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Poncho fue, de Sole Otero

Poncho fue

Poncho fueTodos hemos oído alguna vez aquello de que el amor es ciego, una frase que a los feos siempre nos ha llenado de fe y esperanza. Y además es cierta. Decidme, si no, cómo se explica que una mujer tan hermosa como la mía se fijara en un tipo con mi careto, si no es por mi despampanante belleza interior.

Pero si esa frasecita en cuestión es cierta, no lo es menos aquella otra de que el amor nos ciega. Y eso ya no es tan bueno.

A Lu, la protagonista de esta excelente novela gráfica titulada Poncho fue, el amor tarda un suspiro en cegarla. Por desgracia, una vez nos han tapado los ojos con esa venda de la obnubilación, cuesta sangre, sudor y muchas lágrimas quitársela y volver a ver la realidad. La realidad empieza a desvancecerse en el momento en que aparece alguien que nos convence de que estamos hechos el uno para el otro y que, por tanto, a partir de ahora nada ni nadie nos va a separar. Yo sin ti soy media persona, y tú sin mí, todavía menos, porque eres, además, débil, histérica e incapaz de valerte por ti misma.

Ciega como se ha quedado, Lu no se da cuenta de algo que el lector percibe enseguida, a saber, que el Santi que la deslumbra es un fantasmón y un manipulador. La historia comienza con una discusión inesperada y absurda, que no parece más que una crisis pasajera en una relación hasta entonces idílica. Sin embargo, una serie de flashbacks nos muestran el inicio de la relación y el modo en que ésta fue degradándose poco a poco, emponzoñada por el egoísmo y el maltrato psicológico al que Santi somete a Lu.

El uso de los colores así como el estilo naif de la autora pueden darnos, pues, una primera impresión equivocada de esta gran e impresionante novela. Poncho fue es mucho más que una simple historia de maltrato. Basándose en una experiencia personal, Sole Otero nos ofrece en esta novela dos extraordinarios retratos psicológicos en los que no escatima críticas a sí misma ni hace excesivo hincapié en el carácter venenoso de Santi. Tan sutiles y verosímiles son los dos personajes que, de manera inquietante, es difícil en más de un momento no reconocerse a sí mismo en los rasgos de uno u otra. Así de cerca estamos todos del maltrato.

Santi no es un monstruo. De hecho, apenas puede decirse que sea violento. Santi, eterno aspirante a escritor que aún no ha conseguido acabar su primera novela, es, ante todo, una persona tremendamente infantil que, eso sí, tiene la habilidad de saber encontrar y explotar el punto débil de Lu: el sentimiento de culpa. Los halagos y las promesas nos pueden cegar tanto como el amor. Cuando alguien nos dice que no hay nadie como nosotros y que somos lo mejor que ha pasado en su vida, no resulta fácil rechazar tales halagos. Antes al contrario, bien pronto nos rendimos a ellos, y desde ese momento tenemos la obligación de demostrar que estamos a la altura del infinito amor que el otro nos profesa. Cuando no lo logremos, el peso de la culpa será imposible de sobrellevar, y de ahí al abismo del autodesprecio no hay más que un paso.

En definitiva, una gran y sorprendente novela gráfica, una demostración de cómo convertir la tragedia en arte, y un libro que deberían leer todos esos amantes apasionadísimos que aseguran, sin asomo de vergüenza, que harían cualquier cosa por amor.

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