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La única, voz, de Tiziano Angri

La única voz

La única vozCuando en este lacrimal valle las cosas se ponen más chungas de lo que podemos aguantar, todos necesitamos un álbum mental de recuerdos en el que poder refugiarnos. A todos nos gustaría haber disfrutado una infancia idílica, como la de Aquellos maravillosos años, llenos de aventuras, amorcitos y momentos epifánicos. El problema es que las infancias son como las narices: cada uno tiene la que le ha tocado, y dado que los recuerdos, de momento, no podemos embellecerlos mediante cirugía plástica, pues agua y ajo.

Naturalmente, todo esto no lo digo por mí, que al fin y al cabo, tuve mis veranos en la playa, mis noches de Reyes y sólo algún que otro roce con los quinquis del barrio. Lo digo por Yuri, el atormentado protagonista de esta enigmática y turbadora novela gráfica titulada La única voz.

Yuri no es esquizofrénico. Oye voces, pero no son imaginarias ni le llegan de un recodo de su mente. Son muy reales. En su infancia Yuri desarrolló una hipersensitividad auditiva imposible de curar, y, sin ir más lejos, la voz del doctor que les da la mala noticia a sus padres le produce a nuestro héroe una dolorosísima descarga en la cabeza.

Pasan veintitrés años y nos encontramos de nuevo con Yuri, que está intentando poner remedio a su tortura. Las voces, los gritos y hasta los silencios de los vecinos convierten cada segundo de su existencia en un suplicio. Pero ahora, con la ayuda de un curioso pingüinito de juguete, ha conseguido fabricar una caja de resonancia con la que, mediante “un sonido mágico que reverbere mi grito hasta su mundo”, espera conseguir ponerse en contacto con sus espíritus guía. Sin embargo, el resultado de su ensordecedor experimento no será exactamente lo que espera.

Por otra parte tenemos a Irene, atrapada en un cuerpo provisto de pene, que se vende a viejos verdes con el fin de ahorrar el dinero que necesita para la operación que ha de cambiar su vida. Tanto Irene como Yuri, cuyos destinos se van a cruzar por segunda vez, viven en un mundo plagado de fealdad, y ese feísmo grotesco y repulsivo de los personajes que los rodean, con sus pelos inesperados, sus malhumoradas arrugas, sus espesos olores y sus vasos capilares desbocados, es una de las características más llamativas de las extraordinarias ilustraciones de La única voz. Pero si esta novela es misteriosa e inquietante, lo es sobre todo por el viaje que emprende Yuri.

Y es que cuando una novela es tan oscura y casi críptica como ésta, el lector tiene carta blanca para interpretarla a su manera, es decir como quiera o, en este caso, como buenamente pueda. Pues bien, lo que servidor ha visto en La única voz no es un mero viaje de turismo psicoterapéutico por parte de un adulto traumatizado a un rincón perdido de la memoria. El viaje de Yuri es un viaje al inconsciente colectivo, un verdadero viaje chamánico en el que nos encontramos (nótese el plural) con los tótems, ritos y amuletos de nuestros ancestros. Y así, entre cráneos de animales, criaturas atrapadas en una lacerante metamorfosis, castraciones purificadoras, sangre, fuego, ruinas y muerte, disfrutamos de una novela gráfica pequeñita y grandiosa que se enriquece con cada lectura.

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La furgo, de Martín Tognola y Ramón Pardina

La furgo

La furgoA los que vivimos sin lujos, pero también sin estrecheces, a los que podemos salir a cenar una vez al mes y llevar a los niños al cine el día del espectador, a los que recibimos como un puñetazo la factura de la luz, pero la pagamos puntualmente, nos cuesta imaginar la vida del desahuciado. Podemos, naturalmente, indignarnos, compadecernos y ayudar, pero, si estás leyendo esto, lo más probable es estés muy lejos de preocuparte por dónde dormirás la semana que viene o de dónde vas a sacar dinero para la ropa de tus niños. Y nos cuesta imaginar esa vida no sólo porque nuestra situación actual pueda ser más o menos estable, sino porque nuestra imaginación nos impide dar un salto tan cruel en el tiempo. Si hoy estoy aquí, ¿por qué iba a estar mañana en la calle?

Un desahuciado puede sorprenderse al echar la vista cinco años atrás, cuando tenía trabajo, piso y pareja estable; cuando podía salir a la calle sin someterse al juicio de los desconocidos y cuando su presencia no incomodaba a la gente bienpensante. Pero se sorprende menos si va remontándose en el tiempo paso a paso. La tragedia del desahuciado radica, en parte, en su carácter gradual. Un día perdemos el trabajo y deja de entrar el dinero en casa. Empiezan a llamar a la puerta señores con corbata a los que no queremos ver, y la tensión nos distancia de nuestra pareja. Cuando finalmente lo hemos perdido todo, los que nos rodeaban y se hacían llamar amigos han tenido el tiempo necesario para ir alejándose de nosotros. Estamos solos.

Conocemos a Oso, el entrañable protagonista de esta estupenda novela gráfica, cuando ya se ha hecho a esa vida de estable precariedad. Vive en una furgoneta y sale adelante a base de chanchullos, chapuzas y la ayuda, más moral que material, de esa buena gente que tanto abunda y a la que los zombis con corbata no nos dejan ver. El pensionista al que Oso arregla la tostadora le paga con un plato de fabada; Luis, el guardia urbano, le perdona las multas de aparcamiento y le invita a alguna cerveza mientras ven el fútbol en el bar; Javi, un greñudo heavy, organiza grupos de turistas despistados a los que ofrecen tours alternativos por Barcelona. Una de las ventajas de vivir en una furgoneta, nos dice el propio Oso, es que uno no se cansa nunca de las vistas. Éstas, sin embargo, tampoco le permiten atisbar la más mínima esperanza de alcanzar una vida mejor.

Oso tiene una hija, Violeta, y en su custodia compartida la lleva a extraordinarios viajes por el fondo del mar o le enseña juegos tan divertidos como el del reciclaje. Un día entra en su vida Penélope, una mujer que. como él, rueda por la vida sin rumbo fijo. Otro día se presenta su hermano, un hombre muy formal del que podemos intuir que ha conseguido algo así como un puesto fijo en una caja de ahorros, y que le trae noticias acerca de su padre. Mientas tanto, su ex-mujer sigue creyendo las mentiras que le ha contado Oso acerca de la respetable y próspera vida que lleva. Y así, poco a poco, gracias a un gran sentido del ritmo narrativo y con un guión excelente, Ramón Pardina va trenzando todos los hilos  de esta espléndida La Furgo, apoyado en los dibujos de Martín Tognola, de trazo desenfadado y sutil retrato. El resultado es una historia humana, sencilla, divertida e inolvidable. ¿Qué más se puede pedir?

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Gente corriente, de Vincent Zabus y Thomas Campi

Gente corriente

Gente corrienteDel mismo modo que, según dicen, el sentido común es el menos común de los sentidos, podemos decir que la gente corriente es la más extraordinaria que existe. Coged una revista y leed sobre la vida y milagros del futbolista estrella del momento, escuchad al actor de moda contar su vida, descubrid cómo le gusta pasar el tiempo libre a esa cantante revelación. Rascad un poco esa superficie de glamour y famoseo y veréis que sus vidas no son tan diferentes de las del resto de los mortales. Rascad un poquito más y os convenceréis de que, en realidad, sí son diferentes: son infinitamente más anodinas que la de cualquier hijo de vecino. Y hablando de hijos de vecinos, hoy os traigo unos personajes tan interesantes como el señor del cuarto segunda. O más.

En una calle adoquinada de edificios de tres plantas, que desemboca en una plazoleta con una pequeña iglesia, en un barrio de París, viven, cual obra de Pirandello, seis personajes en busca de un sentido a su vida. Uno de ellos, Paul, se regodea en su amargura, que recientemente se ha visto acentuada por la llegada a su oficina de un hombre que sonríe. Paul, que anhela una vida banal y plana, no tolera que alguien que tiene el mismo trabajo que él pueda lucir esa sonrisa. Se ve obligado a tomar medidas.

En otra casa vive Lucie, una anciana que trabaja limpiando casas y dedica su tiempo libre a construir maquetas de ferias. Lucie es, además, una mujer invisible. Nadie se da cuenta de si viene o se va, si está aquí o se ha ido, porque Lucie no significa nada para nadie. Ni siquiera sus cuarenta años de trabajo constan en sitio alguno, por lo que le deniegan un aumento de la pensión en una escueta carta de la administración, cuando ella esperaba una felicitación de su hijo por su cumpleaños. También se ve obligada a tomar medidas.

El papá de Louis es otro de los personajes corrientes que deambulan tristones por esta calle de adoquines. Perdió a su mujer y no ha superado nunca su muerte. Ni siquiera la presencia de su hijo da sentido a su vida, y levantarse cada mañana es una mera función biológica. Es más fácil seguir vivo, contestando con un simple “bueno” a todo lo que le dice su hijo, que languidecer en la cama hasta el fin de sus días.

El señor Armand ha convertido la ventana de su casa en el mostrador de su biblioteca. Desde allí observa los ires y venires de los vecinos, aunque los ojos siempre se le van tras Irina, una bella y enigmática señora de largos cabellos grises.

En las veinticuatro horas que transcurren de la primera a la última viñeta, estos seis personajes van a vivir un día tan corriente como sus vidas, o lo que es lo mismo, van a sucederles cosas extraordinarias. Con las cálidas ilustraciones y los exquisitos rostros que da Thomas Campi a los personajes, y con el excelente guión de Vincent Zabus, que consigue entrelazar con maestría, sencillez y sin costuras estas seis historias, Gente corriente nos cuenta una hermosa y emotiva historia de nuestro tiempo. En esta sociedad en la que tanta gente se limita a dejarse llevar, arrastrando los pies y mirando al suelo, Gente corriente quizá no cambie nuestras vidas, pero sí nos demuestra que ese cambio está a nuestro alcance.

 

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Pólvora mojada, de Isabel Kreitz y Konrad Lorenz

Pólvora mojada

Pólvora mojadaSi nuestros abuelos tuvieron que espabilarse como pudieron para sobrevivir en los años de posguerra, si hubo un éxodo del campo a la gran urbe que cambió para siempre nuestra sociedad, si el extrarradio de nuestras ciudades crió leyendas como el Vaquilla o el Torete, y si los que crecimos en los 80 nos curtimos en barrios de quinquis, conciertos heavies y bares musicales, explíqueme alguien por qué en nuestra lengua no existe un adjetivo con la misma carga semántica que tiene en inglés la palabra streetwise, que viene a querer decir, pues eso, alguien que sabe en qué kiosco te dan más regaliz por un duro o a partir de qué hora no conviene entrar en esos futbolines.

Un niño necesitaba tener sabiduría callejera, por llamarlo de alguna forma, para sobrevivir en el Hamburgo de posguerra, una ciudad devastada por los bombardeos aliados, donde escasea la comida, abundan las ratas y en cualquier esquina se puede ver a mujeres ofreciendo sus servicios. La guerra se ha llevado a los hombres, y los pocos que regresan lo hacen tullidos, desfigurados o con un trastorno psicológico que dificulta su reintegración en la sociedad. Pero los niños, niños son, y que mamá tenga que dedicarse al trapicheo para poder traer dos patatas a casa poco importa mientras tengamos nuestras calles, nuestras peleas, nuestros cromos y nuestra calenturienta imaginación, que para esos somos sabios callejeros.

Con un trazo a un tiempo minucioso y desenfadado, y con un uso magistral del carboncillo, Isabel Kreitz, alemana y de Hamburgo, para más señas, nos ofrece una historia que en su primera parte, como suele suceder con las memorias de infancia, está llena a partes iguales de magia y crudeza, mientras en su segunda parte, como suele suceder con las memorias de adolescencia, la magia se esfuma y nos deja con una sonrisa lela en la cara. Pólvora mojada, adaptación de las memorias del autor alemán Konrad Lorenz, se centra en las andanzas de Kalle, un niño que apenas recuerda a su padre, desaparecido en la guerra, y que vive con su madre y su abuela. La ausencia del padre poco afecta a nuestro héroe, cuyas preocupaciones se centran en lo que traiga el día, que puede ser un tebeo, un espectáculo de lucha o una nueva revelación sobre la anatomía femenina. Y en ésas andamos cuando se presenta el padre, que vuelve a casa sin palabras, derrotado y con una obsesión  por los estantes.

La aparición de un padre al que no conocemos no es fácil para nadie, pero en San Pauli, el barrio revolucionario y vicioso por excelencia de Hamburgo, esa tragedia familiar empequeñece ante el espectáculo de la vida. No cabe duda de que, tanto o más que los recuerdos de infancia y del paso a la adolescencia, con Pólvora mojada Lorenz y Kreitz han querido rendir homenaje a ese barrio fascinante, retratado hasta la última baldosa, por el que, en aquellos años de posguerra, se paseaba Louis Armstrong; donde, un par de décadas más tarde, empezaron a darse a conocer cuatro chicos de Liverpool, y por cuyas calles uno puede elegir entre los escaparates de prostitutas de la Herbertstrasse y ver al Manazas reventar una rata estrellándola contra la pared.

Quizá los momentos que marcan nuestra vida no son los que pensamos que deberían ser, o quizá nuestra memoria es algo torpe al escoger los recuerdos. El retorno del padre ocupa mucho menos en las páginas de esta impresionante novela gráfica que, por ejemplo, el baile que conduce a Kalle a su primer polvo, o que la gran decepción que se lleva tras sus encuentros con el Señor Estrangulador. La infancia es muchas veces así, una decepción tras otra con algún caramelillo por en medio, preparación imprescindible para los desencantos venideros. Pero por muy sórdido o duro que pudiera ser antaño ese tránsito de la infancia a la adolescencia, la pólvora que se moja siempre acaba secándose. Con ella escribió Lorenz estas memorias, tan suyas y tan universales, que el lápiz de Isabel Kreitz ha convertido en una obra extraordinaria.

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American splendor, de Harvey Pekar y Robert CRumb

American splendor

American splendorEl arte de verdad no envejece. Tampoco la buena comedia. Respecto a la primera de estos dos frases seudolapidarias, no tenéis más que echar un vistazo a Robert Crumb en google imágenes, y ya me diréis si hay una sola de esas viñetas que corra peligro de quedarse anticuada en los próximos doscientos años.

En lo que se refiere a la comedia, naturalmente, las cosas pueden no estar tan claras para todos. Quiero creer que el humor que a mí me gusta es humor inteligente, mientras que a otros les hace gracia el monologuista por encargo de turno. Cada uno se ríe de lo que entiende, o de lo que no, o de lo que le sorprende, o de lo que se espera. Pero más allá de las diferencias entre un sentido del humor y otro, están esos artistas que crean escuela, y que no siempre suelen ser los más conocidos. Verbigracia, Harvey Pekar.

En una de las comedias que reinó en la televisión norteamericana de los 90, Seinfeld, uno de los episodios nos mostraba a los personajes hablando sobre una idea para una serie de televisión. A la pregunta de sobre qué trataría esta serie, ellos respondían “sobre nada en absoluto. No tratará de nada”. Algo parecido puede decirse sobre las historias de American Splendor, pues viendo al autor hablar, caminar, dirigirse a nosotros y escuchar jazz, uno no puede por menos de pensar que este libro no trata de nada en absoluto. Pero del mismo modo que, según Stephen Hawking, de la nada absoluta nació el universo , podemos decir que de la nada de American Splendor nació, no sólo buena parte del cómic moderno, sino también una nueva forma de reflejar la realidad en literatura, cine y televisión.

En la presentación mutua que hacen los autores, Crumb dice que las historias de Pekar, en las que no pasa nada, son la vida real. En la vida del común de los mortales no hay grandes gestas, nuestras acciones no van acompañadas de una música que indica si va a pasar algo bueno o si alguien va a morir, y las frases que podrían ser memorables se nos ocurren cuando es demasiado tarde. La vida real, esa que hoy algunos directores y guionistas se esmeran en reflejar en sus obras, está mucho más cerca de esas calles de Cleveland por donde se pasea este autor bajito, hirsuto y desaliñado, o de esas oficinas donde hablamos de trivialidades que, con frecuencia, encierran chorradas aún mayores de lo que parece. ¿Verdad que hoy está de moda publicar, por ejemplo, en redes sociales frases absurdas cazadas al vuelo en el bar o el autobús? Y qué originales nos creemos al hacerlo. Lástima que Pekar ya hiciera lo mismo hace cuarenta años.

Nos cuenta Pekar en esta colección de relatos los motivos que le llevaron a decidir que su vida, un arrastrar de pies entre tiendas de discos de jazz de segunda mano y los pasillos de un edifico de oficinas de la administración, por donde empujaba el carrito de la correspondencia, era, a pesar de todo, digna de ser contada. Las situaciones de American splendor, con charlas sublimemente inanes, con anticlímax casi épicos de lo intrascendentes que llegan a ser (o a parecer), situadas en oficinas, en la cola del súper, en el asiento de un autocar o en los escalones de la entrada de un edificio, son condenadamente reales, y cualquiera que, sencillamente, esté vivo reconocerá en ellas momentos de su propia vida. Nada más lejos, pues, del realismo sucio de Bulowski y otros. No hay aquí borracheras, drogas ni prostitutas, sino tan sólo la historia de los inicios artísticos de un autor que ha marcado la ficción contemporánea más de lo que podemos imaginar.

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Voyeurs, de Gabrielle Bell

Voyeurs

VoyeursAntes de que existieran los friquis, los geeks, los nerds y todos esos términos de nuevo cuño que tan políglotas y modelnos nos hacen sentir, a los tipos como yo nos llamaban, sencillamente, bichos raros. Y mira que servidor lo era. De modo parecido a lo que le sucede a Gabrielle Bell, era capaz de provocar en aquéllos que me rodeaban sentimientos de irritación, compasión, confusión, miedo y muy moderada admiración (los bichos raros solemos ser un pelín más inteligentes que el común de los mortales, modestia aparte).

Una de las características de los bichos raros es que combinamos nuestra sociopatía con un incontenible anhelo de ser queridos. Así, mientras nada hace sentir segura a Gabrielle más que cuatro sólidas paredes, al mismo tiempo nuestra amiga se pasa las horas esperando en vano el tono de una notificación en sus cuentas sociales. Otro de nuestros rasgos es un completo desinterés por la vida privada de los demás, tan absortos como estamos con nuestras pajas mentales. En la primera escena de esta novela, vemos a Gabrielle buscando a todos los que hace un minuto estaban con ella celebrando una fiesta en un piso. Los encuentra en la azotea, mirando a la ventana del edificio de enfrente, donde una pareja se refocila en la cama. Acompañados de refrescos y patatas fritas, y con una actitud más analítica que excitada, comentan la jugada, mientras Gabrielle se queda con una cara de decir “¿de verdad soy yo la rara?”.

No resulta fácil decir de qué trata Voyeurs, si por “tratar de algo” queremos decir que un libro tiene un planteamiento, nudo y desenlace. La respuesta más evidente y sencilla es que en esta novela gráfica Bell nos narra su vida a lo largo de cuatro años, desde 2007 a 2010. Bien. Ahora, si tuviéramos que hablarle a alguien de nuestra vida en los últimos años, la inmensa mayoría de la gente se quedaría en viajes, novios, amigos, trabajo, quizá un par de bodas y algún funeral. Pero a los bichos raros, aparte de todas esas cosas, que también, se nos quedan en la memoria recuerdos y momentos mucho más importantes: una charla con nuestro gato, unas palabras que no dijimos pero que desarrollamos hasta convertirlas en nuestra mejor perorata, escenas que vivieron otros y de las que nos apropiamos con todo derecho, una pelea, una mirada, un puñado de fantasías y muchos temores. Todo lo cual, no me preguntéis por qué, nos conduce al convencimiento de que si somos bichos raros es precisamente porque somos incapaces de adaptarnos a la vida en una sociedad donde la mayoría son bichos mucho más raros que nosotros.

La composición de las viñetas, seis en cada página, sin primeros planos y con frecuencia cargados de detalles, es casi invariable a lo largo de la obra, y contribuye a acentuar esa sensación que atraviesa el libro: “esto es lo que hay, tan raro y tan habitual”. Parece como si estuviéramos delante de un formulario en blanco, que es la vida, y nos limitáramos a rellenarlo (aunque las páginas finales nos deparan una sorpresa). También el modo en que fue concebido inicialmente, como episodios sueltos publicados en su página web, hace que la historia parezca carecer de continuidad, de nuevo como las diferentes secciones de la declaración de la renta. Ya no vivimos la vida, parece decirnos Bell; la vida es simplemente una cosa que dejamos que nos suceda.

La grandeza de Voyeurs radica, por una parte, en esa disección personal y certera de una sociedad tan complaciente con su propio y anodino absurdo, y por otra, en ese ejercicio de ecce friqui que hace la autora, mostrándonos sin tapujos algunas de sus propias miserias, y haciéndolo, en todo momento con divertida resignación, esa resignación que, con los años y las canas, quizá se vuelva orgullosa reivindicación. Como alguien que yo me sé.

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Encuentros cercanos, de Anabel Colazo

Encuentros cercanos

En los años dEncuentros cercanosorados de los fenómenos paranormales, es decir, allá por finales de los 70 y principios de los 80, en casa veíamos con devoción aquel legendario programa presentado por el inolvidable Dr. Jiménez del Oso titulado Más allá. Todavía se me ponen los pelos de punta al recordar la introducción, con unos dibujos escalofriantes y una música propia de una sala de torturas. En una ocasión, recuerdo que hablaron de un experimento que consistía, sencillamente, en grabar el silencio (hay que recordar también que eran los años del boom del casete. Los mileniales no pueden imaginar la absoluta revelación que supuso para nosotros la posibilidad de grabar y escuchar nuestra propia voz). La gracia del experimento radicaba, por supuesto, en que el silencio estaba, decía el señor del Oso, repleto de sonidos y voces de ultratumba, inaudibles para el oído humano, pero , curiosamente, muy fáciles de registrar en una grabadora. Y un día mis padres decidieron salir al campo radiocasete en ristre y realizar el experimento. Como vemos, no fueron Mulder y Scully los que acuñaron aquello de “la verdad está ahí fuera”. Pero, ¿lo está?

Ésa es la cuestión que Anabel Colazo plantea en Encuentros cercanos, una interesantísima y engañosamente simple novela gráfica. Camino de casa de sus padres, Daniel, el protagonista de la historia, tiene una fugaz visión de un extraño ser, y en ese mismo momento se le estropea el coche. Se da cuenta de que se ha quedado tirado en mitad de la nada, y un coche que pasa por allí lo lleva a El Cruce, un pueblo conocido entre ufólogos por ser escenario habitual de encuentros paranormales. Daniel conoce allí a Juan, un joven que ha recibido amenazadoras visitas de los “hombres de negro”, y a Barry el extranjero, que vive en una caravana y que es una enciclopedia viviente sobre ufología. A partir de ese momento, poco a poco un extraño lazo empezará a anudarse alrededor de la hasta entonces anodina vida de Daniel.

En una época como la nuestra, donde no ocurre nada en ningún lugar del mundo que no sea inmediatamente fotografiado, grabado y viralizado, resulta difícil mantener vivas aquellas ideas, hoy casi románticas, acerca de platillos volantes y hombrecillos verdes. Por eso Colazo va mucho más allá, nunca mejor dicho, y, con un dibujo sencillo, casi naïf, y que nos recuerda mucho al de los entrañables libros de Teo, nos propone un acercamiento mucho más sutil y complejo a este mundo de abducciones, hombres de negro y personas a las que su experiencia, defínase ésta como se quiera definir, les destroza la vida.

¿Dónde está todo el mundo?, se preguntó el físico Enrico Fermi en los años 50, en lo que se vino a denominar la paradoja de El Gran Silencio. De manera muy resumida, esta paradoja nos dice que, pese a que la edad y el inconmensurable tamaño del universo nos inclina a pensar que en algún lugar debe de haber otras civilizaciones, no hay pruebas científicas de ningún tipo que sostengan esta idea. Sólo nos queda, pues, o bien dar credibilidad a testimonios de personas que aseguran, aun a riesgo de ser tachados de locos, haber sido abducidas, o bien olvidarnos de los platillos volantes y preguntarnos si “ahí fuera” no es el espacio interestelar, sino un lugar bastante más cercano e inquietante.

Encuentros cercanos nos plantea, pues, una reflexión sobre este fenómeno en términos mucho más interesantes que el de verdad o mentira, y lo hace con una gran madurez narrativa y una compleja estructura de muñeca rusa, donde se cruzan relatos, puntos de vista y teorías forteanas en una historia que me ha entusiasmado. Tanto es así que hasta le he pedido a mi madre que busque aquella cinta en la que, tantos años atrás, y como Daniel buscando hadas, mi familia y yo grabamos los sonidos de ahí fuera.

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Piruetas, de Tillie Walden

Piruetas

PiruetasLa gran literatura, esa que a algunos les llega al alma y a otros a las entrañas, no se nutre del qué, sino del cómo. Una historia universal narrada de forma anodina se queda en historia anodina. Del mismo modo, una historia personal, íntima, y aparentemente intransferible, si es narrada con talento y sensibilidad, tiene todos los números para convertirse en una historia universal. Eso es lo que hace que este lector se haya emocionado con Piruetas. Porque en esta historia de los tempranos años de adolescencia de una niña lesbiana que se levanta a las 4 de la mañana para ir a clases de patinaje se ha reconocido perfectamente este padre, heterosexual de cabello cada vez menos negro, cuyos conocimientos del patinaje artístico se limitan a saber que está prohibido caerse.

Tillie, autora y protagonista de esta novela que no es tal (¿habría quizá que acuñar el término “autobiografía gráfica”?), se encuentra en ese periodo de la vida que sólo pueden añorar ancianos desmemoriados, a saber, los últimos años de nuestra infancia y los primeros de esa prolongada tortura llamada adolescencia. Si ya es difícil, a esa edad, afrontar los cambios de nuestro cuerpo, aceptar con amargo alivio que hemos dejado de ser monos,  o escribir la carta a los reyes, no cuesta imaginar lo dura que debió de ser esa etapa para Tillie Walden, una niña de carácter introvertido y que ya a los cinco años supo que no era como las demás niñas. La vida de Tillie, que se mueve entre la escuela, su mejor amiga, y el patinaje, que practica desde los cinco años, empezará a dar un vuelco lento pero inexorable el día en que su madre le anuncia que dejan la costa este y se van a vivir a Texas. A partir de ese momento, y a lo largo de casi 400 páginas, asistimos al largo y doloroso proceso de formación personal y artística de Tillie, proceso por el que, en mayor o menor medida, hemos de pasar todos, por lo menos esos adolescentes retraídos que, como Tillie, odiábamos conocer gente nueva porque, entre otras cosas, nunca sabíamos qué decir.

En Texas se encuentra Tillie con una pista de patinaje más fea y menos acogedora que la que la vio crecer en Nueva Jersey, con una disciplina deportiva diferente, con unos nombres de figuras que ella desconoce, y, sobre todo, con el acoso escolar. Por otra parte, en casa todo sigue igual. Su madre parece siempre medio ausente y Tillie se siente mucho más próxima a su padre. Ninguno de los dos, sin embargo, se molesta jamás en ir a verla competir. Todo ello, naturalmente, acentúa esa asfixiante sensación de soledad que puede producir la adolescencia, hasta que, quizá como triste mecanismo de defensa, Tillie descubre que donde se encuentra más a gusto es en la impersonal soledad de esas habitaciones de hotel a donde la llevan las competiciones. Al mismo tiempo, el patinaje deja de ser, si es que algún día lo fue, un placer, y nuestra amiga, por suerte para los amantes de la novela gráfica, empieza a buscar otras formas de expresión artística

Cuenta la autora en las interesantes notas finales que, inicialmente, Piruetas iba a ser un libro sobre el patinaje. Poco a poco, sin embargo, otros motivos, recuerdos, momentos y fantasmas de su pasado fueron adueñándose de la historia y el patinaje quedó como metáfora. Cada capítulo nos remite a una figura artística, pero lo que nos encontramos en ellos es un fragmento más de esa catarsis en que se convirtió la adolescencia de Walden. A veces es difícil encontrar sentido a algunos de esos recuerdos que marcan nuestra vida, como le sucede a Tillie con el accidente de coche que se produce a pocos milímetros de donde se encuentra, sentada en la hierba en mitad de la noche esperando que la recoja su madre. En otras ocasiones, el recuerdo es sumamente doloroso, como esa escena en que su tutor intenta abusar de ella. Y uno se sorprende una vez más del enorme talento de esta autora de apenas 22 años, que, con un trazo sencillo y un extraordinario uso del color (puede parecer una tontería, pero el empleo del amarillo, puntuando los momentos de calor, esperanza o fugaz felicidad, es impresionante), ha sabido plasmar unas emociones, recuerdos y sentimientos que sólo antes de la lectura podrían parecernos ajenos.

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Sabor a coco, de Renaud Dillies

Sabor a coco

Sabor a cocoEn mitad del desierto y bajo un sol de justicia, una cigüeña llamada Jiri y un zorro bastante afelinado que responde al nombre de Polka tienen calor y pasan sed. Parten en busca de algo que beber, pero, tras una serie de encuentros con personajes a cual más curioso, no encuentran más que un coco. ¿Cómo abrirlo?

A veces, para ser felices no necesitamos más que un trago de agua. Y a veces, no hace falta más que combinar un puñadito de elementos para crear un cómic tan extraordinario como éste. Dos personajes principales, un problema existencial (¿hay algo más existencial que la superviviencia?), un poquito de imaginación, un mucho de absurdo, un montón de talento y… voilà! Una obra sencillamente magistral y magistral sencillamente. Que no es lo mismo.

Dicen los entendidos que en Sabor a coco Dillies rinde homenaje a Krazy Kat, la legendaria tira de cómic que aupó la viñeta a la categoría de arte. Y aunque, a los que no conocíamos al gato en cuestión, un rápido vistazo nos confirma que eso es así, las referencias literarias y las relaciones que evoca esta obra en el lector son incontables. De entrada, la cigüeña y el zorro nos remiten a las fábulas de Esopo (¿recordáis aquélla en que el zorro se pitorreó de la cigüeña, y la venganza que ésta se cobró?). También es evidente que, con esa pipa y ese lenguaje rimbombante, Jiri ha tomado prestado mucho de Sherlock Holmes. Por su parte, el personaje de Polka, de carácter mucho más pragmático y de lenguaje más prosaico, se nos antoja una recreación de Sancho Panza, pero un Sancho pasado por el prisma de Samuel Beckett. En efecto, uno no puede ver a estos dos animalillos vagando por el desierto en busca de un agua que nunca aparece sin acordarse de Vladimir y Estragón, aquel par de vagabundos que, en Esperando a Godot, nos regalan algunos de los diálogos más absurdos y, por ende, más profundos de la historia del teatro.

Y ya que hablamos del teatro, resulta evidente que Sabor a coco también está en deuda con escenarios y pantallas. No obstante, aquí los referentes se nos antojan mucho más eclécticos, hasta tal punto que uno se pregunta si la riqueza visual y la fantasía que Dillies consigue imprimir a un escenario tan desolado no habrá hecho que veamos espejismos allí donde no hay más que arena. Así, ¿es posible que ese enorme pez volador que aparece por las noches esté tomado de Arizona Dream, una película hoy casi olvidada? Y de entre todos los bares que la historia del cine ha plantado en medio del desierto, ¿por qué éste me recuerda tanto al de la olvidable Abierto hasta el amanecer? Pero hay más. Las andanzas de Jiri y Polka, vapuleados por el infortunio e inasequibles al desaliento, no pueden dejar de recordarnos a Laurel y Hardy, o incluso, permitidme la salida de tiesto, a Leoncio el León y Tristón. En definitiva, sean cuales sean sus referentes culturales, todo lector los encontrará reflejados en esta historia sencilla y universal, que, recuperando el sabor de los primeros cómics o del teatro de marionetas, nos cuenta la aventura primordial del ser humano.

Todas y cada una de las páginas de Sabor a coco, y me atrevería a decir, sin miedo a exagerar, que incluso cada una de sus viñetas, es una obra de arte, una deslumbrante puesta en escena de un desierto que es nuestro mundo, y donde, entre flores, garabatos y cuadros enmarcados como paisajes, trípticos o tapices, el telón sube y baja una y otra vez para maravilla de este espectador que, por la magia del arte, vuelve a ser niño y a asomarse por primera vez al misterio y la maravilla del mundo.

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Ed, el payaso feliz, de Chester Brown

Ed, el payaso feliz

Ed, el payaso felizLa imaginación es una cosa muy bonita y práctica. Nos permite tanto hallar soluciones insospechadas a nuestros problemas como crear maravillosos mundos de fantasía (imaginación y fantasía no son sinónimos, se ponga como se ponga el diccionario; la fantasía no es sino una vertiente de la imaginación). Cuando iba al cole, nada me gustaba tanto como que la seño nos mandara hacer algún trabajo que requiriera de la imaginación. Y no se me daba mal, a decir de mis amigos. Podía inventarme personajes resultones (con nombres graciosos y todo), situaciones más o menos ocurrentes, ir un poquito más allá del lugar común para hallar una salida ingeniosa, y, desde luego, nadie me superaba en el arte de poner motes. Pero de una cosa estoy seguro: al lado de Chester Brown, soy la persona más sosa, anodina, predecible y carente de imaginación que el mundo ha visto.

Chester Brown lleva la imaginación a otro nivel. Lo que este autor hace con ideas, imágenes y palabras tiene poco que ver con la obra de ningún otro autor que yo conozca. Sin embargo, eso no significa que vaya a ser del gusto de todos. Vaya, pues, por delante la advertencia: Ed, el payaso feliz no es apta para todas las sensibilidades. Para más detalles al respecto, seguid leyendo.

Del mismo modo que, como pontificaba más arriba, la fantasía es tan sólo una vertiente de la imaginación, el disparate es tan sólo un recurso técnico de ésta. Hay autores, no obstante, que confunden recurso con finalidad, y, en consecuencia, presumen de imaginación, cuando en realidad se quedan en el mero disparate. Las primeras páginas de este libro pueden dar la impresión de que estamos ante una apología y antología del disparate. Se trata, no obstante, de un disparate tan divertido que seguimos leyendo y disfrutando como esos pequeños pigmeos que devoran con fruición una rata todavía palpitante. (¿Racista? Cuando menos, políticamente inaceptable. Ya había advertido a vuestra sensibilidad. Pero lo peor, es decir, lo mejor todavía está por venir). Poco a poco, sin embargo, vemos cómo un disparate encaja con otro, y cómo se va construyendo una obra de un surrealismo delirante y, al mismo tiempo, perfectamente coherente.

La coherencia de este delirio pasma a este lector, más aún cuando observa que el libro se fue escribiendo a lo largo de diez años. De hecho, antes de convertirse en novela Ed… era de una colección de tiras cómicas publicadas en la revista Yummy Fur, y que no guardaban más que una tenue relación unas con otras. Brown estaba fuertemente influido por algunas teorías del surrealismo y su obra es, ante todo, fruto, como él mismo admite, de la improvisación. En las interesantísimas notas al final del libro el autor comenta algunos de estos aspectos del proceso de creación de la obra. ¿Cómo surgió ese monstruo de Frankenstein que aparece en la página 14? ¿Por qué el cabello de la vampira Josie empieza de repente a brillar? ¿De dónde salió la idea del calamar masturbador? Las respuestas son siempre sorprendentes y reveladoras, y creo que desmitifican en buena medida el trabajo del artista.

Como ya he señalado, Ed, el payaso feliz no es una obra para sensibilidades delicadas. Pensad, de entrada, en episodios como “El hombre que no podía parar”, que un día se sentó en la taza del váter y, pues eso, no pudo parar. Imaginad una escena de masturbación, y a continuación pensad que la punta de ese pene en erupción es, en realidad, la cabeza de Ronald Reagan vomitando. Y creo que con ese par de ejemplos basta para haceros una idea. Eso sí, en las notas finales, Brown se disculpa por el aspecto más ofensivo de sus viñetas, que achaca a su ignorancia juvenil. Así, nos dice que hoy, por ejemplo, no se reiría de una señora madura que se beneficia a un jovencito, ni haría que sus pigmeos comerratas dijeran ¡uga uga!

Rompedora y divertida, de un humor guarro e irreverente, Ed, el payaso feliz marcó un hito en la escena del cómic alternativo norteamericano, y eso es lo único que no nos sorprende de este libro delirante y absolutamente genial.

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Fire!!, de Peter Bagge

Fire!!

Fire!!Como la mejor literatura, la novela gráfica no sólo nos ayuda a conocer el mundo, sino que, con cada vez mayor frecuencia, resucita a extraordinarios personajes como La virgen roja, La familia Carter o como la de hoy, cubiertos de un aura de leyenda y que son, como se dice en inglés, “más grandes que la vida”.

Acercaos a vuestra librería de cabecera y preguntad al librero por Zora Neale Hurston. Probad luego en la librería más grande de la ciudad, y a continuación paseaos por la red de bibliotecas públicas. Como último recurso, preguntad a vuestro  compañero de trabajo, ése que se jacta de haberlo leído todo, qué sabe de la señora Hurston. A lo sumo, le sonará vagamente el nombre y pensará, como pensaba servidor, que se trata de una activista, de una exploradora, de la Primera Ministra de Jamaica o de una nueva sospechosa del asesinato de JFK. A estas alturas, ya os habréis convencido de que nuestra amiga no ha gozado nunca del favor de nuestras editoriales, lo cual es una pena, porque, después de leer esta excelente Fire!!, se le despierta a uno ese apetito lector que sólo puede saciarse con un libro de esta autora.

Nacida en 1891, nieta de esclavos e hija de un aparcero y una maestra, la pequeña Zora era una niña de armas tomar. Ya en la primera página vemos que la ciudad de Eatonville, en Florida, una de las primeras “ciudades negras” de los Estados Unidos, le quedaba pequeña a nuestra heroína, que soñaba con ir a sitios e intenta montarse en un carromato que la lleve hasta el horizonte.

No obstante, lo cierto es que, por muy asfixiante que pudiera ser a ratos aquella ciudad, Zora siempre se sintió allí como en su casa, escuchando las increíbles historias que, sentado en el porche de su tienda, contaba a la parroquia el tendero Joe Clarke. En esas historias, donde se mezclan la Biblia y la fantasía, así como en el inconfundible y, a menudo, casi ininteligible dialecto de los afroamericanos del sur, encontramos algunos de los rasgos más distintivos de la futura obra de Hurston.

Hurston fue, sin duda, una mujer excepcional y el retrato que de ella hace Peter Bagge nos muestra a una persona que nunca se dejó encasillar y que nunca se amoldó a lo que la sociedad y, en particular, sus “hermanos” esperaban y hasta exigían de ella. A saber, Hurston rechazaba escribir sobre el tema racial y se distanciaba así de los principios del Renacimiento de Harlem, movimiento artístico que aspiraba a “elevar” la raza. ¿Se debe ello a que, habiendo crecido en una “ciudad negra”, Hurston apenas conoció los conflictos raciales? Bagge, que hace gala de una documentación enciclopédica, nos da a entender que semejante lógica sería demasiado simple para una persona tan compleja como nuestra autora. Hurston, de hecho, calificó a los escritores del Renacimiento de Harlem como la “lloriqueante escuela de negritud”, y subrayó que ella había dejado de pensar en términos de raza y pensaba tan sólo en personas. Algunos no le perdonarían nunca esa presunta traición, y no cuesta imaginar el trato que le darían los de siempre en la actual tiranía de lo politicorrecto,

La novela, que nos lleva desde la infancia de Hurston hasta su muerte, tiene un ritmo absolutamente endiablado, y por sus apasionantes páginas vemos pasar amantes, artistas, mecenas, esclavos (¡en los años 30!), ceremonias de vudú y hasta un auténtico zombi. Con unas ilustraciones coloridas y unos retratos al límite de la caricatura, Bagge nos ofrece una galería de personajes redondos, frescos, divertidos, y una protagonista a la que no le falta una sola imperfección. Creo que si conociera a Zora Neale Hurston, me aseguraría bien de no hacerla enfadar.

Y aunque, como señalaba al principio, os costará encontrar algo con que saciar la sed de lecturas de Hurston, Fire!! trae de propina más de treinta páginas de notas y fotografías explicándonos los detalles de prácticamente todas y cada una de las viñetas. ¡A disfrutar!

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Poncho fue, de Sole Otero

Poncho fue

Poncho fueTodos hemos oído alguna vez aquello de que el amor es ciego, una frase que a los feos siempre nos ha llenado de fe y esperanza. Y además es cierta. Decidme, si no, cómo se explica que una mujer tan hermosa como la mía se fijara en un tipo con mi careto, si no es por mi despampanante belleza interior.

Pero si esa frasecita en cuestión es cierta, no lo es menos aquella otra de que el amor nos ciega. Y eso ya no es tan bueno.

A Lu, la protagonista de esta excelente novela gráfica titulada Poncho fue, el amor tarda un suspiro en cegarla. Por desgracia, una vez nos han tapado los ojos con esa venda de la obnubilación, cuesta sangre, sudor y muchas lágrimas quitársela y volver a ver la realidad. La realidad empieza a desvancecerse en el momento en que aparece alguien que nos convence de que estamos hechos el uno para el otro y que, por tanto, a partir de ahora nada ni nadie nos va a separar. Yo sin ti soy media persona, y tú sin mí, todavía menos, porque eres, además, débil, histérica e incapaz de valerte por ti misma.

Ciega como se ha quedado, Lu no se da cuenta de algo que el lector percibe enseguida, a saber, que el Santi que la deslumbra es un fantasmón y un manipulador. La historia comienza con una discusión inesperada y absurda, que no parece más que una crisis pasajera en una relación hasta entonces idílica. Sin embargo, una serie de flashbacks nos muestran el inicio de la relación y el modo en que ésta fue degradándose poco a poco, emponzoñada por el egoísmo y el maltrato psicológico al que Santi somete a Lu.

El uso de los colores así como el estilo naif de la autora pueden darnos, pues, una primera impresión equivocada de esta gran e impresionante novela. Poncho fue es mucho más que una simple historia de maltrato. Basándose en una experiencia personal, Sole Otero nos ofrece en esta novela dos extraordinarios retratos psicológicos en los que no escatima críticas a sí misma ni hace excesivo hincapié en el carácter venenoso de Santi. Tan sutiles y verosímiles son los dos personajes que, de manera inquietante, es difícil en más de un momento no reconocerse a sí mismo en los rasgos de uno u otra. Así de cerca estamos todos del maltrato.

Santi no es un monstruo. De hecho, apenas puede decirse que sea violento. Santi, eterno aspirante a escritor que aún no ha conseguido acabar su primera novela, es, ante todo, una persona tremendamente infantil que, eso sí, tiene la habilidad de saber encontrar y explotar el punto débil de Lu: el sentimiento de culpa. Los halagos y las promesas nos pueden cegar tanto como el amor. Cuando alguien nos dice que no hay nadie como nosotros y que somos lo mejor que ha pasado en su vida, no resulta fácil rechazar tales halagos. Antes al contrario, bien pronto nos rendimos a ellos, y desde ese momento tenemos la obligación de demostrar que estamos a la altura del infinito amor que el otro nos profesa. Cuando no lo logremos, el peso de la culpa será imposible de sobrellevar, y de ahí al abismo del autodesprecio no hay más que un paso.

En definitiva, una gran y sorprendente novela gráfica, una demostración de cómo convertir la tragedia en arte, y un libro que deberían leer todos esos amantes apasionadísimos que aseguran, sin asomo de vergüenza, que harían cualquier cosa por amor.

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