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El Hombre Invisible, de H. G. Wells

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el hombre invisibleNo empecé con buen pie con H. G. Wells. Escogí La guerra de los mundos y creo que me equivoqué, ya que, desde mi punto de vista, es un clásico que ha envejecido mal. Eso no es culpa del libro en sí, claro, sino que en esta ocasión, los progresos tecnológicos del mundo real han superado con creces a los que se presentaban en esa historia, por lo que no conseguí que me impresionara. Más bien, me resultó una batalla un tanto ridícula. Supongo que la habrán actualizado en las versiones cinematográficas que se han hecho, pero como la obra original de H. G. Wells me dejó mal sabor de boca, no lo he comprobado. No obstante, sí le di una segunda oportunidad literaria… Más o menos. Mi nuevo acercamiento fue a través de la versión en formato cómic que Carlos Giménez hizo de La máquina del tiempo. Y me sorprendió gratamente la inventiva de H. G. Wells. Así que he dejado atrás todos mis recelos y he regresado a su obra original. El título escogido ha sido El Hombre Invisible, en la magnífica edición que Libros del Zorro Rojo acaba de publicar, con ilustraciones de Luis Scafati.

Qué duda cabe de que el don de la invisibilidad está muy presente en la literatura y en el cine, pero no debemos olvidar que fue El Hombre Invisible de H. G. Wells, publicado por primera vez en 1897, el primer libro en plasmar este deseo del ser humano. Solo por eso, el autor ya tiene todo mi reconocimiento, pero no es lo único que me sorprende de esta obra.

Está claro que esta novela de H. G. Wells no adolece de lo que yo le echo en cara a La guerra de los mundos, ya que el avance científico que plantea todavía no ha sido alcanzado, si es que es posible algún día. H. G. Wells planteó de forma creíble qué pasaría si alguien pudiera hacerse invisible y actuar con impunidad, aparándose en el total anonimato, y además abordó las consecuencias de la invisibilidad con profundidad, plasmando los pros y los contras de este poder. Ya se sabe que hay que tener cuidado con lo que uno desea, porque lo que en teoría parece maravilloso, en la práctica puede resultar una pesadilla. Pero no solo eso, el protagonista, el científico que se transforma en el Hombre Invisible, también me parece rompedor: comienza siendo un personaje enigmático para acabar convirtiéndose en el villano de la historia. Y es tan odioso que los lectores deseamos que lo atrapen de una vez.

Aunque, bien mirado, ¿quién no se endiosaría con un poder así? ¿Habría alguien capaz de usar la invisibilidad  a favor del bienestar social y no solo en el suyo propio? Porque tenemos que reconocer que, cuando cualquiera de nosotros fantaseamos con esa posibilidad —y todos lo hemos hecho—, no se nos ocurre nada bueno.

Quizá sea una suerte que la ciencia no haya cumplido esta fantasía de H. G. Wells. El debate moral sobre los usos de la ciencia que puso sobre la mesa en El Hombre Invisible sigue abierto y más vivo que nunca, pues la ciencia alcanza metas cada vez más insospechadas. Eso hace que la lectura, y la reflexión, de este clásico sea imprescindible. Si esta historia de ciencia ficción llega a ser una realidad, nos conviene estar preparados.

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Cuentos españoles del siglo XIX, edición de Juan Carlos Fernández Serrato

Cuentos españoles del siglo XIX

Cuentos españoles del siglo XIXYo traía el amor por la literatura de serie, pero si hubiera sido por el colegio o el instituto, se me hubiesen quitado todas las ganas de leer. Libros de texto de solo teoría, una lectura obligatoria por trimestre y poco más. ¿Qué quedaba de todo eso al final de curso? Algún nombre memorizado, algún concepto vagamente familiar y después, el olvido, cuando no el odio más acérrimo por ciertos escritores que nos metían con calzador (Azorín, estoy pensando en ti).

Comprendo que es difícil explicar la historia de la literatura, aunque nos ciñamos a un solo siglo. Pero unos cuantos escritores, obras y fechas dichos de corrido y sin establecer relaciones entre ellos no es el método más indicado, eso seguro. Ojalá hubiera tenido yo de lectura obligatoria libros como Cuentos españoles del siglo XIX y un profesor capaz de salirse del guion para transmitir el amor por las letras.

En Cuentos españoles del siglo XIX, Juan Carlos Fernández Serrato ha seleccionado quince cuentos para hacer un recorrido por las diversas estéticas que se dieron lugar en la literatura española del siglo XIX. Desde artículos de costumbres, pasando por las leyendas con ecos del romanticismo hasta llegar a las primeras muestras del modernismo, esta edición es una forma didáctica de ver y comprender la transformación la literatura española a lo largo de esa centuria. No podía faltar la introducción teórica inicial, en la que se explican los principales acontecimientos políticos y económicos de la época, así como las ideas filosóficas y literarias más representativas, que si bien no es la parte más amena del libro, está relatada con la suficiente claridad y concisión para cumplir su papel de contextualizar todos los cuentos que vendrán después. Fernández Serrato tampoco se olvida de hacer un breve resumen de qué se considera cuento y de la evolución que tuvo este género durante el siglo que nos ocupa. Y a partir de ahí, los relatos escogidos, escritos por los autores más relevantes de la época.

«El café», de Mariano José de Larra, en el que describen a los típicos parroquianos de un café de entonces, aunque bien podrían ser los de un bar actual, por sus discusiones fanáticas sobre política y sus continuas muestras de desprecio hacia cultura y el trabajo.

«El pastor clasiquino», el ejercicio literario de José de Espronceda para criticar a los poetas neoclásicos pasados de moda.

«Pulpete y Balbeja», de Serafín Estébanez Calderón, una divertida historia sobre un duelo de honor, donde lo que menos importa es quién gane y lo que más, reflejar fielmente el lenguaje popular andaluz y la jerga de los delincuentes.

«La cruz del diablo», de Gustavo Adolfo Bécquer, en el que el famoso escritor sevillano muestra su madurez literaria dejando atrás la mera recreación de folclore. Así logra un cuento más redondo en todos sus aspectos artísticos.

«La hija del sol», de Cecilia Böhl de Faber (aunque en sus tiempos firmara como Fernán Caballero), en el que cuenta un suceso real con intención moralizante.

«La mujer alta», de Pedro Antonio de Alarcón, considerado por muchos críticos uno de los mejores cuentos de terror españoles.

«La leva», de José María de Pereda, en el que queda plasmado con sumo detalle la forma de comportarse y de vivir de las clases populares del siglo XIX.

Una ración doble del gran Leopoldo Alas Clarín: por un lado, «¡Adiós, Cordera!, un entrañable cuento que representa el choque entre la civilización y el mundo rural; y por otro, «La rosa de oro», narrado en forma de leyenda, aunque sin elementos fantásticos, en la que critica la religión.

Y también la representación de Emilia Pardo Bazán a través de dos relatos muy distintos: «En tranvía», donde muestra el trato hipócrita de los burgueses con los pobres, y «El contador», en el que deja patente su visión moderna de la sociedad y las relaciones.

«¿Dónde está mi cabeza?», en el que el máximo exponente del realismo español, Benito Pérez Galdós,  hace sus pinitos en la fantasía con un relato original y divertido en el que se burla del positivismo científico mostrando cómo la lógica racional puede convertirse en locura.

«El maestro Raimundico», de Juan Valera, que recuerda a «Pulpete y Balbeja», y con el que el autor solo pretende entretener, pues defendía que la literatura no siempre tiene que defender tesis sociales o morales.

«Golpe doble», de Vicente Blasco Ibáñez, donde este escritor valenciano vuelve a recrear la huerta y los abusos de poder.

Y cierra la antología «La niña Chole», de Ramón María del Valle-Inclán, que por estructura parece una novela corta y que reúne las características innovadoras que desembocarían en la literatura modernista de principios del siglo XX.

Cuentos españoles del siglo XIX es, por tanto, una acertada selección de relatos para comprender la evolución de la literatura en España durante el siglo XIX. Pero también es un retrato costumbrista de nuestro país, por las descripciones detalladas sobre vestimentas, comportamientos, relaciones y formas de hablar. Y por si esto fuera poco, nos recuerda el dominio de la lengua y la rica cultura que poseían los escritores de esa época, y que al menos yo echo en falta más de una vez en la literatura actual. Por todo eso, os animo a leer Cuentos españoles del siglo XIX, aun si habéis dejado atrás la época estudiantil. Es una forma de hacer las paces con los clásicos, aquellos que los tengáis atragantados desde entonces. O de volver a disfrutar de ellos si, como yo, apreciáis su enorme legado.

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La reliquia, de Eça de Queirós

La reliquia

La reliquiaHay libros que siempre recordamos con cariño. Para mí, uno de ellos es El crimen del padre Amaro, la obra con la que descubrí al escritor portugués Eça de Queirós. La leí durante un viaje en tren y la historia enseguida me atrapó. Porque a mí me gusta leer —es evidente, ¿no?—, pero con la mayoría de libros, después de unas decenas de páginas, me apetece hacer otra cosa. Sin embargo, con aquel no podía parar de leer. No quería que el tren llegara aún a su destino. No quería que esa historia llegara a su desenlace. Así que si todavía no habéis leído El crimen del padre Amaro, os lo recomiendo encarecidamente, de verdad. Que su pésima adaptación cinematográfica —solo he visto el tráiler, pero con eso me basta para saberlo— no os haga descartar el libro.

De aquella lectura hará unos tres años y tenía ganas de volver a disfrutar de la prosa de Eça de Queirós. Y me ha surgido la oportunidad con la reciente publicación de La reliquia, de la mano de la editorial Akal, en su colección Clásicos de la Literatura.

La reliquia, publicada por primera vez en 1887, narra una historia diferente a la de El crimen del padre Amaro, pero el trasfondo de ambas es el mismo: una crítica irónica a la obsesión por la religión y a la hipocresía de aquella época. En el caso del libro que nos ocupa, La reliquia, el protagonista es Teodorico Rasposo, que nos cuenta su vida junto a su tía materna, doña Patrocínio das Neves: puritana, beata y adinerada. Aunque Teodorico se esmera en aparentar que es un hombre devoto y casto para seguir disfrutando del peculio de su tiíta, lo cierto es que le pierde la lujuria y el alcohol de las tabernas. Pero para que su futura herencia no peligre, se ve obligado a viajar a Oriente, en busca de una reliquia que provea a su tía de una larga vejez sin enfermedades ni dolores. Ni que decir tiene que eso no será lo único que haga en su travesía y que la colección de reliquias que atesore solo sumará una farsa más a su vida.

La presente edición de La reliquia incluye una extensa introducción que analiza la obra y la trayectoria de Eça de Queirós dentro del contexto literario y social de su siglo. Pero recomiendo leerla al finalizar la lectura por dos motivos. El primero, porque desvela demasiado sobre la trama. Y el segundo, porque el pormenorizado análisis seguro que enriquece la visión que cada uno de nosotros hayamos extraído de la lectura.

A veces, los lectores no nos planteamos nada que vaya más allá de la historia leída, pero, en clásicos como este, las introducciones resultan indispensables para tomar conciencia de lo una determinada obra supuso en el momento en el que fue escrita. En este caso, La reliquia es una muestra de cómo Eça de Queirós se unió al orientalismo que predominaba en la cultura europea del siglo XIX. Al trasladar a su protagonista a ese escenario, recreó un Oriente que contribuyó al imaginario que Europa se formó sobre aquellas tierras. Además, aunque la obra se enmarca en el realismo-naturalismo que predominaba en la literatura del siglo XIX, Eça de Queirós introdujo un capítulo de fantasía, en el que Teodorico viaja en el tiempo para ser testigo de la Pasión de Cristo. Una muestra de cómo el escritor exploró los límites literarios y abrió camino a muchos otros. De ahí que sea uno de los autores referente del siglo XIX.

Si bien La reliquia no me ha cautivado tanto como El crimen del padre Amaro, ha sido un placer leer otra afilada sátira de Eça de Queirós. Pocos han sabido poner en evidencia como él las contradicciones, sombras e hipocresías de su sociedad. Seguro que repetiré.

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Crimen en la posada “Arca de Noé”, de Molly Thynne

Crimen en la posada Arca de Noé

Crimen en la posada Arca de NoéCreo que en el mundo existen dos tipos de novelas de misterio. Las que han sido creadas únicamente para ser comercializadas, que normalmente no profundizan en sus personajes y cuyo desenlace final no tiene sentido alguno. Esas que dejan decenas de cabos sueltos sin resolver. Y aquellas que se centran en sus personajes, en una trama repleta de giros sorprendentes para el lector y en una ambientación que completa la novela y te deja con ganas de más. Sin ninguna duda, Crimen en la posada “Arca de Noé” forma parte de este segundo grupo.

Y es que desde el principio me di cuenta de que esta era una novela que iba a disfrutar. No solo por el misterio que rodea a la autora, una autora injustamente olvidada en la Literatura que ha sido comparada con Agatha Christie, una de mis autoras favoritas. Personalmente, no la conocía y me ha encantado tener la oportunidad de poder leer una de sus obras. Pero también me llamó mucho la atención por la época en la que está ambientada, entre los años 20 y los años 30, la denominada Golden Age, de la que no puedo estar más obsesionada…

Pero vayamos a la trama. Un grupo de personajes que viajan a un lugar de vacaciones en la época navideña, se encuentra con un temporal de nieve que les impide continuar y se ven obligados a instalarse en el “Arca de Noé”, una posada no demasiado lujosa en la que deberán compartir estancia y en la que presenciarán un asesinato en el que todos ellos parecerán culpables. ¿O simplemente víctimas?

Si os gustó Asesinato en el Orient Express, estoy segura de que esta novela os va a encantar. Son muchas las similitudes que he encontrado con la novela más famosa de Christie. Molly Thynne también presenta a muchos personajes en esta obra, bastante diferentes entre sí, y los “encierra” en un espacio cerrado del que no pueden salir a causa de la nieve y mientras se desarrolla toda la acción principal: en ambos casos, un crimen. Y también consigue que todos y cada uno de ellos represente un papel de importancia dentro de la historia y que el lector sospeche de todos desde el principio. Al menos, a mí logró mantenerme totalmente en vilo a lo largo de sus casi 300 páginas y comiéndome las uñas hasta la resolución final.

Algo bastante difícil de conseguir, ya que los giros argumentales que acompañan a la trama desde el primer capítulo te confunden cada vez más a medida que vas leyendo. Y hace que no puedas parar de leer, también por su pluma ágil y sencilla, repleta de diálogos. Porque Crimen en la posada “Arca de Noé” es una novela que se lee de una sentada y no la catalogaría como compleja en su prosa, pero sí que la consideraría compleja si tenemos en cuenta la construcción y la profundización en cada uno de los personajes y en el desarrollo de la trama. En las pistas que deja la autora y que, en mi caso, no percibí hasta el final. Hasta que te das cuenta de que serías una detective de pacotilla…

Me gustaría dar las gracias a la editorial dÉpoca por editar a autores y autoras injustamente desconocidos y desconocidas. Es un placer leer vuestras cuidadas ediciones, acompañadas de preciosas ilustraciones repletas de detalles que enriquecen cada minuto de lectura. Personalmente, soy una apasionada de la literatura de época, especialmente la de misterio, y creo que hacen falta en este momento más novelas como esta, de las que estás segura que no te van a defraudar y que te sorprenden por su gran calidad y todo el amor que se ve que han puesto en ellas.

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Orlando, de Virginia Woolf

Orlando

OrlandoSi por algo destaca Virginia Woolf en la Literatura, y justamente es uno de los motivos por los que ha pasado a la historia, es por su increíble valentía a la hora de plasmar la libertad que debería ser inherente a todo ser humano, especialmente a la mujer, en pleno siglo XIX y principios del XX. Y este es precisamente uno de los grandes temas que he encontrado en Orlando, el eje sobre el que gira toda la trama y uno de los motivos por los que me alegro de haberme adentrado en esta lectura.

Pero, ¿quién es realmente Orlando? Por un lado, es un noble inocente y tremendamente educado, favorecido por la reina de Inglaterra, que desea enamorarse y vivir. Pero, por otro, es simplemente un joven apasionado de la escritura, que siente que la corte no es su sitio y que quizás no es tan feliz como pensaba. Es increíble cómo la autora va plasmando en el libro estas dos partes tan diferenciadas de Orlando y cómo consigue que se aúnen en una misma persona para que el lector empatice con ella desde el principio. Al menos, conmigo lo ha logrado de tal forma que al final también me enamoré del personaje, al igual que la misma autora.

Porque este interesante protagonista hace que te mantengas pegado a las páginas de este libro hasta descubrir todos los misterios que esconde, sin importar su sexo. Porque este es otro de los grandes temas sobre los que reflexiona Orlando, la libertad del hombre y la mujer a la hora de elegir su sexo y mostrar su verdadera personalidad. Y esto, personalmente, me ha encantado y me ha parecido tremendamente transgresor para la época en la que escribía Virginia. Y me hace admirarla aún más.

Pero no solo por los grandes temas que esconde la novela, que buscan hacer reflexionar al lector y plantearse ciertas cuestiones, que a día de hoy todavía se continúan debatiendo en la sociedad, sino por su brillante pluma. Las descripciones de esta autora son impresionantes. Además de la gran atención que muestra a todos los detalles, llevándonos hasta el lugar en el que desea que nos encontramos y sintiendo todas las emociones que quiere que sintamos, destaca su gran sutileza y el toque romántico con el que está escrita toda la novela. Da igual las páginas que tenga, que consigue que la leas con una sonrisa y aumente tu amor por la literatura. Tengo que admitir que este toque característico en sus libros, ese punto original, que la hace diferente, es una de las cosas que más me maravillan de ella.

Pero, enfocándonos especialmente en esta novela, Orlando desprende alma y personalidad. Y es que refleja, personificada en la figura de su protagonista, una mujer a la que amó Woolf en su vida real. Y la sutileza, la ternura y el cariño con el que describe a este personaje a lo largo de todo el libro, me ha parecido tremendamente brillante y real, quizás precisamente por ese motivo. Y ahí es donde demuestra, además, su enorme valentía a la hora de escribir, sus ganas de mostrar que el amor, a veces, puede con todo. Tanto en la literatura como en la vida real. Y por eso esta es una de sus novelas más optimistas, alegres y reales. Y también una de las más transgresoras para la época, por tratar un tema como es el cambio de sexo, con esa sutileza y ese interés por la libertad. Un canto de amor a la vida, que creo que seguirá impresionando a todos aquellos que se animen a leerla. Al menos, conmigo lo ha conseguido en esta edición ilustrada y tan cuidada, que hace que los apasionados de esta autora (y aquellos que aún no han tenido el gusto de conocerla), la amen aún más y disfruten de ella con todos los sentidos.

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Carmen, de Prosper Mérimée y Benjamin Lacombe

Carmen

CarmenCarmen no necesita presentación. El personaje creado por Prosper Mérimée en el siglo XIX se ha convertido en un mito: es el arquetipo por excelencia de la mujer fatal. Tal y como recuerda el ilustrador francés Benjamin Lacombe en el prólogo de la reciente edición de Edelvives, la sombra de Carmen «puede percibirse en canciones de Stromae o Lana del Rey, en películas de Ernst Lubitsch, Christian-Jaque, Jean-Luc Godard o Peter Brook, y en los poemas de Théophile Gautier».

Añadiría que es también la protagonista de la copla Carmen de España, aunque la letra sea un claro desmarque de la denostada imagen del personaje de Mérimeé. Y lo hago porque a pesar de haber oído dicha canción muchas veces de pequeña, hasta ahora no me había dado cuenta de que aludía directamente a esta obra. No es la primera vez que me pasa. A veces conocemos ciertos personajes clásicos por mil referencias, pero en realidad la imagen que nos creamos es distorsionada, muy alejada de su verdadera esencia. Y para descubrirla no hay nada mejor que recurrir al texto original.

Eso es lo que he hecho yo con Carmen. Aunque reconozco que movida por las sublimes ilustraciones de Benjamin Lacombe. ¿Qué queréis? Lo mío con este ilustrador es fascinación absoluta y no podía resistirme a que esta preciosa edición presidiera mis estanterías, junto al resto de obras que tengo de él: Cuentos Macabros, de Poe, Nuestra señora de París, de Victor Hugo, y La sombra del Golem, de Éliette Abécassis. Y es que el tándem Benjamin Lacombe y Edelvives crea las ediciones más bellas que existen hoy en día en las librerías. Incluso me atrevería a decir que con Carmen han dado un paso más: desde el relieve de la mantilla, en la portada, hasta las siluetas reflejadas en cada inicio de capítulo son una auténtica maravilla.

Y el contenido no desmerece a semejante despliegue de edición. La obra de Prosper Mérimée se ha convertido en clásico por derecho, no tanto por la historia que cuenta (el pasional y destructivo amor entre Carmen, la cigarrera gitana, y don José, el soldado convertido en bandido), sino por el poderoso personaje protagonista. Es cierto que puede parecer que el relato de Mérimée peca de racista y machista en varios momentos: hace hincapié en la maldad de los gitanos y en cómo una mala mujer lleva a la ruina a un buen hombre. Pero más allá de la percepción de Mérimée sobre las costumbres calés y españolas, me parece interesante que Carmen también pueda entenderse como un personaje que echa abajo los tópicos, sobre todo, en su época: ejerce su libertad en todo momento, nunca se doblega a los deseos de los hombres. No seré yo quien afirme categóricamente qué valores transmite Carmen, porque traería cola, pero como decía un profesor que tuve en la universidad: si a unos les parece machista y a otros, feminista, es que no es ni una cosa ni la otra. Y eso demuestra la grandeza de este personaje, lleno de matices y profundidad.

El poder de seducción de Carmen no tiene límites, igual que las ilustraciones de Benjamin Lacombe. Así que os advierto que si miráis la portada de Edelvives tan solo unos segundos, os la tendréis que llevar a casa. Pero tranquilos, que nos os pasará como a don José. Seguro que acabaréis encantados de que se haya cruzado en vuestro camino.

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El hombre negro, de Colombine

El hombre negro

El hombre negroEs difícil, al menos para mí, pensar en el papel de la mujer en España a principios del siglo XX. Meternos por un momento en sus cabezas, para saber lo que tenían que sentir cuando les enseñaban desde su niñez que su único objetivo en la vida sería casarse. Vivir únicamente para cuidar a su marido y hacerle feliz, sin poder trabajar ni realizarse profesionalmente. Pero me pregunto si ellas mismas se preguntaban acerca de su propia felicidad. Me imagino que sí, ¿pero creéis que lo expresaban abiertamente? ¿Pensáis que la sociedad les permitía opinar por sí mismas y elegir quiénes querían ser?

Aunque hoy en día esto nos parezca algo impensable, es algo que les ocurría a nuestras abuelas, bisabuelas y tatarabuelas. Todo nuestro árbol genealógico está compuesto por mujeres valientes que sufrieron esta enorme falta de libertad y privación de derechos individuales. Y aunque algunas le plantaron cara a esta situación, otras fueron felices en sus matrimonios y otras apartadas de la sociedad por su soltería, tener hijos fuera del matrimonio, apoyar causas sufragistas…

Carmen de Burgos (“Colombine”, “Perico el de los Palotes”, “Marianela”…), la autora de este libro, fue una de estas mujeres valientes que luchó por la libertad de la mujer en la época y que supo plasmar sus ideas en sus libros y relatos, escritos bajo pseudónimos, y se convirtió en la primera mujer reconocida como periodista profesional de España. Esta historia ya de por sí me resultó realmente inspiradora, pero cuando leí el libro me interesó aún más su punto de vista.

El hombre negro trata la historia de Elvira y su infeliz matrimonio con Bernardo, un hombre sin escrúpulos que manipula a todos aquellos que se encuentran a su alrededor para su propio beneficio. Pero más allá de la historia de ambos, el libro se centra en lo que pasa por la mente de esta mujer, inocentemente casada con una persona a la que no conocía y engañada para vivir una vida que no es la que desearía. ¿Y cómo se siente realmente?

Me ha encantado la forma que tiene la autora de narrar los sentimientos de Elvira, que trata de esconder por miedo a represalias: soledad, enfado, confusión, dolor, tristeza, desamor, pérdida de inocencia y de ilusión… Cómo empatiza realmente con ella y hace al lector meterse en su cabeza para no solo descubrir realmente al hombre negro, su machismo, su astucia y su hipocresía, sino para desvelar cómo vivían muchas mujeres en aquella época. Cómo eran cientos de matrimonios de la burguesía durante aquellos años, con la mujer de esclava del hombre y de sus deseos. Pero cómo somos capaces de verlo ahora y cómo no lo veían en aquel entonces… O cómo no se atrevieron a hacer nada, excepto Carmen de Burgos, entre otras. Y esto es lo que realmente debemos valorar ahora, esa valentía capaz de expresar a través de una historia la suya propia y la de decenas de mujeres a su alrededor.

Este pequeño libro de apenas 100 páginas, excelentemente escrito y narrado, ha supuesto una gran lectura de este 2018. Además, leerla en esta edición pequeña, bien cuidada y repleta de detalladas ilustraciones en blanco y negro de Uve Books ha sido todo un acierto y un descubrimiento. Sin duda, volveré a leer estos clásicos desconocidos. Y si puedo, más novelas de esta autora, pues su vida no me puede parecer más interesante y es necesario que actitudes como la suya nos influyan día a día en nuestra vida, para continuar luchando por la igualdad plena entre hombres y mujeres.

 

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El último magnate, de Francis Scott Fitzgerald

El último magnate

“Me preguntó cuándo se precipitó todo. Hay momentos en los que parece que nada vaya a suceder, y otros en los que te das cuenta de que todo se precipita y nada en el mundo podría impedir que ocurriera.”

El último magnateEs difícil describir las obras de Fitzgerald, ya que siempre te embargan de un sentimiento positivo y negativo a la vez. Sus novelas son de esas que revelan lo mejor, pero también lo peor del ser humano. De esas que te dejan con una sensación de desesperanza y desesperación por esas personas atormentadas que sufren y aman y que se dejan llevar por sus más grandes pasiones (que puedes ser tú en algún momento de tu vida). Y creo que por eso me gustan tanto, porque a pesar de ser escritas a principios del siglo XX son emociones brutalmente humanas que todos hemos experimentado en nuestra propia piel o en personas que se encuentran en nuestros círculos más cercanos.

Pero vayamos a la obra que nos ocupa en esta ocasión: El último magnate. Y es que creo que no había leído mejor obra del autor desde El gran Gatsby, uno de los libros que más me han marcado en toda mi vida y que es uno de mis libros favoritos. Estamos quizás ante la obra, aunque inacabada, más madura de Fitzgerald. El protagonista ya no es un joven atormentado, que busca el amor y el dinero a toda costa y que necesita ver cumplidos todos sus deseos. Ya no es el personaje prototipo del autor, quizás por ser esta su último libro… Aunque en cierto modo sí que lo es… ¿Acaso no lo somos todos en algún momento de nuestras vidas? Stahr es un productor de cine que ama su trabajo, con el que está obsesionado, y del que están enamorados decenas de compañeros, que o bien le admiran o bien le odian, y cientos de mujeres, que sueñan con estar a su lado. Pero él es incapaz de pensar en los demás, porque solo puede pensar en una persona: Minna Davis.

Aunque esta parezca una premisa sencilla, de ahí parte toda la trama de la novela y nos encontramos ante un personaje con una coraza durísima, bajo la que esconde miles de sentimientos. Dolor, incapacidad de afrontar la pérdida, el amor insatisfecho y el fracaso en una faceta de su vida que le ha obligado a dedicarse por completo a su trabajo y a obsesionarse con él. Un personaje muy complejo que Fitzgerald desarrolla bastante bien a lo largo de las apenas páginas que contiene El último magnate, y que complementa junto a otros personajes y otros elementos que la convierte en una maravilla pese a estar inacabada… Una historia tremendamente humana sobre lo peor y lo mejor del ser humano y que hace tanto disfrutar, como reflexionar y sufrir junto a sus protagonistas. En especial, junto a Stahr, a quien yo al menos, he llegado a comprender y empatizar con él a medida que avanzaba los capítulos.

Y además de ser una historia sobre la pérdida y nuestra incapacidad de superarla, es una historia sobre Hollywood y su gran poder de absorción en los años 20 y 30. Es increíble cómo retrata sus más oscuros secretos y sus curiosidades desde muy dentro. Y esto me ha resultado muy curioso, porque siempre he amado el cine y cómo Hollywood es capaz de fascinar a todo el mundo a través de una máscara, ya que muy pocas personas conocen todo lo que se encuentra detrás de tanta majestuosidad: un mundo lleno de intereses, dinero de por medio y mucha, mucha infelicidad de aquellos que (al menos, un siglo atrás) trabajan y se dejan en la vida en él.

Estamos ante una obra muy, muy interesante, que me ha mantenido pegada a sus páginas desde el principio y que engancha por su historia, sus personajes y los temas trascendentales que trata. Una novela que no es muy densa y que condensa en muy pocas páginas demasiados sentimientos, tanto positivos como negativos. Así que, os puedo decir, que esta es una maravillosa elección para sentir de verdad con una lectura. Y también recomiendo su serie de televisión, con potencial a pesar de haber sido cancelada tras su primera temporada (quizás por no haber sido promocionado como debería o no ser demasiado comercial…). Merece realmente la pena y a mí me ha enamorado, aunque no podría decir que supera a El gran Gatsby. Porque esta es insuperable.

 

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Almas muertas, de Nikolái Gógol

Almas muertas

Almas muertasHace unos meses, dos amigos y yo decidimos crear un club de lectura propio. Pequeñito, sí, pero con calidad. Mucha calidad. Cada mes, uno de nosotros escoge el libro que vamos a leer con una sola condición: no se puede elegir un escritor de la misma nacionalidad que otro que ya hayamos leído. Nuestro objetivo es conocer horizontes nuevos, descubrir obras que quizás de otro modo no nos hubiéramos ni planteado leer. Este mes le tocaba el turno a Jota, que se decantó por la nacionalidad rusa. Propuso tres libros de tres escritores rusos y votamos. Así que aquí estoy, reseñando Almas muertas. No os voy a mentir, otra de las opciones era Anna Karenina, opción que me gustaba más, pero al final el pueblo habló y he pasado los últimos días junto a Nikolái Gógol.

Para mí, la literatura rusa era una gran desconocida. He de decir que solo he leído a Nabokov y, aunque de origen ruso, su literatura es más cercana a la estadounidense de aquella época, por lo que tengo entendido. Así que afronté con un poco de miedo esta obra. No sé por qué, los rusos me han dado siempre muchísimo respeto. Siempre he leído que son unos grandes literatos y que no cualquiera puede adentrarse en sus páginas, así que me alegro de haber empezado con Almas muertas, porque es una obra bastante ligera, entendible y amena.

Cuenta la historia de Chíchikov que, junto a su criado y su cochero se dedica a recorrer varios pueblos con un solo objetivo: comprar almas de personas fallecidas. Así, tal cual. La intención de este personaje (“nuestro héroe” como lo llaman en la edición de Cátedra) es comprarlos para poder después hipotecarlos y hacer fortuna. Lo de las almas tiene su explicación histórica. Resulta que a mediados del siglo XIX, una persona podía poseer siervos como una propiedad. Estos eran considerados como bienes muebles. Pues bien, estos siervos podían venderse, enajenarse o incluso hipotecarse, aumentando así el patrimonio del propietario. A estos siervos se les denominaba comúnmente “almas”. Así, Gógol toma este término para elaborar toda su obra, solo que en vez de comprar almas vivas —siervos vivos—, compraba almas muertas, de siervos que ya habían fallecido.

Nikolái Gógol no quiso más que hacer una sátira, una burla de la sociedad en la que vivía, de ahí esa paradoja de las almas muertas y las vivas. Esto se ve muy claramente en los personajes que Chíchikov se va encontrando a través de los capítulos. En cada pueblo, tendrá que lidiar con un personaje con un carácter fuertemente marcado, respondiendo a los más exagerados estereotipos. Son personajes muy exagerados, llevando su caracterización al extremo. Como si de una comedia se tratara.

Mi edición no la traía, pero este libro tiene segunda parte. Gógol decidió continuar las andanzas de Chíchikov pero, poco antes de morir, el escritor decidió que era mejor quemar el manuscrito para que jamás se publicara. A pesar de ello, se consiguió recopilar la suficiente información como para poder editar esta parte a título póstumo, así que, dependiendo de la edición, se puede encontrar esta segunda parte o no.

En la edición de Cátedra no está incluida, pero en su lugar trae un prólogo bastante extenso (unas ochenta páginas) donde nos ponen en situación con una contextualización muy exhaustiva y con capítulos extras en la parte final que bien podrían servir de aclaración de muchos aspectos que durante el libro se quedan un poco en el aire. Por supuesto, también están las notas a pie de página, que para mí son imprescindibles. Sobre todo al principio, porque te explican la forma que tenían los rusos de llamar a las personas y así no te haces un lío, porque hay personajes que les llaman hasta de tres formas diferentes.

En resumen, ha sido una lectura que he disfrutado muchísimo, a pesar de que iba con miedo al principio. No sé de dónde viene este temor, la verdad, pero siempre he pensado que hay que haber leído mucho para poder entender la literatura rusa. Y bueno, no ha sido tan terrible. Siendo sinceros, es un libro que hay que leer con detenimiento y que no es una lectura en la que podamos sumergirnos toda una tarde sin apartar los ojos de  sus páginas —al menos en mi opinión—, pero es un libro que al final es muy amable, ya que en muchas ocasiones llega a hacernos reír y el personaje de Chíchikov se convierte en un viejo conocido. Me ha gustado mucho este mes, sin duda. Ahora, me toca elegir a mí la próxima lectura y ya que Anna Karenina no lo podemos leer por haber agotado la nacionalidad rusa… no sé por qué me voy a decantar. Pero desde luego necesito algo que esté a la altura de Nikolái Gógol y sus Almas muertas.

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Agnes Grey, de Anne Brönte

Agnes Grey

Agnes GreyTres eran las hermanas Brönte: Charlotte, Emily y Anne. Pero en el olimpo de los libros inolvidables solo suelen mencionarse las obras de Charlotte (Jane Eyre) y de Emily (Cumbres borrascosas). Y eso que la pequeña, Anne, fue la primera en publicar un libro: Agnes Grey. Pero esta vez, ser la primera en abrirse paso no le sirvió para ocupar un puesto de honor en la literatura universal.

En el centenario de Emily Brontë (1818-2018), Alianza editorial recupera estas tres obras, las más representativas de las hermanas Brönte, además de El sabor de las penas, de Jude Morgan, donde se relata la aciaga existencia de esta talentosa familia. Y yo, que había sido tan olvidadiza como la historia de la literatura, he aprovechado la ocasión para descubrir a Anne Brönte, la única de las hermanas que me faltaba por leer, tras haber disfrutado muchísimo hace años con las obras emblemáticas de Charlotte y Emily.

Agnes Grey es la protagonista de esta historia y la que da nombre al libro. Hija pequeña de un clérigo del norte de Inglaterra, siempre ha vivido especialmente protegida por su familia. Pero cuando cumple dieciocho años, su padre comienza a sufrir aprietos económicos y ella decide abandonar el hogar para trabajar y ayudar a su familia en lo posible. A lo largo de las páginas de este libro, nos relata en primera persona sus vivencias como institutriz. Y lo hace interpelando a los lectores, a los que les reconoce que les está confesando pensamientos que no se ha atrevido a contar ni al amigo más íntimo.

La primera parte del libro —y, para mí, la mejor— cuenta su experiencia en la casa de la familia Bloomfield. Los niños, mezquinos y odiosos, ponen su paciencia al límite día tras día, al igual que los padres, indolentes y consentidores. Pero Agnes Grey no se amedrenta y emplea prácticas al puro estilo Super Nanny, lo cual me resultó sorprendente. No olvidemos que la obra fue escrita en la primera mitad del siglo XIX. Pero es que Agnes Grey rompe la imagen, o los prejuicios, que tenemos sobre las mujeres de esa época, haciendo un despliegue de reflexiones pedagógicas y feministas propias de la actualidad.

Durante esa primera parte del libro, el personaje de Agnes Grey me cautivó por completo, hasta tal punto que fantaseé con la idea de que no hubiera trama de amor en ningún momento. Pero sí, la hay, y cuando la historia se centra en ese aspecto, durante su estancia en la segunda casa donde ejerce de institutriz, mi interés decayó. Y eso que construye un enamoramiento pausado y realista, con el que es fácil empatizar, pues muestra las inseguridades y emociones propias de esa experiencia. Pero, desde mi punto de vista, ahí es donde pierde la batalla contra las obras de sus hermanas, ya que la historia de amor de Agnes Grey no es tan memorable como la de Jane Eyre y Rochester, ni mucho menos como la de Catherine y Heathcliff.

Pero como no está bien hablar siempre de Anne Brönte comparándola con sus hermanas, olvidad la frase anterior. La comparación me parece injusta sobre todo ahora que he leído a Anne Brönte. La pequeña de las Brönte fue grande por sí sola y hasta se le consideró inapropiada por lanzar ideas revolucionarias, lo que dice muchísimo en su favor. Así que quienes sintais predilección por la narrativa victoriana no deberíais perderosla, como tampoco aquellos que busquéis una vuelta de tuerca en la literatura de aquella época. Sea como sea, Anne Brönte será todo un descubrimiento.

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Los poderes de la oscuridad, de Bram Stoker y Valdimar Ásmundsson

los poderes de la oscuridad

los poderes de la oscuridad¡Uy, uy, uy! –me frotaba las manos y repetía– ¡uy, uy, uy! ¿Pero qué ven mis ojos? Pero si sale al mercado la versión perdida de Drácula. ¡La versión perdida de Drácula! ¡¡Drácula!! El libro por excelencia de vampiros, uno de los pocos que he leído más de una, de dos y de tres veces, el libro que sentó las bases del género, que me deslumbró en mi juventud por esa manera de narrar a base de diarios, telegramas, reproducciones fonográficas, cartas y extractos de prensa, el libro en el que aunque el malvado no aparezca durante gran parte del relato se le siente y se le teme porque es todo un machote vampiro,  todo un señor vampiro, la novela de un vampiro hecho a sí mismo y no como esos gusyluces imberbes… Una obra maestra de la literatura, vamos, y un clásico con todas las de la ley. Estaba claro. Tenía que leerlo. Y lo he hecho.

Los poderes de la oscuridad viene firmado por Bram Stoker y Valdimar Ásmundsson. Se publicó en 1901 en Islandia, (solo cuatro años después de la publicación de la edición original y, al parecer, como un folletín en un periódico sueco), con el título Makt Myrkranna (que significa Los poderes de la oscuridad), y se perdió hasta ser redescubierto en 2014. Según se nos cuenta en el amplio y curioso prefacio, Ásmundsson no solo tradujo Drácula sino que, ayudado por Stoker, escribió una versión distinta (y vaya si lo es), reelaboró la trama, añadió personajes y esto dio como resultado una novela más corta, más erótica y con bastantes diferencias respecto al original, aunque la esencia permanece.

¿Y bien? ¿Qué diferencias son esas?

Para empezar, la primera parte aumenta considerablemente la extensión. Por ejemplo, el viaje a Transilvania de Harker (que aquí no se llama Jonathan sino Thomas) pasa de las 22.700 palabras (aproximadamente) a 37.200 en esta novela y el resto de la historia disminuye de las 137.860 a las 9.100. Una purga excesiva, diría yo.

Se ha ganado tensión en el castillo. Se han añadido varios personajes (una anciana muda y una sexy vampiresa), hechos que aportan un matiz más sensual y también tintes conspiracionistas y ocultistas (un templo escondido en el propio castillo, una ceremonia ritual de sacrificio, un trama diplomática paralela, conversaciones sobre política…) y se han eliminado a las tres vampiresas (¡ay, adiós, Mónica Bellucci!)

Además, en la segunda parte se carga el formato epistolar, que era uno de los atractivos de la obra, y lo que nos queda es un narrador omnisciente. Esta segunda parte es mucho más rápida y a ello también contribuye la desaparición de bastantes episodios que ocurrían en Whitby y, sobre todo, la persecución final por Europa. Da la impresión de que Stoker/Ásmundsson no tenían ganas de volver a escribir lo mismo y que querían acabar cuanto antes. Puede que, si no se conoce el original, (e incluso conociéndolo), el lector se quede bastante confuso ante la rapidez con la que se suceden todos los acontecimientos y la celeridad con la que se acaba con el conde en una elipsis asombrosamente elíptica. En el proceso de destrucción se carga también a Renfield y la boda con Mina (que aquí se llama Wilma)…

Los poderes de la oscuridad está plagado de notas al margen. En ocasiones son ampliaciones de la traducción de tal o cual palabra islandesa, y otras veces compara lo narrado aquí con lo sucedido en la original Drácula o comenta costumbres de la época y lugar.

El lenguaje no difiere del primigenio (cuidado, antiguo… ¡gótico, es la palabra!, pero no complicado), yo al menos no lo distingo y eso ayuda a meterte en el ambiente.

En resumen, la primera parte me ha provocado más tensión que el Drácula de Stoker. Puede que haya pasado demasiado tiempo sin revisitarla, o que haya sido la extensión ampliada pero reconozco que me ha angustiado como si se tratara de un libro nuevo. El conde impone y acojona porque sabemos quién es y de lo que es capaz, porque tiene ya una fama a cuestas y no sabemos hasta donde podrá llegar en esta versión.

En cambio la segunda parte me ha resultado más floja. Como ya he dicho, da la impresión de tener prisa por acabarse y de que el dúo de autores iba con una escoba barriendo todo lo que consideraban paja.

Al margen de la novela en sí, hay que subrayar la gran labor de documentación que se ha llevado a cabo y que se nos muestra antes de esta y también quiero destacar como curiosidad que podemos ver los planos del castillo gracias a la reconstrucción de los pasos seguidos por Harker en sus tentativas de huida.

Los poderes de la oscuridad es un libro recomendable a los que han leído Drácula, lo aman y  quieren leer todo sobre él, pero no al revés. En mi opinión, si no se ha leído Drácula, no aconsejaría leer este libro, pues el lector puede pensar que le falta algo, que se pierde algo. O eso me parece a mí poniéndome en su lugar.

No obstante, es obvio que me ha gustado horrores. Me parece un documento extraordinario del que no sabía nada y con el cual he podido aprender unas cosas y refrescar otras casi olvidadas. Un libro curioso, entretenido y de obligada lectura para los amantes de los vampiros de verdad y del auténtico señor de los no muertos. Del origen de todo en una especie de versión 2.0 o de rebirth  que se dice ahora.

Brillante y más que imprescindible.

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Otra vuelta de tuerca, de Henry James

Otra vuelta de tuerca

Otra vuelta de tuerca¿Quién podría decir que esta romántica y bella portada pueda albergar una historia de terror? Solo aquellos que conozcan la obra de Henry James saben lo que esta esconde y no es precisamente una historia romántica… Aunque, en mi caso, tampoco es lo que me esperaba encontrar en ella.

Aunque he leído mucho sobre las famosas novelas y cuentos de Henry James, jamás había leído ninguno de ellos. Esta es mi primera novela del autor y debo decir que creo que ha sido la adecuada, pues ha despertado aún más el interés que siento por su obra.

Pero empecemos por el principio. Otra vuelta de tuerca es la historia de una institutriz a la que se le ofrece cuidar y educar a los dos sobrinos de un respetable caballero. A pesar de que los primeros días junto a ellos son agradables y se siente cada vez más unida a los pequeños, comienza a observar presencias extrañas en la casa y comportamientos cada vez más raros en los niños.

Aunque la sinopsis de esta novela no sea extremadamente original, pues encontramos cientos de historias similares en la actualidad, creo que no es nada comparable a ninguna otra. Empezando por la brillante narración del autor, repleta de figuras retóricas y detalles al profundizar en las mentes y miedos más profundos de los personajes, que también coinciden con los del ser humano, y siguiendo por su perfecta ambientación. La oscuridad que rodea la novela y la casa Bly, en la que se desarrolla esta novela, es algo que me ha puesto los pelos de punta al lector y me ha hecho preguntarse mil cosas acerca de la oscuridad que a su vez albergamos todos los seres humanos en nuestro interior.

Y es que en esta novela no solo nos encontramos con elementos sobrenaturales, como los fantasmas y los muertos que regresan para poseer cuerpos vivos, sino que también reflexiona sobre el plano psicológico de la protagonista principal, una institutriz a la que el miedo le hace ver cosas que no existen realmente. ¿Pero acaso no nos ocurre eso a todos? El miedo que nos paraliza, aunque sea irracional, es algo que siempre juega en nuestra contra y que ha sido y será así siempre. Por eso, el tema que James trata en este libro sigue vivo dos siglos después y seguirá, estoy segura, muchísimos años más.

Porque siempre habrá algo que nos atraerá de este tipo de historias. En mi caso, resolver el misterio que dificulta la vida de los protagonistas y profundizar en los límites de la maldad del ser humano. También preguntarnos qué ocurrirá al final, aunque presintamos a medida que vamos leyendo que no será nada bueno. Pero tampoco podría decir que esta especie de tétrico cuento que relata James en apenas 150 páginas sea previsible. El autor guarda alguna que otra sorpresa, que logró sorprenderme aún más y que me hizo sumergirme por completo en cada una de sus páginas.

Leer Otra vuelta de tuerca ha supuesto todo un descubrimiento en cuanto a las historias de terror que he leído anteriormente. Es de esa clase de novelas que te dejan con los pelos de punta a lo largo de sus capítulos, al adentrarte en las partes más oscuras del ser humano, ya que no puede haber nada más terrorífico que eso. Además, hacerlo en esta preciosa y cuidadísima edición ha sido todo un regalo para los sentidos. Sus evocadoras y logradas ilustraciones han conseguido que me trasladara por completo a la casa Bly, junto a sus personajes y sus terribles vivencias. Espero tener la oportunidad de volver a leer muy pronto a Henry James, y mucho más en una edición como esta, pues esta primera experiencia ha sido muy, muy positiva.

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