme defensor de la idea de que estos son aquellos libros de los que todos hablan pero que nadie en realidad ha leído, voy a hablaros de un clásico. ¿Acabaré leyendo la Odisea? ¿Me veréis en verano tirado en una playa con la Eneida entre las manos? Que dios nos coja confesados. Esto es, como bien sabréis con este icónico inicio, El guardián entre el centenode J.D. Salinger.

Primero de todo, creo que es necesario, como reseñista que también ocupa su tiempo dentro del mundo editorial, felicitar a Alianza por la edición de esta tan publicada novela. Ese diseño, ese trato al libro como objeto, ese olor. Y en segundo lugar, qué decir de un libro del que ya se ha dicho todo. Pues, como siempre, empezaré hablando de mi experiencia con él, que al fin y al cabo es lo único que puedo contar, porque quién soy yo para decirle a alguien que un libro es bueno o malo. Así que empecemos:

Con El guardián entre el centeno me ha pasado algo extraño. Mientras lo leía, y en especial al terminarlo, tenía la sensación de quizás era un poco tarde para haberlo leído. Siempre he tenido en la cabeza, supongo que como virus que te inoculan en cualquier escuela, columna de periódico o reseña (con perdón), que este libro tenía que leerlo sí o sí y que mejor si lo hacía en la adolescencia. Tengo 26 años y creo que me siento viejo porque he notado que llegaba tarde al libro. Cosa que no quita que no lo haya disfrutado. Y es que es totalmente cierto lo que cuento, supongo que debe de ser algo así como tener cincuenta años y encontrarte en un concierto de trap. Miras alrededor y piensas: esta gente se divierte con este tipo de música, debe de tener algo que no capto muy bien pero que me hace quedarme, pero no sé, mejor me voy. Pues esto es lo que me ha pasado leyendo la novela de Salinger: que sí, que mola, que se la daré a mis hijos (si tengo) cuando pasen por esa edad en que todo quema más y que ojalá me la hubieran dado en el instituto. Yo, por desgracia, tuve otros libros que, por maravillosa suerte, no me quitaron las ganas de leer. Y tenían todos los números para hacerlo.

Para quien no conozca la historia que hay detrás de El guardián entre el centeno, cosa que hasta la editorial prevé porque no les hace falta ni poner sinopsis en la contracubierta, diré que básicamente es un retazo de vida de Holden Caulfield narrada por él mismo, un chaval desubicado con muchas máscaras puestas e impuestas que cree estar pasado de rosca, que no se ve encajando en ningún lugar, que cree que su sitio es allí donde nadie está y que ni él mismo sabe. Pero hay mucho más, y esa es la gracia, para mí, del libro y eso es lo que creo que no muchos jóvenes captarán de él: la cara real tras las máscaras, la luz de Caulfield que a veces pugna por salir tras las grietas del cristal roto que es su alma. Huyendo de todo, Caulfield es algo así como un Lazarillo de Tormes en la Nueva York de mitades del siglo XX. Como contrapunto al sentimiento generalizado de la navidad, Caulfield irá traspasando reglas, saltando normas, hasta llegar al faro que ilumina su viaje, que no es más que una pequeña niña que habita la que alguna vez fue su casa. Es ahí donde, para mí, reside el punto climático de la novela.

Porque claro, está muy bien lo del niño rebelde, lo de los insultos a cualquier compañero y/o “amigo”, lo de emborracharse siendo menor, lo de tratar a las chicas como meros objetos sexuales, pero no comparemos nada de esto con ver a un bala perdida con ojos brillantes, con educados pensamientos, con sonrisa mental al ver, probablemente, al niño que él nunca pudo ni podrá ser: su hermana Phoebe. Me sabrá muy mal que ahora leáis la novela, penséis que la clave está ahí y os llevéis un chasco porque veis que la grandeza reside en la absoluta sinvergonzonería de Caulfield. Y ahora que lo pienso, ¿y si estoy diciendo esto porque ya soy demasiado mayor? «Jo».

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Frankenstein, de Mary Shelley

Frankenstein

FrankensteinComo norma general, siempre es un buen momento para revisitar a los clásicos pero el bicentenario de su publicación suele ser uno especialmente indicado. Ahora vendría el tema espinoso, qué es un clásico, pero sea cual sea el criterio que a uno le lleve a decidirlo, la lista quedaría un tanto coja sin un libro como Frankenstein.
He dicho revisitar y tal vez sea más correcto decir que, además de releer, lo que me dispongo a hacer es reseñar de nuevo, porque ya tuve el placer de comentar esta novela aquí hace cinco años y afortunadamente en esta ocasión puedo reafirmarme en lo dicho en aquella y detenerme en otros detalles, quizá menores o tal vez a estas alturas más relevantes. Uno nunca sabe.
También debo decir que otros compañeros han reseñado esta misma obra en Libros y literatura, lo que también es muestra de la dimensión de la obra porque con lo amplia que es la oferta que seamos varios reseñistas los que nos detenemos sobre la misma novela es cuanto menos infrecuente.
Pues bien, lo primero en lo que uno debe reafirmarse es en la sensación de que no sólo el libro es un gran desconocido, posiblemente a causa de las múltiples interpretaciones cinematográficas, televisivas o de cualquier tipo, sino que las partes mutiladas son precisamente las más interesantes. Y lo son porque convierten al monstruo en algo más que eso, porque para bien y para mal abunda en su lado humano entendiendo como tal el intelectual tanto como el sentimental. Incluso en su maldad es humano porque no es el atrabiliario asesino involuntario o impulsivo que tanto se ha representado, cuando es malo voluntariamente lo es de un modo cruel y refinado. El potencial literario y psicológico de la criatura resulta de una fuerza sorprendente aun hoy día.
También debe uno reafirmarse en que Frankenstein, el que verdaderamente se llama así, el científico, es mucho menos simpático que su criatura. Tras leerlo en aquella ocasión recuerdo que escribí un cuento llamado El crimen de Ingolstadt en el que jugaba con la idea de que en lugar de desmayarse al contemplar horrorizado el resultado de su experimento hubiese reaccionado de un modo un tanto más categórico y terminara con él en ese momento. Naturalmente el escándalo atraía la atención de la policía que le sorprendía en mitad del baño de sangre y le detenía acusado de asesinato. Simplemente por ajustarle las cuentas a un personaje ciertamente antipático aunque con el encanto romántico propio de la época. No me llevo bien con Víctor Frankenstein, no pasa nada, todos tenemos nuestras manías, pero los motivos de mi desencuentro con él no son los que él mismo se reprocha, no son su búsqueda del conocimiento ni su desmedida ambición, que no son características especialmente negativas en un científico. El rasgo que me irrita, por otro lado tan humano, es su tendencia a esconder su egoísmo tras un discurso grandilocuente. Que uno se irrite con un personaje, que sienta la necesidad de discutir con él o de cuestionar algunos de sus actos es una prueba inequívoca de lo bien que está construido.
Y ese encanto tan de la época, la ambientación un tanto steampunk de su laboratorio pero también el estilo narrativo, es otro de los valores seguros de Frankenstein. No todas sus contemporáneas han envejecido igual de bien, pero esta se lee con tanto placer hoy como entonces, aun cuando nuestra capacidad de sorpresa sea radicalmente diferente.
No creo en las lecturas impuestas, si les dijera que hay que leer Frankenstein probablemente sonaría falso porque esta obra, como cualquier otra, debe leerse cuando es su momento, cuando apetece y se puede disfrutar. Lo que sí estoy en condiciones de asegurar es que si deciden aprovechar su bicentenario para acercarse a ella no se arrepentirán. Puede que la criatura sea un monstruo, pero es materialmente imposible terminar el libro sin comprenderle, sin ponerse por un momento en su remendada piel y sin emocionarse ante su triste y contradictorio destino.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Agnes Grey, de Anne Brönte

Agnes Grey

Agnes GreyTres eran las hermanas Brönte: Charlotte, Emily y Anne. Pero en el olimpo de los libros inolvidables solo suelen mencionarse las obras de Charlotte (Jane Eyre) y de Emily (Cumbres borrascosas). Y eso que la pequeña, Anne, fue la primera en publicar un libro: Agnes Grey. Pero esta vez, ser la primera en abrirse paso no le sirvió para ocupar un puesto de honor en la literatura universal.

En el centenario de Emily Brontë (1818-2018), Alianza editorial recupera estas tres obras, las más representativas de las hermanas Brönte, además de El sabor de las penas, de Jude Morgan, donde se relata la aciaga existencia de esta talentosa familia. Y yo, que había sido tan olvidadiza como la historia de la literatura, he aprovechado la ocasión para descubrir a Anne Brönte, la única de las hermanas que me faltaba por leer, tras haber disfrutado muchísimo hace años con las obras emblemáticas de Charlotte y Emily.

Agnes Grey es la protagonista de esta historia y la que da nombre al libro. Hija pequeña de un clérigo del norte de Inglaterra, siempre ha vivido especialmente protegida por su familia. Pero cuando cumple dieciocho años, su padre comienza a sufrir aprietos económicos y ella decide abandonar el hogar para trabajar y ayudar a su familia en lo posible. A lo largo de las páginas de este libro, nos relata en primera persona sus vivencias como institutriz. Y lo hace interpelando a los lectores, a los que les reconoce que les está confesando pensamientos que no se ha atrevido a contar ni al amigo más íntimo.

La primera parte del libro —y, para mí, la mejor— cuenta su experiencia en la casa de la familia Bloomfield. Los niños, mezquinos y odiosos, ponen su paciencia al límite día tras día, al igual que los padres, indolentes y consentidores. Pero Agnes Grey no se amedrenta y emplea prácticas al puro estilo Super Nanny, lo cual me resultó sorprendente. No olvidemos que la obra fue escrita en la primera mitad del siglo XIX. Pero es que Agnes Grey rompe la imagen, o los prejuicios, que tenemos sobre las mujeres de esa época, haciendo un despliegue de reflexiones pedagógicas y feministas propias de la actualidad.

Durante esa primera parte del libro, el personaje de Agnes Grey me cautivó por completo, hasta tal punto que fantaseé con la idea de que no hubiera trama de amor en ningún momento. Pero sí, la hay, y cuando la historia se centra en ese aspecto, durante su estancia en la segunda casa donde ejerce de institutriz, mi interés decayó. Y eso que construye un enamoramiento pausado y realista, con el que es fácil empatizar, pues muestra las inseguridades y emociones propias de esa experiencia. Pero, desde mi punto de vista, ahí es donde pierde la batalla contra las obras de sus hermanas, ya que la historia de amor de Agnes Grey no es tan memorable como la de Jane Eyre y Rochester, ni mucho menos como la de Catherine y Heathcliff.

Pero como no está bien hablar siempre de Anne Brönte comparándola con sus hermanas, olvidad la frase anterior. La comparación me parece injusta sobre todo ahora que he leído a Anne Brönte. La pequeña de las Brönte fue grande por sí sola y hasta se le consideró inapropiada por lanzar ideas revolucionarias, lo que dice muchísimo en su favor. Así que quienes sintais predilección por la narrativa victoriana no deberíais perderosla, como tampoco aquellos que busquéis una vuelta de tuerca en la literatura de aquella época. Sea como sea, Anne Brönte será todo un descubrimiento.

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La radio de piedra, de Juan Herrera

La Radio De Piedra

La Radio De Piedra«Aquel año hizo tanto calor que se derritieron las perchas en los armarios y las aceras se llenaron de banderas y uniformes polvorientos. El aire ardía, y en los templos la saliva de los clérigos se solidificaba y caía como ceniza caliente sobre las cabezas de los feligreses.

Fue un mes de julio tan insoportable que, para entretener a las moscas, alguien organizó una guerra».

Me bastaron estas tres primeras frases de La radio de piedra para caer rendida a los pies de su autor, el veterano guionista, autor teatral y dibujante Juan Herrera. ¡Qué manera de escribir! Y es que a mí me da igual lo que me cuenten si me lo cuentan así de bonito. Pero la historia tampoco me defraudó, en absoluto. Porque La radio de piedra narra con humor, ironía y muchísima ternura, la vivencias de un pueblo castellano durante los primeros meses de la guerra civil española. Pero no es precisamente la guerra la que altera la vida de los habitantes de este pueblo, sino la aparición de la primera radio, creada por uno de los vecinos, el Águila, con «un trozo de piedra de galena y un retal de cobre embobinado». Ese rudimentario aparato y los partes que da el Águila a los que se reúnen ante su casa cada atardecer son los ejes de esta novela coral, en la que aparecen casi un centenar de personajes. Homenajea de este modo a la radio, desde esa que es puramente espectáculo, pasando por la dramática y la solidaria, hasta llegar a la radio poética de Jesús Quintero. Pero también ensalza el poder de la tradición oral, de «esas historias que pasan de boca en boca y se deforman como los zapatos» y que muestran, en definitiva, la esencia misma de la vida.

Es inevitable pensar en el cine de Berlanga al leer La radio de piedra. ¿Cómo no hacerlo con esas conversaciones entre el cura y el alcalde, que preparan al pueblo para la visita del General Franco? ¿O con los baldíos intentos de unos y de otros por controlar la famosa radio del Águila? Juan Herrera retrata la idiosincrasia española de aquellos tiempos en lo que tenían especial protagonismo los imaginativos métodos de supervivencia de los pícaros y el fanatismo e intransigencia de los guardianes de la moral católica, que veían en el sexo el principal enemigo, aun cuando la muerte asolaba cada rincón del país. Y lo hace con personajes esperpénticos y situaciones rocambolescas, que le dan a la obra un toque surrealista e incluso mágico, pero que, sin embargo, están basados en la realidad, como el mismo Juan Herrera reconoce, aunque evite dar nombres.

A mí me encantan las novelas que transcurren en pequeños pueblos y la guerra civil española es un periodo que me conmueve especialmente porque de ella me hablaban mis abuelos; así que, con esos dos elementos, la novela tenía lo necesario para cautivarme. Pero es que la forma en la que está escrita, el tono, el humor, los personajes… Todos los elementos que conforman La radio de piedra me han fascinado. Es una delicia leer la historia de este pueblo que se empeñó en que la guerra pasara de largo, y no dejaré de recomendarla por muchos años que pasen. Ahora solo espero que Juan Herrera le haya cogido gusto a esto de escribir libros y nos deleite con otra obra muy pronto. Miradas como la suya hacen mucha falta en la literatura para conocernos mejor, y reírnos más, de nosotros mismos.

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Mientras embalo mi biblioteca, de Alberto Manguel

Mientras embalo mi biblioteca

Mientras embalo mi bibliotecaHace unos días formé mi primera biblioteca. Mi primera biblioteca en serio. Porque hasta ahora lo más parecido a una era el suelo de mi habitación. Compré las tablas, las monté y por fin pude darle una habitación sin cuarta pared a mis libros. Mientras colocaba todo lo que tenía desperdigado y sin ningún orden más que el de a medida que los iba leyendo y apilando unos sobre otros, iba fijándome en los títulos, recordando las lecturas; los iba abriendo, releyendo lo que subrayé a lápiz, lo que anoté en ellos, disfrutando de la sensación que me transmitían, como cuando te pones una canción que escuchabas hace años y te trae el recuerdo de lo que sentías en aquel momento. Fue acabar de montar mi biblioteca y encontrarme con este libro, en el que Alberto Manguel cuenta, a través de diez digresiones, el proceso contrario, el adiós paso a paso a una biblioteca propia.

Mientras embalo mi biblioteca, publicado por Alianza en traducción del inglés por Eduardo Hojman y una edición cuidadísima con funda de cartón, es la versión “mangueliana” del famoso ensayo de Walter Benjamin surgido de la experiencia de desembalar su biblioteca. ¿Y es que quién no ha sentido lo mismo que ellos al hacerlo? Si te gustan los libros, si sientes pasión por ellos, si crees que es necesario y obligatorio que ocupen un espacio en tu casa, estoy seguro de que tú también has sentido lo mismo que ellos, y que a ti también se te ha ido la cabeza en otros pensamientos mientras tenías cualquiera de tus libros en las manos. Una cita que subrayaste, un dibujo que hiciste, una nota que dejaste, o incluso un papel firmado por alguien que encuentras dentro, una carta, un tíquet, un billete, un carnet. Cosas que te hacen preguntarte quién puso aquello allí, quién fue el que leyó aquel libro. Porque estás seguro de que puede parecerse mucho a ti, pero que aquel no eres tú.

Lo que hace aquí Alberto Manguel es contarnos adónde le ha llevado a él todo este proceso. Eso sí, claro, creo que los lugares a los que su mente se desplaza son un poco más interesantes que los nuestros, o por lo menos que los míos, o por lo menos será que lo sabe contar muy bien. A través de estas diez digresiones, en las que cada una se divide en dos partes diferenciadas por la tipología de la letra, Manguel nos habla de temas como el oficio de escritor, la necesidad humana y animal de interacción y comunicación, nos habla de Kafka, de Benjamin, de su maestro Borges, de los poetas griegos y romanos, de diccionarios, de bibliotecas, del lenguaje, de los sueños, de Literatura.

Mientras embalo mi biblioteca, que Manguel define como una elegía, es la demostración de cómo alguien puede vivir solo por y para los libros. Con anécdotas de la historia que te obligarán a subrayarlas, experiencias personales, datos curiosos a la vez que admirables, propuestas de mejora y reforma de nuestro sistema educativo, cultural, social, este canadiense argentino consigue que no te sientas raro al preferir en muchas ocasiones un libro que una persona, al pensar durante todo un día en el momento de reencuentro entre tú y el libro, al enamorarte de un personaje, al querer vivir en la historia que cuentan unas páginas, al querer convertirte en libro y perdurar, y no volar como la palabra dicha sino permanecer como la palabra escrita. Verba volant, scripta manent. Un libro más para la colección.

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Ya vamos, de Ronja Von Rönne

Ya vamos

Ya vamosUna de las cosas que más me gustan de los libros es que me inviten a reflexionar, a abrir mi mente a algo desconocido y a conocer cosas que nunca he vivido de cerca. Y esto fue lo que me animó a leer esta novela.

Ya vamos profundiza en la vida de una joven, sus miedos, sus sueños y motivaciones tras perder a su mejor amiga, y en sus relaciones de amor y desamor con dos hombres y una mujer. Es cierto que esta mezcla tan extraña llama la atención de primeras, y si además le unes que la autora ha escrito varios artículos con cierta polémica y escribe asiduamente en Die Welt, pues llamó mi atención aun más, si cabe.

Es cierto que la narración de Ronja Von Rönne es sencilla y no destaca por su fijación en los detalles, pero este último aspecto del que os he hablado (la polémica que levanta la autora con sus escritos), no pasa desapercibido en esta, su primera novela.

Y es que el tema que trata es algo escabroso y muy personal. Pero es quizás esto lo que más me ha atraído de la novela. Aunque sea algo que esté a la orden del día, el amor libre es uno de los más desconocidos entre todos nosotros. Pensar que una persona es capaz de amar a dos o más personas a la vez y mantener relaciones sexuales libremente es un tema que, aún para muchos, es difícil de asimilar. Sin embargo, esto es lo que más me ha gustado del libro, la capacidad que tiene la autora de transmitir esto de una forma tan humana y natural, compartas o no su punto de vista. Y esto me ha parecido realmente interesante, ya no solo por la forma tan cercana que tiene de relatarlo la autora, sino también porque es un tema sobre el que no he leído nada hasta el momento.

Además de esto, la autora narra la dificultad y el dolor que nos produce crecer. Cuando somos jóvenes, es difícil la transición a la vida adulta, y creo que lo ha sabido transmitir muy bien a través de la protagonista, Nora. Su crisis existencial, unido al dolor que le produce haber perdido a su mejor amiga y no estar pasando su mejor momento en su relación amorosa a cuatro, nos ayuda a comprender lo que siente realmente el personaje en un mundo en el que está muy mal visto encontrarse perdido en el mundo. Pero, ¿acaso no es necesario perderse para encontrarse? Y más cuando somos jóvenes y estamos descubriendo quiénes somos realmente…

Pero Nora no está tan perdida como parece. Nos demuestra que tiene ganas de vivir, de viajar, de comerse el mundo, pase lo que pase. Y esto es una reflexión que se acerca bastante a lo que la gente dice sobre los millennials: la generación “perdida”, con tantas cosas que no valoran realmente lo que tienen… Sin embargo, esto no es tan cierto como nos lo quieren pintar, o al menos no lo es en la mayoría de los casos. No sé si esto es exactamente lo que pretendía la autora hacernos pensar al leer esta novela, pero es lo que me ha transmitido en el desarrollo de la novela y me ha encantado poder compartir esta historia con ella.

Aunque ha habido algunos aspectos de esta novela que han escapado a mi entendimiento, he de decir que esta novela me ha producido una sensación de vacío debido al personaje principal, un personaje con el que es difícil conectar, pero con el que terminas haciéndolo, a pesar de sus apenas doscientas páginas. Pero también me ha encantado, como ya he dicho, la forma tan cercana con la que la autora nos relata todos los acontecimientos que les ocurren a los personajes, además de cómo desarrolla la trama amorosa entre cuatro personas. Una lectura muy interesante y original que se lee en apenas una hora.

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Lady Susan y otras novelas, de Jane Austen

Lady Susan y otras novelas

Lady Susan y otras novelasNunca me ha gustado releer una misma novela. Hay tantísimos libros nuevos por descubrir que nunca he pensado que fuera algo muy productivo. Sin embargo, creo que siempre hay excepciones, y que una segunda o tercera lectura puede resultar más enriquecedora que la primera. Con esta brillante autora siempre he hecho una excepción. Me releí Orgullo y prejuicio dos veces y cada vez me resultó aún mejor que la primera.

Pero todos los apasionados de sus novelas sabemos que Jane Austen es mucho más que su obra cumbre y, por eso, esta vez he releído dos de sus novelas cortas en esta preciosa edición revisada llamada Lady Susan y otras novelas: Lady Susan y Los Watson.

La primera ya supuso todo un descubrimiento la primera vez que la leí, pero me ha gustado aún más en esta segunda lectura. Es increíble cómo la protagonista de este libro se aleja de los modelos comunes de Austen. Lady Susan es una mujer manipuladora, atrevida, interesada, egoísta y consentida. Pero también es un personaje que quiere reivindicar su poder como mujer en la sociedad, y creo que es por eso por lo que la autora la incluyó dentro de su obra. Sin embargo, en esta obra no solo destaca su protagonista, sino que también nos encontramos con la narración a la que la autora nos tiene acostumbrados. A través de una pluma repleta de ironía y absurdos, nos muestra que las principales preocupaciones de las mujeres en la época eran el dinero y la búsqueda de marido (que no de amor).

En Los Watson, nos encontramos con una protagonista bastante diferente a Lady Susan. Sin embargo, también es un personaje fuerte, valiente y no políticamente correcta que se niega a vivir como mujer débil y objeto sexual frente a los hombres que la rodean y que reclama su independencia en la sociedad. Aunque está sin acabar, creo que es de mis favoritas y si hubiera sido acabada, habría sido una de sus novelas más importantes.

Además de estas dos novelas, en esta edición también he descubierto Amor y Amistad y Sanditon, dos obras que llevaba mucho tiempo queriendo leer. Mientras la primera nos muestra la dependencia de la mujer del  hombre y las preocupaciones absurdas que afligen sus vidas y ambos temas son llevados al extremo, en la segunda nos encontramos una historia en la que el amor por disfrutar la vida al máximo hasta el final es el núcleo clave. Ambas me han sorprendido bastante, ya que la primera fue escrita cuando la autora solo tenía quince años, cuando ya comenzaba a mostrar su genialidad, y la última la escribió en el transcurso de su enfermedad y no puede reflejar menos amor por la vida de lo que demuestra. Además, también se nota que fue su última novela, porque la narración es brillante y muestra todo lo que ha aprendido en sus años como novelista.

Es increíble que una autora como Jane Austen haya sobrevivido al paso del tiempo y que se sigan leyendo sus novelas como si hubieran sido publicadas ayer. Su tema favorito, la reivindicación del papel de la mujer en la sociedad, a través de las situaciones vividas en sus novelas y con su narración llena de ironía y absurdos, la ha catapultado como una de las mejores novelistas británicas de todos los tiempos.

Al margen de esto, creo que hoy en día todos deberíamos leer a esta autora, porque aunque hayan transcurrido más de dos siglos desde que sus novelas fueron escritas, hay situaciones que aún no han cambiado y seguimos viviendo en un sistema patriarcal. El feminismo es algo por lo que hay que luchar cada día, y si Jane Austen ya se dio cuenta en su época y tuvo la valentía de plasmarlo en las más de mil páginas que ocupan todos sus libros, nosotros también deberíamos seguir haciéndolo.

Estas obras recogidas en Lady Susan y otras novelas son el ejemplo perfecto de clásicos imprescindibles que todos deberíamos leer, y que nadie debería aplazar. En poco más de trescientas páginas, esta autora vuelve a sorprender a sus lectores, además de divertirles, entretenerles y hacerles reflexionar. Afirmo sin lugar a dudas que nunca me cansaré de leer a Jane Austen, da igual el tiempo que pase o los libros que lea. Su sello de identidad la diferencia de cualquier escritor y la convierte en una verdadera heroína de su siglo.

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Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicioHay ciertos libros que, desde que los lees por primera vez, forman parte de tu vida e incluso te acompañan junto a sus mejores frases, diálogos y personajes en muchos momentos. Y no, no estoy exagerando (quizás un poco sí…). Y me entenderéis si habéis leído alguna vez Orgullo y prejuicio, puesto que personajes como Elizabeth o el Sr. Darcy (sobre todo este último) no se encuentran todos los días ni en todas las lecturas.

Pero hablemos de la edición que nos ocupa. Si ya releer esta novela es una delicia de por sí, releer su edición ilustrada es un lujo aún mayor. Y mucho más si las ilustraciones en blanco y negro son las mismas que la edición en inglés de 1894. Incluso el inicio de cada capítulo es especial, plasmando en un dibujo lo más importante que ocurrirá en el mismo y, a veces, acompañado por una frase en inglés del original. Una auténtica pasada y un ejemplar único para celebrar el bicentenario de la autora para los coleccionistas de la obra de la famosa autora inglesa como yo.

Las aventuras y desventuras que acontecen a la familia Bennet en Orgullo y prejuicio parecen ser el eje de esta romántica y cautivadora historia. Pero si vemos más allá del romance entre Jane y el Sr. Bingley, la complicada relación entre Elizabeth y el Sr. Darcy,  la obsesión de la Sra. Bennet por casar a todas sus hijas y la aparición de otros personajes clave en este libro, descubriremos que el principal tema que trata esta novela es la mujer y su papel durante el siglo XIX, tema del que la autora realiza una crítica abierta y nos plantea varias preguntas a través de su narración descriptiva y completa de ironías: ¿Por qué el principal objetivo de las mujeres en aquella época era contraer matrimonio? ¿Y si una de ellas quería algo más? ¿Acaso no se merecían tener ambiciones en sus vidas?

Es imposible responder a estas preguntas, ya que ahora la vida es muy diferente a la de aquellos años. Pero si algo representa el personaje de Elizabeth Bennet es esa gran diferencia con todas las mujeres de aquella época que, quisieran o no, se resignaban a una vida dominada por los hombres  y a contraer matrimonio sin importar lo que ellas deseaban, teniendo únicamente en cuenta su papel en la sociedad y el dinero. Elizabeth se convierte en una mujer muy adelantada a su época, que rechaza el matrimonio por convivencia y que decide casarse únicamente si llega a enamorarse algún día. Y, cuando os decía que no estaba exagerando al principio de esta reseña, me refería a que personajes como este suponen un antes y un después en la literatura y, sobre todo, para la mujer.

En definitiva, Orgullo y prejuicio es una novela que no pasará desapercibida para nadie que la lea ya que, aunque fue escrita hace más de dos siglos, se encuentran muchas emociones con las que convivimos día a día: no solo el orgullo y los prejuicios, sino también el amor, la amistad, la ambición y nuestros deseos más allá de las necesidades de nuestras familias.

En este año, que se conmemora el segundo centenario de Jane Austen (1817-2017), releer mi libro favorito de la autora y con estas preciosas ilustraciones me ha encantado y me ha dejado con ganas de más. Las novelas de esta autora reflejan, como ya he dicho, la realidad de la sociedad de su época, haciendo una dura crítica del papel de la mujer. Es muy interesante leer cada una de sus novelas, ahora que la vida ha cambiado y en esta sociedad en la que el feminismo está cobrando cada vez mayor importancia. Por eso creo que es vital leer a Jane Austen en estos momentos de cambio y recordarnos todo lo que hemos evolucionado y lo que no debemos hacer para volver hacia atrás en nuestra historia…

 

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