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La única, voz, de Tiziano Angri

La única voz

La única vozCuando en este lacrimal valle las cosas se ponen más chungas de lo que podemos aguantar, todos necesitamos un álbum mental de recuerdos en el que poder refugiarnos. A todos nos gustaría haber disfrutado una infancia idílica, como la de Aquellos maravillosos años, llenos de aventuras, amorcitos y momentos epifánicos. El problema es que las infancias son como las narices: cada uno tiene la que le ha tocado, y dado que los recuerdos, de momento, no podemos embellecerlos mediante cirugía plástica, pues agua y ajo.

Naturalmente, todo esto no lo digo por mí, que al fin y al cabo, tuve mis veranos en la playa, mis noches de Reyes y sólo algún que otro roce con los quinquis del barrio. Lo digo por Yuri, el atormentado protagonista de esta enigmática y turbadora novela gráfica titulada La única voz.

Yuri no es esquizofrénico. Oye voces, pero no son imaginarias ni le llegan de un recodo de su mente. Son muy reales. En su infancia Yuri desarrolló una hipersensitividad auditiva imposible de curar, y, sin ir más lejos, la voz del doctor que les da la mala noticia a sus padres le produce a nuestro héroe una dolorosísima descarga en la cabeza.

Pasan veintitrés años y nos encontramos de nuevo con Yuri, que está intentando poner remedio a su tortura. Las voces, los gritos y hasta los silencios de los vecinos convierten cada segundo de su existencia en un suplicio. Pero ahora, con la ayuda de un curioso pingüinito de juguete, ha conseguido fabricar una caja de resonancia con la que, mediante “un sonido mágico que reverbere mi grito hasta su mundo”, espera conseguir ponerse en contacto con sus espíritus guía. Sin embargo, el resultado de su ensordecedor experimento no será exactamente lo que espera.

Por otra parte tenemos a Irene, atrapada en un cuerpo provisto de pene, que se vende a viejos verdes con el fin de ahorrar el dinero que necesita para la operación que ha de cambiar su vida. Tanto Irene como Yuri, cuyos destinos se van a cruzar por segunda vez, viven en un mundo plagado de fealdad, y ese feísmo grotesco y repulsivo de los personajes que los rodean, con sus pelos inesperados, sus malhumoradas arrugas, sus espesos olores y sus vasos capilares desbocados, es una de las características más llamativas de las extraordinarias ilustraciones de La única voz. Pero si esta novela es misteriosa e inquietante, lo es sobre todo por el viaje que emprende Yuri.

Y es que cuando una novela es tan oscura y casi críptica como ésta, el lector tiene carta blanca para interpretarla a su manera, es decir como quiera o, en este caso, como buenamente pueda. Pues bien, lo que servidor ha visto en La única voz no es un mero viaje de turismo psicoterapéutico por parte de un adulto traumatizado a un rincón perdido de la memoria. El viaje de Yuri es un viaje al inconsciente colectivo, un verdadero viaje chamánico en el que nos encontramos (nótese el plural) con los tótems, ritos y amuletos de nuestros ancestros. Y así, entre cráneos de animales, criaturas atrapadas en una lacerante metamorfosis, castraciones purificadoras, sangre, fuego, ruinas y muerte, disfrutamos de una novela gráfica pequeñita y grandiosa que se enriquece con cada lectura.

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100 máquinas recreativas que hicieron historia, de VV. AA.

100 máquinas recreativas que hicieron historia

100 máquinas recreativas que hicieron historiaTe voy a confesar algo sobre mi infancia que hará que me mires con otros ojos, sobre todo si naciste entre los años setenta y ochenta. Cuando leas lo que te voy a contar, desearás haber tenido esa suerte de pequeño, aunque fuese solo por un día. Porque yo, querido lector, disponía de la llave que abría las máquinas recreativas y solo tenía que apretar al botoncito que había dentro para jugar todo lo que quisiera. ¿Que cómo la conseguí? Me la daba mi padre, el dueño de unos recreativos.

Eso de jugar sin tener que preocuparse del temido game over era el sueño de cualquier niño y adolescente de mi quinta. Pero tampoco te voy a mentir: aquello no era buffet libre. A mi padre no le gustaba que yo acaparara las máquinas. Al fin y al cabo, aquello era el negocio familiar, y nosotros comíamos porque eran otros niños los que se dejaban la paga ahí. Con decirte que también me racionaba las golosinas que vendía… Solo podía coger una bolsita de tanto en tanto. Pero cuando había menos jaleo, me hacía entrega de esa llave y, aunque me daba un poco de vergüenza ser el centro de atención, me encantaba que los mayores se murieran de envidia al verme abrir la puerta de la máquina, apretar el botón de créditos como si no hubiera mañana y ponerme a jugar. Aquellos chavales de quince años se hubiesen cambiado por mí, una nana de siete u ocho, sin pensárselo. Incluso alguno intentaba camelarme para que le regalara alguna partida, pero yo era consciente de que mi poder conllevaba una gran responsabilidad. Si hubiera sucumbido a la presión, ¡mi padre no me hubiese vuelto a dejar la llave en la vida!

Como comprenderás, mi infancia ha estado marcada por los recreativos, al igual que la de la mayoría de niños de mi generación. Por eso, tenía que leer 100 máquinas recreativas que hicieron historia, el libro que recorre los juegos más relevantes que se crearon entre 1972 y 1999, la época dorada de los salones recreativos. En él, los redactores más emblemáticos de las revistas de videojuegos se retrotraen hasta aquellas tardes en las que se gastaban las vueltas del pan en la última máquina que había llegado a los recreativos de su barrio.

Aunque son muchos los que colaboran en 100 máquinas recreativas que hicieron historia, todos merecen ser mencionados: David Martínez, Alberto Lloret, Marcos García, José Luis Sanz, Bruno Sol, Álvaro Alonso, Lara I. Rodríguez, Alejandro Alcolea, Alejandra Pernías, David Alonso, Santiago Bustamante, Sara Borondo, Ángel Luis Sucasas e Inés Alcolea. Sin olvidar a Pablo Crespo, uno de los fundadores de Game, que firma el prólogo. Estos reporteros hablan de los juegos a los que más se viciaron, que más les impresionaron o que más se le resistieron. A veces explican aspectos técnicos (por ejemplo, la primera vez que se introdujo el scroll horizontal y el vertical o la evolución de la perspectiva 3D) y anécdotas sobre la creación y repercusión de algunos juegos; pero, sobre todo, se centran en cómo vivían esas partidas, por lo que es muy fácil vernos reflejados en ellos.

No hay dos lecturas iguales de 100 máquinas recreativas que hicieron historia porque a cada uno de nosotros nos emociona recordar un juego distinto. Por ejemplo, todos conocemos Pac-Man (acá comecocos), Tetris, Donkey Kong, Super Mario Bros, Bubble Bobble, Pang, Street Fighter II o Mortal Kombat. Incluso los que no se han acercado a una máquina recreativa en su vida han oído hablar de la mayoría de ellos. Pero cuando de verdad nos da un vuelco el corazón es al reencontrarnos con juegos que habíamos borrado de la memoria. A mí me ha pasado con Dragon’s Lair, Toki, Gals Panic, Snow Bros, Three Wonders, Captain Commando, Sunset Riders y Soccer Brawl.

Ha sido ver las imágenes de aquellos juegos y que me entraran unas ganas locas de volver a jugarlos. Y eso que tengo la Play 4 en casa y unos videojuegos con tal calidad de gráficos que parecen películas. Pero, para mí, no hay nada que se equipare al encanto de esos videojuegos pixelados. Si tú eres de mi misma opinión, no te pierdas 100 máquinas recreativas que hicieron historia. Este viaje nostálgico te sacará más de una sonrisa.

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La danza de los demonios, de Esther Singer Kreitman

La danza de los demonios

La danza de los demonios Ya sabía yo que este libro me gustaría. Y lo sabía porque había leído que era una biografía encubierta de Esther Singer Kreitman, a la que yo no conocía literariamente halando, desde luego, ¡que no soy yo tan leída, ni tan versada!  Pero verán, había leído que Esther era hermana de los escritores Israel Yehoshua, al que tampoco tenía el gusto de conocer, y de Isaac Bashevis Singer, ya saben el que fue Premio Nobel de Literatura en 1978, y del que sí tenía referencias.

¿No me digan que no les resulta interesante esta mujer cuando sabemos que en esta familia tenían un don para la escritura, y que este libro, La danza de los demonios, se publicó ya, en Polonia, en 1936?

Sobre la autora les puedo contar que nació en Bilgorai (Polonia), en 1891 y que falleció en Londres (Inglaterra), en 1954. Su familia se estableció en Varsovia y allí es donde comienza a escribir. Al parecer destruyó todos sus manuscritos cuando aceptó un matrimonio concertado y se trasladó a vivir a Bélgica y posteriormente, al estallar la Primera Guerra Mundial, a Inglaterra con su marido. Tras la II GM intentó localizar a sus hermanos, y descubrió que Israel, junto con su familia, habían fallecido en Rusia durante la Guerra, a su otro hermano, el Nobel, lo localizó en EEUU, parece ser que ella le pidió ayuda para poder trasladarse al nuevo mundo, pero … su ayuda nunca llegó.

Y no les cuento nada más que, La danza de los demonios es autobiográfico y siempre es recomendable que se acerquen a él con pocas indicaciones y muchas ilusiones.

“<Mijael, llegará a ser, con la ayuda de Dios, un gran talmudista>.
Estas palabras se las oía decir Débora algunas veces a su padre, Rev Avrom Ber, rabino de Yelejitz, en conversación con su madre, Reísele, quien además de rébbetsin, era algo así como la secretaria privada y consejera de su esposo…”

Que estupendo arranque de la novela nos hace Esther Singer Kreitman, como ven en cuatro líneas nos ha presentado y ubicado a todo el núcleo familiar. La pobre Débora se pasará toda la infancia preguntando lo que ya pregunta en esa primer página del libro, “¿Y yo qué llegaré a ser, papaíto?, pero a pesar de la insistencia, papaíto, por lo general, no le responde, o de hacerlo es para decirle que una señorita no necesita llegar a nada. Pero su madre, su referente, si había llegado a serlo…

Como saben todos los que siguen mis reseñas, esta colección de la editorial Xordica que nos está acercando a autores judíos que escribían en yiddish, nos están dado una visión, de cómo era la vida y el pensamiento de la comunidad judía en diferentes lugares, dependiendo del lugar en el que nos sitúe el narrador. Lo que hay en este libro de especial es la detallada descripción que se nos hace de su mundo desde dentro, no solo la vida familiar, que también, sobre todos su organización comunitaria, en las yeshivá, esos centros de estudio dedicados al Talmud y la Torá. Y como ya están imaginado, va a ser muy importante la visión de Esther sobre todo este mundo tan masculinizado y excluyente para la mujer.

“… Vamos, Débora, cámbiate de ropa y prepararnos un vasito de té – Pidió Reísele.

Débora no se movió. No le apetecía vestirse de nuevo como el ama de casa de cada día. Su estado de ánimo era demasiado festivo como para ponerse a avivar el fuego en el carbón del samovar.

De nuevo cruzó por su mente el pensamiento de que no era justo que su madre le exigiera a ella cambiarse de ropa, precisamente para preparar el té, cuando Mijael podía realizar igual de bien esa labor.

Sin embargo, recapacitó: la habían mimado y vestido tan bien que no dijo nada, se cambió de ropa y atendió el samovar…”

Así pues, les puedo contar que nuestra amiga Esther se ha convertido en Débora, que nace en una curiosa familia. Su padre es un Rabino muy peculiar, su madre es una mujer, no menos especial y con formación, cosa muy extraña en ese ambiente, pero viene de otra no menos curiosa familia donde el padre, también Rabino, sí apoyó la formación de su hija.

Desgraciadamente, no será el caso de nuestra joven amiga, que sí ansía leer y formarse, y de hecho lo hace pero al margen y sin la autorización, claro está, de su familia. No es el caso, naturalmente, y como han podido leer en ese fragmento, de su hermano Mijael, llamado a seguir los pasos de su padre. Un hermano que no pierde ocasión para menospreciarla y humillarla.

La familia se va desplazando desde pequeños pueblos hasta la gran Varsovia, donde definitivamente Débora encontrará la posibilidad de cambiar el destino de su vida y ello es así, porque es una mujer muy inteligente que sabe aprovechar las oportunidades, reponerse a ese padre que no la valora en absoluto, a un hermano que la desprecia directamente y a una madre a la que es muy difícil comprender en ese papel.

No es fácil leer estos libros, y no porque sean lecturas de difícil comprensión, que en absoluto lo son, sino porque son historias de las que no sales igual que cuando entras, estamos ante una literatura que nos abre una ventana a un mundo del pasado y nos hace reflexionar sobre el presente y es por ello que persiste el interés en sus lecturas.

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La vida es sueño, de Ricardo Vílbor, Alberto Sanz y Mario Ceballos

La vida es sueño

La vida es sueño… mas desperté del dulce desconcierto

y vi que estuve vivo con la vida,

y vi que con la vida estaba muerto.

No son versos de Calderón, sino de Quevedo. Y aunque las diferencias entre ambos son palpables -pues mientras el segundo nos narra un sueño erótico, el primero nos ofrece una visión metafísica de la vida-, lo cierto es que la metáfora de la vida como sueño parece haber inspirado a más de un grande de nuestro siglo de oro. La metáfora, desde luego, no es cosecha de don Pedro, sino que se remontaba bastantes siglos atrás. Calderón, sin embargo, tomó como punto de partida este viejo concepto platónico y creó una obra maestra universal cuya influencia se extiende hasta la cultura popular de nuestros días. ¿Qué son películas como Matrix, Inception, Desafío Total o incluso Pesadilla en Elm Street, entre muchas otras, sino nuevas aproximaciones al tema de la realidad frente a la fantasía?

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión.

Quiero creer que cualquier español, incluso aquél que, como nuestros líderes políticos más significados, no lea más que tuits, reconocerá estos versos calderonianos que, como muchos otros de La vida es sueño, han pasado a formar parte del acervo popular. Sin embargo, con el paso del tiempo, y por el motivo que sea, el aspecto visual de la obra ha quedado a la sombra de los versos. Dicho de otra manera: decimos Hamlet y todo el mundo tiene ante sí al príncipe danés hablando a la calavera de Yorick. Decimos Romeo y Julieta, y vemos a nuestros tortolitos haciéndose arrumacos en el balcón veronés. Decimos Segismundo y… ¿qué vemos, míseros de nosotros? Pues bien, aquí es donde entra en escena, nunca mejor dicho, esta excelente adaptación del clásico de Calderón.

Porque La vida es sueño, como cualquier obra de Hamlet, Sófocles o Tennesee Williams, está repleta de imágenes icónicas que el nombre de Segismundo debería evocar en nosotros. Sin ir más lejos, ¿qué imagen hay más poderosa que la del hombre encadenado en una torre desde su niñez? Y esta es sólo una de las muchas imágenes memorables que encontramos en este fantástico trabajo de Ricardo Vílbor (guión), Alberto Sanz (dibujos) y Mario Ceballos (color), que recuperan para el lector, tanto para el que ya la conoce como para el que se acerca a ella por primera vez, una obra de absoluta vigencia.

Claro que, hablando de vigencia, el lenguaje del siglo de oro, como muy acertadamente se apunta en la introducción, puede en algún momento espantar al lector joven. Es posible que, en general, la lectura de nuestros clásicos necesite cierta preparación. Al fin y al cabo, no podemos pedir al que no ha leído más que Harry Potter o El señor de los anillos (sin el menor ánimo de desmerecer) que abrace con entusiasmo una obra que empieza de esta guisa: Hipogrifo violento / que corriste parejas con el viento… Por eso brilla Vílbor en su adaptación del texto original, que, sin perder de vista el espíritu de la obra y manteniendo sus versos más conocidos, lo agiliza y hace más accesible. Y que canten misa los puristas.

El primero de los tres actos se abre con peces muertos, un recién nacido maldito, y una atmósfera envuelta en un rojo sangriento. Los lectores de novelas gráficas no acostumbramos a dar al color la importancia que se merece. Por ello es de agradecer el interesantísimo making of que tenemos al final de este libro, que nos hace pasar las páginas hacia atrás para apreciar de nuevo las ilustraciones, de estilo ágil, atractivo y sin florituras estilísticas, y sobre todo, el extraordinario uso de la luz, que tanta importancia tiene en esta historia y, como nos recuerdan en las viñetas finales, en el teatro. Que es de lo que se trata.

 

 

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Antología, de Osamu Tezuka

Antología

AntologíaEn la excelente exposición sobre Disney. El arte de contar historias que se puede ver estos días en el Caixaforum de Barcelona, he tenido ocasión de volver a ver algunos de esos cortos que tanto me maravillaban de niño, historias que podían ir desde El sastrecillo valiente a Los tres cerditos, y en las que, en un alarde de inagotable creatividad, los gags se sucedían sin dar tregua a los embobados ojos del niño, en este caso yo.

Luego uno crece, y además de la voz grave y el vello en las axilas, nuestras desbocadas hormonas producen un niñato resabido y con afán de envejecer que le hace despreciar lo que hasta ese  momento adoraba. Pues bien, la exposición sobre Disney me hizo volver a apreciar como se merece (se pongan como se pongan nuestros cansinos antiamericanos habituales) la grandeza artística de la factoría Disney, uno de los mayores iconos culturales de nuestro tiempo.

Alguien que se acerque con ínfulas intelectualoides a esta Antología de Osamu Tezuka podría caer en la misma falta que ese adolescente resabido que renegaba de la magia. Abrir al azar este contundente tomo y echar un somero vistazo a las casi mil páginas de vellón que lo componen puede hacer pensar a quien así obre que está ante una larga función de circo con acrobacias, coscorrones y persecuciones alrededor de un árbol, cuando en realidad, como aquellos cortos con un Mickey Mouse todavía sádico, se encuentra ante unas obras que fueron absolutamente revolucionarias en su día, que marcaron el curso que iba a seguir la novela gráfica, y que, a pesar de ello, no  son de interés meramente museístico para el lector actual.

Mirad, sin ir más lejos, las primeras páginas del libro y decidme si conocéis a un autor que sepa imprimir a sus viñetas ese ritmo, esa velocidad, ese dinamismo y ese inconfundible carácter cinematográfico que les daba el maestro Tezuka. En ese sentido, es posible que, estéticamente, La nueva isla del tesoro, sea más avanzada que las siguientes historias, en las que la influencia del cine pesa más que la exploración de un nuevo lenguaje para el cómic. Nos encontramos en esta historia a un Tezuka de, ojo al dato, 19 años que experimenta con el movimiento, el ritmo y las perspectivas, y que, fuertemente influido por la cultura occidental, adapta algunos de nuestros clásicos al manga, un manga al que él solito va a darle la forma con la que hoy conocemos este género.

Tras La nueva isla…, completan esta Antología Lost world (El mundo perdido), Metrópolis y Next world, todas escritas en apenas cinco años, los que van desde 1947 hasta 1952. Estamos, como veis, en plena posguerra, y no deja de pasmarnos ver la vitalidad con la que, en un Japón devastado, Tezuka creaba sin descanso unas obras rebosantes de fantasía, acción y sentido del humor. No faltan, por descontado, las referencias a la terrible tragedia que acaba de asolar el mundo, pero dichas referencias ocupan un segundo plano y están desprovistas por completo de moralina.

Lejos de la sofisticación de sus obras posteriores, dicho sea en el buen sentido de la palabra, en estas obras tempranas del maestro japonés tenemos un mundo poblado por buenos y malos, científicos chalados, agudos detectives, millonarios sin escrúpulos, niños sin miedo, animales parlantes, vida extraterrestre y todo lo que pueda plasmar en un dibujo una imaginación sin freno que ha mamado a chorros de la cultura americana. Y aquí es donde viene a cuento Disney, porque la influencia de la marca del ratón, así como de otras grandes productoras de animación, sobre nuestro idolatrado autor es evidente. Por estas páginas se pasean Mickey Mouse, Betty Boop, Popeye, además de Charlie Chaplin, los Hermanos Marx, Tarzán, los héroes del cine negro y muchísimos más. El propio Tezuka, que se permite de vez en cuando toques postmodernos, como esas referencias que hace un personaje a otro sobre la viñeta que flota sobre ellos, aparece en un cameo final, como si no pudiera estar ausente de ese sentido llamamiento a la paz mundial.

Disfrazada de mero entretenimiento, esta Antología de Osamu Tezuka es mucho más. Quizá el primer capítulo en la historia del manga moderno.

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Nuevos pasatiempos matemáticos, de Martin Gardner

Nuevos pasatiempos matemáticos

Nuevos pasatiempos matemáticosHace unos días, mi hijo de trece años vino a casa muy contento porque había sacado un 8,5 en un examen de mates. ¡Eureka!, exclamé lo más apropiadamente que pude. Desde aquellos felices y tempranos años de primaria el crío no conseguía una nota tan alta, y de hecho llevaba unos meses de aprobados raspados. Me dijo que en realidad consideraba que había sacado un 10, pero que había tenido un par de despistes que le restaron puntos. Parece que no percibió la contradicción en términos que supone decir que un 8,5 en matemáticas es lo mismo que un 10. En todo caso, me alegré enormemente al ver que, después de mucho esfuerzo por su parte y mucha insistencia por la mía, al fin había dado ese gran paso tan necesario al enfrentarse a binomios, trinomios y ecuaciones: entender.

A diferencia de él, mis hijas han sentido desde siempre una auténtica pasión por las mates, en la que destacan, modestia aparte, muy por encima de sus compañeros. No se a qué se debe esta diferencia entre uno y otras. ¿Puro azar neuronal, o tendrá algo que ver con los juegos que les hemos regalado, entre ellos Tangram, Penkamino o Mastermind? Creo que la cosa va más bien por lo segundo, lo cual nos lleva, me temo, a cuestionar el modo en que se enseñan las matemáticas en las escuelas. Porque todos sabemos cuál es la asignatura que menos les gusta a los niños, ¿verdad?

Pues hoy se trata de ambas cosas, que en realidad son dos caras de la misma moneda: entender, como mi hijo, y disfrutar, como mis hijas.

Como a servidor hasta hace cuatro días, a muchos no os dirá nada el nombre de Martin Gardner, dado que no fue más que uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX. Admirado por figuras tan variopintas como Asimov, W.H. Auden o Dalí, Gardner, que también fue un especialista en la obra de Lewis Carroll y un notable “matemago”, destacó sobre todo por dar un enfoque lúdico a las matemáticas. Como ejemplo, nada mejor que estos Nuevos pasatiempos matemáticos, donde, con un lenguaje, en la medida de lo posible, cercano y sencillo, el autor plantea al iniciado y aficionado a esta ciencia pasatiempos y, quizá el término sea más preciso, rompecabezas, que lo mantendrán ocupado unas cuantas semanitas.

La variedad de juegos y trucos que el lector encontrará en este libro es enorme, y van desde la lógica del sistema binario, que alguno recordará de sus clases de filosofía (si p, q; p, por tanto q) hasta los mosaicos matemáticos de Escher, pasando por el juego del reversi (que yo conocía como Othello), por teorías todavía no demostradas, como el teorema del mapa de cuatro colores, o por una introducción a la matemagia, en el que descubrimos la aplicación de las matemáticas para trucos de precognición, entre muchísimos más.

Es importante subrayar que estos pasatiempos no están hechos para entretenernos mientras viajamos en metro. La mayoría de ellos requieren que el lector se siente, se pertreche de papel, lápiz y otros materiales, y que siga detalladamente y con escrupulosa atención las instrucciones del autor. Así que todavía tendrá que pasar un tiempo antes de que mi hija pequeña, que estos días le da al sudoku que es un vicio, pueda disfrutar y aprender como yo con estos Nuevos pasatiempos matemáticos.

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La furgo, de Martín Tognola y Ramón Pardina

La furgo

La furgoA los que vivimos sin lujos, pero también sin estrecheces, a los que podemos salir a cenar una vez al mes y llevar a los niños al cine el día del espectador, a los que recibimos como un puñetazo la factura de la luz, pero la pagamos puntualmente, nos cuesta imaginar la vida del desahuciado. Podemos, naturalmente, indignarnos, compadecernos y ayudar, pero, si estás leyendo esto, lo más probable es estés muy lejos de preocuparte por dónde dormirás la semana que viene o de dónde vas a sacar dinero para la ropa de tus niños. Y nos cuesta imaginar esa vida no sólo porque nuestra situación actual pueda ser más o menos estable, sino porque nuestra imaginación nos impide dar un salto tan cruel en el tiempo. Si hoy estoy aquí, ¿por qué iba a estar mañana en la calle?

Un desahuciado puede sorprenderse al echar la vista cinco años atrás, cuando tenía trabajo, piso y pareja estable; cuando podía salir a la calle sin someterse al juicio de los desconocidos y cuando su presencia no incomodaba a la gente bienpensante. Pero se sorprende menos si va remontándose en el tiempo paso a paso. La tragedia del desahuciado radica, en parte, en su carácter gradual. Un día perdemos el trabajo y deja de entrar el dinero en casa. Empiezan a llamar a la puerta señores con corbata a los que no queremos ver, y la tensión nos distancia de nuestra pareja. Cuando finalmente lo hemos perdido todo, los que nos rodeaban y se hacían llamar amigos han tenido el tiempo necesario para ir alejándose de nosotros. Estamos solos.

Conocemos a Oso, el entrañable protagonista de esta estupenda novela gráfica, cuando ya se ha hecho a esa vida de estable precariedad. Vive en una furgoneta y sale adelante a base de chanchullos, chapuzas y la ayuda, más moral que material, de esa buena gente que tanto abunda y a la que los zombis con corbata no nos dejan ver. El pensionista al que Oso arregla la tostadora le paga con un plato de fabada; Luis, el guardia urbano, le perdona las multas de aparcamiento y le invita a alguna cerveza mientras ven el fútbol en el bar; Javi, un greñudo heavy, organiza grupos de turistas despistados a los que ofrecen tours alternativos por Barcelona. Una de las ventajas de vivir en una furgoneta, nos dice el propio Oso, es que uno no se cansa nunca de las vistas. Éstas, sin embargo, tampoco le permiten atisbar la más mínima esperanza de alcanzar una vida mejor.

Oso tiene una hija, Violeta, y en su custodia compartida la lleva a extraordinarios viajes por el fondo del mar o le enseña juegos tan divertidos como el del reciclaje. Un día entra en su vida Penélope, una mujer que. como él, rueda por la vida sin rumbo fijo. Otro día se presenta su hermano, un hombre muy formal del que podemos intuir que ha conseguido algo así como un puesto fijo en una caja de ahorros, y que le trae noticias acerca de su padre. Mientas tanto, su ex-mujer sigue creyendo las mentiras que le ha contado Oso acerca de la respetable y próspera vida que lleva. Y así, poco a poco, gracias a un gran sentido del ritmo narrativo y con un guión excelente, Ramón Pardina va trenzando todos los hilos  de esta espléndida La Furgo, apoyado en los dibujos de Martín Tognola, de trazo desenfadado y sutil retrato. El resultado es una historia humana, sencilla, divertida e inolvidable. ¿Qué más se puede pedir?

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Morder la manzana, de Letricia Dolera

Morder la manzana

Morder la manzana Yo siempre me he manifestado abiertamente feminista. Lo fui desde muy pequeña, supongo que es lo que tiene ser niña y nacer en una casa en el que ya por delante de ti hay un niño. Si eres observadora llegas a darte cuenta de que ciertos privilegios no son porque él sea mayor, sino porque es niño. Y algo va haciendo que luches contra algunas desigualdades desde la más tierna infancia. Eso sí, mi madre es muy buena gente y si en algo ha sido responsable de esas desigualdades siempre ha sido inducida por el tremendo influjo que ejerce el patriarcado en todas nosotras.

Supongo que verdadera conciencia del poder del “Patriarcado” y de la discriminación como “mujer” por el hecho de serlo, los descubrí cuando un monje, me prohibió la entrada a la Cartuja de Aula Dei de Zaragoza cuando servidora no contaba más de 12 años, aduciendo, como única explicación que yo era “el pecado y la carne” y que no podía pasar (ni yo ni ninguna de las otras chicas, aunque sí los chicos ) al convento en el que había unas pinturas de Goya que pretendíamos ver. Ya ven, nosotras que no habíamos abandonado casi la infancia ya nos encontrábamos con las duras palabras de un Cartujo, al que taladramos con nuestras miradas y nuestras preguntas.

Alfonso Milian fue el sacerdote que nos llevó hasta allí aun sabiendo que las chicas no podríamos entrar, a él le agradeceré siempre que me enseñara a mirar el mundo de otra manera, siendo crítica con todo lo que me rodea, incluso con la propia Iglesia (Tan patriarcal ella, a la que también le vendrá bien una amplia revisión).

Quienes siguen este blog saben que soy feminista porque mi feminismo es bastante militante. Hace años no éramos muchas las que nos definíamos, al albor de las palabras de la RAE, como feministas. Éramos esas cuatro locas que pensábamos que cambiar el mundo y hacerlo igualitario era justo y debía ser posible.

Cada día es mayor el número de gente joven que pide información sobre libros que hablen de feminismo, pero empezar, hoy por hoy, con El segundo sexo de Simone de Beauvoir o cualquiera de los de Virginia Woolf, incluso con algo de Pardo Bazán podría ser complicado, así que iniciarse con un libro como este de Leticia Dolera, podría estar bien, entre otras muchas cosas porque, ella es joven y nos cuenta las cosas de manera sencilla, pero además lo hace desde esa primera persona del singular que tanto gusta en este tipo de libros a la gente más joven.

“Morder la manzana. La revolución será feminista o no será”, se inicia con una larga serie de agradecimientos que ya te acercan a la autora, porque si cualquiera tuviera que agradecer lo mucho o poco que tuviese de feminista, al primer lugar que hay que girar la mirada es a la propia familia, allí están nuestras madres y nuestra tías, e incluso nuestras abuelas que en alguna ocasión nos han empujado un poco más allá de lo que autorizaba la previsión de nuestras madres.

Leticia Dolera viene a contarnos su experiencia personal y de paso a reflexionar sobre la vida, esta vida que estamos viviendo y sobre la que hoy tenemos el firme convencimiento de que tenemos la auténtica posibilidad de hacer cambiar, o cuando menos de poder decir ya en voz alta cuales son las cosas que urge modificar. Y desde luego es cierto que todo empieza cuando una mujer habla con otra mujer… Así que si tienes con quien hablar, habla, peor si no tienes con quien hablar, lee. Y verás como eso que creías que solo te había pasado a ti resulta que le pasa a la mayoría de las mujeres, aun cuando en determinados entornos algunas nunca lo reconocerán.

Estamos ante un libro de capítulos cortos y muy directos. Donde contará, como les decía, episodios de su vida, reflexiones con sus amigas, y un valiente análisis muy crítico sobre el machismo que sufrimos. Digo valiente porque no es una mujer que se haya subido ahora al carro del feminismo, lleva muchos años denunciando tanto desde sus cuentas de las redes sociales como desde los micrófonos siempre que se le da la ocasión.

Y no, no habla solo de los abusos o discriminación que sufren las actrices, que va, habla de los actos machistas y micromachistas que debemos sufrir todos y cada uno de los días. Reflexiona sobre lo difícil que resulta ser feminista o no ser machista en una sociedad estructuralmente patriarcal.

“Los prejuicios son mucho más difíciles de cambiar porque no se sustentan en la lógica ni en la razón, sino en lo subjetivo y lo emocional y ahí como se llega no es a través de una ley, es a través del relato cultural…”.

Dolera hace un buen trabajo para llevarnos a esas lecturas de las que les hablaba en el inicio, pero también a otras muchas en las que se ha documentado. Porque antes les hablaba de lo importantes que son los referentes cercanos (madres, tías, abuelas…), pero las mujeres, como colectivo, necesitamos referentes culturales y artísticos porque el alma de las personas se forja de ellos, y sobre las mujeres los hay, pero hay que buscar para encontrar. Las mujeres tenemos que leer más a las mujeres, no solo sobre mujeres.

No hay tema con el que no arriesgue la autora, Morder la manzana tiene fuerza, entiendo que haya tenido tan buena acogida, y tiene calidad, y tiene humor, y siendo de fácil lectura tiene profundidad, te deja con una buena sensación. Porque al final, hay muchas cosas de tu vida que no llegas a comentar con nadie y como decíamos al principio y yo creo que es fundamental:

“Todo empieza cuando una mujer habla con otra mujer”… Y no hablan especialmente de hombres 😉

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Gente corriente, de Vincent Zabus y Thomas Campi

Gente corriente

Gente corrienteDel mismo modo que, según dicen, el sentido común es el menos común de los sentidos, podemos decir que la gente corriente es la más extraordinaria que existe. Coged una revista y leed sobre la vida y milagros del futbolista estrella del momento, escuchad al actor de moda contar su vida, descubrid cómo le gusta pasar el tiempo libre a esa cantante revelación. Rascad un poco esa superficie de glamour y famoseo y veréis que sus vidas no son tan diferentes de las del resto de los mortales. Rascad un poquito más y os convenceréis de que, en realidad, sí son diferentes: son infinitamente más anodinas que la de cualquier hijo de vecino. Y hablando de hijos de vecinos, hoy os traigo unos personajes tan interesantes como el señor del cuarto segunda. O más.

En una calle adoquinada de edificios de tres plantas, que desemboca en una plazoleta con una pequeña iglesia, en un barrio de París, viven, cual obra de Pirandello, seis personajes en busca de un sentido a su vida. Uno de ellos, Paul, se regodea en su amargura, que recientemente se ha visto acentuada por la llegada a su oficina de un hombre que sonríe. Paul, que anhela una vida banal y plana, no tolera que alguien que tiene el mismo trabajo que él pueda lucir esa sonrisa. Se ve obligado a tomar medidas.

En otra casa vive Lucie, una anciana que trabaja limpiando casas y dedica su tiempo libre a construir maquetas de ferias. Lucie es, además, una mujer invisible. Nadie se da cuenta de si viene o se va, si está aquí o se ha ido, porque Lucie no significa nada para nadie. Ni siquiera sus cuarenta años de trabajo constan en sitio alguno, por lo que le deniegan un aumento de la pensión en una escueta carta de la administración, cuando ella esperaba una felicitación de su hijo por su cumpleaños. También se ve obligada a tomar medidas.

El papá de Louis es otro de los personajes corrientes que deambulan tristones por esta calle de adoquines. Perdió a su mujer y no ha superado nunca su muerte. Ni siquiera la presencia de su hijo da sentido a su vida, y levantarse cada mañana es una mera función biológica. Es más fácil seguir vivo, contestando con un simple “bueno” a todo lo que le dice su hijo, que languidecer en la cama hasta el fin de sus días.

El señor Armand ha convertido la ventana de su casa en el mostrador de su biblioteca. Desde allí observa los ires y venires de los vecinos, aunque los ojos siempre se le van tras Irina, una bella y enigmática señora de largos cabellos grises.

En las veinticuatro horas que transcurren de la primera a la última viñeta, estos seis personajes van a vivir un día tan corriente como sus vidas, o lo que es lo mismo, van a sucederles cosas extraordinarias. Con las cálidas ilustraciones y los exquisitos rostros que da Thomas Campi a los personajes, y con el excelente guión de Vincent Zabus, que consigue entrelazar con maestría, sencillez y sin costuras estas seis historias, Gente corriente nos cuenta una hermosa y emotiva historia de nuestro tiempo. En esta sociedad en la que tanta gente se limita a dejarse llevar, arrastrando los pies y mirando al suelo, Gente corriente quizá no cambie nuestras vidas, pero sí nos demuestra que ese cambio está a nuestro alcance.

 

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El mundo perdido, de Christophe Bec, Fabrizio Faina y Mauro Salvatori

A veces nos sentimos nostálgicos y nos da por añorar nuestra infancia, nuestros primeros paseos con la novia, o aquellos tiempos en que, sin internet ni móviles, todo era mucho más fácil, o así nos parecía. Sin embargo, existe otro tipo de nostalgia, la nostalgia que nos llena de añoranza por un tiempo no vivido. Conozco lectores que cada mañana remueven el café entre recuerdos del Imperio austrohúngaro. Hay políticos de 40 años que se emocionan hablando de su revolucionaria presencia en el París de mayo del 68. Y hay millones de personas, sin distinción de edad, que rememoran entre suspiros aquellas caminatas entre helechos gigantes, contemplando el vuelo en zigzag de libélulas de tres palmos, y con la emocionante sensación en el cuerpo de que en cualquier momento, tras el repecho de una colina, nos podíamos encontrar con una manada de entrañables triceratops.

Desde que se descubrió que el mundo era un pelín más viejo de los que nos dice la Biblia, y desde que a mediados del XIX a algunos exploradores les diera por encontrarse fósiles de huesos descomunales a mansalva, el mundo de los dinosaurios no ha dejado de fascinar al hombre. Esa fascinación dio lugar en 1864 al clásico de Verne Viaje al centro de la tierra y, medio siglo más tarde, a El mundo perdido, otra maravillosa obra de Conan Doyle que, para bien o para mal, ha quedado eclipsada por las versiones cinematográficas de Spielberg y las que siguieron. Sin embargo, el original, cuya adaptación a novela gráfica nos trae ahora Yermo Ediciones, tiene aquel sabor de la genuina aventura del que, en mi humilde, carecen tanto Parque Jurásico como sus secuelas.

En esta excelente adaptación, con guión de Christophe Bec e ilustraciones de Fabrizio Faina y Mauro Salvatori, tenemos todo lo que se le puede pedir a un libro de aventuras. El profesor Challenger, explorador intrépido y algo bravucón, acaba de regresar de un viaje a un remoto lugar de Sudamérica, donde, en medio de una tribu de caníbales, se ha encontrado con un misterioso personaje que ha sido herido mortalmente por una criatura de dientes gigantescos. Antes de expirar, este personaje le transmite un enigmático mensaje que deja a Challenger rumiando durante todo el viaje de vuelta a Inglaterra. Allí, haciendo honor a su apellido, Challenger desafía al profesor Summerlee en mitad de una conferencia. Summerlee, un respetado científico chapado a la antigua e incapaz de aceptar la posibilidad de que las cosas no sean como él ha leído, se ve obligado a aceptar el desafío de Challenger. Así, en compañía de a Lord Roxton, cazador y mujeriego, y Ned Malone, el romántico reportero que nos narra la historia, nuestros héroes se embarcan rumbo a la aventura.

Y qué aventura. Antes de que empiece la fiesta de verdad tenemos el viaje de rigor al corazón de la selva, que siempre es un viaje a nuestros orígenes y a la esencia del ser humano. Tras salvar insalvables saltos de agua, cocodrilos y serpientes calibre ferrocarril y desfiladeros de paredes que caen al Hades, nos llegamos a la impresionante mole de una inaccesible meseta que nos recuerda mucho a un tepui venezolano. Y a partir de ese momento, olvidaos de lo que os hayan contado las películas.

Este El mundo perdido nos devuelve a aquellos tiempos no tan lejanos en que la aventura de verdad no necesitaba efectos especiales de séptima generación, sino palabras, ilustraciones y talento. A disfrutar.

 

 

 

 

 

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Pólvora mojada, de Isabel Kreitz y Konrad Lorenz

Pólvora mojada

Pólvora mojadaSi nuestros abuelos tuvieron que espabilarse como pudieron para sobrevivir en los años de posguerra, si hubo un éxodo del campo a la gran urbe que cambió para siempre nuestra sociedad, si el extrarradio de nuestras ciudades crió leyendas como el Vaquilla o el Torete, y si los que crecimos en los 80 nos curtimos en barrios de quinquis, conciertos heavies y bares musicales, explíqueme alguien por qué en nuestra lengua no existe un adjetivo con la misma carga semántica que tiene en inglés la palabra streetwise, que viene a querer decir, pues eso, alguien que sabe en qué kiosco te dan más regaliz por un duro o a partir de qué hora no conviene entrar en esos futbolines.

Un niño necesitaba tener sabiduría callejera, por llamarlo de alguna forma, para sobrevivir en el Hamburgo de posguerra, una ciudad devastada por los bombardeos aliados, donde escasea la comida, abundan las ratas y en cualquier esquina se puede ver a mujeres ofreciendo sus servicios. La guerra se ha llevado a los hombres, y los pocos que regresan lo hacen tullidos, desfigurados o con un trastorno psicológico que dificulta su reintegración en la sociedad. Pero los niños, niños son, y que mamá tenga que dedicarse al trapicheo para poder traer dos patatas a casa poco importa mientras tengamos nuestras calles, nuestras peleas, nuestros cromos y nuestra calenturienta imaginación, que para esos somos sabios callejeros.

Con un trazo a un tiempo minucioso y desenfadado, y con un uso magistral del carboncillo, Isabel Kreitz, alemana y de Hamburgo, para más señas, nos ofrece una historia que en su primera parte, como suele suceder con las memorias de infancia, está llena a partes iguales de magia y crudeza, mientras en su segunda parte, como suele suceder con las memorias de adolescencia, la magia se esfuma y nos deja con una sonrisa lela en la cara. Pólvora mojada, adaptación de las memorias del autor alemán Konrad Lorenz, se centra en las andanzas de Kalle, un niño que apenas recuerda a su padre, desaparecido en la guerra, y que vive con su madre y su abuela. La ausencia del padre poco afecta a nuestro héroe, cuyas preocupaciones se centran en lo que traiga el día, que puede ser un tebeo, un espectáculo de lucha o una nueva revelación sobre la anatomía femenina. Y en ésas andamos cuando se presenta el padre, que vuelve a casa sin palabras, derrotado y con una obsesión  por los estantes.

La aparición de un padre al que no conocemos no es fácil para nadie, pero en San Pauli, el barrio revolucionario y vicioso por excelencia de Hamburgo, esa tragedia familiar empequeñece ante el espectáculo de la vida. No cabe duda de que, tanto o más que los recuerdos de infancia y del paso a la adolescencia, con Pólvora mojada Lorenz y Kreitz han querido rendir homenaje a ese barrio fascinante, retratado hasta la última baldosa, por el que, en aquellos años de posguerra, se paseaba Louis Armstrong; donde, un par de décadas más tarde, empezaron a darse a conocer cuatro chicos de Liverpool, y por cuyas calles uno puede elegir entre los escaparates de prostitutas de la Herbertstrasse y ver al Manazas reventar una rata estrellándola contra la pared.

Quizá los momentos que marcan nuestra vida no son los que pensamos que deberían ser, o quizá nuestra memoria es algo torpe al escoger los recuerdos. El retorno del padre ocupa mucho menos en las páginas de esta impresionante novela gráfica que, por ejemplo, el baile que conduce a Kalle a su primer polvo, o que la gran decepción que se lleva tras sus encuentros con el Señor Estrangulador. La infancia es muchas veces así, una decepción tras otra con algún caramelillo por en medio, preparación imprescindible para los desencantos venideros. Pero por muy sórdido o duro que pudiera ser antaño ese tránsito de la infancia a la adolescencia, la pólvora que se moja siempre acaba secándose. Con ella escribió Lorenz estas memorias, tan suyas y tan universales, que el lápiz de Isabel Kreitz ha convertido en una obra extraordinaria.

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American splendor, de Harvey Pekar y Robert CRumb

American splendor

American splendorEl arte de verdad no envejece. Tampoco la buena comedia. Respecto a la primera de estos dos frases seudolapidarias, no tenéis más que echar un vistazo a Robert Crumb en google imágenes, y ya me diréis si hay una sola de esas viñetas que corra peligro de quedarse anticuada en los próximos doscientos años.

En lo que se refiere a la comedia, naturalmente, las cosas pueden no estar tan claras para todos. Quiero creer que el humor que a mí me gusta es humor inteligente, mientras que a otros les hace gracia el monologuista por encargo de turno. Cada uno se ríe de lo que entiende, o de lo que no, o de lo que le sorprende, o de lo que se espera. Pero más allá de las diferencias entre un sentido del humor y otro, están esos artistas que crean escuela, y que no siempre suelen ser los más conocidos. Verbigracia, Harvey Pekar.

En una de las comedias que reinó en la televisión norteamericana de los 90, Seinfeld, uno de los episodios nos mostraba a los personajes hablando sobre una idea para una serie de televisión. A la pregunta de sobre qué trataría esta serie, ellos respondían “sobre nada en absoluto. No tratará de nada”. Algo parecido puede decirse sobre las historias de American Splendor, pues viendo al autor hablar, caminar, dirigirse a nosotros y escuchar jazz, uno no puede por menos de pensar que este libro no trata de nada en absoluto. Pero del mismo modo que, según Stephen Hawking, de la nada absoluta nació el universo , podemos decir que de la nada de American Splendor nació, no sólo buena parte del cómic moderno, sino también una nueva forma de reflejar la realidad en literatura, cine y televisión.

En la presentación mutua que hacen los autores, Crumb dice que las historias de Pekar, en las que no pasa nada, son la vida real. En la vida del común de los mortales no hay grandes gestas, nuestras acciones no van acompañadas de una música que indica si va a pasar algo bueno o si alguien va a morir, y las frases que podrían ser memorables se nos ocurren cuando es demasiado tarde. La vida real, esa que hoy algunos directores y guionistas se esmeran en reflejar en sus obras, está mucho más cerca de esas calles de Cleveland por donde se pasea este autor bajito, hirsuto y desaliñado, o de esas oficinas donde hablamos de trivialidades que, con frecuencia, encierran chorradas aún mayores de lo que parece. ¿Verdad que hoy está de moda publicar, por ejemplo, en redes sociales frases absurdas cazadas al vuelo en el bar o el autobús? Y qué originales nos creemos al hacerlo. Lástima que Pekar ya hiciera lo mismo hace cuarenta años.

Nos cuenta Pekar en esta colección de relatos los motivos que le llevaron a decidir que su vida, un arrastrar de pies entre tiendas de discos de jazz de segunda mano y los pasillos de un edifico de oficinas de la administración, por donde empujaba el carrito de la correspondencia, era, a pesar de todo, digna de ser contada. Las situaciones de American splendor, con charlas sublimemente inanes, con anticlímax casi épicos de lo intrascendentes que llegan a ser (o a parecer), situadas en oficinas, en la cola del súper, en el asiento de un autocar o en los escalones de la entrada de un edificio, son condenadamente reales, y cualquiera que, sencillamente, esté vivo reconocerá en ellas momentos de su propia vida. Nada más lejos, pues, del realismo sucio de Bulowski y otros. No hay aquí borracheras, drogas ni prostitutas, sino tan sólo la historia de los inicios artísticos de un autor que ha marcado la ficción contemporánea más de lo que podemos imaginar.

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