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Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano, de Yani Hu

Sopa de udon

Sopa de udon

Confesémonos: ¿quién no guarda una camiseta vieja porque le recuerda a una de las mejores etapas de su vida?, ¿quién no se retrotrae a su infancia cada vez que huele el aroma de una comida en concreto?, ¿quién no recuerda la primera vez que le hicieron daño?, ¿quién no se ha avergonzado durante la adolescencia de ciertas atenciones de su madre y después las ha echado de menos al llegar a la edad adulta? De esas nostalgias se compone Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano, el primer álbum en español de Yani Hu, recién publicado por Ponent Mon, una editorial que siempre me enamora con sus ediciones.

Este libro con dibujos de estética manga recopila cinco relatos escritos e ilustrados por Yani Hu. En «Sopa de udon», que da nombre al conjunto e inaugura la obra, nos habla de esas promesas infantiles que afortunadamente se acaban cumpliendo. En «Los jerséis de mamá», nos relata cómo cambia la forma de relacionarnos con nuestros padres a medida que nos hacemos adultos. En «El cepillo de dientes y el amor», simboliza toda una historia de amor en un objeto tan anodino como es un cepillo de dientes. En «Pinocho y el conejo Ping-pong», nos muestra uno de esos primeros gestos de amor durante la infancia, pero también el dolor de las primeras traiciones. Y en «La camiseta de Ulises», nos cuenta cómo algunos amores idealizados llegan a causar ceguera a largo plazo.

Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano está compuesto por estas cinco historias que nacen de la cotidianidad, como su propio título indica, y en todas ellas la inocencia (y la pérdida de esta) es una de las protagonistas. Son relatos extremadamente sencillos, con pocos personajes y sin pretensiones de sorprender con un giro de última hora. Su único propósito, en mi opinión, es conectar con los lectores a través de esas emociones que todos hemos sentido en algún momento y, sobre todo, en determinadas etapas de nuestra vida que ya nos quedan bastante lejos. Y en cada relato, esas emociones se representan en un objeto ordinario —ya sea una comida, un regalo, una prenda de ropa o un utensilio de aseo— por el que los personajes, al igual que nosotros en nuestra vida, sienten un apego o un rechazo inconsciente.

No hay mejor forma de definir  Sopa de udon. Pequeños relatos de lo cotidiano que la frase dicha por la protagonista de uno de los relatos: «Sencillo y nada exagerado. Pero su calor constante me había acompañado en el camino». Al menos, esa fue mi sensación al leer el cómic de Yani Hu. Una obra que más que leerse, se siente, pues nos hace evocar esos recuerdos que creíamos olvidados, admitir esas nostalgias que nos empeñamos en negar, sonreír al reconocer lo que fuimos y todavía somos, aunque no nos demos cuenta. Y es que, como la autora demuestra en este libro, cuando echamos la vista atrás, muchos detalles que en su día nos parecieron irrelevantes se se acaban convirtiendo en los momentos más apreciados de nuestra vida.

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Petra chérie, de Attilio Micheluzzi

Petra chérie

Petra chérieLa lectura de Petra chérie nos demuestra un par de cosas: en primer lugar, que la afirmación de que estamos viviendo la edad dorada de la novela gráfica, aparte de ser un topicazo, es tan sólo una verdad a medias. Lo segundo que nos demuestra es que, como sucede con tantas cosas en la vida, cuanto más nos adentramos en este casi inabarcable mundo, más nos percatamos de nuestra no menos inabarcable ignorancia. Y la verdad es que la revelación nos llena de alegría, pues si hasta ahora uno ha vivido la mar de contento sin saber de la existencia ahí afuera obras tan entrañables y al mismo tiempo grandiosas como ésta, ¿cuántas otras joyas no estarán esperando a que editoriales como Ponent Mon se lancen a su rescate?

Para ser justos, quizá es precisamente la edición completa de estas historias uno de los factores que empujan a tantos  decir que la novela gráfica está viviendo su edad dorada. No obstante, estas historias son al cómic lo que las películas de Orson Welles son al cine, o la música de Miles Davis al jazz. Entiéndase, no son simplemente clásicas, sino que, sobre todo, representan un modo de contar historias, de crear personajes, y de dibujar viñetas que murieron con su creador y que, precisamente por ello, son inmortales.

Fue su creador Attilio Micheluzzi (1930-1990), un hombre de esos que ya no se estilan, lo cual poco nos sorprende después de leer esta obra. Nacido en el seno de una familia militar, polifacético, de gustos refinados, elegante, conservador y extraordinariamente culto, Micheluzzi trabajó durante años como arquitecto en Libia. Tras el golpe de estado del inicuo Gadaffi, decidió volver a su país, Italia, donde empezó su camino como historietista. Las historias de Petra chérie se publicaron mensualmente en la revista Alter alter, y quizá debamos a este modo de publicación su carácter conciso y su ágil ritmo. Micheluzzi era capaz de mostrarnos en un par de viñetas toda la complejidad de sus personajes, y tampoco precisaba de largas secuencias para, en cada historia, plantear el conflicto, mostrarnos su desarrollo y sorprendernos con su desenlace. Con Micheluzzi no hay paja: estamos ante un maestro de la economía en el arte de la narración.

Las comparaciones con su compatriota Hugo Pratt son inevitables. Del mismo modo que a nadie se le escapan los puntos en común entre Petra y Corto Maltés, ambos autores parecen tener la sensación de haber nacido en una época que no les correspondía. Al igual que Pratt, Micheluzzi era un gran nostálgico de aquella Europa hoy desaparecida, aquel mundo de fronteras hoy irreconocibles, en el que, fuera cual fuera la cuasa por la que lucharan, todavía existían los héroes. Así, en estas historias, situadas todas durante la Primera Guerra Mundial, con excepción quizá de las últimas, que más precisamente transcurren durante la Revolución y la Guerra Civil rusas, nos encontramos con personajes como Lawrence de Arabia, que nos narra uno de los episodios más tristes de su aventura entre los árabes, o el legendario Barón Rojo, amén de otros secundarios de tanto empaque como Winston Churchill.

Y así, desde Prusia al Daguestán, pasando por París, Venecia, el Bósforo, Israel o Alepo, el trazo fino de MIcheluzzi, su uso exclusivo de blanco y negro con entintadísimos claroscuros, sus composiciones magistrales, su sutil sentido del humor y su verdadero amor por Petra, a quien tan bien reprende con cariño como advierte de los peligros que la acechan, nos brindan una aventura inolvidable a través de la historia, tanto la de la Gran Guerra como la del cómic. Delicia de coleccionistas.

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The time before, de Cyril Bonin

The time before

The time before Una de los eternos anhelos imposibles del hombre es el de viajar en el tiempo, no tanto para ver qué nos depara el futuro como, sobre todo, para poder volver atrás y cambiar el pasado. Como todos sabemos, los errores, a veces, se pueden corregir, o, en su defecto, y si eres listo, disimular, pero no se pueden borrar. Aquellas palabras que dijimos y que tanto nos duelen, aquel beso que no dimos en el momento único y, por desgracia, irrepetible en que había de darse, aquella decisión equivocada y, por ponernos un poco más modernos y prosaicos, aquel tuit que publicamos y que todavía hoy nos persigue.

Son muchísimas las historias al respecto, tanto en el cine como en la literatura, desde La máquina del tiempo, de H.G. Wells, a Regreso al futuro, pasando por obras maestras de la novela gráfica, como Barrio lejano, de Jiro Taniguchi, u otras algo menos conocidas, como Inolvidable, de Alex Robinson. Dejando de lado la conocida paradoja del abuelo (esa que dice que, si viajas al pasado y matas a tu abuelo antes de que tu padre sea concebido, no puedes estar aquí para emprender ese viaje al pasado), cualquier hipotético viaje atrás en el tiempo encierra una gran trampa. Una de las obras que mejor reflejaba esa trampa es la película Atrapado en el tiempo. De ella, muchos se quedaron con el mensaje un tanto infantil de que, si eres bueno, si te enmiendas, el tiempo te perdona y puedes seguir adelante con tu vida. La idea principal, sin embargo, era muy otra: cualquier hipotético intento de corregir nuestro pasado hasta hacerlo perfecto es inútil y sólo nos llevaría a empeorar nuestro presente.

En esta excelente novela gráfica titulada The time before, Cyril Bonin nos cuenta una historia que, en cierto sentido, nos recuerda a aquel inolvidable día de la marmota. Un buen día de 1958, el fotógrafo Walter Benedict recibe, por uno de esos azares que no lo son tanto, un talismán que le permite, según pronto descubre, regresar a cualquier momento del pasado, siempre que ese momento haya tenido lugar desde el momento en que recibió el talismán. Walter continúa con su vida sabedor, pues, de que cualquier error que cometa puede ser fácilmente corregido. Basta con desearlo. Va así puliendo cada una de las decisiones que toma y evitando todos y cada uno de los pequeños percances que le ocurren, como un artista que repasa su obra una y otra vez con el fin de crear una obra perfecta. Hasta que un día sucede algo terrible que le impide, durante un tiempo, recurrir al talismán. Decide dejar entonces que la vida siga su rumbo. Sin embargo, la tentación de hacer uso del talismán para corregir esos pequeños mecachis de la conciencia es demasiado grande como para no sucumbir a ella.

Cyril Bonin imprime un gran dinamismo a la composición de sus viñetas, que contrasta con el uso del color, de apagados ocres, verdes y naranja, perfecto como el sepia de las fotos antiguas para evocar recuerdos y remordimientos en una historia que nos revela una gran contradicción del ser humano: el anhelo de controlar nuestro pasado representa, en el fondo, el deseo de renunciar a tomar las riendas de nuestro propio destino.

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Sky Hawk, de Jiro Taniguchi

Sky Hawk

Sky HawkÉrase una vez dos samuráis en el Far West… En más de una ocasión he señalado que el manga no conoce los límites en lo que respecta al género, al estilo, al argumento o a la creatividad. Eso sí, crear un manga que nos hable de las andanzas de dos guerreros japoneses viviendo con los sioux, en tierras de Dakota del Norte, enfrentándose a los bandoleros, los buscadores de oro y, por último, al ejército de los Estados Unidos, y conseguir que la historia sea no sólo interesante y emocionante, sino además absolutamente creíble, eso está al alcance únicamente del más grande mangaka: Jiro Taniguchi, por supuesto.

En honor a la verdad, la presencia de samuráis en América no es fruto de la imaginación de Taniguchi, sino que se trata de un hecho absolutamente verídico. A raíz de la derrota que sufrieron en la guerra civil japonesa de 1868-9, un grupo de cuarenta miembros del clan Aizu se embarcaron en el barco de vapor China y partieron rumbo a San Francisco. Entre ellos sitúa el autor a Hikozaburo Shoma y Manzo Shiotsu, dos personajes ficticios que acercan Sky Hawk, obra escrupulosamente documentada, a la novela histórica.

Al poco de llegar a California, nuestros héroes son víctimas de explotación y timos, y su aventura en búsqueda de oro se ve frustrada en el momento mismo en que da comienzo. Un día, mientras está cazando, Hikozaburo se encuentra con una joven india que acaba de dar a luz y a la que persiguen unos cazarrecompensas. Hikozaburo la lleva a la cabaña que comparte con Manzo y empieza así su nueva vida, cuando, tras defender a Ciervo Saltarín, como se llama la joven, son recibidos con grandes honores por la tribu de los Oglala Sioux, que los invitan a establecerse con ellos.

Fuertemente influido por algunos clásicos del cine, Taniguchi nos regala aquí un western de los grandes, al tiempo que nos cuenta la lenta pero implacable persecución que el gobierno de los Estados Unidos llevó a cabo contra los nativos hasta recluirlos en reservas y convertirlos en poco más que piezas de museo. Mediante acuerdos que eran sistemáticamente violados, el exterminio de millones de bisontes, la invasión de sus tierras en busca de oro y la construcción del ferrocarril a través de territorios sagrados para ellos, los sioux y otras tribus nativas se enfrentaban a la destrucción de su forma de vida. Sin nada que perder, sólo les quedaba luchar hasta la muerte. Y nuestros samuráis, tras adoptar los nombres de Lobo del Viento y Halcón del cielo, les ayudarán en la empresa.

El Taniguchi de Sky Hawk es, por una parte, el autor sereno y meditativo que conocemos, un hombre que, como sus personajes, huye de una sociedad violenta y materialista, y se refugia en la comunión espiritual con la naturaleza. Por otra parte, no obstante, tenemos un Taniguchi que nos sorprende con escenas de acción extremadamente violentas, en las que vemos cómo el jiu-jitsu y las katanas causan estragos entre las tropas del general Custer.

Mientras entre épicas batallas, escaramuzas, amores, traiciones y matanzas, la historia se aproxima a su clímax, la histórica batalla de Little Big Horn, el lector se pregunta por el pasado de Halcón y Lobo. ¿Qué han sacrificado? ¿Qué tuvieron que dejar atrás? Por momentos echamos de menos un fugaz viaje al pasado, hasta que nos damos cuenta de que, en realidad, ese vistazo al pasado hubiera desviado el objetivo principal del autor: llevar el western al manga. Taniguchi se inspiró para ello en clásicos del oeste como Un hombre llamado Caballo, Bailando con lobos o El último mohicano entre otras, es decir historias en las que el protagonista renuncia a la presunta civilización y decide empezar una nueva vida entre los nativos, adoptando sus valores, creencias y costumbres. Cuando esa renuncia es sincera, no se puede volver la vista atrás, caminante.

Miremos, por tanto, al negro futuro y al conocido desenlace de la guerra entre los sioux y el ejército de los EEUU, pero sin perder del todo la fe. Taniguchi, que siempre tuvo una visión esperanzada del mundo, nos reserva una pequeña y exquisita sorpresa en la última página de esta excelente Sky Hawk. Manga, novela histórica y pequeño gran clásico del western.

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Cuentos y leyendas, de Battaglia

cuentos y leyendas battaglia

cuentos y leyendas battagliaAlgunos, (muchos, seguramente), se rasgarán las vestiduras, si es que todavía hay gente que hace eso, al dejar esta reseña en mis manos. Yo en su lugar lo haría (si todavía se rasgaran). Y sería justo. Porque, ¿cómo describir con palabras lo que este genio ha transmitido al que esto escribe?

Recuerdo que en C.O.U., la asignatura Historia del arte era de mis preferidas. No sólo porque nos subían a una sala especial dotada con proyector de diapositivas y en donde escapabas de la mirada de la profesora amparándote en la oscuridad. Sí, pero no. Me gustaba oír las explicaciones detalladas del Laocoonte, la novedad que supuso la curva praxitélica, el hieratismo, los escorzos, las cariátides, los significados de lo que se representaba en los lienzos, los nombres técnicos, la bóveda de cañón y la de medio punto, el arco ojival, el de herradura, el arbotante o botarel… tantos y tantos términos… y seguramente nos quedamos cortos, como suele pasar.

Pues bien. La peor parte de esa asignatura era la pregunta del examen en la que sí o sí, tocaba hacer el comentario de una obra de arte, como si se tratara de un comentario de texto. Había que poner en práctica todo lo aprendido pero también había que echarle algo de imaginación.

¿Y por qué cuento todo esto? Porque al contemplar (sí, he dicho contemplar, no leer) Battaglia. Cuentos y leyendas no puedo evitar comparar estas ilustraciones con el arte. Porque echo de menos no haber recibido ninguna clase dedicada al cómic o a la ilustración para poder al menos salir airoso de esta reseña. Ya sé que para eso hay toda una carrera, pero unas nociones básicas, lo mismo que hay gente (a mí tampoco me tocó) a la que le enseñaban a tocar la flauta (cosa que, en cambio, no echo en falta).

Dino Battaglia es uno de los innovadores del noveno arte. Fue acusado de ser más ilustrador que historietista, de preocuparse más por lo estético y preciosista que por la narración. Y eso se nota. Muchas de las historias las concluye de una forma demasiado naive para mi gusto y tal vez algo precipitada. La mayoría tiene también una moralina al servicio de la religión.

En este tomo tenemos historias cortas (alguna, como El corazón en el cofre, de tan solo dos páginas) y autoconclusivas. La mayoría son adaptaciones literarias de cuentos conocidos por todos. De hecho, es uno de los historietistas que más acudió a la literatura para inspirarse:

“no había tenido jamás la necesidad de inventar nuevas historias, dado que había tanta buena literatura por ilustrar”

Creedme si os digo que con algunas he retrocedido a mis años de infancia, en los que tumbado en la cama leía cuentos infantiles. Así, tenemos cuentos conocidos como Rompeltisquillo de los hermanos Grimm, Ceniciento y Barbagris (adaptación de La Cenicienta), Los candelabros del obispo (traslación de un pasaje de Los miserables), Una canción de Navidad (Dickens) o El gigante egoísta de Oscar Wilde entre otros. Hay también leyendas como la de San Jorge y la de San Cristóbal o cuentos rusos como El pájaro de fuego, y El rey del río de oro.

Como ya he dicho, las ilustraciones de Battaglia son arte puro. Puedes abrir el libro en cualquier página al azar y da igual donde aparezcas; la vista se demora en esa página. Su técnica es un derroche visual que hipnotiza la parte racional del cerebro. Además, en algunos casos no hay secuencialidad, no usa la viñeta como elemento vertebrador del lenguaje del cómic y maneja con grandísima originalidad la composición de la página.

Recomiendo mucho esta cuidada edición pues, aparte de ser de auténtico lujo recopila adaptaciones literarias más o menos conocidas, la mayoría de las cuales son inéditas en España, y también aconsejo la lectura enormemente instructiva del prólogo.

Battaglia. Cuentos y leyendas se erige por derecho propio en un imprescindible del cómic que te transporta a los clásicos de la literatura con técnica, belleza y saber hacer. Imposible no disfrutar de historias de siempre con un trazo como nunca se ha visto.

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Tocqueville: hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot

Tocqueville hacia un nuevo mundo

Tocqueville hacia un nuevo mundo«Los verdaderos dueños de este continente son quienes saben sacar provecho de sus riquezas».

Quedaos con esa idea, esa idea que ha llevado al mundo a ser lo que es. Los seres humanos se han sentido legitimados por el mismísimo dios para asolar el planeta con la violencia de su huella: talando árboles milenarios para alzar sus torres de acero, contaminando el agua que da la vida con sustancias que provocan la muerte, llenando el aire que respiramos de humos que nos enferman. La inteligente civilización del hombre blanco se ha abierto paso a costa de todo y de todos: eliminando sin miramientos especies enteras de animales, pero también a esos humanos considerados de segunda. Salvajes sin facultades suficientes para entender el progreso, condenados a la destrucción porque no están hechos para este mundo.

Tocqueville: hacia un nuevo mundo, de Kévin Bazot, es una novela gráfica que adapta libremente Quince días en el desierto americano, de Alexis de Tocqueville, para narrar las aventuras que el filósofo político vivió junto a su compañero Gustave de Beaumont durante el verano de 1831, al recorrer el norte de América poco antes de que su naturaleza virgen sucumbiera a la febril urbanización del continente. Los dos jóvenes ansiaban pisar un lugar donde no hubiera llegado la civilización y no les resultó fácil encontrarlo, pues los emprendedores y ambiciosos estadounidenses ya se habían apropiado de la mayoría del territorio.

En esa personal búsqueda del paraíso perdido, Alexis de Tocqueville y Gustave de Beaumont, ambos franceses, presencian con qué menosprecio se trata a los indios americanos, que ya nada tienen que ver con esos hombres fuertes y solemnes que se describían en los libros, y descubren esa impronta de los ciudadanos de Estados Unidos, un país recién nacido por entonces, que les ha llevado a ser los dueños del mundo en nuestros días: un afán por conseguir riquezas que les ciega ante la belleza y placeres que ofrece la naturaleza en estado puro.

La gran edición de Ponent Mon —no lo digo solo por sus dimensiones (216 x 286 mm), sino por la calidad del dibujo y del color— nos hace viajar al siglo XIX y adentrarnos en los majestuosos bosques e infinitos lagos del llamado nuevo mundo, para compartir el asombro y la decepción que Tocqueville y Beamount sienten con todo lo que se van cruzando en el camino. Quizá ellos fueron los últimos viajeros que disfrutaron del «maravilloso espectáculo de la naturaleza abandonada a sí misma» en Norteamérica y a nosotros, los lectores, casi doscientos años después, apenas nos quedan rincones en este maltratado planeta donde vivir una experiencia similar.

Tal vez, si el mundo lo hubieran dirigido personas con la sensibilidad de estos jóvenes aventureros, los indígenas habrían logrado que su voz fuera escuchada y hoy en día seguiríamos teniendo la posibilidad de huir, aunque fuera de vez en cuando, de la civilización para reencontrarnos con su sabiduría ancestral y la naturaleza primigenia. Pero se han adueñado del planeta unos salvajes que ven en la destrucción el discurrir natural de las cosas. A la vista está que es el mundo el que no estaba preparado para semejantes humanos.

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Entrevista a Rosario Villajos, autora de ‘Face’

Rosario Villajos

Rosario Villajos«Rosario Villajos (1978-eternidad) nació en España, donde dedicó su infancia exclusivamente a dibujar y ver películas. En 2011 se marcha a Londres, siguiendo su pasión por el cine. Consigue trabajar un tiempo en la industria cinematográfica como fotógrafa y diseñando carteles. Después de dar muchas vueltas, Rosario decide madurar (un poco) y encuentra un trabajo fabuloso en el mundo digital, que le permitirá tener tiempo libre para crear su primera novela gráfica: Face».

Esta es la carta de presentación de Rosario Villajos, pero en Libros y Literatura hemos querido entrevistarla para conocerla mejor a ella y a su primera novela gráfica. Aquí tenéis el resultado:

 1. El aspecto más llamativo de tu obra es que su protagonista no tiene rostro. ¿Esa idea la tuviste clara desde el principio o fue la mejor manera que encontraste para contar la historia que tenías en mente?

Ni siquiera era la idea original que tenía en mente. La historia iba de una chica que quería hacer un viaje, nada que ver. Quería dibujarla de una manera que se pareciera a mí, porque era una metáfora del momento vital que estaba teniendo en aquellos días. Cuando iba a dibujarla borré tantas veces su cara que me di por vencida y dije: “No tiene cara y punto”. Intenté avanzar con esta historia, pero el hecho de no tener cara se comió todo lo demás y quise comenzar de cero. De todas formas, era un hobby, lo hacía para mí. Al final, creo, ha salido algo mucho más sincero y abierto.

2. Das las gracias a Londres por haberte traído hasta aquí. ¿Habrías escrito Face si nunca hubieras vivido en Londres?

Jamás. Primero, porque la pensé y escribí en inglés, lo que tú has leído es una versión traducida como buenamente he podido, y segundo, porque tiene que ver con cosas que pasan aquí. Por ejemplo, nunca he visto a una chica en España maquillarse en el metro, o tampoco he tenido que escribir un perfil sobre mí para encontrar habitación allí. Son cosas que pasan en Londres. Irte a un país donde no entiendes a la gente, no solo por su lengua, es algo muy grande; aprendes a escuchar y sobre todo a observar. Creo que todo el mundo debería salir de su país, al menos por un tiempo.

3. La cita inicial de Face es de La metamorfosis, de Kafka, ¿es una obra que te haya inspirado?, ¿ves paralelismos entre el peculiar aspecto de tu protagonista, una mujer sin rostro, y Gregor Samsa, un hombre convertido en un monstruoso insecto?

La Metamorfosis ha inspirado toda mi vida en general, al igual que cualquier libro de Italo Calvino o Borges, pero te voy a ser sincera: cuando terminé Face, un amigo la envió a alguien que había tenido experiencia en el mundo editorial del cómic de superhéroes para que me diera algún tipo de consejo. Su respuesta fue que si no tenía cara, ¿cómo hacía para comer, ver o hablar? Me quedé como si alguien que trabaja en Google me pregunta “qué es internet” y me pregunté si a Kafka le hicieron la misma pregunta cuando quiso publicar La Metamorfosis, así que opté por usar la cita para dar cierto contexto de lo que estaban a punto de leer.

4. En la contraportada de Face pone que su protagonista lucha por ser «normal»: ¿qué es ser «normal» en la sociedad de hoy? ¿Es necesario ser «normal» para ser feliz?

Ser normal para mí es tener la capacidad de fingir que lo eres. Hay gente que finge mejor que otra. Algunos fingen tanto y tan bien que llegan a ser normales de forma natural. A estas personas, seguramente, no les gustará este libro.

No tengo ni idea de qué es ser feliz ni si se necesita ser normal para serlo. Yo no aspiro a la felicidad, por ejemplo, yo aspiro a estar en calma, que no es poco. Bueno, también aspiro a tomar un buen café por la mañana y un buen vino por la noche: “lo normal”.

5. ¿Consideras que Face es fruto de la sociedad actual, tan obsesionada con la imagen, o que podría existir en cualquier otra época?

No he vivido en otra época que no sea esta, así que no puedo contestar adecuadamente. Solo sé que, si me doy una vuelta por la National Gallery, me voy a encontrar cuadros de mujeres desnudas con posturas imposibles que están hechas para el espectador, igual que cualquier anuncio de perfume de hoy día. El mundo lleva obsesionado con la imagen, especialmente con la de la mujer, desde hace siglos. Por otro lado, he leído que cuando eres mujer y pasas los cuarenta, te vuelves invisible; me queda poco para averiguarlo.

6. ¿Qué es más difícil en el mundo de hoy en día: conocer a los demás o conocerse uno mismo?

Hablo por mí, obviamente. En mi caso, idealizo y des-idealizo a la gente con mucha facilidad. Y tengo que decir que me ocurre exactamente igual conmigo misma: hay días en los que creo que me voy a comer el mundo y otros en los que no sé ni para qué me he levantado de la cama. Da la casualidad de que esos estados ocurren más o menos en la misma época del mes o más intensamente en cierta época del año y, sin embargo, aun conviviendo conmigo desde hace tanto tiempo, nunca dejo de sorprenderme. Supongo que no soy la única que tiene esta sensación de estar en una montaña rusa cuando está frente al espejo.

7. ¿Crees que la novela gráfica está viviendo un buen momento o todavía no se le presta la atención que se merece?

No sé qué decirte, nunca me he parado a averiguar si la gente las lee. Ni siquiera tengo clara la diferencia entre cómic y novela gráfica. A veces creo que es una nueva forma de llamar al tebeo o a la historieta para darle una categoría más cercana a la literatura, y en la mayoría de los casos creo que no la tiene. En mi opinión, está más cercana al cine. Tal vez sea un híbrido entre cine y literatura, se podría decir así. Sí que puedo decir que para mí hay novelistas gráficos capaces de decir más con 6 viñetas que un escritor consagrado en toda su vida literaria.

8. ¿Qué novelas gráficas recomendarías a todos aquellos que aún tienen reticencias con este tipo de literatura, para que cambien de opinión?

Pues partiría de lo anterior: no es literatura, es otra experiencia entre la literatura y el cine. Después les pediría que le dieran una oportunidad a cosas como Killing and Dying, de Adrian Tomine, Panther de Brecht Evens o Becoming Unbecoming, de Una. De todas formas, creo que la novela gráfica tiene ese lenguaje entre el cine y la literatura para el que no todo el mundo está entrenado. Hay gente que no disfruta mucho del cine y hay gente que estudia para entender el arte, como también la hay que nace entendiéndolo y haciéndolo. En mi caso, pienso que sigo sin entender nada que no salga de una película o un libro, y si el libro tiene dibujos, casi mejor.

9. ¿Tienes previstos nuevos proyectos literarios? ¿Nos puedes avanzar algo?

Me encantaría dibujar con más recursos y más rápido porque tengo varias ideas deseando salir de los voice memos y de los post-its. Ahora estoy empezando con una en la que la gente sí tiene cara. Te podría avanzar algo más, pero temo que ocurra como con Face y acabe siendo una cosa totalmente distinta.

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Face, de Rosario Villajos

Face

FaceImagina que una mañana despiertas convertido en un monstruoso insecto, como Gregor Samsa, el protagonista de La metamorfosis. Bueno, no es necesario que seamos tan extremistas, solo imagínate que no tienes rostro, que de repente el óvalo de tu cara es liso: sin ojos que cerrar, sin boca con la que sonreír, sin nariz que arrugar. Nada de nada. Únicamente unas orejas a los lados y una buena mata de pelo encima. Vaya, eso también suena horroroso, ¿verdad? Pero puede que no sea para tanto si te acostumbras a vivir con ello, como hace la protagonista de Face, la primera novela gráfica de Rosario Villajos.

No sé si yo habría pensado en La metamorfosis al leer esta historia si la autora no hubiera elegido una de sus citas para la primera página. Pese a las diferencias de tono (desasosegante y claustrofóbico en la obra de Kafka, irónico y tierno en la de Villajos) y de época (la burocrática y alienante sociedad del siglo XX en una y la frívola e interdependiente sociedad del siglo XXI en la otra), en ambas historias se reflexiona sobre las mismas cuestiones: la necesidad de adaptación social, la búsqueda de la propia identidad y los sentimientos de soledad e incomprensión. Además, las dos tienen un fuerte componente autobiográfico. Así que sí: aunque a simple vista no lo parezca, La metamorfosis y Face tienen muchísimo en común.

Habrá quien se eche las manos a la cabeza por el hecho de que yo compare esta novela gráfica, que se lee de un tirón, con uno de los clásicos más elogiados del siglo XX. Para muchos, las novelas gráficas no pasan de ser simples entretenimientos y la literatura, la de verdad, no necesita de dibujitos. No negaré que Face es una lectura sencilla y divertida y que resulta muy fácil identificarse con las inseguridades de esta mujer sin rostro. Pero si fuera mero entretenimiento, no se hubiera quedado rondando por mi mente varios días después de haber acabado su lectura. Igual que Franz Kafka se sirvió de una metamorfosis surrealista para plasmar la conflictiva relación con su padre y con la sociedad en la que le había tocado vivir, Rosario Villajos utiliza una mujer sin rostro para hablar de su huida de sí misma y de lo fútil de las relaciones personales en este mundo donde todos acabamos adoptando una apariencia minuciosamente estandarizada. Esa es una de las muchas interpretaciones que yo veo en ese rostro en blanco, en por qué desapareció y en cómo se va transformando y, aun así, sé que se me escapan muchas lecturas más. Y es que cada lector explicará ese vacío con su propia visión de la sociedad actual.

No hace falta que hayáis leído La metamorfosis, de Franz Kafka o Face, de Rosario Villajos, para que coincidáis conmigo en que sufrir la conversión de cualquiera de sus dos protagonistas sería una auténtica pesadilla, y no os haré elegir cuál de las dos situaciones sería peor. Porque, si los leéis, os daréis cuenta de que para la gran mayoría de nosotros ya son una terrible realidad.

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Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono, de Kan Takahama

Ciudad-de-Yotsuya-Barrio-de-HanazonoPor razones geográficas, históricas, lingüísticas y, me atrevería a decir, étnicas, las culturas asiáticas son un mundo al que, benditas tecnología y globalización, el lector o el espectador occidental puede asomarse con cada vez más facilidad, pero que difícilmente podrá llegar a conocer en profundidad. Pensemos en Japón, sin ir más lejos (lo cual sería difícil). Podemos leer a Murakami y pensar que el país del sol naciente está lleno de gatos parlanchines y pozos. Podemos ver las películas de Takeshi Kitano e imaginar un mundo de lirismo y yakuzas. Leer a Kawabata y deducir que el día gira en torno a la ceremonia del té, ver el cine de Ozu y pensar que las calles de Tokio son puntos de fuga. Todos ellos, como artistas que son, nos proporcionan un punto de vista personal de su sociedad, pero, a diferencia de lo que ocurre con otras culturas más cercanas, la variedad no nos proporciona una visión general. Y aquí entra en acción el manga, que, en mi humilde, refleja, quizá de manera más pronunciada que las otras artes, la inmensa riqueza cultural de ese país desconocido. Y por eso nos gusta tanto el manga: porque nunca deja de sorprendernos.

La última sorpresa llega de la mano de Kan Takahama, una mangaka que nos habla de un periodo en la historia del Japón del que, sospecho, los propios japoneses no conocen mucho. Los lectores habituales de literatura japonesa estaréis familiarizados con esas curiosas eras, que tan importantes parecen ser y que tan poco nos dicen a nosotros. Estamos en el año X de la era Tal, nos informan, y servidor, por lo menos, se queda igual. Pues bien, Ciudad de Yutsuya, barrio de Hanazono está situada a caballo entre la era Taisho (1912-1926) y la Showa (1926-1989), y, por primera vez en mi vida, descubro las implicaciones que tiene situar la historia en una era u otra. De manera extremadamente simplificada, podemos decir que la era Taisho se caracterizó por la libertad y la democracia, mientras que la Showa, en sus primeros años, trajo el nacionalismo y sus habituales corolarios, el militarismo y el fascismo.

Estamos en Tokio, donde hace algún tiempo que vive nuestro héroe, Ishin, un chico de provincias que aspira a ser escritor, y que de momento tiene que ganarse la vida escribiendo relatos eróticos. De buenas a primeras nos encontramos con Ishin y su editor, Aoki, metidos de lleno en la vida golfa de tabernas y burdeles, a la búsqueda de inspiración para sus relatos. Sorprende el contenido erótico de esta parte inicial de la novela, con sexo muy explícito y diálogos que lo son todavía más. Sin embargo, lo que se perfila inicialmente como una historia para leer con una sola mano poco a poco se va convirtiendo, en primer lugar, en una original, triste y conmovedora historia de amor casi imposible entre Ishin y Aki, mestiza medio española de turbio pasado, y, en segundo lugar en el interesantísimo retrato de una breve época en la historia de Japón. Dicen que dura poco la alegría en casa del pobre. Del mismo modo, podríamos añadir que dura poco la concupiscencia en el Japón del Showa,  máxime cuando el país se militariza y al peligro externo se suma en el interior la amenaza comunista. Es entonces cuando Ishin, cuyo trabajo como dibujante erótico le ha costado el repudio de su familia, debe decidir a quién se debe: a su familia, a Aki o a su país.

A tenor del modo en que la autora, en su imprescindible epílogo, hace hincapié en la veracidad de algunos de los datos históricos que aparecen en la historia, cabe suponer que también al japonés de 2017 le costará reconocer su país en aquella sociedad efímeramente libertina y descarada de hace un siglo, donde, por ejemplo, en las fiestas del pueblo los costaleros levantan un pene gigante que, a modo de ariete, hacen embestir y penetrar una descomunal vagina. Todo sea por la cosecha. Pero antes de ese epílogo, tenemos el brillante e inesperado desenlace de esta estupenda Ciudad de Yotsuya, barrio de Hanazono, donde  un viaje en el tiempo nos revela el motivo personal que llevó a la autora a embarcarse en esta historia tan bonita.

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Gorda, de Moyoco Anno

Gorda

GordaTengo que empezar esta reseña contando una anécdota porque si no reviento. Los que estéis hartos de mis asuntos podéis pasar al siguiente párrafo. Ya os he dicho que no sé mucho sobre el tema cómic y manga, pero que con el tiempo me va gustando cada vez más. Resulta que el día que recibí el libro, estaba en casa con mi amiga Marina. Cuando abrí el paquete y tuve el libro entre mis manos me quedé un poco loca. “¡Está al revés!” Mi amiga, muy lista ella, me miró con cara rara y me dijo: “es un manga, pava, se leen al revés.” Menos mal que estaba con ella en ese momento y me explicó cómo tenía que leerlo, porque, ¿os imagináis la reseña que hubiera hecho yo si no lo supiera? Quién sabe, a lo mejor si hubiese leído este libro de la otra forma me habría salido un mensaje satánico o un anuncio divino de Raticulín. Y ahora sí, después de esta introducción, que me deja en muy mal lugar, paso a comentar el libro.

Gorda es el título de este manga de Moyoco Anno y, por supuesto, la contundencia del título fue lo que me llamó la atención. Gorda es una palabra sonora, nada de eufemismos ni leches, una palabra directa que en principio te deja muy clarito de qué puede tratar el libro. Claro que si bien yo pensé que este manga iba a ser gracioso y banal estaba muy equivocada. La sensación que te deja el libro después de acabarlo es bastante agridulce, pero paso a contaros la historia primero.

Noko es una chica joven que trabaja en una empresa. Últimamente ha cogido unos kilos, pero es algo que no parece preocuparle demasiado. Mientras pueda comer, todo va bien y esa armadura de grasa que rodea su cuerpo no es algo que le traiga de cabeza. Pero parece ser que al resto del mundo sí le molesta. Noko empezará a escuchar los comentarios que sus compañeras de trabajo hacen a sus espaldas. El detonante será cuando se entere de que su novio, con el que lleva ocho años, se la está pegando con la tía más buena y más gilipollas de su oficina, una chica insoportable que se dedica a hacerle la vida imposible a Noko. Es entonces cuando comienzan las inseguridades. Quizá sí que esté gorda. Quizá lo que necesite es adelgazar y ser tan guay y tan guapa como las otras chicas. Quizá así su novio no le pondría los cuernos.

Lo que viene después es un auténtico calvario que incluye clínicas de adelgazamiento, dietas, peleas con el novio y con la penca malvada, atracones de comida, vomitonas y demás torturas que van haciendo mella en Noko.

Yo pensaba que Gorda iba a ser una historia más amable, algo más divertida. Aunque el manga tenga sus toques de sarcasmo, ha resultado ser una historia mucho más dura de lo que creía. Una bofetada en la cara que me ha hecho reflexionar bastante. Y es que este es un asunto bastante peliagudo que no hay que tomarse a broma. Un papel que la sociedad se empeña en atribuirle a la mujer: a las mujeres perfectas y delgadas todo les va bien y sus vidas son maravillosas. No nos damos cuenta de todo el dolor que arrastra ese papel que la sociedad nos impone. Amigos, no seamos tan imbéciles, por favor. No nos hagamos más daño. Libros como éste son necesarios para hacernos ver lo superficiales que podemos llegar a ser. Vamos a empezar a querernos tal y como somos, seguro que todo va mucho mejor.

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Plinius 1, de Mari Yamazaki y Tori Miki

Plinius 1

Plinius 1Nos ha tocado en suerte vivir en la era del cinismo. Somos capaces de dar explicación a aquellos misterios que durante siglos han sido insondables, y que llevaban a nuestros antepasados a elucubrar teorías que hoy nos hacen reír. Desde la furia de la naturaleza desatada en forma de tormentas, volcanes, terremotos, relámpagos o tsunamis, hasta el comportamiento del átomo, pasando por el funcionamiento de nuestro cuerpo, o la edad de las estrellas, sabemos que todo tiene una explicación científica, y que la revelación de aquellos secretos que todavía se nos escapan no es más que una cuestión de tiempo. Nada puede sorprendernos ya, pues estamos de vuelta de todo, y las más fantásticas predicciones científicas no son recibidas con asombro, sino con admiración por nuestra propia capacidad, como seres humanos, de dominar el ingenuo poder de la naturaleza, que ha pasado, o eso creemos, a estar a nuestro servicio. Deberíamos considerarnos afortunados por  vivir en esta época, ¿verdad?

No cabe duda de que, a lo largo de los siglos y hasta hace apenas cuatro días, nuestro mundo ha sido el mundo de la magia, la oscuridad, la superstición y el miedo, pero también un jardín de las maravillas donde bajo cada piedra se abría un universo por explorar. La reacción natural del ser humano ante un cielo que se les venía encima con su espantosa carga de rayos y centellas era implorar piedad a los dioses e intentar aplacar su furia. Pero siempre hubo unos pocos, muy pocos, que eran capaces de salir de la cueva que los protegía y mirar al cielo cara a cara, desafiando a esa presunta furia divina, para intentar hallar la verdadera explicación del fenómeno o, sencillamente, deleitarse con su belleza. Plinio el Viejo fue uno de ellos.

De esta guisa, precisamente, se abre Plinius 1, esta interesantísima y sorprendente novela gráfica de Mari Yamazaki y Tori Miki. Estamos en Pompeya, que está a punto de ser destruida por la erupción del Vesuvio. Tiembla la tierra, un pestilente gas se infiltra por cada rincón de la residencia de Plinio y empiezan a caer cascotes y piedras  del techo. El pánico se apodera de toda la corte de colaboradores, subalternos, familiares y esclavos que acompaña a nuestro héroe, quien, sin embargo, no se deja apresurar y se niega a abandonar la zona sin antes darse un baño y cenar tranquilamente. Su escribiente, Eukles, que lo acompaña desde los 18 años anotando cada una de las observaciones y reflexiones de su señor, se asombra de la sangre fría de su señor, y recuerda las circunstancias, muy parecidas, en que lo conoció, años atrás.

El flashback nos lleva al paisaje después de otro desastre, la erupción del Etna, en Sicilia, que destruyó la casa familiar de Eukles. Mientras intenta rescatar alguna de sus posesiones, el joven ve interrumpida su búsqueda por la aparición de un excéntrico romano que habla un griego perfecto y muestra un conocimiento ilimitado. El romano le pide a Eukles que le preste la tablilla de cera, el único recuerdo de su padre, pues necesita”dejar escritas unas cosas”. De este modo se inicia su colaboración. Plinio habla, fantasea, imagina y, probablemente, bromea. Eukles apunta frenéticamente y se admira de la curiosidad omnívora e insaciable y la sapiencia de Plinio.

No cabe duda de que a los cínicos nos cuesta tomarnos en serio algunas, si no muchas, de las teorías e historias de Plinio. ¿Un hombre que muere devorado por los piojos? ¿Rayos que se generan en el planeta Júpiter? Pero no os engañéis: Plinio se adelantó a su época. ¿Cuánto? Unos veinte siglos, aproximadamente.

Y mientras nuestro héroe y Eukles emprenden, dando un largo y lento rodeo, el regreso a Roma, entreteniéndose con historias de orcas y, en una escena genial, el testimonio de un niño que ha visto un monstruo marino, llegan órdenes del emperador Nerón. Plinio debe regresar inmediatamente a Roma. Seis veces lo ha hecho llamar para que acuda a su recital de cítara, y seis veces se ha negado el audaz naturalista. Nerón empieza a impacientarse, pero claro, si a Plinio no lo amedrenta la lava hirviendo, tampoco lo hará un vulgar emperador, por muy parricida que sea. En cualquier caso, se masca la tensión.

En el libro tenemos, pues, dos historias. Por una parte, la que nos muestra al genial naturalista, y por otra, un brillante retrato de Roma, de Nerón y de su intrigante amante Popea. Al mismo tiempo, Ponent Mon ha intercalado a lo largo del libro diversos fragmentos de una interesante entrevista con los autores, Miki Tori y Mari Yamazaki, esta última, auténtica apasionada de la Antigua Roma y autora de otro clásico del manga situado en la época: Thermae Romae.

En fin, queridos amantes del manga, de la biografía o de la Roma clásica: no os perdáis este Plinius 1, destinado a convertirse en un pequeño clásico del manga biográfico. Y todavía no hemos llegado al segundo volumen.

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El pájaro azul, de Takashi Murakami

El pájaro azul

El pájaro azulEstremecido. Emocionado. Sobrecogido. Pero también alegre y esperanzado. Así me ha dejado El pájaro azul. En fin, no sabía por dónde empezar, así que lo he hecho por el entusiasmo.

Algunos piensan que es tarea fácil eso de estremecer, emocionar y sobrecoger. Basta, según ellos, con mostrarnos una terrible tragedia y regodearse en los detalles más escabrosos y, sobre todo, en las lágrimas. Podéis verlo en esas películas que intentan acentuar los momentos de dolor con sollozos desconsolados y gritos desgarradores, señal de que el director no ha tenido el suficiente talento para reflejar la magnitud de la tragedia, e intenta compensar esa carencia con la pornografía del dolor. Cuánto podrían aprender esos directores con esta obra que hoy os traigo.

Con El pájaro azul, Takashi Murakami se revela a este lector, que lo desconocía, como un auténtico maestro del manga, y como un artista de inconmensurable talento para convertir la tragedia en belleza y, por lo tanto, en esperanza. El libro nos cuenta la historia de una familia feliz a la que el destino intenta destrozar. El destino, sin embargo, es un arma de dos filos, y del mismo modo que, desde su trono, puede sonreírse mientras apunta con el cruel pulgar hacia abajo, es capaz también de convertirse en nuestro aliado más inesperado. En ese momento, nos damos cuenta de que Murakami no es sólo poesía y sensibilidad, sino un fabuloso constructor de historias.

Sorprendido, el lector de este maravilloso libro se encuentra con que la historia que le da título termina en la página 81, y va seguida de otra historia considerablemente más larga titulada “El azar”. Pensamos, pues, que quizá alguien se ha equivocado al vendernos como novela lo que en realidad son dos historias separadas, pero entonces descubrimos el increíble vínculo que las une, y nos asombramos junto a los propios personajes, tres generaciones unidas, en el sentido primordial de la palabra, por la tragedia.

Nos cuenta el autor en el epílogo que estaba elaborando una obra que versara sobre la familia, cuando tuvo lugar el desastre del tsunami de 2011. Más allá del impacto inicial que tienen sobre nosotros, las grandes catástrofes cambian nuestra perspectiva de la vida, y, durante un instante, unos días a lo sumo, comprendemos y aceptamos nuestra fragilidad como seres vivos. Al cabo de un tiempo, sin embargo, todo eso pasa o lo hacemos pasar, y volvemos a preocuparnos por las miserias de la vida: envidiar, poseer y aparentar. No así Murakami, que nos dice: “el miedo y la desesperación que me causaron las pérdidas derivadas de aquel desastre tuvieron su repercusión en la historia en la que estaba trabajando. ¿Cómo afrontar las muertes de nuestros seres queridos? ¿Cómo afrontar nuestra propia muerte?”.

La muerte de un hijo, el alzheimer y el estado vegetativo de un ser querido no son, desde luego, temas que a priori nos prometan una tarde de lectura agradable. Takashi Murakami, sin embargo, con su trazo rico y expresivo, con sus entrañables personajes rebosantes de humanidad, con su sensibilidad totalmente desprovista de sentimentalismo, y con su mirada llena de vitalidad, esperanza y alegría, nos hace pasar un rato absolutamente inolvidable.

Creo que no exagero si digo que uno sale de esta lectura convertido en mejor persona. Más sana también, ya que con los litros de lágrimas que hemos derramado nos hemos deshecho de una cantidad de toxinas que ni  en una sauna finlandesa.

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