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Sky Hawk, de Jiro Taniguchi

Sky Hawk

Sky HawkÉrase una vez dos samuráis en el Far West… En más de una ocasión he señalado que el manga no conoce los límites en lo que respecta al género, al estilo, al argumento o a la creatividad. Eso sí, crear un manga que nos hable de las andanzas de dos guerreros japoneses viviendo con los sioux, en tierras de Dakota del Norte, enfrentándose a los bandoleros, los buscadores de oro y, por último, al ejército de los Estados Unidos, y conseguir que la historia sea no sólo interesante y emocionante, sino además absolutamente creíble, eso está al alcance únicamente del más grande mangaka: Jiro Taniguchi, por supuesto.

En honor a la verdad, la presencia de samuráis en América no es fruto de la imaginación de Taniguchi, sino que se trata de un hecho absolutamente verídico. A raíz de la derrota que sufrieron en la guerra civil japonesa de 1868-9, un grupo de cuarenta miembros del clan Aizu se embarcaron en el barco de vapor China y partieron rumbo a San Francisco. Entre ellos sitúa el autor a Hikozaburo Shoma y Manzo Shiotsu, dos personajes ficticios que acercan Sky Hawk, obra escrupulosamente documentada, a la novela histórica.

Al poco de llegar a California, nuestros héroes son víctimas de explotación y timos, y su aventura en búsqueda de oro se ve frustrada en el momento mismo en que da comienzo. Un día, mientras está cazando, Hikozaburo se encuentra con una joven india que acaba de dar a luz y a la que persiguen unos cazarrecompensas. Hikozaburo la lleva a la cabaña que comparte con Manzo y empieza así su nueva vida, cuando, tras defender a Ciervo Saltarín, como se llama la joven, son recibidos con grandes honores por la tribu de los Oglala Sioux, que los invitan a establecerse con ellos.

Fuertemente influido por algunos clásicos del cine, Taniguchi nos regala aquí un western de los grandes, al tiempo que nos cuenta la lenta pero implacable persecución que el gobierno de los Estados Unidos llevó a cabo contra los nativos hasta recluirlos en reservas y convertirlos en poco más que piezas de museo. Mediante acuerdos que eran sistemáticamente violados, el exterminio de millones de bisontes, la invasión de sus tierras en busca de oro y la construcción del ferrocarril a través de territorios sagrados para ellos, los sioux y otras tribus nativas se enfrentaban a la destrucción de su forma de vida. Sin nada que perder, sólo les quedaba luchar hasta la muerte. Y nuestros samuráis, tras adoptar los nombres de Lobo del Viento y Halcón del cielo, les ayudarán en la empresa.

El Taniguchi de Sky Hawk es, por una parte, el autor sereno y meditativo que conocemos, un hombre que, como sus personajes, huye de una sociedad violenta y materialista, y se refugia en la comunión espiritual con la naturaleza. Por otra parte, no obstante, tenemos un Taniguchi que nos sorprende con escenas de acción extremadamente violentas, en las que vemos cómo el jiu-jitsu y las katanas causan estragos entre las tropas del general Custer.

Mientras entre épicas batallas, escaramuzas, amores, traiciones y matanzas, la historia se aproxima a su clímax, la histórica batalla de Little Big Horn, el lector se pregunta por el pasado de Halcón y Lobo. ¿Qué han sacrificado? ¿Qué tuvieron que dejar atrás? Por momentos echamos de menos un fugaz viaje al pasado, hasta que nos damos cuenta de que, en realidad, ese vistazo al pasado hubiera desviado el objetivo principal del autor: llevar el western al manga. Taniguchi se inspiró para ello en clásicos del oeste como Un hombre llamado Caballo, Bailando con lobos o El último mohicano entre otras, es decir historias en las que el protagonista renuncia a la presunta civilización y decide empezar una nueva vida entre los nativos, adoptando sus valores, creencias y costumbres. Cuando esa renuncia es sincera, no se puede volver la vista atrás, caminante.

Miremos, por tanto, al negro futuro y al conocido desenlace de la guerra entre los sioux y el ejército de los EEUU, pero sin perder del todo la fe. Taniguchi, que siempre tuvo una visión esperanzada del mundo, nos reserva una pequeña y exquisita sorpresa en la última página de esta excelente Sky Hawk. Manga, novela histórica y pequeño gran clásico del western.

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Hotel Harbour View, de Jiro Taniguchi y Natsuo Sekikawa

Hotel Harbour View

Hotel Harbour ViewCualquier libro en el que figure el nombre de Jiro Taniguchi es tentación, obligación y motivo de jolgorio para el lector de manga. Esto sucede no sólo con las historias creadas por este gigantesco artista, sino también, como en el libro que hoy os traigo, con aquéllas en las que Taniguchi presta su inconfundible dibujo a otro guionista.

Hotel Harbour View es una colección de historias con guión de Natsuo Sekikawa e ilustrado por nuestro mangaka favorito. En su primera edición, hace ya unos cuantos años, constaba tan sólo de dos historias, pero en esta nueva edición, de manera muy acertada, Planeta Cómic ha includido otras tres para brindarnos un extraño y fascinante híbrido entre el manga y la novela negra.

Esta extrañeza y fascinación nos asalta desde la primera historia, “Good-Luck City”, poética, experimental y misteriosa, con páginas divididas en alargadas viñetas verticales y el enigmático texto en la parte inferior. Los autores creen necesario justificar la inclusión de esta historia inconclusa, pero a este lector se le antoja que esas últimas viñetas ya sin color, y ese personaje a punto de cruzar el río son el mejor y el único final posible para esos preciosos desvaríos.

Con sus pistoleros, prostitutas y hoteluchos de mala muerte, “Good-Luck City”, además, marca perfectamente el tono de todo el volumen. Así, en la segunda historia, que da título al libro y se abre con una impresionante escena y una espectacular vista de Hong-Kong, nos encontramos con un hombre que se prepara para enfrentarse con su futuro asesino. Esta historia tan oscura alcanza su clímax con otra inolvidable escena en la que es inevitable acordarse de aquella obra maestra del cine negro que era  La dama de Shanghai.

Para continuar la fiesta, dejamos atrás Hong-Kong y nos dirigimos a Caracas, donde transcurre “El restaurante de la calle de Los Niños Perdidos”, otra historia oscura que da comienzo en la morgue y nos conduce por una ciudad que “apesta a gasolina, meados y colonia demasiado fuerte”. En su clase de español, el protagonista aprendió a decir “la sangre es roja”, y al final de la historia, para dar fe de ello, las viñetas cobran un color cada vez más intenso que casi estalla en una viñeta a doble página que parece pintada al óleo.

“Brief encounter” es el título de un clásico del melodrama que nos contaba, allá por los años cuarenta, la historia de un amor imposible. Desconozco si los autores estaban pensando en ella al escribir esta historia, pero lo cierto es que aquí la novela negra introduce el motivo de ese amor que todos tuvimos un día y que, precisamente por imposible, nos negamos a olvidar.

La propina es “Un asesinato tokiota”, una visión del submundo de la mafia yakuza a través de los ojos de un extranjero. Muerte, cuerpos tatuados, katanas y, de nuevo, un asesinato anunciado.

Hotel Harbour View es, en suma, otra demostración de que no hay género literario fuera del alcance del manga, en este caso bendecida, además, por el genio ilustrador de Jiro Taniguchi.

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La montaña mágica, de Jiro Taniguchi

La montaña mágica

La montaña mágicaCurioseando por google tras leer esta novela, escribo “Jiro Taniguchi” y le doy a “imágenes”. Entre muchos dibujos hermosísimos, de exquisito detalle y primorosa perspectiva, me encuentro con unas pocas fotos de un señor con bigote y gafitas redondas. Su rostro bonachón y su mirada escéptica, con un toque socarrón, son difíciles de reconciliar con la inmensa melancolía que con frecuencia destilan sus obras. En ellas, desde la inolvidable Barrio lejano hasta El olmo del Cáucaso, pasando por El paseante o El almanaque de mi padre, el maestro Taniguchi nos cuenta historias sobre personajes que, sin llegar a sentirse perdidos, sí sienten que algo o alguien, puede que ellos mismos, quizá muy lejos de aquí o quizá en la tienda de al lado, tal vez ahora mismo o tal vez en otro tiempo remoto, necesita su ayuda, o tan sólo su presencia. Eso, y no otra cosa, es la melancolía.

Dice el propio Taniguchi en la interesantísima entrevista que Ponent Mon ha tenido el acierto de incluir en la edición: “La melancolía es un remedio para equilibrar el espíritu. (…) De entre los sentimientos humanos, [es] el más sutil, inasible, y sin duda precioso. La melancolía no es una enfermedad, sino el estado más puro de un individuo”. Algo, pues, que va mucho más allá de la mera tristeza.

Un niño que a los seis años pierde a su padre, y que, a los once, teme que la enfermedad que sufre su madre acabe por llevársela a ella también, no puede sentir sino una inmensa melancolía. Apenas has empezado a vivir y la vida misma te lo roba todo. Con este planteamiento se abre La montaña mágica, una sencilla y hermosa historia en la que Taniguchi introduce un elemento muy poco habitual en él: la magia.

No busquéis aquí una historia como Barrio lejano o El paseante. Por el contrario, muchos comparan esta obra con la película El viaje de Chihiro, por la presencia en ambas de ese mundo de espíritus japonés que tan ajeno nos resulta. En La montaña mágica, pues, Taniguchi, en lugar de asomarse al mundo de los niños desde una melancolía adulta, lo ha hecho desde un punto de vista infantil. Y el resultado es una sencilla historia de iniciación que, a diferencia de otras obras del autor, gustará mucho a los niños.

¿Y a los adultos? Pues bien, este adulto, algo desconcertado tras la primera lectura, disfrutó en la segunda, por supuesto, con los dibujos de este maestro de la novela gráfica, siempre de una sobria belleza, pero también con la sencillez de un relato que, gracias a los detalles enigmáticos y hasta tenebrosos que lo puntúan, nos deja con la sensación de que algo se nos escapa, se nos escapa, se nos escapó.

No podemos volver a nuestra infancia para recuperar ese algo, pero, por suerte, siempre nos quedará Taniguchi.

 

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El olmo del Cáucaso, de Jiro Taniguchi y Ryuichiro Utsumi

El olmo del Cáucaso

El olmo del CáucasoMira tu mano. ¿Qué ves?
Ante ti tienes pura ingeniería. El instrumento mejor diseñado por la naturaleza. Pequeños huesos, músculos y ligamentos que junto a sus 29 articulaciones son capaces de hacer que la mano genere todo tipo de movimientos, revelando así, en algunas ocasiones, más sentimientos que el propio rostro humano. Lo cual no es difícil si eres Sylvester Stallone. La mano es un mecanismo tan complejo como extraordinario, capaz de manipular todo tipo de objetos y ofrecerte un agarre único en las situaciones más peliagudas. La mano es esa que muestra la destreza suficiente para asir un lápiz con la medida adecuada entre suavidad y firmeza con la finalidad de crear letras; de igual forma es esa que se cerraba dentro de un guante de boxeo para golpear de forma contundente, con el fin de derribar oponentes, y llevar a Muhammad Alí hasta sus 56 victorias.
Vuelve a mirar tu mano. ¿Qué ves?
Si eres dibujante posiblemente veas una pesadilla. La mano es ese objeto del mal constituido de poliedros, triángulos, óvalos y hasta circunferencias que puede conseguir arruinarte la obra de arte que ya casi tenías terminada. Solo algunos pocos elegidos son capaces de dibujar estas herramientas carnosas de cinco dedos sin que parezcan aberraciones de la naturaleza surgidas de los enfermizos relatos de Lovecraft. Jiro Taniguchi es uno de ellos. Las manos que él ilustra son bellas y atesoran la capacidad del lenguaje no verbal; hablan de saludos y susurran caricias.

Y si de manos seguimos hablando hablaré de lo lejos que queda aquella vez que en las mías cayó aquel cómic de tres tomos titulado El almanaque de mi padre. Por aquel entonces en el manga reinaban los rostros de grandes ojos y las bocas de piñón. Hombres musculados y mujeres de desproporcionados atributos sexuales protagonizaban historias de corte fantástico o de ciencia ficción, en las que la violencia campaba a sus anchas. No os estoy descubriendo nada nuevo, ni siquiera me estoy quejando (engullí, y sigo engullendo, ese tipo de cómics con gusto), solo evidencio un hecho de aquella época. Pero aquel manga, que contaba las vicisitudes de una familia a lo largo de los años, con un dibujo fuertemente enraizado al cómic europeo, me mostró que en lo referente al seinen (o manga para adultos) había más alternativas.
Antes de llegar hasta El olmo del Cáucaso y otras historias de Jiro Taniguchi se cruzarían en mi camino, como Barrio Lejano, Sky Hawk o Cielos radiantes. Enseñándome que este prolífico mangaka, aunque se encontraba más cómodo relatando historias costumbristas, era capaz de dibujar samuráis, indios y vaqueros que luchaban por un ideal, perros salvajes de lealtad consumada o hasta naves espaciales y paisajes post-apocalípticos, como en Crónicas de la nueva era glacial, que dejaban al lector con el culo congelado. Pero con El olmo del Cáucaso Jiro Taniguchi, que esta vez comparte tareas con el novelista Ryuichiro Utsumi, el cual se encarga del guion, vuelve a esas historias intimistas en las que pasan cosas usuales pero que gracias a ese aura casi onírica que les otorga consigue dejarte ensimismado hasta el final del relato.

El tándem funciona, y es que mientras Ryuichiro Utsumi narra historias de vidas complejas con una prosa muy cercana a la fábula, Jiro Taniguchi vuelve a confeccionar un dibujo sublime, con primeros planos de esos rostros de trazo limpio a los cuales otorga más luminosidad al difuminar el fondo o simplemente dejándolo totalmente en blanco. Y esa meticulosidad que muestra en poblar cocinas de utensilios, cuartos de estar de adornos, ciudades de vida y naturaleza de movimiento. En definitiva, dibujos en blanco y negro que son capaces de evocar colores.
Este tomo, excelentemente reeditado por Ponent Mon, se compone de ocho relatos; todos marcados por las decisiones que tomamos en la vida. Relatos repletos de pequeñas dudas existenciales o de complicadas encrucijadas que solo tras el paso de varios años sus protagonistas son capaces de dilucidar el camino a seguir. Como en El reencuentro, donde un hombre que se desentendió de su familia, y tras una grata casualidad, tiene la oportunidad de enmendar sus errores. ¡Bienvenidas sean las segundas oportunidades! O en El olmo del Cáucaso, la primera de las historias que además da nombre al compendio, donde los autores consiguieron hacerme sufrir por el destino de un árbol (¡de un puto árbol!) hasta el último momento. ¡La esperanza jamás debe perderse! O En Los alrededores del museo, donde nos muestran que las exiguas perspectivas de felicidad ante una vida que ya parece caduca se trastocan con la llegada de un inesperado amor. Oh la la, c’est l’amour! O en Atravesando el bosque, mi relato favorito (aquí donde me veis soy un blando al cual el corazoncito se le derrite ante historias protagonizadas por perros e infantes) donde el hermano mayor, que ha madurado a la fuerza y de forma injusta, intenta proteger al pequeño de ese mundo en ocasiones cruel. ¡Cuánto drama, y a su vez cuánta fe en el ser humano!

Ahora vuelve a mirarte la mano.
Manos que se tienden para ayudar: “Hiroshi agarró con fuerza la mano de Yôji y continuó andando con la boca firmemente cerrada.”
Manos que enjugan lágrimas: “Sin querer, de improviso, las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas
Manos que buscan la reconciliación y manos que dan golpecitos amistosos en la espalda.
El olmo del Cáucaso es como tu mano, una obra de ingeniería que funciona a la perfección. Un conjunto de historias, trabajando todas ellas, como una maquinaria bien engrasada, con un solo propósito: conseguir hacerte reflexionar sobre las cosas que realmente importan en esta vida.

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Crónicas de la era glacial ,1, de Jiro Taniguchi

cronicas de la era glacial

cronicas de la era glacial

Parece mentira, pero desde que se editó por primera vez en Japón en 1988 nunca se había publicado en España el manga que hoy nos ocupa. Tal vez sea un signo de los tiempos y las tendencias, tal vez alguien se haya dado cuenta del error, o tal vez, simplemente, quieran hacer caja.

Sea como sea, siempre es bienvenida cualquier obra de Jiro Taniguchi. Cualquiera. Acostumbrado(s) como estoy (¿estamos?) a historias intimistas, familiares, nostálgicas, emotivas, románticas e incluso gastronómicas, pero historias que siempre tocan la patata del lector, sorprende ver a este autor en una aventura de ciencia ficción. (No acabo de encuadrar Un barrio lejano ni Cielos radiantes dentro de ese género por mucho que uno trate de un viaje al pasado, al propio cuerpo adolescente manteniendo la mente de adulto, y otro nos cuente el intercambio de conciencias entre dos personas a raíz de un accidente de tráfico).

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Los guardianes del Louvre

los guardianes del louvre

“Los guardianes del Louvre”, de Jiro Taniguchi

los guardianes del louvreRecuerdo que una vez, de pequeño, en una de las frecuentes veces en las que caía enfermo, llegué a tener tanta fiebre que me levanté de la cama porque empecé a delirar y a ver algo… No me invento nada. Estuve un buen rato dando vueltas alrededor de la cama porque me seguía una cosa verde pero transparente. Era como el fantasma glotón de  Cazafantasmas (y la película llegaría unos años después. Sí, sé lo que estáis pensando: soy un visionario…), pero sin cara ni brazos y solo hacía eso, seguirme. No volví a ver esa cosa nunca más, pero para mí –y por lo visto, sólo para mí– fue una visión clara, tan clara que todavía me acuerdo.

 Pues bien, en el cómic que hoy nos ocupa, un dibujante japonés –el propio autor–  tras un viaje colectivo con otros dibujantes, decide quedarse en París para visitar los museos antes de volver a Japón. Sin embargo, en la habitación del hotel, solo y en tierra extranjera le acomete la fiebre y a esta se le unen unas pesadillas. Al día siguiente, algo recuperado, decide dar un paseo y llega hasta el Louvre.

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