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El Humano, de Lucas Varela y Diego Agrimbau

El humanoLa ciencia ficción , cuando es buena, es de lo mejorcito que nos puede ofrecer la literatura. Y lo es porque nos habla de las grandes cuestiones a las que el ser humano lleva dando vueltas por los siglos de los siglos, a saber, quiénes somos, de dónde venimos y todo eso. Pero la ciencia ficción no envuelve esas cuestiones en una gruesa capa de solemnidad, sino de imaginación. La ci-fi (medio millón de entradas en google, señores de la RAE: espabilen) se dirige al común de los mortales (si lo somos, que no está tan claro),  y no a la cofradía de aspirantes a filósofos de turno. Y un ejemplo perfecto de esta literatura que es tan amena como profunda es este El humano, de Lucas Varela y Diego Agrimbau.

Del primero de ellos hablábamos hace unas semanas con motivo de El día más largo del futuro, excelente novela gráfica total o totalmente gráfica, en la que no había una sola palabra. En la que os traigo hoy, los personajes sí hablan, y sus primeras palabras son de esta guisa:

Bien… primeras conclusiones: soy algo. Estoy en un lugar. Puedo pensar. Exploremos el entorno.

Ahí es nada. Si eso no es filosofía, que baje Descartes y lo vea.

El personaje que pronuncia esas palabras es Alpha, una androide que acaba de aterrizar en un extraño planeta que, como pronto descubrirá, está poblado por diferentes especies de simios, a cual de ellas más hostil. Alpha forma parte, junto a otros androides, de un equipo de investigación liderado por Robert, el humano al que logran rescatar de entre los restos de la nave. Todo el equipo ha estado orbitando alrededor de la Tierra durante centenares de miles de años, a la espera de que el planeta, destruido a consecuencia de las catástrofes ecológicas que el ser humano provocó y que lo llevaron a la extinción, pudiera recuperarse. Por eso Robert, que se encuentra ahora con un planeta rebosante de vida y nuevas especies, en el que no hay ni rastro de seres humanos, celebra el éxito de la misión. Ahora lo importante es encontrar al otro miembro humano de la misión: June, que además de ser la esposa de Robert es también la creadora de Alpha, a quien, según nos dice, dotó de cualidades que la hacen diferente del resto de androides.

Así, emprenden la búsqueda de June y la exploración de ese nuevo planeta Tierra. Robert rebosa esperanza y optimismo, pues entiende que la humanidad ha recibido una segunda oportunidad, y cree firmemente que esta vez harán las cosas bien. Pero, ¡ay! la historia no ha hecho sino empezar, y como podéis imaginar, las cosas no tardarán en torcerse.

Poco a poco, de la mano del estupendo guión de Diego Agrimbau, vamos hundiéndonos en un mal sueño hasta que, finalmente, nos enfrentamos de manera brutal a la ¿insalvable? contradicción que se da entre nuestras intenciones y nuestra naturaleza humana.

Las ilustraciones de Varela, que, al tiempo que nos muestra detalles de absoluta bestialidad en los enfrentamientos entre la expedición y los simios, sabe imprimir humanidad a los simpáticos rostros de los androides, se caracteriza también por un uso del color limitado a tonalidades rojas y grises, combinación muy adecuada para retratar un nuevo mundo que, en realidad, de nuevo tiene bien poco.

La obra esta repleta de referencias obvias a Verne o Wells, entre otros, y a clásicos del cine como 2001 o El planeta de los simios, y se puede leer como una crítica del colonialismo, como un alegato en defensa de nuestro planeta, o como un retrato psicológico de Robert, que nos representa a todos. Pero yo creo que El humano es mucho más que eso: es una excelente novela de ciencia-ficción.

 

Por Juan Campbell-Rodger

Por orden de importancia: padre de familia numerosa, lector, salsero, profesor de inglés aficionado.

Algunos datos más: soso, huraño y narizotas. Poco hablador, no por timidez, sino porque me aburre oír mi voz. Antaño viajero. Tengo un futuro esplendoroso detrás de mí. Me encanta hacer enemigos a través de facebook. Zurdo. Observador. Convencido de que callarme mis tonterías me hace parecer más inteligente. No entiendo el mundo. Me gusta sentarme en el balcón y ver el vuelo de los vencejos. Hombre de convicciones endebles. Sólo los libros me entienden.

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