
Sonaba Gardel por el equipo de música de aquel café argentino de Lavapiés donde desayunaba. Un equipo de música moderno incapaz de restarle ese sonido mono tan característico de un viejo tango. Mi Buenos Aires querido se confundía con el chocar de vasos y platos, las voces de los habituales apoyados en la barra y el aroma del café. En la calle, unos perros ladraban. Ya sabía qué libro quería leer.
A veces, circunstancias ajenas a la literatura te llevan de la mano a elegir un libro como si alguien hubiera escrito que así fuera. Acontecimientos, en principio, sin conexión pero que cobran todo su sentido a medida que se van enlazando. El destino fijado, el inevitable desenlace y no poder escapar de él, es el rasgo principal de esta embaucadora novela que voy a presentar.
Moravia, de Marcelo Luján, tiene el rumor de un tango amargo y el tinte doloroso de las tragedias griegas. Un relato que, por su fuerza descriptiva del Buenos Aires de 1950 y el desarrollo de los personajes, te apresa y te libera a partes iguales, te acaricia y te golpea con rabia, te deleita con la melodía de un bandoneón para después abandonarte desnudo frente al dolor. Todo en una novela de menos de doscientas páginas. No necesita más su autor para demostrar que el reconocimiento recibido por su última obra, Subsuelo, no fue gratuito. La riqueza lingüística de este texto, con la mezcla de sabores y colores de Argentina, Nueva Orleans y la antigua Checoslovaquia, le dan mayor vida a un relato de bellísima trama.
Así, la historia sucede en febrero de 1950. Juan Kosic, ahora un famoso bandoneonista, regresa a su Buenos Aires natal que tanto le decepcionó quince años después de haberla abandonado. Junto a él, viajan su esposa y su hija. Juan Kosic lleva dos cosas como equipaje: un maletín lleno de dinero y el rencor de demostrarle a su madre que en Nueva Orleans triunfó en aquello que ella tanto le negó y que fue motivo de su separación y huida de Argentina, la música.
Para ello, idea un plan: ocultará su identidad y se presentará en la pensión que regenta su madre junto a su hermana en Colonia Buen Respiro, un pueblo perdido de La Pampa. Allí, se hará pasar por turista adinerado, acomodándose incluso en una habitación, esperando a desenmascarar la verdad y vengarse por tanto dolor y burla sufridos en el pasado. Un suceso trágico hará cambiar por completo el camino de los acontecimientos.
La maestría del relato de Marcelo Luján reside en la estructura de tragedia griega que ha conseguido crear: desde un coro en la figura de los perros que custodian la pensión de la madre y que anuncian con sus ladridos el desenlace, hasta el sabor edípico que deja en los labios esta amarga novela. No es hasta el final cuando se desencadene la catarsis trágica excepcionalmente trenzada por Luján.
También, cabe citar la influencia que ha tenido en el autor un fragmento de El extranjero de Albert Camus que ha guiado el desarrollo de esta historia. Valiéndose de aquel extracto, ha escrito una obra dividida en dos actos: por un lado, la llegada al puerto de Buenos Aires del trasatlántico que llevó a Juan Kosik y Lidia, su esposa, de Europa a América. Ahí, a través de sus recuerdos, se muestran los pasados de cada uno. Todo aquel pasado que no eran más que eslabones que forjaban el destino de sus protagonistas. En el segundo acto, se desarrolla la acción en el tiempo presente en Colonia Buen Respiro, el pueblo natal de Juan Kosic: el eterno viaje en tren hasta el pueblo, ocultar su identidad ante los habitantes, presentarse en la pensión, lo que allí sucedió.
Moravia, cuyo título hace mención a la ciudad checoslovaca desde donde emigraron a Argentina los ascendientes del protagonista, ha sido reeditada y puesta de nuevo en librerías por la editorial Salto de Página tras haber estado descatalogada en su anterior editorial. La crítica considera esta novela como género negro. Desligado por completo del relato policíaco, que no interesa en absoluto a su autor, lo principal del relato destaca en la negrura que subyace en el ser humano desde la fluidez; donde hay tiempo para pensar, para elegir, para reaccionar, y que, sin embargo, decide ejecutar la maldad. Una reflexión sobre la condición humana que también exploró en su siguiente novela Subsuelo.
Sin duda es una lectura que se hace imprescindible acompañarla de un viejo disco de Carlos Gardel. La música está presente durante todo el relato. Del mismo modo, deja también el regusto de las buenas películas de cine clásico. Porque esta novela se disfruta como tal: un plano en blanco y negro a bordo de un barco, la actriz mira por última vez alejarse el puerto de la ciudad de Buenos Aires, antaño, viviendo su época gloriosa; de fondo, un músico ejecuta una melodía con rumor de despedida.
«Rencor, mi viejo rencor, no quiero sufrir esta pena sin ti.
Si ya me has muerto una vez, ¿por qué llevaré la muerte en mi ser?» (Rencor, de C. Gardel)

Era una salamandra. Ya están aquí. ¡Todo ha terminado!
Olor a pólvora, asfalto y al perfume de una mujer para una historia de detectives de la vieja escuela. Música de jazz, bourbon en la barra del local de Vassos y una metralleta Thompson oculta bajo un mantel de cuadros. Está Sue y está Babe y está Vassos. Y a Babe le gusta Sue. A Vassos le gusta Sue. A Sue le gusta Babe. Y eso no agrada a Vassos. Las cartas de este trío están sobre la mesa y las armas cargadas. Pero hay un arma aún más peligrosa que no se carga con pólvora, aunque quema: el amor por una mujer.
Durante una semana, tiempo más que prudente para dedicarle una lectura atenta a cualquier libro, no he hecho otra cosa más que vivir por y para esta novela. Cierto, tenía mis obligaciones que implican, en mi caso, dedicarme a otras lecturas, pero esta vez no. Me planté. No quise introducir en mi mente nada más aparte de lo que este libro me estaba proponiendo. Me dediqué a disfrutar en exclusiva del contenido y argumento de esta sublime novela: El alienista.
Imagina que tienes dieciséis años. Imagina pasear por las aceras mojadas de Bilbao en una época de noches en las calles escuchando a grupos de punk y bebiendo hasta caer al suelo. Imagina que, al llegar a casa, dejando atrás el frío, te esperan tu padre y tu abuela. No está mal, ¿no? Ahora, imagina que a quien llamas abuela apenas se mueve en su silla de ruedas y aquel a quien llamas padre se convierte cada noche en Satán. Imagina tu casa como el lugar de sus fantasías donde nadie puede saber lo que hace contigo. Vuelve a imaginar que tienes dieciséis años y que a él no le importa que seas su hija, que a él no le importa que te duela. ¿No desearías poder hacer algo más que rezar a Dios? ¿Quizá, incluso, ser el mismo Dios?
Piensa en un libro que te haya marcado de un modo significativo. ¿Ya? Lo sé, hay tantos dónde elegir. Nos vemos desbordados de lecturas pendientes y no somos capaces de abarcar lo más mínimo. Aquel quot libros, quam breve tempus refleja fielmente nuestra zozobra por no poder leer cuanto quisiéramos. Yo tenía pendiente conocer algo de Sylvia Plath y no tenía ni idea de por dónde empezar. Llegó a mis manos este La campana de cristal y ya tengo respuesta a qué libro me ha marcado.
En las cosas del amor no hay nada más grande que el primero, ya que será con lo que midas el resto de experiencias de tu vida. Amar de verdad significa inquietud. Inquietud por encontrar a la persona amada en cada esquina que doblas; esperar a que suene el teléfono para volver a escuchar su voz; hacer que cada conversación tenga que ver con el amor. La música que escuchas, las películas que ves, los libros que lees, de todo extraes la savia necesaria para calmar esa inquietud que en ti deja el primer amor. Y el primer amor a veces dura para siempre y se hace único y, la mayor de las veces, se acaba. Pero no así la inquietud. No, esa no se muere jamás.
Ella entra. Sobre fondo negro, un foco ilumina un piano situado a la derecha; en el lado opuesto, un robusto escritorio de madera, y sobre él, una lámpara de estudio con su bombilla encendida, varias hojas llenas de anotaciones y algunos viejos libros con la encuadernación desgastada. Ella, apoyada en la silla junto al escritorio, mira al público. Lleva un vestido verde y camisa blanca y sostiene un bolso de piel en su mano derecha. Habla:
A menudo, si alguien nos pregunta sobre el último libro que hemos leído solemos responder con un escueto resumen de la trama. Algo así como: Me he leído un libro que trata sobre el joven heredero a la corona de Dinamarca, que está triste por la muerte de su padre y cabreado con su madre por haberse casado con su tío. Un día, se le presenta el espíritu de su difunto padre y le pide que vengue su muerte porque ha sido asesinado. Para comprobar si es un engaño o no, el protagonista decide montar una obra teatral que escenifique el asesinato y así descubrir al asesino.
Si formaras un grupo de lectura, ¿qué libros propondrías para analizar, debatir y disfrutar? ¿Qué te lleva a elegir esos libros? Debes pensar que de tu criterio dependerá la cantidad de lectores que se unan a tu grupo, además de cuántos otros pondrán en tela de juicio tu listado. Elaborar un catálogo con las que consideras mejores obras literarias parece una tarea muy complicada cuando tienes que escoger entre todo cuanto se ha escrito. Lo normal es limitar la búsqueda por géneros, épocas, movimientos o cualesquiera otros motivos se te ocurran. Harold Bloom, defensor de la estética y el placer por la lectura, retomó en 1994 la idea clásica de la selección de autores y obras necesarias y publicó El canon occidental, un libro no exento de polémica.
En los telediarios de TVE destaca por su particular manera de enfocar la noticia. Apenas tiene un minuto y medio para informar de aquello que tanto le gusta, pero es más que suficiente para que, mientras todos estamos pendientes de nuestro plato de comida y de discutir con algún familiar sobre la noticia anterior de política, o de violencia, o de fútbol, triada que denota prácticamente lo mismo, levantemos la mirada al escuchar su voz. Es una narración cercana, sencilla y poética. Y pausada; deja las palabras levitando como si esperase inspiración para las siguientes, pero en realidad, ya las tiene pensadas, tan solo deja que paseen por nuestra conciencia. Sus reportajes de cultura con su peculiar punto de mira son los que le han hecho distinguirse en los medios de comunicación. También es la voz de las retransmisiones de los Oscar y, según estoy observando, ya ha creado escuela en algún que otro periodista deportivo que, como él en sus orígenes, intenta culturizar y darle un toque más interesante al aburrido reportaje de deportes. Se trata del periodista Carlos del Amor, autor de, hasta ahora, tres novelas, El año sin verano (Espasa, 2015), Confabulación (Espasa, 2017) y su obra debut de la que voy a hablar La vida a veces.
¿Merece la pena ser libre para morir? ¿Hay algo, en verdad, por lo que merezca vivir? Los leones de Bagdad es la historia más triste que he leído en mucho tiempo. Sin duda, tiene un inmenso poder evocador por los dramáticos acontecimientos que en el cómic se narran, pero aún más, por quienes lo protagonizan. No es de extrañar, y el propio autor así lo confirma, que emplear animales para contar la historia va a crear una conexión más estrecha con el lector, y el efecto de la catarsis —me compadezco de lo que le ocurre al otro y temo lo que me puede ocurrir a mí—, que se defendía en los textos aristotélicos, en ese estado en el que el hombre se enfrenta al mundo y a la vida producto del efecto que le causa la fábula, va a intensificarse en mayor grado. Los animales como protagonistas de la historia, como reflejo de la sociedad, siempre han causado una gran atención en el mundo literario. La fábula (esta vez no el concepto que tenía Aristóteles, sino el género narrativo en sí) tiene el poder de inducirnos conceptos morales que ya desde niños, en cuentos infantiles, intentan inculcarnos. Así, una historia tan dura y fascinante como la que se cuenta en este cómic no podía tener mejor aliciente para hacernos llegar su carga dramática que el de ser protagonizada por animales.