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El favor de la sirena, de Denis Johnson

El favor de la sirena

El favor de la sirenaLas obras póstumas, en su mayoría, suelen ser incompletas e irregulares. Si la muerte sorprende al autor de repente, lo más seguro es que no haya tenido tiempo para terminar, para corregir, para decantar. Si lo hace después de una larga enfermedad, cobarde eufemismo, resulta probable que haya estado más preocupado por su propia degeneración que por la conclusión de sus últimas líneas.
En ese sentido, El favor de la sirena es una bendita excepción. A Denis Johnson se lo llevó por delante el cáncer de hígado en mayo de 2017; a sus 67 años, dejó tras de sí una obra variada aunque siempre reconocible, marcada por un pasado turbulento de adicciones y caídas que a pesar de ello trasciende la figura del escritor maldito. No era sencillo estar a la altura en el momento final, y sin embargo la impresión que queda al pasar la última página de este libro es que lo consiguió.
Quizá tenga algo que ver en esa impresión que el último relato (“Doppelgänger, poltergeist”) me ha parecido el mejor de los cinco que lo componen, que no es decir poco, y una manera elegante de condensar las bases de su escritura en poco más de cuarenta páginas. En él, el profesor Harrington nos relata su extraña relación con uno de sus alumnos, el talentoso poeta Marcus Ahearn, quien se desliza a lo largo de los años por la pendiente de la locura a la que le lleva su obsesión por exhumar el cadáver de Elvis para poder comprobar que, en realidad, se trataba de su hermano gemelo. Obsesiones, adicciones, situaciones inverosímiles pero no del todo imposibles que Johnson logra empastar de manera creíble con la realidad más cruda; son las entrañas de estos cinco relatos, historias extensas, llenas de personajes memorables y con la suficiente carga narrativa como para quedarse resonando en nuestra cabeza un buen rato después de haberlas terminado. Como también ocurre con el que da nombre a la colección, “El favor de la sirena”, cuando el protagonista recibe la llamada telefónica de una de sus exmujeres, Ginny o Jenny, no entiende bien el nombre, y no es capaz de averiguarlo mientras ella le cuenta que tiene cáncer y va a morir pronto, y lo despide finalmente poco después sin que él termine de saber cuánto tiene que llorar ni a quién. El cuerpo, que nos traiciona, los fantasmas del pasado que vuelven a visitarnos, el amor que sirve como vehículo para interrogarnos por lo que hemos hecho bien, mal o regular.
Denis Johnson es perfectamente consciente de la inminencia de su muerte mientras escribe, mientras culmina este testamento literario, y no por ello se aprecian la urgencia y la desesperación. Quizá porque ya había alcanzado una paz absoluta con respecto a su legado sabiendo que había dejado para la posteridad dos obras monumentales: Hijo de Jesús (publicada en 1992, llevada al cine poco más tarde) y Árbol de humo. Se nota, quizá, en que todos los protagonistas de El favor de la sirena hablan como si sus mejores años hubieran pasado. Lo dice Cass al final de El Starlight de Idaho, “más de una vez me he despertado con un profesional de la medicina diciéndome: “Tendrías que estar muerto”. Es lo que va a poner en mi lápida”, y es la impresión general que transmite el libro al completo. Hay cosas que están muy cerca de no producirse, una canasta que entra fuera del tiempo reglamentario, una carta que llega a su destinatario cuando ya ha cambiado de casa. Será mejor que tengas tus asuntos en orden para cuando llegue esa hora. Mientras lo hace, los que te rodean van cayendo, y es justo que sus vidas también sean narradas como merecen.
Puede que no sea el mejor de los libros de Denis Johnson, pero El favor de la sirena es bueno, mejor que la media. Incluso diría que no es mal modo de empezar a leer a Johnson. Atrévanse, pues, a comenzar por el final. Porque nunca se sabe cuándo llegará el definitivo, y nunca es tarde para echarse un buen libro a la memoria.

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Réquiem por un sueño, de Hubert Selby Jr.

Réquiem por un sueño

Réquiem por un sueñoBienvenido de vuelta a los quince años. A los pasillos polvorientos de las bibliotecas públicas por el día, a los primeros canutos en el parque las noches de sábado. A las copias desportilladas de El almuerzo desnudo, de Los vagabundos del Dharma, a la extraña traducción del Aullido, al rarísimo Moksha de Huxley, descubierto en los ratos en los que nos negábamos a leer a Miguel Hernández. A las canciones de Nirvana en cintas de 90 mal traducidas sobre cuartillas de papel cuadriculado, a los anuncios del Plan Antidroga. Nunca supiste de qué iba aquello en verdad, eran tus hermanos mayores los que habían corrido delante de los yonquis, los que habían jugado entre las jeringuillas, y algún primo lejano el que se había enganchado con la mierda que se intuía de tarde en tarde en algún paseo por el barrio chino, desmantelado por la fiebre del ladrillo. No estabas allí, casi nadie estaba allí ya porque la mayoría yacían bajo tierra. Pero bueno, casi nadie puede decir que estuviera en el hundimiento del Titanic y a la gente le encanta leer historias sobre ello, ¿no?
Bienvenido al eslabón perdido entre la Generación Beat y la Generación X. Sin querer, o completamente a propósito, has llegado al fondo de la cueva, al meollo del relato, estás en presencia del penúltimo de los malditos escritores auténticos. Hubert Selby Jr. Un adicto, un enfermo crónico desde los veinte años, un despojo de la sociedad que no servía absolutamente para nada y sin embargo tenía talento para una única cosa. Pero vaya talento.
Réquiem por un sueño no es una historia más sobre drogadictos. Es la Biblia del tema contada por el mejor de los apóstoles. Azul casi transparente, bien, aunque se queda un poco corto. El almuerzo desnudo, vale, pero no hay Cristo que lo entienda. Réquiem te abre las puertas al universo de la adicción y te regala una visita guiada de la mano de Harry Goldfarb y su compinche Tyrone C Love. Dos auténticos perdedores en su camino hacia el desastre definitivo, trescientas iluminadas páginas de ansia y autodestrucción. Una patada en los cojones del sueño americano.
Seguramente ya habrás pasado página y estarás leyendo algún ruso muerto o a los modernos más esnob, pero si comienzas Réquiem recordarás que una vez leímos por rebeldía y que en el fondo la literatura siempre, y digo siempre, tendría que acercarnos a las yemas de los dedos aquello que no nos atrevemos ni siquiera a mirar de lejos. Y además tampoco te quedarás tan lejos de lo clásico. El trayecto de Harry y Tyrone en su plan por medrar en el narco y el retrato de las esquinas oscuras de Nueva York no son más que escenas del descenso a los infiernos de Dante; el patético intento de Sara Goldfarb, la madre de Harry, por adelgazar para salir en televisión, una reinterpretación del mito de Sísifo, y la inmolación de la bella Marion recuerda a todas las Ofelias que ha tenido la literatura.
Réquiem por un sueño resulta arrolladora de inicio y parece que va a derivar en una narración sin control. Pero se serena y mantiene una poderosa lógica interna, iluminada (que no cegada) por las escenas en las que casi todos los protagonistas se colocan. Provoca asco y repulsión, pero sobre todo frustración: los cuatro personajes principales no hacen más que tratar de sacar la cabeza del agua y siempre terminan con ella hundida unas cuantas páginas después. Como ocurre con la película de Aranofsky que inspiró una década después, y con su melliza Trainspotting, esta mirada a las profundidades del ser humano de Hubert Selby Jr. se mantiene con el paso de los años hipnótica y atrayente.
Y nunca es tarde para asomarse al abismo si queremos recordar de qué huíamos entonces.

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El don de la fiebre, de Mario Cuenca Sandoval

El don de la fiebre

El don de la fiebreSolo hay una decena de libros que no presto nunca. Son aquellos que cumplen una doble condición: que me hayan herido gravemente y que no pueda encontrar otra copia de ellos con facilidad en caso de pérdida. Uno de esos, quizá el más icónico de esta categoría, es El ladrón de morfina, de Mario Cuenca Sandoval, que en su día publicó la difunta 451. Su impacto me arrastró a conseguir los libros anteriores de Cuenca Sandoval, incluso Boxeo sobre hielo (a pesar de mi aversión a su editor), y que espere cada uno de los posteriores con una ilusión que ni en los mejores días de los Reyes Magos.
Así ha ocurrido con El don de la fiebre, su biografía novelada de Olivier Messiaen que ha publicado Seix Barral cuando ya asomaba la primavera, porque no podía ser de otro modo. ¿Que no les suena de nada el nombre de Messiaen? A mí tampoco me sonaba hace un mes, y más allá de que se nos debería caer la cara de vergüenza a los cinco (a los cuatro gatos que me leen y a mí), para disfrutar del libro no hace ninguna falta, y después de hacerlo habrán corregido este tropiezo histórico.
Olivier Messiaen se comió en vida el siglo XX entero, excepto dos mordiscos simétricos de ocho años por cada uno de sus lados. Dotado de una sensibilidad natural y extraordinaria para la música, fue un genio precoz en un momento magnífico para serlo, los años veinte. Inspirado por el canto de los pájaros y llevado en volandas por su fe cristiana, la obra de Messiaen se situó a la vanguardia de la música a pesar de partir de dos influencias tan clásicas y conservadoras. Su brillo se vio únicamente ensombrecido por la gran oscuridad del siglo, la guerra, y sufrió en un campo de concentración alemán después de haber sido apresado en el frente. Aunque precisamente allí, en el Stalag VIII-A, y con unos medios más que paupérrimos, compuso y estrenó su Quatuor pour la fin du temps, quizá la obra por la que es más recordado, tanto por la música en sí como por las condiciones en las que fue concebida. Tras su poco heroica liberación, su figura no dejó de crecer hasta convertirse en un autor reconocido y reclamado por las más altas instancias.
El retrato que realiza Cuenca Sandoval de todo ello es mucho más sensorial que académico, tratando de trasladar al papel la sensibilidad exacerbada de Messiaen y exprimiendo las posibilidades estilísticas de la música en el papel. Del mismo modo que el compositor preconizaba la ruptura del ritmo, el escritor no se ciñe al patrón cronológico, que solamente tiende una fina línea entre los extremos del libro que desaparece llevada por los recuerdos del protagonista. Y aunque permanece completamente centrado en él, quedan también marcadas en la memoria del lector las figuras de tres mujeres: su madre y sus dos esposas. Hipersensibles, con talento para el arte (la poesía en el caso materno, la música en los otros dos), su devenir está en el origen y en el desarrollo de la obra del genio, hasta tal punto que, por ejemplo, las mejores interpretaciones de su obra están grabadas en manos de Yvonne Loriod, la esposa que le sobrevive.
En definitiva, El don de la fiebre compone una biografía libre de un personaje no excesivamente conocido, alejada de la hagiografía, que no llega a nuestras manos gracias a ningún aniversario y que, por ese mismo motivo, conviene celebrar por sí misma. Más regular y por tanto menos sorprendente que Los hemisferios (su libro anterior), El don de la fiebre es ampulosa y contundente, como un postre riquísimo pero pesado que es mejor tomar en bocados pequeños, y que muchos no llegarán a terminar. Embriagadora pero exigente, contundente, rica. Extraordinaria, sin duda, una piedra más en el camino del particular culto que algunos profesamos a su autor y, al tiempo, un metro más del abismo que lo separa del resto.
Lean a Cuenca Sandoval, por favor. Si no les gusta da igual, pero es necesario que siga escribiendo. Háganlo por mí, que según me hago mayor cada vez espero menos cosas de la vida como espero la llegada de cada una de sus obras.

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La primera mano que sostuvo la mía, de Maggie O’Farrell

La primera mano que sostuvo la mía

La primera mano que sostuvo la míaAsí como la realidad supera a la ficción en ocasiones, muchas veces una buena ficción es la mejor manera de explicar la vida. Es lo que ocurre con la maternidad en La primera mano que sostuvo la mía, la última entrega que llega al castellano de Maggie O’Farrell, después del excelente sabor de boca que nos dejó con Tiene que ser aquí.
O’Farrell es una narradora con talento, capaz de desenvolverse en épocas diferentes con una particular maestría para desarrollar un estilo detallista, rico, que sin embargo no recarga el resultado final de sus novelas. La primera mano que sostuvo la mía progresa en dos frentes: el Londres de la década de los cincuenta y sesenta, en plena y burbujeante recuperación posterior a la segunda guerra mundial, y las mismas calles medio siglo más tarde, con una ciudad transformada en decorado y sus habitantes reducidos a meros figurantes del sistema de consumo. Y para dos ciudades, dos mujeres. Por un lado Lexie, que deja su Devon natal para establecerse en la capital con Innes Kent, mayor que ella, casado, entregado a una vida libérrima y radicalmente diferente a la que conocía la joven Lexie en el campo. Por otro, Elina, llegada de Finlandia y siempre fuera de lugar, una madre primeriza que se despierta por las noches pensando que no ha dado todavía a luz y recuerda vagamente que tuvo problemas durante el parto, pero no sabe bien por qué. Entre ellas unos cuantos hombres que las entienden menos que los lectores, siempre un paso por delante de la mano de la narradora, y algunos secretos que entretejen pasado y presente y terminan haciendo encajar las piezas narrativas de un puzle simple pero efectivo.
A mí, que nunca he sido madre y nunca lo seré (salvo que la ciencia me sorprenda) me ha acercado más a ello este libro que cualquier manual científico sobre el tema. No puedo caminar sobre los zapatos de Lexie y Elina pero he llegado a comprenderlas y a compartir algunos de sus problemas a lo largo de las páginas. He sentido angustia con su desazón y alegría con su gozo, he mirado a través de sus ojos y he podido vislumbrar un universo que me es completamente ajeno.
Además me he enamorado de Lexie, como no puede ser de otra manera. La joven que comienza acercándose a la verja de su casa en Devon, curiosa y pícara, termina comiéndose las páginas. Se convierte en un torbellino que pone Londres a sus pies y nos hace desear dar un tener una cita en un café del Soho con ella, teclear artículos en su máquina de escribir o perder las horas muertas de su mano en galerías de arte. En fin, desear que pasen las páginas del resto para volver a encontrarla, como diálogos superfluos en una obra de teatro que solo vamos a ver para escuchar hablar al protagonista.
Con todo el mérito que tiene construir un personaje con tanto gancho, también se puede considerar esto mismo como es uno de los puntos flacos del libro, dado que tiende a oscurecer a su contraparte. Elina se difumina con el paso de las páginas y termina siendo instrumental en su parte de la trama (no diré más por no desvelar ningún detalle). Es cierto que su pareja, Ted, pasa al primer plano, pero le falta fuerza y la resolución del misterio que los envuelve a todos resulta un tanto predecible.
Sin embargo, no creo que los lectores acudan al encuentro de Maggie O’Farrell esperando que les lleve a una montaña rusa de emociones, así que no es impedimento para disfrutar hasta el final de su prosa, cuidada pero ligera, y de su magnífica ambientación. Un notable alto, por tanto, para esta nueva-vieja novela (es de 2010), y que pasen las siguientes (por favor).

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La última noche de Ayrton Senna (suite 200), de Giorgio Terruzzi

La última noche de Ayrton Senna

La última noche de Ayrton SennaCuenta Giorgio Terruzzi que todos a los que pregunta sobre ello, periodistas, conocidos, pilotos, son capaces de recordar lo que estaban haciendo en el momento exacto en el que supieron de la muerte de Ayrton Senna. Yo también, lo reconozco, tengo una memoria concreta de aquel domingo de mayo, una de las más vívidas que conservo de mi adolescencia, y eso que ha transcurrido casi un cuarto de siglo.
Senna no ha pasado a la historia como el mejor piloto en cuanto a victorias o títulos mundiales. No lo es ahora, pero es que ni siquiera lo fue en vida. Prost, Schumacher y los actuales Hamilton y Vettel superan sus registros, aunque también es justo admitir que, sobre todo en el caso de los dos últimos, hablamos casi de un deporte distinto. Sin embargo, ninguno de ellos alcanza el carisma del paulista, su imagen de leyenda, ninguno ocupa su hueco en el imaginario popular. Por su carácter en la pista, por sus polémicas fuera, por su temprana muerte haciendo aquello que lo había llevado a la cumbre, Senna se alza por encima de cualquiera y será difícil que llegue alguien para bajarlo de ese trono en estos tiempos de héroes demasiado perfectos.
El recurso de Giorgio Terruzzi para contar su vida en La última noche de Ayrton Senna (suite 200) es clásico, y bebe del mismo subgénero que las historias de condenados a muerte que aprovechan sus últimas horas en la celda para expiar sus pecados. En ese sentido, nada nuevo, pero sí original en este contexto. Al principio resulta chocante: aparecemos en la habitación del Hotel Castello durante las horas previas al Gran Premio de San Marino de 1994 y contemplamos a un Senna reflexivo e inseguro que repasa su relación amorosa en presente con Adriane Galisteu, el amor-odio que siente por su familia y, solo de fondo, piensa en la muerte de Roland Ratzenberger, ocurrida unas horas antes en el mismo circuito en el que va a correr al día siguiente. Conforme pasan las páginas y las horas de esa última noche, Terruzzi se centra más en los hechos y un poco menos en la reflexión y el lector se familiariza con su voz y su cadencia. Tiene el buen gusto de narrar en tercera persona, sin caer en la trampa de hacer hablar a los muertos, y el texto (en la traducción de David Paradela López) discurre de manera solvente y poco recargada, algo de agradecer en unos tiempos en los que la crónica deportiva se ha convertido en uno de los subgéneros más dados al adorno y al adjetivo innecesario. La trayectoria de Senna queda finalmente cubierta sin lagunas, desde su comienzo en el karting hasta el mismo día de su muerte, pasando por los difíciles tiempos en las categorías inferiores británicas y la gloria de sus mejores años. Sin embargo, las descripciones de Terruzzi dan una mejor idea del carácter de Nelson Piquet o del entorno de Angra dos Reis, donde Senna tenía su retiro brasileño, que de cualquiera de los circuitos del mundial, y sus aventuras amorosas y otros problemas fuera del Gran Circo nos hacen descubrir un perfil de Ayrton alejado de sus grandes gestas.
Uno de los mayores inconvenientes de La última noche de Ayrton Senna (suite 200) es que puede caer en tierra de nadie. No es para no iniciados, eso seguro, y quienes busquen una biografía completa del mito, con fechas, datos y estadísticas, tampoco encontrarán en él un texto especialmente profuso ni ordenado. No obstante, los que tienen grabado en la memoria dónde estaban aquel uno de mayo y quizá acaban de caer en ello, sí podrán a través de él tirar el hilo de la memoria, hacer un recorrido sentimental imperfecto que les llevará a rebotar de nuevo entre nombres que creían perdidos como Xuxa, Gerhard Berger o Fernando Collor de Melo. Y con ello recordarán lo bueno que era Ayrton Senna y lo pronto que se marchó.

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Cómo llegamos a la final de Wembley, de J.L. Carr

Cómo llegamos a la final de Wembley

Cómo llegamos a la final de WembleyComienza esta novela con un pequeño hurto, o con un regalo. El del título. Porque el original en inglés destripaba la principal intriga del relato, pero, consciente o inconscientemente, su traducción no se parece en nada. Así que si quieren evitar la curiosidad de saber cómo le fue al Steeple Sinderby Wanderers en su temporada más memorable, no caigan en la tentación de mirar la página de créditos; yo no se lo voy a revelar, para que así puedan seguir leyendo esta reseña sin problemas.
Narrada a modo de informe por el secretario del club, el poco reconocido Joe Gidner, Cómo llegamos a la final de Wembley sigue la epopeya del imaginario Steeple Sinderby Wanderers durante su primera participación en la FA Cup, la competición copera por excelencia en el Reino Unido, una verdadera lucha por la supremacía futbolística de las Islas durante la década de los setenta. A diferencia de los equipos profesionales que va encontrando por el camino, el Wanderers no tiene un estadio permanente (juega en un prado), su vestuario es un vagón de tren abandonado y su entrenador, un húngaro director de colegio que no entiende nada de fútbol. Pero su plan es llegar lejos en el torneo, y para ello cualquier ayuda es buena, y así vemos desfilar por su once al párroco del pueblo, convertido en extremo, al lechero como guardameta y a un jugador estrella, ya retirado, al que el amor convence para regresar al campo. Por supuesto la novela va más allá de su desempeño en los terrenos de juego, y las desventuras personales del grupo de futbolistas amateur de este modesto club de las profundidades de Gran Bretaña conforman la verdadera esencia del relato.
En la mejor tradición del humor inglés, Cómo llegamos a la final de Wembley es una mirada ácida y acertada a un fútbol que ya no existe, a un país que quedó atrás y a una sociedad olvidada (la rural), en la que, cómo no, podemos reconocer la crítica a todo lo que ha llegado para sustituir esas tres cosas. En cada giro cómico es sencillo identificar un dardo que unas veces se dirige contra las consecuencias de la reconversión industrial, otras contra la prepotencia de la gran ciudad y en la mayoría da en la diana de lo peor del carácter británico, cotilla y aparente como pocos.
J.L. Carr, en la traducción que nos trae Tusquets, completa una historia dulce, muy llevadera, casi de literatura juvenil. No se complica demasiado con el lenguaje ni tiene grandes descripciones del juego, como, por ejemplo, sí que hacía Sergio Rodrigues en El regate. Esto convierte Cómo llegamos a la final de Wembley en plato de buen gusto para los nostálgicos de los campos de barro y los tacos de aluminio, o para los amantes de las gestas tipo David contra Goliat. Aporta unas cuantas claves poco reveladoras sobre cómo era el juego hace medio siglo, muchos toques costumbristas y alguna que otra sorpresa. Una vez empezada, me atrevo a decir que es imposible de dejar, y se termina en un suspiro (pasa por poco de las doscientas páginas). Así que, aunque no me haya parecido un gran clásico de la literatura deportiva, creo que ha sabido conservar con el tiempo su extravagante e hilarante esencia, y el rescate de Tusquets en año de Copa del Mundo hace que merezca la pena darle una oportunidad entre nuestras lecturas.

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Visión binocular, de Edith Pearlman

Visión binocular

Visión binocular

La irrupción de Edith Pearlman en el panorama del cuento estadounidense se asemeja al descubrimiento de una supernova. Recién pasados los ochenta años de edad, y tras varias décadas publicando relatos y ganando decenas de premios, hasta hace cerca de un lustro la presencia de esta escritora era inapreciable, al menos desde la galaxia de los lectores normales. De repente, una reacción en cadena provoca su gran estallido y en unos meses pasa al primer plano del firmamento de tal manera que, en la actualidad, parece que pocos permanecen al margen de su intenso brillo.
Visión binocular es la reunión de treinta y cuatro de sus mejores cuentos, que abarcan lo más importante de su creación. Contemporánea, por ejemplo, de John Updike o Alice Munro, nadie diría que median bastantes años entre algunos de los relatos de Pearlman, porque todos, casi sin excepción, tienen cierto aire de clásico atemporal que hace que el lector se sienta a gusto entre ellos, sin elementos incómodos de otra época ni planteamientos éticos desfasados. Esto explica sin duda que pueda estar de rabiosa actualidad con una obra escrita en gran parte en el siglo pasado, y de entrada es una victoria de la literatura sobre la inmediatez.
La prosa de Pearlman resulta elegante, delicada y meticulosa, rica en matices sin caer en la saturación. En sus relatos, de poco más de diez páginas de media, desarrolla al mismo tiempo la historia y el decorado, que se van complementando hasta formar una única imagen, un retrato compacto y sin fisuras. Una visión binocular, por tanto, algo que en los seres humanos es tan normal que la mayor parte del tiempo no somos conscientes de ello. En general huye de la anécdota, de los cuentos de foto fija, y también de los finales abruptos y vistosos. Algunos de ellos, en un ejercicio notable de elipsis, incluso relatan vidas enteras. Muchos personajes principales bordean las últimas horas de su existencia (en “Reliquia y modelo” o en el magnífico “Independencia”), así que la vejez aparece como tema recurrente, al igual que la familia, la religión o, quizá de manera más sorprendente, la multiculturalidad. Habla mucho Pearlman de los judíos y sus tradiciones, y también de cómo se engarzan con las culturas que los rodean (en ese sentido es un Philip Roth de bolsillo).
De esta manera, muchas de sus historias, independientes entre sí, se localizan en diversos puntos del globo, desde Japón hasta Jerusalén, aunque la mayor parte terminan teniendo alguna relación con Godolphin, un barrio residencial a las afueras de Boston. Su particular granja de hormigas, de donde Edith Pearlman escoge la mayor parte de las familias que retrata.
Hay que reconocer que tanta corrección, el párrafo medido, las palabras justas, pueden pasar factura a la hora de leerla. El hilo que une los relatos de Godolphin contribuye a ligar unos con otros, pero en último término el volumen se hace un poco largo y puede terminar siendo una lectura recurrente, en la que picotear en la sala de espera del médico o mientras esperamos a que nuestras magdalenas suban (o no), más que un libro que invite a zambullirse en él y a no sacar la cabeza hasta haberlo apurado por completo.
En cualquier caso hay que alabar a Anagrama, que publica este Visión binocular, y a Alianza, que ha editado recientemente Miel del desierto, quienes han tenido el telescopio más afilado y han podido vislumbrar a Edith Pearlman desde la tierra del castellano en primer lugar. Si no corre el destino de las supernovas, condenadas a extinguirse poco después de su explosión, una vez localizada en el firmamento podremos contemplarla tranquilamente junto a aquellas otras que ya teníamos cartografiadas.

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La belleza es una herida, de Eka Kurniawan

La belleza es una herida

La belleza es una heridaNo hay nada mejor que preguntar a los muertos para conocer el pasado con pelos y señales, y nadie como las prostitutas para contar una buena historia de amor. Podríamos escribirlo a la puerta de las iglesias y enfrente de los colegios, y al lado añadir que la belleza es una herida, y que cada uno interprete si gusta o duele o si quizá las dos cosas a la vez.
La novela más conocida de Eka Kurniawan, indonesio del 75, ha tardado quince años en llegar traducida al castellano. Nunca es tarde si la dicha es buena, o más vale tarde que nunca. Tan bello como trágico, su relato de casi un siglo de historia de su país, desde que ni siquiera aparecía en los mapas como tal, ha sido comparado con Cien años de soledad y La casa de los espíritus, ha sido trasladado a otra treintena de lenguas y me extrañaría que no terminase siendo una película, porque puede formar parte de cualquier género en la gran pantalla, desde un film bélico a una comedia romántica pasando por una de terror o, cómo no, un thriller.
Por ahora nos conformaremos con este medio millar de páginas que nos acercan una versión asiática del realismo mágico a través de las memorias de Dewi Ayu, una prostituta con cuya vuelta de entre los muertos se inicia la narración, y sus cuatro hijas. Una de ellas, la menor, es el ser más feo de la Creación, pero sus tres hermanastras son las mujeres más hermosas que ha contemplado la antigua ciudad de Halimunda en siglos. Rodeadas de codicia y monstruosidad, hijas ellas mismas del incesto y la violación, su belleza se convierte en el mejor pasaporte al sufrimiento en un lugar en el que todo se consigue con el ultraje. Primero serán los holandeses de la metrópoli, después los japoneses, luego los propios indonesios: de una manera u otra el ciclo de la violencia se verá perpetuado alrededor de Dewi Ayu y su estirpe durante décadas. Solo encontrarán consuelo, ellas y sus parejas, en el amor y en el sexo, pero cuanto más intensamente amen y follen, más dura será la caída cuando todo termine a manos de la siguiente revuelta.
Parte saga familiar, parte relato político, parte cuento de fantasmas, Kurniawan consigue integrar la tradición oral indonesia con el recuento de lo ocurrido en su país en una novela de altos vuelos que entretiene y al mismo tiempo nos enseña algunas cosas. Halimunda es inventada, sí, al igual que Macondo, pero la ocupación japonesa de la ciudad calca el desembarco en Borneo y la matanza de comunistas que termina con mil doscientos cadáveres en la ciudad es el genocidio de Suharto. Porque la Historia, así, con mayúsculas, a veces no sirve para explicar la historia, con minúsculas, y son necesarias novelas como esta para completar el relato. Que los muertos regresen de la tumba y los vivos tengan poderes mágicos y los perros se puedan casar con las mujeres solo sirve para hacer patente un hecho fundamental: lo que se recuerda es lo que se cuenta, y la verdad de hace años está tan lejos de la propia verdad como lo que inventamos para contarla.
Hay que echarle imaginación y hacer un ejercicio de suspensión de la incredulidad para poder disfrutar, bastante, de La belleza es una herida. Tiene humor, en ocasiones cruel, y una notable capacidad de sorprender a la vuelta de cada página. También trae consigo una dosis de violencia capaz de espantar a los más sensibles y, a ratos, puede provocar cierto desconcierto sobre el recorrido por el que quiere llevar al lector. Aquellos que una vez gozaron con García Márquez o Faulkner y se acaban de dar cuenta del tiempo que ha pasado desde la última vez que los leyeron, le sacarán jugo a Kurniawan. También los aventureros de sofá, los historiadores frustrados, los nietos de Marco Polo. Quizá su mayor problema sea que en ocasiones recuerda demasiado a otras obras que ya llegaron para quedarse en nuestro inconsciente colectivo; el tiempo dirá si se acerca a ellas como igual, como su equivalente regional o como poco más que una buena copia.

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El último apaga la luz, de Nicanor Parra

El último apaga la luz

El último apaga la luzEl último apaga la luz. O dicho de otra manera: ahí os quedáis que yo me voy. El título de la última obra de Nicanor Parra ha resultado ser absolutamente premonitorio: unos meses después de la publicación, el poeta chileno se ha marchado para no volver y nos ha dejado con la luz encendida. Una luz brillante y poderosa la suya, eso sí, encarnada en una obra que ilumina la noche poética como una antorcha infinita.

Pero que también quema, cuidado. Porque la premisa inicial siempre presente en la obra de Nicanor Parra es la revisión de todo lo anterior. Revisión, renovación y ruptura hasta el punto de hacer arder todo aquello inservible,  algo que queda claro desde su primera obra importante, Poemas y antipoemas, cuyo título le hizo cargar para siempre con el sambenito de “antipoeta”.

Afortunadamente, y al contrario de lo que les pasa a otros, a Parra no le pudo el calificativo fácil, y tuvo tiempo y fuerzas para extender su obra más allá de la anécdota. Sin llegar a convertirse en un “superventas” como Neruda, ni a saborear el Nobel como Gabriela Mistral (y el propio Neruda, sí), a Nicanor Parra le han llovido los reconocimientos oficiales y de la crítica en los últimos años. Premio Nacional de Literatura en Chile y Premio Cervantes en España, con él se va el último de los grandes poetas chilenos nacidos antes de la segunda mitad del siglo XX.

El último apaga la luz, publicado por Lumen (no podía ser de otra manera) alterna algunos de sus libros imprescindibles tal cual los publicó (Poemas y antipoemas y Hojas de Parra, por ejemplo) con otras obras dispersas, seccionadas o recopilaciones de poemas sueltos. La explicación a esta selección se da en una decena de párrafos al final del volumen, así que los puntillosos echarán en falta una justificación más extensa y quizá un aparato crítico o una introducción que aporte claves sobre la obra y su autor. Tampoco creo que sea absolutamente necesario. Para lo segundo no hacen falta muchas guías, si por algo se caracteriza Nicanor Parra es por ser un poeta de lectura agradable, sin demasiados escondites, que puede disfrutar cualquiera. Y para quien tenga interés en el resto de su obra, extensa como corresponde a alguien cuya producción literaria abarca siete décadas, ya están las “Obras completas & algo +”, en dos tomos, que el propio autor supervisó hace unos años.

En cualquier caso, la modernidad, necesidad y lucidez de Nicanor Parra se hacen patentes por todo el libro. Maestro del absurdo, es uno de los pocos poetas mayores que incluye con destreza el humor en sus poemas. También la muerte, con un toque único para mezclar ambos. No faltan además la religión, la relación hombre-mujer y su particular visión del mundillo literario, perfectamente documentada en sus Discursos de sobremesa. Un poeta original pero no estridente, siempre pendiente del tú en el poema, tan interrogativo como reflexivo. Imprescindible para desbordar los límites de las páginas y tirar abajo los muros de las bibliotecas.

El último apaga la luz ha sido la obra final, pero bien puede servir de comienzo para todos aquellos que deseen acercarse a Nicanor Parra. Y para quienes quieran continuar más allá, el chileno dejó escrita obra como para que no tengamos que pedirle que resucite y nos escriba más. Además, como escribió en El anti-Lázaro: “Muerto no te levantes de la tumba/ qué ganarías con resucitar/ una hazaña… y después… la rutina de siempre”.

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Tránsito, de Rachel Cusk

Tránsito

TránsitoTodo se renueva, evoluciona, se transforma, no hay nada que no sea susceptible de mutar. Nuestra existencia está plagada de cambios, y de hecho hay temporadas enteras durante las cuales, como si habitáramos el ojo de un ciclón, el universo entero da vueltas a nuestro alrededor y no tenemos claro cuánto se va a parecer lo que resulte de la caída de nuevo al suelo de los objetos a lo que era nuestra vida hasta entonces.
Faye acaba de comprar una casa en un barrio de Londres donde, por lo general, no podría permitirse vivir. La casa, a cambio, necesita una renovación profunda, de la que no está muy segura de salir con éxito. La tortuosa reforma se convierte en una analogía perfecta de su situación personal: separada recientemente, dos hijos, un trabajo (escribir) que nunca da la seguridad suficiente para plantearse la vida más allá de los años más cercanos y de vuelta en la gran ciudad después de una década viviendo en el campo, no tiene alrededor precisamente muchos asideros.
El tiempo que abarca Tránsito lo pasa Faye entre citas con amigos, contratistas, conocidos y las clases de escritura creativa que imparte, inmersa en escenas muy del estilo de “Las invasiones bárbaras” solo interrumpidas por las llamadas telefónicas de sus hijos y las intervenciones de sus vecinos para hacerle la vida imposible. En ningún momento desentraña el sentido de su vida ni soluciona casi ninguna de sus dudas, así que visto en perspectiva lo que tenemos finalmente es polvo en suspensión, ruido y caos.
Sin embargo, esta mezcla no arroja como resultado una obra entrópica. Al igual que ocurría en A contraluz, su antecesora, Tránsito es una novela ordenada, reposada y tranquila que además no da la impresión de hacerse larga o tediosa. Los capítulos están más compartimentados y quitando el par de capas que constituyen las obras de la casa y sus hijos, el resto de historias que construye Rachel Cusk son efímeras y no vuelven a aparecer en momentos posteriores al que les corresponde. También como ocurría en la anterior, aprendemos sobre la protagonista en boca de otros, a través de las descripciones y de las preguntas de quienes la rodean. Esta manera elegante de narrar ya no sorprende si se ha leído a Cusk anteriormente, pero no deja de tener un mérito extraordinario. La protagonista escucha y pregunta, y a través de su curiosidad aparecen en el texto grandes temas como la soledad, la pugna entre la libertad individual y el compromiso de pareja, el cambio, cómo no, y la manera que tenemos de enfrentarnos a él. Temas capitales y otros más livianos, la vivienda en la gran ciudad, por ejemplo, porque la realidad tiene estas cosas, que mezcla cal y arena sin que podamos evitarlo, y porque ser intenso mucho tiempo resulta tan cansado como aburrido.
Aquellos que ya estén enamorados de esta autora no encontrarán argumentos para romper con ella después de leer Tránsito. También la disfrutarán los más aficionados a escuchar, los que aprecian que cualquiera les cuente su historia, los empáticos, como ahora está de moda decir. Para mí es una nueva obra redonda de Rachel Cusk, dos de dos, y mención especial otra vez a la traducción de Marta Alcaraz, que, sin haberla comparado con el original, me parece perfecta. Tengo la impresión de que el estilo preciso y detallista del que hace gala el texto no es solo mérito de la autora original, y merece la pena comentarlo.
Después de sus dos primeras entregas queda una tercera, Kudos, que tendría que aparecer en 2018. Las ganas de que llegue, por supuesto, continúan intactas tras recorrer Tránsito.

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Saltar en los charcos, de Ariel Herz

Saltar en los charcos

Saltar en los charcos

Seguramente Álex se me haya colado alguna vez en la interminable fila del Carrefour de Lavapiés, habremos estado codo con codo en la barra del Traveling y el camarero le habrá servido primero, quién sabe si me habrá quitado la última mesa en la enésima terraza de moda para ponerse a divagar con su última cita de una noche. Así que puede que la haya odiado durante un segundo entonces, pero después leer su novela me resulta imposible no tenerle un puntito de cariño.
Álex es Ariel Herz, o viceversa. Una ilustradora recién salida de una relación fracasada, con un empleo precario, y ya es decir mucho, que se aventura en Tinder con una mezcla de curiosidad, escepticismo y buen humor. Autora y protagonista se confunden en esta comedia anti-romántica sobre el amor exprés y los traqueteos de la vida en la frontera entre los veinte y los treinta, o incluso un poco más allá. Saltar en los charcos es su recuento, promete que fiel, de la experiencia. Un auténtico bestiario por el que pasean hombres de distintas razas, nacionalidades, modos de vida y, sobre todo, maneras de ser y de comportarse en pareja. No todos son amantes, también hay amigos y confidentes. Tampoco duran lo mismo, los hay que no pasan de los cinco minutos y otros que se quedan, haciendo hincapié, herida y cicatriz, lo que dura la novela entera.
Podría definirse Saltar en los charcos, además, como el libro que uno siempre dice que escribirá… pero nunca lo hace. La fantástica idea detrás de la penúltima, el latigazo de inspiración que surge en la ducha después de que tu enésimo ligue se haya largado para no volver. Por qué no contarlo, pensamos, esto da para una novela o, qué demonios, para una trilogía. Luego somos incapaces de hacerlo a la mañana siguiente, con la resaca bajo los párpados o se nos olvida a la salida de la ducha, cuando, ya secos, descubrimos que se ha perdido por el desagüe el gran comienzo que se nos había ocurrido al entrar. Esa idea de algo familiar, vivido, impregna las páginas de esta novela (bueno, excepto cuando la protagonista viaja, que ahí nos asalta la envidia cochina) y no dejamos de sentir las aventuras de Álex como propias de alguna manera.
Con un estilo limpio, correcto, al texto le sobran un par de escenas y quizá le falta un punto de oficio. Funciona bien como colección de retratos, engancha por momentos, hace reír, tener lástima y sentir vergüenza ajena pero en ciertos momentos se echa de menos un mejor manejo de la tensión narrativa. La relación obsesiva y tóxica que planea sobre todo el libro puede terminar asfixiando hasta a los lectores, y la repetición de la misma escena una y otra vez, con toda la sinceridad que conlleva, no le hace ningún favor al ritmo de la trama.
Aun así, la de Ariel Herz resulta una mirada entretenida, con cierta acidez pero sin mucha mala leche, al Madrid de los bares, cafés y demás escenarios de nuestro fast love. Aquellas que hayan vivido en esta santa ciudad una época en Tinder asentirán con cada página, e incluso lo mismo reconocen a alguno de sus ligues. A los que estamos del otro lado bien nos podría servir como guía para nuestros futuros encuentros, porque Álex llena las líneas de consejos también para los hombres, todos bastante razonables (los consejos, no los chicos). Por último, la banda sonora que acompaña al libro, vía playlist de Spotify, acompaña bien y sirve para algún que otro descubrimiento y muchos rescates.
En resumen, para los que estén un poco cansados de historias de amor que nos trasladan a la India o a la Patagonia, para aquellos que quieran aprender algo sobre sí mismos y entretenerse cotilleando lo que hace la vecina del tercero, sí, esa que ya nos hemos encontrado en el portal con varios hombres distintos, Ariel Herz y esta novela dan la talla.
O al menos hacen reír en el intento, que ya me parece bastante.

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La mirada de los peces, de Sergio del Molino

La mirada de los peces

La mirada de los pecesMás o menos en la época en la que Sergio del Molino terminaba su adolescencia, Ray Loriga escribía en “Tokio ya no nos quiere” aquello de que “la memoria es el perro más estúpido, le lanzas un palo y te trae cualquier cosa”. No creo que Sergio lo leyera en aquel momento, porque las referencias que cita se encuentran bastante alejadas de Loriga, pero si lo hizo podríamos pensar que en La mirada de los peces pasa el tiempo tratando de llevarle la contraria al Ray de finales del siglo pasado, el tiempo al que salta y del que salta La mirada de los peces. Este último y muy esperado libro, después de La España vacía y La hora violeta, llega cargado de memoria precisamente. Pero una memoria ordenada y obediente, una memoria que va al grano, concisa y relevante. La mirada de los peces revisa su propia adolescencia (y la de muchos entre los treinta y los cuarenta) a partir de un acontecimiento singular y actual: uno de sus profesores de aquella época, Antonio Aramayona, se pone en contacto con él para anunciarle que ha decidido suicidarse y para pedirle ayuda durante los preparativos. Aramayona no es un profesor cualquiera, es un revolucionario, el reivindicativo docente carne de inspección educativa, como lo define muchas veces el autor, empeñado en hacer a los alumnos pensar, más que memorizar. Alguien que, además, en sus últimos años se convierte en un símbolo de la lucha contra los recortes educativos, a pesar de tener graves problemas de salud.

Su petición devuelve a Sergio del Molino a su barrio y a su instituto, convertido en una especie de gloria local, el alumno que ha triunfado con la literatura donde nadie saca la cabeza más que para volver a meterla bajo los escombros. Entre el ruido que rodea el suicidio planeado de Aramayona, el autor no se recrea en tratar de mostrar cómo ha llegado de un punto a otro, sino que regresa directamente a la raíz para poner la lupa sobre ella y hacer una instantánea muy acertada de la adolescencia pretendidamente rebelde de los noventa. La que no hacía más que pelearse con sus padres y ahora solo ansía gozar de la misma vida que tenían ellos, la de los conciertos y las drogas blandas como mayor elemento subversivo. Esta zambullida en el recuerdo se arropa con varios temas de calado que ocupan las páginas del libro: cómo ser sinceros con nuestra propia memoria o cómo nos enfrentamos a nuestras convicciones cuando son puestas a prueba de verdad, al límite.

Así como en La hora violeta conseguía mantener un equilibrio dificilísimo que le impedía caer en la sensiblería y la lágrima fácil, en La mirada de los peces  vuelve a demostrar Sergio del Molino que lo suyo es caminar en el alambre sin caer al vacío, y en este caso no se deja arrastrar hacia un texto nostálgico y ñoño. De nuevo a medio camino entre la autoficción y el reportaje, hay que reconocer que tiene una habilidad singular para que lo que le ocurre, que nunca ponemos en duda como lectores, se convierta en una materia narrativa de primera clase. Otro de los puntos a su favor es que la mirada hacia el profesor está llena de aristas, contradicciones y puntos negros, alejado, como él mismo dice, del mar de hagiografías que rodea su muerte.

Entre el presente de Aramayona y el pasado del autor, el texto salta hacia delante y hacia atrás continuamente. No cae en el desorden, pero sí pierde cierta tensión narrativa que sí conseguía en La hora violeta, donde a pesar de que el final era conocido se tensaba la cuerda continuamente mientras se avanzaba. Por tanto, aunque su prosa sigue siendo excelente y se pasan las páginas con gusto, entra cierto hastío hacia la mitad del libro, cierta sensación de que casi todo lo importante ha quedado ya dicho, que los temas importantes del libro han quedado establecidos y lo que resta es una reflexión interesante pero ninguna sorpresa.

Más allá de esto último se puede afirmar que Sergio del Molino mantiene el rumbo que llevaba pero no se hace repetitivo. Lejos del diez, La mirada de los peces queda como el típico examen con buena nota que ya esperábamos de un alumno de sobresaliente.

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