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España en el corazón, de Adam Hochschild

España en el corazón

España en el corazónEl 8 de septiembre de 1936, menos de dos meses después de que el ejército comandado por Francisco Franco se sublevase contra el Gobierno republicano, Dolores Ibárruri, dirigente comunista conocida popularmente como Pasionaria, dio un discurso en el Velódromo de Invierno de París ante una gran multitud. Además de la frase que cogió prestada a Emiliano Zapata, esa que tantas veces se ha asociado al Che Guevara y que habla de la preferencia por una muerte defendiendo tus ideales antes que por una vida sometido, la histórica líder lanzó una premonitoria advertencia a los pueblos a los que pedía ayuda para combatir al fascismo: «Hoy somos nosotros; pero si se deja que el pueblo español sea aplastado, seréis vosotros, será toda Europa la que se verá obligada a hacer frente a la agresión y a la guerra». Ojalá las grandes democracias, como la estadounidense, hubiesen tenido la misma vista que algunos de sus ciudadanos. Porque, como cuenta España en el corazón, hubo hombres y mujeres que hicieron lo posible por impedir el triunfo del horror fuera de sus fronteras. Y aunque es de sobra conocido que no lo consiguieron, es de recibo que su solidaridad no caiga en el olvido.

La obra de Adam Hochschild, publicada por primera vez en España por Malpaso, se centra en los voluntarios estadounidenses que se unieron a las Brigadas Internacionales durante la guerra civil española, en concreto a la XV, conocida popularmente como la Brigada Lincoln. Como explica el autor, la mayor parte de estos hombres estaban vinculados al comunismo, eran muy jóvenes y de clase media; un grupo conformado en su mayor parte por soldados tan apasionados como inexpertos, que difícilmente podían competir contra un ejército tan curtido y apoyado internacionalmente como el del bando nacional.

La narración es profundamente absorbente y la clave de ello se encuentra en que, a pesar de que Hochschild da mucho espacio al relato cronológico de los acontecimientos, el foco siempre está sobre las personas. Personas como Bob Merriman, un joven profesor universitario que, tiempo después de abandonar California junto a su esposa Marion para abrazar la Rusia comunista, decidió acudir a España para combatir el golpe de Estado, llegando a ser nombrado comandante del Batallón Lincoln. También se da espacio a los corresponsales, cuyo papel fue fundamental para acercar la barbarie a sus pueblos y para tratar de influir en sus dirigentes. Algunos de ellos son sobradamente conocidos, como George Orwell, que llegó a combatir por la República hasta que cayó gravemente herido por un disparo en la garganta, o Ernest Hemingway, al que los testimonios y las anécdotas que recoge el libro no dejan demasiado bien parado.

Y es que el trabajo de investigación y de documentación que hizo Hoschild para elaborar este trabajo es impresionante. A través de artículos y publicaciones anteriores, pero también de numerosos testimonios, páginas de diarios, crónicas periodísticas, registros militares y otros documentos se construye una visión del conflicto desde un prisma muy concreto: el de un numeroso grupo de estadounidenses que estuvieron dispuestos a arriesgar, y en muchos casos, a entregar sus vidas, para frenar el avance del fascismo.

El mismo día en que acabé de leer España en el corazón vi a Eduardo Inda por televisión, en horario de máxima audiencia, refiriéndose reiteradamente a la Guerra Civil como un conflicto «entre malos y malos». Unos días más tarde, en una entrevista en Intereconomía a Juan Carlos Monedero, una de las periodistas le recriminó su defensa de la Ley de Memoria Histórica «porque muertos hubo en los dos bandos». Cuando el politólogo le rebatió que no podía hablarse de dos bandos iguales, porque uno había protagonizado un golpe de Estado contra un gobierno legítimo y el otro había tratado de sofocar el ataque, la entrevistadora lo contrarrestó indicando que «en el Madrid de antes del golpe se perseguía a la gente y se le sacaba de sus casas por algo tan sencillo como su religión». De estas dos intervenciones saqué un par de cosas en claro: la primera, que en España, a diferencia de en otros países de nuestro entorno, sigue saliendo muy barato justificar la dictadura. La segunda, que libros como el de Adam Hochschild tienen que seguir reeditándose año tras año, aunque parezca que ya no se puede contar nada más de esta guerra. No solo porque, como demuestra el periodista e historiador neoyorquino, se puede con creces, sino también para impedir que la impunidad de la que gozan algunos “periodistas” para reescribir la historia a sus anchas semana tras semana les permita desdibujar lo que realmente ocurrió en nuestro país hace poco más de ochenta años.

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The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto, de Guillermo Triguero

The Room

The Room

A comienzos de este siglo, Tommy Wiseau, un inmigrante polaco que ya rondaba la cincuentena logró cumplir su sueño: la película que él había producido, rodado y protagonizado había llegado a los cines estadounidenses (a dos, concretamente). Todo ello tras el desembolso de unos seis millones de dólares de dudosa procedencia. Para su sorpresa, aunque no para la de cualquier ser humano racional, la película apenas atrajo a un puñado de espectadores, de los cuales un buen número no llegaba a aguantar ni media hora sentado en la butaca. Algo lógico, puesto que lo que pretendía ser un drama romántico había quedado relegado a un sindiós, en el que el guion competía con la interpretación de Tommy por ver cuál de los dos era más absurdo e indescifrable.

La casualidad quiso que uno de esos escasos espectadores fuese Michael Rousselet, administrador de una web humorística, el cual, cautivado por la sinrazón a la que había asistido, comenzó a recomendarla a sus amigos. Poco a poco se fue creando una entregada comunidad en torno a la obra, que adoptó costumbres como lanzar cucharas a la pantalla o pasarse balones de fútbol americano durante el visionado. Dentro de este grupo de fieles, que, quince años más tarde, siguen asistiendo a convenciones y defendiendo el valor del producto, se encuentra Guillermo Trigueros, autor de The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto.

El libro aborda todo el proceso de la formación del fenómeno, desde el intenso y caótico rodaje que la originó hasta el lanzamiento de The Disaster Artist, la película basada en un libro homónimo que dio el último empujón para que un trabajo que en otra época no hubiese pasado de un fracaso estrepitoso se haya convertido, con el paso de los años, en toda una obra de culto.

Desde el principio se nota que este texto está escrito por un fan acérrimo de la película, no sólo por el detallismo con el que Trigueros comenta cada uno de los aspectos que la rodea, sino porque, aunque intenta ser objetivo en su crítica, el autor no evita transmitir su pasión por el caos, el desconocimiento y la osadía que llevaron a un personaje tan variopinto como Wiseau a entregarse en cuerpo y alma para sacar adelante un proyecto en el que sólo él creía. Finalmente, su ansia por darse a conocer en el mundillo del séptimo arte acabó cumpliéndose, aunque a costa de ser el artífice de “la peor película de la historia”.

Sin duda merece la pena asomarse a la leyenda que existe tanto en torno a la película como alrededor de Wiseau. Es bastante sencillo: hay cientos dede vídeos en YouTube que recogen los mejores/peores momentos, así como artículos, documentales y libros notables como The room. Un desastre fílmico convertido en obra de culto. Con todo, recomiendo intentar verla de cabo a rabo. No es seguro, pero quizá acabes desarrollando el mismo sentimiento de ternura por este compendio de errores que embriaga desde hace años a sus fans. Y es que, como ocurre en la fábula, a pesar de la risa nerviosa que provoca en un primer momento, todos acabamos sintiendo empatía (y algo de lástima) por ese emperador que se cree vestido con un maravilloso traje a pesar de estar mostrando todas sus vergüenzas. Y lo mágico de The Room es que, al final, uno acaba incluso disfrutando con ellas.

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Una noche con Sabrina Love, de Pedro Mairal

Una noche con Sabrina Love

Una noche con Sabrina LoveEl primer contacto con el sexo ya no es tan inocente como lo era hace diez años e imagino que casi no se parece a lo que era hace veinte. Hoy en día las primeras relaciones no se tienen con una chica o un chico de tu misma edad, sino con actores experimentados, que practican todo tipo de posturas acrobáticas en tu smartphone o tablet. Quizá ese sea el motivo por el que, de acuerdo con estudios universitarios recientes, los millennials (la generación nacida entre 1980 y 1990) lo hacemos menos que nuestros antecesores: porque la curiosidad ya no es tan grande como hace unos años. Y, precisamente por eso, la lectura de Una noche con Sabrina Love, libro que se publicó por primera vez en 1998, es tan interesante: porque nos acerca a los inicios de esta manera, sin duda errónea, de descubrir la sexualidad.

La novela da comienzo poco antes de que Daniel, un chaval de diecisiete años, gane un sorteo organizado por un canal de televisión de pago, en el que el premio es pasar una noche con Sabrina Love, una estrella del cine porno. Él vive en Curuguazú, un pequeño pueblo situado a una gran distancia de Buenos Aires, la ciudad en la que se le cita para que se produzca el encuentro. Pese a que la situación económica de este joven huérfano no le permite hacer un viaje al uso, sus ansias por perder la virginidad (y por hacerlo, además, con la mujer a la que en tantas ocasiones ha visto en la pantalla) le llevan a emprender un trayecto a contrarreloj en barco, camioneta y a pie, en el que acaba encontrando mucho más de lo que esperaba.

Esta novela es una suerte de road movie, una narración intensa en la que, partiendo de una trama sumamente sencilla, el autor consigue enredar al lector, al prometerle un desenlace casi inminente de los acontecimientos. El estilo narrativo de Pedro Mairal, además, se hace muy agradable de leer; las conversaciones fluyen con naturalidad y el transcurso de la historia va inteligentemente de la mano de la evolución del protagonista. Así, si en un principio nos encontramos ante un Daniel con una mente bastante cerrada y obsesionado con la pérdida de su virginidad, el viaje le lleva a cambiar de lleno su manera de ver la vida. Las personas y las situaciones que encuentra a su paso son muy distintas a las que había conocido en su pequeño pueblo y son éstas las que le sirven para cruzar la barrera invisible entre la adolescencia y la adultez, la misma que él solo creía poder superar de otro modo. Además, Mairal sabe transmitir a la perfección la diferencia entre dos ambientes antagónicos, tan fácilmente extrapolables a cualquier país: el pequeño municipio en el que todos se conocen y la gran ciudad, tan llena de oportunidades como de dificultades.

El autor publicó esta novela con apenas 27 años, lo que, como comenta en el prólogo de esta última edición, le supuso un éxito tan notable como inesperado, que acabó traduciéndose en un Premio Clarín y en una adaptación al cine. Logros sin duda merecidos, dado que Una noche con Sabrina Love es una novela que, como le confesó Bioy Casares a Mairal el día en que se le entregó el citado premio, se coge y resulta imposible desprenderse de ella.

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En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, de Simon Critchley

En qué pensamos cuando pensamos en fútbol

En qué pensamos cuando pensamos en fútbolIgual es un poco exagerado lo que voy a decir, pero tengo la impresión de que hoy en día, en algunos ambientes, queda feo reconocer que a uno le gusta el fútbol. Incluso en conversaciones coloquiales los seguidores de este deporte tenemos que andar a la defensiva, anteponiendo a nuestros comentarios expresiones exculpatorias como “me gusta, pero no soy forofo” o “sé que no me va la vida en ello, pero…”. Y es que es difícil defender desde la razón el interés que los futboleros prestamos a aspectos tan banales como el número de tarjetas amarillas que saca de media un árbitro de la liga portuguesa, el enfado que nos provoca no haber podido fichar al jugador que queríamos en el Comunio o las horas muertas que pasamos delante de un videojuego que nos permite ser los directores deportivos, o directamente, los futbolistas de nuestro equipo favorito.

No obstante, tampoco entiendo el rechazo extremo que provoca en algunos este deporte; como periodista, he conocido a compañeros que directamente repudiaban cualquier pieza, fuese de la calidad que fuese, que se hubiese hecho en torno a un tema deportivo. Son los mismos que creen que el fútbol son solamente 22 millonarios musculados tratando de meter un trozo de plástico hinchado entre tres palos. En el fondo les admiro: hay que ser muy fuerte para mantenerse inmune ante esa bendita enfermedad.

El filósofo inglés Simon Critchley también es consciente de que su pasión por el Liverpool F. C. no proviene de un profundo proceso reflexivo ni le ayuda a construir su soñado teatro de la memoria. Pero eso no le impide buscar (y encontrar) ideas atrayentes en torno al balón y a los seres que lo rodean. Por eso, en En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, tras recalcar la escasa importancia real de este juego, Critchley deja los prejuicios a un lado para ofrecer interesantes reflexiones, muy apegadas a su disciplina. Así, en este pequeño libro el autor lanza proclamas tan interesantes como que el fútbol es un deporte con alma socialista, por tratarse de un juego en el que sus partes trabajan para el colectivo y con un objetivo común, pero con un cuerpo profundamente capitalista.

A lo largo de los capítulos, Critchley mezcla la divagación filosófica con sus experiencias personales como aficionado red, así como con numerosos ejemplos de jugadas y eventos del mundo futbolístico, la mayoría muy recientes y conocidas por el gran público (la expulsión de Zidane en la final del Mundial de 2006, el polémico nombramiento de Qatar como país anfitrión de este mismo evento para el invierno de 2022, el teatro de Pepe en la final de la Champions de 2016….).

En sus reflexiones, de no más de tres o cuatro páginas, oxigenadas con fotografías de instantes icónicos de este deporte, el británico hace un esfuerzo divulgativo para acercar sus afirmaciones más complejas al público que, como yo, no tiene unos grandes conocimientos de filosofía. Por ejemplo, dedica bastante espacio a desgranar su idea de que el fútbol es un acto que se mueve entre los mundos de la objetividad y la subjetividad (os prometo que se acaba entendiendo).

Una de las ideas que más se defiende en este libro es la que he comentado al comienzo de esta reseña: la de que un acto que mueve tantas pasiones, sentimientos tan distintos y que trastoca en muchos casos la lógica de nuestros países, lo queramos o no, es mucho más que un deporte. Y, reconociendo, como hace Critchley, que el fútbol no deja de ser un entretenimiento banal, que aporta poco o nada a nivel intelectual y que, en numerosas ocasiones, transmite valores muy poco positivos, el rechazo al mismo no deja de ser algo mucho más necio, ya que significa dar la espalda a una parte de lo que somos.

En qué pensamos cuando pensamos en fútbol, publicado en España por Sexto Piso, contiene muchas frases que merece la pena subrayar, pero me he quedado con una en especial, ya que transmite perfectamente ese vínculo irracional del que tan difícil me resulta escapar: “lo que te mata del fútbol no es la decepción, sino la esperanza constantemente renovada”. Porque, después de otro curso amargo, estoy seguro de que la próxima temporada es en la que la Unión Deportiva Logroñés va a ascender a Segunda División, después de diez años intentándolo. Y voy a ir ahorrando dinero para poder comprar el FIFA para entonces.

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Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado

Cicatriz

CicatrizSi quieres leer una reseña sobre esta novela, Diego PalaciosGorka Rojo publicaron dos geniales a finales de 2015 en esta misma página. Esto es otra cosa: un sencillo intento de comprobar si los libros pueden entrar de la misma manera por los oídos que por los ojos.

Llevo ya bastante tiempo enganchado a los podcasts; concretamente, desde que empecé a trabajar delante de un ordenador ocho horas al día y comprendí que fuera de la oficina tenía que huir todo lo posible de las pantallas y de los teclados. Además, he tenido la suerte de que mi afición por este formato ha nacido en un momento en el que se está haciendo una gran apuesta en España por productos de calidad, especialmente desde plataformas profesionales como Podium Podcast (La vida peligrosa, El gran apagón, Le llamaban padre…). Así que, después de tantos meses disfrutando de estas radionovelas, lo siguiente era hacer la prueba con un libro. Elegí Cicatriz, de Juan Gómez-Jurado, haciendo un poco de trampa, ya que para cuando comencé a escucharlo ya llevaba casi un tercio del libro leído. Y, sorprendentemente, el salto de un formato a otro no resultó demasiado traumático. Al fin y al cabo, una buena historia se disfruta igual te la cuenten como te la cuenten.

Y esta es una gran historia; un thriller de los que te van atrapando poco a poco, gracias a una trama con muchos flecos por resolver (un asesinato, un contrato millonario, el pasado de una joven extranjera…) y a un protagonista que narra su historia de una forma tan verosímil como amena. Pero dejando a un lado la entretenidísima historia de Simon Sax e Irina, quisiera centrarme en la experiencia de consumir este libro a través de los oídos, pues imagino que, como yo, serán muchos los lectores que no hayan cruzado esta frontera. En mi caso lo escogí de la web Audioteka, que cuenta con una amplia colección de audiolibros de todo tipo.

Lo primero que me sorprendió fue que toda la novela hubiese sido grabada por un único intérprete, el doblador Tito Trifol, cuya voz me resultó sorprendentemente parecida a la de Juan Gómez-Jurado (seguramente fuese mera sugestión). En un principio me resultó extraño, pues mi mente podcastiana echó de menos la pluralidad de voces para interpretar a los personajes y los sonidos de ambiente. Pero una vez que uno comprende en qué consiste un audiolibro, que no es otra cosa que una narración amena del texto original, pasa como con los libros tradicionales: que uno no tiene problemas para generar las escenas en su mente a partir de lo que se nos narra.

Eso sí, las más de once horas de audio que ocupa esta novela (en texto son 576 páginas) son para dosificarlas en varias tomas. Al fin y al cabo, los que somos tramposos y estamos acostumbrados a leer de vez en cuando en diagonal aquí no gozamos de ese recurso (no recomiendo probar el truco de acelerar la velocidad de reproducción del audio, porque ahí sí que definitivamente dejamos de estar ante un libro para enfrentarnos a un trabalenguas).

Como toda primera vez, la del audiolibro me ha exigido un proceso de aprendizaje sobre la marcha, en el que he ido haciendo numerosas pruebas hasta que he encontrado la forma de amoldar este formato a mis gustos. Por ejemplo, me he dado cuenta de que no es tan fácil prestar atención a la trama cuando parte de tus sentidos tienen que estar alerta de ver el color de las luces de los semáforos, de esquivar los pisotones y de llegar a tiempo a la oficina. Y ya ni hablar de lo duro que resulta el momento de ver que tienes que quitarte los auriculares justo cuando más interesante está el capítulo. Al final, he acabado acogiendo este audiolibro como un complemento, una manera de continuar enganchado a una historia tan adictiva como la de Cicatriz para, ya por la noche, darle el relevo en papel.

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Meditar en 3 minutos, de Christophe André

Meditar en 3 minutos

Meditar en 3 minutosEsto no es una reseña, es más bien un experimento. Siempre he sido muy escéptico en lo relativo a la meditación, ya que soy un tipo muy terrenal y me cuesta creer en todo aquello que no puedo controlar completamente. Pero después de haber escuchado en varias ocasiones a amigos y conocidos hablar sobre las virtudes de esta práctica, me decidí a intentarlo; por otro lado, también soy de los que piensa que criticar algo sin conocerlo es de auténticos cuñados. Y así llegó a mis manos Meditar en 3 minutos, un libro que me atrajo precisamente por su propuesta de dedicar un tiempo tan escaso al día para adentrarse en el mindfulness o meditación de plena consciencia.

Los cuarenta ejercicios que contiene este libro parten desde lo más sencillo, al menos en apariencia. Así, lo primero a lo que se nos invita es a intentar concentrarnos completamente en la respiración y a tratar de no pensar en ninguna otra cosa. Suena fácil, pero intentadlo. Estoy seguro de que, salvo que tengáis algo de experiencia, al poco rato de cerrar los ojos os empezarán a venir pensamientos tan transcendentales como el título del documento que tienes que entregar mañana a primera hora o si deberían hacer una nueva categoría de bebida para referirse a la Cruzcampo. Por suerte, la concentración es algo en lo que se va mejorando poco a poco, ya que la mayor parte de las prácticas recomendadas por el autor, Christophe André, comienzan a partir de esta práctica: fijar nuestra atención en la respiración para, poco a poco, ir tomando consciencia de lo que estamos haciendo.

Con esta lectura he eliminado muchos de los prejuicios que tenía en torno al mundo del mindfulness; el principal y el que más me tiraba para atrás es el relativo a todo el protocolo/postureo que creía inherente a esta práctica. Bien es cierto que el autor recomienda mantener una postura concreta para realizar muchos de los ejercicios, pero su fin último (al menos, eso es lo que he acabado deduciendo) es que incorporemos esta práctica a nuestro día a día: a la hora de comer, en una quedada con amigos, antes de tomar una decisión complicada en el trabajo… Y es cierto que ese esfuerzo en concentrarse, en dejar a un lado lo que nos pide el cuerpo en favor de conseguir una respuesta más reflexionada y trabajada, es costoso, pero, en frío, cualquiera sabe lo ventajosa que puede llegar a ser esta forma de encarar los problemas.

Unido a ello, otros aspectos que me ha gustado especialmente han sido los valores que el autor trata de inculcar como parte del aprendizaje. Así, se nos anima a recuperar el contacto con la naturaleza, a prestar más atención a las personas que nos rodean y menos a los aparatos electrónicos, a centrarnos en los buenos pensamientos, a prestar más importancia al momento presente… En este sentido, esta lectura tiene bastante de autoayuda, pero de la de verdad: en lugar de basarse en mensajes vacíos se nos invita a probar a cambiar nuestra actitud en situaciones habituales y a ver si el resultado nos convence. Y con pasos tan pequeños como dejar el móvil a una distancia prudencial cuando vas a comer acompañado, uno percibe claramente cómo mejora el ambiente.

No sé cuánto tiempo continuaré dedicando una pequeña parte de mi tiempo a practicar ejercicios de meditación, ya que la constancia no ha sido nunca una de mis virtudes. De lo que sí que estoy seguro es que gracias a esta lectura he descubierto una práctica útil, relajante y que anima a prestar la mayor atención posible a lo que pasa delante de nuestros ojos. Algo tan lógico como difícil de cumplir. Y si no me creéis, haced la prueba.

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Mottainai. Diario de un hombre roto, de Javier Olasagarre

Mottainai.

Mottainai.Dicen Los Chikos del Maíz en una de sus canciones más conocidas que “la rutina es un suicidio diario”. Y no les falta razón. Porque, a priori, aceptar que un tercio de tu vida lo vas a pasar durmiendo y otro repitiendo las mismas tareas una y otra vez para, con suerte, sobrevivir y, con mucha más suerte, poder disfrutar de una porción del tercio restante es, cuanto menos, angustioso.  Hay quien logra encontrar la belleza en el trabajo repetitivo y falto de excitaciones, más allá de si has guardado el documento antes de ese apagón tan inoportuno. Pero todos hemos visto también la otra cara de la moneda: la de aquellos que acaban absorbidos y deshumanizados por su oficio. Este resultado funesto no creo que vaya necesariamente ligado a la personalidad; muchos de ellos tal vez fueron, como el protagonista de Mottanai. Diario de un hombre roto, personas con inquietudes y vocaciones palpables, pero acabaron derrotados por un escenario laboral en el que ni siquiera el fin de la jornada constituye algo apetecible. En el que hace tiempo que dejaste de ser una persona para convertirte en un mero recurso.

En este pequeño libro nos encontramos ante la crónica de un hombre destrozado, alguien que, pese a su juventud, no encuentra ya sentido alguno a su existencia. No hay planes, ni objetivos, ni motivaciones más allá de levantarse al día siguiente a la misma hora, para afrontar ese jueves que tan poco se diferencia con el resto de días de la semana. De hecho, todo el relato está narrado a modo de monólogo interior y se desarrolla en un solo día. Porque poco o nada iba a cambiar la trama con el paso de una hoja más del calendario.

Javier Olasagarre, su autor, transmite con gran realismo el aislamiento que se impone el protagonista. La técnica de colocarse los auriculares para no ser molestado en el trabajo o el simular estar hablando por el móvil para no tener que enfrentarte al contacto con conocidos son actitudes de las que muchos hemos sido testigos y autores, pero que se llenan de significado bajo la piel de un tipo que se ha cansado de ponerle buena cara a la vida y que prefiere permanecer dentro de sí mismo el máximo tiempo posible.

Bajo la percepción del protagonista, del que nunca conocemos el nombre, todo es accesorio; en nada se diferencia el becario de su ordenador de sobremesa, ni su teléfono móvil de su escasa cuadrilla de amigos. Todos son meros instrumentos con los que hay que lidiar para poder volver a ese bendito encierro de cuatro paredes en el que no tiene que demostrar nada a nadie. Hace tiempo que dejó darle vueltas a lo que podría haber sido su vida de haber tomado otro camino, porque él es lo primero que parece irrecuperable.

Mottanai es un concepto japonés que se refiere al despilfarro o la mala utilización de un recurso. También es el título de un libro potente y amargo, un prometedor debut tan cargado de pesimismo que por momentos se hace trabajoso de leer, pero que no deja de ser un realista reflejo de la jaula de cuarenta horas en la que muchos viven encerrados semana tras semana.

 

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Contra todo, de Mark Greif

Contra todo

Contra todoMe encantan los sketches de Pantomima Full. En su canal de YouTube, los cómicos Alberto Casado y Rober Bodegas caricaturizan en vídeos de un minuto comportamientos tan típicos como ridículos que vemos (y ejercemos, aunque eso cueste más reconocerlo) en nuestro día a día: el hacerse pasar por un entendido en vinos sin tener apenas idea del tema, el contabilizar hasta el último céntimo cada vez que toca pagar una cuenta entre varios amigos, el obsesionarse con la salud o con el deporte y justificarlo con argumentos completamente vacíos… Y lo cierto es que en estas píldoras de humor los cómicos no se tienen que esforzar demasiado en exagerar sus interpretaciones, ya que los comportamientos reales son de por sí lo suficientemente absurdos.

En Contra todo, el divulgador estadounidense Mark Greif busca también sacar los colores al individuo medio a costa de su comportamiento, aunque con menores dosis de humor. Así, la mayor parte de los ensayos que componen este libro se basan en poner en cuestión situaciones habituales que, tras un consistente razonamiento y una no menos consistente flagelación, destapan lo patético de nuestra existencia. Lo más duro de ello es que las críticas no se enfocan hacia el común de la sociedad, sino que se centran en el individuo concreto. Así, uno siente como Greif te señala con el dedo, te muestra tus miserias y no te admite la presión de grupo como eximente. “Lo más triste de todo es la creencia de que un cuerpo mejorado llevará a la felicidad a aquellos a los que nadie quiere”, sentencia el de Boston cuando abarca el tema del ejercicio físico.

Los textos de Greif van provocando fogonazos de pensamiento en el lector; estimulan el cuestionamiento de todo lo que nos rodea. Así, su defensa de la redistribución de las riquezas, por ejemplo, me ha ayudado a encontrar nuevos argumentos para defender una postura que ya creía justa. Y pese a ser textos escritos en años diferentes existen muchas conexiones entre ellos, con lo que la lectura del libro ayuda a formar una imagen bastante sólida del pensamiento del autor. El autor estadounidense demuestra ser una persona sumamente culta, o al menos realmente inteligente por ser capaz de llevar a cabo una labor de documentación encomiable, así como de hablar con coherencia y profundidad de temas tan variopintos como el sentido de la vida o la evolución de la música pop.

Los temas que se debaten en este libro están íntimamente ligados a la sociedad contemporánea. Así, la proliferación de los hípsters, esa tribu urbana de largas barbas y gustos excéntricos, la revolución que supuso YouTube en nuestra forma de consumir contenidos audiovisuales o los movimientos de protesta que poblaron las ciudades de todo el mundo hace unos años no escapan de su punto de mira. Y para aproximarse a ellos usa en no pocas ocasiones la provocación, como cuando compara a Snooki, de Jersey Shore, con Adolf Hitler, o cuando ensalza a Kanye West como “uno de los genios universales de nuestro tiempo”.

De la misma forma que ¿Cómo nos metimos en este desastre?, esta colección de artículos, publicados en su mayoría en la revista n+1, cautiva tanto por su variedad temática como por sus originales postulados. Porque, cuando los argumentos sobre casi cualquier asunto han sido tantas y tantas veces utilizados, lo único que le queda al escritor para conseguir que su texto sea atractivo es encontrar un enfoque que escape de lo común. Y los artículos de Contra todo, además de ser brillantes a la hora de destacar lo absurdo de algunos comportamientos, entran con fuerza en la mente del lector.

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Dieciocho meses y un día, de Paz Castelló

Dieciocho meses y un día

Dieciocho meses y un díaLas movilizaciones del 8 de marzo, en defensa de la equiparación de derechos entre mujeres y hombres, fueron todo un éxito en toda España («Desde el ‘No a la guerra’ y la de Miguel Ángel Blanco no había visto nada así», oí decir en más de una ocasión). Sin hacer un análisis profundo, no cabe duda de que una de las principales razones de ese apoyo masivo que demostró la sociedad española es que las peticiones que se hicieron en las calles y plazas de nuestro país eran (y son) tan razonables como justas: eliminar la brecha salarial, combatir con mayor eficacia la violencia machista, fomentar desde las escuelas el conocimiento de los logros de las mujeres a lo largo de la historia… De entre ellas, hubo una que, escuchada a modo de lema, me revolvió por dentro: «Las calles de noche también son nuestras». Qué tristeza, pensé, tener que pedir a gritos algo tan básico.

Ese miedo a la violencia machista lo ha recogido excelentemente Paz Castelló en su tercera novela, Dieciocho meses y un día, aunque de una forma poco habitual. Y es que en esta historia ya no se puede hacer nada por la víctima: Lola fue asesinada a tiros por un motorista hace algo más de un año. Su amiga Sabina logró reconocer bajo el casco a Eugenio, su exmarido, pero no consiguió convencer al juez de ello y la coartada que le ofreció su nueva novia bastó para que fuese absuelto. Además, desde el mismo momento en que se produjo el incidente Sabina, pintora de profesión, desarrolló una severa agorafobia, que le hizo encerrarse en su ático de Peñíscola a cal y canto. No obstante, una vez que conoce la noticia de la puesta en libertad de Eugenio, decide buscar la forma de que se imparta justicia, con la esperanza añadida de que eso sirva para poder poner fin a su cautiverio autoimpuesto.

Castelló, que ya dio muestras el año pasado de su talento en el campo de la novela de suspense con Mi nombre escrito en la puerta de un váter, cambia completamente de temática, aunque no abandona su particular forma de construir el entramado de la novela. Así, la escritora alicantina continúa dando suma importancia a la creación fidedigna de los personajes, a los cuales va dotando de personalidades más o menos complejas por medio de las largas descripciones de estos y de la inclusión de monólogos interiores, sobre todo en el caso de la protagonista, Sabina Lamer. Esto nos permite conocer los motivos que la llevan a prolongar su encierro voluntario y contribuyen a empatizar con su causa, aunque esta no sea otra que acabar con la vida del asesino de su amiga para volver a recuperar la suya.

La trama se va cocinando a fuego lento y hasta bien pasado el ecuador del libro bien podría parecer que nos encontramos ante una foto fija, en la que todo gira en torno a la angustiosa situación vital de Sabina. Pero al igual que en su anterior novela, Castelló sabe cuándo debe tocar las teclas adecuadas para provocar giros inesperados de guion y mantener al lector pegado al texto. Así, al tiempo que con sus cuidadas descripciones te mantiene pendiente del tortuoso hacinamiento en el que vive la protagonista, va intensificando la trama poco a poco, sin prisa ninguna, hasta que, sin darte cuenta, como les ocurre a los cangrejos cuando son cocidos, te acaba abrasando en el tramo final del relato.

Dieciocho meses y un día, ganadora del premio Letras del Mediterráneo, confirma a Paz Castelló como una maestra en el manejo de los tiempos y renueva la manera de plantear un tema tan incómodo como, por desgracia, habitual: la desprotección a la que se ven sometidas tantas y tantas mujeres por el simple hecho de serlo.

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Mírame, de Antonio Ungar

Mírame

MírameLa obsesión no es mala per se. De hecho, soy un gran admirador de los obsesos (dicho así suena horrible), de esas personas capaces de fijarse un objetivo y poner en él todo su empeño para alcanzarlo. Hablo desde la pura inconstancia y desde la más absoluta falta de voluntad: siempre he pensado que jamás podría hacerme adicto a ningún tipo de vicio, sea cual sea, precisamente porque acabaría abandonándolo por desidia tarde o temprano; de ahí mi admiración por este tipo de seres, entregados y apasionados. No obstante, como todo en la vida, existen grados. Y una cosa es enamorarse perdidamente de una chica y hacer todo lo posible para que ella se fije en ti y otra, como hace el protagonista de Mírame, es llenar de cámaras su casa y perseguir tanto a ella como a sus familiares allá donde van.

El deseo de observar a otros desde muy cerca, de introducirse en vidas ajenas a tiempo completo, ya ha sido explorado en otras muchas ocasiones. De hecho, hay ejemplos recientes tanto en la literatura, con el excelente Desde la sombra, de Juan José Millas, como en el cine, con la impactante Mientras duermes, protagonizada por el siempre impecable Luis Tosar. Sin embargo, lo que hace especial a esta novela es la enfermiza personalidad de su protagonista, no solo de cara a Irina, la joven paraguaya de la que se queda prendado, sino hacia toda la sociedad. Es el claro ejemplo de un misántropo, un personaje completamente asocial que no siente ningún tipo de empatía hacia el resto de seres humanos, que tan solo parece echar en falta a su fallecida hermana y que se mueve por sus instintos más básicos. Y ese rencor hacia el resto de los mortales, que se focaliza especialmente hacia los extranjeros, hace más irónica aún su pasión enloquecida por la chica y su dependencia de otros foráneos.

En su relato a su hermana perdida, a modo de diario, el protagonista da rienda suelta a sus pensamientos, casi siempre políticamente incorrectos, a sus sentimientos, casi siempre impuros y a sus actos, casi siempre incomprensibles. A través de pequeños fragmentos, uno por cada día, va contando como de forma paulatina pasa a inmiscuirse cada vez más en la vida de Irina y de su familia. A medida que avanza el relato su obsesión por ella se vuelve cada vez más patente: el protagonista comienza a vivir en torno a ella y a traspasar todos los límites morales y legales posibles. Por culpa de esta obsesión pasa a convertirse, sin quererlo, en el narrador de su vida, en un espectador privilegiado de una existencia más bien miserable y mundana, pero que a él le fascina.

Con esta breve historia, cuyo final es de los que impactan y obligan a releer unas cuantas páginas para poder aceptarlo, Antonio Ungar chapotea entre dos oscuros lodazales: la locura y la xenofobia. Esta última no deja de ser en sí misma un tipo de trastorno, pero desgraciadamente ha acabado volviéndose tan corriente —e incluso popular— que tan solo las frases más repulsivas del protagonista de Mírame llegan a provocar sorpresa. Y esto sí que es algo en lo que convendría que nos fijásemos cada poco tiempo, para evitar que nos veamos arrastrados a lo que es ya un mal endémico.

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Mindhunter, de John Douglas y Mark Olshaker

Mindhunter

MindhunterHace unos días recibí un correo a través de Change.org de Juan Carlos Quer, padre de una joven que fue asesinada hace poco más de un año. En él me pedía mi firma para que no se derogase la prisión permanente revisable. Sentí no poder apoyarle con esta causa, pero esta pena me ha parecido muy peligrosa desde un principio, ya que abre un precedente en nuestro país para negar la posibilidad de reinserción. Sin embargo, hay casos en los que, por la crueldad e inhumanidad con la que están ejecutados, resulta muy difícil creer que el ser que está detrás de ellos es recuperable. Y después de leer Mindhunter, uno pierde la esperanza más aún.

John Douglas es un antiguo agente del FBI que se especializó en la década de los años 70 en la elaboración de perfiles criminales. Para tratar de entender mejor la mente de los asesinos en serie y poder predecir sus comportamientos, tomó la decisión de entrevistar, junto a su compañero Robert Ressler, a decenas de criminales ya encarcelados, de la talla de Charles Manson o David Berkowitz. En este libro, a partir del cual se ha confeccionado la serie homónima de Netflix, Douglas narra su experiencia en torno a estos seres, la cual va siempre apoyada en una opinión muy tajante: no merecen vivir. Al menos, no entre nosotros.

Nadie debería llevarse a equívoco: a diferencia de la popular serie televisiva esto no es una historia cerrada; más bien es un cúmulo de ellas, sin un orden cronológico claro, que tratan de acercarnos al modus operandi de los seres más repulsivos del planeta. No obstante, este libro no está libre de méritos; todo lo contrario: además de lo atrayente que resulta el tema en sí, el autor te introduce de lleno en sus relatos, con un lenguaje muy directo y unas descripciones que, en ocasiones, llegan a ser demasiado gráficas. Douglas es también simpático e irónico en sus narraciones. La suya es una de esas biografías que se disfrutan de principio a fin simplemente por la manera en la que están contadas, sin que importe demasiado si el personaje del que tratan resulta por sí mismo de interés. Pero es que, además, en este caso es así.

A través de la encomiable tarea que emprendió, entrevistando a algunos de los peores asesinos en serie de las cárceles estadounidenses, Douglas fue aprendiendo a pensar como ellos y a aplicarlo con éxito a posteriori para combatir a los que estaban fuera de las rejas. Es a partir de la narración de estas entrevistas cuando comienza la parte más interesante del libro. Sorprende, por ejemplo, el buen trato que entabló con algunos asesinos y sus percepciones sobre ellos. «Muchos son bastante encantadores, superficiales y hablan bien», explica en estas páginas.

A medida que expone su forma de hacer deducciones sobre la personalidad del asesino uno se da cuenta de que su oficio es muy parecido al del escritor, solo que algo más complejo, dado que a Douglas siempre le dan un final cerrado para que elabore en torno a él una historia verosímil. Y que estos finales nunca son felices, claro.

A pesar de tratarse de un libro sumamente recomendable, lo que más me ha chirriado, como ya he explicado, es su mensaje de fondo. Defensor a ultranza de la pena de muerte, el autor utiliza los casos más enfermizos como baluartes para subrayar que existen seres que jamás van a curarse y que una vez que son atrapados no deben volver a salir de la cárcel; al menos no vivos. Y debo decir que, por desgracia para mí y mis principios, esta lectura me ha hecho replantearme unas ideas que creía firmes. Y aunque es cierto que no ha logrado que abandone mi defensa de la reinserción, en casos tan extremos como los que se narran en Mindhunter cuesta mucho creer que esta sea posible.

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50 discursos que cambiaron el mundo, de Andrew Burnet

50 discursos que cambiaron el mundo

50 discursos que cambiaron el mundoHace unos días fui a ver la exposición sobre Austwitch que se ha instalado temporalmente en Madrid. Salí, como casi todos los que la visitan, profundamente tocado de la sala de exposiciones unas cuantas horas más tarde. Posiblemente sea una de las experiencias que más me han impresionado en meses y, sin embargo, no se debió a los objetos que se exponían en el recinto; fueron los testimonios de aquellos que sobrevivieron al exterminio nazi, escritos sobre las paredes y expuestos en vídeos a lo largo del recinto, los que me pusieron la piel de gallina. Porque no hay una forma más pura y potente de conocer la historia que a través de la boca de los que la protagonizaron. Y esto, a otro nivel, es lo que ofrece 50 discursos que cambiaron el mundo: un acercamiento a momentos clave de la historia por medio de las palabras de sus principales protagonistas.

Escogidos y diseccionados por el periodista Andrew Burnet, los discursos de personalidades de la importancia de Einstein, Ghandi, Sadam Hussein o Barack Obama ayudan a comprender mucho mejor tanto sus propias individualidades como los cambios sociales y políticos que propiciaron con su actividad. Además, los textos van acompañados de notas a pie de página en las que se dan explicaciones precisas y enriquecedoras. Tanto estas como los párrafos que introducen los discursos ayudan a situarse en el contexto en el que estos fueron pronunciados. Estos apoyos resultan especialmente útiles en el caso de las lecturas acerca de algunas personalidades que no son tan conocidas para el gran público, como Dag Hammarskjold (2º Secretario General de la ONU) o Betty Friedan (pensadora clave en el movimiento feminista).

Uno de los principales mensajes que transmite este libro es que las grandes ideas son imperecederas; así, la mayor parte de los textos, como el de la sufragista inglesa Emmeline Pankhurst, tienen un fondo muy aplicable a la actualidad. Es más, si uno presta atención a las declaraciones de los políticos contemporáneos podrá comprobar que gran parte de las propuestas y opiniones que estos manifiestan ya han sido desarrolladas en centenares de ocasiones —y, por regla general, de forma mucho más brillante y elocuente—.

Y es que en este libro también se destilan los atributos dialécticos de los oradores, tan variados y diferentes como ellos mismos. Así, mientras que Ghandi se nos muestra como un ser dotado de una retórica sencilla y didáctica, en la que basa su persuasión para, por ejemplo, explicar a su pueblo la estrategia de la no colaboración con los británicos, Hitler o Mussolini apelan a la emoción y a sentimientos como la unidad o la integridad para lograr un apoyo masivo a decisiones que, de otra manera, serían mucho más difíciles de digerir. Es por ello que la lectura de estos textos puede ser de mucha utilidad para aquellas personas que tengan que emplear la oratoria en su día a día, ya que prácticamente de todos ellos se pueden sacar recursos para mejorar en este ámbito. No obstante, también hay otros casos, como el «puedo prometer y prometo» de Adolfo Suárez, en los que las piezas parecen haber sido escogidas más por su valor histórico que por su calidad o complejidad.

El orden cronológico en el que se colocan los textos también resulta beneficioso, ya que permite hacer un recorrido por la historia reciente a través de estos. Esto resulta interesante, sobre todo, en episodios prolongados y con protagonistas múltiples; así, en el caso de la II Guerra Mundial se nos ofrece la posibilidad de seguir el desarrollo del conflicto a través de las palabras de Chamberlain, Churchill, Stalin o Goebbles, lo que sin duda resulta provechoso para alcanzar un conocimiento más global del mismo.

50 discursos que cambiaron el mundo supone, en definitiva, una recopilación valiosa y bien analizada, y uno se da cuenta de la verdadera importancia de estos discursos cuando, incluso puestos sobre papel y sin que haya ningún gran orador recitándolos, consiguen provocar fuertes reacciones en quien los lee.

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