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Cortejo en la catedral, de Kate Douglas Wiggin

Cortejo en la catedral

Cortejo en la catedralCualquiera que me conozca bien sabe que estoy un pelín obsesionada con la literatura del siglo XIX. Hay algo en ella que me relaja y que me hace querer leer para conocer más. Esa vida alejada de las tecnologías pero lo bastante adelantada como para permitir a quien quisiera (en realidad, en aquella época no era quien quisiera, sino quien se lo podía permitir) llevar una vida tranquila y viajar para conocer la cultura de otros países.

Quizás por este último motivo esta novela llamó mi atención. Aunque no conocía a la autora, debo decir que lo que me hizo leer este libro fue el viaje cultural que recorría los protagonistas por las ciudades catedralicias inglesas. A priori, me pareció que sería muy interesante leerla y que podría descubrir a una nueva autora que mereciera la pena.

Y no me equivoqué en absoluto. La lectura me pareció interesante desde el principio. Por si no fuera poco, la autora no solo describe detalladamente las catedrales de las ciudades por las que viajan nuestros protagonistas, sino que también añade referencias a otros autores y obras literarias. Quiero destacar aquí la referencia a Persuasión, última obra de Jane Austen, que tiene un significado especial en esta novela. Todo ello a través de una pluma fluida y muy cuidada que refleja sus grandes dotes para la literatura y que me ha transportado por completo a esas ciudades inglesas.

Alejándonos de los aspectos formales y centrándonos en la historia, me ha encantado la forma en la que transcurre la historia, cómo se desarrolla cada uno de los encuentros entre nuestros personajes, un hombre (Jack Copley) y una mujer (Katherine Schuyler) que se encuentran constantemente durante la ruta de las ciudades catedralicias. Además, al estar narrada en dos voces, permite al lector saber lo que piensan cada uno de ellos respecto al otro y cómo la persecución de Jack a Kitty origina más de una situación divertida. Esto ha hecho que me haya leído la novela en una sola tarde y que esté deseando releerla.

A medida que avanzaba con la lectura, me dejaba llevar por la historia y viajaba junto a estos y otros tiernos personajes a su época y me encandilaba con la persecución amorosa (que no resulta ser un acosador, ni nada por el estilo). Esta es una novela simple, que no profundiza en los personajes ni en la historia de amor pero sí lo hace en el desarrollo de su viaje, en los destinos a los que viajan y en los constantes reencuentros que se producen entre ellos. Y también en los que desafortunadamente no se producen, aunque ambos protagonistas lo deseen más que nada en el mundo…

Cortejo en la catedral es una entretenida novela narrada a dos voces que no se me ha hecho larga en ningún momento y que he saboreado por los paisajes, las referencias culturales y la nota divertida de la autora. Ha resultado ser una novela muy fresca y perfecta para verano que me ha trasladado por completo al siglo XIX y al viaje que realizan los dos protagonistas de la historia.

Aunque es muy difícil que un libro tan corto transmita tantas cosas a la vez, me ha parecido que la autora ha sabido aprovechar cada una de las páginas para relatar esta historia de amor, viajes y aventuras. A pesar de no estar muy interesada en el aspecto religioso de las catedrales, la arquitectura me encanta y creo que me apuntaría este viaje para hacerlo en los próximos años… Y si es con un Jack Copley y una Kitty Schuyler, no me lo pensaría dos veces. La diversión y las “aventuras” estarían sin duda aseguradas.

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La máquina del tiempo, de Carlos Giménez

la máquina del tiempo

la máquina del tiempoA veces, la literatura se adelanta al futuro. El género de la ciencia ficción ha ideado inventos que al principio parecían fantasías de un escritor especialmente imaginativo, pero que décadas o siglos después se han hecho realidad gracias a los progresos tecnológicos. Como dijo Albert Einstein, «si puedes imaginarlo, puedes lograrlo». El primer ejemplo que me viene a la cabeza es el de Jules Verne, que en sus novelas describió el submarino (Veinte mil leguas de viaje submarino), internet (París en el siglo XX) o el cohete espacial (De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna) mucho antes de que la ciencia estuviese lo suficientemente desarrollada para llevarlos a la práctica. Otro hombre adelantado a su época fue H. G. Wells. Sin embargo, su grado de anticipación llegó a tal extremo que invenciones como la invisibilidad (El hombre invisible) o el contacto con seres de otro planeta (La guerra de los mundos) todavía no se han materializado (aunque, en el caso de la segunda, mejor que así sea; no me hace demasiada ilusión que nos visiten extraterrestres para exterminarnos). Pero el invento de H. G. Wells que sin duda ha levantado más pasiones es la máquina del tiempo.

La máquina del tiempo, escrita en 1895, fue su primera obra y se ha convertido en la fuente de inspiración de decenas de libros, películas y series. Quién sabe si algún día la ciencia conseguirá que con un movimiento de palanca viajemos al pasado o al futuro; lo que es evidente es que esa historia ha marcado a miles de personas. Como por ejemplo a Carlos Giménez, que ha plasmado su admiración por esta novela corta adaptándola al cómic, una buena forma de darla a conocer a las nuevas generaciones.

En las páginas iniciales, este historietista español confiesa que La máquina del tiempo es uno de sus libros favoritos y que siempre había querido dibujar su visión del mundo del año 802 000 que describió Wells y a sus extrañas criaturas, los Elois y los Morlocks. Su mayor preocupación con este reto creativo ha sido no traicionar el mensaje transmitido por el autor británico, que mostró cómo podía llegar a ser la especie humana en un futuro si seguía por la senda del capitalismo y la lucha de clases, además de plantear los pros y los contras, sociales e individuales, que viajar en el tiempo supondría. Temas que, con los avances cada vez más vertiginosos de la sociedad, están en plena vigencia, por lo que la reinterpretación de Carlos Giménez de esta fábula decimonónica llega en el mejor momento.

A veces, la literatura regresa al pasado para demostrarnos su tremendo poder. No solo porque géneros como la ciencia ficción hayan anticipado inventos y debates sociales que el común de los mortales ni siquiera era capaz de atisbar, sino porque ha planteado cuestiones atemporales que, por muchos años que pasen, siguen suscitando el interés del ser humano. Ese es poder el que convierte a algunos libros en clásicos, y conviene regresar a ellos de vez cuando, ya sea leyendo los textos originales o acertadas reinterpretaciones como la que Carlos Giménez ha hecho de La máquina del tiempo.

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Lady Susan y otras novelas, de Jane Austen

Lady Susan y otras novelas

Lady Susan y otras novelasNunca me ha gustado releer una misma novela. Hay tantísimos libros nuevos por descubrir que nunca he pensado que fuera algo muy productivo. Sin embargo, creo que siempre hay excepciones, y que una segunda o tercera lectura puede resultar más enriquecedora que la primera. Con esta brillante autora siempre he hecho una excepción. Me releí Orgullo y prejuicio dos veces y cada vez me resultó aún mejor que la primera.

Pero todos los apasionados de sus novelas sabemos que Jane Austen es mucho más que su obra cumbre y, por eso, esta vez he releído dos de sus novelas cortas en esta preciosa edición revisada llamada Lady Susan y otras novelas: Lady Susan y Los Watson.

La primera ya supuso todo un descubrimiento la primera vez que la leí, pero me ha gustado aún más en esta segunda lectura. Es increíble cómo la protagonista de este libro se aleja de los modelos comunes de Austen. Lady Susan es una mujer manipuladora, atrevida, interesada, egoísta y consentida. Pero también es un personaje que quiere reivindicar su poder como mujer en la sociedad, y creo que es por eso por lo que la autora la incluyó dentro de su obra. Sin embargo, en esta obra no solo destaca su protagonista, sino que también nos encontramos con la narración a la que la autora nos tiene acostumbrados. A través de una pluma repleta de ironía y absurdos, nos muestra que las principales preocupaciones de las mujeres en la época eran el dinero y la búsqueda de marido (que no de amor).

En Los Watson, nos encontramos con una protagonista bastante diferente a Lady Susan. Sin embargo, también es un personaje fuerte, valiente y no políticamente correcta que se niega a vivir como mujer débil y objeto sexual frente a los hombres que la rodean y que reclama su independencia en la sociedad. Aunque está sin acabar, creo que es de mis favoritas y si hubiera sido acabada, habría sido una de sus novelas más importantes.

Además de estas dos novelas, en esta edición también he descubierto Amor y Amistad y Sanditon, dos obras que llevaba mucho tiempo queriendo leer. Mientras la primera nos muestra la dependencia de la mujer del  hombre y las preocupaciones absurdas que afligen sus vidas y ambos temas son llevados al extremo, en la segunda nos encontramos una historia en la que el amor por disfrutar la vida al máximo hasta el final es el núcleo clave. Ambas me han sorprendido bastante, ya que la primera fue escrita cuando la autora solo tenía quince años, cuando ya comenzaba a mostrar su genialidad, y la última la escribió en el transcurso de su enfermedad y no puede reflejar menos amor por la vida de lo que demuestra. Además, también se nota que fue su última novela, porque la narración es brillante y muestra todo lo que ha aprendido en sus años como novelista.

Es increíble que una autora como Jane Austen haya sobrevivido al paso del tiempo y que se sigan leyendo sus novelas como si hubieran sido publicadas ayer. Su tema favorito, la reivindicación del papel de la mujer en la sociedad, a través de las situaciones vividas en sus novelas y con su narración llena de ironía y absurdos, la ha catapultado como una de las mejores novelistas británicas de todos los tiempos.

Al margen de esto, creo que hoy en día todos deberíamos leer a esta autora, porque aunque hayan transcurrido más de dos siglos desde que sus novelas fueron escritas, hay situaciones que aún no han cambiado y seguimos viviendo en un sistema patriarcal. El feminismo es algo por lo que hay que luchar cada día, y si Jane Austen ya se dio cuenta en su época y tuvo la valentía de plasmarlo en las más de mil páginas que ocupan todos sus libros, nosotros también deberíamos seguir haciéndolo.

Estas obras recogidas en Lady Susan y otras novelas son el ejemplo perfecto de clásicos imprescindibles que todos deberíamos leer, y que nadie debería aplazar. En poco más de trescientas páginas, esta autora vuelve a sorprender a sus lectores, además de divertirles, entretenerles y hacerles reflexionar. Afirmo sin lugar a dudas que nunca me cansaré de leer a Jane Austen, da igual el tiempo que pase o los libros que lea. Su sello de identidad la diferencia de cualquier escritor y la convierte en una verdadera heroína de su siglo.

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«Kalila y Dimna» y otras fábulas del «Panchatantra»

Kalila y Dimna

Kalila y DimnaImagina que te dijera que no tendríamos El Quijote si no fuera por el Kalila y Dimna. ¿Qué pensarías? Pues poco voy a hacerte imaginar porque en cierta medida esto es así. Y hablo de El Quijote como podría hablar de tantas obras que para nosotros son ya casi sagradas y que en parte son genialidades surgidas a partir de la lectura de clásicos tan fundamentales como este. Pero hablo de El Quijote, porque es el que más se merece unas palabras y porque sí. El Kalila y Dimna, que coge su nombre por fuerza popular de una de las fábulas que contiene el libro, llega renovado a las librerías cortesía de Acantilado en una rejuvenecida edición traída lo más cerca posible a nuestros días por parte del escritor Ramsay Wood.

Con un estilo renovado en el que Wood – y no olvidemos también la parte de “culpa” de la traductora Nicole D’Amonville Alegría – da una mano de pintura fresca y joven a unas fábulas que cuentan con cerca de dos mil años, este Kalila y Dimna se erige como una genial opción para tener un libro en la estantería que te asegure que tus hijos te escucharán cuando se lo leas. Y es que lo que incluye esta obra son fábulas desgranadas del Panchatantra hindú que han ido evolucionando a lo largo de los siglos hasta llegar a nuestros días, punto que no será su destino sino una parada más en el eterno presente que envuelve a este libro.

Es difícil encontrar algo a nuestro alrededor que no pase de moda. Y es por eso que causa felicidad al cuadrado encontrarse con la certeza o con la posibilidad de que en varias ocasiones esto sí suceda con ciertos libros. Las fábulas que contiene el Kalila y Dimna son siempre contemporáneas, son el espejo de la humanidad que nos desborda y que nos lleva desbordando desde el inicio de nuestra era, aunque yo no sepa cuál es esta. Vemos, cuando nos fijamos en los sofás de nuestros días, a niños viendo a animales parlantes en la televisión que han pasado primero por nuestra supervisión para decidir si eso era adecuado o no para ellos. ¿Alguna vez te has parado a pensar qué contiene el concepto «adecuado»? Lo que contiene no es más ni menos que la seguridad o la opinión de que aquello puede servir para formar a quien lo está viendo. ¿No es ese el objetivo principal del Kalila y Dimna?

Con ilustraciones de Margaret Kilrenny y G.M. Whitworth e introducido por Doris Lessing, esta nueva edición de Acantilado es una apuesta segura para todos aquellos que aún confíen en la posibilidad de dormir – ojalá no se durmieran – a sus hijos leyéndoles algo que crezca en sus mentes mientras sueñen. Las fábulas de este libro crecieron a lo largo de la Historia a través de los cuentistas, los traductores, los editores o cualquier persona que algún día escuchó o leyó alguna de ellas y se la contó a su pareja, a su hijo o hija, a su vecino, a él mismo. El Kalila y Dimna es uno de esos libros que ya no es de nadie pero que ha extendido sus brazos para ser de todos. Y yo no puedo decirte mucho más que esto: si en algún momento de este rato en el que has estado leyendo lo que yo he escrito – gracias por ello – has pensado que sí, que quizás tengo razón, que quizás este libro sería bueno para tus hijos – lo es –, quiero avisarte de algo, cuando hablaba del niño que dormía y soñaba me refería a ti – y a mí –, no me importa la edad que tengas.

Mientras escribo estas líneas está España sacudida por una tremenda ola de calor. Y quiero hacer caso a Doris Lessing cuando habla del libro como un «océano de cuentos» – por esa estructura de matrioskas o de cuento dentro de cuento que tiene – y bañarme en ellos, dejarme empapar por la frescura que ya tienen de por sí y por el suplemento que le ha inyectado Ramsay Wood. Y lo intento, pero es cerrar el libro y seguir muriéndome de calor. No entiendo muy bien cuando Doris Lessing dice: «todo está aquí». ¿Dónde?

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Schalken, el pintor, de Joseph Sheridan Le Fanu

Schalken el pintor

Schalken el pintorEn estos tiempos en los que se publican centenares de novedades al mes, los lectores tenemos a nuestro alcance infinidad de historias, pero cada vez es más difícil que alguna aporte algo nuevo al panorama literario y a nuestras propias lecturas. Yacaré Libros, que cuenta ya con cuatro títulos en su catálogo, da sus primeros pasos como editorial apostando por distinguirse en la forma y en el fondo. Para empezar, la edición de sus obras no pasa desapercibida ni siquiera en la librería más atestada. En el caso de Schalken, el pintor, de Joseph Sheridan Le Fanu, sus dimensiones de 12 x 25,5 centímetros están lejos de amoldarse al resto de ejemplares con los que comparta estante, por lo que es inevitable que los lectores curiosos reparemos en él. Las ilustraciones de Javier Olivares hacen el resto para que este libro se convierta de inmediato en el objeto del deseo de cualquier bibliófilo.

Pero Yacaré Libros no se queda en la superficie. Si pasamos al fondo, la selección de las obras que editan reivindica la buena literatura. Quienes lleven muchas páginas leídas en su haber tal vez tomen Schalken, el pintor por un relato típico de hechos sobrenaturales, pero es mucho más que eso: se trata de una de las primeras obras de Joseph Sheridan Le Fanu, considerado el padre del cuento moderno de fantasmas y pionero de la novela de vampiros, pues abrió el camino a célebres autores como Bram Stoker o Anne Rice, quienes reconocieron la enorme influencia que tuvo en ellos. Ahí reside el gran valor de Schalken, el pintor: instaurar pautas narrativas que renovaron el enfoque de los relatos de fantasmas en el siglo XIX y que a día de hoy se han convertido en elementos clásicos del terror, una y mil veces imitados.

Aunque Joseph Sheridan Le Fanu es recordado especialmente por Carmilla, en Schalken, el pintor ya daba muestras del estilo que más tarde le caracterizaría: un lograda ambientación realista en la que se producen hechos extraños, una elaborada construcción de personajes y un final que deja en manos del lector la explicación de lo sucedido. En este relato, Joseph Sheridan Le Fanu contó la historia que se escondía detrás de un cuadro de Godfried Schalken, un pintor holandés famoso por su excelente manejo de las luces y las sombras. En él aparecía una joven alumbrada por una vela. Era Rose Velderkaust, sobrina del mentor de Schalken, Gerard Douw, y, tras ella, un hombre a punto de desenvainar su espada. Este cuadro es el punto de partida de esta misteriosa historia, que logra atrapar al lector gracias a la tenebrosa ambientación recreada por Joseph Sheridan Le Fanu y a las ilustraciones de Javier Olivares que la representan.

Schalken, el pintor es un objeto de coleccionista para todo amante de los libros tanto por ser una obra pionera dentro de su género como por el mimo con el que Yacaré Libros la ha editado para que la luzcamos en nuestra librería particular. Y es que, a veces, basta con volver a los orígenes para redescubrir la literatura y dar un aire diferente a nuestras lecturas.

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Lais, de María de Francia

Lais

LaisEs muy probable que te gusten las historias que cuenta Lewis Carroll, Hans Christian Andersen o los hermanos Grimm. ¿No? Bueno, todavía es más probable que te gusten las historias de Disney. ¿Sí? Pues si estas te gustan, te gustarán las de los autores que he citado al principio y retrocediendo aún más te gustarán las historias de María de Francia, conocidas como Lais, las que ahora recoge en una nueva edición Acantilado traducidas y prologadas por Luis Alberto de Cuenca.

Poco se sabe de esta mujer más que su entorno geográfico, que le da el nombre, y que contaba con un amplio conocimiento cultural. Tampoco necesitamos saber más, porque lo que importante ya está en el libro. Así que dispongámonos a imaginar: es el siglo XII, eres mujer, inteligente, sabedora de leyendas y mitos celtas a la vez que de todas la historias cortesanas que entretienen a la clase alta del momento, estás dentro de una corte inglesa la cual se caracteriza por el hecho de que a sus jóvenes caballeros cada vez les cuesta más encontrar una mujer (que es quien les aporta el patrimonio) y decides ser tú también quien les entretenga, e incluso quien les controle. ¿Cómo? Mediante la imaginación. María de Francia fue capaz de mezclar lo puramente cortesano, lo que podríamos llamar realista, con la fábula celta, con lo maravilloso, lo irreal, lo fantástico. María de Francia consiguió que el más allá ya no fuera únicamente accesible tras la muerte, el más allá existía aquí, en su mismo lugar, en su mismo momento, solo se necesitaba salir al bosque, seguir el rastro de un animal herido, entrar en un mundo paralelo, contiguo, en el que poder ser feliz siendo tú y no nosotros. Digo esto porque con sus Lais empieza a aparecer el individuo como tal, los caballeros tienen nombre y este se repite continuamente en la narración para que el oyente – no el lector; no olvidemos que estas composiciones se creaban para ser recitadas y acompañadas de instrumentos – se quedase con el nombre, lo recordase, hablase de él a los demás, lo convirtiese en héroe.

En estos Lais se recogen doce historias rebosantes de amor donde lo pagano se mezcla con lo cristiano, donde aparecen continuamente Amor y Fortuna, donde se muestran las adversidades que hay que pasar para conseguir el éxito en el terreno amoroso. Se dice de ellos que son los primeros cuentos de la literatura europea, podríamos añadir que conservados. Porque es inevitable pensar que haya podido existir alguna época sin ellos, sin la fuerza del amor hacia el amante, sin la amada siendo perseguida, sin las caídas de vidas que siempre tienen un destino: el amor final. Leyendo a María de Francia nos apartaremos de los reinantes y todopoderosos textos latinos de la época y caminaremos hacia el encuentro de los fabuloso, como por ejemplo ver por primera vez el personaje del hada, del hombre lobo o el barco fantasma, todo narrado como si María de Francia te estuviera hablando directamente de algo que ha escuchado por las calles de un pueblo cualquiera. Y todo eso a unos mil años de hoy. Parece poco, pero no.

Recomiendo los Lais porque me gustan mucho los relatos y estos lo son y no tienen nada que envidiar a los actuales. En los Lais, aunque pueda parecer mentira, hay incluso cine, si no, leedlo y ved cómo juega con las cámaras, como maneja la famosa técnica del cross-cutting cuando todavía se alucinaba – yo sigo haciéndolo – con la mágica forma con la que atraviesa un rayo de sol una lente. Muchos libros nos dicen que no nos aferremos al pasado, que miremos hacia delante, que lo mejor está por llegar. No sé, se está tan bien ahí atrás… Dan tanto calor estos libros… ¿Te gustan? Te gustarán.

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Orgullo y prejuicio, de Jane Austen

Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicioHay ciertos libros que, desde que los lees por primera vez, forman parte de tu vida e incluso te acompañan junto a sus mejores frases, diálogos y personajes en muchos momentos. Y no, no estoy exagerando (quizás un poco sí…). Y me entenderéis si habéis leído alguna vez Orgullo y prejuicio, puesto que personajes como Elizabeth o el Sr. Darcy (sobre todo este último) no se encuentran todos los días ni en todas las lecturas.

Pero hablemos de la edición que nos ocupa. Si ya releer esta novela es una delicia de por sí, releer su edición ilustrada es un lujo aún mayor. Y mucho más si las ilustraciones en blanco y negro son las mismas que la edición en inglés de 1894. Incluso el inicio de cada capítulo es especial, plasmando en un dibujo lo más importante que ocurrirá en el mismo y, a veces, acompañado por una frase en inglés del original. Una auténtica pasada y un ejemplar único para celebrar el bicentenario de la autora para los coleccionistas de la obra de la famosa autora inglesa como yo.

Las aventuras y desventuras que acontecen a la familia Bennet en Orgullo y prejuicio parecen ser el eje de esta romántica y cautivadora historia. Pero si vemos más allá del romance entre Jane y el Sr. Bingley, la complicada relación entre Elizabeth y el Sr. Darcy,  la obsesión de la Sra. Bennet por casar a todas sus hijas y la aparición de otros personajes clave en este libro, descubriremos que el principal tema que trata esta novela es la mujer y su papel durante el siglo XIX, tema del que la autora realiza una crítica abierta y nos plantea varias preguntas a través de su narración descriptiva y completa de ironías: ¿Por qué el principal objetivo de las mujeres en aquella época era contraer matrimonio? ¿Y si una de ellas quería algo más? ¿Acaso no se merecían tener ambiciones en sus vidas?

Es imposible responder a estas preguntas, ya que ahora la vida es muy diferente a la de aquellos años. Pero si algo representa el personaje de Elizabeth Bennet es esa gran diferencia con todas las mujeres de aquella época que, quisieran o no, se resignaban a una vida dominada por los hombres  y a contraer matrimonio sin importar lo que ellas deseaban, teniendo únicamente en cuenta su papel en la sociedad y el dinero. Elizabeth se convierte en una mujer muy adelantada a su época, que rechaza el matrimonio por convivencia y que decide casarse únicamente si llega a enamorarse algún día. Y, cuando os decía que no estaba exagerando al principio de esta reseña, me refería a que personajes como este suponen un antes y un después en la literatura y, sobre todo, para la mujer.

En definitiva, Orgullo y prejuicio es una novela que no pasará desapercibida para nadie que la lea ya que, aunque fue escrita hace más de dos siglos, se encuentran muchas emociones con las que convivimos día a día: no solo el orgullo y los prejuicios, sino también el amor, la amistad, la ambición y nuestros deseos más allá de las necesidades de nuestras familias.

En este año, que se conmemora el segundo centenario de Jane Austen (1817-2017), releer mi libro favorito de la autora y con estas preciosas ilustraciones me ha encantado y me ha dejado con ganas de más. Las novelas de esta autora reflejan, como ya he dicho, la realidad de la sociedad de su época, haciendo una dura crítica del papel de la mujer. Es muy interesante leer cada una de sus novelas, ahora que la vida ha cambiado y en esta sociedad en la que el feminismo está cobrando cada vez mayor importancia. Por eso creo que es vital leer a Jane Austen en estos momentos de cambio y recordarnos todo lo que hemos evolucionado y lo que no debemos hacer para volver hacia atrás en nuestra historia…

 

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La vida es sueño, de Pedro Calderón de la Barca

la vida es sueño

la vida es sueño¿Cuántos lectores en ciernes se habrán cargado las lecturas obligatorias del colegio? Conmigo no lo consiguieron, claro, incluso disfruté reencontrándome con Poe y sus Cuentos macabros o descubriendo el esperpento de Valle-Inclán en Luces de bohemia. Aunque no negaré que también hubo títulos que se me hicieron cuesta arriba, como Castilla, de Azorín o Tirant lo Blanc, de Joanot Martorell. No siempre es fácil interesarse por libros que han sido escritos décadas o incluso siglos atrás, y menos a esas edades. Los profesores deben ayudar a comprenderlos y elegir una buena edición para que sus alumnos logren conectar con ellos.

La editorial SM, en su afán por inculcar el amor por la literatura desde la infancia, acaba de estrenar una colección de clásicos adaptados. Las portadas han sido lo primero que me ha llamado la atención: atrás quedaron los sobrios diseños que evidenciaban la seriedad y trascendencia literaria de la obra; SM apuesta por los colores para dejar claro que los clásicos también pueden ser atractivos y divertidos. En el interior, una gráfica pone en antecedentes a los lectores, explicando quién fue el escritor a través de aquellos aspectos de su vida y de su contexto histórico que se reflejan claramente en su obra. Y, lo que es más novedoso, muestra cómo ese clásico o su temática todavía están presentes en nuestros días en forma de películas y teatro.

De los títulos de la literatura universal que ofrece esta nueva colección, yo ya había leído El Quijote, El conde Lucanor, El lazarillo de Tormes, La regenta, Bodas de sangre, Rimas y leyendas y Tres sombreros de copa; así que, entre Fuenteovejuna y La vida es sueño, me decanté por el de Calderón de la Barca.

La vida es sueño es un drama filosófico estrenado en 1635, referente del teatro barroco y escrito en verso, ¡ahí es nada! Con semejante presentación, comprendo que los estudiantes de la ESO se echen a temblar, pero quizá se tranquilicen cuando vean que tiene mucho en común con peliculones como Origen, Matrix o El show de Truman, pues en él nada es lo que parece y los límites entre sueño y realidad son difusos. Además, la adaptación del texto hecha por Ricardo Gómez agiliza la lectura (sin perder la esencia de este clásico) y las oportunas notas en los márgenes aclaran los aspectos más confusos para el lector actual.

Esta obra aborda temas atemporales como el amor (paternal y sentimental) y la educación, de los que los adolescentes ya tendrán bastante que opinar. Aunque no sean herederos al trono encerrados en una torre como su protagonista, el pobre Segismundo, estoy segura de que si el profesor de Lengua y Literatura de turno se salta los aspectos más formales y plantea un debate sobre su contenido, la convertirá en una historia cercana y reconocible y surgirán muchas voces a favor y en contra de determinados personajes. La filosofía de La vida es sueño da mucho de sí y es una oportunidad de oro para implicar a los alumnos y cambiar su concepto de que los libros escritos hace cientos de años no tienen nada que ver con ellos. SM ha dado un paso más para demostrar que los clásicos no son cosa del pasado, ahora le toca a los profesores seguir con tan importante cometido. La pasión por la lectura se ha de contagiar con pasión, no con aburridos comentarios de texto. Los futuros lectores están en juego.

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En busca del tiempo perdido: El manga, de Marcel Proust

en busca del tiempo perdido el manga

en busca del tiempo perdido el mangaHay libros que apabullan solo por su extensión. Es el caso de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust. ¡Siete volúmenes y casi tres mil páginas! Es una de esas obras que hay que coger con muchas ganas y mucho tiempo para no morir en el intento. Yo soy muy de clásicos, ya lo sabréis los que me hayáis leído más de una vez, pero también me gusta variar lecturas, por lo que no me veía dedicándole meses en exclusiva al señor Proust, aunque me intrigara saber por qué es tan famosa su magdalena, que hasta ha dado nombre a un efecto psicológico. Sin embargo, al ver que la colección la otra h, de Herder Editorial, publicaba En busca del tiempo perdido: El manga, he aprovechado la ocasión. Al fin y al cabo, si habían conseguido explicarme Crítica a la razón pura, de Kant, a través de un cómic, los creía capaces de condensar satisfactoriamente una de las grandes narraciones de la literatura occidental en apenas cuatrocientas páginas. Así que, finalmente, un solo día me ha bastado para descubrir la incógnita de la magdalena y quedarme con la boca abierta por la revolución que debió ocasionar esta obra cuando fue publicada, hace un siglo ya.

Todo empieza con la famosa magdalena, que evoca en el protagonista y narrador de esta historia los recuerdos de su vida. El repaso a su infancia y primeros amores, así como su afán de codearse con la alta sociedad son temas recurrentes en la literatura de la época, por lo que me sentí en terreno conocido durante las primeras páginas. Y entonces, ¡zas! Una escena de sexo. Y luego otra y otra. Pero lo más sorprendente no fue eso, sino que estaban protagonizadas por hombres con hombres y mujeres con mujeres. El sexo y la homosexualidad cogían relevancia en la trama a medida que avanzaba, y no dejaba de pensar hasta qué punto Proust había sido explícito o sutil en la descripción de esas escenas. Seguramente, esta sea una de las primeras obras literarias con tantos personajes homosexuales y, ahora que ya he saciado mi curiosidad con la magdalena, me intriga saber si este libro sufrió censura por ello.

A simple vista, En busca del tiempo perdido es una historia de líos amorosos y frivolidades de la alta sociedad, pero entonces llega el final y Proust da una vuelta de tuerca que enlaza todas esas banalidades para que adquieran un significado lleno de trascendencia. Y es que, a través de los sentimientos con los que evoca sus recuerdos el protagonista, Marcel Proust nos da una lección magistral del valor de la memoria para que nuestro pasado persista y para que todo —nuestra vida, nuestro mundo— adquiera sentido al final del camino.

Soy consciente de que con En busca del tiempo perdido: El manga no he podido conocer la forma de escribir de Proust, que, según dicen, se caracteriza por frases interminables, en un continuo monólogo interior, algo imposible de representar en un cómic. Pero ya no tengo miedo de enfrentarme a esta obra, y sé que la leería con ganas. Ahora solo falta encontrar el tiempo para embarcarme en esa titánica lectura, y no descarto buscarlo algún día, porque ya no me cabe duda que dedicárselo a Marcel Proust no será tiempo perdido.

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El arte de la guerra ilustrado, de Sun Tzu

el arte de la guerra ilustrado

el arte de la guerra ilustradoMe parece fascinante leer un texto escrito hace más de dos mil años y ver que sus enseñanzas siguen siendo necesarias. Si en un principio El arte de la guerra era estudiado por estrategas de guerra, hoy en día resulta igual de instructivo para políticos y empresarios y, en definitiva, para todo aquel que tenga que gestionar conflictos y rivalidades.

Sun Tzu, un legendario filósofo-guerrero, creó esta especie de manual para la guerra en el período de los Estados Combatientes de la antigua China, que duró desde el siglo V al III a. C., y actualmente sigue considerándose la obra de estrategia más influyente. La edición de la editorial Edaf de este clásico está ilustrada con obras pictóricas y esculturas de China, Japón y Corea, y presenta la versión del traductor Thomas Cleary, en la que, además de los aforismos del maestro Sun, se recogen los comentarios que hicieron once lectores diferentes a lo largo de casi mil años, seleccionados para arrojar luz sobre el texto original y mostrar cómo se transforman las interpretaciones de las enseñanzas de Sun Tzu con el paso del tiempo.

Thomas Cleary aclara que en su traducción ha suprimido algunas alusiones a armas y cuestiones locales y que ha querido preservar las ambigüedades propias del chino para que los lectores del presente sean quienes las diluciden según su contexto y vivencias. Yo, por ejemplo, soy socióloga y me especialicé en recursos humanos, por lo que los pilares que asienta esta obra sobre la psicología de masas me han resultado de lo más atractivos. Sun Tzu y sus comentaristas reflexionan sobre el buen liderazgo, que es el que consigue la solidaridad y comprensión entre dirigentes y dirigidos; la delegación de responsabilidades según el talento de cada cual, pues todas las personas tienen alguno, y la importancia de conservar tanto los recursos materiales como los humanos, ganando sin combatir.

Y es que, pese a lo que pueda parecer, El arte de la guerra habla sobre todo de paz. Frases como las siguientes lo demuestran: «La guerra es destructiva incluso para los vencedores, a menudo contraproducente y solo razonable cuando no hay otra opción» o «Las armas son instrumentos desfavorables, no herramientas de los iluminados. Cuando no existe más remedio que utilizarlas, es mejor permanecer en calma y libre de la codicia, además de no celebrar la victoria. Quienes celebran la victoria están sedientos de sangre, y los sedientos de sangre no pueden imponerse al mundo». El arte de la guerra da las claves para entender el conflicto y salir vencedor de él, pero, sobre todo, para evitarlo.

Me parece increíble que las lúcidas premisas de un texto tan analizado y con un tremendo calado en la ciencia, psicología y tecnología asiática no se pongan en práctica con más frecuencia en occidente. El análisis racional del conflicto, dejando a un lado la ira y la codicia, o la puesta en valor del equipo humano, por encima del beneficio material a corto plazo, son cuestiones que, a mi parecer, deberían aplicarse más a menudo en política y en economía. El maestro Sun lo sabía hace ya más de dos mil años. Leámoslo y hagámosle caso.

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Luces de bohemia, de Ramón del Valle-Inclán

Luces de bohemia

Luces de bohemiaAño 1920. España. Hombre flaco, gallego, de extravagante porte. Capa sobre sus hombros, larga melena cubierta por un sombrero —uno de copa—, quevedos y barba de chivo. Y manco, que eso también hay que saber lucirlo. ¿Su nombre real? Ramón Valle Peña. Él mismo decidió cambiárselo por el más sonoro y molón Ramón María del Valle-Inclán. Mucho mejor.

Este hombre, que gustaba de codearse y reflexionar sobre filosofías irracionalistas en el seno de hombres graves y concentrados como Unamuno, Azorín o Baroja, resultaba siempre la nota discordante por sus excéntricas y bohemias costumbres. Fíjate hasta qué punto llegaban sus ideas que decidió abandonar los estudios de Derecho e irse a vivir a México porque, según él: «México se escribe con x». Y se quedó tan ancho. ¿Y cómo llegó a quedarse manco? Ese es otro capítulo de su esperpéntica —¡oh, fabuloso calificativo!— vida. Resulta que, tras su experiencia mexicana, todo con muchas x, y regresar a Madrid, su vehemencia le llevó a zurrarse con un amigo a bastonazo limpio. Decían los habituales del Café de la Montaña que Valle-Inclán era asiduo a acalorarse en debates y recurrir al duelo con sus homólogos. ¡Qué tiempos, oiga! En una discusión que no iba con él sobre la relación entre españoles y portugueses, Manuel Bueno dijo algo que no resultó del agrado de Valle-Inclán. Ni corto ni perezoso le espetó: «¡Qué quieres decir con eso, majadero?». Y Manuel Bueno, que no era muy dado al diálogo, le asestó un bastonazo en el brazo cuyo resultado fue la amputación por la lesión. Pero todo dentro del sentido más puramente bohemio, por supuesto. Nada de chocarrería castiza de borrachines literatos, que nuestro Valle-Inclán era mucho Valle-Inclán. No era ningún cualquiera.

En el año 1920 el autor perteneciente a la Generación del 98 revolucionó el teatro español publicando Luces de bohemia y un subgénero que él mismo creó, el esperpento. Se acuñó el término del esperpento a una mordaz visión de la sociedad española, una deformación caricaturizada del habla y de sus gentes de un modo grotesco. En la obra encuentras esta teoría en la escena XII en la que el protagonista, que en seguida hablo de él, toma la palabra y dice:

«La tragedia nuestra no es una tragedia […]. El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética sistemáticamente deformada. España es una deformación grotesca de la civilización europea».

La técnica de la deformación esperpéntica se produce de la transformación que sufren los rostros en los espejos cóncavos que decoraban los escaparates del callejón del Gato en Madrid. Esa visión deformada, junto con las imágenes grotescas de los cuadros de Goya (según el protagonista: «El esperpentismo lo ha inventado Goya») inspiró a nuestro Valle, que era un cachondo, no lo olvides, a desarrollar ese género.

Luces de bohemia trata sobre un escritor ciego, Max Estrella, un soñador perdido en Madrid y hambriento que, sin dinero, se deja guiar por un lazarillo, don Latino de Híspalis, a través de los callejones sombríos y tabernas del Madrid de la época. En su paseo nocturno se producen una serie de sucesos de lo más triviales donde, paradójicamente, es el ciego quien ve la verdad que rodea la sociedad; lo grotesco. En una taberna comparte charla con su buen amigo Rubén Darío, se cruza en su camino con unas prostitutas, coincide con un grupo de amigos cuyos cánticos revolucionarios le llevarán preso al calabozo… En fin, lo que suele dar de sí una noche madrileña. No me digas que no te sientes identificado con el pobre Max. Un pasaje de escenarios múltiples de técnica muy cinematográfica (y de compleja representación en teatros de la época) le llevará a un funesto desenlace que pone la guinda a este goyesco cuadro esperpéntico.

Luces de bohemia fue en mi instituto lectura obligada. Y la disfruté. Mucho. Años después, vuelvo a encontrarme con una edición de esas que da gusto tener por sus comentarios de texto, esta vez a cargo de Francisco Caudet, y la soberbia documentación y profesionalidad con la que analizan la obra. Leer un libro en las cuidadas ediciones de Cátedra es una apuesta ganadora segura. Tiene todos los detalles necesarios para la comprensión de la lectura, la trayectoria del autor, el contexto espacio-temporal y un análisis crítico en profundidad y de gran rigor para aprender con cada página. De mis años de estudio en Literatura Española, y que ahora he vuelto a retomar, Bécquer y Valle-Inclán siempre fueron mis favoritos; con quienes más disfrutaba leyendo sus obras, de quienes más me fascinaban sus biografías. Ya solo me queda tener la oportunidad de ver representada esta genial obra de teatro.

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Amor y Amistad, de Jane Austen

amor y amistad

amor y amistad¿Alguna vez os habéis preguntado con qué escritor o escritora os iríais a tomar una cerveza? No tengáis en cuenta si sigue vivo o hace años —siglos— que murió, dejad volar vuestra imaginación.

¿Ya lo sabéis?

Puede que hayáis optado por un autor que sepa de todo y que seguramente os dé mucho tema de conversación. Quizá, a vuestro escritor favorito, para decirle cuánto lo admiráis. O tal vez a ese que os cae muy bien por lo que deja traslucir de su personalidad en los libros que escribe o escribió, al que incluso os hubiera gustado conocer en la juventud y ser amigos de farra. Yo no me había hecho esa pregunta hasta ahora, pero tras leer Amor y Amistad pienso que me hubiera gustado conocer a Jane Austen y, en concreto, a la Jane Austen adolescente.

Jane Austen me conquistó con su célebre obra Orgullo y prejuicio, sobre todo por el grandísimo matrimonio de los Bennet —lo que me pude reír con ese adorable padre y esa insoportable madre—, me supo a poco en La abadía de Northanger y Persuasión, y en Amor y Amistad, que recoge tres cuadernos escritos durante su adolescencia, ha vuelto a sorprenderme. Si algo me gusta de esta autora, por encima de las historias que cuenta, es cómo las cuenta, con ese derroche de sentido del humor y de crítica inteligente a la forma de vida y costumbres de su época (por eso, pese a las pequeñas decepciones, siempre vuelvo a ella). Y en Amor y amistad, estos elementos que tanto disfruto están multiplicados por cien. En este conjunto de relatos y esbozos de novelas escritos entre 1791 y 1793, la jovencísima Jane Austen dio rienda suelta a su ingenio y su desenfado. Diálogos ocurrentes y sátira social sin filtro destinados a los lectores de su entorno; hermanos, primos, amigos o sobrinos, a los que una chica de quince años les dedicaba sus textos sin saber que algún día, varios siglos después, serían leídos por millones de personas. Jane Austen en estado puro, demostrando que el talento es algo innato, pero también que hace falta mucho trabajo para encarrilarlo. Porque algunos de estos escritos tienen tramas forzadas, inconexas o inacabadas, pero ya destilan la impronta de la autora: esa elegancia para hablarnos de lo absurdo del comportamiento humano, esa retranca con la que se ríe de sus personajes.

Qué suerte haber tenido una pariente así en la estirada época victoriana. Lo que debieron de disfrutar sus conocidos con sus pequeñas historias y con sus comentarios cotidianos. O quizá les sacaba los colores y no le hacían ni caso, quién sabe. Incluso hoy, en el siglo XXI, dejaría sin palabras a más de uno con sus irreverentes observaciones. Y es que Austen es mucha Austen, se ponga en la época que se ponga y con los años que sean. Por eso, a mí me hubiera encantado conocerla y tomarme algo con ella. Si leéis Amor y Amistad puede que penséis lo mismo. Tal vez, si somos muchos, nos dé para pagar el viaje en el tiempo: de nosotros hacia el pasado o de ella hacia el presente. Un té con pastas a las cinco o una caña en cualquier bar, da lo mismo. Si es en compañía de la joven Jane Austen, el buen rato está asegurado.

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