
Decir que lo japonés está de moda es una apreciación tibia. La gran ola de Kanagawa es una imagen mucho más certera para lo que nos está ocurriendo. Como en la popular imagen de Hokusai, estamos siendo arrastrados por una fuerza cultural que nos lleva irremediablemente a las orillas japonesas. Una y otra vez. Lo curioso es que no conozco a nadie que esté nadando a contracorriente. Desde luego no lo está haciendo el que escribe estas palabras.
Hay una euforia general y normalizada cada vez que una editorial se arriesga con un autor japonés. O cuando un nuevo artefacto visual acampa a sus anchas en las librerías ondeando la hinomaru, nombre con el que se designa a la bandera japonesa. Si hace unas semanas os estaba hablando de la guía para perderse en Japón de Amaia Arrazola, hoy quiero hablaros de Pikunikku. Un diccionario visual un tanto gamberro que comulga con la extrañeza y la cultura centenaria propias de Japón. Como diría un japonés enérgico: ¡hajimemashō!
Todo comienza con una colaboración entre la buena gente de Impedimenta, artífices de los libros mejor acabados de la industria editorial patria, y el dúo creativo Pinkpill Design, formado por Monika Budišova y Jordi Trilla. Aprovechando los conocimientos de Monika sobre Japón, deciden llevar a cabo este proyecto en gran formato que hoy nos ocupa. La ilustradora estuvo viviendo entre japoneses durante casi un año y todas esas experiencias, muchas de ellas algo bizarras, han sido volcadas aquí.
Pero, ¿qué es Pikunikku? A grandes rasgos es un diccionario gráfico que se alimenta de todo aquello que nos fascina del país del manga. Desde tipologías de sushi hasta conceptos claves para entender la sociedad como los hikikomori, un fenómeno que roza la figura del ermitaño pero cuyo trasfondo es menos amable. O el Oshogatsu, todo un conjunto de rituales que giran en torno al Año Nuevo. Visitas a los templos, limpiezas exhaustivas en las que participa toda la familia o envíos de regalos con cierta utilidad a personas que han sido importantes para ti en el año que acaba.
El repaso que nos ofrece el libro es amplio y está categorizado en cuatro apartados. El día a día, Sociedad y cultura popular, En casa y fuera y, por último, Tradición y folklore. En cada una de estas categorías aparece un sinfín de ilustraciones y definiciones sencillas que dejan la página al borde del colapso. Uno siente que al avanzar entre sus múltiples referencias se lleva consigo pequeñas dosis de información que vuelven más certera su visión de Japón y su intrincada idiosincrasia.
Una de las cosas que más me han llamado la atención de este proyecto es, sin duda, su capacidad para trascender la franja de edad del lector. Lo he disfrutado tanto y estaba tan sumergido en el libro, que no me he dado cuenta de que en casa no era el único que lo estaba leyendo. Si hay pequeños curiosos en la familia, haced el experimento y dejadles el libro un par de horas. El asombro es contagioso, y lo extraño y raro se acaban convirtiendo en un lenguaje universal que no requiere de traducción alguna. Además, las explicaciones que acompañan a todo el proceso de lectura lo hacen adecuado para incentivar la imaginación y entender cómo es el día a día de esa gente fascinante que vive justo en el otro lado del mundo.
Cuando hablamos de un libro en gran formato y lleno de ilustraciones hay que andarse con ojo. Los libros artísticos en ocasiones pecan de una falta de guía que les hace perder el concepto a mitad del recorrido. Gracias los siete Dioses de la fortuna, no estamos ante tal caso. Como decía antes, el buen hacer al que nos tiene acostumbrados Impedimenta en su línea literaria no ha faltado aquí. Hablamos de un libro con unos acabados de calidad que lo convierten en algo digno de tener entre manos.
Los dibujos de Monika Budišova tienen ese toque infantil de la nueva era que tanto me gusta. Alejado de la mojigatería de la ilustración tradicional, el trazo aquí vibra por su sencillez y su aire gamberro. He tenido la sensación más de una vez de verlos en movimiento. De cerrar el libro y sospechar que hubiese una fiesta ahí dentro a la que no se me había invitado. Hay una viveza explícita que me ha sacado una sonrisa en numerosas ocasiones y quizás es lo que al final me acabo llevando de todo este gran proyecto. Una socarronería y un amor por Japón que han conseguido algo inaudito, llegar a tipos de lectores muy diferentes. Algo a lo que muchos aspiran pero pocos consiguen.

Eso de que no se puede juzgar un libro por su portada a veces es una auténtica tontería. Yo lo he hecho, lectores (y no me arrepiento, señor Juez). Es que hay algunos que te tiran para atrás sólo con ver su portada y otros, en cambio, te dicen: “lléeevaaame contigoooo”. Y yo soy débil y me dejo engatusar fácilmente, qué le voy a hacer. Menos mal que tengo buena intuición y afortunadamente me he ahorrado muchos disgustos gracias a ella.
Tenía ya ganas de hablaros de este libro, la verdad. Al final he tardado más en leerlo de lo que pensaba, pero éste es uno de esos libros que, en mi opinión, hay que saborear poco a poco. No admite la rapidez ni las lecturas con prisas. Hay que detenerse bien cada página, en cada conversación, en cada pensamiento. O al menos eso es lo que Kingsley Amis, su autor, me ha trasmitido a mí.
No existe una recopilación de cuentos más famosa y cautivadora que 


Contar un cuento antes de irse a dormir parece el acto más inocente del mundo, menos cuando nuestra vida depende de ese cuento. Y si no, que se lo digan a Scheherezade. Las cien noches de Hero, la novela gráfica de Isabel Greenberg, se inspira en la cuentacuentos más famosa del mundo y sus 
Dentro mismo de los Estados Unidos, los Montes Apalaches son un mundo aparte. Se trata de una región remota en la que, al decir de los estereotipos, no viven, aparte de osos y mapaches, más que familias incestuosas y granjeros solitarios que disparan primero y echan un trago de whisky casero después.


No sé si es casualidad que la versión que publica 
Ernest Thompson Seton pasa por poco de la treintena cuando llega a Nuevo México en la última década del siglo XIX. Es el último recurso de los rancheros, un experto cazador de lobos, curtido en Gran Bretaña y Canadá, que acude para dar muerte de una vez por todas al escurridizo Lobo, rey de Currumpaw, líder de la manada que amenaza a los rebaños de toda la región. Por más de un lustro, Lobo y sus compañeros, acorralados por la creciente civilización, han vencido a todos aquellos que han intentado terminar con ellos.
Los seres humanos somos curiosos. Desde que nacemos hasta que morimos experimentamos una gran amalgama de sentimientos que vienen dados por las circunstancias en las que vivimos, pero al final, vengamos de donde vengamos, seamos como seamos y pertenezcamos a la época que pertenezcamos, todos terminamos pasando antes o después por experiencias si no iguales, sí parecidas. Esto es algo que se ve muy bien cuando de fiesta trabas “amistad” con desconocidos y termináis contándoos vuestra vida… o en la literatura. Es increíble como en libros escritos con siglos de diferencia, puedes encontrar puntos y temas en común. Siempre se dice –y es verdad–, que los conflictos morales a los que se enfrentaban los personajes de las obras de Shakespeare (por poner un ejemplo) son conflictos a los que hoy en día, en pleno siglo XXI, también nos enfrentamos. Temas como el amor, la amistad, la vida, la muerte… o sentimientos como los celos, el miedo, la nostalgia… conciernen a personas de todas las épocas y regiones del mundo. Es curioso cómo, a pesar de todas las barreras que nos ponemos: estatus, raza, genero o cultura, todos nos volvemos iguales ante los obstáculos de la vida. Uno de esos temas que nos unen e igualan es la madurez y las expectativas incumplidas al llegar a la mediana edad. Cuando somos pequeños y tenemos toda las decisiones por tomar y toda una vida que vivir, nos imaginamos una existencia de película y creamos miles de planes y expectativas, sin embargo, tarde o temprano tenemos que bajar de las nubes y caer en el mundo real. El golpe puede ser más o menos fuerte, pero todos de algún modo nos enfrentamos a él. De esto trata El libro y la hermandad, de la escritora y filósofa irlandesa, Iris Murdoch.
Lo que me gusta de los mapas es que uno siempre se enfrenta a ellos con la idea de buscar algo. Un río, una equis roja, un poblado o a nosotros mismos. No sé bien cómo funciona el truco. Pero la cartografía y el rastreo siempre me han parecido tan inseparables como la navegación y la astronomía. Cuando estoy ante un mapa siento la imperiosa necesidad de no dejarlo de lado hasta que descubro algo que le otorgue un valor extra al trozo de terreno que representa. Por eso, saber de la existencia de este atlas literario que Impedimenta trajo a finales del año pasado ha sacado al investigador que hay en mí. Cada una de las piezas gráficas me ha devuelto la fe en mi capacidad de ver más allá de lo obvio. Si además tenemos en cuenta que estos mapas representan el recorrido físico y psicológico de obras indispensables de la literatura, el reto gana interés por momentos. Lectores y cartógrafos encuentran en