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La novena hora, de Alice McDermott

La novena hora

La novena horaAmbientada en el Brooklyn de principios del siglo XX, La novena hora es una de esas historias con cierto sabor a mundo perdido, que representa un pasado que en cierta manera reconocemos aunque nos sea ajeno, pero sobre todo que muestra la lucha por salir delante de unas personas con las que resulta extraordinariamente sencillo sentirse identificado. Alice McDermott consigue envolver al lector con un manto de cotidianeidad, con un ambiente por lo demás tan irlandés como corresponde a los protagonistas, hasta el punto que uno se siente parte de la historia y se cree blindado ante las sorpresas, que parecen algo imposible, pero sin embargo las hay, y alguna extraordinaria, pero como la historia se vive tan desde dentro no parecen tales, sino simplemente vida.
La novena hora es una historia de pobreza, de la lucha por salir adelante a veces con dificultad, otras con mucha dificultad, de una especie de monjas ya entonces en peligro de extinción que realizan una labor extraordinaria que sustituye al inexistente servicio social pero que sobre todo viene determinado por su descubrimiento (en algunos casos) del milagro de la flexibilidad, de un enfoque humano de la justicia, y de la vida de una niña que se cría entre ellas y que tiene que descubrir, con no poco esfuerzo, que no es una de ellas.
Parte de una escena de una fuerza literaria tremenda, el suicidio de un empleado irlandés que es despedido y se ve incapaz de hacer frente a sus obligaciones, que incluyen una mujer embarazada. La preparación de su final, su detalle, su eficacia, su profesionalidad, narradas con naturalidad logran que el lector se enganche irremisiblemente desde esas primeras páginas. Las consecuencias de ese acto, la intervención de las monjas y la vida de los afectados después del mismo constituyen, junto con el propio Brooklyn, el esqueleto de La novena hora, armazón que Alice McDermott llena de vida y literatura, perdón por la redundancia, hasta lograr una obra pequeña, pero enorme.
Annie, la viuda, trabaja después durante muchos años en la lavandería del convento de estas monjas que ayudan a que pueda rehacer su vida, y ese trabajo que lleva a cabo junto a la hermana Illuminata constituye algunas de las páginas más sorprendentes, no desde un punto de vista de la trama sino por la descripción de las técnicas y trucos que ponían en práctica, del terrible esfuerzo e incluso de la peligrosidad de algo tan cotidiano. En ese caso la lavandería era del convento, pero sirve de ejemplo de algo que está muy presente en la novela, el terrible esfuerzo que cargaban sobre sus hombros las mujeres en aquella época en general y en aquel ambiente en particular. Un escenario en el que la brutalidad masculina era habitual, una vida que cargaba sobre los hombros de las mujeres tanta responsabilidad como alcohol y violencia sobre los de los hombres. Puede parecer que la historia homenajea a esas monjitas y su labor tan importante para su comunidad, pero por encima de eso creo que La novena hora constituye un homenaje merecido a las mujeres que hicieron de la época un lugar humano y habitable pese a padecer siempre la desgracia y el dolor que la miseria y los actos de sus maridos provocaban. Una de las hermanas le preguntaba a las mujeres que conocía si su hombre la trataba bien, y creo que es mucho más que un recurso literario.
Y hay muchas tramas, muchos personajes, mucha vida que merece la pena leerse. Alice McDermott ha logrado tejer una gran historia, un verdadero placer para cualquier lector.

Andrés Barrero
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El vestido azul, de Michèle Desbordes

El vestido azul

El vestido azul es una extraña novela y lo es no porque explore vidas de personajes reales o porque se sumerja en la mente de alguien a quien las convenciones sociales tuvieron por loca, tampoco porque describa las dificultades de mantener equilibrio al andar sobre la línea roja que separa el arte de la locura, lo es por su mirada, por su capacidad para ver sin juzgar, para describir con una suerte de frialdad cálida que llega al lector allá donde las moralinas, los efectismos y las apelaciones primarias habituales no llegan.
Me encanta algo que dice el texto de contraportada que resume a la perfección lo que es este libro: “nos cuenta la tragedia «tranquila» de habitar los límites de uno mismo”. Tragedia que sin duda lo es, tranquila solo cuando uno se derrota o le derrotan. Es el caso de la anciana protagonista, la escultora Camille Claudel, quien a su innegable talento artístico suma la relación tempestuosa que le unió al escultor Rodin, cuyo desborde sentimental acabó dando con ella en el manicomio por muchos años. Su extravagancia y la voluntad de su familia, que tal vez habría tolerado mejor su condición de “mujer con gatos” si no se hubiesen unido a ella su notoriedad artística, su carácter indómito y su tendencia al escándalo. Mi sensación es que en aquella época la diferencia entre la genialidad y el manicomio no era otra que el género. Si Camille Claudel hubiera sido hombre habría pasado a la posteridad como un genio extravagante, en lugar de vivir décadas en el manicomio en el que, finalmente, murió olvidada.
El vestido azul no sólo repasa su vida, también pasea con Camille por los senderos del manicomio, nos muestra cómo coge una silla y sale con ella a esperar a su hermano, las muy escasas visitas de su hermano al que le une una relación tan contradictoria como intensa. Nos acompaña en su esplendor, en su amor, en su reclusión, en su rendición. La imagen de esa anciana con un vestido raído, sentada es una silla mirando a la entrada y esperando tiene una gran potencia literaria, y la forma de afrontarla de la autora, sin efectismos (y mira que los tenía a mano) intensifica sin duda las emociones del lector. Toda una lección de literatura.

Cuando él llegaba la encontraba allí, medio adormilada de tanto esperar, con aquellas ropas tan holgadas y la cabeza hundida sobre el pecho; entonces la miraba, permanecía de pie delante de ella un momento, contemplando aquel rostro demacrado y fatigado, aquellos párpados pesados y tan transparentes que podían verse las venitas, el pulso sanguíneo a flor de piel; ella, Camille, con su viejo vestido, su viejo abrigo y aquellas zapatillas de fieltro verde que no se quitaba nunca; y cuando abría los ojos, él estaba delante de ella, hablando en voz baja y diciendo que había llegado, que el camino había sido largo y que había tardado más de lo que habría querido; ella se sobresaltaba, recomponía su peinado o la tela arrugada sobre las rodillas, luego le tiraba de un brazo para que se sentara un momento en la otra silla, se quedaban allí un rato y después marchaban por los senderos, cada vez menos lejos, cada vez menos tiempo, decían que ahora se cansaban más, y al volver al pabellón, bebían en aquella pequeña habitación el té que él había traído de China, o el que le había regalado Jessie Lipscomb cuando estuvo allí de visita, miraban las fotografías; uno al lado del otro, en aquella cama pequeña, la tela de la colcha sobre la que ella colocaba las fotografías que arrancaba de la pared, quitándoles las chinchetas que las fijaban y, tomando una foto detrás de otra, se inclinaban sobre el papel aun brillante cuyos negros y grises se degradaban hasta convertirse en ese pálido color sepia en el que los rostros, las miradas parecían querer desvanecerse y recuperar su misterio, su insondable lejanía, y levantándose a veces para acercarse a la ventana y poder ver mejor, recordaban el día y el año y a aquellos que estaban allí son ellos; ella decía que no olvidaba, que no hacía otra cosa que recordar, y él respondía con aquella voz siempre fuerte y ruda, a pesar de la dulzura. De la ternura que intentaba emplear en aquellos días.

Camille anota las visitas de su hermano, un registro con tantas ausencias que debía ser el cuaderno más triste del mundo, pero ella siente la necesidad de anotarlo todo. Probablemente fuera su asidero, su clavo ardiendo. Aunque demostrase la infrecuencia de las visitas, también ponía negro sobre blanco que eran reales. Ella escribía y esperaba, y nosotros podemos, como dice Patrick Kéchichian en Le Monde “escuchar admirablemente la vibración de un tiempo detenido”. Eso es lo que tuvo que vivir Camille, un tiempo detenido en sus ausencias, en su derrota.
El vestido azul es la crónica tranquila de una vida intensa y libre, mientras fue vida, y de un triste compás de espera mientras fue ausencia y reclusión. Y es verdaderamente notable que Michèle Desbordes haya encontrado suficiente belleza en ambas como para construir esta delicada, elegante y muy recomendable novela.

Andrés Barrero
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Pensamientos desde mi cabaña, de Kamo no Chōmei

Pensamientos desde mi cabaña

Pensamientos desde mi cabañaEl planteamiento de este libro no podía ser más atractivo, es una obra fundamental de la literatura clásica japonesa, un ensayo sobre la vida sencilla y la relación con la naturaleza y además prologado por Natsume Soseki y muy bellamente editado por Errata Naturae. Kamo no Chōmei, tras una vida azarosa tanto a nivel personal como social, ya que le toco vivir no pocos desastres cuya narración es sumamente interesante, abandona la capital, la residencia familiar y una relativa comodidad como funcionario de la corte y, llevado por sus convicciones budistas, se retira primero a una casa modesta y después a una cabaña de unos tres metros cuadrados que construye él mismo en el bosque, en el monte Hino.
Cuando supe de la existencia de Pensamientos desde mi cabaña me vino a la cabeza, supongo que es inevitable, Walden, y pensé que debía ser toda una experiencia leer a una suerte de Thoreau japonés. Sin embargo no es parecido, Chōmei no despliega un gran aparato argumental, su filosofía de sencillez la expone en sus textos haciendo gala de la misma en su forma de escribir y en su modo de vida, y logra de alguna forma extraña y elegante construir una obra pequeña y de gran belleza, inspiradora y sugerente. No voy a decir que a uno le entren ganas de escapar a la montaña, montarse una cabaña portátil con ramas y dedicarse a la escritura y la vida contemplativa, pero no puede dejar de admirar la habilidad de los clásicos japoneses para construir, con pocas herramientas, obras tan bellas y reconfortantes.
Natsume Soseki comienza diciendo que la obra de un genio lo contiene todo, y hay que darle la razón, a la vez que hay admirarse ante el hecho de que ese todo quepa en un recipiente tan pequeño. En ciento cuarenta y siete páginas caben los Pensamientos desde mi cabaña, el prólogo de Soseki, un postfacio de Jacqueline Pigeot y un texto sobre el autor, titulado Retiro y Poesía, de Tamamura Kyo. El prólogo, es obligado decirlo, resulta especialmente deslumbrante.
Podría resultar contradictorio envolver una obra cuya razón de ser es la vida sencilla en tanta explicación, en tanto razonamiento, pero no lo es. Ambas cosas son necesarias, se llega a los mismos lugares por distintos caminos y para llegar al destino de Pensamientos desde mi cabaña viene muy bien disponer de un buen mapa. Porque a menudo las referencias nos resultan complicadas y resultaría triste que nos perdiésemos en cuestiones como Tu cabaña se asemeja a la de Jōmyō-koji, pero observas las enseñanzas aun peor que Shūri-Handoku. A las dificultades que en occidente nos plantea a menudo la literatura japonesa se unen en este caso las propias de la condición de monje budista del autor.
No puedo resistirme a lanzarles un cebo, a mostrarles por una rendija la vida de Chōmei en el bosque:

Si una mañana siento la vida fugitiva como la estela blanca que se deja a la popa, me dedico a contemplar los barcos que navegan por Okanoya y trato de escribir a la manera de Mansami. Al atardecer, cuando el viento mueve los árboles de Katsura, y hace sonar sus hojas, me acuerdo del río Jin-yo y pulso la biwa, imitando a Gentotoku. Cuando tengo ánimo, acompaño la melodía del viento con el «Canto de las brisas de otoño», o el murmullo del agua con un pasaje célebre de la «Fuente que mana». No soy un gran artista, pero tampoco toco para deleitar a un auditorio. Toco para mí mismo, para dar sustento a mi corazón.

Esta crónica de la vida de un poeta, escrita cuando el rocío de su vida ya se evaporaba, es una verdadera delicia, su prosa elegante, sus imágenes hermosas y evocadoras y su filosofía de sencillez no son sólo motivo de deleite y reflexión, sino que por un tiempo probablemente demasiado breve sirve también de antídoto a los efectos perniciosos de esta vida nuestra, tan contraria a la que él describe y a menudo tan desquiciada. No parece muy recomendable retirarse hoy día a vivir en una cabaña como la de Chōmei, pero tenemos la ventaja de que podemos construirnos una con sus palabras y retirarnos un ratito a descansar cuando sintamos la vida fugitiva como la estela blanca que se deja a la popa.

Andrés Barrero
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Entre hienas, de Loreto Urraca Luque

Entre hienas

Entre hienasPese al innegable interés histórico de Entre hienas, debo reconocer que lo que me llamó la atención de esta novela fue básicamente literario, o tal vez no, pero desde luego sí que sentí un gran interés por descubrir la manera en la que la autora podría gestionar el equilibrio entre la parte histórica, la literaria y la personal. Me explico, vean lo que dice la propia autora al protagonista:

Poco antes de morir quisiste dictarme tus memorias. Insistías en contarme tus recuerdos y yo porfiaba en mostrarte mi desprecio […] Mientras busco más datos para recomponer tu verdadera historia, intento recuperar del olvido a vuestras víctimas para así liberarme del lastre de tu infamia y poder seguir viviendo con dignidad. Me debes que te rescate de la eterna noche en la que deberías haber permanecido.

Loreto Urraca Luque rescata en Entre hienas el recuerdo de su propio abuelo, legítimo dueño de esa infamia de la que ella, apellido mediante, desea liberarse mediante el exorcismo de escribirlo. Convendrán conmigo que es un punto de partida sumamente original, pero sin embargo también muy arriesgado. Todo el interés que tiene la historia desaparecería si se plasmase en una revancha, en un ajuste de cuentas personal.
El peligro desaparece pronto, desde el principio queda claro que es un trabajo muy serio, con un esfuerzo de documentación digno de mención y con el mérito añadido de ser un trabajo novelado, lo que convierte en ameno lo interesante.
Pedro Urraca Rendueles fue un agente franquista en Francia, el encargado de localizar a republicanos, encarcelarlos, recuperar sus bienes y entregarlos al gobierno nacional. Dicho lo cual parece un James Bond en el bando malo de la película, pero el esfuerzo de la autora en escribir la historia como realmente fue hace que se nos presente como un personaje gris, eficiente pero sin el menor glamour. Probablemente lo que fuera. Lo suyo es abundante en mezquindad y miseria moral, pero tan escasamente trepidante que su infame cometido se tiñe del aburrido tinte burocrático que probablemente tuvo en realidad.
Las cartas y el desprecio hacia sus víctimas, a las que frecuentemente se refiere como “rojillos”, que demuestra en ellas caracterizan muy bien al personaje, y abundan en esa sensación plomiza que rodea al protagonista. El resto de personajes, especialmente Antoinette Sachs, Elise (la portera) o Jean Moulin, el jefe de la resistencia que sí aportan ese lado romántico que equilibra la novela. De alguna manera, pese a representar a los vencidos, parecen estar mucho más vivos.
Entre hienas es una obra interesante y el retrato del ambiente de la Francia ocupada es verdaderamente notable. Aunque no es una novela de espías al uso, sus virtudes, entre las que destaca sin duda su honestidad, le confieren un extraño atractivo que sin duda hacen recomendable su lectura.

Andrés Barrero
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Un proyecto genial. Familia, amigos y otros bichos peludos (Tom Gates 12), de Liz Pichon

Un proyecto genial

Un proyecto genialUn proyecto genial es el duodécimo libro protagonizado por Tom Gates, y pensarán ustedes que es un poco tarde para acercarse a él, quiero decir que a estas alturas no es que sea un perfecto desconocido. Sin embargo tengo una excusa, no suelo leer libros infantiles pero a este (y podría decir lo mismo del Diario de Greg) le tengo cariño, más que nada porque los once anteriores los ha leído mi hijo de ocho años, él solo, a razón de un libro cada dos o tres días. Y son libros de unas 250 páginas. El espectáculo que supone semejante despliegue literario para un padre de hoy día es francamente emocionante, al menos para mí lo es ver a mi hijo leyendo y contemplar cómo construye su propio universo con algo más que televisión y videojuegos, así que leer este Tom Gates tiene tanto de homenaje como de curiosidad por comprender qué es lo que se lo hace tan atractivo.
Meterse en la mente de un niño de ocho años es, así por definición, un proyecto imposible. Si además el niño es tu propio hijo supone prácticamente una heroicidad. Pero que él lea no es menos meritorio así que al menos hay que intentarlo. ¿Qué tiene Tom Gates para atraer a los niños? Pues tras leerlo diría que no lo sé, es decir, entiendo que es de lectura fácil, que es una sucesión de anécdotas con las que es fácil que se sientan identificados, que tiene muchísimas ilustraciones divertidas, en fin, un montón de cosas que les gustan. Pero tal vez sean más importantes las que no tiene, no son libros, al menos Un proyecto genial no lo es, obsesionados con la corrección política, no son ñoños ni pretenden adoctrinar. Simplemente entretienen y logran que sus potenciales lectores se identifiquen con ellos. Y si acaso hay alguna lección que aprender, son ellos los que la aprenden, quienes la deducen, sin que se les trate de convencer descaradamente.
Vayamos al caso de Un proyecto genial, la trama básicamente consiste en que Tom Gates tiene que hacer un trabajo para el colegio en el que debe reunir información sobre su familia, trabajo que él afronta sin ganas y con un espíritu un pelín gamberro. Sin embargo va reuniendo información y descubre cosas de sus mayores que le sorprenden y no sólo se lo pasa bien, sino que hace un trabajo del que se siente orgulloso. Además lo adorna con seres peludos y múltiples garabatos, lo que le divierte todavía más. Y ocupa espacio, que la densidad de letras de las páginas de estos libros es comparable a la densidad de población de los parajes más desérticos de la España vacía. Podríamos buscar una moraleja en plan “los padres son personas”, pero no se trata de eso. O sí, pero no de forma descarada y evidente. Lo único que diría que resulta palmario para sus lectores es el buen rato que pasan, porque la verdad es que el personaje tiene ocurrencias francamente divertidas. Lo demás es más cosa de padres, editores y demás gente así, poco infantil, así que no cabe en el espíritu de esta reseña.
Y lo peor que les puede pasar a los sufridos padres en que sus hijos le tomen a Tom Gates prestadas las ideas y les conviertan en bichos peludos. Por lo demás es tan buena noticia que los chavales lean que habría dado lo mismo que fuera el prospecto de las cajas de cereales. Afortunadamente es algo mucho más divertido.

Andrés Barrero
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Las posesiones, de Llucia Ramis

Las posesiones

Las posesionesAllá por 2013 reseñé una obra que me pareció magnífica de una autora que no conocía, Todo lo que una tarde murió con las bicicletas, y hace unas semanas me sorprendí a mí mismo recordando aquella obra y preguntándome si habría publicado la escritora algo más que me hubiese pasado desapercibido en ese anárquico e inabarcable universo de novedades literarias que es el buzón de correo de quienes colaboramos en este blog. Y unos días después llegó el aviso de la publicación de Las posesiones, novela por la que me he sentido tan deslumbrado como en aquella otra ocasión.
No voy a decir que es una novela más madura en primer lugar porque es una obviedad, mal nos iría si la literatura no creciera con sus autores, pero sobre todo porque no quisiera trasladar la impresión de que la anterior no lo era. Para nada. No es probablemente madurez la palabra que busco, sí me ha parecido más caustica cuando se trata de sacar a pasear la mala leche, más divertida cuando se trata de hacer lo propio con el humor. Pero el poso de gran literatura, de estar ante una buena historia bien contada y que hace reflexionar sobre la actualidad y la sociedad en la que vivimos, eso no ha cambiado. Siempre estuvo ahí, en lo limitado de mi experiencia con esta autora a la que no conozco y de la que únicamente he leído estas dos obras. Me faltan las dos primeras y tampoco soy habitual del periódico en el que escribe, así que me encuentro en una situación bastante parecida a la de la independencia de criterio, lo que me permite minusvalorar mi tendencia a meter la pata, algo que sin duda haré de todas formas, cuando me ponga a valorar la obra.
Tiene Llucia Ramis un estilo que probablemente lleve a la confusión a muchos lectores en el sentido de que es muy natural, parece que te estuviera contando su vida, y poco a poco le va a envolviendo a uno en esa sensación de familiaridad que le hace correr el riesgo de olvidar que le están contando una buena historia. Y vaya si se la están contando. Las posesiones, título con el que la autora abarca una gran parte de las acepciones que la RAE le concede al término, nos hace, siempre desde las coordenadas de su universo narrativo (con el choque cultural con los belgas, entre otras cosas, ocupando un lugar destacado) una crónica del paulatino proceso de pérdida de nuestras raíces, que no las perdemos porque se nos caigan de un bolsillo y se nos extravíen sino porque las enterramos bajo toneladas de hormigón, las vendemos o sencillamente dejamos de sentirlas como algo importante o como algo nuestro. Las cosas que poseemos, singularmente los hogares, no se nos presentan como algo importante desde el punto de vista material o financiero, sino como lo que verdaderamente son, el recipiente en el que viven nuestros recuerdos, necesario a menudo para que no se pierdan. Sin ellos se derraman o se convierten en fantasmas.
Las posesiones es una crónica de la corrupción, de cómo afecta a las personas, de la frustración que a menudo implica enfrentarla. También nos narra la precariedad como estilo de vida de su generación, nos asoma a ese cuarto vacío en el que en algún momento los periódicos guardaban su alma, que ahora se ha perdido como tantas otras cosas. No sé si también se habrá transformado en una urbanización o habrán construido a su alrededor un muro desmesurado para ocultarla a la vista de los curiosos. O si simplemente, aburrida, se marchó.
Con su estilo personal, su final sorprendente, sus buenas dosis de intriga y sus no pocas reflexiones, Las posesiones nos cuenta mucho sobre esta sociedad en la que vivimos. No creo que sea necesario que les diga que me ha parecido un libro extraordinario aunque lo deba decir más que nada por gratitud, por el buen rato que hemos pasado juntos. Tampoco me voy a extender mucho en este punto, no vaya a ser que a la autora las reseñas le despierten sensaciones similares a las que los correos electrónicos de los admiradores digamos que especialmente insistentes, le suscitan a la protagonista. Uno es emocionado pero prudente.
Lean Las posesiones, verdaderamente es un gran libro y sin duda, pasado un tiempo, volveré a preguntarme si la autora ha publicado algo nuevo, porque tengo la sensación de que sus obras acompañarán nuestra vida durante mucho tiempo.

Andrés Barrero
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Memorias. Mi vida con Marina, de Anastasia Tsvietáieva

Memorias. Mi vida con Marina

Memorias. Mi vida con MarinaTengo que reconocerles una cosa antes de empezar a hablar de este magnífico libro: me acerqué a él no por sí mismo sino por el interés que siento Marina Tsvietáieva, porque hace tiempo que tengo entre mis proyectos sus memorias, que he leído intermitentemente varias veces y que me resultan tan interesantes y brillantes como difíciles. Como corresponde al personaje. Desde hace meses, cuando tengo un espacio sin lecturas de las que debo reseñar, aprovecho para avanzar un poco con ellas, lo que la disponibilidad o mi propia resistencia me permitan. Y me pareció que acercarme a Marina de la mano de su hermana seguramente sería más asequible, más llevadero. Y lo que me he encontrado es eso, desde luego, pero sobre todo un personaje sumamente interesante por sí mismo, y no sólo una aproximación diferente a la gran poeta. De hecho la Marina de Anastasia es completamente diferente de la Marina de la propia Marina. Sin esconder sus complicaciones, Anastasia la humaniza, nos acerca a la persona y lo hace desde un ángulo que Marina no muestra. Y no por falta de sinceridad, que de eso anda más que sobrada, sino por calidez y cariño. Anastasia y Marina, Asia y Musia, estas cerca de 1200 páginas son un recorrido ameno y emocionante por la vida de ambas y la historia de la Rusia que les tocó vivir.
La propia Anastasia en sus memorias explica lo que yo, torpemente, he tratado de exponer en el párrafo introductorio de esta reseña:

Quienes leen ahora los versos de la Marina Tsietáieva madura sacan de sus páginas la imagen trágica de una poeta y de una mujer que no encontró la felicidad en su vida. Y nadie, excepto yo, su medio gemela, recuerda los años de su vida que lo rebaten. Pero yo los recuerdo. Y digo: Marina fue feliz con su sorprendente marido, con su maravillosa hija pequeña, en esos años antes de la guerra. Marina fue feliz.

Y ustedes dirán que claro que fue feliz, de un modo u otro todo el mundo lo es en algún momento de su vida, pero si es así en su caso, desde luego no lo reflejó así en sus diarios. Desde luego también ayuda que las memorias de Asia abarcan un lapso temporal mucho mayor, comienzan en la propia infancia y las escribió ochenta años después. No sé si la Marina de Anastasia será más real que la que habitualmente se nos muestra a través de sus escritos, seguro que ninguna lo es y cada cual por sus propias razones, lo que tengo claro es que a las memorias de Anastasia Tsvietáieva se acerca uno de una forma más relajada. Más natural.
Allá por la página 800 comienzan a confluir ambos libros, es cuando se narra el primero de los hechos que recuerdo, la muerte de la pequeña de las hijas de Marina. Un episodio digno de ser leído, quienes sepan de qué hablo entenderán hasta qué punto es una historia que puede marcar una vida. Hasta ese momento hay referencias de otras lecturas en las que uno se encuentra e incluso se sorprende, la hermana menor (Anastasia) dice no reconocer a su madre en Mi madre y la música, la magnífica obra de la hermana mayor (Marina). El retrato de la familia, no obstante lo dicho, es extraordinario, nos asomamos a la intimidad de una familia poco convencional, con un amor y una dedicación a la cultura extraordinarias, el padre con el que aparenta ser su hijo más querido, su museo (sus museos porque cuando le separaron del Rumiantsev fundó otro) y la madre a la música, la medicina, la pintura, los idiomas, en fin, lo más parecido a una familia renacentista que se pudo dar en aquella Rusia del ocaso de los zares y el principio de la revolución.
La revolución, aunque desde el principio y a su manera la miraban con buenos ojos, no les fue especialmente propicia. El saldo de desgracias es demasiado elevado para cualquier ser humano, tanto en fatalidades personales como el hambre como en lo que se refiere a la muerte de seres queridos. La experiencia narrada es ciertamente dramática, pero no habla la autora desde la desesperación o la venganza. Estas memorias son luminosas incluso en los malos momentos, y son muy malos, pero no son un ajuste de cuentas. No con la vida, no con Marina, no con Rusia, no con la revolución, pero tal vez sí con Mur, el hijo de Marina, que no sale especialmente bien parado. Estas últimas páginas dedicadas a la muerte de Marina son especialmente desgarradoras, y lo son no tanto por la muerte en sí, que también, sino precisamente por el papel que en la misma jugó su hijo.
Es sorprendente que una persona con la independencia intelectual y la fuerza de Marina Tsvietáieva, fuese sin embargo tan débil y complaciente, casi hasta servil, con su hijo. Sorprende que le soportara el trato degradante que a menudo le procuraba éste. Es conocido que ella se suicidó no porque él se lo pidiera, que de alguna manera lo hizo, sino porque se convenció de que le estorbaba. Anastasia reconoce el papel de su sobrino en el fatal desenlace de la vida de su hermana, y se lo afea. Sin embargo y pese a lo unidas que ambas estaban, son páginas hermosas.
Anatasia y Marina, Asia y Musia, son sin duda dos mujeres excepcionales, muy diferentes aunque a menudo leyeran poemas con una sola voz. Al interés histórico y literario de estas memorias se suma uno muy humano, el de la emoción. Porque son unas memorias emocionadas y como tales se leen. Se cierran tras unas 1200 páginas y saben a poco, realmente uno quisiera saber más, atar cabos sueltos, pero sospecho que, pasado un tiempo, cuando la lectura repose y arraigue, se dará cuenta el lector de que no son los cabos ni los nudos lo que importa, sino lo vivido junto a ellas y esa sensación de hermanamiento que sólo unas memorias escritas con sensibilidad y talento puede provocar.

Andrés Barrero
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La posada Jamaica, de Daphne du Maurier

La posada Jamaica

La posada JamaicaLa posada Jamaica es un libro de 1936, les mentiría si les dijera que leída hoy día sus giros argumentales resultan sorprendentes o que hay algo en ella que a nuestros ojos pueda resultar nuevo, no ya escandaloso, pero les mentiría aún más si les dijera que pese a eso les va a resultar fácil despegarlos de sus líneas, si no reconociera hasta qué punto he disfrutado con su lectura, dinámica y absorbente.
Daphne du Maurier gozó de un notable éxito en su época, algunas de sus novelas, singularmente Rebeca pero también La posada Jamaica, fueron llevadas al cine por Alfred Hitchcock y eso hace que la trama suene conocida. Probablemente la hayamos visto todos en algún momento u otro, aun sin recordarla, pero créanme, es indiferente. Se disfruta del libro y de la historia como si se leyera con ojos nuevos porque sus virtudes literarias son más que suficientes para lograrlo.
La ambientación es extraordinariamente brillante, los páramos de Cornualles son un personaje más, omnipresente y opresivo, y es posible que sea además el más brillantemente construido porque el resto son sumamente eficaces pero, aunque tienen sus aristas, un tanto evidentes. También da igual. Se disfruta como un niño con la lectura. Y es una historia dura, incluso muy dura. Aún hoy el retrato del trato brutal que reciben las mujeres en ambientes rurales resulta sobrecogedor y hay momentos en los que la reivindicación de la libertad y la autonomía de la mujer es gratificante, especialmente por estar escrito hace tanto tiempo, aunque lógicamente no puede evitar ser hijo de su época.

La posada Jamaica es una historia imaginada en un escenario real y al leer la descripción del paisaje y la época resulta evidente qué es lo que llamó la atención de la autora. El paraje más de un siglo antes debía resultar inhóspito y fértil para la brutalidad y la violencia, en cualquier ámbito pero especialmente contra las mujeres. Y la parte de suspense o de aventura es tan inherente al paisaje descrito que resulta sorprendente que no haya sido un tema recurrente en la literatura inglesa.
La autora demuestra un talento especial para transmitir las contradicciones de una mujer fuerte en ese ambiente, logra que suframos con ella y que corramos por los páramos tan aterrados por la ténebre presencia de La posada Jamaica como ella, que tratemos de averiguar qué es lo que ocurre entre sus paredes y que nos espantemos cuando lo descubramos.
También merece unas palabras la edición: es un libro precioso desde la cubierta a la última página, con un cuidado del detalle que incrementa el placer de la experiencia lectora.
Da igual si han visto la película o si conocen la trama, si acompañan a Mary Yellan en sus andanzas por el páramo no lograrán que la pobre sufra menos por la compañía, pero sí que disfrutarán con la emoción y la aventura. Hospédense en La posada Jamaica, serán tan rehenes de sus páginas como la infortunada Mary y su tía lo son de las garras del malvado Joss Merlyn. No tendrán escapar más fácil que ellas.

Andrés Barrero
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Cuentos góticos, de Emilia Pardo Bazán

Cuentos góticos

Cuentos góticosEsta cuidadísima edición nos presenta de forma ciertamente hermosa los cuentos de terror de Emilia Pardo Bazán, quien además de ser una de las mejores novelistas españolas del XIX introdujo en España el cuento gótico y lo hizo de la forma tan brillante que podemos comprobar en esta obra. Cuentos góticos es, por tanto, precisamente eso, una recopilación de once cuentos góticos, pero permítanme que, como acostumbro, me salga un momento del guion y les diga que antes que góticos, oscuros o terroríficos, son gallegos. Universales, por supuesto, como todo lo que está bien escrito, pero de ambientación y espíritu tan de su tierra que es imposible sustraerse a su origen y dedicarle unas palabras.
Y aún tengo otra apreciación personal: en estos Cuentos góticos destaca también la elegancia con la que están escritos, como si la autora quisiera aterrorizar sin asustar, no sé si me explico. El miedo tiene una importante componente psicológica, no se logra a base de truculencias o brutalidad, por decirlo de otra manera, al cerrar el libro no teme uno que le haya salpicado la sangre, pero las historias quedan ahí, y uno vuelve a ellas y las siente, y es entonces cuando valora esa dimensión terrorífica de la que hace gala la edición.
Cuando un libro está tan primorosamente editado como este, es obligado hacer mención, a modo de homenaje, a los responsables. Y no me refiero sólo a uve books, la editorial, sino que no puedo resistirme a traer a estas líneas a Sandra Márquez, responsable de diseño y edición de arte, y a los padres y madres de las ilustraciones interiores: Édouard de Beaumont, Charles Dana Gibson, Émile Bayard y William John Hennessy.
Igualmente, ante libros como este, resulta sumamente ilustrativo traerles el índice, porque los títulos a su vez dan pistas sobre los temas:
– Vampiro
– El conjuro
– Un destripador de antaño
– Mi suicidio
– La resucitada
– El antepasado
– El espectro
– El mausoleo
– Las espinas
– La cana
– El fantasma
Todos los Cuentos góticos me han resultado brillantes y atractivos pero permítanme que les destaque uno, “La resucitada”, cuya oscuridad me ha resultado deslumbrante porque no es la del escenario, la de la muerte o la del propio miedo la que retrata, sino la del alma humana y la de ese poderosa fuerza destructiva que es la superstición. Un cuento ejemplar que trasciende géneros y que deja un regusto triste, amargo, pero de una extraordinaria potencia literaria.
Aunque sea un libro de esos que merece la pena tener para mirarlo de vez en cuando, recordar alguna historia y admirar las ilustraciones, al final se trata de disfrutar de la lectura. Del miedo ya se encarga Emilia Pardo Bazán.

Andrés Barrero
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Carne de ataúd, de Bernardo Esquinca

Carne de ataúd

Carne de ataúdMe atrevería a decir que Carne de ataúd es uno de los pocos libros genuinamente originales que puede encontrar uno en las librerías. Lo es porque confluyen dos circunstancias que redundan en esa originalidad, la relación del protagonista con los espíritus, lo que es de no poca utilidad en historias de crímenes, y una segunda que probablemente sólo tenga efecto en los lectores españoles, el lenguaje que utiliza el autor, tan mexicano, que enriquece, refresca y embellece nuestro idioma, lo viste de exótico y de fiesta.
El color del lenguaje no hace menos negra la novela, entiéndanme, es una historia con asesinatos, ambientes sórdidos, políticos corruptos, asesinos en serie y espíritus. Además tiene conexiones con hechos y personajes reales, es una recreación de unos asesinatos ocurridos entre los siglos XIX y XX en Ciudad de México. El protagonista es un reportero, Eugenio Casasola, que tiene una fluida relación con los espíritus, en particular con el de una de las víctimas, Murcia, una prostituta que además fue el amor de su vida. La novela transcurre en dos tiempos y es de esas que se leen con impaciencia, con necesidad por saber qué va a ocurrir o que ha ocurrido, incluso por saber cómo lo cuenta porque esa mezcla de novela policiaca y de terror abre mucho el campo, uno sabe que puede encontrarse con algo desconocido y por tanto atractivo.
Dice el autor de Carne de ataúd que en ocasiones ha cambiado alguna fecha o ha forzado un tanto la realidad (la histórica, se entiende, la otra ya se ve) con fines narrativos, lo cual no tiene mayor importancia si se avisa, como él hace, pero que ha sido muy cuidadoso en recrear el ambiente de la época y diría que ese es precisamente uno de los activos más importantes de la novela, por encima incluso de la trama o los personajes tan atractivos. Porque se trata de una época con una sociedad en ebullición, con una población que comienza a no asumir mansa y resignadamente la dictadura y con un poder que está dispuesto a cualquier cosa por continuar siéndolo. Nos acerca una parte de la historia de México, el porfiriato, que no nos es especialmente conocida pero que resulta sumamente interesante porque no sólo entretiene sino que tal vez, y digo tal vez porque no soy en absoluto lo experto que debería para afirmarlo con total certeza, contribuye a entender el México de hoy día.
El objetivo parece ambicioso: mezcla de temáticas, rigor histórico, denuncia social, trama adictiva, etc y tal vez Carne de ataúd llega a buen puerto porque aborda esa complejidad con sencillez, el estilo es directo y sencillo y la lectura resulta amena. Para mí, Bernardo Esquinca ha sido todo un descubrimiento y aunque no soy especialmente aficionado a la novela policiaca, ni a la de terror ni a la histórica, estoy deseando conocer más de la saga de este personaje, Eugenio Casasola, que promete grandes momentos.

Andrés Barrero
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En el mar, de Toine Heijmans

En el mar

En el marEs difícil plantear un escenario más angustioso que el que sirve de punto de partida a esta novela: un padre y su hija pequeña viajan solos a bordo de un barco y cuando, en una noche de tormenta, el padre se acerca a arropar a su hija, que está durmiendo en el camarote, se encuentra con que la niña no está. Y cuando digo pequeña me refiero a una niña de siete años. Se trata además de un libro menudo, no parece que semejante tema pueda caber en esas pocas páginas, cuánto más cualquier otro. Y sin embargo es asombroso hasta qué punto la desaparición de la niña y el viaje por el mar del norte sirven como vehículo para la reflexión sobre la relación entre padres e hijas. La parte argumental es realmente magnífica, está llena de sorpresas, de situaciones brillantemente construidas y de una emotividad fuera de lo común en cuanto que se provoca con tanta honestidad como talento. Pero la que me resulta fascinante es la parte reflexiva. Decir todo lo que dice Toine Heijmans en las pocas páginas de En el mar no es algo al alcance de cualquier escritor. Que un lector y padre como yo se sienta tan absolutamente identificado con ese marinero que recoge a su hija para finalizar una navegación de tres meses en solitario es la mejor explicación de porqué la literatura es tan grande como es. Cierra uno En el mar y siente que ha vivido algo, y eso que lo cierra al poco rato de abrirlo porque es imposible no leerlo del tirón. Y además de sentirse impresionado y conmovido, siente que también ha aprendido algo y no necesariamente sobre el mar, la navegación o la literatura.
Suelo disfrutar de las lecturas, supongo que algo pongo de mi parte para que así sea, pero En el mar no es uno de esos libros de los que uno puede decir simplemente que le ha gustado (habiéndome gustado mucho), que lo recomienda (lo que hago fervientemente) o incluso que le ha impresionado (y me dejó boquiabierto). Es una novela que uno integra en su vida, que recuerda en conversaciones, que siente como referencia en su escasa sabiduría a la hora de hablar de relaciones de pareja o con lo hijos, del trabajo o de la soledad, que interioriza hasta sentirlo suyo. A lo mejor en unos años olvido el título o el nombre del autor, pero lo que escribió y, sobre todo, lo que sentí leyéndolo, me acompañará siempre.
Una de las cosas que siempre debería incluir en las reseñas y al final acostumbro a olvidar, es una mención a la traducción. Sospecho que traducir del neerlandés al castellano no debe ser especialmente sencillo, pero hacerlo con un texto como este, tan intenso, conciso y al tiempo cargado de significado debe haber sido bastante más que complicado. Por eso quisiera al menos citar a la traductora, Goedele de Sterck, en reconocimiento agradecido a su trabajo.
Poco más, dicho lo dicho no tiene sentido añadir palabras sobre En el mar porque no son mis palabras sino sus emociones y pensamientos los que servirán para darle la medida de lo que es este gran libro, simplemente les advierto: leerlo no es solo navegar por el universo del protagonista o del autor, también lo harán por el suyo propio y, como ocurre en el libro, no les será fácil esquivar la tormenta.

Andrés Barrero
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Yo os salvaré a todos, de Émilie Frèche

Yo os salvaré a todos

Yo os salvaré a todosCuando pedí este libro tenía una idea bastante clara de lo que me iba a encontrar, que es básicamente lo que he encontrado: el proceso de radicalización de una adolescente francesa que acaba viajando a Siria para hacer la hégira, y sin embargo ver cómo se va desarrollando ante mis ojos, pródigos como son en empatía a base de abonarla con muchas lecturas, ha sido extraordinariamente impactante. Yo os salvaré a todos está narrado con tanta fuerza como sensibilidad y es un relato extraordinario que logra despertar innumerables emociones diferentes gracias a la honestidad y al talento de Émilie Frèche, la autora, que despliega diferentes registros en cada una de las partes de que consta la obra de forma que el lector acaba haciéndose una idea amplia y diría que rigurosa del problema que es el alma de la novela.
Cuando hablo de las diferentes partes entrelazadas de Yo os salvaré a todos me refiero a que se trata de tres diarios diferentes, de la adolescente, de su madre y de su padre. No sólo son registros distintos, también los tiempos son dispares, pero la combinación de todos ellos funciona extraordinariamente bien. Y era arriesgado, narrar no sólo la metamorfosis de la hija de Éléa a Um Sumeya sino los sentimientos de los padres desde la sorpresa inicial a su reacción cuando van conociendo la verdad abre la puerta a ciertos trucos literariamente primarios, al sensacionalismo, pero la autora se adentra en ese terreno de por sí pantanoso con gran conocimiento de la actualidad, una tremenda honestidad y una contundencia elegante que son dignos de todo elogio y que impiden a esos trucos cruzar la puerta.
Los métodos que utilizan los reclutadores son todo lo contrario, sibilinos, mezquinos, francamente abyectos, pero inteligentes porque no están dirigidos a adultos, sino a adolescentes con un criterio en formación y cierta fragilidad inherente a su tránsito a la vida adulta. Ver cómo se aprovechan de esa condición y de los buenos sentimientos de esos chavales resulta doloroso. Uno puede sorprenderse de que puedan llegar a creerse teorías de la conspiración como la de que las estelas de los aviones son en realidad fumigaciones masivas de drogas con las que mantener atontada a la población, pero es lo de menos, lo importante es que funcionan en un número elevado de casos y Yo os salvaré a todos es una extraordinaria advertencia contra ellos.
Resulta especialmente miserable que se utilicen asociaciones humanitarias para captar a personas guiadas por una loable voluntad de ayudar, como que se utilicen los sentimientos, el amor, para convencerlas de que arruinen su vida y la de muchos otros. La obra es en ese sentido tan realista y esclarecedora que sólo por eso debiera ser leída.
Los diarios de los padres son diferentes, tanto entre sí como del de Éléa. Las formas de asumir algo así seguramente sean tantas como personas haya que las padezcan, pero me ha gustado especialmente el retrato que hace Émilie Frèche de estos padres porque tal vez representen dos polos opuestos, pero ambos humanizan tanto el texto que resulta difícil no creerlos reales.
Finalmente quisiera destacar la brillantez con la que la autora integra sucesos y personajes reales en su historia, sin duda ayudan a convertirla en lo que es, el reflejo de algo importante en nuestras vidas, una obra con una dimensión que va mucho más allá de la literaria.

Andrés Barrero
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