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La única, voz, de Tiziano Angri

La única voz

La única vozCuando en este lacrimal valle las cosas se ponen más chungas de lo que podemos aguantar, todos necesitamos un álbum mental de recuerdos en el que poder refugiarnos. A todos nos gustaría haber disfrutado una infancia idílica, como la de Aquellos maravillosos años, llenos de aventuras, amorcitos y momentos epifánicos. El problema es que las infancias son como las narices: cada uno tiene la que le ha tocado, y dado que los recuerdos, de momento, no podemos embellecerlos mediante cirugía plástica, pues agua y ajo.

Naturalmente, todo esto no lo digo por mí, que al fin y al cabo, tuve mis veranos en la playa, mis noches de Reyes y sólo algún que otro roce con los quinquis del barrio. Lo digo por Yuri, el atormentado protagonista de esta enigmática y turbadora novela gráfica titulada La única voz.

Yuri no es esquizofrénico. Oye voces, pero no son imaginarias ni le llegan de un recodo de su mente. Son muy reales. En su infancia Yuri desarrolló una hipersensitividad auditiva imposible de curar, y, sin ir más lejos, la voz del doctor que les da la mala noticia a sus padres le produce a nuestro héroe una dolorosísima descarga en la cabeza.

Pasan veintitrés años y nos encontramos de nuevo con Yuri, que está intentando poner remedio a su tortura. Las voces, los gritos y hasta los silencios de los vecinos convierten cada segundo de su existencia en un suplicio. Pero ahora, con la ayuda de un curioso pingüinito de juguete, ha conseguido fabricar una caja de resonancia con la que, mediante “un sonido mágico que reverbere mi grito hasta su mundo”, espera conseguir ponerse en contacto con sus espíritus guía. Sin embargo, el resultado de su ensordecedor experimento no será exactamente lo que espera.

Por otra parte tenemos a Irene, atrapada en un cuerpo provisto de pene, que se vende a viejos verdes con el fin de ahorrar el dinero que necesita para la operación que ha de cambiar su vida. Tanto Irene como Yuri, cuyos destinos se van a cruzar por segunda vez, viven en un mundo plagado de fealdad, y ese feísmo grotesco y repulsivo de los personajes que los rodean, con sus pelos inesperados, sus malhumoradas arrugas, sus espesos olores y sus vasos capilares desbocados, es una de las características más llamativas de las extraordinarias ilustraciones de La única voz. Pero si esta novela es misteriosa e inquietante, lo es sobre todo por el viaje que emprende Yuri.

Y es que cuando una novela es tan oscura y casi críptica como ésta, el lector tiene carta blanca para interpretarla a su manera, es decir como quiera o, en este caso, como buenamente pueda. Pues bien, lo que servidor ha visto en La única voz no es un mero viaje de turismo psicoterapéutico por parte de un adulto traumatizado a un rincón perdido de la memoria. El viaje de Yuri es un viaje al inconsciente colectivo, un verdadero viaje chamánico en el que nos encontramos (nótese el plural) con los tótems, ritos y amuletos de nuestros ancestros. Y así, entre cráneos de animales, criaturas atrapadas en una lacerante metamorfosis, castraciones purificadoras, sangre, fuego, ruinas y muerte, disfrutamos de una novela gráfica pequeñita y grandiosa que se enriquece con cada lectura.

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La vida es sueño, de Ricardo Vílbor, Alberto Sanz y Mario Ceballos

La vida es sueño

La vida es sueño… mas desperté del dulce desconcierto

y vi que estuve vivo con la vida,

y vi que con la vida estaba muerto.

No son versos de Calderón, sino de Quevedo. Y aunque las diferencias entre ambos son palpables -pues mientras el segundo nos narra un sueño erótico, el primero nos ofrece una visión metafísica de la vida-, lo cierto es que la metáfora de la vida como sueño parece haber inspirado a más de un grande de nuestro siglo de oro. La metáfora, desde luego, no es cosecha de don Pedro, sino que se remontaba bastantes siglos atrás. Calderón, sin embargo, tomó como punto de partida este viejo concepto platónico y creó una obra maestra universal cuya influencia se extiende hasta la cultura popular de nuestros días. ¿Qué son películas como Matrix, Inception, Desafío Total o incluso Pesadilla en Elm Street, entre muchas otras, sino nuevas aproximaciones al tema de la realidad frente a la fantasía?

¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión.

Quiero creer que cualquier español, incluso aquél que, como nuestros líderes políticos más significados, no lea más que tuits, reconocerá estos versos calderonianos que, como muchos otros de La vida es sueño, han pasado a formar parte del acervo popular. Sin embargo, con el paso del tiempo, y por el motivo que sea, el aspecto visual de la obra ha quedado a la sombra de los versos. Dicho de otra manera: decimos Hamlet y todo el mundo tiene ante sí al príncipe danés hablando a la calavera de Yorick. Decimos Romeo y Julieta, y vemos a nuestros tortolitos haciéndose arrumacos en el balcón veronés. Decimos Segismundo y… ¿qué vemos, míseros de nosotros? Pues bien, aquí es donde entra en escena, nunca mejor dicho, esta excelente adaptación del clásico de Calderón.

Porque La vida es sueño, como cualquier obra de Hamlet, Sófocles o Tennesee Williams, está repleta de imágenes icónicas que el nombre de Segismundo debería evocar en nosotros. Sin ir más lejos, ¿qué imagen hay más poderosa que la del hombre encadenado en una torre desde su niñez? Y esta es sólo una de las muchas imágenes memorables que encontramos en este fantástico trabajo de Ricardo Vílbor (guión), Alberto Sanz (dibujos) y Mario Ceballos (color), que recuperan para el lector, tanto para el que ya la conoce como para el que se acerca a ella por primera vez, una obra de absoluta vigencia.

Claro que, hablando de vigencia, el lenguaje del siglo de oro, como muy acertadamente se apunta en la introducción, puede en algún momento espantar al lector joven. Es posible que, en general, la lectura de nuestros clásicos necesite cierta preparación. Al fin y al cabo, no podemos pedir al que no ha leído más que Harry Potter o El señor de los anillos (sin el menor ánimo de desmerecer) que abrace con entusiasmo una obra que empieza de esta guisa: Hipogrifo violento / que corriste parejas con el viento… Por eso brilla Vílbor en su adaptación del texto original, que, sin perder de vista el espíritu de la obra y manteniendo sus versos más conocidos, lo agiliza y hace más accesible. Y que canten misa los puristas.

El primero de los tres actos se abre con peces muertos, un recién nacido maldito, y una atmósfera envuelta en un rojo sangriento. Los lectores de novelas gráficas no acostumbramos a dar al color la importancia que se merece. Por ello es de agradecer el interesantísimo making of que tenemos al final de este libro, que nos hace pasar las páginas hacia atrás para apreciar de nuevo las ilustraciones, de estilo ágil, atractivo y sin florituras estilísticas, y sobre todo, el extraordinario uso de la luz, que tanta importancia tiene en esta historia y, como nos recuerdan en las viñetas finales, en el teatro. Que es de lo que se trata.

 

 

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Antología, de Osamu Tezuka

Antología

AntologíaEn la excelente exposición sobre Disney. El arte de contar historias que se puede ver estos días en el Caixaforum de Barcelona, he tenido ocasión de volver a ver algunos de esos cortos que tanto me maravillaban de niño, historias que podían ir desde El sastrecillo valiente a Los tres cerditos, y en las que, en un alarde de inagotable creatividad, los gags se sucedían sin dar tregua a los embobados ojos del niño, en este caso yo.

Luego uno crece, y además de la voz grave y el vello en las axilas, nuestras desbocadas hormonas producen un niñato resabido y con afán de envejecer que le hace despreciar lo que hasta ese  momento adoraba. Pues bien, la exposición sobre Disney me hizo volver a apreciar como se merece (se pongan como se pongan nuestros cansinos antiamericanos habituales) la grandeza artística de la factoría Disney, uno de los mayores iconos culturales de nuestro tiempo.

Alguien que se acerque con ínfulas intelectualoides a esta Antología de Osamu Tezuka podría caer en la misma falta que ese adolescente resabido que renegaba de la magia. Abrir al azar este contundente tomo y echar un somero vistazo a las casi mil páginas de vellón que lo componen puede hacer pensar a quien así obre que está ante una larga función de circo con acrobacias, coscorrones y persecuciones alrededor de un árbol, cuando en realidad, como aquellos cortos con un Mickey Mouse todavía sádico, se encuentra ante unas obras que fueron absolutamente revolucionarias en su día, que marcaron el curso que iba a seguir la novela gráfica, y que, a pesar de ello, no  son de interés meramente museístico para el lector actual.

Mirad, sin ir más lejos, las primeras páginas del libro y decidme si conocéis a un autor que sepa imprimir a sus viñetas ese ritmo, esa velocidad, ese dinamismo y ese inconfundible carácter cinematográfico que les daba el maestro Tezuka. En ese sentido, es posible que, estéticamente, La nueva isla del tesoro, sea más avanzada que las siguientes historias, en las que la influencia del cine pesa más que la exploración de un nuevo lenguaje para el cómic. Nos encontramos en esta historia a un Tezuka de, ojo al dato, 19 años que experimenta con el movimiento, el ritmo y las perspectivas, y que, fuertemente influido por la cultura occidental, adapta algunos de nuestros clásicos al manga, un manga al que él solito va a darle la forma con la que hoy conocemos este género.

Tras La nueva isla…, completan esta Antología Lost world (El mundo perdido), Metrópolis y Next world, todas escritas en apenas cinco años, los que van desde 1947 hasta 1952. Estamos, como veis, en plena posguerra, y no deja de pasmarnos ver la vitalidad con la que, en un Japón devastado, Tezuka creaba sin descanso unas obras rebosantes de fantasía, acción y sentido del humor. No faltan, por descontado, las referencias a la terrible tragedia que acaba de asolar el mundo, pero dichas referencias ocupan un segundo plano y están desprovistas por completo de moralina.

Lejos de la sofisticación de sus obras posteriores, dicho sea en el buen sentido de la palabra, en estas obras tempranas del maestro japonés tenemos un mundo poblado por buenos y malos, científicos chalados, agudos detectives, millonarios sin escrúpulos, niños sin miedo, animales parlantes, vida extraterrestre y todo lo que pueda plasmar en un dibujo una imaginación sin freno que ha mamado a chorros de la cultura americana. Y aquí es donde viene a cuento Disney, porque la influencia de la marca del ratón, así como de otras grandes productoras de animación, sobre nuestro idolatrado autor es evidente. Por estas páginas se pasean Mickey Mouse, Betty Boop, Popeye, además de Charlie Chaplin, los Hermanos Marx, Tarzán, los héroes del cine negro y muchísimos más. El propio Tezuka, que se permite de vez en cuando toques postmodernos, como esas referencias que hace un personaje a otro sobre la viñeta que flota sobre ellos, aparece en un cameo final, como si no pudiera estar ausente de ese sentido llamamiento a la paz mundial.

Disfrazada de mero entretenimiento, esta Antología de Osamu Tezuka es mucho más. Quizá el primer capítulo en la historia del manga moderno.

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Nuevos pasatiempos matemáticos, de Martin Gardner

Nuevos pasatiempos matemáticos

Nuevos pasatiempos matemáticosHace unos días, mi hijo de trece años vino a casa muy contento porque había sacado un 8,5 en un examen de mates. ¡Eureka!, exclamé lo más apropiadamente que pude. Desde aquellos felices y tempranos años de primaria el crío no conseguía una nota tan alta, y de hecho llevaba unos meses de aprobados raspados. Me dijo que en realidad consideraba que había sacado un 10, pero que había tenido un par de despistes que le restaron puntos. Parece que no percibió la contradicción en términos que supone decir que un 8,5 en matemáticas es lo mismo que un 10. En todo caso, me alegré enormemente al ver que, después de mucho esfuerzo por su parte y mucha insistencia por la mía, al fin había dado ese gran paso tan necesario al enfrentarse a binomios, trinomios y ecuaciones: entender.

A diferencia de él, mis hijas han sentido desde siempre una auténtica pasión por las mates, en la que destacan, modestia aparte, muy por encima de sus compañeros. No se a qué se debe esta diferencia entre uno y otras. ¿Puro azar neuronal, o tendrá algo que ver con los juegos que les hemos regalado, entre ellos Tangram, Penkamino o Mastermind? Creo que la cosa va más bien por lo segundo, lo cual nos lleva, me temo, a cuestionar el modo en que se enseñan las matemáticas en las escuelas. Porque todos sabemos cuál es la asignatura que menos les gusta a los niños, ¿verdad?

Pues hoy se trata de ambas cosas, que en realidad son dos caras de la misma moneda: entender, como mi hijo, y disfrutar, como mis hijas.

Como a servidor hasta hace cuatro días, a muchos no os dirá nada el nombre de Martin Gardner, dado que no fue más que uno de los matemáticos más influyentes del siglo XX. Admirado por figuras tan variopintas como Asimov, W.H. Auden o Dalí, Gardner, que también fue un especialista en la obra de Lewis Carroll y un notable “matemago”, destacó sobre todo por dar un enfoque lúdico a las matemáticas. Como ejemplo, nada mejor que estos Nuevos pasatiempos matemáticos, donde, con un lenguaje, en la medida de lo posible, cercano y sencillo, el autor plantea al iniciado y aficionado a esta ciencia pasatiempos y, quizá el término sea más preciso, rompecabezas, que lo mantendrán ocupado unas cuantas semanitas.

La variedad de juegos y trucos que el lector encontrará en este libro es enorme, y van desde la lógica del sistema binario, que alguno recordará de sus clases de filosofía (si p, q; p, por tanto q) hasta los mosaicos matemáticos de Escher, pasando por el juego del reversi (que yo conocía como Othello), por teorías todavía no demostradas, como el teorema del mapa de cuatro colores, o por una introducción a la matemagia, en el que descubrimos la aplicación de las matemáticas para trucos de precognición, entre muchísimos más.

Es importante subrayar que estos pasatiempos no están hechos para entretenernos mientras viajamos en metro. La mayoría de ellos requieren que el lector se siente, se pertreche de papel, lápiz y otros materiales, y que siga detalladamente y con escrupulosa atención las instrucciones del autor. Así que todavía tendrá que pasar un tiempo antes de que mi hija pequeña, que estos días le da al sudoku que es un vicio, pueda disfrutar y aprender como yo con estos Nuevos pasatiempos matemáticos.

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La furgo, de Martín Tognola y Ramón Pardina

La furgo

La furgoA los que vivimos sin lujos, pero también sin estrecheces, a los que podemos salir a cenar una vez al mes y llevar a los niños al cine el día del espectador, a los que recibimos como un puñetazo la factura de la luz, pero la pagamos puntualmente, nos cuesta imaginar la vida del desahuciado. Podemos, naturalmente, indignarnos, compadecernos y ayudar, pero, si estás leyendo esto, lo más probable es estés muy lejos de preocuparte por dónde dormirás la semana que viene o de dónde vas a sacar dinero para la ropa de tus niños. Y nos cuesta imaginar esa vida no sólo porque nuestra situación actual pueda ser más o menos estable, sino porque nuestra imaginación nos impide dar un salto tan cruel en el tiempo. Si hoy estoy aquí, ¿por qué iba a estar mañana en la calle?

Un desahuciado puede sorprenderse al echar la vista cinco años atrás, cuando tenía trabajo, piso y pareja estable; cuando podía salir a la calle sin someterse al juicio de los desconocidos y cuando su presencia no incomodaba a la gente bienpensante. Pero se sorprende menos si va remontándose en el tiempo paso a paso. La tragedia del desahuciado radica, en parte, en su carácter gradual. Un día perdemos el trabajo y deja de entrar el dinero en casa. Empiezan a llamar a la puerta señores con corbata a los que no queremos ver, y la tensión nos distancia de nuestra pareja. Cuando finalmente lo hemos perdido todo, los que nos rodeaban y se hacían llamar amigos han tenido el tiempo necesario para ir alejándose de nosotros. Estamos solos.

Conocemos a Oso, el entrañable protagonista de esta estupenda novela gráfica, cuando ya se ha hecho a esa vida de estable precariedad. Vive en una furgoneta y sale adelante a base de chanchullos, chapuzas y la ayuda, más moral que material, de esa buena gente que tanto abunda y a la que los zombis con corbata no nos dejan ver. El pensionista al que Oso arregla la tostadora le paga con un plato de fabada; Luis, el guardia urbano, le perdona las multas de aparcamiento y le invita a alguna cerveza mientras ven el fútbol en el bar; Javi, un greñudo heavy, organiza grupos de turistas despistados a los que ofrecen tours alternativos por Barcelona. Una de las ventajas de vivir en una furgoneta, nos dice el propio Oso, es que uno no se cansa nunca de las vistas. Éstas, sin embargo, tampoco le permiten atisbar la más mínima esperanza de alcanzar una vida mejor.

Oso tiene una hija, Violeta, y en su custodia compartida la lleva a extraordinarios viajes por el fondo del mar o le enseña juegos tan divertidos como el del reciclaje. Un día entra en su vida Penélope, una mujer que. como él, rueda por la vida sin rumbo fijo. Otro día se presenta su hermano, un hombre muy formal del que podemos intuir que ha conseguido algo así como un puesto fijo en una caja de ahorros, y que le trae noticias acerca de su padre. Mientas tanto, su ex-mujer sigue creyendo las mentiras que le ha contado Oso acerca de la respetable y próspera vida que lleva. Y así, poco a poco, gracias a un gran sentido del ritmo narrativo y con un guión excelente, Ramón Pardina va trenzando todos los hilos  de esta espléndida La Furgo, apoyado en los dibujos de Martín Tognola, de trazo desenfadado y sutil retrato. El resultado es una historia humana, sencilla, divertida e inolvidable. ¿Qué más se puede pedir?

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Gente corriente, de Vincent Zabus y Thomas Campi

Gente corriente

Gente corrienteDel mismo modo que, según dicen, el sentido común es el menos común de los sentidos, podemos decir que la gente corriente es la más extraordinaria que existe. Coged una revista y leed sobre la vida y milagros del futbolista estrella del momento, escuchad al actor de moda contar su vida, descubrid cómo le gusta pasar el tiempo libre a esa cantante revelación. Rascad un poco esa superficie de glamour y famoseo y veréis que sus vidas no son tan diferentes de las del resto de los mortales. Rascad un poquito más y os convenceréis de que, en realidad, sí son diferentes: son infinitamente más anodinas que la de cualquier hijo de vecino. Y hablando de hijos de vecinos, hoy os traigo unos personajes tan interesantes como el señor del cuarto segunda. O más.

En una calle adoquinada de edificios de tres plantas, que desemboca en una plazoleta con una pequeña iglesia, en un barrio de París, viven, cual obra de Pirandello, seis personajes en busca de un sentido a su vida. Uno de ellos, Paul, se regodea en su amargura, que recientemente se ha visto acentuada por la llegada a su oficina de un hombre que sonríe. Paul, que anhela una vida banal y plana, no tolera que alguien que tiene el mismo trabajo que él pueda lucir esa sonrisa. Se ve obligado a tomar medidas.

En otra casa vive Lucie, una anciana que trabaja limpiando casas y dedica su tiempo libre a construir maquetas de ferias. Lucie es, además, una mujer invisible. Nadie se da cuenta de si viene o se va, si está aquí o se ha ido, porque Lucie no significa nada para nadie. Ni siquiera sus cuarenta años de trabajo constan en sitio alguno, por lo que le deniegan un aumento de la pensión en una escueta carta de la administración, cuando ella esperaba una felicitación de su hijo por su cumpleaños. También se ve obligada a tomar medidas.

El papá de Louis es otro de los personajes corrientes que deambulan tristones por esta calle de adoquines. Perdió a su mujer y no ha superado nunca su muerte. Ni siquiera la presencia de su hijo da sentido a su vida, y levantarse cada mañana es una mera función biológica. Es más fácil seguir vivo, contestando con un simple “bueno” a todo lo que le dice su hijo, que languidecer en la cama hasta el fin de sus días.

El señor Armand ha convertido la ventana de su casa en el mostrador de su biblioteca. Desde allí observa los ires y venires de los vecinos, aunque los ojos siempre se le van tras Irina, una bella y enigmática señora de largos cabellos grises.

En las veinticuatro horas que transcurren de la primera a la última viñeta, estos seis personajes van a vivir un día tan corriente como sus vidas, o lo que es lo mismo, van a sucederles cosas extraordinarias. Con las cálidas ilustraciones y los exquisitos rostros que da Thomas Campi a los personajes, y con el excelente guión de Vincent Zabus, que consigue entrelazar con maestría, sencillez y sin costuras estas seis historias, Gente corriente nos cuenta una hermosa y emotiva historia de nuestro tiempo. En esta sociedad en la que tanta gente se limita a dejarse llevar, arrastrando los pies y mirando al suelo, Gente corriente quizá no cambie nuestras vidas, pero sí nos demuestra que ese cambio está a nuestro alcance.

 

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El mundo perdido, de Christophe Bec, Fabrizio Faina y Mauro Salvatori

A veces nos sentimos nostálgicos y nos da por añorar nuestra infancia, nuestros primeros paseos con la novia, o aquellos tiempos en que, sin internet ni móviles, todo era mucho más fácil, o así nos parecía. Sin embargo, existe otro tipo de nostalgia, la nostalgia que nos llena de añoranza por un tiempo no vivido. Conozco lectores que cada mañana remueven el café entre recuerdos del Imperio austrohúngaro. Hay políticos de 40 años que se emocionan hablando de su revolucionaria presencia en el París de mayo del 68. Y hay millones de personas, sin distinción de edad, que rememoran entre suspiros aquellas caminatas entre helechos gigantes, contemplando el vuelo en zigzag de libélulas de tres palmos, y con la emocionante sensación en el cuerpo de que en cualquier momento, tras el repecho de una colina, nos podíamos encontrar con una manada de entrañables triceratops.

Desde que se descubrió que el mundo era un pelín más viejo de los que nos dice la Biblia, y desde que a mediados del XIX a algunos exploradores les diera por encontrarse fósiles de huesos descomunales a mansalva, el mundo de los dinosaurios no ha dejado de fascinar al hombre. Esa fascinación dio lugar en 1864 al clásico de Verne Viaje al centro de la tierra y, medio siglo más tarde, a El mundo perdido, otra maravillosa obra de Conan Doyle que, para bien o para mal, ha quedado eclipsada por las versiones cinematográficas de Spielberg y las que siguieron. Sin embargo, el original, cuya adaptación a novela gráfica nos trae ahora Yermo Ediciones, tiene aquel sabor de la genuina aventura del que, en mi humilde, carecen tanto Parque Jurásico como sus secuelas.

En esta excelente adaptación, con guión de Christophe Bec e ilustraciones de Fabrizio Faina y Mauro Salvatori, tenemos todo lo que se le puede pedir a un libro de aventuras. El profesor Challenger, explorador intrépido y algo bravucón, acaba de regresar de un viaje a un remoto lugar de Sudamérica, donde, en medio de una tribu de caníbales, se ha encontrado con un misterioso personaje que ha sido herido mortalmente por una criatura de dientes gigantescos. Antes de expirar, este personaje le transmite un enigmático mensaje que deja a Challenger rumiando durante todo el viaje de vuelta a Inglaterra. Allí, haciendo honor a su apellido, Challenger desafía al profesor Summerlee en mitad de una conferencia. Summerlee, un respetado científico chapado a la antigua e incapaz de aceptar la posibilidad de que las cosas no sean como él ha leído, se ve obligado a aceptar el desafío de Challenger. Así, en compañía de a Lord Roxton, cazador y mujeriego, y Ned Malone, el romántico reportero que nos narra la historia, nuestros héroes se embarcan rumbo a la aventura.

Y qué aventura. Antes de que empiece la fiesta de verdad tenemos el viaje de rigor al corazón de la selva, que siempre es un viaje a nuestros orígenes y a la esencia del ser humano. Tras salvar insalvables saltos de agua, cocodrilos y serpientes calibre ferrocarril y desfiladeros de paredes que caen al Hades, nos llegamos a la impresionante mole de una inaccesible meseta que nos recuerda mucho a un tepui venezolano. Y a partir de ese momento, olvidaos de lo que os hayan contado las películas.

Este El mundo perdido nos devuelve a aquellos tiempos no tan lejanos en que la aventura de verdad no necesitaba efectos especiales de séptima generación, sino palabras, ilustraciones y talento. A disfrutar.

 

 

 

 

 

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Pólvora mojada, de Isabel Kreitz y Konrad Lorenz

Pólvora mojada

Pólvora mojadaSi nuestros abuelos tuvieron que espabilarse como pudieron para sobrevivir en los años de posguerra, si hubo un éxodo del campo a la gran urbe que cambió para siempre nuestra sociedad, si el extrarradio de nuestras ciudades crió leyendas como el Vaquilla o el Torete, y si los que crecimos en los 80 nos curtimos en barrios de quinquis, conciertos heavies y bares musicales, explíqueme alguien por qué en nuestra lengua no existe un adjetivo con la misma carga semántica que tiene en inglés la palabra streetwise, que viene a querer decir, pues eso, alguien que sabe en qué kiosco te dan más regaliz por un duro o a partir de qué hora no conviene entrar en esos futbolines.

Un niño necesitaba tener sabiduría callejera, por llamarlo de alguna forma, para sobrevivir en el Hamburgo de posguerra, una ciudad devastada por los bombardeos aliados, donde escasea la comida, abundan las ratas y en cualquier esquina se puede ver a mujeres ofreciendo sus servicios. La guerra se ha llevado a los hombres, y los pocos que regresan lo hacen tullidos, desfigurados o con un trastorno psicológico que dificulta su reintegración en la sociedad. Pero los niños, niños son, y que mamá tenga que dedicarse al trapicheo para poder traer dos patatas a casa poco importa mientras tengamos nuestras calles, nuestras peleas, nuestros cromos y nuestra calenturienta imaginación, que para esos somos sabios callejeros.

Con un trazo a un tiempo minucioso y desenfadado, y con un uso magistral del carboncillo, Isabel Kreitz, alemana y de Hamburgo, para más señas, nos ofrece una historia que en su primera parte, como suele suceder con las memorias de infancia, está llena a partes iguales de magia y crudeza, mientras en su segunda parte, como suele suceder con las memorias de adolescencia, la magia se esfuma y nos deja con una sonrisa lela en la cara. Pólvora mojada, adaptación de las memorias del autor alemán Konrad Lorenz, se centra en las andanzas de Kalle, un niño que apenas recuerda a su padre, desaparecido en la guerra, y que vive con su madre y su abuela. La ausencia del padre poco afecta a nuestro héroe, cuyas preocupaciones se centran en lo que traiga el día, que puede ser un tebeo, un espectáculo de lucha o una nueva revelación sobre la anatomía femenina. Y en ésas andamos cuando se presenta el padre, que vuelve a casa sin palabras, derrotado y con una obsesión  por los estantes.

La aparición de un padre al que no conocemos no es fácil para nadie, pero en San Pauli, el barrio revolucionario y vicioso por excelencia de Hamburgo, esa tragedia familiar empequeñece ante el espectáculo de la vida. No cabe duda de que, tanto o más que los recuerdos de infancia y del paso a la adolescencia, con Pólvora mojada Lorenz y Kreitz han querido rendir homenaje a ese barrio fascinante, retratado hasta la última baldosa, por el que, en aquellos años de posguerra, se paseaba Louis Armstrong; donde, un par de décadas más tarde, empezaron a darse a conocer cuatro chicos de Liverpool, y por cuyas calles uno puede elegir entre los escaparates de prostitutas de la Herbertstrasse y ver al Manazas reventar una rata estrellándola contra la pared.

Quizá los momentos que marcan nuestra vida no son los que pensamos que deberían ser, o quizá nuestra memoria es algo torpe al escoger los recuerdos. El retorno del padre ocupa mucho menos en las páginas de esta impresionante novela gráfica que, por ejemplo, el baile que conduce a Kalle a su primer polvo, o que la gran decepción que se lleva tras sus encuentros con el Señor Estrangulador. La infancia es muchas veces así, una decepción tras otra con algún caramelillo por en medio, preparación imprescindible para los desencantos venideros. Pero por muy sórdido o duro que pudiera ser antaño ese tránsito de la infancia a la adolescencia, la pólvora que se moja siempre acaba secándose. Con ella escribió Lorenz estas memorias, tan suyas y tan universales, que el lápiz de Isabel Kreitz ha convertido en una obra extraordinaria.

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American splendor, de Harvey Pekar y Robert CRumb

American splendor

American splendorEl arte de verdad no envejece. Tampoco la buena comedia. Respecto a la primera de estos dos frases seudolapidarias, no tenéis más que echar un vistazo a Robert Crumb en google imágenes, y ya me diréis si hay una sola de esas viñetas que corra peligro de quedarse anticuada en los próximos doscientos años.

En lo que se refiere a la comedia, naturalmente, las cosas pueden no estar tan claras para todos. Quiero creer que el humor que a mí me gusta es humor inteligente, mientras que a otros les hace gracia el monologuista por encargo de turno. Cada uno se ríe de lo que entiende, o de lo que no, o de lo que le sorprende, o de lo que se espera. Pero más allá de las diferencias entre un sentido del humor y otro, están esos artistas que crean escuela, y que no siempre suelen ser los más conocidos. Verbigracia, Harvey Pekar.

En una de las comedias que reinó en la televisión norteamericana de los 90, Seinfeld, uno de los episodios nos mostraba a los personajes hablando sobre una idea para una serie de televisión. A la pregunta de sobre qué trataría esta serie, ellos respondían “sobre nada en absoluto. No tratará de nada”. Algo parecido puede decirse sobre las historias de American Splendor, pues viendo al autor hablar, caminar, dirigirse a nosotros y escuchar jazz, uno no puede por menos de pensar que este libro no trata de nada en absoluto. Pero del mismo modo que, según Stephen Hawking, de la nada absoluta nació el universo , podemos decir que de la nada de American Splendor nació, no sólo buena parte del cómic moderno, sino también una nueva forma de reflejar la realidad en literatura, cine y televisión.

En la presentación mutua que hacen los autores, Crumb dice que las historias de Pekar, en las que no pasa nada, son la vida real. En la vida del común de los mortales no hay grandes gestas, nuestras acciones no van acompañadas de una música que indica si va a pasar algo bueno o si alguien va a morir, y las frases que podrían ser memorables se nos ocurren cuando es demasiado tarde. La vida real, esa que hoy algunos directores y guionistas se esmeran en reflejar en sus obras, está mucho más cerca de esas calles de Cleveland por donde se pasea este autor bajito, hirsuto y desaliñado, o de esas oficinas donde hablamos de trivialidades que, con frecuencia, encierran chorradas aún mayores de lo que parece. ¿Verdad que hoy está de moda publicar, por ejemplo, en redes sociales frases absurdas cazadas al vuelo en el bar o el autobús? Y qué originales nos creemos al hacerlo. Lástima que Pekar ya hiciera lo mismo hace cuarenta años.

Nos cuenta Pekar en esta colección de relatos los motivos que le llevaron a decidir que su vida, un arrastrar de pies entre tiendas de discos de jazz de segunda mano y los pasillos de un edifico de oficinas de la administración, por donde empujaba el carrito de la correspondencia, era, a pesar de todo, digna de ser contada. Las situaciones de American splendor, con charlas sublimemente inanes, con anticlímax casi épicos de lo intrascendentes que llegan a ser (o a parecer), situadas en oficinas, en la cola del súper, en el asiento de un autocar o en los escalones de la entrada de un edificio, son condenadamente reales, y cualquiera que, sencillamente, esté vivo reconocerá en ellas momentos de su propia vida. Nada más lejos, pues, del realismo sucio de Bulowski y otros. No hay aquí borracheras, drogas ni prostitutas, sino tan sólo la historia de los inicios artísticos de un autor que ha marcado la ficción contemporánea más de lo que podemos imaginar.

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Voyeurs, de Gabrielle Bell

Voyeurs

VoyeursAntes de que existieran los friquis, los geeks, los nerds y todos esos términos de nuevo cuño que tan políglotas y modelnos nos hacen sentir, a los tipos como yo nos llamaban, sencillamente, bichos raros. Y mira que servidor lo era. De modo parecido a lo que le sucede a Gabrielle Bell, era capaz de provocar en aquéllos que me rodeaban sentimientos de irritación, compasión, confusión, miedo y muy moderada admiración (los bichos raros solemos ser un pelín más inteligentes que el común de los mortales, modestia aparte).

Una de las características de los bichos raros es que combinamos nuestra sociopatía con un incontenible anhelo de ser queridos. Así, mientras nada hace sentir segura a Gabrielle más que cuatro sólidas paredes, al mismo tiempo nuestra amiga se pasa las horas esperando en vano el tono de una notificación en sus cuentas sociales. Otro de nuestros rasgos es un completo desinterés por la vida privada de los demás, tan absortos como estamos con nuestras pajas mentales. En la primera escena de esta novela, vemos a Gabrielle buscando a todos los que hace un minuto estaban con ella celebrando una fiesta en un piso. Los encuentra en la azotea, mirando a la ventana del edificio de enfrente, donde una pareja se refocila en la cama. Acompañados de refrescos y patatas fritas, y con una actitud más analítica que excitada, comentan la jugada, mientras Gabrielle se queda con una cara de decir “¿de verdad soy yo la rara?”.

No resulta fácil decir de qué trata Voyeurs, si por “tratar de algo” queremos decir que un libro tiene un planteamiento, nudo y desenlace. La respuesta más evidente y sencilla es que en esta novela gráfica Bell nos narra su vida a lo largo de cuatro años, desde 2007 a 2010. Bien. Ahora, si tuviéramos que hablarle a alguien de nuestra vida en los últimos años, la inmensa mayoría de la gente se quedaría en viajes, novios, amigos, trabajo, quizá un par de bodas y algún funeral. Pero a los bichos raros, aparte de todas esas cosas, que también, se nos quedan en la memoria recuerdos y momentos mucho más importantes: una charla con nuestro gato, unas palabras que no dijimos pero que desarrollamos hasta convertirlas en nuestra mejor perorata, escenas que vivieron otros y de las que nos apropiamos con todo derecho, una pelea, una mirada, un puñado de fantasías y muchos temores. Todo lo cual, no me preguntéis por qué, nos conduce al convencimiento de que si somos bichos raros es precisamente porque somos incapaces de adaptarnos a la vida en una sociedad donde la mayoría son bichos mucho más raros que nosotros.

La composición de las viñetas, seis en cada página, sin primeros planos y con frecuencia cargados de detalles, es casi invariable a lo largo de la obra, y contribuye a acentuar esa sensación que atraviesa el libro: “esto es lo que hay, tan raro y tan habitual”. Parece como si estuviéramos delante de un formulario en blanco, que es la vida, y nos limitáramos a rellenarlo (aunque las páginas finales nos deparan una sorpresa). También el modo en que fue concebido inicialmente, como episodios sueltos publicados en su página web, hace que la historia parezca carecer de continuidad, de nuevo como las diferentes secciones de la declaración de la renta. Ya no vivimos la vida, parece decirnos Bell; la vida es simplemente una cosa que dejamos que nos suceda.

La grandeza de Voyeurs radica, por una parte, en esa disección personal y certera de una sociedad tan complaciente con su propio y anodino absurdo, y por otra, en ese ejercicio de ecce friqui que hace la autora, mostrándonos sin tapujos algunas de sus propias miserias, y haciéndolo, en todo momento con divertida resignación, esa resignación que, con los años y las canas, quizá se vuelva orgullosa reivindicación. Como alguien que yo me sé.

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Encuentros cercanos, de Anabel Colazo

Encuentros cercanos

En los años dEncuentros cercanosorados de los fenómenos paranormales, es decir, allá por finales de los 70 y principios de los 80, en casa veíamos con devoción aquel legendario programa presentado por el inolvidable Dr. Jiménez del Oso titulado Más allá. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordar la introducción, con unos dibujos escalofriantes y una música propia de una sala de torturas. En una ocasión, recuerdo que hablaron de un experimento que consistía, sencillamente, en grabar el silencio (hay que recordar también que eran los años del boom del casete. Los mileniales no pueden imaginar la absoluta revelación que supuso para nosotros la posibilidad de grabar y escuchar nuestra propia voz). La gracia del experimento radicaba, por supuesto, en que el silencio estaba, decía el señor del Oso, repleto de sonidos y voces de ultratumba, inaudibles para el oído humano, pero , curiosamente, muy fáciles de registrar en una grabadora. Y un día mis padres decidieron salir al campo radiocasete en ristre y realizar el experimento. Como vemos, no fueron Mulder y Scully los que acuñaron aquello de “la verdad está ahí fuera”. Pero, ¿lo está?

Ésa es la cuestión que Anabel Colazo plantea en Encuentros cercanos, una interesantísima y engañosamente simple novela gráfica. Camino de casa de sus padres, Daniel, el protagonista de la historia, tiene una fugaz visión de un extraño ser, y en ese mismo momento se le estropea el coche. Se da cuenta de que se ha quedado tirado en mitad de la nada, y un coche que pasa por allí lo lleva a El Cruce, un pueblo conocido entre ufólogos por ser escenario habitual de encuentros paranormales. Daniel conoce allí a Juan, un joven que ha recibido amenazadoras visitas de los “hombres de negro”, y a Barry el extranjero, que vive en una caravana y que es una enciclopedia viviente sobre ufología. A partir de ese momento, poco a poco un extraño lazo empezará a anudarse alrededor de la hasta entonces anodina vida de Daniel.

En una época como la nuestra, donde no ocurre nada en ningún lugar del mundo que no sea inmediatamente fotografiado, grabado y viralizado, resulta difícil mantener vivas aquellas ideas, hoy casi románticas, acerca de platillos volantes y hombrecillos verdes. Por eso Colazo va mucho más allá, nunca mejor dicho, y, con un dibujo sencillo, casi naïf, y que nos recuerda mucho al de los entrañables libros de Teo, nos propone un acercamiento mucho más sutil y complejo a este mundo de abducciones, hombres de negro y personas a las que su experiencia, defínase ésta como se quiera definir, les destroza la vida.

¿Dónde está todo el mundo?, se preguntó el físico Enrico Fermi en los años 50, en lo que se vino a denominar la paradoja de El Gran Silencio. De manera muy resumida, esta paradoja nos dice que, pese a que la edad y el inconmensurable tamaño del universo nos inclina a pensar que en algún lugar debe de haber otras civilizaciones, no hay pruebas científicas de ningún tipo que sostengan esta idea. Sólo nos queda, pues, o bien dar credibilidad a testimonios de personas que aseguran, aun a riesgo de ser tachados de locos, haber sido abducidas, o bien olvidarnos de los platillos volantes y preguntarnos si “ahí fuera” no es el espacio interestelar, sino un lugar bastante más cercano e inquietante.

Encuentros cercanos nos plantea, pues, una reflexión sobre este fenómeno en términos mucho más interesantes que el de verdad o mentira, y lo hace con una gran madurez narrativa y una compleja estructura de muñeca rusa, donde se cruzan relatos, puntos de vista y teorías forteanas en una historia que me ha entusiasmado. Tanto es así que hasta le he pedido a mi madre que busque aquella cinta en la que, tantos años atrás, y como Daniel buscando hadas, mi familia y yo grabamos los sonidos de ahí fuera.

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Piruetas, de Tillie Walden

Piruetas

PiruetasLa gran literatura, esa que a algunos les llega al alma y a otros a las entrañas, no se nutre del qué, sino del cómo. Una historia universal narrada de forma anodina se queda en historia anodina. Del mismo modo, una historia personal, íntima, y aparentemente intransferible, si es narrada con talento y sensibilidad, tiene todos los números para convertirse en una historia universal. Eso es lo que hace que este lector se haya emocionado con Piruetas. Porque en esta historia de los tempranos años de adolescencia de una niña lesbiana que se levanta a las 4 de la mañana para ir a clases de patinaje se ha reconocido perfectamente este padre, heterosexual de cabello cada vez menos negro, cuyos conocimientos del patinaje artístico se limitan a saber que está prohibido caerse.

Tillie, autora y protagonista de esta novela que no es tal (¿habría quizá que acuñar el término “autobiografía gráfica”?), se encuentra en ese periodo de la vida que sólo pueden añorar ancianos desmemoriados, a saber, los últimos años de nuestra infancia y los primeros de esa prolongada tortura llamada adolescencia. Si ya es difícil, a esa edad, afrontar los cambios de nuestro cuerpo, aceptar con amargo alivio que hemos dejado de ser monos,  o escribir la carta a los reyes, no cuesta imaginar lo dura que debió de ser esa etapa para Tillie Walden, una niña de carácter introvertido y que ya a los cinco años supo que no era como las demás niñas. La vida de Tillie, que se mueve entre la escuela, su mejor amiga, y el patinaje, que practica desde los cinco años, empezará a dar un vuelco lento pero inexorable el día en que su madre le anuncia que dejan la costa este y se van a vivir a Texas. A partir de ese momento, y a lo largo de casi 400 páginas, asistimos al largo y doloroso proceso de formación personal y artística de Tillie, proceso por el que, en mayor o menor medida, hemos de pasar todos, por lo menos esos adolescentes retraídos que, como Tillie, odiábamos conocer gente nueva porque, entre otras cosas, nunca sabíamos qué decir.

En Texas se encuentra Tillie con una pista de patinaje más fea y menos acogedora que la que la vio crecer en Nueva Jersey, con una disciplina deportiva diferente, con unos nombres de figuras que ella desconoce, y, sobre todo, con el acoso escolar. Por otra parte, en casa todo sigue igual. Su madre parece siempre medio ausente y Tillie se siente mucho más próxima a su padre. Ninguno de los dos, sin embargo, se molesta jamás en ir a verla competir. Todo ello, naturalmente, acentúa esa asfixiante sensación de soledad que puede producir la adolescencia, hasta que, quizá como triste mecanismo de defensa, Tillie descubre que donde se encuentra más a gusto es en la impersonal soledad de esas habitaciones de hotel a donde la llevan las competiciones. Al mismo tiempo, el patinaje deja de ser, si es que algún día lo fue, un placer, y nuestra amiga, por suerte para los amantes de la novela gráfica, empieza a buscar otras formas de expresión artística

Cuenta la autora en las interesantes notas finales que, inicialmente, Piruetas iba a ser un libro sobre el patinaje. Poco a poco, sin embargo, otros motivos, recuerdos, momentos y fantasmas de su pasado fueron adueñándose de la historia y el patinaje quedó como metáfora. Cada capítulo nos remite a una figura artística, pero lo que nos encontramos en ellos es un fragmento más de esa catarsis en que se convirtió la adolescencia de Walden. A veces es difícil encontrar sentido a algunos de esos recuerdos que marcan nuestra vida, como le sucede a Tillie con el accidente de coche que se produce a pocos milímetros de donde se encuentra, sentada en la hierba en mitad de la noche esperando que la recoja su madre. En otras ocasiones, el recuerdo es sumamente doloroso, como esa escena en que su tutor intenta abusar de ella. Y uno se sorprende una vez más del enorme talento de esta autora de apenas 22 años, que, con un trazo sencillo y un extraordinario uso del color (puede parecer una tontería, pero el empleo del amarillo, puntuando los momentos de calor, esperanza o fugaz felicidad, es impresionante), ha sabido plasmar unas emociones, recuerdos y sentimientos que sólo antes de la lectura podrían parecernos ajenos.

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