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El tiempo regalado, de Andrea Köhler

El tiempo regalado

El tiempo regaladoVivimos, experimentamos el tiempo como algo subjetivo. Hay minutos que se nos clavan. Que aún duran. Como un paréntesis, continúan sin cerrarse del todo, mezclándose, solapándose, con el resto de nuestros segundos. Como un acordeón de papel, que no reproduce ningún sonido, el tiempo se acelera, se detiene y se ralentiza a su antojo. A veces es el hilo narrativo en el que nos sumergimos, en el que nos contamos y nos explicamos a los demás. Otras, es el suspense hacia adelante. En la mayoría de los casos es la espera, eso que en palabras de Andrea Köhler se podría denominar como “el tiempo regalado”.

Precisamente, bajo este título, escribe la autora alemana en este breve ensayo que “en el mejor de los casos la espera será tiempo regalado, aunque la mayoría de las veces sea simplemente tiempo perdido; sin embargo en la espera el tiempo se convierte en algo palpable”. Y es posible que esta sea la reflexión más potente, más sólida, de todo su libro.

Experimentamos el tiempo gracias a la espera. Cuando esperamos, los instantes, los segundos, adquieren un tacto, una textura, un olor, una sensación que se apodera de nosotros y que los vuelve casi corpóreos. El tiempo pesa y se vuelve denso y lo ocupa todo. Ese vacío de poder, de estar, de hacer, es donde nos pensamos. Durante una época de mi vida, aún hoy, solía huir de esos espacios. No temía las horas muertas, sino ese aburrimiento del que Dieter Wellershoff afirma que “únicamente cierra el mundo para volver a abrirlo de nuevo”. Lo cuenta Köhler en su libro. Es el momento de la escritura. Y qué difícil es escribir/se, analizar un libro, cuando uno está ocupado esbozando su propio plan de huída.

No obstante, bajo esa idea, en El tiempo regalado su autora disecciona el minutero en un millar de esperas y empieza con la más obvia. Que es la del amor. Cómo el enamorado que espera ansioso la llamada del amado, o el mensaje en tiempos del WhatsApp, sufre. “El que ama muestra su debilidad siendo puntual”, afirma y a mí me parece una hipótesis indiscutible. O, continúa, “el que espera es el que más ama”. Bendita paradoja de la que no se puede salir. Nos pasamos el día esperando al otro. Y como nosotros, espera también el que escribe, el enfermo en la consulta del médico, el empleado la respuesta de su jefe, el viajero, el espectador, el anciano sus últimos minutos… Incluso la mujer, que no sale, no se mueve, espera paciente a su príncipe azul… En el cuento, sostiene Köhler, la espera es  vista como una maldición. “Hacer esperar es –de hecho- el privilegio de los poderosos”. ¿Lo habíais pensado alguna vez así?

Si bien es cierto que no siempre este ensayo arroja la misma luz, ni todas sus hipótesis se mantienen con la misma solvencia y contundencia, su autora consigue abordar diferentes aspectos del día a día que, aunque a veces sirven solo como una mera aproximación, algo que se queda en la superficie, constituyen un buen punto de partida para pensar y repensar la vida en sí como tiempo. Ella es la encargada de abrir todas esas puertas y dejar, de modo práctico y sencillo, que nosotros, los lectores, nos sumerjamos en esos universos que se nos plantean. Todo, al menos, pasa por ahí en este ensayo que arroja una nueva y original perspectiva sobre nuestra forma de sentir y de vivir las esperas. No aporta, eso sí, ninguna solución a ese tiempo regalado que a veces nos tortura porque nos obliga a ponerlo todo en perspectiva. Meses después, ocurre a veces, que seguimos en el mismo punto de partida. Aquí es donde estoy yo. Releyendo este estupendo ensayo. Planteándome que qué sería de nosotros si nos limitáramos a pasar por encima de la vida y no nos detuviéramos ni un instante. La espera es un regalo, sí. Pero el que nos hacemos a nosotros mismos.

 

 

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Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika

tiempo de albaricoques

tiempo de albaricoques«¿Es posible que los momentos felices en una época difícil sean más felices aún?». Eso es lo que se pregunta Elisabetta Shapiro, una anciana judía que vive prácticamente recluida en su casa de la infancia, en Viena, en la novela Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika. Como si comiera la magdalena de Proust, se retrotrae a su niñez cada vez que prueba una de aquellas mermeladas que elaboró con los albaricoques de su jardín en los tiempos de la guerra. A esos tiempos en los que su familia era extrañamente tolerada y ninguneada en una ciudad donde empezaban a escasear los judíos, pero también a los años que llegaron después, cuando Elisabetta era ya la única superviviente de los miembros de su familia. De aquella niña que fue, solo le queda Hitler, su tortuga. Y el otro Hitler también, para qué negarlo.

Algunos recuerdos son dulces como los albaricoques recién recogidos del árbol; otros saben a humo, por el fondo quemado de la olla en la que la mermelada fue cocinada. Pero todos ellos alimentan a Elisabetta Shapiro, que vive más en el pasado que en el presente, porque cada día oye las voces de sus hermanas mayores —esas que murieron siendo adolescentes— regañándola por alquilarle una habitación a una joven bailarina alemana. Unas voces que le impiden olvidar todo lo que sufrieron y perdieron por culpa de esos alemanes. ¿Cómo asumir que aquel hombre que antes clasificaba judíos en Operngasse, ahora clasifica el correo? No se lo merece, le repiten sus hermanas. ¿Cómo aceptar que ella se salvó simplemente por un instante de suerte, mientras todos sus seres queridos caían?, se martiriza la anciana.

Pero en Tiempo de albaricoques no solo conocemos a Elisabetta y a su familia mediante sus remembranzas de aquella época, sino que también nos encariñamos de Pola y Rahel, una alemana y una judía de estos tiempos, que no cargan con los recuerdos de ese trágico pasado, pero tampoco pueden abstraerse de todo lo que aconteció a sus abuelos décadas atrás. Y estas dos chicas protagonizan una historia de amistad y amor tan sencilla como emotiva, para añadir unas cucharadas de azúcar cuando los recuerdos de Elisabetta se llenan de amargura.

«¿Por qué hay que recordarlo todo y contarlo?», se pregunta la anciana Elisabetta. Y es que está harta de que los recuerdos a veces sean su tabla de salvación y, otras tantas, sean su condena. ¿Es cuestión de olvidar? ¿De aceptar? ¿O, quizá, de reconciliarse? Con los demás y con una misma. Eso es lo que trata de descubrir a través de las mermeladas y de esa extraña bailarina alemana que se ha colado en su casa, para saber si aún no es demasiado tarde para un nuevo comienzo.

Tiempo de albaricoques, de Beate Teresa Hanika, nos habla de una familia judía en la Segunda Guerra Mundial y, pese a ello, nos deja un sabor dulce tras la lectura. Aunque es una dulzura con toques de amargura, claro está, igual que los albaricoques del jardín de la familia Shapiro. Pero, en esta ocasión, el sentimiento de culpa de los que sobrevivieron y no perdonan no consigue empañar este canto al amor y a la libertad.

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Pólvora mojada, de Isabel Kreitz y Konrad Lorenz

Pólvora mojada

Pólvora mojadaSi nuestros abuelos tuvieron que espabilarse como pudieron para sobrevivir en los años de posguerra, si hubo un éxodo del campo a la gran urbe que cambió para siempre nuestra sociedad, si el extrarradio de nuestras ciudades crió leyendas como el Vaquilla o el Torete, y si los que crecimos en los 80 nos curtimos en barrios de quinquis, conciertos heavies y bares musicales, explíqueme alguien por qué en nuestra lengua no existe un adjetivo con la misma carga semántica que tiene en inglés la palabra streetwise, que viene a querer decir, pues eso, alguien que sabe en qué kiosco te dan más regaliz por un duro o a partir de qué hora no conviene entrar en esos futbolines.

Un niño necesitaba tener sabiduría callejera, por llamarlo de alguna forma, para sobrevivir en el Hamburgo de posguerra, una ciudad devastada por los bombardeos aliados, donde escasea la comida, abundan las ratas y en cualquier esquina se puede ver a mujeres ofreciendo sus servicios. La guerra se ha llevado a los hombres, y los pocos que regresan lo hacen tullidos, desfigurados o con un trastorno psicológico que dificulta su reintegración en la sociedad. Pero los niños, niños son, y que mamá tenga que dedicarse al trapicheo para poder traer dos patatas a casa poco importa mientras tengamos nuestras calles, nuestras peleas, nuestros cromos y nuestra calenturienta imaginación, que para esos somos sabios callejeros.

Con un trazo a un tiempo minucioso y desenfadado, y con un uso magistral del carboncillo, Isabel Kreitz, alemana y de Hamburgo, para más señas, nos ofrece una historia que en su primera parte, como suele suceder con las memorias de infancia, está llena a partes iguales de magia y crudeza, mientras en su segunda parte, como suele suceder con las memorias de adolescencia, la magia se esfuma y nos deja con una sonrisa lela en la cara. Pólvora mojada, adaptación de las memorias del autor alemán Konrad Lorenz, se centra en las andanzas de Kalle, un niño que apenas recuerda a su padre, desaparecido en la guerra, y que vive con su madre y su abuela. La ausencia del padre poco afecta a nuestro héroe, cuyas preocupaciones se centran en lo que traiga el día, que puede ser un tebeo, un espectáculo de lucha o una nueva revelación sobre la anatomía femenina. Y en ésas andamos cuando se presenta el padre, que vuelve a casa sin palabras, derrotado y con una obsesión  por los estantes.

La aparición de un padre al que no conocemos no es fácil para nadie, pero en San Pauli, el barrio revolucionario y vicioso por excelencia de Hamburgo, esa tragedia familiar empequeñece ante el espectáculo de la vida. No cabe duda de que, tanto o más que los recuerdos de infancia y del paso a la adolescencia, con Pólvora mojada Lorenz y Kreitz han querido rendir homenaje a ese barrio fascinante, retratado hasta la última baldosa, por el que, en aquellos años de posguerra, se paseaba Louis Armstrong; donde, un par de décadas más tarde, empezaron a darse a conocer cuatro chicos de Liverpool, y por cuyas calles uno puede elegir entre los escaparates de prostitutas de la Herbertstrasse y ver al Manazas reventar una rata estrellándola contra la pared.

Quizá los momentos que marcan nuestra vida no son los que pensamos que deberían ser, o quizá nuestra memoria es algo torpe al escoger los recuerdos. El retorno del padre ocupa mucho menos en las páginas de esta impresionante novela gráfica que, por ejemplo, el baile que conduce a Kalle a su primer polvo, o que la gran decepción que se lleva tras sus encuentros con el Señor Estrangulador. La infancia es muchas veces así, una decepción tras otra con algún caramelillo por en medio, preparación imprescindible para los desencantos venideros. Pero por muy sórdido o duro que pudiera ser antaño ese tránsito de la infancia a la adolescencia, la pólvora que se moja siempre acaba secándose. Con ella escribió Lorenz estas memorias, tan suyas y tan universales, que el lápiz de Isabel Kreitz ha convertido en una obra extraordinaria.

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Bambi, de Felix Salten

bambi

bambi¿Bueno y qué? No he visto Bambi. Nunca. Lo reconozco. Trozos sueltos por azar en algún telediario aprovechando el estreno de alguna cinta de la factoría Disney para rellenar hueco con algún minirreportaje o en Días de Cine o similar, sí. Pero soy uno de esos monstruos sin corazón que ha crecido sin haber visto la –dicen que traumatizante– película. Aunque acabo de leer el libro. Y seguramente muchos de los que han visto la peli estarán convencidos de que ese pequeño e indefenso cervatillo es una invención de Disney, como pueden ser Dumbo o WALL-E, pero nada más lejos. Es más. La mayoría de los argumentos de las cintas de animación de la casa del ratón, propietaria de Marvel, de la Fox, (y de EE.UU de aquí a cinco años) están basadas en libros, pero esa es otra historia.

No sé muy bien qué me llevó a querer leer la novela. Tal vez la curiosidad por conocer el origen de la mítica película o comprobar si lo que se cuenta en él difiere de lo contado en el filme (y aunque no la he visto sé que en la cinta aparece Tambor, pero en el libro no aparece ningún conejo llamado así y que sea el amigo de correrías de Bambi). Admito que en el dossier de prensa me llamaron la atención las ilustraciones textiles, tan sutiles y a la vez tan descriptivas y expresivas con tan solo paño e hilo.

El caso es que lo he leído. Y me ha gustado, pero me queda una duda. ¿Realmente es un libro infantil? No estoy tan seguro de ello. Yo diría que es una lectura para un público juvenil y adulto pero, desde luego para nada infantil, ya que tiene algunos pasajes algo gores (uno de los personajes, por ejemplo, y no hago espoilers, muere con los intestinos fuera…) ¿Que los animales hablan? Sí. También en Rebelión en la granja. Todo tipo de animales hablan en Bambi, e incluso las hojas de los árboles, pero aún así, no es motivo suficiente para catalogar a un libro de infantil.

¿Y de qué va el libro? De la vida. Del descubrimiento de todo lo que rodea a nuestro corzo (no es un cervatillo como en la peli) desde que nace en un bosque europeo (tampoco es de EE. UU, como en la peli). De las enseñanzas que su madre le va impartiendo. De las dudas y temores, de dónde buscar comida, qué senderos recorrer, cuándo dormir, del crecimiento y madurez y también de la soledad y la muerte. Del ciclo de la vida, como dicen en El rey león. Y del miedo. De Él. Él que es el/los cazador/es y por extensión la especie humana, a quien todos los animales temen por haberle visto matar con una tercera mano y un ruido atronador, por creerle todopoderoso, superior a ellos, y un dios de vida y muerte.

Me he llevado una gran alegría al leer Bambi. El ritmo es el adecuado, la prosa no es complicada (esperaba aburridas descripciones de los elementos del bosque) pero sí muy cuidada y describe muy bien animales, flora y el comportamiento de los animales en el bosque, como una gran familia no unida, o mejor, como una comunidad de vecinos, en la que todos van a lo suyo, con sus prisas y sus problemas y solo de vez en cuando, sobre todo cuando Él aparece, hacen unión.

Es un libro emotivo, vital, que te inocula las ganas de ir a un bosque, de caminar pisando esas hojas secas que avisan a los animales de que Nosotros estamos ahí, de pedirles perdón, de escuchar a los arrendrajos e intentar ver a todos los animales que podamos y entender que son parte de este mundo que antes era todo suyo y que poco a poco se lo hemos ido quitando. Entender que ellos solo quieren hacer su vida, sobrevivir…

Alguien dijo que le parecía mentira que se hubieran comprado los derechos de un cuento tan simple en el que “nace un cervatillo, matan a la madre, encuentra pareja…” Lo cierto es que no es para nada un cuento tan simple. Hay mucho más en él. Es ecologismo puro, amor a la vida y a los animales y un intento de empatizar con ellos. Es el ciclo de la vida, ya lo he dicho antes, y es un libro que merece leerse.

Aprovecho para felicitar a Thule por la fantástica edición que se han currado. Les ha quedado un libro precioso por dentro y por fuera. Todo un regalo.

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El truco, de Emanuel Bergmann

el truco

el truco¿Qué es más fácil, hacer reír o hacer llorar?

Es evidente que en temas de humor no todos reaccionamos igual. Algunos podemos encontrar tronchante una situación absurda, una conversación de besugos o una broma escatológica. A otros en cambio les asoma una traviesa sonrisilla cuando alguien da un traspiés, cae escaleras abajo y se parte la crisma o ante un chiste de Carrero Blanco y sus dotes como saltador olímpico. La Audiencia Nacional, por ejemplo, no estaría entre los del segundo grupo.

Lo que nos aflige, lo que provoca ese nudo en la garganta (preludio de lágrimas amargas que tal vez alivien ese gran pesar que sentimos en el pecho) probablemente nos dispone a todos en un único grupo. ¿Quién no lloraría la muerte de una madre o padre que lo ha dado todo por sus hijos? ¿Y la de ese amigo íntimo que estuvo a las duras y a las maduras siempre apoyándote? ¿Y qué me dices de tener la cruda certeza de que jamás volverás a acariciar el suave pelaje de ese perro que estuvo a tu lado más de diez años? ¿Quién no ha llorado alguna vez al encontrarse cara a cara ante el cruel rostro del desamor? La soledad, la incomprensión, la enfermedad, el abandono… ¿una cebolla?

La verdad, no sé si es más fácil hacer reír o hacer llorar pero de lo que sí estoy seguro es que es dificilísimo narrar una historia en la que ambas emociones mantengan cierto equilibrio. El truco de Emanuel Bergmann es una de esas obras.

El truco es la historia de dos personajes. Dos vidas separadas por el tiempo pero unidas por los acontecimientos. Por un lado tenemos a Mosche Goldenhirsch: un anciano desvergonzado y de carácter huraño, con tendencias suicidas, que se pasa la vida en clubes de streptease en busca de compañía que previo pago le hagan sentir menos vacío. Pero Mosche es solo la sombra desvaída de lo que antaño llegó a ser. Anteriormente se le conoció como el gran Zabbatini, el famoso mago mentalista que recorrió la Europa que posteriormente sería ocupada por los nazis. El otro personaje es Max Cohn: un muchacho de diez años que se enfrenta a la cruda realidad de descubrir que sus padres están a punto de separarse. Por una de esas extrañas casualidades de la vida Max descubrirá que existe un conjuro de amor que podría volver a unir a sus padres. El único capaz de realizar dicho conjuro es Zabbatini. Así pues, el muchacho escudriñará cada rincón de su ciudad con tal de encontrar a ese gran mago y mentalista que podría salvar la felicidad de su familia.

En El truco hay magia, esperanza, desencanto y disparatadas aventuras narradas en clave de tragicomedia. Esa tragicomedia que es en sí misma la vida y el acto de vivir; esa valentía de afrontar retos, de aceptar las pérdidas y las derrotas pero también de mantener los pies en el suelo cuando se triunfa. El personaje de Mosche, anciano casi centenario, sabio a su manera y repleto de experiencias (algunas tienen que ver con el amor, otras con la magia y las peores con El Holocausto perpetrado por los nazis) es la representación de aquellos que se sienten desengañados por una vida demasiado larga y tortuosa. Por otro lado, y como contrapartida, Max, todavía puro de corazón, sensible como solo un niño puede serlo y optimista, es el agradable punto de candidez que contrarresta el cinismo de los desencantados que se toman la vida demasiado en serio. Ambos personajes convergerán no sin que antes Emanuel Bergmann nos relate, con una prosa fácil de leer, elegante y embaucadora, como era la vida de cada uno antes de que sus destinos se cruzaran. Con todo, a pesar de que la historia de Max no está mal, está claro que su protagonismo es sobre todo una excusa esencial a la hora de poner en marcha los recuerdos de Mosche: la verdadera historia de esta novela. Una historia que tarda en arrancar pero que cuando lo hace se muestra repleta de momentos divertidos (en ocasiones haciendo uso de humor algo simplón), de situaciones algo absurdas y de un truco de magia, un fantástico e inolvidable truco, que conseguirá que tus ojos llenos de lágrimas susurren tristeza mientras tu sonrisa grita esperanza.

El truco de Emanuel Bergmann publicado por Anagrama aúna con cierta pericia la comedia y el drama, esos dos géneros narrativos que por separado presionan unas teclas determinadas y dispares creando melodías únicas pero que al unirse, como en este libro, componen una sinfonía agridulce; una suerte de broma melancólica que perdura más allá de la última página.

 

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Toda una vida, de Robert Seethaler

Toda una vida

Toda una vida¿Cabe una vida entera en ciento cuarenta páginas? La de Andreas Egger sí, al menos tal y como la escribe Robert Seethaler. ¿Cabe una vida interesante? Por supuesto. Y cabe una buenísima novela que, de puro simple, es casi revolucionaria.
Toda una vida desovilla la existencia de Egger, una madeja del tamaño de un puño que transcurre entre las primeras y las últimas décadas del siglo XX, casi siempre con el mismo decorado de fondo: el valle recóndito de los Alpes donde crece y termina muriendo. Andreas llega a él tras perder a su madre y quedar al cargo del granjero Kranzstocker, quien lo convierte en un mulo de carga y lo castiga con frecuencia, hasta el punto de dejarlo cojo tras una de sus palizas. El abandono, el maltrato y la cojera no impedirán que más adelante recorra los valles cercanos enrolado en la compañía que construye el teleférico, ni que años después sea llamado a filas durante la Segunda Guerra Mundial. Pero sí marcarán el carácter de Andreas, convertido en un adulto sobrio, reservado y tranquilo que encuentra menos consuelo en sus semejantes que en la belleza casi dolorosa de la montaña, incluso cuando la propia naturaleza le arrebate su bien más preciado.
En la narración, Egger, casi analfabeto y poco dado a la verborrea, es suplantado por un narrador omnisciente. Elegante, profunda pero no rebuscada, la prosa de Robert Seethaler dota de sentido a un personaje que, como cantaba Nacho Vegas, no tiene mayor plan que sobrevivir. Porque mientras las cosas mutan alrededor según avanzan las páginas de la novela, Andreas permanece, siempre en primer plano, casi inalterable.
Desde el punto de vista formal, Toda una vida no contiene ningún secreto. Unos pocos flashbacks y un puñado de diálogos salpican sus líneas casi sin lograr desviar la narración cronológica de la existencia del protagonista. No hay tramas secundarias, apenas existen perfiles aparte del de Andreas y el de Marie, su gran amor, y para colmo se puede afirmar que el protagonista no cambia, no evoluciona, no parece ir a hacer nada distinto al final de la novela que lo que habríamos pensado al principio, nada más conocerlo.
Sin embargo hay algo en esta obra que impulsa a no abandonar su lectura, que imanta y reconforta, que hace que cuando se cierra la última página nos quede la sensación de vacío que solo dejan las buenas historias. Así que tiren a la papelera todas las enseñanzas de sus talleres de escritura creativa, olviden a los críticos y a los maestros. Muchas de las cosas que todos hemos dicho que hacen falta para construir una gran novela aquí, simplemente, no están. Y no se echan en falta. La lectura pausada pero constante de la prosa de Seethaler, dulce pero no empalagosa, tierna sin caer en sentimentalismos, nos devuelve un placer familiar, a veces perdido. La tranquilidad de un par de horas de silencio después de una semana envuelta en ruidos, el sonido amortiguado de nuestros propios pasos en la madrugada, después de consumar el asesinato de la electricidad. La sensación que debió de tener el ficticio Andreas en cualquiera de sus amaneceres en el valle.
En resumen, Toda una vida es un libro elegante al que regresar cada invierno, un descubrimiento inesperado y delicioso que no debería quedar sepultado bajo el alud de la próxima remesa de novedades.

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Ya vamos, de Ronja Von Rönne

Ya vamos

Ya vamosUna de las cosas que más me gustan de los libros es que me inviten a reflexionar, a abrir mi mente a algo desconocido y a conocer cosas que nunca he vivido de cerca. Y esto fue lo que me animó a leer esta novela.

Ya vamos profundiza en la vida de una joven, sus miedos, sus sueños y motivaciones tras perder a su mejor amiga, y en sus relaciones de amor y desamor con dos hombres y una mujer. Es cierto que esta mezcla tan extraña llama la atención de primeras, y si además le unes que la autora ha escrito varios artículos con cierta polémica y escribe asiduamente en Die Welt, pues llamó mi atención aun más, si cabe.

Es cierto que la narración de Ronja Von Rönne es sencilla y no destaca por su fijación en los detalles, pero este último aspecto del que os he hablado (la polémica que levanta la autora con sus escritos), no pasa desapercibido en esta, su primera novela.

Y es que el tema que trata es algo escabroso y muy personal. Pero es quizás esto lo que más me ha atraído de la novela. Aunque sea algo que esté a la orden del día, el amor libre es uno de los más desconocidos entre todos nosotros. Pensar que una persona es capaz de amar a dos o más personas a la vez y mantener relaciones sexuales libremente es un tema que, aún para muchos, es difícil de asimilar. Sin embargo, esto es lo que más me ha gustado del libro, la capacidad que tiene la autora de transmitir esto de una forma tan humana y natural, compartas o no su punto de vista. Y esto me ha parecido realmente interesante, ya no solo por la forma tan cercana que tiene de relatarlo la autora, sino también porque es un tema sobre el que no he leído nada hasta el momento.

Además de esto, la autora narra la dificultad y el dolor que nos produce crecer. Cuando somos jóvenes, es difícil la transición a la vida adulta, y creo que lo ha sabido transmitir muy bien a través de la protagonista, Nora. Su crisis existencial, unido al dolor que le produce haber perdido a su mejor amiga y no estar pasando su mejor momento en su relación amorosa a cuatro, nos ayuda a comprender lo que siente realmente el personaje en un mundo en el que está muy mal visto encontrarse perdido en el mundo. Pero, ¿acaso no es necesario perderse para encontrarse? Y más cuando somos jóvenes y estamos descubriendo quiénes somos realmente…

Pero Nora no está tan perdida como parece. Nos demuestra que tiene ganas de vivir, de viajar, de comerse el mundo, pase lo que pase. Y esto es una reflexión que se acerca bastante a lo que la gente dice sobre los millennials: la generación “perdida”, con tantas cosas que no valoran realmente lo que tienen… Sin embargo, esto no es tan cierto como nos lo quieren pintar, o al menos no lo es en la mayoría de los casos. No sé si esto es exactamente lo que pretendía la autora hacernos pensar al leer esta novela, pero es lo que me ha transmitido en el desarrollo de la novela y me ha encantado poder compartir esta historia con ella.

Aunque ha habido algunos aspectos de esta novela que han escapado a mi entendimiento, he de decir que esta novela me ha producido una sensación de vacío debido al personaje principal, un personaje con el que es difícil conectar, pero con el que terminas haciéndolo, a pesar de sus apenas doscientas páginas. Pero también me ha encantado, como ya he dicho, la forma tan cercana con la que la autora nos relata todos los acontecimientos que les ocurren a los personajes, además de cómo desarrolla la trama amorosa entre cuatro personas. Una lectura muy interesante y original que se lee en apenas una hora.

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De quién te escondes, de Charlotte Link

De quién te escondes

De quién te escondesNunca me había parado a pensarlo, pero el argumento de las novelas de suspense psicológico es siempre simple: alguien desaparece o es secuestrado, asesinado, maltratado… Y nuestro objetivo a lo largo del libro es descubrir quién ha sido el culpable y los motivos por los que lo ha hecho. Sin embargo, son algo más complejo que esto, ya que el desarrollo y el final siempre son algo mucho más enrevesado. Sobre todo por la psicología de los personajes, todo un misterio (o debería serlo…) para el lector.

Y eso me he encontrado en esta. Nunca había leído nada de Charlotte Link, pero echando un vistazo a varias de sus entrevistas, antes de leer este libro, me encontré con que es una autora a la que le gusta que los lectores empaticemos con sus personajes, que pensemos que lo que les ocurre a ellos podría ocurrirnos a cualquiera de nosotros el día menos pensado. Y lo verifiqué cuando terminé de leer la novela.

Link se centra en sus personajes, otorgándoles la mayor importancia de todas sus historias. Al menos en esta, me he encontrado con que profundiza en ellos hasta la saciedad. Escarba en sus sentimientos, deseos, motivaciones y miedos más profundos; y creo que esto le da un toque real a la novela. Además de que es lo realmente aterrador, hasta dónde somos capaces de llegar cuando tenemos miedo, cuando nos jugamos todo lo que nos importa en la vida…

Y por esto creo que la autora ha creado una historia que funciona a todos los niveles. Y es que también aborda en otros temas que me han parecido realmente interesantes, como en los límites del amor. Y me diréis: ¿Acaso hay límites en el amor? No. Sin embargo, cuando terminas de leer este libro, te das cuenta de que quizás debería haberlos. Pese a sentir que he empatizado con los personajes, eso no significa que a veces no me hayan repugnado. Sobre todo los principales, son personas con pasados difíciles y presentes aún más complicados, incapaces de enfrentarse a los problemas de la vida. Y esto a veces me ha resultado difícil, al sentir pena por ellos.

Sin embargo, y centrándome en otros aspectos de la novela, me ha sorprendido el ritmo, algo lento al principio pero que, a medida que avanzaba con las páginas, va acelerando y me moría de ganas por saber todo lo que ocurriría al final. Sobre todo cuando la narración se va centrando en varios personajes, incluso algunos desconocidos por el lector y que apenas salen en uno o dos capítulos, dando un sentido general a ciertos aspectos de la trama. Esto aguarda alguna que otra sorpresa y le añade intriga a la historia, haciendo que se lea de una sentada. Además, trata el tema de la trata de blancas, algo que no está a menudo muy tratado en la literatura y que ha llamado mucho mi atención.

De quién te escondes me ha parecido una lectura adictiva y muy interesante, ya que no solo entretiene y cumple con una de las reglas con las que deben cumplir todos los libros, sino que también anima a la reflexión sobre los límites del ser humano. ¿Hasta dónde llegamos por amor? ¿Qué somos capaces de hacer en las situaciones límite, cuando nuestras vidas o las de nuestros seres queridos corren peligro? Es algo sobre lo que me ha hecho pensar esta novela, incluso aun habiendo finalizando la lectura.

Esto es lo que tienen los libros con los que consigues conectar, que te hagan pensar en ellos incluso después de haberlos leído. Y esto no me ocurre muy a menudo, solo con algunos libros, y creo que esto los convierte en especiales. Seguiré leyendo, en cuanto tenga oportunidad, más historias de Link, ya que no parece ser de esas autoras que decepcionan. En absoluto.

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Buenos días, guapa, de Maxie Wander

Buenos días, guapa

Buenos días, guapaDaría para un post aparte si tuviera que hablar de la cantidad de libros escritos por mujeres y sobre mujeres que se están publicando en los últimos años. Claro, que daría para otro post aún más extenso si tuviera que analizar por qué no se habían publicado antes. No voy a meterme en esas ahora (quizá algún día), ni tampoco voy a hablar sobre el movimiento feminista en particular, aunque obviamente va intrínsecamente unido. Hoy voy a hablaros sobre mujeres, así que, buenos días, guapas (y guapos), poneos cómodos.

El título es ya una maravilla. Sugerente y atractivo como pocos, ¿verdad? La autora que está tras él es Maxie Wander, aunque puede que su nombre no os diga mucho ya que aquí no es muy conocida. No pasa nada, para eso estoy yo. Os la presento.

Maxie Wander nació en Viena en 1933. Se trasladó a vivir a la RDA junto con Fred Wander, su compañero, también escritor y padre de sus hijos. Cuando le encargaron un reportaje sobre las mujeres en la RDA, Fred le ofreció el proyecto a Maxie, sabiendo que, gracias a su carisma y personalidad, ese trabajo era perfecto para ella. Y no se equivocó. En 1977, poco antes de que Maxie muriera a causa de un cáncer, salió publicado Buenos días, guapa convirtiéndose en un rotundo éxito.

¿Qué tiene de especial este libro? Pues lo más importante es que es un libro sobre mujeres, escrito por una mujer. Y eso, lectores, no es cualquier cosa. Este libro fue un éxito porque surge del deseo de escuchar y de ser escuchadas, algo tan simple como eso y tan difícil al mismo tiempo. Así, a mediados de los años setenta, Maxie empieza su proyecto. Para ello se reúne con diecinueve mujeres, dispares entre ellas, para conversar y escucharlas. Y aunque Maxie no sabía bien qué podría resultar de todo aquello, si aquellas mujeres tendrían el valor, o simplemente las ganas, de hablar sobre ellas, siguió adelante con su deseo de escuchar todo lo que las mujeres de su país podrían decirle. En cuanto el libro se publicó, Maxie Wander se hizo famosa.

Otro punto interesante de Buenos días, guapa es que las diecinueve mujeres que hablan sobre sus vidas en la RDA de los años setenta, no sólo se limitan a contar cómo son sus vidas en esos momentos, sino que se abren ante su interlocutora expresándole sus miedos, deseos y frustraciones. Así, lo que consigue Maxie Wander es trazar un increíble mapa de aquellas mujeres y sus vidas.

Obviamente, sentirse identificada con ellas, con sus reflexiones y dudas forma parte del juego. De ahí su éxito, de ahí que vendiera millones de ejemplares en las dos Alemanias llegando a convertirse en un auténtico libro de culto.

Imposible no meterse en sus pieles al leerlas y compartir sus sueños y frustraciones. Creo que Buenos días, guapa es un libro que todas deberíamos leer alguna vez en nuestra vida y eso es algo que no puede decirse de cualquier libro, ¿no os parece?

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De qué color es Berlín, de David Wagner

De qué color es Berlín

De qué color es BerlínEl término francés del flâneur (paseante) se asocia a ese personaje literario de los siglos XIX y XX que se solía ver por las calles de París, paseando sin rumbo, como si fuera una parte más del mobiliario urbano. Este ente callejero vagaba sin destino, buscando más experiencias de tipo sensorial que material. Pero fue el análisis que Walter Benjamin hizo de esta figura en su obra El libro de los pasajes lo que elevó su estatus dentro de la literatura. Casi un siglo después, David Wagner intenta emular a Benjamin y otros flâneurs alemanes como Kracauer o Hessel (cuyos Paseos por Berlín también ha publicado Errata Naturae), ofreciéndonos con De qué color es Berlín una visión totalmente subjetiva y personal de la capital germana.

Pocas ciudades de Europa tienen un poder de atracción mayor que Berlín. Pasear por sus calles es dar un paseo por los acontecimientos más importantes del siglo XX. Berlín, que durante la Guerra Fría se convirtió en el centro del mundo, afronta con orgullo el siglo XXI siendo una ciudad multicultural y cosmopolita, destino favorito para millones de jóvenes (y no tan jóvenes) de los cinco continentes.

No. Berlín no es feo. Berlín es hermoso, pese a la basura con frecuencia nada pintoresca y a su silueta de esquinas y aristas. ¿Por qué si no iba a venir tanta gente?

David Wagner se echa a andar desde la primera página, sin hacer ningún tipo de presentación. Porque él no se siente personaje de su propia historia; el único personaje de su libro es la propia ciudad de Berlín. En sus paseos sin rumbo desgrana cada calle y cada barrio, tomando nota de sus gentes y constatando las diferencias entre las distintas zonas de la ciudad, marcadas cada una por diversos niveles económicos o migratorios. En sus largas caminatas, el autor se va impregnando de los múltiples ambientes, del olor de los puestos callejeros y de las señales modernas que van cambiando el semblante berlinés, terminando en ocasiones en lugares alejados y desconocidos incluso para el propio Wagner.

En la lectura de este libro merece la pena tener siempre a mano un móvil, tableta u ordenador en el que poder ir buscando los lugares por los que vamos transitando junto al autor. Pero que no espere el lector unos paseos convencionales y turísticos por Berlín, como los free-tours tan de moda en la capital alemana que llevan a millones de turistas por lugares tan emblemáticos como la Puerta de Brandeburgo, el Monumento del Holocausto o el Checkpoint Charlie. En De qué color es Berlín pasearemos por esos lugares conocidos, junto al Reichstag o la East Side Gallery, faltaría más, pero también por barrios y calles en los que el turista de fin de semana ni está ni se le espera, pero que también forman parte de la rutina diaria de cualquier berlinés.

David Wagner hace de Berlín lo que todos nosotros podríamos hacer de nuestra propia ciudad. Todos tenemos una ciudad que está esperando a que salgamos a encontrarnos con ella, a buscar en sus gentes y sus rincones millones de historias perdidas. Porque el turista tiene una excusa; hay poco tiempo y tiene que aprovecharlo al máximo. Pero los demás tenemos nuestra casa los 365 días abierta, y libros como este nos hacen ver que las grandes ciudades tiene un buen puñado de razones por las que merece la pena patearlas hasta la extenuación. Yo os dejo, que me voy a dar un paseíto…

… Berlín es verde, dices, pero en realidad tiene los colores del asfalto o de la arena, el rojo del ladrillo, el tono pimienta y sal del granito del pavimento, el azul y el violeta del empedrado.

César Malagón @malagonc

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Viaje a Rusia, de Joseph Roth

Viaje a Rusia

Viaje a RusiaDe Joseph Roth conocemos sobradamente su faceta literaria. Si su vida no hubiera sido tan calamitosa y llena de desventuras, quizá el convulso siglo XX le habría encumbrado como uno de sus mejores escritores. La leyenda del santo bebedor, La marcha Radetzky o La cripta de los capuchinos dan solera a una bibliografía que se cortó de raíz en mayo de 1939, cuando el autor falleció en París, solo y consumido por el alcohol. Pero Joseph Roth no fue solo un gran contador de historias; también ejerció el periodismo, alcanzando unas cotas de reconocimiento, nacional e internacional, considerables.

En Viaje a Rusia se desgranan los artículos que el Frankfurter Zeitung le encargó al autor en 1926. Roth siempre se había atraído por la Unión Soviética, que tras la Revolución de 1917 y la muerte de Lenin en 1924 se presentaba al mundo como un modelo socialista que pretendía alcanzar la excelencia política y que consiguió seducir a muchos de los intelectuales de la época. De septiembre de 1926 a enero de 1927, los artículos que Roth mandaba al periódico permitieron en Europa comprobar de cerca las verdades y las mentiras del invento socialista.

Abarcar el vasto territorio soviético es imposible, pero el autor intenta descubrir la mayor parte de ese poliedro de mil caras que es la Madre Rusia, lugar con un número de culturas, etnias y realidades difícil de contabilizar. Joseph Roth parte de Moscú a conocer otros territorios más alejados como Yalta, Bakú o el curso del río Volga hasta su desembocadura en el Mar Caspio, cerca de la sucia y maloliente Astracán.

No cabe duda de que en Rusia está surgiendo un mundo nuevo, dicho sea con todas las reservas que se quiera. Me siento feliz de poder ver las cosas de aquí. No se puede vivir sin haber estado aquí, es como si hubiera una guerra y usted se quedara en casa.

Navegando por sus artículos el lector intuye la seria y concienzuda labor de preparación que llevó a cabo el autor, en un intento por conocer la realidad rusa a la que tendría que enfrentarse durante el viaje. Hay que decir que en 1926, la NEP (Nueva política económica) empezaba a ofrecer sus primeros frutos. La producción industrial crecía lenta pero de forma continuada y para los jóvenes rusos, pertenecer al Komsomol (Unión Comunista de la Juventud) suponía un motivo de orgullo. Con esa idea utópica y revolucionaria llega el autor a Moscú. Sin prejuicios ni estrechez de miras, Joseph Roth empieza a conocer la realidad rusa, dándose cuenta que cuanto más conoce esa realidad, menos utópica le parece. Sus ideas previas van desintegrándose poco a poco rebajando su moral. Para un firme detractor de la burguesía como él, la NEP se presentaba como la única capaz de extinguirla. Sin embargo, lo que descubre allí no es el exterminio burgués; más bien es un cambio de disfraz, algo difícil de digerir.

Pero esto no hace de Viaje a Rusia un libro lleno de reproches. Su desencanto progresivo no hace que deje de enfrentarse a la realidad con la sagacidad de los buenos periodistas. Su artículos no solo reflejan la realidad política del momento. Lo que se nos ofrece aquí es un completo tratado etnográfico de una sociedad que vive uno de sus cambios históricos más grandes. La política, la cultura, la moral, la mujer, la religión… todo tiene cabida dentro del ojo crítico de Joseph Roth, que alcanza sus mejores cotas a la hora de tratar la problemática judía o el valor de los medios de comunicación de la época (“La consideración hacia el lector hace al periodismo fértil. La consideración hacia la censura hace a la prensa estéril”). A estas bellísimas crónicas se le añade un pequeño diario de viaje en el que conocemos el difícil estado anímico por el que pasaba Joseph Roth y un posfacio de Klaus Westermann que sirve para contextualizar de manera completa cómo era esa Unión Soviética de 1926.

Si pudiéramos viajar en el tiempo y conocer cómo se vivía en el Moscú en 1926, probablemente encontraríamos una imagen muy parecida a la encontrada en Viaje a Rusia. Eso habla muy bien de Joseph Roth y su labor periodística. Y por eso un libro así se antoja imprescindible para conocer parte del siempre difícil periodo de entreguerras.

César Malagón @malagonc

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Kaspar Hauser, de Paul Johann Anselm von Feuerbach

Kaspar Hauser

Kaspar HauserEl mito del hombre salvaje ha interesado al ser humano desde la antigüedad, seguramente desde el mismo momento en el que comenzó a convivir en sociedad. La curiosidad por cómo seríamos si no estuviésemos influidos por todas las costumbres y las reglas que nos vienen preestablecidas desde nuestro nacimiento es lógica y, si bien en la cultura tiene su máximo exponente en Tarzán, no son pocas las obras que han tratado el tema a lo largo de la historia. Sin ir más lejos, la decepcionante película de terror Mama o la más recomendable novela La niña que amaba las cerillas son dos ejemplos recientes que exploran esa idea.

Kaspar Hauser, editado en castellano por Pepitas de calabaza, nos acerca a este fenómeno a partir de un extraño suceso que ocurrió en la ciudad de Núremberg el 26 de mayo de 1828. Aquel día apareció un muchacho joven cuyos rasgos y, sobre todo, cuya manera de comportarse pronto delataron que no había sido criado en sociedad. El chico adquirió popularidad rápidamente, tanto en el país como a nivel internacional, y fueron muchos los interesados en educarle y en estudiarle. Entre ellos se encontraba Paul Johann Anselm von Feuerbach, un célebre jurista alemán que acudió a la ciudad un mes más tarde de su aparición y que elaboró esta detallada crónica de su vida.

Estamos ante un gran reportaje en profundidad, en el que los esfuerzos del autor por contrastar todos los datos a su alcance y por dar la mayor cantidad de detalles posible son palpables; de hecho, en muchos casos las anotaciones a pie de página con información complementaria tienen más extensión que el propio relato del autor. Este detallismo también se extiende a las descripciones, tanto físicas como psicológicas, que se aportan de Kaspar cada poco tiempo para ir dando cuenta de su evolución. Feuerbach hace una disección tan minuciosa del joven que en ocasiones llega a abrumar, pero que sin duda es lo más interesante del libro, ya que en su progresiva ‘humanización’ y en lo que ello conlleva es donde reside la gran aportación de este trabajo. Es un estudio psicológico del más alto nivel, narrado con un lenguaje asequible pero preciso y rico en matices.

La inocencia pura y sin cortar de Kaspar, su ignorancia —en el sentido más limpio del término— de todo tipo de protocolos y de formas de actuar preestablecidas hace que muchas de sus actuaciones sorprendan aún hoy en día. Y es que, con todos nuestros hábitos, nuestros refinamientos, nuestros límites, nuestras concepciones acerca de lo políticamente correcto…es imposible no sentir cierta admiración por un ser que se mueve únicamente por sus instintos, al no haber sido todavía contaminado por la socialización. Así enternece leer la empatía del chico por todo lo que le rodea, independientemente de si es una persona, un animal o un mero objeto; da igual lo avanzados que vayamos en el texto, las ocurrencias de Kaspar no dejan de producir un sentimiento entre la sorpresa y la ternura.

Al texto de Feuerbach le acompañan otros escritos, como un informe pericial de un doctor que le trató durante los primeros meses o el relato de su muerte, tras ser acuchillado por un desconocido. Estos caen en muchos casos en la reiteración de lo ya contado por el autor, por lo que en mi opinión tienen un interés mucho menor, aunque incluyen algún que otro detalle interesante para completar nuestra imagen de Kaspar. Quizá lo más interesante es el fragmento autobiográfico del chico, en el que narra su cautiverio, así como la reflexión final que Julio Monteverde hace en el epílogo de esta edición.

Para crear un libro decente suele hacer falta contar bien con una historia llamativa, bien con un gran narrador. Por regla general, con disponer de uno de estos ingredientes es más que suficiente para ofrecer una lectura interesante a un amplio número de lectores. Por eso, cuando te encuentras con una obra como Kaspar Hauser, en el que tanto la historia como la forma de contarla por parte de su autor son sencillamente sobresalientes, solo queda recomendarla abiertamente y guardarla en un lugar visible, para poder volver a ella en futuras ocasiones.

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