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El Secreto de las Fiestas, de Francisco Casavella

El secreto de las fiestas

El secreto de las fiestasHará cosa de un par de años vi que en una de mis librerías favoritas de Barcelona, la Calders, Anagrama organizaba una especie de fiesta/homenaje/presentación de El día del Watusi, del malogrado a la vez que admirado por tantos Francisco Casavella. Presentaban El día del Watusi recogido en un solo tomo y hacían de maestros de ceremonias de esa tarde/noche figuras de la talla del gran y sempiterno Jorge Herralde – ¡cómo no! -, Miqui Otero – que por entonces creo que acababa de publicar o estaba a punto esa recomendabilísima novela que es Rayos – Kiko Amat – uno de los escritores (y artistas) fetiche de Anagrama – o Carlos Zanón – reconocido autor de novela negra, entre muchas otras cosas -. Recuerdo ver por allí también a Eugènia Broggi – directora y fundadora de l’Altra Editorial y pareja de Kiko Amat – o Silvia Sesé – actual directora de Anagrama -, entre otros. Una W roja – que todavía hoy se puede ver – a modo de grafiti en la pared de la librería en honor al Watusi, mucha cerveza, mucha gente y mucha alegría para recordar a alguien que supo ver Barcelona – y a través de ella el mundo – desde un prisma roto que por el hecho mismo de estar roto daba una visión única, irrepetible e incomparable: Francisco Casavella, autor también, entre otros, del libro del que hablo hoy, El Secreto de las Fiestas

Es importante que quien lea esta reseña, si por algún casual le suena el título de este libro, sepa que ya lo publicó en 1997 Anaya dentro de su colección juvenil. Pero, aquí viene la pregunta: ¿Es el mismo libro? Pues no, primero, porque ningún libro es nunca el mismo y, segundo, porque, tal y como explica el propio Casavella en el epílogo, este es una evolución, es el crecimiento de una novela juvenil que ha pasado a ser adulta. Casavella vio en ella, aparte de las más altas y profundas gotas de su autobiografía, la capacidad como historia de evolucionar a algo más profundo, que es lo que ha acabado siendo este El Secreto de las Fiestas de Anagrama.

Daniel Basanta, también llamado Danielucho o Lucho, es un niño barcelonés sin madre que ve como a los pocos años su padre, músico de orquesta – es decir, ambulante -, decide que su hijo se irá a pasar un verano con sus tías y su abuelo al pueblo – en Galicia -. Ese verano se acaba convirtiendo en años y Daniel crece con la única compañía de un extraño, divertido, raro y entrañable abuelo que le habla por primera vez del Secreto de las Fiestas, de unas tías incapaces de transmitir el amor paternal y de un perro que parece no tener ganas ni de vivir. Aparte de eso, montañas, prados, lluvias y verdes.

Unos años más tarde, cuando parece que la burbuja infantil de un niño que no cabe en el campo va a explotar, aparece su padre y se lo lleva a la ciudad, a Barcelona. Allí será donde Daniel descubrirá realmente quién es Daniel Basanta. Al estilo de un Holden Caulfield barcelonés y ochentero, soltando tacos pero hablándote – a ti, lector – de usted, Daniel se irá amoldando a una ciudad que va mucho más deprisa que él, que le echa por encima el amor, las amistades rotas y falsas, el colegio de verdad – que es una gran mentira – y la vida en general – que no es más que algo así como soportar a un padre bebedor que sabe manejar mejor un instrumento que un hijo -. Todo este huracán de vida que se le vendrá encima a Daniel solo tendrá un amarre: las máquinas de millón. Serán estas las únicas que harán conectar a Daniel con una infancia feliz y real que nunca ha tenido, que le harán ver que existe algo que muchos por los bares y futbolines llaman diversión. Porque Daniel Basanta, aunque en los libros la única película que puedes ver es la que proyectas en tu propia cabeza, nunca aparece en su historia ni riendo ni sonriendo. Daniel Basanta es un niño sin risa.

En cierto momento y gracias, como siempre, a una máquina de millón, conocerá a Chenta, ese primer amor que siempre acaba y nunca termina, que siempre acaba antes, que nunca dura lo suficiente. Cometerá locuras por ella, huirá en busca de lo que tuvieron juntos sin saber que lo que se tiene a esa edad siempre está acabado al despertar. También conocerá a Laura pero, ¿será lo mismo?

Siempre con el Secreto de las Fiestas que le confesó su abuelo por bandera, Daniel Basanta irá desgranando el significado de cada uno de los siete puntos que su abuelo le confió. Los compartirá con otra gente a los que no podrá llamar amigos, los intentará descifrar mientras baila con mucha gente a la conga, los verá realizados en discotecas tras tres o cuatro copas, creerá seguir la estela de su abuelo; y todo volverá a comenzar. Porque el Secreto de las Fiestas, al igual que aquella que se alargó hasta las tantas en la Calders y a la que no me pude quedar, es irresoluble. Si no, ¿qué hacemos volviendo cada fin de semana a buscarlo en alguna de ellas?

El Secreto de las Fiestas quedará oculto para siempre, por muchos Daniel Basantas o Francisco Casavellas que aparezcan. Porque la gracia del Secreto, como la gracia de todo, está en la búsqueda de él, no en el encuentro. Piensa ahora, ¿qué pasaría contigo, qué pasaría con nosotros, si descubriéramos el Secreto de las Fiestas?

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La tiranía sin tiranos, de David Trueba

La tiranía sin tiranos

La tiranía sin tiranosTengo que hablar sobre un concepto levemente nostálgico antes de entrar de lleno en el libro, y es ese en el que, cuando eras un niño y, por ejemplo, subías a un autocar con tus compañeros, si alguien había emitido un gas trasero y bajo y tú eras el primero en decirlo – que no en percatarte – siempre se escuchaba aquello de «quien primero lo huele debajo lo tiene». También estaba la otra de «ha sido quien tenga las manos rojas». Si mirabas estabas perdido. Y mirabas. Pues más o menos sobre esta idea tan poco filosófica – ¿o sí?- discurre la novena publicación de los Nuevos Cuadernos Anagrama, con la firma de David Trueba y el título de La tiranía sin tiranos. Veamos, entonces, por qué digo esto.

Pues, básicamente, porque el sonrojo y la pizca de humillación que sentías en aquellos momentos de niño es lo que sientes ahora tras leer este “libro”. Que no tiene nada que ver con lo que he contado, por cierto. Trueba, de forma suave, sosegada e incluso podría decir que delicada, va humillándote palabra tras palabra hasta llegar a un punto en que cierras el libro y dices, ¿por qué lo compré si el malo he acabado siendo yo? Y la de veces que pasa eso con la literatura, ¿a qué sí? Y repetimos, siempre repetimos. Porque el yo en realidad es un nosotros. Y el nosotros es todos.

La tiranía sin tiranos está formado por una serie de ensayos, unidos todos entre sí temáticamente, en los que David Trueba ahonda en las carencias de una sociedad como la nuestra. Con el foco puesto en nuestro país, pequeña muestra de un carácter universal, Trueba es capaz de hacer aflorar nuestros defectos – que no soy capaz de decir que no sean lo mejor de nosotros – y dejarlos impresos en un librito que podemos llevar siempre encima por si acaso, algún día, sentimos que somos algo, que somos alguien. No, por favor, no lo hagas.

Y te pido que no lo hagas porque hay mucha basura dejada atrás por nosotros mismos como para hacerlo. Basura que puede tener cuerpo y no. Porque el egoísmo exacerbado, el individualismo extremo, la falsa ternura, la hipocresía social y colectiva, el ansia por lo rápido y lo ya también son basura. Estamos rodeados de basura espacial, que no especial. Nada lo es.

La tiranía sin tiranos habla de la ciudad como colmena contaminada y contaminante, la sociedad como comunidad de yoes – tal y como decía uno de los grandes filósofos -, la poca necesidad ya de los intermediarios, el autoritarismo de la red social, la dictadura de las costumbres. Todos estos temas, creedme, en menos de 100 páginas dentro de un librito de bolsillo, de bolsillo real. Nunca llegaré al nivel, lo sé, de aquellas personas que entienden lo que sienten, con lo cual debo decir que nunca comprenderé por qué nos gusta tanto leer libros que nos digan lo que no en vez de lo que sí. Quizá sea, no sé, que los libros no los escogemos nosotros aunque pensemos que sí, que vienen solos, que se ponen ellos entre nuestras manos, que eligen ellos el momento en que hablarnos, las palabras que decirnos, el aviso que darnos. Quizá sea lo que dice Trueba por el final del libro, que «no se trata de añorar el vientre materno, vivir consiste en nacer cada día, en salir a la luz cada mañana y enfrentarse a todos los miedos. En romper el cascarón. En renacer».

Y tú, ¿ya has pensado en quién eres hoy? Yo, por culpa de un libro – alabados sean -, sí. Vamos, cómpratelo. Conmigo ha sido este.

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Todo Messi, de Jordi Puntí

Todo Messi

Todo MessiIba a empezar diciendo que debe quedar claro que me declaro miembro sempiterno del bando de los que defienden a Messi como mejor futbolista del mundo – y de la historia -, pero ahora estoy pensando que viendo el título del libro que voy a reseñar no creo que quepan muchas dudas sobre ello. Así que, de todas formas, lo diré: soy del bando de los que ve a Messi como el mejor futbolista del mundo y de la historia, del mismo bando que tantos otros aficionados al fútbol, del mismo bando que Jordi Puntí, el autor de este Todo Messi que publica Anagrama dentro de su colección ‘crónicas’.

Primero de todo diré algo en contra, y es que no estoy nada a favor de libros que tratan la figura de alguien que todavía está en activo. Básicamente porque, en este caso, si Messi gana en unas semanas el Mundial, ¿dónde quedarán todas esas argumentaciones que Puntí tiene que dar para defender a Messi por encima de todos aquellos que sí que lo consiguieron, como por ejemplo Maradona? Si Messi gana el Mundial, ya todos – por fin – pensarán igual que los que no necesitamos que lo gane para pensarlo. Pero lo bueno de Todo Messi es que esa parte no tan buena que acabo de comentar la equilibra – en realidad, la supera – con el maravilloso texto que se saca de la manga Jordi Puntí, culer hasta la médula. Porque lo mejor de este tan genial como corto libro no es las anécdotas alrededor de Messi que contiene, las citas de otros futbolistas sobre el astro argentino, las situaciones de juego que ha presenciado el propio autor o los goles que se narran, sino que lo mejor aquí es la prosa de Puntí. Todo ello sin darse cuenta de que la magia que Messi consigue en el campo él la está consiguiendo sobre otro terreno de juego, el narrativo: sobre el papel.

Jordi Puntí hace en Todo Messi un repaso de su experencia en la contemplación de alguien único, irrepetible e incomparable como es Messi. A través de experiencias propias y ajenas, Puntí hilvana una serie de ‘ejercicios de estilo’ – como él se digna en llamarlos al estilo de Raymond Queneau – en los que recrea las más importantes hazañas del argentino mezcladas siempre con la maestría del catalán en la glosa, en la comparación, en el análisis meditado y (des)medido, en la digresión sangrante de pasión por el fútbol. Y no solo quedándose en el mero entorno futbolístico, sino que Puntí – escritor y periodista de renombre – es capaz de coger a Messi y enmarcarlo, por ejemplo, dentro de los cinco conceptos que Italo Calvino predijo que marcarían el arte del siglo XXI. Porque, ¿no es arte lo que hace Messi?

Podría decir que aunque no te guste Messi – cosa que no concibo si te gusta el fútbol – te va a gustar este libro, porque básicamente, aunque con Messi por bandera, es este un canto al fútbol como filosofía, como la religión de un cúmulo de humanos que vemos en ese ‘dar patadas a un balón’ toda una serie de elementos perceptivos capaces de hacernos llorar, capaces de hacernos gritar como nunca lo hemos hecho, abrazarnos a alguien con quien nunca nos hemos abrazado, dar un beso a, por ejemplo, un trozo de tela que llevas por camiseta, a una lata de cerveza, a ese amigo de al lado que a quien como mucho hasta ese momento habías dado una palmada en el hombro. Eso es el fútbol. La última vez que lloré fue con un gol de Iniesta.

En definitiva, Todo Messi es algo más que un mero libro sobre fútbol, que un simple libro sobre otro futbolista más. Y, para explicarlo bien, qué mejor que acudir a las palabras del propio autor: «Quizás se podrían definir estas páginas como un cromo en movimiento, uno de esos vídeos cortos que hay ahora por internet y que resumen en diez segundos toda una jugada. Solo que el movimiento se lo daré yo con mis palabras: inspirándome vagamente en el patrón del escritor Raymond Queneau y su célebre libro, intentaré trazar unos ejercicios de estilo a partir de la figura de Leo Messi. Deconstructing Messi. Reescribir a Messi. Él será el protagonista de cada texto, las mil caras del estilo, y mi ejercicio consistirá en capturar en estas páginas la belleza, la voracidad, el genio, la modernidad, la obsesión y el instinto, entre muchas otras cosas, de un futbolista que es el mejor de la historia.» Nada más y nada menos que eso. Con todos ustedes: D10S.

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La chica del cumpleaños, de Haruki Murakami

La chica del cumpleaños

La chica del cumpleañosHace unas semanas acudí a una charla de Juan Cerezo, director editorial de Tusquets. Lógicamente, esperaba que en ella se hablara del éxito de Patria, de cómo se gestó, de cómo lo vivieron por dentro, de qué se hizo para estirar la cuerda hasta hoy, cuando aún sigue estando en las primeras posiciones de los más vendidos. Pero no puedo negar que yo fui ahí – aparte de como lector y amante de Patria, claro – como fiel seguidor de Murakami con la esperanza de sacarle algo sobre la próxima publicación murakamiana. No éramos muchos y él estuvo realmente cercano – si consideramos, además, que de todos los presentes solo un servidor había leído Patria -, con lo que vi el camino totalmente despejado para preguntarle por lo que realmente me interesaba. Me dijo que tenían pensado publicar la nueva novela de Murakami -que ya se está traduciendo – como bombazo del Día del Libro pero que, lógicamente, con el éxito de Patria no tenían tanta prisa e iban a esperar a después del verano para hacerlo. Lo que no me dijo en ningún momento fue que, de mientras, como se suele hacer en el mundo editorial, sacarían este La chica del cumpleaños – traducido, como siempre, por Lourdes Porta – para ir haciendo boca. Así que: sorpresa.

Primero de todo, quiero avisar, no es un texto nuevo, ya salió publicado en Sauce ciego, mujer dormida, pero eso sí, trae cosas nuevas y muy interesantes, como son las ilustraciones de Kat Menschik – que ya ilustró aquel bonito Asalto a las panaderías de Libros del Zorro Rojo, entre otros – o el texto final del propio Murakami hablando de su experiencia en día de cumpleaños.

Claro, como fan de Murakami, yo os diría que solo por ese texto – tan extraño como él sabe ser – ya vale la pena comprarlo, pero es que además el libro es muy bonito, huele muy bien, está cuidadosamente hecho, y decora la estantería como el que más. La historia, como siempre, es aparentemente sencilla: una chica que trabaja a tiempo parcial de camarera tiene que suplir a una compañera suya precisamente el día de su vigésimo cumpleaños. Pero claro, la cosa no quedará ahí. El restaurante lo regenta un hombre del que nadie sabe nada, a expensas del jefe de la chica, quien le lleva al dueño cada día a la misma hora su cena. El dueño vive encima del restaurante. Nada más se sabe. Pero ese día, el día de su cumpleaños, el jefe de la chica enferma, tiene que irse corriendo al hospital y entonces le toca a ella llevarle la cena al dueño del local. Ahí empieza todo.

Con la maestría cuentística de un Murakami que a mí a veces me parece que se desdobla o que es dos escritores diferentes por lo bien y diferente que hace sus cuentos y lo bien y diferente que hace sus novelas, La chica del cumpleaños es un libro ideal para regalar y regalarte. Porque tiene todo lo comprable por fuera y tiene todo lo comprable por dentro. Una historia de Murakami, una anécdota de Murakami, un libro de Murakami. Mientras esperamos la novedad. Si hay que hacer cosas en apariencia inútiles pero tan bonitas como esta, que se sigan haciendo. Porque no lo serán y porque para cosas inútiles y encima feas ya tenemos suficientes, ¿no? Unos centímetros más para ocupar la ya de por sí extensa línea horizontal de libros Murakami en nuestras estanterías.

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Una vida en venta, de Yukio Mishima

Una vida en venta

Una vida en ventaSí, es el Mishima que te suena, el mismo de Confesiones de una máscara, del que siempre has oído que fue merecedor del Nobel, el que se hizo un seppuku – más conocido por aquí como harakiri – a los 45 años al presenciar lo que para él era la degeneración de su amado país, Japón. Ese Mishima, el mismo. Pero esta vez con una novela que nunca antes se había publicado en España, una novela que apareció en Japón por entregas – de ahí su velocidad conseguida a base de capítulos cortos y efectistas -, que fue más un divertimento del autor que algo en lo que ponerse seriamente pero que, ahora, de repente, los jóvenes japoneses están leyendo en cantidades tan ingentes que el eco de ese éxito ha llegado hasta las oficinas de Alianza, quien se ha decidido a publicarla bajo el título de Una vida en ventaPodéis hacerme caso, tiene muchas cosas para merecerse ese repentino éxito.

Una vida en venta narra la vida de un joven llamado Hanio Yamada quien, tras intentar suicidarse sin éxito por no sentirse cómodo con su vida de publicitario, decide poner su vida en venta. Tan fácil como poner un anuncio en el que se lee: «Vida en venta. Quien la compre puede utilizarla como le plazca.» A partir de este momento se quita el pestillo de todo un seguido de sucesos que rozan lo absurdo e inexplicable en la vida de un Yamada que tiene poco o nada ya de sentido. Lo que pasará a partir de entonces es que el joven treintañero se verá vendiendo su vida al primero que llame a su puerta, sin importarle el precio que paguen por ella, sin preocuparle que se le asegure que tras esa venta morirá. Él, con los brazos bien abiertos a la muerte, se dará siempre de bruces hacia una vida que no le es recíproca. Él no la quiere, ella a él sí. Será de esta forma como Yamada, poco a poco y sin ser consciente, irá apegándose a su vida y, cuando sienta que de verdad está aferrado a ella – cosa que no tiene por qué ser ni voluntaria ni agradable -, sentirá de verás que puede perderla.

Leyendo esta breve novela de Mishima nos encontramos con todo eso que nos gusta de él, el vaticinio de un autor descontento con el mundo y la vida, personajes que tienen mucho de quien los ha creado y que, tras una máscara de absurdo y surrealistas, esconden taras de todos, heridas universales, lágrimas en continuo movimiento. Una mujer vampira, una joven que lo ama al igual que ama la locura y el LSD, una organización secreta de espías que puede o no existir; todas estas serán situaciones que tanto tú como Yamada deberéis vivir en no más de 300 páginas – muy infladas, por cierto -.

Con un prólogo del traductor Jordi Fibla y un epílogo del crítico literario japonés Suehiro Tanemura, este Una vida en venta es un genial pasatiempo – “engañosamente sencilla”, como puede leerse en uno de esos textos – para todos aquellos amantes – en los que me incluyo – de la risa con regusto sangriento. Esa mueca optimista que haces cuando lees a autores que son muchísimo más listos que tú y que saben convertir lo que para ti son quejas en diálogos o pensamientos divertidos, risibles, jocosos. Autores como Mishima, capaces de vivir lo peor como para llegar a suicidarse y que sean capaces de volcar en textos algo que al otro, al lector, le haga reír son esos autores que merece la pena revivir abriendo y reabriendo sus libros continuamente. Quizás no llegó a la edad en la que le darían el Nobel, pero sí ha llegado a la edad – y para esa no hace falta estar vivo – en la que los jóvenes siguen leyéndolo. En Japón y aquí. Yo por lo menos.

«-¿Por qué esta cansado?

-No es por nada importante, pero en cualquier caso estoy cansado.

-¿No será algo tan mediocre como estar cansado de la vida o cansado de vivir, ¿verdad?

-¿Qué otros motivos puede haber para estar cansado?

Reiko le miró de reojo y se echó a reír.

-Usted mismo lo sabe bien. Está cansado de tratar de morir.»

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El dolor de los demás, de Miguel Ángel Hernández

El dolor de los demás

El dolor de los demás¿Cuánto pesan las maletas del pasado? Esta quizá sea una de las preguntas principales que asalte la cabeza de todo aquel que se adentre en la lectura de El dolor de los demás, el último libro – no me atrevo a decir novela – de Miguel Ángel Hernández, publicado por Anagrama. Y quizá sea esa una de las preguntas porque en este libro el murciano recurre a un recuerdo de juventud forzosamente olvidado que se encuentra enquistado en lo más profundo de su ser. Recurre a él para abrirlo, examinarlo cara a cara, afrontarlo, y con ello, superarlo, cerrarlo. ¿No es eso de lo que trata escribir? ¿No es eso de lo que trata leer?

Creo que ya he contado alguna vez esto que vi hace un tiempo por televisión pero me es inevitable relacionarlo también con este libro; y es sobre la entrevista que vi hace un tiempo hacer a Antonio Muñoz Molina por parte de un famoso entrevistador “libresco”. Este último le preguntaba al escritor sobre su última “novela” – lo entrecomillo porque en ese caso tampoco creo que sea la mejor etiqueta con la que designar la obra -. En cierto momento, el presentador – también director del programa – le comenta a Muñoz Molina que el personaje de la “novela”, aparte de llevar el mismo nombre que el autor, se parece mucho, en todo lo demás, a él; a lo que Muñoz Molina contesa: «No es que se parezca, es que soy yo». Y se ríen. Creo que eso sucedería de la misma forma si hay un intercambio espacio/tiempo entre Antonio Muñoz Molina y Miguel Ángel Hernández.

Pero bueno, adentrémonos en la ficción: el personaje Miguel Ángel Hernández, también escritor murciano y profesor de Historia del Arte, se da cuenta cierto día de que otro autor, Sergio del Molino, acaba de publicar una novela que trata sobre el tema que él justamente estaba escribiendo y pensando para su próximo libro. De una conversación entre estos dos autores, y amigos, uno de los cuales – el que nos concierne – en ese momento se encuentra perdido dentro de su labor como escritor de ficción, nace un nuevo tema partiendo de una frase del propio autor: «Hace veinte años, una Nochebuena, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco». Así arranca El dolor de los demás. 

Miguel Ángel Hernández, que hasta ese momento lo único que había hecho dentro del mundo de la novela era convertir en ficción su ámbito de estudio y laboral – la Historia del Arte -, ve la posibilidad de un nuevo libro en el desarrollo de la investigación de un asesinato y posterior suicidio. El asesino: su mejor amigo de la infancia y posterior adolescencia. La víctima: la hermana de este. Como si fuera una nube que siempre ha acompañado a Hernández, el tema tabú entre todos los vecinos del pueblo murciano de Los Ramos vuelve a abrirse para acabar conformando un libro, el que ahora nosotros podemos ver en las mesas de novedades de todas las librerías de España.

El dolor de los demás, con una estructura bipartita en la que se siguen dos hilos narrativos – el del momento exacto del asesinato y el suicidio visto por un Miguel Ángel de dieciocho años y la investigación llevaba a cabo por el mismo Miguel Ángel veinte años más tarde -, emana todos los tópicos más característicos de la escritura: la escritura como ordenación, comprensión, confesión, cierre, etc. Pero también mucho más: como preguntas del tipo de si es posible seguir queriendo a un asesino que anteriormente ha sido tu amigo, de si es posible ver las cosas desde la otredad, desde el dolor de los demás, de si es posible reencontrarse con el pasado y salir entero de él, de si existe alguna manera de cerrar una herida abierta en colectividad.

El pueblo de Los Ramos como un pasado estanco y sin posibilidad de evolución, como sucede con Nicolás, el asesino y amigo de Miguel Ángel, quien no es capaz de hacer madurar al que fue – y es – su fallecido amigo. Con una valentía sin límites – «Yo iba a ser el responsable de introducir en el gran escaparate digital en el que vivimos un suceso que tal vez debiera permanecer oculto para siempre» -, Miguel Ángel Hernández consigue volcarse en un libro que quizás la única frontera que tiene, el único amarre, es la etiqueta de ficción.

El dolor de los demás es la ouija con la que Miguel Ángel Hernández ha querido volver al pasado haciéndonos partícipes de ello. «Escribir no era exorcizar demonios; era convocarlos», puede leerse en alguna parte del libro. Encontrarse con ellos, llegar a una pasado que puede ser nuestro, cerrar definitivamente capítulos que quizá nunca deberían haberse abierto, y es que, terminando, como dice este narrador que tanto se parece al autor: «Es cierto que la investigación acerca del crimen de mi amigo había sido el detonante de todo, pero el auténtico crimen sobre el que yo escribía – el único, en verdad, que podía afrontar – era el que yo había cometido con mi pasado, con ese yo que había quedado sepultado en el tiempo».

Cuando leas ese «los demás» en el título piensa que también está hablando de ti. ¿Cómo puede ser que el asesinato de alguien hace veinte años en un pueblo perdido de Murcia esté hablando de ti? La clave está en que el dolor de los demás, sin negrita ni cursiva, es un dolor colectivo, global, universal. Y por eso deberías leerlo. Y por eso vas a leerlo.

 

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El submayordomo Minor, de Patrick deWitt

El submayordomo Minor

El submayordomo MinorCada vez veo este un sitio más proclive a mis confesiones lectoras y, teniendo en cuenta que es una ventana hacia un mundo repleto de ojos que no reconozco, probablemente no sea el mejor lugar pero hacerlo. Pero qué más da. Hoy debo confesar que siempre se me ha hecho raro leer novelas narradas en tercera persona, y cada vez tengo más claro que creo que esto me pasa porque tengo miedo a que, en algún momento de la novela, ese narrador que todo lo sabe se equivoque y pase de la cabeza de alguno de sus personajes a la mía. Y empiece entonces a sacarlo todo, a enseñarlo todo, a dejarme sin nada que esconder, que guardar, que reservar. De momento eso no ocurre y voy pasando bien de novela en novela, como me ha sucedido con esta divertida, muy entretenida y muy rara El submayordomo Minor, la última novela de Patrick deWitt, publicada por Anagrama. 

¿Qué decir de ella? En primer lugar y sobre todo, que si te gusta el universo Tim Burton es para ti. Patrick deWitt nos presenta a Lucien Minor, chaval pobre, mentiroso compulsivo, que vive en un pueblo con su madre, quien regenta una taberna, y que decide en cierto momento de su adolescencia marcharse de allí tras recibir una oferta de submayordomo en el misterioso castillo Von Aux. A partir de la recepción de esta oferta, la vida de Lucien, más llamado en la novela Lucy, comenzará a caminar de la mano del acelerado proceso de madurez. Solo y sin mucho equipaje, ni fuera ni dentro, lo que más pesará a Lucy en su partida serán las heridas de un amor no correspondido. Huyendo de eso y de una vida casi marginal, Lucy se encontrará con la posibilidad de ser alguien, de valerse por sí mismo, de tener un puesto, un nombre, una posición. Pero ni se imagina lo que le espera.

Viajará en tren, conocerá de primera mano el universo de los vagones de tercera clase, conectará con ciertas personas que marcarán su vida. Y pensará. Porque esto, su pensamiento, es lo que moverá la acción de la novela y los ojos del lector. Lucy es un joven maltratado por la vida y, como él creerá, por el amor. Así, con la idea de que la vida es una batalla diaria contra la epidemia del amor, Lucy llegará a un nuevo pueblo, coronado por el castillo Von Aux. Dentro de él se encontrará con el lujo derrumbado, con la ruina de algo que ya fue. Allí conocerá al extraño, entrañable y cómico Olderglough, su superior y alguien que mira cada mañana, portando todavía su gorro de dormir, a su pequeño pájaro enjaulado mientras se pregunta por qué este nunca cantó; a Agnes, la fatal pero fiel cocinera del castillo; y al barón, ser decaído, golpeado fuertemente por el virus del amor, que solo aparece de noche, a escondidas, y es capaz de comerse ratas vivas cuando nadie le ve. A estos le acompañarán en el baile de personajes Memel y Mewe, carteristas del pueblo que Lucy conoce en el tren, y Klara. Klara, la clave en todo esto.

Este desfile de caracteres es el que completa la nueva vida de Lucy, quien se encontrará dentro de su pequeña habitación, que hasta hace muy poco fue del anterior submayordomo – desparecido en extrañas y secretas circunstancias -, con un pequeño cachorro a sus pies y la obligación todas las noches de cerrar con llave por dentro su puerta. Y todo comenzará a suceder.

Patrick deWitt consigue, con una gran técnica de capítulos cortos y efectivos cliffhangers – no se nos olvide que también es guionista de cine -, que las casi 400 páginas que componen el libro pasen como si este no llegase a la centena. La partida, la huida, el desplazamiento en una misma vida serán los temas clave en esta historia que trata sobre la superación de la edad, sobre el crecimiento, sobre la madurez, que no es más que entender de qué trata el amor. Lucy creerá saberlo, pero no, y volverá a creer saberlo, pero no. Y volverá. Puede leerse en la contracubierta del libro que El submayordomo Minor es algo así como un «bildungsroman posmoderno», y si supiera lo que esto es lo afirmaría categóricamente. Pero también puede leerse sobre él que es «original». Y lo es. Que es «nada convencional». Y lo es. Que es «delicioso en su singularidad». Y lo es. Que es una novela «ágil, divertida, profunda, emocionante y espléndida». Y lo es. Que es «siempre excelente». De verdad que lo es.

Todos hemos sido alguna vez Lucien Minor.

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Antes del huracán, de Kiko Amat

Antes del huracán

Antes del huracánTengamos la casa donde la tengamos, seamos de la manera que seamos, todos vivimos en algún momento en el extrarradio, todos somos alguna vez diferentes. Por eso, ese «Ser diferente y vivir en el extrarradio» que protagoniza en blanco sobre rojo la faja de esta novela es un grito a todo aquel que se crea lector, es decir, tú y yo, ¿no? Primer punto para Anagrama. Pero además, si la obra en cuestión está firmada por Kiko Amat, la luz que emerge de todo libro en el plagado mar de novedades y nos llama y nos incita a cogerlo dentro de una librería, a pesarlo con la manos, a darle la vuelta, a pasar la mano por encima para dejar al tacto la decisión de compra, a olerlo, es todavía más intensa. Dos puntos.

Antes del huracán, de Kiko Amat, puede ser dos cosas, diferentes pero indivisibles: por un lado, una fuerte sacudida a todo aquel que esté tranquilo en el lugar o estado en el que esté, y por otro, esa palmada al hombro que a veces te da la vida, sin excusas, sin porqués, dejándote un mensaje en el cuerpo de calma, o mejor dicho de comprensión, de confianza ante algo que sucede a todos pero que cuando ocurre el paciente cree que solo le pasa a él: la vida, sus miserias, el discurrir de un río que siempre viene en contra. En esta novela, Amat presenta a Curro, protagonista indiscutible de una narración con dos focos, el del Curro niño y el del Curro adulto. El Curro niño, de once años, vive en el extrarradio de una Barcelona preolímpica, con unos padres que siempre parecen estar a punto de llevarse el bote de la desesperación. Él, al estilo de un Holden Caulfield barcelonés, bordea el desastre de unas vidas cercanas que parecen acumularse siguiendo la verticalidad de los edificios de Sant Boi del Llobregat. Siempre ajeno, el Curro niño, precoz en todo (sentimientos, vida, pensamiento), buscará adivinar hasta dónde es capaz de llenarse de sufrimiento, ajeno y propio. El Curro adulto, desde la actualidad que da un 2017, se encuentra ingresado en un hospital psiquiátrico, muy cerca de la casa de su infancia. Allí, junto a su fiel y sanchificado compañero y sirviente Plácido, crea una realidad en la que será el lector (que se atreva y sepa; yo no sé) quien decida qué es verdad y qué no. Realidad totalmente palpable mezclada con fantasmas, con delirios, con ¿ficción? Estos dos flujos de tiempo, tocados en ocasiones por interludios de un Curro todavía más actual pero menos localizable que llena huecos de su pasado con palabras a un amigo de bar, se mezclan hasta conseguir crear la vida completa de Curro según Curro.

Una voz nos habla y es a quien debemos o deberíamos creer. Pero esa voz viene de alguien que ha acabado (¿o ha empezado?) en un centro psiquiátrico. La novela se inicia con un aviso: «Me he inventado todo esto». ¿Lo dice Kiko o lo dice Curro? Se busca lector interactivo para novela de Kiko Amat.

Antes del huracán, además de todo lo dicho, es la muestra de cómo lo risible puede ser trágico y de cómo lo trágico puede ser risible. Curro y Plácido, desde la atalaya externa de la cordura, provocan risa pero dejan poso de pena. Curro y Priu, amigos niños y cracks en el regate a la ruina,  provocan pena pero dejan poso de risa. Desde las citas célebres de Churchill en boca de Plácido hasta los tecnicismos nazis que domina Priu, pasando por la botella de Xibeca en ronda, las pastillas de una madre totalmente desconectada, el deporte del padre como excusa negra, la desaparición de las coordenadas de un mapa que es la vida. Todo ello se encuentra en este recorrido vital por el deambular perdido de alguien que ve convertir su vida, sin posibilidad de arreglo ni control, en un saco al que todo aquel que pasa golpea. Curro es algo así como un bidón de basura que, al llenarse de todo lo que tiran en él, en vez de rebosar, se vuelca.

Leyendo Antes del huracán, (prosa excepcional, por cierto) me preguntaba: ¿Y si Curro Abad fuera el anverso de Alonso Quijano? Uno se vuelve loco por el exceso de ficción, otro se vuelve loco por el exceso de realidad. A veces, muchas, lo más bonito se ve en el instante antes de la catástrofe. A veces, muchas, lo más bonito se ve en el instante antes de.

«Antes del huracán, cuando el mundo estaba aún encajado en su eje».

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La escala de los mapas, de Belén Gopegui

La escala de los mapas

La escala de los mapasHace un rato comentaba con alguien este libro y le decía que para mí era «un por fin en toda regla». Y es que sé, y acepto, que muchas de las personas que lean esta reseña se/me digan que llego bastante tarde a La escala de los mapas de Belén Gopegui, y seguramente tienen razón. Tienen razón y no, porque sí, sé que han pasado años, 25 en concreto, casi los que yo tengo, pero también sé que muchas veces pienso, cuando un libro me pega tan fuerte como este, en si el haberlo leído en otro momento, el no haberlo leído nunca, el no saber de su existencia, el tenerlo siempre ahí encima sin entrar en él, hubiera sido igual. Puedo decir, recién entrados en abril y con unos cuantos libros ya leídos este año, que esta ha sido la lectura que más he disfrutado de 2018. Ojalá sigan las sorpresas. El mundo literario es un buen lugar para ello. Y todo gracias a la recuperación por parte de Literatura Random House de este libro que en ocasiones puede llegar a hacerte pensar que un alter ego tuyo, con aptitudes de escritor, lo ha escrito en otra vida, en otro momento, en otra realidad, para decirte lo que eres capaz de llegar a sentir.

Como digo, Literatura Random House recupera en este 2018 La escala de los mapas, la gran novela de Belén Gopegui, en una edición 25 aniversario en tapa dura y acompañada por un epílogo de la propia autora que suma delicia a lo que parece no poder dar más de sí. Para quien todavía no la haya leído (¡qué envidia!), se podría decir que La escala de los mapas es una carta de amor a esa persona que siempre hemos querido/pedido/deseado que nos acompañe en vida. Todo narrado por la fuente de ese amor puro y desbocado, que es Sergio Prim. Creo que todos hemos sido alguna vez Sergio Prim, sino siempre, y todos hemos querido/pedido/deseado alguna vez una Brezo Varela, sino siempre.

Sergio Prim es el desdoble, a veces cóncavo, a veces convexo, de un hombre que ha sido conquistado completamente por su mente. Si una nariz pudo ser un hombre dentro de un cuento ruso, cómo no va a poder serlo una mente bajo las líneas repletas de bellas palabras de Gopegui. La escala de los mapas es la confesión de alguien para quien el amor hacia una mujer es el compás de su vida, es la pauta de su camino, las huellas donde pisar para poder seguir avanzando. La excusa, la venda, el disfraz de este amor escrito es una vida de geógrafo triste que busca poder encontrar algo que él cree que existe: el hueco. ¿Y qué es el hueco? Pues verás, ¿alguna vez has sentido que la multitud no era un conjunto contigo? ¿Alguna vez te has dado cuenta de que si existiese la soledad habitarías a fondo en ella? Ese es el hueco que busca Sergio Prim, aunque siempre camine hacia su admirada, su midons, Brezo. ¿Y si fuera ella?

Iba a decir que lo que me parece más admirable del libro es cómo Gopegui consigue expresar de manera magistral un sentimiento tan usado y manoseado como es el amor en la literatura. Pero no, seamos sinceros, lo que me parece admirable es que haya conseguido escribir esto con 30 años. No me queda mucho para cumplirlos, alguna vez he debatido conmigo mismo si sería capaz de escribir algo decente y, de repente, Gopegui. No, no soy para nada capaz. Por otro lado, estoy seguro de que si Sergio Prim existiera y lo conociéramos la gran mayoría lo odiaríamos (de hecho, Gopegui en el epílogo se sorprende de que Prim no caiga mal a los lectores), pero ¿no es eso lo que pasa con la gran mayoría de genios? Es la mente de Prim lo que enamora, lo que engancha, y la mente solo es capaz de transmutarse en luz legible a través de los libros. Gracias a [inserte aquí su dios] por darme esta afición.

En definitiva, y aunque Prim tenga la suerte de (medio)conseguir ese amor suspirado que todos alguna vez hemos tenido (y que a la mayoría nos ha rechazado o ni siquiera nos ha sabido), creo que debo decir que es este un libro para todo aquel a quien alguna vez el corazón le ha latido más rápido, más lento, diferente, cuando ha visto a una persona de sexo contrario, igual o indefinido, pasar por su lado creando auto e inconscientemente un nuevo campo gravitacional entre los dos. La escala de los mapas es uno de esos libros piscina, en los que alguien se baña y queda para siempre dentro. Disfrutad de lo que cuenta Sergio Prim. Quizá consigue que digáis con vuestros sentimientos lo que he dicho yo con el libro (¿y si lo estaba diciendo también por los sentimientos?): «un por fin en toda regla». Hay libros que son consejo, señal, premonición, aviso y auxilio. Y libros que son todavía más. La escala de los mapas es padre y madre en ese festival de categorías.

 

 

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Cuaderno de naturaleza, de Julia Rothman

Cuaderno de naturaleza

Cuaderno de naturalezaEs totalmente cierto lo que Errata Naturae dice en la contracubierta del libro con lo de «Ningún libro sustituirá nunca a la naturaleza», y mucho más si quien tiene el libro en cuestión entre manos es un amante de ella, como supongo que le pasará a todo aquel que compre este. Pero también es cierto que el libro puede ser el brazo que te empuje hacia un mundo que siempre está abierto, donde todas las puertas son de entrada y al que le da igual quién y cómo seas: el mundo natural. De este maravilloso mundo habla Cuaderno de naturaleza, de Julia Rothman, autora de La vida en el campo.

Descubrí el mundo natural, en su plenitud, a raíz de adoptar a un perro (añado la “a” porque para mí son como humanos, o mejor). En realidad, para ser exactos, una perra. Ella, con su infatigable ánimo, me empujó a la montaña, me llevó por caminos repletos de árboles que parecían espejos por todo lo que me enseñaban de mí. Fue a partir de entonces, hace ya cosa de cuatro años, cuando vi que había un lugar en el mundo desprovisto de ojos en el que estar verdaderamente a solas. A medida que pasaba el tiempo y me acostumbré a mirarme estando inmerso en un bosque, empecé a mirar alrededor, a fijarme en todo lo que componía aquello que tan bien me hacía sentir, y descubrí un mundo sin fin. La montaña es algo así como el escaparate de una tienda favorita que abre las veinticuatro horas del día y no te pide dinero a cambio, solo un poco de amor, un poco de respeto, de buen trato, de ti. Tiempo después, me di cuenta de que también había libros que podían hacerte sentir algo parecido a lo que sientes cuando estás rodeado de verde. Leí alguno, me vi reflejado en ellos, sentí en ciertos momentos (todavía hoy lo siento) que alguien estaba escribiendo mi historia sin pedirme permiso pero dando completamente en el clavo. Una de las editoriales que más fuerte me golpearon (y golpea) en ese sentido fue y es Errata Naturae.

Hoy hablo de un título fuera de colección como es este nuevo Cuaderno de naturaleza, de Julia Rothman, un libro hecho por una amante de la naturaleza para amantes de la naturaleza. En él, Rothman desgrana el mundo natural desde su visión personal con datos, curiosidades, secretos y muchos dibujos. Amante de todo lo natural, consigue impregnar las páginas (aparte de con el maravilloso olor que desprende el papel, cosa, imagino, que no dependerá de ella) de un amor absoluto hacia un mundo que coexiste con nosotros y al que le debemos muchísimo más de lo que pensamos. Compuesto por siete capítulos, Cuaderno de naturaleza recorre desde lo más profundo de los ríos y lagos hasta lo más alto del universo: moscas grúa, cachalotes, tipos de abeja, constelaciones, anatomía de una hoja, formaciones nubosas con las que predecir el tiempo, etc. Todo ello acompañado siempre por su visión, su experiencia a través de paseos, pruebas, conversaciones. Además, incluye aportaciones propias y ajenas de, por ejemplo, recetas de cocina con hojas comestibles, metodología para una mascarilla natural, pasos para pintar un paisaje con acuarelas o para decorar tu pared con calcos de hojas del parque más cercano a tu casa. Todo muy simple, sí, pero certero.

Cuaderno de naturaleza es uno de esos libros que suelen llamarse de cabecera o de mesilla de noche, un libro al que recurrir cuando se tienen en la cabeza dudas tras, o durante, los paseos. ¿Cómo se llama ese árbol que siempre florece a estas alturas del año y que me tapa la luz de la habitación cuando lo hace? ¿Cómo es el cuerpo del murciélago que da vueltas alrededor de la luz de la farola que ilumina el parque de mi barrio? ¿Qué me dice el interior de un tronco cuando veo un árbol caído por el bosque? Todo ello y mucho más en un libro repleto de todo aquello que nos gusta a los que nos gusta lo natural. Un libro que solo por su olor ya debería comprarse. Y que encima tiene muchas cosas más. Para los que piensan en verde, en los que me incluyo, un nuevo tesoro para nuestras bibliotecas.

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El guardián entre el centeno, de J.D. Salinger

El guardián entre el centeno

El guardián entre el centeno«Si realmente les interesa lo que voy a contarles, probablemente lo primero que querrán saber es dónde nací, y lo asquerosa que fue mi infancia, y qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y todas esas gilipolleces estilo David Copperfield, pero si quieren saber la verdad no tengo ganas de hablar de eso.» Sí, yo, el azote de los clásicos, el firme defensor de la idea de que estos son aquellos libros de los que todos hablan pero que nadie en realidad ha leído, voy a hablaros de un clásico. ¿Acabaré leyendo la Odisea? ¿Me veréis en verano tirado en una playa con la Eneida entre las manos? Que dios nos coja confesados. Esto es, como bien sabréis con este icónico inicio, El guardián entre el centenode J.D. Salinger.

Primero de todo, creo que es necesario, como reseñista que también ocupa su tiempo dentro del mundo editorial, felicitar a Alianza por la edición de esta tan publicada novela. Ese diseño, ese trato al libro como objeto, ese olor. Y en segundo lugar, qué decir de un libro del que ya se ha dicho todo. Pues, como siempre, empezaré hablando de mi experiencia con él, que al fin y al cabo es lo único que puedo contar, porque quién soy yo para decirle a alguien que un libro es bueno o malo. Así que empecemos:

Con El guardián entre el centeno me ha pasado algo extraño. Mientras lo leía, y en especial al terminarlo, tenía la sensación de quizás era un poco tarde para haberlo leído. Siempre he tenido en la cabeza, supongo que como virus que te inoculan en cualquier escuela, columna de periódico o reseña (con perdón), que este libro tenía que leerlo sí o sí y que mejor si lo hacía en la adolescencia. Tengo 26 años y creo que me siento viejo porque he notado que llegaba tarde al libro. Cosa que no quita que no lo haya disfrutado. Y es que es totalmente cierto lo que cuento, supongo que debe de ser algo así como tener cincuenta años y encontrarte en un concierto de trap. Miras alrededor y piensas: esta gente se divierte con este tipo de música, debe de tener algo que no capto muy bien pero que me hace quedarme, pero no sé, mejor me voy. Pues esto es lo que me ha pasado leyendo la novela de Salinger: que sí, que mola, que se la daré a mis hijos (si tengo) cuando pasen por esa edad en que todo quema más y que ojalá me la hubieran dado en el instituto. Yo, por desgracia, tuve otros libros que, por maravillosa suerte, no me quitaron las ganas de leer. Y tenían todos los números para hacerlo.

Para quien no conozca la historia que hay detrás de El guardián entre el centeno, cosa que hasta la editorial prevé porque no les hace falta ni poner sinopsis en la contracubierta, diré que básicamente es un retazo de vida de Holden Caulfield narrada por él mismo, un chaval desubicado con muchas máscaras puestas e impuestas que cree estar pasado de rosca, que no se ve encajando en ningún lugar, que cree que su sitio es allí donde nadie está y que ni él mismo sabe. Pero hay mucho más, y esa es la gracia, para mí, del libro y eso es lo que creo que no muchos jóvenes captarán de él: la cara real tras las máscaras, la luz de Caulfield que a veces pugna por salir tras las grietas del cristal roto que es su alma. Huyendo de todo, Caulfield es algo así como un Lazarillo de Tormes en la Nueva York de mitades del siglo XX. Como contrapunto al sentimiento generalizado de la navidad, Caulfield irá traspasando reglas, saltando normas, hasta llegar al faro que ilumina su viaje, que no es más que una pequeña niña que habita la que alguna vez fue su casa. Es ahí donde, para mí, reside el punto climático de la novela.

Porque claro, está muy bien lo del niño rebelde, lo de los insultos a cualquier compañero y/o “amigo”, lo de emborracharse siendo menor, lo de tratar a las chicas como meros objetos sexuales, pero no comparemos nada de esto con ver a un bala perdida con ojos brillantes, con educados pensamientos, con sonrisa mental al ver, probablemente, al niño que él nunca pudo ni podrá ser: su hermana Phoebe. Me sabrá muy mal que ahora leáis la novela, penséis que la clave está ahí y os llevéis un chasco porque veis que la grandeza reside en la absoluta sinvergonzonería de Caulfield. Y ahora que lo pienso, ¿y si estoy diciendo esto porque ya soy demasiado mayor? «Jo».

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Un andar solitario entre la gente, de Antonio Muñoz Molina

Un andar solitario entre la gente

Un andar solitario entre la genteHoy voy con uno de esos libros que me da cierto recelo reseñar, básicamente porque sé que mis palabras nunca podrían llegar a expresar su grandeza, su majestuosidad, la calidad de unas palabras que si se encontrasen con las mías lo máximo que les ofrecerían sería una palmadita en el hombro. Hace un rato pensaba que este libro es algo así como aquellas bolas mágicas de color negro que hace ya varios años se hicieron famosas y todo niño tenía y que ofrecían respuesta a cualquier preguntaba que tú hicieras. Solo tenías que agitarla y ya está, en una pequeña pantalla aparecía la respuesta. Pensaba en eso porque algo así sucede con este libro, que solo tienes que cogerlo, abrirlo, leerlo y esperar a que tus preguntas, incluso algunas que todavía nunca te has hecho, queden respondidas. ¿Para siempre? Eso ya yo no lo sé. Hoy hablo de Un andar solitario entre la gente, del gran Antonio Muñoz Molina.

Primero de todo debo decir que todavía no entiendo por qué este libro se vende como novela. O quizás sí lo entienda pero no quiera hacerlo. Un andar solitario entre la gente, para que nos entendamos, es el resultado de unos meses en la vida de Muñoz Molina en los que este estuvo (y ha estado y está y estará) recogiendo fragmentos de anuncios, de revistas, de propaganda, de conversaciones para uso personal y público, porque han acabado en este libro. Encabezados siempre por un título que es un lema comercial, los textos de este libro van desde la reproducción exacta de, por ejemplo, la noticia de un asesinato múltiple a la confesión más personal e íntima de un Muñoz Molina que mira desde arriba un pozo que lleva tatuado en la roca su nombre. Todo ello hilado por el caminar del propio autor. La caminata como punto de unión, como nudo de ramajes, como epicentro desde el cual nacen todas las historias de una mente brillante que, probablemente, haya pasado por encima de nuestro tiempo.

Leyendo este deambular pesaroso de Muñoz Molina por las calles de lugares como Madrid o Nueva York, me he acordado de tantos otros que leí y que nunca llegarán al nivel (en cantidad) de todos los que él ha leído y que menciona en este libro al estilo, o casi, hiperreferencial de Borges. Me ha recordado a Annie Dillard, recuerdo que me ha llevado a Thoreau. Me ha recordado por supuesto a Vila-Matas, recuerdo que me ha llevado a Walser. Me ha recordado a Cirlot, a Ortega y Gasset, a Umbral e incluso a Nietzsche; todos ellos caminantes sabedores de que los pies en el camino son el encendido de la mecha del pensamiento. Habla Muñoz Molina aquí de la Deambulología como ciencia, como arte y práctica de tantos que han decidido pensar y crear caminando. Caminantes, paseantes, flâneurs. Habla de tantos él…: Poe, de Quincey, Benjamin, Woolf, Beaudelaire, Wilde, Dickinson, Pessoa, Melville, Joyce, Whitman, Dickens, Proust, etc. Ojalá poder habitar por un día o por un rato o por un instante la cabeza de Muñoz Molina.

Es cierto que hay en el libro pasajes, recortes casi de la realidad, que pueden pasar desapercibidos ante otros de tal grandeza como los que dedica a su pareja (¿para qué nombrarla si ya todos sabemos quién es?) o como los que dedica a esa sombra que siempre persigue a quien alguna vez se ha encontrado cara a cara con ella, la sombra del pesar, de la tristeza, del nunca llenarse de algo sin función de llenado que es la vida. Hay momentos de gran asombro, de genialidad total que hace inevitable el subrayado sobre el papel.

Escrito en el final de un verano, Un andar solitario entre la gente es el zapato que siempre encaja para aquel que se haya sentido alguna vez escritor mientras pensaba caminado o mientras caminaba pensando. Es la certeza de que siendo un caminante se puede crear una vida, de que existe la posibilidad de ser tu propia oficina itinerante. Dice Muñoz Molina en alguna parte del libro, a modo de asceta o filósofo cínico que «Mi oficina, vaya donde vaya, es el cuaderno, el lápiz, la pluma, el tintero, el sacapuntas, las tijeras, la barra de pegamento, una carpeta con recortes, tres o cuatro libros, todos ellos livianos». Podemos hablar de recortes, de fragmentos aleatorios, de grabaciones encontradas; o podemos hablar de parches, de remedos, de suturas perfectas. Yo me quedo con lo segundo. Yo decido coger la mano auxiliadora que ofrece el libro. ¿Y tú?

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