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Comida sana para chicas con prisas, de Georgina Gerónimo y Mar Armengol

comida sana para chicas con prisas

comida sana para chicas con prisasNo me gustan esas colecciones que parecen exclusivamente orientadas a las mujeres, pero qué queréis que os diga, fue leer Comida sana para chicas con prisas y sentirme identificada. Y sí, sucumbí. Pero no me arrepiento en absoluto, porque Georgina Gerónimo y Mar Armengol han escrito un libro divertido que me va a ser la mar de útil.

Yo nunca he mirado lo que como ni me he preocupado de si engordaba o no, pero soy consciente de que hay que comer bien, sobre todo, por salud. Y a medida que cumplo años, me va importando cada vez más. Pero no tengo tiempo (ni ganas ni conocimientos profundos, para qué negarlo) de meterme durante horas en la cocina. ¡Y eso que trabajo en casa! No me quiero imaginar a los que trabajáis fuera… Así que esperaba que Comida sana para chicas con prisas fuera un libro sencillo y directo que me diera unas cuantas ideas para innovar de vez en cuando. Y, por suerte, he encontrado eso y mucho más.

Para empezar, Georgina Gerónimo y Mar Armengol se ponen teóricas, pero con toda la gracia del mundo, para explicarnos conceptos como el sistema nervioso enterico y la hormona grelina. Yo, que soy de letras, nunca había oído hablar de ellos y han sido todo un descubrimiento, porque tienen mucha importancia en nuestro día a día y en esos antojos que nos dan sin venir a cuento.

Hechas las explicaciones básicas, las autoras nos dan trucos de lo más variados, que van desde saber detectar cuando los alimentos llevan una cantidad de azúcar excesiva y conviene evitarlos, qué comer para obtener energía sin que ello implique sumar grasas, cómo conseguir que el pescado no se contraiga cuando lo cocinamos o que un filete grueso quede perfecto por dentro y por fuera. También revisan la pirámide nutricional, que en la actualidad tiene en cuenta muchos más aspectos que las cantidades de alimentos que consumimos, y aunque son hábitos que todos conocemos más o menos, nunca está de más tenerlos apuntados y a la vista para no olvidarnos de ellos.

En la siguiente parte del libro, Mar Armengol y Georgina Gerónimo nos sugieren unas cuantas recetas sanas, sencillas de hacer ¡y rápidas!, y otras más originales ¡pero también rapidísimas! Destaco el brownie en dos minutos, que seguramente sea la receta que escoja para aplicar los conocimientos que he adquirido con Comida sana para chicas con prisas (vale, seguramente es la receta menos sana del repertorio, pero las chicas por prisas que comemos sano también merecemos algún capricho).

Por último, nos dan pautas para que evitemos tirar comida y optimicemos el frío de la nevera. También nos adjuntan los calendarios de frutas, verduras, pescados y mariscos, para que los compremos siempre de temporada. Y no se olvidan de resolver uno de los grandes misterios de la cocina: para qué sirve todo ese utillaje de formas extrañas que vemos en la sección de Hogar.

Lo que Mar Armengol y Georgina Gerónimo nos cuentan es todo aquello que nos podían aconsejar nuestras madres y amigas, o que podríamos buscar en Google. Pero a veces ahorra tiempo tener toda esa información a mano, reunida en un solo libro. Y las que siempre vamos a contrarreloj sabemos lo importante que es eso. Así que hacedme caso y echadle un ojo a Comida sana para chicas con prisas. Da igual si sois hombres o mujeres, seguro que todos aprenderéis algo nuevo y os echaréis unas risas.

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Poké: Cuencos de sushi con inspiración hawaiana, de Celia Farrar y Guy Jackson

pokeSi de algo podemos presumir en España es de tener una gastronomía potente, de la que hablamos con orgullo vayamos donde vayamos. Pero en nuestras calles cada vez hay más espacio para conocer los manjares que en otros países también son motivo de orgullo. Todo empezó con los italianos, sus pastas y sus pizzas. Luego vino el boom de la comida china, para pasar más tarde a los kebabs turcos. Después fue el sushi y todas las variantes de la comida japonesa. Y aunque ahora tenemos en auge gastronomías como la peruana o la india, ya empieza a despuntar una nueva moda culinaria de la que, si todavía no habéis oído hablar, no creo que tardéis en hacerlo. Estoy hablando del poké, plato estrella de la gastronomía hawaiana. Quizá más de un lector haya levantado la ceja y haya puesto cara de sorpresa al oír esto del poké, aunque si vives (o paseas) por el centro de las grandes ciudades es posible que ya hayas visto, y quizá probado, este plato tan sugerente, vistoso y sano.

Dicen de este majar que es “más barato que el sushi y más completo que una ensalada”. Como campaña de marketing nadie duda de lo efectista de esta frase pero, ¿qué es realmente el poké? Esta palabra, que significa “partir en trozos” en el idioma hawaiano, más que un plato define una forma de comer en estas islas del Pacífico. Aunque tiene múltiples variedades y combinaciones posibles, el poké básico (siempre servido en boles) se compone de una base de arroz, pescado crudo encima (sobre todo atún, pero también bonito o salmón), un marinado para el pescado (normalmente hecho con salsa de soja o aceite de sésamo) y, por último, diferentes aliños, aderezos o cualquier ingrediente extra que le queramos añadir (algas, guindillas, encurtidos, frutas…).

Tras un largo estudio recorriendo los mejores restaurantes y mercados de Hawái y Los Ángeles, Celia Farrar y Guy Jackson nos dejan esta completa guía con la que nos convertiremos en unos expertos en poké. Aficionado como soy a los libros de cocina, tengo que destacar de este el gran esfuerzo de los autores en acercar y explicar de manera detallada una gastronomía tan poco conocida a neófitos como yo. Sus explicaciones son amenas, sencillas y, sobre todo, muy visuales. Todo empieza primero hablándote de los productos que conforman el poké y su distribución en los boles. Después vienen los (valiosos) consejos que enseñan cómo elegir un buen pescado y cómo cocer correctamente el arroz. Una vez que sabemos más sobre este plato, toca empezar con los primeros cuencos. Eso sí, antes de nada, un consejo que nos dan los autores y que hace de este tipo de comida algo de lo más estimulante. En el cuenco de poké, la imaginación juega un papel importante. Láminas de aguacate, pepinillos encurtidos, trozos de mango, mayonesa picante… todo puede ser bien recibido dentro de un cuenco de poké, ¡solo hay que atreverse a usarlo! Y en este punto, cada receta viene con un apartado de ingredientes extras que, si nos atrevemos con ellos, seguro que dan una chispa especial a las recetas.

receta pokeSi te enganchas a este tipo de cocina, es probable que tu despensa empiece a llenarse de ingredientes raros como la pasta umeboshi, mirin o vino de arroz, setas shiitake deshidratadas o algas hijiki. Pero que todo esto no te frene o impida disfrutar de esta gastronomía. Un poké con arroz, atún, cebolla, aguacate y una marinada sencilla estará también igual de apetecible. Eso sí, sin olvidar otro consejo básico. El producto, cuanto más fresco, más bueno estará. Yo ya he podido poner en práctica alguna de sus recetas, para gusto y disfrute de mi siempre agradecido estómago.

Pero Celia Farrar y Guy Jackson no quieren que tu descubrimiento de esta gastronomía se quede solo en su plato estrella. Por eso, Poké: cuencos de sushi con inspiración hawaiana, va mucho más allá y también incluye recetas para conseguir los mejores encurtidos, las marinadas perfectas, los aperitivos más sorprendentes y los mejores postres del lugar. ¡Incluso termina con recetas para hacer cócteles y bebidas locales! Con un libro así, organizar una fiesta hawaiana en tu casa no se va a basar solo en collares floreados, faldas de rafia y el típico amigo gracioso intentando tocar el ukelele. ¡Que aproveche!

César Malagón @malagonc

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Sake. La seda líquida, de Antonio Campins

Sake

SakeTengo que decirles que hasta hace no mucho yo no era especialmente aficionado al sake, lo había probado en contadas ocasiones y lo cierto es que no me había gustado demasiado. Mi percepción cambió no porque probase un sake exquisito que hiciese que cambiara mi opinión, sino que fue gracias a un documental, The birth of saké, que me causó tan honda impresión que me convertí en devoto de esa bebida antes de encontrar una que sencillamente me gustase. Estoy convencido de que hay muchas personas que tienen una opinión parecida a la que yo tenía tras haber probado algún sake de mala calidad, yo ahora puedo decir que he encontrado alguno realmente interesante, muy rico, pero aunque no fuera así seguiría siendo un defensor confeso suyo porque algo que se hace con la dedicación, el mimo, el conocimiento, la pasión y el amor con el que ese documental reflejaba merece el mayor de los respetos, lo que en este caso se traduce sencillamente en probarlo con la mente abierta. Y buscar.
Sake, este fantástico libro de Antonio Campins, abunda en ese sentimiento de admiración que siente uno al ver el proceso de fabricación (hablo naturalmente del producto artesanal de calidad, no del industrial) pero además expone de forma clara y sencilla los fundamentos de ese mundo. Porque es un mundo. La curiosidad suele llevarle a uno a descubrir cosas, aunque sea mirando a través del ojo de la cerradura, y teniendo en cuenta las dimensiones del mundo que se retrata, este libro es una cerradura, pero una dotada con un sistema imax de esos de reproducción en alta definición y en cuantas dimensiones sea posible. Se diría que hasta el sentido del olfato trae incorporado porque a menudo se sorprende uno si no relamiéndose si sintiendo los olores y sabores que este sencillo pero extraordinario producto regala.
Bien explicado, el procedimiento no es especialmente complicado, pero bien entendido es de una complejidad extraordinaria porque no es solo el proceso bioquímico o artesanal que lleva a conseguirlo, sino que es una forma de vida para unas personas que durante seis meses al año viven literalmente para su trabajo. Y con viven quiero decir que duermen, comen, se asean, trabajan y disfrutan su ocio en la destilería.
El primer paso, después de la elección de la variedad de arroz, que ya es un mundo en sí mismo, es el de limar el arroz. Como en estas variedades el almidón se concentra en el núcleo hay que pulir los granos para eliminar las capas externas. Y ya sé que lo escribo como si los puliesen uno a uno con una lima de uñas, que no es así, pero seguro que si fuese necesario lo harían.
El libro se detiene en cada una de las fases del proceso, con un respeto y un conocimiento realmente dignos de mención. Es una obra sencilla de un erudito, doble mérito. Además, que los términos japoneses introducen al lector en ese ambiente japonés tan especial en el que de repente un movimiento o un detalle pueden ser de crucial importancia hasta el punto de justificar una vida de aprendizaje. No voy a extenderme en el contenido, lo mejor es que si les interesa lean ustedes el libro ya que en él saciaran su curiosidad desde los procesos bioquímicos que fundamentan la fabricación o las variedades de levadura hasta la forma correcta de beberlo o de sujetar la copa.
Sake contiene además mucha información práctica, del mundo del sake y de ese mundo en España, que existe, pero es sobre todo el testimonio de una pasión, y eso ya es suficiente carta de presentación para un texto. Que alguien se adentre en un mundo de por sí desconocido o incluso misterios, hable de él con el conocimiento con el que lo hace Antonio Campins y ese mundo no pierda ni un ápice de encanto sino que por el contrario se vuelva aún más atractivo es un mérito que sólo el tiempo podrá ponderar.

Andrés Barrero
contacto@andresbarrero.es
@abarreror

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Torres en la cocina, de Javier y Sergio Torres

Torres en la cocina

Torres en la cocinaTengo el pelo rizado, como mi madre. De un marrón oscuro con tonos rojizos, como mi madre. Tengo los ojos muy negros, como mi madre. Soy ordenada, obstinada, valiente y decidida, como mi madre. Si leo un libro que me gusta, es muy probable que a ella también. Adoramos a Queen sobre todas las cosas. Y a los Rolling. Y a David Bowie. Nos parecemos en infinidad de cosas, más de las que me gustaría reconocer. Entonces, ¿alguien puede explicarme por qué narices NO COCINO COMO ELLA?

Vamos a ver, es que este tema a mí me toca de verdad. Y me enerva. A mí me encanta comer, desde siempre. Me encanta probar cosas nuevas y, siempre que quede dentro de mi dieta sin gluten, porque soy celíaca, como de todo. Pero odio cocinar. Si la elaboración conlleva más de quince minutos y ensuciar muchos cacharros… paso. En cambio, ella se puede tirar toda una mañana en la cocina elaborando platos alucinantes. El otro día me hizo unas croquetas… de llorar. Y, ¿sabéis? Yo viajo bastante y el momento que más me gusta del viaje es cuando vuelvo a casa y me está esperando mi madre con una tortilla de patata. Mi novio coincide en esto también, creo que solo me quiere por esta tortilla. Entonces, si tanto me parezco a ella, ¿por qué no me gusta cocinar? No lo entiendo.

Y llegan estas fechas y siempre me apetece intentarlo. Así que todas las Navidades acabo haciéndome con algún libro de cocina para ver si me inspira y me anima a meterme en la cocina una tarde entera para preparar una cena alucinante. Este año, la elección ha sido Torres en la cocina, de Javier y Sergio Torres. Sí, esos que salen en Televisión Española por las mañanas y que preparan platos que hasta se pueden oler a través de la tele. Esta vez me he decantado por ellos porque me parece que, a pesar de que los platos que preparan son bastante elaborados, da la sensación de que lo hacen tan sencillo que hasta yo podría intentarlo. También me gusta mucho la mezcla de lo moderno con lo clásico. La cocina tradicional es la base de sus platos, pero lo cierto es que no se quedan ahí. Innovar es la clave. Ha habido un plato en especial que me ha llamado muchísimo la atención: cabracho relleno de manitas de cerdo. Jamás se me hubiera ocurrido. No hace falta decir que mi señora madre prepara un pastel de cabracho que… puf, quita las palabras. Así que creo que yo soy incapaz de empezar por ahí. Quizás me decante por la crema de bacalao y coliflor. No soy mucho de cremas, pero con el frío que está haciendo en Reinosa a estas alturas de diciembre, algo así es lo único que apetece. Eso, o un buen cocido (que no me maten los cántabros, pero yo soy de cocido madrileño)

La edición de Torres en la cocina es perfecta. Es un libro muy manejable, cosa que se agradece en la cocina. Estoy harta de tochos de recetas que son rígidos y ocupan más espacio en la cocina que una olla a presión, así que esta edición de Plaza & Janés me parece ideal. Además, dentro de cada receta encontramos el tiempo medio que nos llevará hacerla (ya os aseguro que yo soy capaz de reducirlo a la mitad. Así tengo los resultados que tengo) y, lo que más me ha gustado: “el toque Torres” en algunas de sus recetas, que son trucos que darán un toque especial al plato.

Venga, lo prometo, este año me voy a poner seria y voy a incluir como propósito del 2018 pasar más tiempo en la cocina y aprender algo. Aunque sea un poquito. Y espero no acabar regalándole el libro de Javier y Sergio Torres a mi madre, a sabiendas de que ella sabrá sacarle muchísimo más partido que yo.

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Papilas y moléculas, de François Chartier

Papilas y moléculas

Papilas y moléculasEsta reseña tiene un riesgo: hablar del contenido de este libro puede trasladar la falsa imagen de que es un texto científico, un complicado maridaje entre cocina y laboratorio sólo apto para iniciados. Y nada más lejos de la realidad. Por eso quiero dejar claro este punto antes de dejarme llevar por las deslumbrantes ideas expuestas en Papilas y moléculas y asegurar que se trata de un libro ameno y, sobre todo, práctico, de muchas y a menudo sencillas aplicaciones en la cocina de cualquier hogar.
Dicho lo cual procedo a asustarles, aunque ya con la conciencia tranquila: Papilas y moléculas trata del trabajo de François Chartier, que no es otro que la confección de un mapa molecular de los alimentos conocidos, cartografiar las moléculas aromáticas (responsables del sabor) con el objetivo de maridarlas no sólo por experiencia, tradición o intuición, sino con una base científica. Se trata no sólo de saber que alimentos combinan bien entre sí, singularmente con los vinos, sino de saber por qué y de ser capaces de predecirlos. Como comprenderán se trata de un trabajo ambicioso, descomunal, del que el propio autor confiesa que le faltan unos 20 años para llegar a buen puerto y aun con esos 20 años me permito ser escéptico sobre la posibilidad de cartografiar todos los alimentos conocidos (no por cartografiarlos sino por conocerlos todos), sin embargo ya da sus frutos y el autor los comparte con el gran público de una forma accesible y aplicativa.
Este trabajo viene apadrinado por múltiples primeras espadas de la gastronomía mundial, de entre los que destacan por sernos más cercanos Ferrán Adriá, Juli Soler y Josep Roca, y además del propio desarrollo teórico del mismo está plagado de recetas, trucos y enseñanzas que aplicar en la cocina. Lo que no contiene es la parte más puramente laboratorial del procedimiento por el que se detectan las moléculas aromáticas, no es un tratado científico sino un trabajo de divulgación.
La idea central es que las moléculas aromáticas (la combinación de ellas, ya que raro es el alimento en el que una sola de ellas es responsable únicas del sabor) se agrupan en familias que permiten combinar diferentes alimentos (o vinos) siempre que haya armonía entre sus moléculas aromáticas. Maridaje molecular se llama esto, y es el método por el que se han desarrollado platos como la Vieira templada con aceite de almendra amarga, ensalada de hinojo a la mandarina imperial y mirin, polvo de maíz salado/seco y aire de flores de osmanto que el chef Stéphane Modat, del restaurante Utopie de Quebec, realizó inspirado por las investigaciones del autor, pero también multitud de trucos sencillo que cualquiera puede aplicar como el maridaje correcto de los alimentos con los vinos, que no siempre se hacen correctamente. Lean si no el capítulo de las carnes de vacuno, que cuestiona en según qué casos el tradicional maridaje automático con tintos con mucho cuerpo.
Estas armonías moleculares se desarrollan en capítulos como menta y sauvignon blanc, sotolón, fino y oloroso, roble y barrica, carne de vacuno, Gewürztraminer/jengibre/lichi/scheurebe, piña y fresa, clavo, romero, azafrán, jengibre, jarabe de arce, quesos de Quebec, canela, capsaicina o el sabor del frío. En todos ellos hay tablas no sólo de sus respectivas moléculas aromáticas y sus relaciones, sino también de alimentos y vinos complementarios, trucos sumiller-cocinero y recetas. También resulta extraordinariamente interesante el capítulo del frío en el que no sólo se explican las moléculas con sabor a frío sino el efecto de la temperatura en nuestra percepción de los sabores.
Ustedes me dirán que no pueden asegurarme que a bote pronto que sepan que es algo llamado sotolón, cosa que yo también desconocía (es una molécula aromática presente en el curri, el jarabe de arce, el café, el higo seco, el jerez, algunos oportos y madeiras y muchos alimentos y vinos más), y si le digo que es la base de la armonía molecular de recetas como la ostra merengada de elBulli pues a lo mejor se quedan bastante igual, pero es que no es necesario saberlo para disfrutar del libro, o mejor dicho, todo aquel conocimiento que precise para entender lo expuesto está en el propio texto. Pueden asomarse a estas páginas sin miedo.
Se puede decir que muchos de los maridajes propuestos son conocidos, desde luego lo son para los grandes chefs, pero esto es así por experiencia o intuición. Lo que aporta Chartier en Papilas y moléculas no es tanto una sorpresa (que también las hay) sino un corpus teórico que explica y da soporte a ese know-how tradicional del los cocineros y, sobre todo, abre numerosas vías de experimentación e innovación. En las cocinas profesionales y en las casas.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Boles nutritivos, de Auxy Ordóñez

Boles nutritivos

Boles nutritivosQue a mí no se me da bien la cocina no es ningún secreto. Que tampoco lo he intentado mucho, también es verdad. En cualquier caso, no es algo que me llame demasiado la atención. Claro que me gusta comer bien, ¿a quién no? Desgraciadamente, mi máximo parecido con Ferran Adrià es cuando salteo. Tenéis que verme saltear calabacines, berenjenas, pimientos o cebollas. Qué arte. O hacer un huevo frito. No se me cae nada de la cáscara en la sartén. O las ensaladas que me preparo, en las que cualquier ingrediente tiene cabida porque para mí todo vale. Y hasta aquí, señores, puedo leer.

Cuando vi Boles nutritivos pensé que el libro estaba hecho para mí. Ya que disfruto tanto cogiendo un bol y haciéndome las ensaladas más extrañas del mundo, pensé que quizá este libro me ayudaría a innovar. Además, supuse que tampoco necesitaría cocinar mucho para estos platos, así que me lancé.

Me gustó que el libro fuese un manual para los que quieren cuidar su salud de una forma más consciente y creativa. No es necesario mucho tiempo y tampoco hace falta ser un cocinillas. Y si además, en un solo bol podemos conseguir una comida nutritiva y saludable me parece una idea genial.

En el libro encontramos desayunos tipo smoothies, platos únicos, aperitivos, postres y básicos de la cocina como el hummus y diferentes tipos de salsas.

La autora, Auxy Ordóñez se hizo conocida gracias a su blog Postres saludables y ahora se dedica a compartir sus nuevas creaciones más allá de los postres,  siempre con la conciencia de la cocina como algo saludable y atractivo.

La verdad es que el formato bol es toda una tendencia (no solo en Instagram). Lo bueno que tiene es que en un solo recipiente podemos visualizar todo lo que vamos a comer, siendo más conscientes de las cantidades y de los aromas y variedades de alimentos. Lo cierto es que a mí me llama mucho la atención y pueden quedar bastante bonitos.

La idea clave para hacer un bol nutritivo es que incluya una buena base de verduras, granos integrales (quínoa, pastas integrales, avena, etc.), vegetales, proteínas vegetales y complementos como salsas, brotes o semillas. Se supone que un bol que contenga esos ingredientes, es un bol nutritivo. No parece difícil, ¿no?

En cuanto a las recetas, bueno, he de decir que no me parecen tan sencillas como el libro promete. Sobre todo por los ingredientes que se incluyen en algunas, que no son ingredientes que tengamos todos los días por casa.

Aun no me he animado a hacer ninguna receta de las propuestas en Boles nutritivos, pero ahora con el veranito hay algunos boles que me apetece probar como el helado cremoso de frambuesa, los minidónuts de yogur helados o el smoothie tropical. Todos tienen una pinta estupenda, ahora a ver qué tal me quedan a mí, si de ésta me dan ya mi primera estrella Michelín.

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El libro de cocina light + fácil del mundo, de J.-F. Mallet

El libro de cocina light + fácil del mundo

El libro de cocina light + fácil del mundoDesde que estoy en Libros y literatura, he reseñado algún que otro libro de cocina. Y no porque yo sea una cocinillas a la que le encanta pasar el tiempo entre los fogones. No. Todo lo contrario. No se me da especialmente bien cocinar. Pero porque no me gusta. No me apasiona eso de invertir mi tiempo preparando alguna receta. Prefiero las cosas rápidas, sencillas y fáciles. Vale, sí, es por pereza. Si me pongo a cocinar algo es porque tengo una mañana o una tarde completamente libre y puedo disfrutar de lo que estoy haciendo en ese momento. Si, después de cocinar, tengo mil cosas que hacer, mi cabeza nada más que va a estar pensando todo lo que viene después y que tendré que hacer tarde o temprano. Hay gente a la que le relaja cocinar. No es mi caso. A mí, me estresa. Pero por eso decido leer libro de cocina, para motivarme, para conseguir ideas que hagan que la pereza se vaya de mi cuerpo. Para probarme a mí misma y ver si soy capaz de hacer algo medio comestible. A veces lo consigo.

Por eso cuando descubrí El libro de cocina + fácil del mundo pensé que ese era mi libro. Que estaba escrito para mí. Y es para mí por tres motivos: el primero es que las recetas que propone conllevan una duración mínima; el segundo es que necesitan muy pocos ingredientes, que normalmente se pueden encontrar en cualquier nevera —no es como en esos libros de recetas que te piden sangre de unicornio para que el plato salga bien—; y, tercero, que la complejidad de la elaboración es menos tres. Vamos, recetas buenas, fáciles y asequibles. Qué más queremos. Pero parece que los de Larousse han pensado que sí que pueden ofrecernos algo más, y aquí es donde nace El libro de cocina light + fácil del mundo. Porque la operación bikini es una realidad y se acerca peligrosamente. Llega abril y empezamos a quitarnos capas de ropa y a ver que el invierno se nota en nuestros vaqueros un poco más de lo que nos gustaría. A ver, tenemos que partir de la base que yo soy una gran defensora del cuerpo de invierno. Aquí cada uno es como es, y lo único que necesitas para ponerte un dichoso bikini, es tener un cuerpo. Punto. Pero vale, acepto que la gente quiera dejar atrás ese par de kilos que se le han pegado como si fueran una lapa, para conseguir sentirse mejor con uno mismo. Y, precisamente para eso, ha llegado este libro de recetas. En él encontramos platos sencillos, rápidos y asequibles pero que tienen una carga calórica inferior a la que solemos ingerir normalmente. Echando simplemente un rápido vistazo a las recetas, vemos que incluyen dos datos extremadamente importantes: las calorías y su aptitud para dietas sin gluten o sin lactosa. Y, digamos, que a mí esto último me interesa más que las calorías, ya que me diagnosticaron celiaquía hace unos años y ahora tengo que controlar muchísimo lo que como. Ahora, después de tanto tiempo, comer en casa no supone ningún problema, pero sí que puede llegar a convertirse en algo monótono. El ser alérgico a algo, o estar a dieta para perder peso, limita. Hace que solo puedas ingerir determinados alimentos y su uso al final acaba siendo siempre el mismo. Teniendo a mano El libro de cocina light + fácil del mundo, cuyas recetas han nacido de la mente de J.-F. Mallet, la originalidad vuelve a aparecer en la cocina. Miras una pechuga de pollo y piensas que hay más opciones que no hacerla a la plancha. Digamos que te hace ver la comida con otros ojos.

No prometo nada. No sé si llevaré a cabo alguna de estas recetas o si seguiré con mi comida monótona en la que el arroz es la base de todo. Pero prometo que dejaré bien cerca este libro para que, en los momentos en los que me crea capaz de adentrarme en el mundo de las sartenes y las cazuelas, tenga un amigo fiel que me guíe en la oscuridad.

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El libro de cocina + fácil del mundo, de J. -F. Mallet

El libro de cocina + fácil del mundo

El libro de cocina + fácil del mundoYa que nos ponemos sinceros, os voy a hacer una confesión. Desde hace unos meses estoy metida en un proyecto muy gordo: estoy mirando casas para irme a vivir con Aarón, mi pareja. Hemos tenido que mirar terrenos, promotoras, hipotecas (bancos y más bancos), hacer más papeleo del que nos gustaría, pensar en la distribución de la casa, los muebles, los acabados… en fin, una lista interminable de cosas. Y ahora, cuando ya está el proyecto en marcha y ya veo la casa de mis sueños como algo palpable, voy y me pregunto a mí misma: “¿y tía (porque yo a veces me llamo tía a mí misma, cosas de la vida), se puede saber de qué narices te vas a alimentar cuando vivas con Aarón?” Porque no es que él sea un manitas de la cocina, y yo tampoco, para qué nos vamos a engañar. De hecho, yo solo suelo cocinar “en serio” los fines de semana. El resto de días me alimento de cosas a la plancha/arroz/verduras que se hagan en menos de 20 minutos. Incluso 20 minutos me parece mucho tiempo. Si se puede hacer en 10, mucho mejor.

Muchas veces, por no decir todas, es por falta de tiempo. Trabajo por las mañanas y por las tardes me dedico de lleno a la oposición (y a LyL, no os pongáis celosillos). Así que, sinceramente, lo último que me apetece cuando tengo un rato libre es ponerme a cocinar. Y ya no digamos ir a hacer la compra… muero solo de pensarlo.

Entonces un día vi en un escaparate El libro de cocina + fácil del mundo y fue una sensación como de atracción inmediata. Como si el libro fuera un imán y yo una chapa metálica enorme. Ese libro estaba pensado para Aarón y para mí y, sobre todo, para nuestra próxima convivencia juntos. ¿Sabéis lo bueno de este libro? ¿Lo grandioso, lo maravilloso, lo increíble, lo ¡impresionante!? Pues bien, se trata de que en cada receta solo se usan de media unos cuatro ingredientes. Sencillos. De esos que se pueden encontrar en cualquier sitio (incluso en mi nevera) y que  no hay que ir a buscarlos a Mordor ni al Corte Ingles —que para mí vienen siendo un poco lo mismo—. Te plasman fotografías de los ingredientes, para que no haya lugar a confusión y la explicación del plato te la resumen en unas cinco o seis líneas, yendo al grano. Sin florituras ni palabrejos extraños. Vaya, para que todo el mundo pueda entender las directrices sin cagarla y no hacer un trifle como aquel que hizo Rachel de Friends el día de Acción de Gracias. Y no todos tenemos un Joey en nuestra vida que se coma nuestros desastres, así que mejor hacer las cosas bien. Por cierto, haciendo un inciso en esto, AMO Friends con todas mis fuerzas y más o menos en todas las conversaciones que tengo sale alguna comparación con un capítulo de esta serie. También aplicable a los Simpsons. Tenía que decirlo, ya que nos estamos sincerando y empezamos a conocernos un poco mejor.

Cuando recibí el libro, subí una foto a Twitter (esto es más bien marujeo, pero tenía que contarlo). Y la editorial, Larousse, me contestó diciendo que cuando hiciera mi primer plato basado en las recetas del libro de J. –F. Mallet, tenía que subir una foto del resultado. Pues bien, hoy me he atrevido y he hecho unas endivias con bacon al horno para chuparse los dedos. Bueno, a mí no me han parecido tan buenas porque no es que me gusten mucho las endivias. Pero el plato ha quedado monísimo y al menos he podido usar unas endivias que sino iban a acabar poniéndose malas. Así que nada, creedme cuando os digo que este libro me va a sacar de más de un apuro. Además, me he enterado de que dentro de muy poco sacarán la versión light, así que no puedo pedir más.

No sé si mi convivencia con Aarón será más fácil teniendo El libro de cocina + fácil del mundo —cariño, si estás leyendo esto, no pienses que va con segundas ni nada de eso ;)—, pero al menos esa conversación de “¿qué comemos hoy?” nos la podremos evitar.

 

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Gastronogeek, de Thibaud Villanova y Maxime Léonard

gastronogeek

gastronogeekSoy un cocinillas. Cuando entro en la cocina la mayoría de veces consigo no cortarme, no quemarme y al final ofrecer a los comensales algo comestible. ¿Sabes qué cocinero no se corta? El que no cocina. Sabias palabras pronunciadas por mi madre cada vez que me enfrento entre fogones a un problema que frustra mis expectativas de éxito. Mi progenitora, maestra jedi en las artes culinarias y celosa guardiana de sus utensilios de cocina y de sus recetas a los que solo permite aproximarse a padawans capacitados. Como el maestro Yoda (sin los problemas gramaticales que éste presenta y ciertamente menos verde) mi madre me ha ido mostrando los caminos de la gastronomía. Paulatinamente vendrían otros maestros. Karlos Arguiñano y su cocina típicamente casera, su gracejo innato y su ojo clínico a la hora de analizar nuestra sociedad actual. José Andrés, canterano de El Bulli y ahora chef universal abanderado de la cocina española. Anthony Bourdain, trotamundos en busca de la cocina más rutilante y exótica. Alberto Chicote, uno de los precursores de la cocina fusión, atleta en la disciplina del rapapolvo e invencible en símiles frikis.

Friki. Ya he dicho la palabra. Vocablo difícil de definir en unas pocas líneas. Soy un cocinillas; también soy un friki. Como buen friki, y mientras cultivaba mi conocimiento a lo largo de años a través de los cómics, las películas, las series y los libros que ahora forman parte de la cultura pop, y amante del buen comer, siempre me asaltaron dudas sobre las necesidades fisiológicas de los protagonistas que rondaban cualquiera de las historias en cualquiera de los medios anteriormente mencionados. ¿Y esta gente cuándo come? Eso que están saboreando, ¿qué aroma debe desprender? ¿Qué pinta debe tener lo que se están zampando? Y luego el deseo: ¡Ojalá pudiera probarlo! Gastronogeek, de los chefs y frikis Thibaud Villanova y Maxime Léonard viene a hacer ese deseo realidad.

Gastronogeek es un libro de cocina concebido por y para frikis. Aunque cualquiera que disfrute poniéndose el delantal no debería dejarlo escapar. La premisa del libro es única: los autores han tomado como referencia películas, cómics, series de televisión o literatura y han plasmado el espíritu de cada una de ellas en tres platos de cocina: entrante, plato principal y postre. Por las páginas de este singular libro de cocina encontraremos la ensalada de lechuga y pesto que probablemente los ewoks prepararon a sus amigos de la Alianza Rebelde en los festejos tras el fin del Imperio. Tal vez Biff Tannen degustara la deliciosa receta de hamburguesa de vacuno antes de que Marty McFly le hiciera tragar estiércol en Regreso al Futuro. Tolkien lo puso más fácil, pues a lo largo de su obra la comida tiene una importancia vital y no son pocas las páginas en las que se describen festines. Aun así, ¿os imagináis poder probar el estofado de conejo que Sam Gamyi preparó de camino al Monte del Destino? ¿Y qué me decís de comeros un buen pedazo de la tarta casera que seguramente Martha Kent le preparó a Clark Kent antes de que éste se enfundara el traje de la gran S y se convirtiera en el superhéroe más conocido sobre la faz de la Tierra? ¿Os apetece probarla? ¿El ojo de Sauron convertido en un postre? ¡De rechupete! ¿Crema catalana con puré de castaña concebida en las mismísimas cocinas del colegio Hogwarts? ¡Por primera vez al alcance de los muggles! No solo tendréis la oportunidad de aventuraros a crear las sabrosas, y de terrorífica apariencia, recetas que proponen para Drácula, Los mitos de Cthulhu o La noche de los muertos vivientes, también podréis descubrir cocina japonesa a través de Dragon Ball, nórdica con Thor o de estilo tropical con One Piece.

Si la mitad de Gastronogeek son sus recetas la otra mitad es su exquisita maquetación; una puesta en escena que hará babear al cocinero novel que se acerque con curiosidad a sus páginas. Gastronogeek lleva a otro nivel lo de comer por los ojos. Las fotografías, de calidad suprema, no solo muestran el plato acabado (la tersura de la salsa de ostras regando el buey marinado, el brillo nacarado de la fruta almibarada, la rústica calidez del pan de jengibre, etc) sino que el entorno recrea el universo en el que está basado. Así pues, junto a los platos de Star Wars encontraremos la pistola láser de Han Solo, en Doctor Who un destornillador sónico, Anduril (la espada de Aragorn) reposa al lado de un estofado de conejo, al igual que unos anteojos de corte steampunk (pertenecientes a Abraham Sapien, personaje del cómic Hellboy) lo hacen junto a una tarta fina de sardinas.

Por si esto fuera poco los chefs Thibaud Villanova y Maxime Léonard han añadido apartados sobre léxico gastronómico además de variados trucos para llevar a la práctica en la cocina. Algunos tienen que ver con cortar, otros con la técnica culinaria más acertada para llevar a cabo, y a buen puerto, una salsa y otros son listas con las verduras y frutas de temporada o las equivalencias entre volumen y peso.

Grastronogeek es el exitoso resultado de la unión de dos mundos en apariencia tan lejanos y dispares como la gastronomía y la cultura pop. Es una obra que te alienta para lanzarte a una aventura que primero se lee, luego, al contemplar sus páginas, se fantasea, y, finalmente se degusta tras hacer tangibles las recetas. ¿Eres un cocinillas y eres friki? Entonces éste es tu libro. Bon appétit y que la fuerza te acompañe.

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Un año de dulces, de Alma Obregón

Un año de dulces

Un año de dulcesLa experiencia de estar embarazada es diferente dependiendo de la mujer de la que estemos hablando y de las condiciones del propio embarazo. Alma Obregón, a pesar de tener muchas náuseas y sufrir la pesadez de cuerpo que conlleva portar otra vida dentro, decidió adentrarse en un proyecto sintiendo el apoyo que Bruno le estaba dando desde lo más profundo de su cuerpo. Ese proyecto fue Un año de dulces. La bilbaína vio así recompensado su esfuerzo y un tiempo después, además de ser mamá, era la autora de un libro de recetas de postres que es todo un boom en el mercado.

La verdad es que a mí me encanta el dulce, sobre todo el chocolate. Pero hace unos años me diagnosticaron celiaquía, por lo que la ingesta de postres se vio reducida al mínimo. Pero ahí tengo a mi tía, que le encanta la repostería, y que de vez en cuando me sorprende con una tarta o con unas magdalenas sin gluten. Es una maravilla. Yo decidí leer este libro por ella. Ella está todo el día buscando nuevas recetas de postres (no solo sin gluten) y la verdad es que si pudiera enviaros un trocito de las tartas que hace a través de esta reseña, se os caería la baba.

Yo he intentado hacer postres desde que tengo uso de razón. Todo el mundo dice que, aunque se te dé mal la cocina en general, un bizcocho (aunque sea el famoso “1-2-3”) le sale a todo el mundo. Bueno, yo debo de ser la excepción. El único postre que me sale bien (incluso sin gluten) son las crêpes. Pero no me saques de ahí, porque puede ser todo un desastre. Recuerdo que tuve una época en la que me dio por hacer rosquillas; llegaba el domingo, me aburría y me dedicaba a ensuciar cacharros y la cocina en general. A ver… comestibles, eran. Pero tampoco nada del otro mundo. En cambio, a mi tía le das un poco de harina, leche, unos huevos y un limón y te hace una obra maestra. Así que cuando estaba leyendo las recetas de Alma Obregón (porque, vale, no sabré cocinar, pero al menos la teoría la intento aprender) no paraba de pensar en Carla, mi tía. Y, especialmente, cuando vi la receta del rollito de chocolate de Navidad. Tengo que decir que en todas y cada una de las fiestas que se dan en esta época, mi tía se marca un postre de diez. En Navidad hizo mousse de limón y en Noche Vieja, una tarta de tres pisos de chocolate con naranja. Yo, claro está, me paso la comida entera pensando en esos postres y se me olvida el jamón, los langostinos e incluso el cochinillo. También hace tartas personalizadas. Yo ya estoy planeando la mía, ya que mi graduación está a punto de caramelo. Pero cada vez que hablamos del tema se echa las manos a la cabeza, porque todavía no sabe cómo va a conseguir hacer una tarta que tenga la temática de Harry Potter, que incluya búhos y libros y en la que aparezca Jack Skeleton. Va a ser la mejor tarta del mundo.

Volviendo al libro, este se divide en cuatro partes, referente cada una de ellas a una estación del año, de manera que los postres que vamos viendo son los que se podrían hacer con las frutas de temporada de cada época y los que más pegan según las fechas. Hay recetas muy clásicas, como el roscón de Reyes, pero también incluye postres de esos que están tan de moda últimamente, como los macarons. Muchas de las recetas vienen con fotos del paso a paso y tanto los textos como las fotos que los acompañan, están hechas por Alma Obregón.

Un año de dulces es la cima de la montaña que esta repostera ha ido escalando poco a poco. Y todo empezó cuando se fue a vivir a Alemania, donde las tardes frías de invierno le hicieron buscarse un nuevo hobby que le permitiera no tener que salir de casa. Ese fue el comienzo de una larga carrera profesional. Y, si estos postres de verdad están tan buenos como parece (estoy segurísima de que sí), creo que Bruno muy pronto dejará los biberones para pedir con ansia un cupcake.

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Dando la lata…¡de atún!, de María Villalón

dando la lata

dando la lataEs realmente asombrosa la cantidad de cosas que pueden hacerse en la cocina. Y eso sin imaginación, siguiendo tan solo las recetas tradicionales, conque si le echamos cabeza a la cosa la cantidad se eleva exponencialmente. Y lo mismo ocurre con los libros de cocina. De todo y para todos: la cocina del Quijote, cocina indie, fabada a muerte, cocina varonil, recetas vegetarianas, cocina fácil, saludable, en veinte minutos, postres, sopas, las recetas de mi madre, gastronomía molecular, para thermomix, cupcakes, de este chef, del otro, del de la moto… y así miles y miles de títulos que esperan ser aprovechados en nuestros fogones. ¡Uno se pierde entre tantos fuegos, copón!

Por eso me alegró encontrar sin querer este libro. Por qué… ¿quién no almacena latas de atún como si ante un apocalipsis zombi ese fuera el soporte vital necesario para la supervivencia humana? ¿Quién no ha empezado a “cocinar” cuando sus padres se iban de casa unos días o cuando eras tú el universitario que estudiaba fuera, unos espaguetis con atún? La pizza llegaba a cansar, pero el atún no. El atún era un ingrediente fetiche como Carmen Maura o Victoria Abril lo fueron para Almodóvar.

Así que sí, me confieso “latunero”, que es como etiqueta María Villalón a los amantes de las latas de atún. Y no me importa confesarlo. A pesar del alto contenido de mercurio en el atún que dicen que tiene, lo como con bastante frecuencia porque es sabroso, barato y viene con abrefácil. Pero hasta dar con Dando la lata… ¡de atún!, lo único que hacía era la típica banderilla con cebolla y aceituna, o la tortilla francesa, o la ensalada con atún, o la pasta o algún bocata con jamón de york, lechuga y cualquier cosa que le fuera bien.  Ah, y los melocotones en almíbar rellenos de atún, mayonesa y chaca que, aunque salen en el libro, ya los conocía y los preparo para ocasiones especiales.

Y ahora… ¡ahora toooodo un mundo, tooodo un universo de conjugaciones alimentarias fáciles de hacer, económicas y sabrosas –por definición, todo lo que lleva atún es sabroso– se abre ante mí! ¡Sí, lo sé! ¡Tengo el poder y lo usaré para dominar el mundo, pero no hay miedo; para eso he nacido!

En fin, dejando a un lado el cercano futuro, algunos de los platos más curiosos de este muy curioso libro son las tortillas y los desayunos. Porque ojo, también se puede desayunar con atún y prueba de ello son los huevos revueltos con atún y aguacate o los bagels con atún y queso fundido entre muchos más (en concreto siete desayunos, uno para cada día).

El libro tiene ocho capítulos repartidos entre (los ya mencionados desayunos), entrantes y dips, cereales y legumbres, arroces y pastas, patatas y huevos, masas y hojaldres y ensaladas y verduras.

A día de hoy solo he podido hacer los mini vol-au-vent con queso y cebolla caramelizada que estaban de vicio y son, como todas las recetas de Dando la lata… ¡de atún! muy fáciles de hacer. No obstante, tengo ya bien separadas con papelitos para hacer próximamente: el Vikxie sándwich (tiene que ser curioso el meter patatas fritas de bolsa machacadas en un sándwich y quiero comprobarlo), la tortilla de arroz, los espaguetis con mermelada de tomate (¡oh, sí, esta quiero probarla cuanto antes!; la mezcla de lo dulce y lo salado, como en el caso de los melocotones en almíbar rellenos de atún, mayonesa y chaca, siempre triunfan), la lasaña de surimi, las rodajas de patata con queso de cabra gratinado, las patatas al microondas con atún y queso… Pfff, no sigo porque me he dado cuenta de que tengo bastantes páginas marcadas.

Reconozco que hay un par de recetas que vaya, no creo que alcancen la categoría de receta porque son de lo más simple (poner atún sobre pan cracker o sobre queso curado…), pero en definitiva es un libro al que voy a sacar mucho, pero que mucho provecho.

No hay ninguna, pero es que ni la más mínima complicación, para hacer cualquiera de las recetas, así que si no las haces es o por vagancia o porque tal vez alguna combinación de ingredientes no acaba de hacerte gracia.

Todas están bien explicadas y tienen fotos a gran tamaño para que compares la chapuza que haces con lo bonito que debería quedarte cuando el plato está ya listo para hacer la foto para el libro.

Un libro que puede sacarte de algún apuro, pero que también puedes usar para hacer algunas comidas o cenas de diario, o para dejar boquiabiertos a los amigos en esas cenas en las que siempre se lleva lo mismo.

Original y salvavidas a la vez.

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Cocina tu cambio, de Lucía Gómez

Cocina tu cambio

Cocina tu cambioRecuerdo que cuando era pequeña odiaba el desayuno. Cuando me levantaba por las mañanas para ir al colegio y veía la leche con las galletas, se me venía el mundo encima. A la fuerza, desayunaba y después me pasaba media mañana con la tripa hinchada y de mal humor. Siempre tenía molestias en el estómago y mi madre me decía: “te tendría que haber llamado Dolores, en vez de Ana”. Varias veces acabé en el hospital con un dolor terrible en la tripa. La primera vez me dijeron que era apendicitis y cuando ya estaba casi todo listo para llamar al cirujano, se dieron cuenta de que no era así. La siguiente vez que acabé en urgencias, me dijeron que mis molestias derivaban de dolores menstruales. La tercera vez, ya cuando estaba en la Univerisdad, era estrés y ansiedad, que se me reflejaba en forma de dolor de estómago. Y la última, el día de Reyes de 2012, tuve que ir a urgencias, ya que llevaba muchos días sin comer nada y no podía casi ni levantarme de la cama. Allí  me dijeron que tenía una úlcera. Así que me derivaron a un especialista y, al hacerme la endoscopia correspondiente y cotejándola con una analítica de sangre, se descubrió la verdad: era celíaca. Y me había pasado casi veinte años de mi vida con molestias hasta que mi cuerpo dijo “hasta aquí hemos llegado”.

Al principio no fue nada fácil. El tema de las intolerancias es un mundo. Cuando me enfrenté a la enfermedad me dije: “bueno, quitamos el pan, la pasta y la bollería y listo”. Pero nada más lejos de la realidad. ¡Hasta el café podía contener gluten! Y luego está el tema de la contaminación cruzada… así que lo de comer en un restaurante, difícil, difícil. En casa empezamos a cocinar todo sin gluten y creamos estanterías en las que separamos la comida prohibida de la permitida. Hoy, después de un tiempo, ya es una rutina diaria que llevo muy bien. Se ha normalizado y el estrés que me producía pensar qué iba a comer ha ido desapareciendo.

Lo que más miedo me daba era viajar, sinceramente. A mí siempre me había encantado viajar y la comida nunca había sido un problema… pero imaginad ir a otro país, con otro idioma y tener que explicar que sufrís una intolerancia. Mi primer viaje como celíaca fue a Londres. Fue una escapada corta, tres días, así que me dije que podía sobrevivir aunque fuera comiendo manzanas. El caso es que en Inglaterra el tema de los alérgenos está más que bien, ya que todos los productos tienen una etiqueta que incluye todos y cada uno de los productos que podrían causar problemas a los intolerantes. Además, en los supermercados, tenían secciones de comida preparada, tipo sándwich, sin gluten, sin lactosa, libre de frutos secos… Así que fue una experiencia muy positiva que hizo que no me planteara dudas a la hora de viajar nunca más. He de decir que Argentina es el país más preparado en este sentido que he visitado. De verdad, increíble.

Os cuento todo este rollo (perdón por la extensión, pero es que cuando me pongo…) porque Cocina tu cambio trata precisamente de esto. Es un libro que habla de las dificultades que encuentra una persona cuando le diagnostican una intolerancia alimenticia. Y cuando todo queda en casa, bueno, nos podemos apañar. Pero imaginad tener que comer fuera, o en una mesa repleta de gente que no está acostumbrada a las alergias. ¡Imaginad cómo son las Navidades! En estas últimas nos hemos reunido unas veinte personas, así que en la mesa tuvimos que hacer un reducto sin gluten al que no podía acercarse ni una miga. Pero, por suerte, tengo varios vigilantes repartidos por la mesa para que estén pendientes de si un solo trozo de pan sobrevuela la ensalada. Al final, es un modo de vida y hay que aprender a manejarlo de la mejor forma posible. Y, aunque parezca mentira, en casa se van acostumbrando ¡Si hasta mi primo de tres años me avisa de que las patatas que está comiendo son sin gluten!

A Lucía Gómez le pasó algo parecido a lo que estoy contando y se dio cuenta de que su vida iba a cambiar por completo. Que tendría que esforzarse por seguir una dieta muy estricta si quería estar sana. Y por eso creó Cocina tu cambio. No solo va dirigido a personas con intolerancias que, involuntariamente, se ven obligadas a seguir una dieta. Sino a todas aquellas personas que deciden retirar de su dieta diaria determinados alimentos. Con este libro, aprendemos que podemos comer de todo si tenemos la imaginación suficiente. Que si llega la Navidad y me apetece turrón pero no encuentro ninguno apto para mi dieta, me lo puedo hacer yo en casa sin ningún problema. Aunque no soy muy buena en la cocina, pondré en práctica algunas de las recetas que he visto en este libro. Y, sobre todo, hay que aprender que tenemos que aceptar nuestras intolerancias, tenemos que aprender  a convivir con ellas y a manejarlas para estar sanos. Al final, con fuerza de voluntad e imaginación, se puede llegar a tener una dieta con la que volver a disfrutar de la comida.

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