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La defensa, de Vladimir Nabokov

La defensa

La defensaPasan las lecturas, y yo sigo dedicando parte de mi 2018 literario a conocer mejor la bibliografía de uno de los escritores que llevaba años y años dentro de mi lista de pendientes. Hoy os traigo la tercera reseña de Vladimir Nabokov en poco más de dos meses. Tras Risa en la oscuridad y Mashenka, toca el turno de La defensa, otra de sus novelas rusas, escrita entre 1929 y 1930. La historia está protagonizada y copada casi en exclusividad por Luzhin. El joven niño ruso encuentra en este juego milenario la forma de evadirse de su mundo y otorgarle la armonía que en su vida diaria no consigue encontrar. El matrimonio ajedrez-Luzhin lleva al joven a convertirse en un gran maestro y ser reconocido en el mundo entero. Poco a poco, la obsesión con la que el maestro concibe el juego hace poner en jaque no solo su carrera, sino también su propia vida, y, por consiguiente, la de todos (que no son muchos) los que están a su alrededor.

Aunque en los años del colegio y el instituto me aficioné mucho al ajedrez, hoy día no suelo practicarlo mucho. Sin embargo, no sé qué tiene el ajedrez que, mezclado con la literatura, produce productos sobresalientes. Si disfruté muchísimo con Novela de Ajedrez (para mí, el mejor libro de Zweig), el resultado ahora con Nabokov es igual de satisfactorio, convirtiéndose hasta la fecha en mi mejor lectura de este genial escritor.

Pero debo decir que, de todos mis libros rusos, es La defensa el que posee y difunde el mayor «calor», lo que podría parecer extraño si se tiene en cuenta cuán tremendamente abstracto se supone que es el ajedrez.

Si Mashenka y Risa en la oscuridad tenían mucho parecido argumental y estilístico, en esta ocasión encontramos una novela bastante alejada de las otras dos. Estamos ante un libro más trabajado, con mucho desarrollo interior y algo menos de humor, aunque ese toque especial y caricaturesco que suele usar Nabokov para describir escenas y personajes no desaparece del todo, por suerte. Con un comienzo algo farragoso y difuso, la historia se va centrando y creciendo desde el momento que el joven Luzhin descubre la magia que otorga el tablero ajedrezado. Desde ese momento no hay dudas que Luzhin se convierte en el rey de la partida que nos invita a jugar el autor. Una partida que no abarca una sola sala y un adversario frente a él; más bien es una partida que engulle todo, hasta el propio entendimiento de su protagonista, lo que le hace obsesionarse hasta el extremo y vivir su vida como si estuviera ante la partida definitiva, analizando cada movimiento sin advertir que el enemigo al que se enfrenta es su propia vida. Esta bajada a los infiernos convierte el ajedrez en una dicotomía irresoluble. El ajedrez se erige a la vez como el antídoto y el veneno. En ocasiones, el ritmo del libro se vuelve tan caótico como la propia mente de su protagonista, que no para de calcular posibles movimientos, escapatorias, celadas o nuevas aperturas que le lleven a conseguir el jaque mate definitivo.

Tiene La defensa varios extractos de alta literatura. Uno de ellos lo encontramos en el capítulo ocho, en esa partida decisiva con el gran maestro Turati, rival de Luzhin. La prosa de Nabokov alcanza aquí una de sus grandes cotas, convirtiendo por momentos el ajedrez en un elemento casi poético. Además, otros elementos como el exilio, aunque en menor medida, siguen estando presente en esta obra. E incluso se permite el autor el guiño hacia el lector protagonizando un pequeño cameo dos de los personajes de Mashenka. Lo que queda claro de Vladimir Nabokov es que nadie puede quedar indiferente ante sus escritos. Uno no sabe, una vez terminada la lectura, si amar u odiar eternamente a Luzhin; si alabar su genialidad o desesperarse por su torpeza social y amatoria.

Cuando termino cada una de mis lecturas, suelo dejar pasar días e incluso alguna semana para que todas las ideas e impresiones causadas por la lectura se estabilicen y vayan creando un poso. Con Nabokov, todo ese reposo me sirve para darme cuenta de que estoy leyendo algo muy bien planteado, salido de una mente genial llena de lucidez, lo que me invita a seguir queriendo leer más del autor. Por eso sé que a La defensa le seguirá en muy pocas semanas otro escrito del autor. La duda que tengo es cuál coger. ¿Hay alguna que me recomendéis especialmente?

César Malagón @malagonc

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Hope, de Wendy Davies

Hope

Érase una vez un viejo gruñón llamado Joseph; una marioneta que odiaba a los niños, a la que bautizaron con el nombre de Wave y Hope, una niña que no podía escuchar las palabras… excepto las de ese viejo gruñón. También esta es la historia del Chico Azul y su guitarra, una mimo y un mago. Y la del pequeño teatro Serendipity. Todos estos personajes y ese lugar donde los sueños se convierten en realidad, aunque sea por un instante,  conforman el elenco de Hope, la quinta novela de Wendy Davies.

Wave, la marioneta, nos relata la vida de Hope y de los habitantes de Folktale, que la rechazan porque no la comprenden, pero los personajes que duermen entre las páginas de esos libros que todos recordamos con cariño (Momo, Matilda, Cuento de Navidad, Kafka y la muñeca viajera) también están muy presentes. Y es que Hope es un homenaje a las historias, esas que tienen verdad incluso cuando cuentan mentiras.

Hope se lee como si de un cuento se tratara (al estilo de Mathias Malzieu y La mecánica del corazón), tanto por su sencillez como por el poso que deja. Por momentos, lo que nos cuenta Wave es triste, muy triste; sin embargo, desprende dulzura, como Hope, la entrañable protagonista, y eso nos hace viajar de la primera a la última página sin que se nos borre la sonrisa, pese a que a veces esta sea amarga.

De no ser por la solapa del libro, nunca hubiera imaginado que tras Wendy Davies hay dos personas: Merche Murillo y Fátima Embark; sus prosas ensamblan de manera perfecta y es imposible saber dónde empieza una y acaba la otra. Estas dos jóvenes autoras comenzaron plasmando su amor por las letras en dos blogs literarios y, más tarde, crearon su propia escritora, Wendy Davies, para además de disfrutar leyendo, disfrutar escribiendo novelas a cuatro manos. De esta unión han nacido historias tan adorables como la de la niña Hope y hasta han ganado el Premio Gran Angular de 2017

Hope ha sido un grato descubrimiento, hasta el punto que recomiendo su lectura en todos los institutos. No solo porque sea adictiva y, por tanto, una excelente elección para aficionar a los más jóvenes a la literatura, sino porque es una novela de aprendizaje y transmite enseñanzas que son valiosas para cualquier etapa de la vida, pero sobre todo para la adolescencia, esa época en la que lo habitual es sentirse distinto y perdido. Hope muestra las vicisitudes de dejar atrás la infancia, lo necesario que es aprender a olvidar, por qué no debemos permitir que las diferencias nos definan, asumir que nuestros villanos quizá sean los héroes de otros y que, además de perseguir los sueños, hay que atreverse a vivir la realidad.

Todas esas enseñanzas confluyen en el título de la obra, porque, al fin y al cabo, lo que nos regalan Merche Murillo y Fátima Embark con esta historia es precisamente eso: hope, esperanza; una sensación que se queda en nosotros incluso después de finalizar la lectura. Y ese poderoso influjo de Hope no desaparece de inmediato, qué va. Su poso se queda ahí, dentro de nosotros, y aflora cada vez que contemplamos su preciosa portada, como la sonrisa en nuestra cara. Al menos, eso es lo que me ha pasado a mí. Y apuesto a que si te adentras en Serendipity, junto a la niña que no entiende las palabras, tú también lo sentirás.

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La gente en los árboles, de Hanya Yanagihara

La gente en los árboles

 

La gente en los árboles

Recuerdo que la primera novela que leí de Hanya Yanagihara me dejó destrozado. No sólo a mí, claro. Medio mundo se rendía ante la dureza y la necesidad de contar una historia que no se ahorraba detalle alguno. Tan poca vida fue un antes y un después en mi vida como lector. Puso en entredicho todo lo que yo creía saber sobre la literatura y su poder para cambiar la forma que uno tiene de estar en el mundo. Las dinámicas que establecemos con otras personas. Y la gestión de los propios medios como base fundacional de una personalidad sana. Aunque suene grandilocuente, lo cierto es que me quedo corto a la hora de lanzar alabanzas sobre una obra que ha quedado para siempre dentro de mi canon personal. La buena gente de Lumen, ante tal despliegue palpable de talento, decidieron volver atrás en el tiempo y recuperar la primera obra de Yanagihara. Una historia que, si bien deriva por otros derroteros, podemos presenciarla con perspectiva y ver cómo la autora usó esta novela como campo de experimentación para ciertos temas y determinados recursos estilísticos que la lanzarían tiempo después a la fama internacional. Pero que no se me malinterprete, La gente en los árboles es una historia con personalidad propia que ahonda en ciertos temas delicados y pone en entredicho las sentencias irrevocables sobre lo correcto y lo incorrecto.

La historia comienza con una noticia que da la vuelta al mundo: el científico y ganador del Premio Nobel Norton Perina es acusado por abusos sexuales por parte de uno de sus hijos. Ya desde la cárcel, Perina decide contar su versión de los hechos. Y lo que a priori podría parecer una simple defensa de su nombre, va tornándose en algo muchísimo más complejo. La vida del protagonista se nos narra desde sus comienzos en un pequeño pueblo de Indiana hasta llegar a convertirse en el gran descubridor de lo más cercano que como especie hemos estado de la inmortalidad. Y es que en sus viajes a un archipiélago perdido de la Micronesia, Perina descubre un poblado cuya imposible longevidad radica en el consumo de una especie de tortuga autóctona. Será cuando lleve a Occidente su descubrimiento cuando su fama lo catapulté a los anales de la historia. Y justo será ése el punto de partida de las múltiples adopciones a niños de dichas islas, estableciéndose el escenario en el cual años después será acusado.

Como en la novela que hizo famosa a Yanagihara, aquí volvemos a encontrarnos ante diversas tesituras éticas que ponen en jaque al lector y le obliga a decidir si es lícito aplicar el juicio o dejarse arrastrar por el relativismo moral. Nada puede pecar de simple cuando los preceptos que sustentan a una civilización no coinciden con los del lugar de procedencia del que partimos. Y es justo por ello que la autora coloca a una científico en el ojo del huracán, para analizar desde la ciencia y la antropología aquello que nos cuesta asimilar. Como un bisturí, Yanagihara disecciona rituales y comportamientos sin aplicar juicios o ideas preconcebidas. Nos mueve las entrañas en aras de la ciencia, exigiéndonos a los lectores que dejemos de lado los puntos de vistas radicales y entendamos las raíces de lo que se nos presenta en cada página. Aunque aviso desde ya que ciertos pasajes son muy difíciles de digerir o tan siquiera hablar de ellos.

Hay algo hipnótico en La gente de los árboles. Algo que te obliga a andarte con ojo a cada vuelta de página. Su narrador, Norton Perina, aboga por el positivismo. Una fe en la ciencia que lo hace abanderado de la más absoluta objetividad. Sin embargo, como humano está condenado a una subjetividad de la que no puede desligarse. Una subjetividad que oculta al lector de forma intencionada. Siempre hay algo sucediendo en un segundo plano en esta novela. Algo que su protagonista se niega a mostrar. Y de esa sospecha mutua entre lector y narrador se establece un vínculo poderoso. Yanagihara consigue que reflejemos nuestra propia visión alterada de los hechos en su personaje, poniéndonos en una tesitura complicada. ¿En qué momento nos creemos poseedores de ideas como la verdad y la justicia?

Esta novela es una clase maestra sobre narradores poco confiables. De esos que te obligan a encontrar la historia justo en esos lugares que no están expuestos a la luz, bajo tierra, en el fango. Uno no puede salir de este libro sin entender que para hallar la verdad es necesario ensuciarse de principio a fin. Y que la confianza, como todos aprendemos en un algún punto de nuestra vida, es un asunto que exige cuellos con capacidad para rotar, cuellos que nos permitan mirar hacia otro lado.

 

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Mashenka, de Vladimir Nabokov

mashenka

mashenkaDespués de mi gran estreno con Vladimir Nabokov, disfrutando de Risa en la oscuridad, no he querido esperar más tiempo para seguir conociendo de primera mano todo lo bueno que este autor dejó escrito y que todavía no había tenido la suerte (o la decencia, según se mire) de leer. Es Mashenka la primera obra del escritor de origen ruso, publicada en Berlín en 1926. Y es en la capital germana donde se desarrolla la acción, pese a que la Madre Rusia estará presente en todo momento en el argumento y sus personajes.

En una humilde pensión berlinesa convive Ganin, nuestro protagonista, con un grupo de exiliados rusos; un viejo poeta, una mujer de exuberantes pechos, dos bailarines homosexuales y un hombre mediocre que, por azares del destino, resulta estar casado con Mashenka, antiguo amor de juventud de Ganin. Sus cuitas diarias y el anhelo por su país se entremezclan en la narración junto a los desvelos de Ganin por recordar su pasado e intentar aclarar su presente, que se ve amenazado por la inminente llegada de la mujer que da título a esta historia.

Tienen las escenas de este libro algo de teatral. Los personajes entran y salen de las habitaciones como si de una dramaturgia se tratara. Al igual que pasaba con Risa en la Oscuridad, Nabokov dota a Mashenka de un fino humor ya desde la primera escena, esa en la que Ganin y Alfiórov se conocen dentro de un ascensor a oscuras. Pero en esta obra se observa, además, un doble ritmo a la hora de narrar, que separa claramente el pasado del presente narrativo. Si hablamos del pasado, la añoranza por la patria perdida hace al autor ser más reflexivo, con descripciones más largas y concienzudas, recordando cómo eran aquellos tiempos en los que el amor por Mashenka cubría toda la vida del joven Ganin. Sin embargo, el presente, el de la pensión, carece de esa lentitud, sostenido por un ritmo más alocado y armonioso.

Obviamente, como opera prima que es, tiene Mashenka algunos fallos de forma, costándole al autor encontrar un buen encadenamiento entre escenas en determinadas ocasiones. Sin embargo, mi descubrimiento de la bibliografía de este autor sigue proporcionándome grandes momentos de lectura. Quizá la clave esté en que Nabokov parece hacer fácil lo difícil. De su prosa sencilla y alegre subyace un autor enorme, de gran ingenio, que incluso decide poner en sus primeras obras parte de sus vivencias personales, esas que no siempre están visibles, pero forman una parte importante de la vida de cualquier escritor.

Debido a la extremada lejanía de Rusia, y debido a que la nostalgia ha sido un constante y loco compañero a lo largo de toda mi vida… no me molesta en absoluto confesar el doloroso sentimentalismo que hay en mi cariño hacia mi primera obra.

Cómo no podía ser de otra manera, y como bien aclara el autor en la introducción, Mashenka tiene mucho de lo vivido por Vladimir Nabokov en sus años adolescentes en Rusia. Y es ese amor por el pasado lo que hace de esta historia un debut literario de altísima calidad.

César Malagón @malagonc

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Videorreseña: Anna, de Niccolò Ammaniti

Para hacer este vídeo, he tirado de la RAE y su descripción de “extravagante”. Y es que esa palabra está muy relacionada con el libro del que vengo a hablaros hoy: Anna, escrito por Niccolò Ammaniti y editado por Anagrama.

Este libro es una distopía en la que la protagonista Anna, ve cómo todas las personas mayores de dieciséis años mueren a causa de un virus devastador. Ella se ha quedado sola con su hermano pequeño y quiere alejarse lo máximo posible de Sicilia, donde ella vive y donde (piensa) se encuentra el virus. Es un relato desgarrador, donde los filtros no están permitidos y donde todo se describe con crudeza y sin miramientos. Por eso, como digo en el vídeo, no es un libro apto para todos los públicos, ya que a los más sensibles les podría resultar un poco desagradable leerlo.

Pero si te va lo extravagante y también un poco lo gore, este es tu libro. A mí me gustó mucho leerlo, aunque he de reconocer que en algún momento lo pasé un poco mal con tanta descripción. Pero eso es lo maravilloso de este libro: el que, a pesar de lo duro que es, no puedes parar de leer en ningún momento.

¡Pero, corre, échale un vistazo al vídeo!

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Réquiem por un sueño, de Hubert Selby Jr.

Réquiem por un sueño

Réquiem por un sueñoBienvenido de vuelta a los quince años. A los pasillos polvorientos de las bibliotecas públicas por el día, a los primeros canutos en el parque las noches de sábado. A las copias desportilladas de El almuerzo desnudo, de Los vagabundos del Dharma, a la extraña traducción del Aullido, al rarísimo Moksha de Huxley, descubierto en los ratos en los que nos negábamos a leer a Miguel Hernández. A las canciones de Nirvana en cintas de 90 mal traducidas sobre cuartillas de papel cuadriculado, a los anuncios del Plan Antidroga. Nunca supiste de qué iba aquello en verdad, eran tus hermanos mayores los que habían corrido delante de los yonquis, los que habían jugado entre las jeringuillas, y algún primo lejano el que se había enganchado con la mierda que se intuía de tarde en tarde en algún paseo por el barrio chino, desmantelado por la fiebre del ladrillo. No estabas allí, casi nadie estaba allí ya porque la mayoría yacían bajo tierra. Pero bueno, casi nadie puede decir que estuviera en el hundimiento del Titanic y a la gente le encanta leer historias sobre ello, ¿no?
Bienvenido al eslabón perdido entre la Generación Beat y la Generación X. Sin querer, o completamente a propósito, has llegado al fondo de la cueva, al meollo del relato, estás en presencia del penúltimo de los malditos escritores auténticos. Hubert Selby Jr. Un adicto, un enfermo crónico desde los veinte años, un despojo de la sociedad que no servía absolutamente para nada y sin embargo tenía talento para una única cosa. Pero vaya talento.
Réquiem por un sueño no es una historia más sobre drogadictos. Es la Biblia del tema contada por el mejor de los apóstoles. Azul casi transparente, bien, aunque se queda un poco corto. El almuerzo desnudo, vale, pero no hay Cristo que lo entienda. Réquiem te abre las puertas al universo de la adicción y te regala una visita guiada de la mano de Harry Goldfarb y su compinche Tyrone C Love. Dos auténticos perdedores en su camino hacia el desastre definitivo, trescientas iluminadas páginas de ansia y autodestrucción. Una patada en los cojones del sueño americano.
Seguramente ya habrás pasado página y estarás leyendo algún ruso muerto o a los modernos más esnob, pero si comienzas Réquiem recordarás que una vez leímos por rebeldía y que en el fondo la literatura siempre, y digo siempre, tendría que acercarnos a las yemas de los dedos aquello que no nos atrevemos ni siquiera a mirar de lejos. Y además tampoco te quedarás tan lejos de lo clásico. El trayecto de Harry y Tyrone en su plan por medrar en el narco y el retrato de las esquinas oscuras de Nueva York no son más que escenas del descenso a los infiernos de Dante; el patético intento de Sara Goldfarb, la madre de Harry, por adelgazar para salir en televisión, una reinterpretación del mito de Sísifo, y la inmolación de la bella Marion recuerda a todas las Ofelias que ha tenido la literatura.
Réquiem por un sueño resulta arrolladora de inicio y parece que va a derivar en una narración sin control. Pero se serena y mantiene una poderosa lógica interna, iluminada (que no cegada) por las escenas en las que casi todos los protagonistas se colocan. Provoca asco y repulsión, pero sobre todo frustración: los cuatro personajes principales no hacen más que tratar de sacar la cabeza del agua y siempre terminan con ella hundida unas cuantas páginas después. Como ocurre con la película de Aranofsky que inspiró una década después, y con su melliza Trainspotting, esta mirada a las profundidades del ser humano de Hubert Selby Jr. se mantiene con el paso de los años hipnótica y atrayente.
Y nunca es tarde para asomarse al abismo si queremos recordar de qué huíamos entonces.

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El Secreto de las Fiestas, de Francisco Casavella

El secreto de las fiestas

El secreto de las fiestasHará cosa de un par de años vi que en una de mis librerías favoritas de Barcelona, la Calders, Anagrama organizaba una especie de fiesta/homenaje/presentación de El día del Watusi, del malogrado a la vez que admirado por tantos Francisco Casavella. Presentaban El día del Watusi recogido en un solo tomo y hacían de maestros de ceremonias de esa tarde/noche figuras de la talla del gran y sempiterno Jorge Herralde – ¡cómo no! -, Miqui Otero – que por entonces creo que acababa de publicar o estaba a punto esa recomendabilísima novela que es Rayos – Kiko Amat – uno de los escritores (y artistas) fetiche de Anagrama – o Carlos Zanón – reconocido autor de novela negra, entre muchas otras cosas -. Recuerdo ver por allí también a Eugènia Broggi – directora y fundadora de l’Altra Editorial y pareja de Kiko Amat – o Silvia Sesé – actual directora de Anagrama -, entre otros. Una W roja – que todavía hoy se puede ver – a modo de grafiti en la pared de la librería en honor al Watusi, mucha cerveza, mucha gente y mucha alegría para recordar a alguien que supo ver Barcelona – y a través de ella el mundo – desde un prisma roto que por el hecho mismo de estar roto daba una visión única, irrepetible e incomparable: Francisco Casavella, autor también, entre otros, del libro del que hablo hoy, El Secreto de las Fiestas

Es importante que quien lea esta reseña, si por algún casual le suena el título de este libro, sepa que ya lo publicó en 1997 Anaya dentro de su colección juvenil. Pero, aquí viene la pregunta: ¿Es el mismo libro? Pues no, primero, porque ningún libro es nunca el mismo y, segundo, porque, tal y como explica el propio Casavella en el epílogo, este es una evolución, es el crecimiento de una novela juvenil que ha pasado a ser adulta. Casavella vio en ella, aparte de las más altas y profundas gotas de su autobiografía, la capacidad como historia de evolucionar a algo más profundo, que es lo que ha acabado siendo este El Secreto de las Fiestas de Anagrama.

Daniel Basanta, también llamado Danielucho o Lucho, es un niño barcelonés sin madre que ve como a los pocos años su padre, músico de orquesta – es decir, ambulante -, decide que su hijo se irá a pasar un verano con sus tías y su abuelo al pueblo – en Galicia -. Ese verano se acaba convirtiendo en años y Daniel crece con la única compañía de un extraño, divertido, raro y entrañable abuelo que le habla por primera vez del Secreto de las Fiestas, de unas tías incapaces de transmitir el amor paternal y de un perro que parece no tener ganas ni de vivir. Aparte de eso, montañas, prados, lluvias y verdes.

Unos años más tarde, cuando parece que la burbuja infantil de un niño que no cabe en el campo va a explotar, aparece su padre y se lo lleva a la ciudad, a Barcelona. Allí será donde Daniel descubrirá realmente quién es Daniel Basanta. Al estilo de un Holden Caulfield barcelonés y ochentero, soltando tacos pero hablándote – a ti, lector – de usted, Daniel se irá amoldando a una ciudad que va mucho más deprisa que él, que le echa por encima el amor, las amistades rotas y falsas, el colegio de verdad – que es una gran mentira – y la vida en general – que no es más que algo así como soportar a un padre bebedor que sabe manejar mejor un instrumento que un hijo -. Todo este huracán de vida que se le vendrá encima a Daniel solo tendrá un amarre: las máquinas de millón. Serán estas las únicas que harán conectar a Daniel con una infancia feliz y real que nunca ha tenido, que le harán ver que existe algo que muchos por los bares y futbolines llaman diversión. Porque Daniel Basanta, aunque en los libros la única película que puedes ver es la que proyectas en tu propia cabeza, nunca aparece en su historia ni riendo ni sonriendo. Daniel Basanta es un niño sin risa.

En cierto momento y gracias, como siempre, a una máquina de millón, conocerá a Chenta, ese primer amor que siempre acaba y nunca termina, que siempre acaba antes, que nunca dura lo suficiente. Cometerá locuras por ella, huirá en busca de lo que tuvieron juntos sin saber que lo que se tiene a esa edad siempre está acabado al despertar. También conocerá a Laura pero, ¿será lo mismo?

Siempre con el Secreto de las Fiestas que le confesó su abuelo por bandera, Daniel Basanta irá desgranando el significado de cada uno de los siete puntos que su abuelo le confió. Los compartirá con otra gente a los que no podrá llamar amigos, los intentará descifrar mientras baila con mucha gente a la conga, los verá realizados en discotecas tras tres o cuatro copas, creerá seguir la estela de su abuelo; y todo volverá a comenzar. Porque el Secreto de las Fiestas, al igual que aquella que se alargó hasta las tantas en la Calders y a la que no me pude quedar, es irresoluble. Si no, ¿qué hacemos volviendo cada fin de semana a buscarlo en alguna de ellas?

El Secreto de las Fiestas quedará oculto para siempre, por muchos Daniel Basantas o Francisco Casavellas que aparezcan. Porque la gracia del Secreto, como la gracia de todo, está en la búsqueda de él, no en el encuentro. Piensa ahora, ¿qué pasaría contigo, qué pasaría con nosotros, si descubriéramos el Secreto de las Fiestas?

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La danza de los demonios, de Esther Singer Kreitman

La danza de los demonios

La danza de los demonios Ya sabía yo que este libro me gustaría. Y lo sabía porque había leído que era una biografía encubierta de Esther Singer Kreitman, a la que yo no conocía literariamente halando, desde luego, ¡que no soy yo tan leída, ni tan versada!  Pero verán, había leído que Esther era hermana de los escritores Israel Yehoshua, al que tampoco tenía el gusto de conocer, y de Isaac Bashevis Singer, ya saben el que fue Premio Nobel de Literatura en 1978, y del que sí tenía referencias.

¿No me digan que no les resulta interesante esta mujer cuando sabemos que en esta familia tenían un don para la escritura, y que este libro, La danza de los demonios, se publicó ya, en Polonia, en 1936?

Sobre la autora les puedo contar que nació en Bilgorai (Polonia), en 1891 y que falleció en Londres (Inglaterra), en 1954. Su familia se estableció en Varsovia y allí es donde comienza a escribir. Al parecer destruyó todos sus manuscritos cuando aceptó un matrimonio concertado y se trasladó a vivir a Bélgica y posteriormente, al estallar la Primera Guerra Mundial, a Inglaterra con su marido. Tras la II GM intentó localizar a sus hermanos, y descubrió que Israel, junto con su familia, habían fallecido en Rusia durante la Guerra, a su otro hermano, el Nobel, lo localizó en EEUU, parece ser que ella le pidió ayuda para poder trasladarse al nuevo mundo, pero … su ayuda nunca llegó.

Y no les cuento nada más que, La danza de los demonios es autobiográfico y siempre es recomendable que se acerquen a él con pocas indicaciones y muchas ilusiones.

“<Mijael, llegará a ser, con la ayuda de Dios, un gran talmudista>.
Estas palabras se las oía decir Débora algunas veces a su padre, Rev Avrom Ber, rabino de Yelejitz, en conversación con su madre, Reísele, quien además de rébbetsin, era algo así como la secretaria privada y consejera de su esposo…”

Que estupendo arranque de la novela nos hace Esther Singer Kreitman, como ven en cuatro líneas nos ha presentado y ubicado a todo el núcleo familiar. La pobre Débora se pasará toda la infancia preguntando lo que ya pregunta en esa primer página del libro, “¿Y yo qué llegaré a ser, papaíto?, pero a pesar de la insistencia, papaíto, por lo general, no le responde, o de hacerlo es para decirle que una señorita no necesita llegar a nada. Pero su madre, su referente, si había llegado a serlo…

Como saben todos los que siguen mis reseñas, esta colección de la editorial Xordica que nos está acercando a autores judíos que escribían en yiddish, nos están dado una visión, de cómo era la vida y el pensamiento de la comunidad judía en diferentes lugares, dependiendo del lugar en el que nos sitúe el narrador. Lo que hay en este libro de especial es la detallada descripción que se nos hace de su mundo desde dentro, no solo la vida familiar, que también, sobre todos su organización comunitaria, en las yeshivá, esos centros de estudio dedicados al Talmud y la Torá. Y como ya están imaginado, va a ser muy importante la visión de Esther sobre todo este mundo tan masculinizado y excluyente para la mujer.

“… Vamos, Débora, cámbiate de ropa y prepararnos un vasito de té – Pidió Reísele.

Débora no se movió. No le apetecía vestirse de nuevo como el ama de casa de cada día. Su estado de ánimo era demasiado festivo como para ponerse a avivar el fuego en el carbón del samovar.

De nuevo cruzó por su mente el pensamiento de que no era justo que su madre le exigiera a ella cambiarse de ropa, precisamente para preparar el té, cuando Mijael podía realizar igual de bien esa labor.

Sin embargo, recapacitó: la habían mimado y vestido tan bien que no dijo nada, se cambió de ropa y atendió el samovar…”

Así pues, les puedo contar que nuestra amiga Esther se ha convertido en Débora, que nace en una curiosa familia. Su padre es un Rabino muy peculiar, su madre es una mujer, no menos especial y con formación, cosa muy extraña en ese ambiente, pero viene de otra no menos curiosa familia donde el padre, también Rabino, sí apoyó la formación de su hija.

Desgraciadamente, no será el caso de nuestra joven amiga, que sí ansía leer y formarse, y de hecho lo hace pero al margen y sin la autorización, claro está, de su familia. No es el caso, naturalmente, y como han podido leer en ese fragmento, de su hermano Mijael, llamado a seguir los pasos de su padre. Un hermano que no pierde ocasión para menospreciarla y humillarla.

La familia se va desplazando desde pequeños pueblos hasta la gran Varsovia, donde definitivamente Débora encontrará la posibilidad de cambiar el destino de su vida y ello es así, porque es una mujer muy inteligente que sabe aprovechar las oportunidades, reponerse a ese padre que no la valora en absoluto, a un hermano que la desprecia directamente y a una madre a la que es muy difícil comprender en ese papel.

No es fácil leer estos libros, y no porque sean lecturas de difícil comprensión, que en absoluto lo son, sino porque son historias de las que no sales igual que cuando entras, estamos ante una literatura que nos abre una ventana a un mundo del pasado y nos hace reflexionar sobre el presente y es por ello que persiste el interés en sus lecturas.

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Los Caín, de Enrique Llamas

Los Caín

Los CaínAy, la maldad. Cómo me inquieta en la vida real y cómo me fascina en la literatura. Tal vez sea porque en las páginas de un libro puedo desentrañar aquellos comportamientos o actos que me resultan tan inconcebibles. Pero, para eso, el escritor tiene que ser hábil, incisivo, no quedarse en el estereotipo del malo malísimo, sino adentrarse en la ambigüedad moral, para que los lectores no sepamos dónde posicionarnos, dónde sentirnos seguros, a salvo. Y Enrique Llamas ha sabido hacerlo de forma magistral en su primera novela, Los Caín.

Viajamos hasta Somino, un pequeño pueblo de Castilla, donde el enterramiento apresurado de Arcadio Cuervo provoca que su tumba quede mal cerrada. Este hecho ya nos adelanta que, en este pueblo, las heridas de los vivos también permanecen abiertas —y supurando— y ni los muertos tienen derecho a descanso.

Así pasa el tiempo, veinte años para ser exactos, y llegamos a la década de los setenta, últimos estértores del franquismo, cuando Héctor, un profesor madrileño sin demasiada experiencia, es destinado al colegio de Somino. Quienes hayan sido «el forastero» en un pueblo pequeño seguro que pueden hacerse una idea de cómo se siente Héctor, observado e ignorado a partes iguales. Pero el recelo de los habitantes de Somino va mucho más allá de malas miradas y cuchicheos, y no tardará en darse cuenta. Mientras tanto, se suceden los merodeos y preguntas de Curro y Palomo, dos guardias civiles que investigan el accidente de una joven del pueblo y las extrañas muertes de unos ciervos, animales que suponen el principal sustento de las familias de la zona. Ante tantas visitas, Somino entero se revuelve, porque no les gusta que los de fuera se metan en sus cosas. El pueblo les pertenece y solo ellos se bastan para ajustar sus cuentas.

Enrique Llamas ha logrado una ambientación perfecta a través de particularidades que nos ubican en la época y el entorno y de los gestos de los vecinos de Somino, que nos causan una incomodidad continua. De este modo, sentimos la desazón de Héctor, sobre todo ante el odio irracional entre los niños del Teso y los niños de Llanos, que no es más que el reflejo de los rencores que llevan años enquistados en los adultos, a fuerza de exagerar los recuerdos y de exaltar los detalles.

En ese retrato del mundo rural, en la caracterización de los personajes y hasta en la calidad de la prosa, se nota la impronta que Ana María Matute y Miguel Delibes han dejado en Enrique Llamas. Ya era hora de que nuestros clásicos contemporáneos encontraran dignos sucesores que tomaran el testigo de plasmar esa España profunda, que muchas veces olvidamos que sigue estando ahí. Como la maldad, que no es patrimonio de esos pueblos aislados, ni mucho menos. Por eso, lecturas como Los Caín nos causan desasosiego.

En esta historia envolvente y opresiva, lo que menos importa es el desenlace. ¿Acaso creemos que habrá una razón para tantos resquemores y venganzas? ¿Es que esperamos que haya un motivo detrás de todo acto de maldad? Si todavía pensamos eso, es que no hemos comprendido nada. Si hubiera siempre una explicación, la maldad no sería inconcebible en la vida real ni tan fascinante en la literatura. Y Enrique Llamas nos lo deja claro en su debut literario. Y solo tiene veintinueve años, ojo. No le perdáis la pista.

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La novena hora, de Alice McDermott

La novena hora

La novena horaAmbientada en el Brooklyn de principios del siglo XX, La novena hora es una de esas historias con cierto sabor a mundo perdido, que representa un pasado que en cierta manera reconocemos aunque nos sea ajeno, pero sobre todo que muestra la lucha por salir delante de unas personas con las que resulta extraordinariamente sencillo sentirse identificado. Alice McDermott consigue envolver al lector con un manto de cotidianeidad, con un ambiente por lo demás tan irlandés como corresponde a los protagonistas, hasta el punto que uno se siente parte de la historia y se cree blindado ante las sorpresas, que parecen algo imposible, pero sin embargo las hay, y alguna extraordinaria, pero como la historia se vive tan desde dentro no parecen tales, sino simplemente vida.
La novena hora es una historia de pobreza, de la lucha por salir adelante a veces con dificultad, otras con mucha dificultad, de una especie de monjas ya entonces en peligro de extinción que realizan una labor extraordinaria que sustituye al inexistente servicio social pero que sobre todo viene determinado por su descubrimiento (en algunos casos) del milagro de la flexibilidad, de un enfoque humano de la justicia, y de la vida de una niña que se cría entre ellas y que tiene que descubrir, con no poco esfuerzo, que no es una de ellas.
Parte de una escena de una fuerza literaria tremenda, el suicidio de un empleado irlandés que es despedido y se ve incapaz de hacer frente a sus obligaciones, que incluyen una mujer embarazada. La preparación de su final, su detalle, su eficacia, su profesionalidad, narradas con naturalidad logran que el lector se enganche irremisiblemente desde esas primeras páginas. Las consecuencias de ese acto, la intervención de las monjas y la vida de los afectados después del mismo constituyen, junto con el propio Brooklyn, el esqueleto de La novena hora, armazón que Alice McDermott llena de vida y literatura, perdón por la redundancia, hasta lograr una obra pequeña, pero enorme.
Annie, la viuda, trabaja después durante muchos años en la lavandería del convento de estas monjas que ayudan a que pueda rehacer su vida, y ese trabajo que lleva a cabo junto a la hermana Illuminata constituye algunas de las páginas más sorprendentes, no desde un punto de vista de la trama sino por la descripción de las técnicas y trucos que ponían en práctica, del terrible esfuerzo e incluso de la peligrosidad de algo tan cotidiano. En ese caso la lavandería era del convento, pero sirve de ejemplo de algo que está muy presente en la novela, el terrible esfuerzo que cargaban sobre sus hombros las mujeres en aquella época en general y en aquel ambiente en particular. Un escenario en el que la brutalidad masculina era habitual, una vida que cargaba sobre los hombros de las mujeres tanta responsabilidad como alcohol y violencia sobre los de los hombres. Puede parecer que la historia homenajea a esas monjitas y su labor tan importante para su comunidad, pero por encima de eso creo que La novena hora constituye un homenaje merecido a las mujeres que hicieron de la época un lugar humano y habitable pese a padecer siempre la desgracia y el dolor que la miseria y los actos de sus maridos provocaban. Una de las hermanas le preguntaba a las mujeres que conocía si su hombre la trataba bien, y creo que es mucho más que un recurso literario.
Y hay muchas tramas, muchos personajes, mucha vida que merece la pena leerse. Alice McDermott ha logrado tejer una gran historia, un verdadero placer para cualquier lector.

Andrés Barrero
@abarreror
contacto@andresbarrero.es

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Amor fou, de Marta Sanz

Amor fou

Amor fouPues veréis, pensé que iba a ser bastante más fácil enfrentarme a este libro. No porque Marta Sanz sea una escritora que te pone las cosas fáciles, no. Yo ya sabía a lo que iba. A Marta la conocí gracias a su novela Clavícula, un libro que leí el verano pasado y del que solo puedo decir cosas buenas. Tampoco fue fácil su lectura. Conseguí sentirme identificada con ella en muchos momentos de la novela y ya sabéis que empatizar y doler suelen ser sinónimos. Fue duro y gratificante al mismo tiempo, por eso me gustó tanto leerla.

Amor fou, 2004, es anterior a Clavícula y es la novela que casi le cuesta la profesión a Marta Sanz, al menos eso es lo que podemos leer en la contraportada. Una novela inédita, sin lectores, que aparece hoy corregida y actualizada para alegría de sus seguidores. Es una pena que Amor fou hubiera quedado en el olvido, guardada en uno de esos cajones en los que acaban muchas novelas que nos perdemos. No sé si ha sido el éxito de Clavícula o que su trayectoria está ya más consolidada. Vaya usted a saber. Lo cierto es que esta novela es una realidad. Y vaya realidad.

Por supuesto que Amor fou habla del amor, ¿de qué si no? El amor está en todos los temas, en todos los sentimientos. Hasta en el odio hay mucho de amor. Y en esta novela hay un poco de las dos sensaciones: un amor que se mezcla con odio y un odio que se fundamenta en el amor. Dicho así suena bastante enrevesado, ¿verdad? Ya os he dicho que Amor fou tiene lo suyo, que Marta Sanz conoce bien sus armas.

Tenemos a Raymond y a Lala. Pero también están Lala y Adrián, aparentemente felices, viviendo en esa tranquilidad que tan solo el buen amor puede dar, la monotonía de una vida perfecta, hecha a medida. También tenemos a Elisa y a Esther, madre e hija, una relación completamente insana, casi tanto como los pensamientos que cruzan la mente de Raymond. Y es que Raymond, desde su atalaya, vigila constantemente los pasos de Lala y Adrián, esa vida perfecta que a lo mejor pudo ser la suya, que quizás deteste, pero que no puede dejar de controlar y analizar. Y es que en Raymond hay odio, pero aunque juegue al despiste con nosotros y con él mismo, podemos reconocer el amor; está ahí, al otro lado de la ventana.

Ha sido un viaje duro, ya os decía. La forma de escribir de Marta Sanz es punzante. Toda una bofetada de realidad. Pero no sé de qué manera, siempre encuentro una especie de tranquilidad en sus libros, un punto donde me siento realmente cómoda con sus historias. No sé qué tiene Marta Sanz, pero sea lo que sea, lo tiene.

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El monasterio, de Luis Zueco

Dos años han pasado desde la última vez que hablamos de Luis Zueco, un autor ya referente en el mundillo de la novela histórica, pero también, y eso es algo que no debemos olvidar, de las grandes intrigas; algo que parece ir especialmente vinculado a la historia de cualquier país, nación o reino.

Iniciábamos esta aventura con El Castillo, novela en la que veíamos el nacimiento y gran expansión del Reino de Aragón.  Loarre, un castillo sin el que no hubiese sido posible la reconquista, ni el nacimiento de la España que hoy conocemos. La segunda novela fue La ciudad, una historia perfectamente entretejida que se desarrolla en la bella ciudad medieval de Albarracín.

Al parece ha dicho el autor que llega la hora de cerrar esta trilogía, así llamada aunque no comparte ni tramas ni personajes, ni tan siquiera se sigue en el tiempo, y lo hace con este libro titulado El Monasterio, que nos sitúa en esa misma época medieval por la que nos ha paseado en sus anteriores novelas. En concreto nos vamos al Siglo XIV y a uno de los más importantes monasterios del Cister, el primero en el Reino de Aragón, Santa María de Veruela, situando este último Thriller en ese impresionante Moncayo, azul y blanco, del que tanto hablaron los poetas. Esa gran montaña de más de 2000 metros de altura que es la separación casi natural de los reinos de Aragón, Castilla y Navarra. No es de extrañar que el Cister eligiera este enclave para Veruela, indaguen sobre los lugares en los que han dejado huella con sus extraordinarios monasterios, todos en entornos bellísimos pero sobre todo estratégicos.

Así que estamos en plena época de la llamada Guerra de los Dos Pedros, Pedro I de Castilla y Pedro IV de Aragón, además de todos contra todos, con incursiones de franceses e ingleses en la península para apoyar, según su propio beneficio, a unos u otros.

En este escenario llega hasta el monasterio el joven Bizén de Ayerbe, ayudante del Notario Real de Zaragoza, con el fin de reclamar los restos del infante Alfonso que reposan en el interior del monasterio. Algo que naturalmente no le podrán fácil ni el Abad, ni el Prior, ni ninguno de los que habitan en Veruela, cada cual por sus personales, misteriosas y oscuras razones. Uno de los monjes aparecerá asesinado y a partir de ahí empezamos a desentramar uno de los muchos misterios que esconde El Monasterio.

Una vez más el autor nos mezcla personajes reales con ficticios, y utiliza mucho de la tradición popular más oscura de la zona. Recuerden, y para ello pueden releer las leyendas de Becquer, ya saben que pasó un tiempo en ese monasterio, que el Moncayo y su zona de influencia ha sido siempre un terreno envuelto en temibles y terribles leyendas, incluso sigue existiendo en la actualidad Trasmoz, un pueblo en la falda de la gran montaña, sobre el que pesan, y así lo recuerda Luis Zueco en El Monasterio, terribles historias de brujería y aquelarres, habiendo sido excomulgado el pueblo entero y sus habitantes ya en el Siglo XII, llegando así hasta nuestros días.

El autor sabe mucho sobre estos temas y esta zona, pues no podemos dejar de mencionar que es de Borja, y si de algo saben los borjanos es de vino, de castillos, monasterios y de la influencia del Moncayo en su forma de vida… ¡¿He dicho vino?! Pues sí, este será otro asunto no ajeno a esta historia.

Un monasterio del cister era mucho más de lo que hoy entendemos como tal, entonces eran recintos amurallados que se convertían en auténticas ciudades donde se producía de todo para poder subsistir.

El libro tiene una potente trama dentro de lo que es estrictamente el interior del monasterio pero naturalmente la historia sale extramuros para poder llevarnos por la zona y mostrarnos la forma de vida de los lugareños. Quien ha leído ya alguno de sus libros sabe que son tramas que enganchan con facilidad al lector y le lleva de la mano por un tiempo pasado bien recreado.

Podría decirles que conozco bien la zona, de hecho ya siendo pequeña estuve de campamentos en un pueblecito llamado Vera de Moncayo, y ya saben que uno de niño es mucho más receptivo a estas cosas de brujas y de cuentos. Pero he vuelto al Moncayo muchas veces, y he estado en el Monasterio de Santa María de Veruela, una maravilla que no deberían dejar de visitar ahora que está completamente restaurado, creo que pronto se convertirá en Parador Nacional.

Donde no he estado nunca ha sido en Trasmoz, y debería, porque allí está la casa del poeta a la que he sido invitada en alguna ocasión, una edificación de piedra bajo el castillo que la Editorial Olifante compró al Ayuntamiento de Trasmoz, es una residencia de trabajo con estancias de un mes para poetas, los poetas que allí van deben ceder sus manuscritos y realizar algún encuentro con los vecinos… Igual que se invita a los poetas, yo les invito a todos ustedes a leer El Monasterio, y a visitar el Moncayo, y verlo desde las distintas perspectivas y orientaciones, y a visitar Veruela, y los pueblos de la zona, seguro que se acercarán a Borja y no se irán sin comprar algo de vino en alguna de sus bodegas. Yo, de momento, me voy a acercar a Trasmoz, no descarto que allí puedan vivir en directo algún que otro aquelarre 😉

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