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Mírame, de Antonio Ungar

Mírame

MírameLa obsesión no es mala per se. De hecho, soy un gran admirador de los obsesos (dicho así suena horrible), de esas personas capaces de fijarse un objetivo y poner en él todo su empeño para alcanzarlo. Hablo desde la pura inconstancia y desde la más absoluta falta de voluntad: siempre he pensado que jamás podría hacerme adicto a ningún tipo de vicio, sea cual sea, precisamente porque acabaría abandonándolo por desidia tarde o temprano; de ahí mi admiración por este tipo de seres, entregados y apasionados. No obstante, como todo en la vida, existen grados. Y una cosa es enamorarse perdidamente de una chica y hacer todo lo posible para que ella se fije en ti y otra, como hace el protagonista de Mírame, es llenar de cámaras su casa y perseguir tanto a ella como a sus familiares allá donde van.

El deseo de observar a otros desde muy cerca, de introducirse en vidas ajenas a tiempo completo, ya ha sido explorado en otras muchas ocasiones. De hecho, hay ejemplos recientes tanto en la literatura, con el excelente Desde la sombra, de Juan José Millas, como en el cine, con la impactante Mientras duermes, protagonizada por el siempre impecable Luis Tosar. Sin embargo, lo que hace especial a esta novela es la enfermiza personalidad de su protagonista, no solo de cara a Irina, la joven paraguaya de la que se queda prendado, sino hacia toda la sociedad. Es el claro ejemplo de un misántropo, un personaje completamente asocial que no siente ningún tipo de empatía hacia el resto de seres humanos, que tan solo parece echar en falta a su fallecida hermana y que se mueve por sus instintos más básicos. Y ese rencor hacia el resto de los mortales, que se focaliza especialmente hacia los extranjeros, hace más irónica aún su pasión enloquecida por la chica y su dependencia de otros foráneos.

En su relato a su hermana perdida, a modo de diario, el protagonista da rienda suelta a sus pensamientos, casi siempre políticamente incorrectos, a sus sentimientos, casi siempre impuros y a sus actos, casi siempre incomprensibles. A través de pequeños fragmentos, uno por cada día, va contando como de forma paulatina pasa a inmiscuirse cada vez más en la vida de Irina y de su familia. A medida que avanza el relato su obsesión por ella se vuelve cada vez más patente: el protagonista comienza a vivir en torno a ella y a traspasar todos los límites morales y legales posibles. Por culpa de esta obsesión pasa a convertirse, sin quererlo, en el narrador de su vida, en un espectador privilegiado de una existencia más bien miserable y mundana, pero que a él le fascina.

Con esta breve historia, cuyo final es de los que impactan y obligan a releer unas cuantas páginas para poder aceptarlo, Antonio Ungar chapotea entre dos oscuros lodazales: la locura y la xenofobia. Esta última no deja de ser en sí misma un tipo de trastorno, pero desgraciadamente ha acabado volviéndose tan corriente —e incluso popular— que tan solo las frases más repulsivas del protagonista de Mírame llegan a provocar sorpresa. Y esto sí que es algo en lo que convendría que nos fijásemos cada poco tiempo, para evitar que nos veamos arrastrados a lo que es ya un mal endémico.

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